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Daphne Williams sabía que Carter era demasiado rico y demasiado guapo como para enamorarse de una mujer como ella. Además, a Daphne le gustaba su vida tal como era.
Pero Carter había decidido demostrar de lo que era capaz… ¡casándose! La sensata Daphne opinaba que era una idea descabellada y más aún cuando descubrió que la novia que había elegido… era ella.
Shirley Jump
New York Times and USA Today bestselling author Shirley Jump spends her days writing romance to feed her shoe addiction and avoid cleaning the toilets. She cleverly finds writing time by feeding her kids junk food, allowing them to dress in the clothes they find on the floor and encouraging the dogs to double as vacuum cleaners. Chat with her via Facebook: www.facebook.com/shirleyjump.author or her website: www.shirleyjump.com.
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Perfecto para ella - Shirley Jump
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2007 Shirley Kawa-Jump, Llc
© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Perfecto para ella, n.º 2142 - agosto 2018
Título original: Married by Morning
Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-9188-625-9
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Si te ha gustado este libro…
Capítulo 1
CARTER Matthews entró a toda velocidad en el aparcamiento haciendo que la gravilla saliera disparada de debajo de las ruedas de su Lexus rojo. La publicidad decía que ese coche podía pasar de cero a cien en un abrir y cerrar de ojos. Era mentira.
El nuevo juguete de Carter podía hacerlo, pero de cero a ciento cincuenta. Había valido la pena cada penique que se había gastado.
Salió del vehículo sintiendo una punzada de culpabilidad por haber dedicado la mayor parte de la jornada de trabajo a dar vueltas con el coche. Pearl, su asistente, le había dedicado una de sus famosas miradas diabólicas según había salido por la puerta esa mañana apenas cinco minutos después de haber llegado. Lo que no entendía Pearl era que TweedleDee Toys iba mucho mejor cuando Carter no llevaba el timón.
–Señor Matthews, me alegro de encontrarlo.
Miró a su alrededor. Mike, diseñador en prácticas de TweedleDee, atravesaba el aparcamiento, tratando de sujetar una abultada bolsa de papel contra el pecho con una mano mientras con la otra se sujetaba las gafas.
–Yo… bueno, nosotros, hemos tenido una sesión de tormenta de ideas y los demás querían que se lo enseñara –tendió la bolsa a Carter y contuvo la respiración–. Cemetery Kitty. Creemos que podría revolucionar la industria de los animales de juguete.
– ¿Cemetery Kitty? ¿Otro animal de juguete? –Carter trató de poner algo de entusiasmo en la voz.
Esa semana había hecho a sus diseñadores de juguetes un encargo sencillo: pensar en algo que volviera locos a los compradores en la convención juguetera de otoño. Había esperado un fusil ametrallador de agua para el exterior, un elegante coche con mando a distancia, cualquier cosa excepto otra mascota de juguete.
–¿Va a verlo ahora? –Mike estaba frenético, unía y soltaba las manos y balanceaba la bolsa–. Eh, como no ha estado mucho en la oficina, no he podido localizarlo, si quiere, podemos ir a producción.
El juguete sería sin duda uno más en la cadena de fracasos, pero no planteó en voz alta sus reservas, no cuando aún seguía disfrutando de la sensación de conducir su nuevo coche. No tenía intención de echarla a perder mezclándola con el ruinoso negocio de los juguetes.
–Ha sido un largo día, le echaré un vistazo luego, pero gracias –saludó a Mike con la cabeza y se dirigió a su edificio.
El becario, que había recogido la oficina con entusiasmo y organizado las notas adhesivas por colores, se quedó impertérrito y se dirigió a Carter.
–Señor Matthews.
Carter se dio la vuelta mientras accionaba el mando a distancia del coche.
–Sí, Mike.
–Eh, los chicos se han implicado mucho –dijo–. Usted no está mucho en el trabajo y… bueno, con su tío Harry muerto y eso, nosotros… querríamos algún tipo de directriz…
Carter miró al Lexus. Lo único que tenía experiencia en dirigir eran coches rápidos. Y mujeres algo menos rápidas. Cada vez que trataba de dirigir la empresa juguetera, todo lo que conseguía era hundirla un poco más.
Así que ese día la había abandonado, lo mismo que el miércoles para jugar al golf, y el jueves anterior para jugar un partido de tenis con su hermano. Últimamente pasaba más tiempo fuera que dentro. Considerando su capacidad para la dirección, era mejor que estuviera la mayor cantidad de tiempo posible alejado de allí.
Y todavía no se había decidido a contratar a un director. Era admitir el fracaso.
–Hasta mañana, Mike –dijo Carter, ya que no tenía ninguna respuesta que darle. Tampoco él sabía qué dirección tomar.
Mike dudó un segundo, después se subió las gafas y dijo adiós. Cruzó el aparcamiento con los hombros encorvados, el andar pesado, y miró un par de veces hacia atrás antes de meterse en su maltrecha camioneta verde.
Carter suspiró y subió las escaleras de su apartamento, entró, tiró las llaves en un plato de cristal que había al lado de la puerta y después abrió la bolsa.
Dentro había un gato. De tamaño natural, gris y blanco a rayas razonablemente realista. La verdad, no era el campanazo que esperaba después de escuchar las locuras de Mike, pero estaba por encima de la media de TweedleDee Toys.
Accionó el botón de la puesta en marcha. El peluche se dio la vuelta, movió las cuatro patas bocarriba y dejó escapar un chirrido lastimero. Se estremeció un par de veces y luego se quedó quieto.
–Justo lo que necesita una empresa de juguetes –murmuró Carter–. Un gato que se hace el muerto.
Dejó el juguete en una silla y se fue a la impoluta cocina de acero inoxidable. Después de eso necesitaba beber algo, una mujer hermosa y unas largas vacaciones, preferiblemente en alguna isla desierta.
Pero el mueble bar estaba vacío, el apartamento estaba vacío de todo desde que Cecilia se había marchado entre reproches el miércoles anterior.
No tenía ni idea de en qué habría estado pensando su tío Harry cuando había redactado el testamento y le había dejado a Carter a cargo de la empresa juguetera. En todo caso, su hermano gemelo, Cade, hubiera sido una elección más lógica. Cade el organizado, la persona que podía empezar algo y llevarlo hasta el final. Había hecho eso en la empresa de su padre y en ese momento, después de marcharse, estaba trabajando con su mujer, Melanie, montando una cadena de franquicias de cafeterías a lo largo de todo el medio oeste.
A diferencia de Carter, cuyo gran logro en la vida sería hundir la empresa de su tío Harry. Sin mencionar decepcionar a su padre. A sus casi cuarenta años, Carter sólo había sido capaz de hacer perfectamente bien una cosa: decepcionar.
Echó un vistazo al apartamento, se había mudado allí hacía un mes para estar más cerca de TweedleDee y para escapar de los constantes reproches de su padre que había vuelto a Indianápolis. Era un espacio diáfano, limpio, perfecto… y totalmente carente de personalidad. No era acogedor y no apetecía volver allí al final del día.
Los muebles, las paredes color crema, todo elegido por un decorador porque Carter no había tenido ni tiempo ni ganas de hacerlo. Una vez a la semana una señora limpiaba la mesita de cristal y la colocaba en su lugar.
Todos los sitios en los que había vivido habían sido así. Fríos, impersonales y cuidados por otra persona. Igual que la mayor parte de su vida. Nunca se había asentado, nunca había sentido la llamada y no lo había deseado hasta que había recibido la herencia de su tío.
Seis meses antes, el barco de su tío Harry, el Jokester, había sido encontrado a la deriva en medio del Atlántico. La Guardia Costera lo había buscado y finalmente lo habían dado por muerto a los cuatro meses, algo que había vuelto al padre de Carter, Jonathon, único hermano de Harry, incluso más retraído y frío de lo habitual.
En la lectura del testamento, Carter había mirado a su familia, Cade y su padre, y se había dado cuenta de que cada uno de ellos tenía un propósito, un objetivo. Cade tenía a Melanie, la franquicia. Jonathon la práctica de la ley.
Y entonces, al escuchar la sorprendente noticia de que el tío Harry había dejado la empresa a Carter, había surgido en él la loca idea de que pudiera llegar a ser algo. El abogado le había tendido el título de propiedad de TweedleDee y el padre de Carter había soltado un resoplido burlón.
–Estarás en bancarrota en un mes. Eso ya era un lío con mi hermano al frente e indudablemente irá a peor en su ausencia.
Mil veces antes su padre había predicho los errores de Carter con gran precisión. Por alguna razón, ese día Carter había reaccionado de otra manera.
–Nunca –había dicho a su padre–. Puedo hacerme cargo de la empresa.
Su padre se había echado a reír.
–Admítelo, Carter. No estás hecho para ser director general.
Lo único que había hecho que Carter no tirara la toalla los últimos dos meses había sido pensar que sería darle la razón a su padre una vez más. Y ya estaba cansado de hacer eso.
Su padre era un perfeccionista. Cada detalle de su vida estaba meticulosamente organizado. No esperaba menos de sus hijos. Cade, que había seguido sus pasos en el mundo de la ley, había estado a su altura mientras que Carter se había quedado a kilómetros.
Carter apartó sus pensamientos y se encogió de hombros, abrió la nevera, vio que quedaba un poco de vino tinto en una botella y la vació en un vaso.
–Salud –dijo brindando con la rígida bola de peluche–. Creo que has conseguido el mejor de los finales, mi petrificado amigo.
Acababa de llevarse el vaso a los labios cuando alguien llamó a la puerta. Sería la fisgona señora Beedleman, pensó, lo habría visto a él y a Cemetery Kitty a través de la ventana del patio. Y, como la señora Beedleman hacía siempre, habría pensado lo peor y habría llamado a las autoridades. Suspiró, dejó el vaso en la encimera y abrió la puerta del apartamento.
–Déjeme adivinar –dijo a la delgada morena que estaba en el descansillo.
Llevaba unas gafas de color morado con las puntas de las esquinas levantadas al estilo de los sesenta. Alta, delgada, tenía el pelo castaño corto, lo que dejaba ver un cuello grácil. Iba vestida con el clásico traje de negocios y Carter pensó que sería una funcionaria.
–Es usted de la Asociación Protectora de Animales y está aquí para denunciarme por crueldad con un animal, ¿verdad?
–No, yo…
–Es de peluche. Mañana despediré a los tipos que lo han ideado. Así que puede volver a su oficina porque no hay ningún gato muerto en mi apartamento. Al menos, no uno de verdad.
–¿Gato muerto? –preguntó ella parpadeando.
–Se lo he dicho, no es de verdad. Es un juguete, el Cemetery Kitty.
Ella se quedó pálida.
–Ah. Creo que he llamado a la puerta equivocada. Gracias de todos modos –se dio la vuelta para irse.
Se parecía a alguien que conocía, pero demonios, le pasaba con la mitad de Lawford. Como director general había hecho más amigos de los que necesitaba en eventos y campeonatos de golf, después olvidaba sus nombres en cuanto se ponía el abrigo para irse.
Aun así, algo en ella le resultaba familiar. No lo bastante como para haber salido con ella. ¿Habrían salido?
Qué deplorable. Había
