La tradición política en la obra de Hannah Arendt
Por Mery Castillo C
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La tradición política en la obra de Hannah Arendt - Mery Castillo C
Introducción
La obra de Hannah Arendt destaca por su capacidad para encontrar nuevos enfoques y perspectivas sobre los ya viejos y habituales problemas de la filosofía. En este contexto, el pensamiento político de la pensadora se ha revelado como un punto de referencia fundamental en el estudio de la teoría y la filosofía política.
Aunque nunca se presentó como ‘filósofa’, porque prefería situarse como una analista y crítica del pensamiento y de las categorías de la historia política así como de los acontecimientos sucedidos en este ámbito, la profundidad y los planteamientos llevados a cabo por ella demuestran lo hondo de sus reflexiones. Así, frente al tratamiento de los grandes temas políticos, Arendt realiza una incursión propiamente filosófica. Ambos aspectos están entrelazados y no siempre es fácil exponer su separación.
Retornar sobre los textos arendtianos obliga a dar cuenta del desafío que generan en quienes se acercan a su obra, de manera que al interpretar su propuesta, es necesario replantearse la reflexión sobre la humanidad, principalmente en torno a los cauces del espacio público y, por ende, político.
El hilo conductor que recorre la obra arendtiana es la vindicación de la vida política como la forma de vida más distintivamente humana
(Campillo, 2002, p. 162). Con esto, Arendt especifica su propio matiz sobre lo político, de manera que se opone radicalmente a la concepción canónica de la política. Ella ubica a la política en un ‘espacio de aparición’ que emana allí donde un grupo plural de seres libres e iguales, comparten palabras y acciones. La vida política aparece por medio de un contrato social horizontal fundado en la libre asociación y unida a través del principio de reciprocidad por medio de promesas mutuas. Ese poder político se funda y sostiene a través de la participación espontánea de los ciudadanos, mediante asociaciones o ‘consejos populares’ que se federan en forma horizontal y escalonada.
Arendt fue una pensadora inquieta cuyo discurso partió de su convencimiento de existir en un mundo desolado y sombrío. De ahí se desprende su exigencia de pensar y escribir sobre el presente que nos ocupa, y desde ahí, poder girar y mirar —a través de la conciencia histórica—, al pasado, lo que propició que se le señalara como una nostálgica de la polis y antimodernista. No se trata —para ella— de quedarse en el pasado, sino que, desde el presente intentaba rescatarlo y, con ello, confiaba en acceder a los recursos de una tradición perdida mediante la reflexión crítica, articulándolo con el recuerdo y la memoria. Arendt no pretendía mantenerse en estos últimos recursos rememorantes —como se ha pensado sobre ella en términos conservadores—¹ sino utilizar tales remembranzas como referentes que sirven de impulso para asumir una posibilidad de esperanza pensada en términos de liberación de cualquier tipo de dominio.
El esfuerzo de la pensadora por comprender la realidad, —después de las atrocidades generadas por los totalitarismos del siglo XX— puso de relieve la pérdida del sentido de quienes viven en las sociedades contemporáneas. Son estos excesos y crueldades los que la impulsaron a comprender ese fenómeno, para así ver las posibilidades de reconciliarse con el mundo donde son posibles tales acontecimientos.
La propuesta de Arendt retoma la tradición, de manera que al haber perdido las respuestas que daban apoyo y sustento en aquellos ‘tiempos de oscuridad’, se habría de buscar el modo específico de vivir en la comprensión, en donde, desde la acción y el discurso, se inician los nuevos comienzos. Ahí se expresa el sentido y la dignidad de la política. El intento de comprensión impulsa a Arendt a rehacer las preguntas que apuntalan la necesidad de pensar. Además, solo es posible comprender un suceso como el final y la culminación de todo lo que le ha precedido. Es con la acción como procedemos —a decir de la filósofa— desde el conjunto de circunstancias renovadas y creadas por los acontecimientos, es decir, es la acción un comienzo constante y continuo. Este concepto resulta fundamental en el constructo teórico arendtiano; gracias a tal acción los seres humanos desarrollan su más propia capacidad: la libertad, que significa trascender lo dado y empezar algo nuevo, aceptando lo que irrevocablemente ha ocurrido al reconciliarse con lo que inevitablemente existe.
El espacio de lo público, tan persistentemente problematizado por los filósofos políticos a lo largo del pensar humano, ha gestado y apuntalado la insistencia de encontrar, proponer y generar un orden en el que la sociedad logre mejores modos de vivir, en todos los planos humanos. Las consecuencias de aquello que surge en este ámbito recaen en lo que de humano hay en cada uno de los que conformamos ese entramado y, principalmente, en la forma como hemos de vivir. Las aspiraciones a este respecto —a lo largo de la historia de la filosofía política—, no han intentado, ni procuran hoy mismo ser ejercicios esclarecedores de verdades más allá de lo que vivimos, sino muy por el contrario, tales anhelos han tratado de encontrar modos de organización y conformación en lo público, que está más acá y próximo a nosotros. Esa ha sido y sigue siendo la apuesta de la filosofía política y su razón de ser, de manera tal, que ha de desarrollarse de facto, para tener así un significado deseable para los seres humanos.
Cada uno de estos capítulos se plantea como la pieza de un ‘rompecabezas’ que, al articularse y combinarse con las demás, logra construir parte de ese cuadro representado por el pensamiento arendtiano. Por ello, si bien cada uno de ellos se puede leer por separado al tener unidad propia ad intra de sí mismo, sin embargo, cada uno de ellos resulta necesario para completar el panorama buscado, es decir, el aporte a la construcción del ‘rompecabezas’ esencialmente en los rubros del poder y la violencia.
Es necesario señalar que este escrito constituye una serie de reflexiones que se articulan desde el asunto fundamental del poder siempre subyacente al pensamiento de Arendt y que, al fin y al cabo, es expresión de una sana interrelación entre las personas mediante el discurso y el lenguaje, en aras de alcanzar el amor al mundo. Esto quiere decir que como categoría, el poder es fundamental en la trama de la obra de Hannah Arendt.
Ahora bien, al mostrar las propuestas arendtianas, se evidencian obstáculos y desviaciones que impiden el seguimiento de sus blancos. Es el caso de la violencia, que se establece como elemento destructivo de lo político y del espacio con los otros, y que se presenta como concepto antipolítico. La violencia se considera en los tres capítulos de este libro, con los matices propios sugeridos por la incursión en el pensamiento de filósofos como Maquiavelo, Weber y Schmitt, quienes de alguna forma tuvieron relación con el tema de la violencia, se preocuparon por ella, la problematizaron o la consideraron como elemento central en sus reflexiones sobre la política y su configuración.
En el primer capítulo, desde algunas consideraciones propias de Arendt sobre el juicio como mecanismo fundador de la acción humana, se realiza un acercamiento a la teoría de un pensador como Nicolás Maquiavelo, cuya relevancia es en sí misma incuestionable, pero que, para el pensar arendtiano constituye un elemento teórico fundamental. Sobre él pesan muchos cuestionamientos de Arendt en relación a diversos temas, y es lo que se pretende mostrar. Así también se plantean algunas de las interrogantes que acerca de Maquiavelo llevó a cabo Arendt; temas que considero fueron trabajados y presentados por ella misma en sus escritos. De modo que en este capítulo, se procura entresacar tales temáticas colindantes (maquiavelianas y arendtianas) de los textos arendtianos para analizarlas y explicarlas. Entre ellas podemos encontrar el concepto de revolución defendido por Maquiavelo y criticado por Arendt, la indiferencia del pensador en torno a los juicios morales, su libertad de prejuicio, la apuesta instrumental que realiza para la construcción de la república, etc. Los conceptos de bien defendidos por Maquiavelo, son considerados por Arendt como opuestos a los que encontramos en nuestra tradición. Son válidos para el filósofo florentino solo en el ámbito humano, y no en el campo de lo público y de la política. En este último se da la virtú² pero no las buenas intenciones o las bondades. La virtú en conjunción con la fortuna, constituyen los elementos fundamentales para el actuar en la política. Si el momento y las circunstancias señalan que son necesarias las acciones violentas para lograr un cambio en ese plano político, entonces, el filósofo italiano justificaba aquellas acciones, cualquiera que fuera su carácter, en tanto se necesitaban para lograr el fin político
