Razón, política y pasión: 3 defectos del liberalismo
Por Michael Walzer y Antonio Gómez Ramos
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Walzer analiza la desigualdad alojada, por así decirlo, en las asociaciones involuntarias, cuya importancia rara vez reconocen las teorías liberales, la experiencia real de la desigualdad y la "energía apasionada" sin la que no es posible oponerse a las estructuras sociales y los órdenes políticos que sostienen la desigualdad.
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Razón, política y pasión - Michael Walzer
1
Asociaciones involuntarias
Todas las personas que conozco están formando asociaciones continuamente. La libertad para juntarse a su arbitrio con personas de toda condición goza entre ellos de la mayor estima. Con buenas razones, por supuesto: la libertad de asociación es un valor central, un requisito fundamental de la sociedad liberal y de la democracia política. El error llega, sin embargo, cuando se pretende generalizar este valor y crear –ya sea en la teoría o en la praxis– un mundo en el que todas las asociaciones sean voluntarias, una unidad social formada, en su totalidad, por unidades sociales fundadas libremente. La imagen ideal de individuos autónomos que eligen sus vínculos libremente, o que incluso eligen no tener ningún tipo de vínculos, es un buen ejemplo de mal utopismo. Los sociólogos nunca le han visto ningún sentido, y dentro de la filosofía moral y política debería producir el mismo escepticismo. Ninguna sociedad humana podría vivir si no tuviera otro tipo de vínculos. Ahora bien, ¿cómo se puede justificar ese otro tipo de vínculos frente a hombres y mujeres que proclaman ser libres? ¿No exige la libertad que rompamos todas las ataduras que no hayamos elegido ni estemos eligiendo ahora? Las asociaciones que no son voluntarias, los sentimientos que esas asociaciones provocan, los valores que inoculan, ¿no representan ya, de por sí, una amenaza para la sociedad liberal?
Voy a defender la tesis de que nada necesita la libertad con más urgencia que la posibilidad de sacudirse los vínculos forzosos; pero que, sin embargo, no toda disolución efectiva de esos vínculos es buena, ni tenemos que tomárnosla siempre a la ligera. Hay muchos grupos muy valiosos de los que no nos hacemos miembros voluntariamente, hay muchas obligaciones vinculantes que no son de ningún modo resultado de nuestra aprobación, y muchos sentimientos gozosos e ideas de provecho entran en nuestra vida sin ser resultado de nuestra elección. Podemos imaginarnos una vida humana tal, y las múltiples vidas humanas habituales en las que está insertada, como «construcciones sociales» en las que como individuos, hacemos nuestra mezcla. No podemos imaginarnos de modo verosímil una vida que hubiéramos creado nosotros íntegramente. Nos sumamos a un grupo, formamos asociaciones, organizamos y somos organizados en el marco de constricciones más complejas. Estas constricciones adoptan formas diferentes, de las cuales al menos algunas tienen su propio valor y son legítimas. Recordemos las célebres frases de Rousseau en el primer capítulo del Contrato social: «El hombre ha nacido libre, y por doquiera está encadenado [...] ¿Cómo se ha producido este cambio? Lo ignoro. ¿Qué es lo que puede hacerlo legítimo? Creo poder resolver esta cuestión»¹. Pues bien: la primera frase es falsa; no hemos nacido libres.
Y como no hemos nacido libres, tampoco hemos nacido iguales (cosa que es quizá más evidente). La asociación involuntaria es la razón más inmediata de la desigualdad, pues ata a los hombres a lugar determinado, o a una serie de lugares en la jerarquía social. La autonomía liberal se presenta con la promesa de que va ha romper esas ataduras, permitiendo a los individuos hacer sus elecciones o, al menos, aspirar a ocupar los lugares que deseen. Pretende que, de este modo, no sólo hará más libre y móvil a una sociedad, sino también irá haciendo cada vez más iguales a los hombres y las mujeres. Pero ésta es una promesa falsa. Pues la jerarquía social sólo puede llegar a ser puesta realmente en cuestión cuando reconocemos la realidad de las asociaciones involuntarias y operamos sobre ella. Es una estupidez negarla, y es imposible eliminarla. La asociación involuntaria ha sido y será siempre uno de los rasgos fundamentales de la existencia social, y quienes se manifiestan en favor de la igualdad son tan ineludiblemente criaturas suyas como quienes luchan por ser libres.
II
Voy a tratar más de cerca cuatro tipos de constricciones sobre las que no podemos disponer. Las cuatro se presentan ya muy temprano en nuestras vidas. Nos obligan, incluso nos fuerzan a participar en asociaciones de diverso tipo. Y restringen también nuestro derecho a abandonarlas, aunque en una sociedad liberal no pueden eliminar del todo ese derecho. Sobre las dos primeras han escrito los sociólogos, mientras que los filósofos que se han ocupado de teoría política y moral tendrían algo que decirnos acerca de las dos últimas. Creo que será útil considerar en qué consiste la constricción de cada una.
1. La primera constricción es de naturaleza familiar y social. Nacemos ya como miembros de un grupo de parentesco, de una nación o un país y de una clase social; y nacemos con un sexo. Tomados conjuntamente, los cuatro elementos de la constricción ejercen una amplia influencia en el tipo de personas con las que nos uniremos el resto de nuestra vida (incluso si no podemos soportar a nuestros parientes, si el amor a la patria nos parece sentimentalismo barato y si no llegamos a tener nunca conciencia de pertenecer a una clase o ser de un sexo). A la mayor parte de nosotros también se nos bautiza o se nos circuncida muy temprano, siendo todavía lactantes, y pasamos en la adolescencia por la confirmación o el bar-mitzvah, con lo que se nos introduce en uno u otro tipo de asociación religiosa. Se trata de un ingreso concreto y no voluntario del que resultan, como se suele enseñar a los niños, derechos y obligaciones. Pero los padres inician también a los hijos en la vida de un modo más indirecto que la socialización religiosa y política fuera de casa y que la experiencia cotidiana de la pertenencia a una clase o un sexo. –Todo ello crea presupuestos biográficos que luego, en la edad adulta, favorecen determinadas asociaciones, y no otras. En los últimos años se escribe mucho acerca del fracaso de la familia, pero la verdad es que la mayor parte de los padres tienen un éxito notable en educar a sus hijos de manera que luego se parezcan mucho a ellos. Por desgracia, eso es muchas veces un signo de su fracaso, como cuando, por ejemplo, los padres de clase baja no son capaces de abrirles a sus hijos el camino hacia la sociedad de gente bien o la clase media. De todos modos, la mayor parte de los padres no quiere que su prole se aleje mucho de ellos, sino que prefieren unos hijos a los que puedan mirar como propios. En la mayor parte de los casos, lo consiguen. También es verdad que no lo logran por sí mismos, sino que encuentran en su entorno apoyos para ello.
Los jóvenes pueden romper con su medio, pueden liberarse de los vínculos familiares y de las relaciones sociales, pueden vivir fuera de las convenciones sexuales de la sociedad. Pero sólo a un precio que la mayor parte de ellos no está dispuesto a pagar. Por eso, los vínculos de los padres son, con mucho, los mejores indicadores de los vínculos que ellos mismos establecerán más adelante, tal como llevan mucho tiempo constatando los politólogos al investigar la militancia política y el comportamiento electoral. Aunque la cultura política de América le asigna un elevado valor a la «independencia», la mayoría de los hijos están dispuestos a seguir el modelo de los padres. Y, del mismo modo que los electores demócratas o republicanos son, con toda probabilidad, hijos de padres que votaban, respectivamente, a los demócratas o los republicanos, también los electores independientes tenían, con muy alta probabilidad, padres que votaban a los independientes². A la hora de elegir religión puede esperarse todavía con mayor seguridad que la pertenencia de los padres a una comunidad religiosa les predetermine aún con más fuerza. Incluso podría afirmarse que, en el caso de la religión, «elección» no es, seguramente, la palabra más adecuada. Resulta notable lo efectivos que son los rituales en la edad temprana para asentar los vínculos religiosos. Por eso, para la mayor parte de las personas sería más exacto describir la filiación religiosa como una herencia. Es verdad que algunas prácticas protestantes como el bautismo de adultos o el llamado renacimiento en
