Rúsica
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Mauro David Fenelón Arias
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Rúsica - Mauro David Fenelón Arias
Créditos
Arias, Mauro David Fenelón
Rúsica / Mauro David Fenelón Arias
1ra ed. - Libros Tucumán Ediciones, 2025
Colección Alpachiri
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-631-6769-04-6
Libro en papel
126 p. ; 21 x 14 cm
ISBN 978-987-48898-6-7
1° Edición, 2023
1° Reimpresión, 2024
1. Novelas Fantásticas. 2. Literatura Juvenil.
CDD A863.9283
Ilustraciones de tapa e interior: Nadia Gabriela Alamo
© 2023 – Mauro David Fenelón Arias
Todos los derechos reservados
© 2023 - Libros Tucumán Ediciones
LibrosTucuman.com.ar
1
El caliente viento entrecerraba sus ojos y hacía volar sus cabellos. El sol sobre su cabeza hacia arder sus hombros descubiertos. Lejos, podía ver la arena blanca y caliente extendiéndose hasta el horizonte.
Como siempre, esperó a la duodécima respiración para saltar al vacío desde lo alto de la torre. La arena se acercaba a toda velocidad mientras estiraba los brazos y las piernas tratando de mantenerse en el aire el mayor tiempo posible. Otra vez la red de cuerdas blanquecinas la contuvo. Rebotó en ella varias veces hasta detenerse del todo.
La piel le dolía en los puntos en que la ropa no la protegía, pero eso no le molestaba, ya estaba acostumbrada. Lo que la hacía mirar al cielo enojada era haber vuelto a fallar. No haber podido volar ni por un segundo, por mucho que se esforzase.
—Ya está por terminar la hora del almuerzo, deberías ir a comer —dijo Demian.
Se había quedado a esperarla en el piso hasta donde llegaba la red, cansado de subir las escaleras junto a ella.
—Una vez más. Después voy.
—No. Ya no tienes tiempo. —La vio salir a cuatro patas de la red, cuidándose de no meter piernas o brazos por los huecos.
—Me voy a llevar algo para comer mientras trabajo. —Aceptó la mano que le ofrecía Demian para ponerse de pie—. Siempre y cuando haga mi parte, el capataz no me va a decir nada.
—Bueno. Haz lo que quieras, yo ya me voy. Quiero descansar un rato antes de la clase de la tarde. —Él comenzó a alejarse sin volverse a verla.
—Entonces me voy yo también. ¡Espérame! —Trotó unos metros para alcanzarlo y saltó sobre sus espaldas—. ¿Vamos a volver después?
—No creo —respondió Demian mientras la acomodaba para sujetarla firmemente—. Debería volver a casa temprano para hacer los trabajos del colegio que tengo pendientes.
—¿No los puedes dejar para otro día?
—Ya lo hice anteayer y ayer. No puedo dejar pasar más tiempo, se me acumularán demasiados.
—Ah, bueno. No hay problema. Quizás vuelva yo sola —dijo un poco desanimada.
Anduvieron por un extenso y fresco pasillo antes de subir dos pisos por unas largas escaleras. En el último tramo ella se bajó de la espalda de Demian, él ya empezaba a sentir el cansancio. Caminaron lado a lado hasta salir de la torre en donde estaban.
—Nos vemos mañana, Rúsica —dijo él.
—Al mediodía, como siempre —respondió ella saludándolo con una mano.
—De acuerdo. Cuídate. —Demian comenzó a alejarse en la dirección contraria, hacia la Torre Blanca. Antes de pasar por el arco que daba entrada a una torre de viviendas, se volteó—: Apúrate y ve al comedor o te quedarás sin almuerzo.
—Ya mismo voy para ahí. ¡Adiós!
Caminó lo más rápido que su pierna derecha se lo permitía. Llegó al comedor justo cuando una gran masa de gente se iba. Le quedaba poco tiempo para conseguir algo de comida, si era que quedaba algo.
Se abrió paso entre la multitud hasta llegar a la cocina. Le rogó a una de las cocineras que le diera aunque sea algo para tener energías para la tarde. A la mujer no le hizo mucha gracia, pero cómo vivían cerca y la conocía desde pequeña, juntó algo de pan, queso y unas fetas de carne para hacerle un sándwich rápidamente. Rúsica le agradeció con una gran sonrisa que dejaba ver a la perfección su canino izquierdo partido. Guardó la comida en el bolso que le cruzaba en diagonal por el pecho. Se sumó a la gente saliendo del comedor con destino a sus diferentes puestos de trabajo.
Mientras controlaba con atención las piezas metálicas que pasaban frente a ella, comió de a pequeños bocados el sándwich. De todos los trabajos que le habían tocado hacer, ese era el más aburrido. Las piezas imperfectas que se creaban eran mínimas, la mayor parte del tiempo estaba inmóvil viéndolas desfilar por la cinta transportadora. Cuando encontraba alguna que no cumplía los requerimientos, lo único que debía hacer era tomarla y arrojarla en la bandeja rectangular que tenía enfrente.
Finalizada la segunda parte de su turno de ocho horas, marcó su salida y fue hasta la puerta de la fábrica. Allí esperó pacientemente a que la revisaran. A pesar de que era algo molesto, dejó de quejarse luego de pasar un año trabajando allí. Los guardias ni la miraban cuando decía alguna palabra protestando por el control, simplemente estiraban sus manos para que les permitiera revisar su bolso. Una vez que terminaban, pasaban de inmediato a la siguiente persona, dejando sus palabras perdiéndose en el barullo de la gente a sus espaldas.
Habló unos minutos con sus amigas antes de irse a practicar sus saltos al vacío. Le daba algo de recelo ir sola por las tardes, ya que de vez en cuando se encontraba con grupos de Aéreos que salían del colegio e iban a pasar el rato allí. Esa torre solía estar siempre vacía, lo que la convertía en un sitio perfecto para estar en tranquilidad. En la mayoría de los encuentros con Aéreos, Rúsica no recibía más que alguna broma sobre lo que estaba haciendo, pero ya había vivido unas experiencias más bruscas. En una sola ocasión había llegado a algo físico, lo que bastó para que pensara dos veces en quedarse.
Al llegar al balcón de práctica, se asomó por detrás de una de las paredes antes de
