Agencia Antiespectros
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Desafiando el miedo a lo desconocido, afronta con determinación el entrenamiento intensivo en la Agencia. A medida que sus días se llenan de situaciones imprevisibles y desentraña misterios que desafían toda lógica, forja nuevas relaciones, amistades y deseos que nunca imaginó.
Mauro David Fenelón Arias
Mauro David Fenelón Arias
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Agencia Antiespectros - Mauro David Fenelón Arias
Créditos
Arias, Mauro David Fenelón
Agencia Antiespectros / Mauro David Fenelón Arias
1ra ed. - Libros Tucumán Ediciones, 2025
Colección Alpachiri
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-631-6769-05-3
Libro en papel
606 páginas; 23 x 15 cm
ISBN 978-631-90760-6-6
1. Novelas fantástica, 2. Narrativa Juvenil
CDD A860
Arte de tapa: Nadia Gabriela Alamo
© 2025 Mauro Arias
www.instagram.com/mauroarias.escritor
© 2025 Libros Tucumán Ediciones
www.LibrosTucuman.com.ar
PRIMERA PARTE. Bicolor
Capítulo 1
Abrió la canilla y comenzó a tirarse agua fría en la cara. Luego se restregó los ojos violentamente hasta que su madre le dijo que se detuviera. Al verse de nuevo al espejo, la mancha azul seguía allí, cosa que la hizo sollozar.
—¡Está enorme, mamá! —dijo casi llorando, tras verse en el espejo del baño.
—No es para tanto, Ari. Seguro que no pasará nada. —Le frotó la espalda con cariño, pero no logró más que hacerla soltar un par de lágrimas.
—Sabes que es mentira. Ocupa casi todo mi ojo, no me van a dejar salir.
—Vamos a desayunar. Papá nos está esperando.
Tuvo que forcejear con ella enfrente del espejo. La tomó del brazo y la sacó del baño. En el camino a la cocina la abrazó y le dio varios besos en las mejillas. Ella no respondió, todavía estaba pensando en los peores escenarios posibles.
—Buen día, Ari —le dijo su padre al verla entrar en la cocina—. Siéntate a tomar algo.
—¿Qué haremos? —preguntó su madre ni bien se acomodó en la mesa, queriendo que hablaran del tema lo más pronto posible.
—Por la llamada de ayer, no parecería que vayan a dejar pasar esto por alto… —respondió él.
—No, no creo que lo hagan. —Miró a su hija que estaba cabizbaja, con la taza humeante entre sus manos, pero sin intenciones de beber el té—. Aunque tengamos miedo de lo que pueda pasar, me parece que lo mejor sería ir hoy mismo.
—¿No podemos dejarlo para mañana? —preguntó ella, suplicando.
—Quizás… —comenzó a decir su padre, pero al voltearse a ver a su esposa, vio que negaba lentamente con la cabeza—. Lo mejor será ir hoy, Ari. No sabemos qué pueden llegar a hacer si nos demoramos demasiado. Hay antecedentes de arrestos… aunque la mayoría de las veces son solo multas.
A pesar de la rápida aclaración que hizo, no pudo evitar que ella lloriqueara ante la idea de terminar en prisión.
—¡No te pongas así! —La madre miró severamente a su marido mientras se ponía de pie para darle un abrazo a su hija—. Solo tienes catorce años, es imposible que decidan hacer eso.
—Pero, ¿ustedes qué? Seguro van a tener problemas por mi culpa.
—No lo sabemos…
—Seguro que será así —dijo Ariadna controlando lo mejor que podía su voz para que no se sintiera su miedo—. Vamos a ir hoy. Esperemos que el doctor Sánchez nos diga que no es nada.
Ariadna sonrió, aunque ni ella misma creía en sus palabras. Viendo las expresiones de sus padres, supo que pensaban igual que ella, a pesar de que quisieran disimularlo.
—Entonces iremos cuando vuelva del trabajo —dijo su madre—. Yo pasaré por aquí para buscarte y luego nos encontraremos con papá en la oficina de la Agencia. ¿Está bien?
—Sí, claro. Pediré permiso para salir más temprano —respondió él.
—Bien. Ahora dejemos de preocuparnos, no arreglará nada que lo hagamos. Vuelve a dormir otro rato más, si quieres. —Le pasó una mano cariñosamente por el cabello—. Luego de ver al doctor compraremos helados para todos.
—Bueno, pero después no se olviden. —Les sonrió, aún con algunas lágrimas cayéndole por las mejillas.
—No, claro que no. —Le dio un fuerte y largo abrazo, y luego le dio lugar a su marido para que hiciera lo mismo.
Terminado el desayuno, y habiendo resuelto que irían esa tarde a la revisión médica, sus padres se despidieron para ir al trabajo. Ella se quedó en el piso de abajo dando vueltas sin rumbo mientras pensaba en qué podría gastar su tiempo libre. El silencio de la casa la ponía incómoda, lo primero que hizo fue poner música en su celular.
Descansó un rato acostada en el sofá de la sala de estar. Le llegó un mensaje de una de sus amigas: ¿Hoy tampoco vienes?
. No, todavía estoy enferma
, respondió después de varios minutos de duda. Está bien. Espero que te mejores pronto
.
Dejó el teléfono sobre la mesa ratona junto al sofá, y ahogó un grito en uno de los almohadones con funda bordada a mano. Odiaba tener que mentirles de esa forma a sus amigas. Se sentía peor aún sabiendo que lo más seguro fuera que no creyeran nada de lo que les decía. No había manera en que no adjudicaran sus repentinas ausencias a lo que le sucedía en su ojo.
Una mañana de lunes, dos semanas atrás, justo después de su cumpleaños, la línea azul en su ojo derecho le pareció más grande. No le dio importancia en ese momento, pensaba que se lo estaba imaginando. En el colegio sus amigas le hicieron saber que realmente estaba más grande. Una pizca de preocupación apareció en sus pensamientos. Pero recordó que el médico la había revisado unos días antes y le dijo que todo estaba normal.
—Estoy segura que está más grande —le dijo Laura, una de sus amigas, luego de saludarla.
—¿Eso crees? —la pregunta era más para hacerse la desentendida, porque ya era completamente notoria la mancha azul en su iris café.
—¿No te viste al espejo? —preguntó María riendo—. ¡Está enorme!
—No creo que sea para tanto —respondió Ariadna en voz baja, mientras intentaba que su flequillo le tapara el ojo—. La tengo desde que nací, no me parece tan extraño.
—Pero si se vuelve muy grande, podría… Ya sabes… —Laura la interrumpió mirándola con el ceño fruncido. María se disculpó e intentó cambiar de tema de inmediato. Sin embargo, no sirvió para esfumar esas palabras que hicieron mella en Ariadna. El resto del día estuvo ensimismada pensando en todo momento en lo que podría pasarle si la mancha continuaba creciendo.
Al volver a su casa se plantó frente al espejo del baño. Se abrió los párpados con los dedos. Se tocó la parte azul, con cuidado al principio y con más vehemencia cuando la desesperación la comenzó a invadir. No tenía claro lo que intentaba conseguir. Por un momento pensó que dañar el ojo sería la solución a todo el problema. No encontró el valor para hacerlo. No consiguió otra cosa que poner rojo todo su ojo y eso le impedía mantenerlo abierto.
Despertó en el sillón abrazada a uno de los almohadones. Estaba segura de que algo la había sacado de su sueño, pero no recordaba qué. De todas formas, no tuvo que pensar demasiado, unos segundos más tarde el timbre de la puerta volvió a sonar. Se puso de pie y fue rápido a abrir.
—Buen día, Ari. ¿Cómo estás? —saludó Lucrecia, la señora que se encargaba de los quehaceres del hogar y de cuidar a sus hermanos pequeños.
—Tengo miedo —respondió, sujetándose a ella con todas sus fuerzas—. Hoy vamos a volver al doctor.
—No te preocupes, no pasará nada malo. —Lucrecia le dio un beso en la frente y la llevó a la cocina—. ¿Quieres que te prepare una chocolatada?
Ariadna le respondió que sí y se sentó a la mesa. La observó con atención mientras sacaba las cosas de la heladera y mientras revolvía la leche rítmicamente. Cuando estuvo lista, Lucrecia puso el vaso frente a ella con amor.
—Gracias. —Lo agarró con ambas manos y tomó más de la mitad de una sola vez—. Quizás sea la última vez que nos veamos, Lucrecia.
—No creo que las cosas funcionen así —respondió ella riéndose—. Seguro tendrás que ir a la Sede Central para entrenar o algo así, pero el resto de tu vida continuará con normalidad.
—¿Conoces a alguien a quien le haya pasado lo mismo?
—No como tu caso, pero sí conozco a gente que lo hizo voluntariamente. Es similar a un trabajo normal, salvo todo el tema de fantasmas, espectros y demás cosas sobrenaturales.
Bebió el resto de la chocolatada en lo que meditaba sobre eso. No terminaba de entender por qué alguien se metería en algo así por voluntad propia. Ella, que había estado temiendo este momento toda su vida, no tenía ni la menor intención de tener que lidiar con tales temas.
—¿Qué opinas de que me escape a otra provincia o a otro país? —preguntó considerando en serio hacerlo.
—¿Sola? —Ariadna asintió—. ¿Con catorce años? —Hizo otro movimiento afirmativo—. ¿Y sin dinero?
—Tengo algunos ahorros. Puede que alcance para comprarme un boleto a algún lugar cercano.
—Y luego usarás tus grandes capacidades para conseguir trabajo —dijo Lucrecia entre risotadas.
—Puedo hacer muchas cosas cuando me lo propongo —respondió Ariadna seria.
Lucrecia se acercó para abrazarla, todavía con su gesto amoroso. Ariadna evitó que lo hiciera un par de veces. Finalmente, el abrazo se lo dio ella.
—Ya sé que eres capaz de hacer lo que quieras, pequeña mía. —Le llenó la cara de besos—. Sabes que eres mi favorita, ¿no? —preguntó en voz baja.
—Sí, se nota demasiado —respondió Ariadna riendo.
—Aun así, no podemos estar diciéndoselo a tus hermanos. Así que… calladita —dijo poniendo un dedo sobre su boca, sellando sus labios—. Bueno, ahora tengo que empezar a trabajar. Ve a relajarte un poco hasta que tengas que ir al médico.
—Está bien. Gracias por todo lo que haces por mí. Te quiero.
Fue a su cuarto y se sentó en la cama para buscar información sobre la situación en la que estaba. Ya lo había hecho otras veces, pero en ese momento no podía pensar en otra cosa. Quería encontrar una solución a todo en alguna de las páginas que se dedicaban a recopilar información sobre la Agencia Antiespectros.
Tras casi una hora, llegó a la conclusión que no tenía sentido seguir buscando esa solución milagrosa. Los casos como los de ella eran tan raros que estaban controlados desde el primer momento en que se manifestaba la mancha. No terminó de entender con exactitud por qué era tan importante para la Agencia, pero le quedaba claro que no la dejarían en paz así sin más. Por el par de experiencias que leyó mientras navegaba por Internet, sabía que ir en su contra solo le traería problemas legales.
Más preocupada que antes, arrojó el celular sobre la mesita de luz y hundió la cara en la almohada. La visita al médico sería después de las cinco de la tarde, todavía le quedaban varias horas hasta enfrentarse al dictamen final. Cerró los ojos intentando con todas sus fuerzas dormirse cuanto antes, tenía la esperanza de que todo hubiese sido un mal sueño al momento que los abriera de nuevo. Tras conciliar unas tres horas de descanso, y cuando Lucrecia la llamó para el almuerzo, comprobó que todo seguía tal cual.
El espejo del baño seguía reflejando su iris derecho invadido por la desgraciada mancha azulada. Lloró, frustrada por no poder cambiar la situación de ninguna manera. Escaleras abajo, sus hermanos ya estaban almorzando, vestidos a medias con los uniformes del colegio. Se sentó a la mesa de mala gana para comer, sabiendo que las miradas curiosas estarían sobre ella en todo momento. A pesar de lo mucho que eso le molestaba, contuvo sus reclamos. Eran pequeños y no tenían por qué saber lo que ella sufría.
Después de la comida, los ayudó a terminar de prepararse y los despidió abrazándolos por un largo rato. Sintió una gran angustia. A través de la ventana los observó alejarse caminando de la mano de Lucrecia, en dirección a la parada del colectivo.
Tenía un poco más de tres horas antes de que tuviera que prepararse para ir al médico. Decidió matar el tiempo jugando en la computadora. Descargó tensiones con un juego en línea e intercambió insultos con otros jugadores desconocidos. Se recriminaban las malas jugadas que hacían y se culpaban por las derrotas del equipo. No era algo que solía hacer, pero en esa situación se dejó llevar y respondió con toda su furia a los comentarios ofensivos que recibía al momento de cometer algún error o no concretar una jugada de la mejor manera. También aprovechó para hacer lo propio con los compañeros que le resultaban más molestos, y se sumó a las burlas contra los rivales cuando consiguieron sacar adelante una partida complicada.
Al terminar se sintió más tranquila y hasta creyó que todo podía salir bien luego de que el médico la revisara y comprobara que su ojo había transmutado casi por completo de marrón a azul. Sin embargo, esa sensación se desvaneció poco a poco a medida que los minutos de espera pasaban. Acostada, sola en su habitación, su mente comenzó de nuevo a darle vueltas al asunto, repasando las etapas de crecimiento de la mancha, los comentarios que había leído en Internet y sus planes de escape. Mirando al techo sintió una presión en su pecho, acompañada de retortijones. Cuando parecía que no podría contener por más tiempo las ganas de gritar desesperadamente, sintió la puerta de su casa abrirse, había llegado su mamá.
Bajó lo más rápido que pudo las escaleras y, al ver a su madre, la abrazó con todas sus fuerzas, dejando que una catarata de lágrimas le corrieran por las mejillas. Su madre trató de consolarla diciendo típicas frases como: Todo estará bien
, Nada cambiará
, Seguramente no es lo que creemos
. Pero no consiguió que se calmara. Después de dejarla llorar un poco más, la sentó en una de las sillas del comedor. Puso en su mano un vaso con agua, que ella se tomó de una sola vez. Cuando la vio más tranquila, le pidió que fuera a cambiarse. A pesar del estado de ánimo de Ariadna, su madre pensó que era mejor evitar algún tipo de problema legal que pudiera afectar a sus otros hijos.
Luego de prepararse casi en piloto automático, Ariadna regresó al comedor. Su madre apareció unos minutos después desde el piso superior, con una cajita negra y alargada entre sus manos. Ella tardó unos segundos en darse cuenta de que era un estuche de anteojos. Eran unos lentes de sol, de vidrios espejados y marco plateado, que la había visto usar en otras ocasiones.
—Son para evitar miradas curiosas en el camino al consultorio —le dijo al pasárselos.
Ariadna se los puso y se miró en el espejo junto a la puerta. No le quedaban bien por la forma de su cara, pero no se preocupó mucho ya que no los usaba con fines estéticos.
—¿Estás lista? —le preguntó su madre, con una mano en el picaporte de la puerta de entrada. Ella le dijo que sí—. Bueno, vamos.
Afuera, el calor insoportable de los últimos días de primavera las azotó de inmediato.
—Vamos caminando, ¿te parece?
—Sí, por mí no hay problema.
El consultorio quedaba a quince cuadras de su casa, caminar no sería una ardua tarea. Además, le serviría para despejar la cabeza y evitar interactuar con alguna otra persona, cosa que no tenía muchas ganas de hacer.
A pesar de que había recorrido esas calles infinidad de veces a lo largo de sus catorce años de vida, en ese momento lo hacía con una sensación diferente, sintiendo que esa sería la última vez que caminaría por ellas. Sin saber bien por qué, tenía esa sensación de fatalismo desde que recibieron la llamada de la Agencia. Sabía que no la tomarían por la fuerza y la separarían de su familia, pero eso no la dejaba más tranquila.
Faltando un par de cuadras para llegar, tomó la mano de su madre y caminaron hasta la puerta de madera negra con un elegante tallado. Dentro las esperaba su padre. Al verlas entrar se puso de pie y fue rápidamente hacia ellas para darle un abrazo a Ariadna. Después de los saludos, se acercaron al escritorio en donde una muchacha joven escribía sin descanso en una computadora. Cuando estuvieron frente a ella, se detuvo y los miró desbordando simpatía.
—El señor ya me ha comentado la situación. Cuando estén listos para ver al doctor, llamen a su puerta. Los está esperando. —Se pudo ver un poco de decepción en su mirada al comprobar que la chica, de la que seguramente había escuchado hablar, llevaba puestos unos lentes negros, evitando que pudiera ver la rareza que había en su ojo.
Después de agradecerle, se acercaron a la puerta del consultorio que conocían desde hace años. El padre de Ariadna fue quien se adelantó para llamar. Casi al instante se escuchó la respuesta del otro lado, una voz indicándoles que pasaran.
—¿Cómo estás, Ariadna? —preguntó el médico al verla entrar—. No esperaba tener que encontrarnos de nuevo tan pronto. —Se levantó para saludarlos.
Era un hombre de unos cincuenta años, alto y delgado. En su cabello negro, corto y bien peinado, ya asomaban un par de canas, pero sus ojos color miel todavía tenían una mirada jovial y alegre. Se habían conocido durante sus primeros años como profesional y como médico oficial de la Agencia. Siempre se mostró amable y positivo, tranquilizando a la familia sobre la posibilidad de que su hija sea reclutada, afirmando que, por el tamaño de la mancha, no sería obligatorio que se uniera a ellos.
—Hola, doctor Sánchez. Como ya sabrá, sucedieron cosas que nos obligaron a regresar antes de tiempo —explicó su madre—. Esperamos que no sea más que un pequeño susto —podía notarse el tono de ruego en su voz.
—Bueno. Vamos a ver ese ojo para comprobarlo —respondió, invitando a Ariadna a sentarse frente al aparato que solía usar para revisarla durante los chequeos anuales.
Ella caminó despacio hasta el banquito. Se quitó los lentes espejados, generando una pequeña exclamación de sorpresa de parte del doctor Sánchez.
—Creo que no hará falta usar la máquina —dijo mirándola fijo con expresión boba—. Esto es increíble. Nunca había visto o escuchado de algo así. Vamos a darle un vistazo de todas formas.
Ariadna apoyó su mentón en el soporte del aparato. El doctor mantuvo una amplia sonrisa mientras veía el iris agrandado en la pantalla, tomaba notas e introducía datos en su informe. Antes de terminar, tomó una foto con su celular. Luego la invitó a volver junto a sus padres.
—La foto es un recuerdo personal —dijo mientras se sentaba. Escribió algo en el teléfono, todavía con expresión de admiración. Tras unos segundos de silencio, volvió a hablar—. Disculpen mi reacción tan poco profesional, pero esto es algo completamente único y poder presenciarlo es un gran privilegio. —La miró por un rato más—. Bueno, para resumir, estoy del todo seguro que esto es lo que pensábamos desde un principio. No sabría decirles por qué se manifestó de manera tan descontrolada y a esta edad, pero no tengo ninguna duda de que es lo que sospechábamos.
El ánimo de la familia decayó de golpe. Estaban tomados de las manos, rogando que dijera algo diferente, pero desde el momento que vieron su reacción era casi seguro que las noticias no serían buenas. Al menos para ellos.
—¿Está seguro? Tal vez podría revisarla de nuevo —sugirió nervioso el padre de Ariadna.
—Entiendo lo que sienten ahora, pero el diagnóstico es definitivo. Los patrones en las zonas azules del iris son muy particulares —sentenció.
Los tres se quedaron boquiabiertos. Su padre se restregó repetidamente los ojos; mientras ella y su madre se abrazaban. El doctor Sánchez llamó a la muchacha de la recepción por el teléfono y le pidió agua para ellos. Después de un rato, la secretaria apareció sujetando tres vasos plásticos. Aprovechó para darle un vistazo a Ariadna. Se quedó anonadada al verla, casi vuelca uno de los vasos. Permaneció parada en silencio a un lado del escritorio mirándola fijo, hasta que el doctor le llamó la atención para informarle que alguien de la Agencia vendría pronto y que debía hacerlo pasar al consultorio en cuanto llegase. Al recuperarse de la impresión, salió del consultorio cerrando la puerta tras de sí.
—Ya le conté sobre la situación a un colega —les informó el doctor luego de que le dieran un par de tragos a los vasos—. Él trabaja en la Sección Entrenamiento de la Agencia. Llegará en unos minutos para explicarles qué deberán hacer a partir de ahora. Pero no se preocupen, lo más seguro es que tengas que empezar con las prácticas recién en enero, durante la época de reclutamiento —agregó al ver que los padres mostraron preocupación en sus rostros—. Pueden sacarse algunas dudas mientras esperamos, les responderé todo lo que pueda.
Pasaron unos minutos en silencio antes de que Ariadna se animara a preguntar.
—¿Qué tal es la Agencia?
—Bueno, te contaré un poco de lo que sé —dijo el doctor—. Desde que entré, prácticamente solo he trabajado en oficinas de este estilo. Como sabrán, estoy aquí hace catorce años —eso le hizo recordar que lo conocía desde pequeña—, así que sé poco sobre el funcionamiento de las cosas en la Sede Central. Las instalaciones son super cómodas. Tienen habitaciones para los empleados, salas de entrenamiento, gimnasios, lugares para relajarse, comedor, entre otras comodidades que se pueden usar sin problema. El ambiente también es bastante agradable. La mayoría de la gente está dispuesta a ayudar y se esfuerzan por hacerte sentir como uno más.
Escuchar eso despertaba curiosidad en Ariadna. Nunca había estado en el edificio principal de la Agencia. Solo había visitado el museo que tenían cerca del centro, desde que comenzó la secundaria iban una vez por año. Ahí no había muchas cosas interesantes para ver.
—Respecto a la tarea que realizarás —continuó el doctor Sánchez—, no puedo hablarte demasiado sobre eso, pero puedo decir que sin lugar a dudas ayudarás mucho a todos. —Le sonrió con cariño a Ariadna. Ella le devolvió la sonrisa a pesar de que la respuesta no la convencía del todo.
—¿La mancha puede seguir creciendo? —preguntó su madre.
—Eso no es algo que pueda asegurar —contestó él tras pensar un par de segundos—. Según el conocimiento que se tiene sobre estos casos, no debería haber seguido creciendo, pero ya vimos cómo cambiaron las cosas en estas tres semanas. —La mujer asintió sin decir nada más.
Pasaron varios minutos en los que todos permanecieron en silencio. Ariadna recorrió el consultorio varias veces con la mirada, estaba igual desde que tenía memoria. Del otro lado del escritorio, el doctor revisaba unas carpetas que sacó de uno de los cajones. Frente a él, los padres de Ariadna escribían mensajes en sus celulares, avisándoles a sus familiares sobre los resultados de la revisión.
Mientras Ariadna espiaba a su madre enviándole un mensaje a su hermano mayor, alguien tocando a la puerta llamó la atención de los cuatro. El doctor Sánchez dijo en voz alta: adelante
. Un hombre entró al cuarto. El traje gris claro que llevaba le daba un aspecto muy elegante a su figura de espaldas anchas y estatura promedio. Saludó al médico con un movimiento de cabeza antes de presentarse.
—Buenas tardes. Soy Ismael Berletti, pertenezco a la Sección Entrenamiento de la Agencia Antiespectros —dijo ofreciéndoles la mano.
—Buenas. Ella es Ariadna —dijo el padre al devolver el saludo—. Yo soy Alfredo Menéndez, y ella es mi esposa Valeria.
—Mucho gusto. —Ismael se acomodó en el banquito frente a la máquina—. Por lo que me dijo el doctor Sánchez, y por lo que veo ahora —disimulaba su asombro mucho mejor que el médico y que la secretaria, pero, aun así, podía notarse su emoción al ver el ojo—, puedo decir sin problemas que eres alguien muy especial, ¿sabes? —Tenía un gesto amable que contrastaba mucho con la expresión seria que mostró al entrar al consultorio—. ¡Un diamante entre diamantes! —agregó ante la mirada de asombro de Ariadna y sus padres. Es cierto
, aportó el doctor desde su sillón de cuero marrón—. De por sí, que alguien manifieste la mancha azul es muy extraño. Aproximadamente uno en cuatro millones, ¿verdad, doctor? —preguntó, de nuevo con expresión sería. Él confirmó el dato—. Y, dentro de esa pequeña cantidad, son pocas las manchas que superan un cuarto del iris. Alguien como tú… —se detuvo un momento a pensar—es realmente especial. No solo es la primera vez que veo una mancha superando la mitad, sino que es incluso la primera vez que veo que sea posible. ¡La tuya ocupa casi tres cuartas partes! Estás destinada a hacer cosas increíbles, pequeña —sonreía dejando ver su ilusión en los ojos.
Ariadna se quedó sin palabras, sorprendida por lo que acababa de escuchar. Sabía que las manchas azules eran extrañas, pero desconocía la rareza que tenía la suya en particular.
Sin dejarle mucho tiempo para pensar, Ismael continuó hablando.
—Organizaré una visita a las instalaciones de la Central para la semana que viene. ¿Tienen algún día y hora en particular en la que prefieran ir? —se dirigió a los padres de Ariadna que todavía estaban procesando la situación.
—Cualquier día está bien, y la hora… —Alfredo se detuvo para mirar a su esposa.
—Después de las cinco de la tarde es mejor. A esa hora ambos estamos desocupados del trabajo —completó ella.
—Está bien. —Ismael lo anotó en su celular—. Seguramente recibirán una llamada durante el fin de semana para confirmar el día y el horario. La visita no se extenderá demasiado, una hora como mucho. —Levantó la vista para mirar a Ariadna—. Por ahora te recomiendo que continúes tu vida normal. Quedan solo unas semanas de clases, lo mejor sería que no pierdas el año, ¿no? —le dijo con amabilidad.
Ella se imaginó cómo sería su vuelta a clases con la gran mancha llamando la atención de todos. Eso le asustaba, pero Ismael tenía razón, no era conveniente que abandonara el colegio a unas semanas de terminar el año.
Mientras ella y sus padres seguían pensando en sus palabras, Ismael se levantó del banquito y comenzó a despedirse.
—Nos veremos de vuelta pronto, Ariadna —le dijo cuando estrechó su mano—. Si tienen alguna duda pueden llamar al doctor o a su secretaria. Es Micaela, si no me equivoco. —Miró a Sánchez, que lo confirmó—. Aunque ahora haga trabajo de oficina, hizo el entrenamiento que harás tú.
Se despidió otra vez antes de salir, dejando a la familia con el médico. Tras un momento de silencio incómodo, él carraspeó para llamar la atención de sus visitantes.
—Les recomiendo que ahora regresen a casa para descansar. A menos que tengan alguna pregunta…
Le dieron a entender que aún no tenían dudas y se pusieron de pie para abandonar el consultorio. El doctor también se paró para despedirlos. A Ariadna le dio un pequeño abrazo antes de que saliera. Cuando pasaron frente al escritorio de Micaela, ella los despidió con un ¡Buena suerte!
, dirigiéndose en especial a Ariadna.
En el camino a casa se detuvieron a comprar helado en uno de los locales cercanos. Sus padres la dejaron elegir los sabores, pero de todas formas ella los escogió pensando en sus hermanos. Al llegar, todos fueron a recibirla y la abrazaron fuertemente. Eso hizo que se emocionara, cuando se fue se había imaginado que no volvería a ver a su familia.
Después de compartir un rato con ellos, Ariadna subió a su habitación para descansar. La visita al médico la había agotado, pero también le tranquilizó la forma en que se tomaron las cosas. Antes de ir se había imaginado que se generaría un gran escándalo, sin embargo, más allá de las caras de sorpresa, todo fue muy calmo. Además, conocer a Ismael le dio más confianza. Nunca había conocido a alguien perteneciente a la Agencia aparte del doctor Sánchez, las secretarias y los agentes encargados de las visitas, estos últimos no solían hablar mucho más fuera del discurso que tenían preparado.
Mientras pensaba, le llegaron unos mensajes. Eran sus amigas preguntando por ella. Tras ver lo preocupadas que estaban, decidió decirles la verdad. Lo más seguro era que al otro día asistiera a clases y no quería que se llevaran una sorpresa al verla. Contó brevemente la situación en el grupo de chat que tenía con ellas, agregando una foto de su ojo para mostrarles el tamaño de la mancha. Como esperaba, respondieron asombradas y comprendieron por qué faltó esos días.
Chateó con ellas por alrededor de media hora. Luego el sueño la venció y se quedó dormida con el teléfono entre las manos.
Capítulo 2
Los siguientes dos días de clases le fueron agobiantes. Apenas entró por la puerta principal del colegio, durante la mañana del primer día, pudo sentir cómo cambió el ambiente a su alrededor. Todos en su camino aprovechaban la oportunidad para conseguir verle el ojo derecho. Algunos más discretamente, pero la mayoría sin ningún tipo de reparo. Al llegar junto a sus amigas también recibió miradas curiosas, aunque esas le molestaron menos.
Las horas de clases fueron los momentos de mayor alivio. Después de las miradas iniciales de sus compañeros y profesores, la clase continuó con normalidad, sin que recibiera pregunta alguna sobre la mancha o la Agencia.
Durante el segundo día la situación estuvo más calmada. La mayoría de la gente había saciado su curiosidad. Solo los que no pudieron verla antes, o los más descarados, eran quienes se acercaban a molestarla.
En la tranquilidad de su casa, dedicó las tardes para terminar las tareas pendientes de sus días de ausencia. Luego jugó en la computadora cuando estuvo desocupada.
Mientras estaba sentada frente al escritorio, su padre apareció a sus espaldas.
—¡No hagas eso! —se quejó Ariadna cuando él le tapó los ojos. Cuando pudo volver a ver ya había perdido una vida—. ¡Ahora tengo que volver a empezar!
—Quizás ya sea tiempo para que descanses un poco. —Ariadna miró la hora en su celular, ya había estado allí bastante rato—. ¿Cómo te fue hoy?
—Mejor que ayer, pero todavía hubo algunos que se acercaron a molestar. —Cerró el juego y apagó la computadora—. ¿Qué vamos a comer?
—¿Qué te parece pizza para festejar tu vuelta a clases?
—No quiero que gasten plata solo por mí —mientras hablaba, no paraba de decir sí repetidamente con su cabeza, esperando que su padre entendiera sus verdaderas intenciones.
—No te hagas problemas por eso —respondió Alfredo riendo—. Habla con tus hermanos para decidir qué pedir.
—Bueno, gracias. —Le dio un abrazo antes de dirigirse al piso de arriba para buscar a sus hermanos.
Cuarenta minutos más tarde toda la familia estaba sentada a la mesa con un par de pizzas.
—Quiero agradecer por cómo estamos llevando esta situación — dijo su madre mirando a los cuatro hijos, que la observaban con atención—. Con su papá queríamos hacerles saber que ustedes se han portado muy bien todo este tiempo, y que han ayudado a su hermana a que las cosas sean más amenas en la casa. —Los tres hermanos de Ariadna estaban felices por las palabras de su madre—. Y, por supuesto, quiero agradecerle a Ariadna que ha hecho un gran esfuerzo para continuar con su vida normal, a pesar de la situación en la que está. —Aunque su madre lo dijo con cierto toque de lamento, Ariadna respondió con una gran sonrisa—. Quiero que sepas que te vamos a hacer un regalo especial para Navidad.
—Bueno, muchas gracias. —Ariadna les dio un abrazo y un beso a cada uno.
—Yo también prometo comprarte algo —dijo su hermano mayor antes de que ella volviera a su lugar.
—Mmm…
—¡En serio!
Todavía sin creerle del todo, Ariadna le dio otro rápido abrazo y se sentó por fin en su silla. Su padre dio por comenzada la cena.
El sábado por la mañana, mientras desayunaba, Ariadna contestó el teléfono que había empezado a sonar en la cocina.
—Buenos días. Me comunico desde la Agencia Antiespectros, ¿hablo con la familia Menéndez? —dijo la voz del otro lado.
—Sí, habla Ariadna —respondió con la boca llena, después de darle un mordisco a la tostada que tenía en la mano.
—¿Cómo estás, Ariadna? Soy Irene Gutiérrez de la sección de Reclutamientos de la Agencia. Quería informarles que el día de su visita será el martes de la semana que viene, a las dieciocho horas. ¿Hay algún problema con el horario? —Tenía una voz suave y dulce. Ariadna se la imaginaba sonriendo mientras hablaba.
—Espere, por favor. —Se puso el teléfono contra el pecho y gritó desde el pie de la escalera—: ¡Mamá, nos llaman de la Agencia! Dicen que nos esperan el martes a las seis de la tarde.
La voz de su madre tardó unos segundos en contestarle.
—¡Sí podemos ir ese día! —Se la escuchó caminar en el piso de arriba, hasta aparecer en la parte superior de la escalera.
—Hola —dijo Ariadna, hablando de nuevo con la mujer de la Agencia—. Ese día podemos ir.
—Muy bien. ¿Quiénes van a acompañarte?
—Espere. —Otra vez el teléfono apretado contra el pecho—. ¿Quiénes vamos a ir?
—Nosotras y tu papá, no más.
—Hola. Iré yo con mis padres. Tres en total.
—Muy bien. Entonces, tú y tus padres. —Se escuchaba como tecleaba mientras hablaba—. Y una última cosa, ¿necesitan transporte?
Estuvo a punto de preguntárselo a su madre, pero sabía que la respuesta sería negativa. Como sus ganas de ir en un auto de la Agencia eran enormes, directamente respondió con lo que quería.
—Claro, ¿por qué no? —dijo. La mujer soltó una pequeña risita.
—Está bien. Entonces pasarán por ustedes veinte minutos antes de las seis de la tarde, aproximadamente. Por cualquier cambio estaremos llamándolos. Si necesitan decirnos algo, comuníquense con la oficina de su zona. Ellos nos lo harán saber. Los esperamos el martes. Adiós, Ariadna, qué estés bien —se despidió con su voz dulce.
—Adiós, Irene. Espero conocerte el martes. —La mujer volvió a reír.
—Yo espero eso. Nos vemos —cortó la llamada sin esperar una respuesta. Ariadna dejó el teléfono en el cargador antes de seguir desayunando.
—¿Qué más te dijeron? —preguntó su madre entrando en la cocina.
—Nos pasarán a buscar el martes, veinte minutos antes de las seis —respondió, y le dio otro bocado a la tostada que no había soltado en ningún momento.
—¡Pero podemos ir por nuestra cuenta!
—Sí, pero quería conocer uno de los vehículos de la Agencia. ¿Crees que nos buscarán en una camioneta especial para cazar fantasmas? —Ariadna hablaba evitando cruzar miradas. Valeria no estaba muy contenta con la idea.
—Está bien. Si te hace tanta ilusión, no hay problema —respondió acariciándole la cabeza.
Ariadna se alegró por haber ganado esta vez. Terminó el desayuno y se instaló frente a la computadora. Jugó hasta el almuerzo. Luego de la comida acompañó a su padre a hacer las compras semanales. Valeria la alentó para que lo hiciera, casi no había salido de casa en esos días, solo para ir a ver al doctor Sánchez y al colegio. Ariadna decidió salir sin los lentes de sol. Después de todo, esa era la nueva apariencia de su ojo y mientras más la ocultara, más difícil sería acostumbrarse a ella.
El martes llegó antes de que pudiera darse cuenta. Las dos mañanas escolares de esa semana fueron tranquilas, solo una que otra mirada insistente cuando se cruzaba de frente con alguien, pero el acoso de curiosos había casi desaparecido. Le sorprendía lo rápido que dejó de ser el centro de atención, aunque no pretendía lamentarse por eso.
Después del almuerzo decidió tomar una corta siesta para estar con energías para la visita. Luego hizo el intento de hacer sus deberes, pero estaba demasiado ansiosa como para concentrarse. Pasó el resto de la tarde buscando fotos e información de la Agencia por Internet. Aunque ya lo había hecho durante el fin de semana, quería comprobar si encontraba algo nuevo al respecto.
Tras dos horas de búsqueda, su madre apareció en la puerta de la habitación para avisarle que era hora de prepararse. Ella se había distraído leyendo diversos blogs que no contaban más que teorías sin fundamento sobre la Agencia y que criticaban el secretismo que había detrás de las instalaciones y, entretenida en eso, no se había dado cuenta que eran más de las cinco.
Cuando comenzó a cambiarse le ardían los ojos y se sentía más cansada que antes de su siesta, se metió bajo la ducha fría para despabilarse. De vuelta en su cuarto, se vistió con un pantalón color verde oscuro, combinándolo con una de las camisas blancas que usaba para el colegio y unas sandalias negras con plataforma. Mirándose al espejo, le pareció un atuendo correcto.
Sus padres la estaban esperando sentados en la sala. Ella se acomodó en unos de los sillones y continuó leyendo uno de los blogs que había dejado a medias.
Unos quince minutos más tarde sonó el timbre. Parado tras la puerta de reja negra, se encontraba un joven vestido de manera bastante normal: vaqueros azules, zapatillas blancas y una remera color salmón. Ariadna y sus padres se quedaron confundidos al verlo, se habían imaginado otro aspecto del empleado de la Agencia que los vendría a recoger.
—Buenas tardes —saludó el muchacho a los tres, que lo miraban con una pizca de decepción—. Vengo de parte de la Agencia. Soy Darío —mostró una credencial que sacó del bolsillo. En ella aparecía su foto y sus datos junto al logo de la organización.
—Pareces algo joven para conducir —fue lo primero que atinó a decir Alfredo. Y tenía razón, parecía solamente un poco más grande que Ariadna, incluso tenía un aspecto más infantil que su hermano mayor.
—Me lo dicen seguido —confirmó Darío riéndose nerviosamente—. Pero a pesar de mi apariencia, tengo diecinueve años.
Los tres miraron la credencial para comprobarlo y luego le dieron otra mirada a él. Darío los invitó a acompañarlo a su auto para ir de una vez por todas a la Sede Central. Lo siguieron calle abajo durante una cuadra y media, hasta donde había conseguido estacionamiento. La zona donde vivía Ariadna estaba cerca del centro de la ciudad.
Llegaron a un pequeño y no muy nuevo auto. Ariadna se llevó una gran decepción al saber que ese era el vehículo de la Agencia.
—Es un poco decepcionante, pero es lo que tengo —dijo Darío al notar la expresión de Ariadna—. La Agencia decidió no enviar un auto oficial, me pidieron que los recogiera de pasada antes de entrar a mi turno —se encogió de hombros y desactivó los seguros para que pudieran entrar.
—Lo siento —se apresuró a decir Ariadna—. Es que esperaba otra cosa. Pero es un lindo auto para tener a los diecinueve. Creo —agregó sin mucha convicción.
—Gracias, yo también lo creo—respondió él con una expresión más animada—. No te preocupes, durante los encargos podrás andar en los vehículos oficiales y totalmente equipados que usamos en la Agencia.
Darío se quedó mirándola a través del espejo retrovisor, centrándose por primera vez en su manchado ojo derecho. Ariadna se ruborizó. Darío puso el auto en marcha y condujo en dirección hacia la gran construcción que quedaba al noreste de la ciudad.
Llegaron al portón de entrada del gran predio que rodeaba la construcción vidriada que servía de Sede Central de la Agencia. Un guardia hizo parar el auto ante la reja color gris. Darío bajó la ventanilla para mostrar su credencial y para explicar la situación de sus acompañantes. Después de verles las caras a todos, el guardia le hizo una seña a su compañero para que los dejara pasar. Darío condujo hacía el lado derecho del predio, donde se encontraban los estacionamientos. Tras encontrar un lugar libre, descendieron y fueron hacia el edificio.
La recepción estaba prácticamente vacía, solo había un par de personas conversando distribuidas por el amplio espacio, algunas esperaban junto a los ascensores. Un grupo de tres se encontraba detrás de un gran escritorio en el lado derecho de la sala, dos hombres y una mujer. Darío se acercó a hablarle a ella.
—Hola. Ellos tienen una visita programada para hoy.
La mujer levantó los ojos de la computadora, se acomodó los lentes de marco violáceo, y le echó una mirada al grupo. Se quedó atrapada en los ojos de Ariadna. Al no obtener respuesta, Darío tamborileó con los dedos sobre el vidrio del escritorio para llamar su atención.
—Lo siento. Me imagino que son Ariadna Menéndez y sus padres —dijo la mujer leyendo una libreta que tenía junto a la computadora.
—Así es —respondió Darío—. Los dejo a tu cargo ahora, dentro de poco empieza mi turno. Nos vemos después. Suerte. —Saludó con la mano abierta antes de alejarse en dirección a las escaleras en la parte trasera de la recepción.
Los cuatro lo vieron alejarse y comenzar el ascenso, subiendo dos escalones por vez. Cuando desapareció por uno de los pasillos del piso superior, la recepcionista habló.
—Muy bien, Ariadna y señores Menéndez… —dijo mientras buscaba algo en uno de los cajones del escritorio. Sacó tres identificaciones—. Les daré una de éstas a cada uno para que puedan circular por las instalaciones sin problemas. Ya debería estar llegando el encargado de la visita, voy a llenar estas tarjetas con sus datos.
—¿Necesita que le pasemos alguna información? —preguntó Valeria.
—No se preocupe, tenemos los datos necesarios en el sistema.
La recepcionista dio la conversación por finalizada y comenzó a llenar los espacios en blanco de las identificaciones. Ariadna y sus padres aprovecharon para ver las decoraciones que había en la recepción. Se quedaron observando las fotos de los directivos de la Agencia. Los retratados variaban mucho en edad, solo había una mujer entre los seis. Todos tenían una apariencia de confianza y de gran experiencia, a excepción de uno que parecía ser el más joven del grupo. En la foto salía con una expresión de soberbia y desprecio. Esto alertó a Ariadna, sintió un escalofrió recorriéndole la espalda.
Mientras seguían entretenidos con los retratos de los directivos, la recepcionista los llamó desde el escritorio. Apoyado sobre sus codos, justo frente a ella, se encontraba un joven que trasmitía un aire despreocupado. Vestía unos pantalones oscuros, con una camisa azul claro y unos zapatos negros. Era alto y musculoso, tenía el pelo castaño claro bien peinado y sus ojos marrones oscuros miraban casualmente en dirección a ellos. Cuando estuvieron a unos pasos, él se irguió, mostrando que era aún más alto de lo que parecía antes.
—Tú debes ser Ariadna —dijo estirando una mano en su dirección. El gesto amistoso en su rostro la hizo sonrojar. Ella dijo: sí, soy Ariadna
, tímidamente mientras devolvía el saludo—. Mi nombre es Gabriel Funes, soy agente oficial de la Agencia. Mucho gusto —agregó dirigiéndose también a los padres—. Yo los acompañaré en la visita.
—Mucho gusto, Gabriel. Yo soy Valeria, la mamá de Ariadna, y él es mi esposo Alfredo.
Gabriel se volvió hacia la recepcionista para pedirle las identificaciones, y se las pasó a ellos. Se las colgaron del cuello y comenzaron a seguir a Gabriel, que caminaba delante del grupo con paso firme y elegante, subiendo las escaleras despacio. Al llegar a la parte de arriba entraron por el largo pasillo del lado izquierdo, tenía puertas para ambos lados.
—Este primer piso es exclusivamente administrativo. Todas las puertas que verán aquí son oficinas donde se encargan del papeleo de los diferentes asuntos de la Agencia —explicó Gabriel mientras los miraba caminando casi de lado—. En las oficinas de la parte de atrás se encargan de recibir las quejas, agradecimientos y demás llamadas del exterior. Casi no tendrás asuntos que tratar aquí, así que vamos al de arriba —le dijo a Ariadna, que tenía la mirada clavada en él.
Siguieron caminando por el pasillo hasta llegar a las escaleras del otro lado. Esta vez, Ariadna se apresuró para subir a la par de Gabriel.
—¿Estas emocionada por tu incorporación a la Agencia? —preguntó él cuando llegaron a la parte de arriba.
Ariadna lo pensó durante unos segundos antes de responder, mientras observaba a sus padres recorrer la última parte de la escalera.
—Emocionada, no creo. Lo que sí estoy es un poco asustada. Todo fue muy repentino —le confesó.
—Te entiendo. Por lo que escuché, hasta hace solo una semana no eras alguien de interés para la Agencia —dijo Gabriel poniéndole una mano sobre el hombro—. Pero te aseguro que el trabajo aquí es más reconfortante de lo que se escucha afuera. Puede ser aterrador en algunos momentos, sin embargo, lo que hacemos es por el bien de todos. —Sonreía con calidez, Ariadna se sonrojó otra vez.
Cuando sus padres llegaron al segundo piso, ella se sentía ligeramente más convencida de formar parte de la Agencia junto a Gabriel y las demás personas que conocería.
—Aquí pasarás la mayor parte del tiempo durante los primeros meses. —Comenzaron a caminar detrás de Gabriel en dirección a las puertas que se veían por uno de los pasillos. Eran menos puertas que en el piso anterior, daba la impresión de que los espacios eran de mayor tamaño—. Aquí están las aulas donde se enseña el contenido teórico del curso de admisión. Por la parte de atrás están las salas de entrenamiento. Allí practicarás las técnicas fundamentales para el trabajo en el exterior. —Ariadna miraba fascinada en dirección a donde él había señalado, pensando en qué clase de cosas aprendería en ese lugar—. Al final de este pasillo está la biblioteca. Entraremos un rato así le dan un vistazo.
A través de los vidrios de las puertas podían ver dentro de las aulas. Algunas estaban más llenas que otras, pero todas tenían el aspecto de una clase normal, nada fuera de lo común. Solo algunos curiosos se volteaban a verlos pasar, sin embargo, la mayoría mantenía la atención al profesor que estaba al frente. Tras pasar por todas las puertas, llegaron a una de madera de doble hoja con la inscripción Biblioteca
en el lado derecho. Gabriel las abrió para que entraran, y las cerró despacio una vez que los cuatro las cruzaron.
La sala de la biblioteca era muy amplia. Estaba repleta de altas estanterías llenas de libros. En el centro se encontraban varias mesas con algunas personas. El silencio prevalecía en el lugar, pero podían escucharse breves conversaciones en voz baja. Junto a la puerta había un hombre de unos sesenta años que cumplía con las condiciones de un bibliotecario de película: camisa abotonada hasta el cuello, corbata ancha y gruesos lentes.
—Además de libros referidos a temas de la Agencia, hay material de estudio para los agentes que todavía están en edad escolar y también para algunas carreras universitarias.
—¿Les dan clases de apoyo aquí? —preguntó Alfredo.
—Si todavía están en la secundaria al entrar a la Agencia, como es el caso de Ariadna, pueden estudiar aquí. Pero los cupos son limitados. En el nivel universitario deben estudiar en instituciones externas, pero pueden conseguir algunos libros de referencia en esta biblioteca.
—Eso está bueno —dijo Alfredo.
Observaron un rato más a la gente en las mesas y los libros en las estanterías antes de salir otra vez al pasillo.
—Ahora usaremos el ascensor —anunció Gabriel—. Así te vas familiarizando con ellos.
Al llegar a las puertas metálicas, Gabriel tocó el botón para llamarlo. Una vez que llegó, los invitó a pasar antes de meterse él mismo. Era grande. Según decían el cartel, podían subirse hasta doce personas. En las paredes espejadas había algunos afiches pegados. Aparte de los de seguridad, había un par que le llamaron la atención a Ariadna. En uno alguien había dejado su número de teléfono, pidiendo compañeros para formar equipo. En otro, se podía ver la cara del directivo que le había dado escalofríos con dibujos que lo ridiculizaban por encima de su rostro. Ariadna se sonrió. Gabriel también lo vio. Se rió de la imagen, lo despegó y se lo guardó en un bolsillo del pantalón.
—Vamos al cuarto piso. Allí el recorrido será rápido. Hazlo tú —le dijo a Ariadna dándole un leve toque en la espalda.
Al acercarse al panel, pudo ver que el edificio tenía cuatro pisos y dos subsuelos. Ella presionó el botón con el número 4.
En segundos el ascensor se detuvo y las puertas se abrieron. Ese piso tenía un pasillo similar al del primero, pero se lo veía con más vida que los anteriores. Mucha gente paseaba por el lugar, hablando en voz alta y riendo.
—Éste es el piso de las habitaciones. Aquí es donde se quedan los Agentes que vienen de otras provincias, o los que quieren vivir en la Agencia. —Gabriel comenzó a caminar por el pasillo.
—¿Viene mucha gente de otras provincias? —le consultó Valeria.
—Claro. Puede ser que no lo sepan, pero todas las provincias del noroeste están bajo la jurisdicción de esta sede. En las otras no hay instalaciones como éstas. En algunos lugares solo hay pequeñas oficinas, por lo que todos los nuevos reclutas vienen a hacer el entrenamiento básico aquí. Algunos deciden quedarse, otros vuelven a sus hogares. —Mientras caminaba explicándoles, varias personas lo saludaron. Él respondía con un movimiento de cabeza o de la mano.
—Eres muy popular —observó Alfredo.
—Podría decirse que sí. Usualmente soy escogido para supervisar los entrenamientos, conozco a muchos de los agentes nuevos. Sería algo así como un profesor para ellos —sonaba orgulloso de eso y no se molestaba en ocultarlo.
—¿Vives aquí? —preguntó Ariadna con curiosidad.
—Claro. Mi habitación está en la otra ala. En ésta, la mayoría de los agentes son nuevos o aspirantes, gente que se está quedando temporalmente. —Antes de que tuvieran oportunidad de preguntar algo más, agregó—: Me parece que es suficiente tiempo en este piso, vamos al de abajo. Hay más cosas interesantes para conocer.
Otra vez tomaron las escaleras. Mientras bajaban, en uno de los descansos se encontraron de frente con un hombre de apariencia extraña. Era muy delgado y vestía ropa de aspecto antiguo. Cuando Gabriel pasó a su lado, Ariadna se percató de que le sacaba más de una cabeza. A pesar del extraño aspecto del sujeto, el resto pasó junto a él sin ningún tipo de reacción. Recién al llegar al pie de la escalera, Gabriel le dedicó una mirada de curiosidad.
—Éste es el piso donde la gente viene a hacer ejercicio, a relajarse o a comer. Los gimnasios están por allá —señalaba hacia el pasillo de su izquierda—. Por el otro lado hay salas para jugar, para ver películas y cosas por el estilo. Aquí justo al frente está el comedor. Vamos a conocerlo primero. —Se dirigieron hacia las puertas dobles que estaban abiertas de par en par.
El comedor era el lugar de mayor tamaño que vieron hasta el momento. Había alrededor de veinte largas mesas distribuidas por todo el salón, ocupadas por una cantidad considerable de personas. En la pared contraria a la puerta de entrada se encontraban las cocinas. Se sentía un aire más pesado y caliente que en los pasillos.
Recorriendo el lugar con la mirada, Ariadna encontró de nuevo al hombre alto de la escalera, esta vez observándolos desde la esquina más lejana del salón. Ella miró a sus acompañantes para comprobar sus reacciones, pero ninguno parecía haberlo visto. Cuando se volvió en dirección al hombre, ya no estaba por ningún lado. Ariadna sintió una gran confusión.
—¿Por qué no se quedan aquí para tomar un café mientras le muestro las otras salas a Ariadna? —dijo Gabriel mirando a los padres.
Ellos intercambiaron miradas sopesando la situación y accedieron al pedido. Gabriel se volvió hacia Ariadna haciéndole un gesto con la cabeza para invitarla a salir del comedor. Ella aceptó y juntos atravesaron las puertas para tomar el pasillo que los llevaba a las salas de recreación.
—El menú fijo es gratuito, pero puedes armarlo como prefieras por unos pesos extras. Lo mismo si quieres repetir —le contó Gabriel mientras caminaban por el corredor decorado con paisajes dibujados en las paredes—. La comida no es para nada mala y hay buena variedad a lo largo de la semana —hablaba sin prestarle mucha atención al asunto, lo hacía automáticamente.
Al final del pasillo doblaron a la derecha para entrar a otro que tenía una pared vidriada, haciendo que el lugar se llenara de luz natural. Cuando los ojos de Ariadna se adaptaron al cambio de iluminación, pudo ver al hombre alto. Se detuvo en seco, haciendo que la distancia entre ella y Gabriel se hiciera de un par de pasos. Él se detuvo también, quedó de espaldas a las ventanas.
—Ariadna, ¿puedes ver algo al final del pasillo?
La pregunta la agarró por sorpresa, demoró en contestar mientras pasaba su mirada del hombre alto a Gabriel.
—Sí—sí, dijo titubeando.
—¿Qué ves?
—Un hombre alto y delgado. —Volvió la vista al fondo del pasillo. Ya se había ido. Instintivamente se volteó para buscarlo detrás suyo, pero ese lado estaba igual de vacío.
—No quiero que te asustes, pero eso que viste no era una persona —dijo Gabriel con media sonrisa. La expresión de confusión y sorpresa de Ariadna pasó de inmediato a una más relajada, al imaginarse que le estaba haciendo una broma. Pero sin dejarle replicar, Gabriel continuó—: Hay algunas personas que tienen mayor capacidad para visualizar entidades y apariciones de distintos tipos. Como acabas de comprobar, tú eres una de ellas.
Ariadna no llegaba a vislumbrar en su cara que se estuviera burlando de ella, comenzó a sentir una ligera sensación de miedo acompañada por un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. Las apariciones anteriores del hombre ya le habían indicado que algo estaba fuera de lugar con él. Al parecer sus padres no podían verlo, y Gabriel había permanecido sin reaccionar para ver cómo ella lo hacía. Tras comprender la situación, Ariadna comenzó a balbucear cosas sin sentido, sin poder expresar en palabras lo que sentía.
—No tienes por qué temer. Esa entidad no te hará ningún daño, es un amigo de la casa. Lo llamamos don Tito, o Tito para los más cercanos —dijo Gabriel.
A pesar de la aclaración, Ariadna seguía sin recuperarse del susto. Esto hizo dudar a Gabriel sobre la efectividad de su método, se preguntaba si debió haber usado una forma menos repentina para contárselo.
Ariadna recuperó el habla cuando le puso una mano en un hombro.
—¡Qué carajo! —fue lo primero que atinó a decir, provocando una gran carcajada por parte de Gabriel. Ella también empezó a reírse, en parte por los nervios que todavía sentía—. ¿Hablas en serio? —preguntó cuándo el histérico ataque de risa llegó a su fin.
—Por supuesto. Tal vez escuchaste que la Agencia recluta gente con talento y habilidades especiales. —Ella asintió—. Bueno, una de esas habilidades es la capacidad de ver entidades. Todos los agentes pueden verlas, algunos con mayor facilidad que otros. Las personas normales
, por así decirlo —dijo haciendo comillas con los dedos—, pueden sentir cuando una entidad está cerca. Sentir escalofríos, sentirse observados, sentir olores o escuchar ruidos. Pero solo unos pocos son capaces de ver las entidades por completo.
—Así que somos especiales —bromeó Ariadna.
—Podría decirse que sí —respondió cómplice Gabriel.
—¿Hay otras entidades como don Tito viviendo aquí? —Comenzaban a moverse de nuevo, acercándose a las puertas del lado derecho del pasillo.
—Claro, hay varias más. En nuestro recorrido nos cruzamos con otras dos, pero creo que no pudiste verlas. Pero no te preocupes, son más tímidas y por ello más complicadas de ver. —Gabriel se acercó a la primera de las puertas todavía hablando—. Esta es la sala de cine. La están usando ahora, daremos un pequeño vistazo en silencio. —Ariadna lo siguió dentro del cuarto, pensando en las dos entidades que no había podido ver.
Apenas entraron se encontraron con un pequeño espacio separado de otra zona por una gruesa cortina oscura. Allí había una máquina para hacer pochoclos, una pequeña heladera llena de distintas bebidas y una mesa con todo tipo de golosinas y snacks. Cruzando la cortina se encontraba la sala en donde se proyectaba una película desde un aparato sujeto al techo. Había ocho grandes sofás dispuestos en dos filas. Estaban a medio ocupar. De las doce personas que había allí, tres se voltearon a verlos. Gabriel reconoció a alguien con quien intercambió saludos mudos, antes de que volviera su atención a la película. Ariadna y él también la vieron por un rato, al parecer era una policial. Luego regresaron al pasillo vidriado.
La visita por los otros cuartos fue rápida. Había dos que eran prácticamente iguales, con la diferencia de que en uno se hallaban varias computadoras, y en el otro cinco pantallas y una cantidad considerable de consolas de videojuegos. También visitaron otro que estaba bien iluminado y contaba con mesas redondas y cuadradas. En los estantes de las paredes se hallaban muchas cajas de juegos de mesa, cartas y dados.
—¿Podemos quedarnos a recorrer ésta, al menos? —le rogó Ariadna, poniendo la mejor cara de chica buena que podía.
—No, no tenemos tanto tiempo —respondió Gabriel, que al igual que con el resto de las salas, apenas dejó que la viera desde la puerta—. Vamos, solo queda una.
En la última puerta del pasillo, por la que no entraron, se hallaba una sala de reuniones. Él le explicó que era un cuarto que debía reservarse con antelación y que era usado para celebrar cumpleaños, cenas con amigos o eventos por el estilo. Como estaba ocupado, terminaron el recorrido dando vuelta a la derecha al final del pasillo para regresar al comedor.
Antes de sentarse junto a sus padres, Gabriel la llevó a buscar algo para tomar de una de las máquinas que estaban en la parte trasera del salón.
—¿Cómo les fue? —les preguntó Valeria cuando se sentaron.
—Bien. Gabriel me mostró casi todos los lugares. Están bastante lindos —respondió Ariadna.
—La Agencia nos consiente con esos espacios de entretenimiento —comentó él satisfecho.
Se mantuvieron sin hablar, viendo la cantidad de gente que entraba en el comedor de a poco. La lata de Ariadna estaba casi vacía. Gabriel también había terminado su
