El libro de los condenados
Por Diego Luis Vidal
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El escritor de ficción Rodrigo Genois es contratado por el doctor Malbernak para trabajar en conjunto en un ambicioso proyecto. Los trastornos emocionales del escritor, más alláde ser una traba laboral en esta sociedad, podrían ser la llave que abra la puerta al final del túnel. Sueños recurrentes con épocas remotas, el caso inconcluso de una antigua paciente y el anhelo de llegar a la verdad son el estímulo que ambos necesitan para aventurarse en un viaje al viejo continente en una búsqueda espiritual que rompa con lo que parece ser una condena eterna.
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El libro de los condenados - Diego Luis Vidal
El libro de los condenados
La Imprenta Digital S.R.L.
Buenos Aires
2018
Contenido, corrección y edición a cargo del autor
Ilustración y diseño de tapa: Diego Vidal
Este libro fue impreso en: La Imprenta Digital SRL
www.laimprentadigital.com.ar
Calle Talcahuano 940 Florida, Provincia de Buenos Aires
En el mes de junio del año 2018
Hecho el depósito que prevé la ley 11.723
Impreso en Argentina
e-mail: vidaldiego70@gmail.com
ISBN 978-987-42-7992-7
Dedicado muy especialmente a Nico, mi hijo; el ser más maravilloso que esta vida
me dio a conocer.
A mis viejos, por el aguante y por todo.
Agradecimientos:
A Crista Smith, mi compañera de aventuras. Gracias por estar y por el incentivo constante hacia mi obra.
A Sarco, por la lectura y posterior devolución. Una ayuda infinita e imborrable.
Al maestro Javier Noya, por el prólogo y la enseñanza permanente desde su mirada distinta.
Prólogo
Abordar esta obra nos provoca salir hacia un nuevo naufragio. Cada página nos traslada a un camino inesperado, aunque a la vez resulta trascendente para la vida de los personajes. La apariencia de fracaso amoroso, las pesadillas recurrentes y el fastidio de haber quedado en un círculo de insatisfacción de su carrera de escritor siempre necesitado y ocupado en sobrevivir, llevó a Rodrigo Genois, su protagonista, a descubrir un círculo más amplio: la posibilidad de comprender el sentido del karma.
En la obra de Diego Vidal, como si se tratase de una novela policial de misterio, se desarrollan hipótesis y viajes tanto en el espacio como en el tiempo, donde la tragedia y el dolor buscan sus explicaciones, que parecen entrelazarse como círculos concéntricos, una metáfora que nos remite inevitablemente a las Ruinas Circulares de Borges, pero proponiendo otro escenario y otros personajes. En este caso, los personajes son la antítesis del ser que medita y se encuentra; sin similares a náufragos que marchan a la deriva de sus pesadillas y jaquecas, de su nimiedad humana. Sin embargo, descubren, entre marchas y contramarchas el sentido de su destino. Abre así nuevas y trágicas hipótesis que nos sumergen en cavilaciones similares, en la duda, la desesperación y el deseo de buscar, aun desesperadamente, el fin del padecimiento primordial.
Quién esté dispuesto a abordar esta ruptura del espacio y del tiempo, quien se aventure a descubrir y descubrirse en el viaje múltiple propuesto en esta obra de Diego, encontrará una hipótesis fascinante de la existencia de nuestra conciencia, traída del mismo modo en que Rodrigo Genois se encuentra con su destino, fluyendo entre hechos y personajes que se topan por una razón aparente, como una ironía o un señuelo que nos tiende la desesperación que suele perseguir nuestra búsqueda de sentido de nuestros sufrimientos y de la existencia misma.
Javier Noya
1
- (¡No Radael! ¡No firmes! ¡Noooo!)
Desperté empapado de sudor, nervioso, angustiado.
- ¡Ajjj! ¡Que dolor de cabeza!
Toqué mi frente sudorosa y me incorporé en la cama.
- Será posible que ni con esto pueda dormir tranquilo. - refiriéndome al frasco de somníferos que reflejaba, sobre la mesa de luz, la lámpara encendida.
- No puedo continuar así. Debo hacer algo.
Y lo hice. Me levanté lentamente de la cama para evitar que mi cabeza retumbe aun más y caminé hasta el cuarto de baño. Me miré en el espejo, viéndome mucho más demacrado que ayer. No parezco ese hombre de cuarenta años, cabello oscuro y mirada penetrante que conozco desde que nací. Aparento algunos años más, algunas canas aisladas asoman en mi bigote y en mi barbilla y mi mirada parece perdida, remarcada todavía más por mis órbitas ennegrecidas.
- Esto me va a ayudar.
Tomé un par de analgésicos de un mueble y los lancé a mi boca con la mano abierta. Abrí el grifo del agua fría y me incliné hacia delante para beber un sorbo. Ese ligero vaivén me produjo náuseas y sentí como que toda la sangre de mi cuerpo se había alojado en mi cabeza. Tuve un leve mareo como si me hubiese bajado la presión arterial. Seguramente debido a lo poco que venía durmiendo las últimas noches. Tapé mis ojos con mi mano por un segundo y gemí un resoplido. La luz me molestaba, me hacía daño.
- Creo que una ducha bien caliente me ayudará un poco.
Dejé caer al piso mi ropa interior y me adentré bajo el potente caudal de agua caliente. El vapor que se generó en pocos minutos me hizo toser repentinamente. En ese preciso instante, algo más distendido, mis neuronas comenzaron a funcionar otra vez.
- Radael. ¿Quién es Radael? - pensé.
-Y esa voz de mujer que gritaba. Era una voz desgarradora que me suplicaba. Pero ¿quién era esa mujer?
No era la primera vez que despertaba alterado por este sueño, pero sí, era la primera vez que podía recordarlo con tanta nitidez.
Cuarenta minutos exactos estuve bajo los efectos sedantes del agua caliente. Los suficientes como para que la jaqueca que me acosaba desaparezca. Caminé hasta el pequeño cuartito que hace de estudio. Encendí la lámpara de pie junto al escritorio y me senté en mi lugar de trabajo.
Como escritor de ciencia-ficción hace días que intento relatar una historia para una revista local sin poder ni siquiera empezar. Más allá que escribir ciencia-ficción no esté bien reconocido, el trabajar para la revista me alcanza para pagar el departamento y, con alguna que otra publicación extra, puedo decir que llego cómodo a fin de mes. Tampoco es que necesite grandes sumas de dinero; vivo solo desde que mi mujer me abandonó hace poco más de un año, harta de mi personalidad introvertida, mi espíritu ermitaño y mi manía de quedarme trabajando hasta altas horas de la noche con la excusa de terminar algún artículo para alguna revista desconocida.
La verdad es que no sabía como hacer para estar solo, sin tener que llegar al punto de pedirle que se vaya. El último tiempo había perdido todo interés por mi esposa, aunque consciente que no tenía motivos para ello. No podía distinguir el problema, pero cada día me sentía peor. Más solo. Más vacío. Aunque soy un apasionado por la belleza femenina no lograba ser feliz, siendo mi ex esposa Victoria, una bella mujer. Por aquella época fue que comenzaron a atormentarme esos extraños sueños.
El reloj de pared daba cinco campanadas cuando apenas había escrito un par de estrofas sueltas para cumplir con la tarea atrasada. Revoleé el bolígrafo y tapé mi cara con mis manos, apoyando los codos sobre el escritorio. Otra vez la misma sensación de soledad, de vacío. De no saber para qué diablos estoy en este mundo.
Encendí el último cigarrillo negro que me quedaba. Al notar esto, me puse tenso y no dudé un instante. Me vestí y bajé del octavo piso donde tengo mi modesto departamento a la calle. No podía quedarme sin cigarrillos. Hay noches que, junto a alguna bebida alcohólica o un café son mi única compañía. Son imprescindibles para poder quedarme trabajando por las noches.
Al pisar la vereda me extrañé de lo apacible y calma que estaba esa parte de la ciudad. Calma que pasaría a ser vértigo en escasas dos horas.
Compré dos paquetes de cigarrillos en el kiosco que está cruzando la calle y luego entré al bar de al lado. Me senté junto a la ventana como me gusta y llamé al mozo que me vio desde el fondo del local.
- Buen día. Un café doble por favor.
- Enseguida. - me respondió el hombre con acento provinciano mientras pasaba un trapo rejilla por la mesa.
Miré hacia el exterior sin ver nada concreto. Escasos transeúntes andaban a menudo a esas horas y hoy no era la excepción.
Cuando comenzaba a abrir uno de los paquetes de cigarrillos recién comprados, el mozo trajo el pedido.
- ¿Azúcar, señor?
- Sí, gracias.
Bebí un sorbo de café caliente y apoyé la taza sobre la mesa. Ahora sí, encendí el cigarrillo antes postergado. Lancé una bocanada de humo al vidrio de la ventana y me distraje un momento mirando a los ojos de una impactante morocha que transitaba por la vereda y que me apartó la mirada mirando hacia la calle. Sentí una rara sensación en la boca del estómago, deprimiéndome y recordándome el poco éxito que tengo con las mujeres, sobre todo este último tiempo. Aunque las mujeres que me conocen dicen que soy un tipo interesante
, cuando llega la hora de la verdad, siempre terminan yéndose con otro, siendo yo, un espectador de lujo. Pité largamente el cigarrillo y lo apagué con reiterados movimientos contra el cenicero. El humo exhalado esta vez por la nariz, se entreveró lentamente con mis pensamientos. Con el último sorbo de café sonó mi teléfono celular.
- ¿Quién será a estas horas?
Miré el identificador de llamadas y reconocí el número.
- Patricio. ¿Qué pasa que llamas tan temprano?
- Nada. ¿Y vos que haces levantado a estas horas?
- Sabes que falta poco para que me reciba de vampiro, ¿no?
- Ja, ja, ja. Sí, es verdad. Escucha, tengo algo que te va a interesar.
- Soy todo oídos.
- Hay un psicoanalista que necesita de alguien que trabaje para él por un tiempo.
- ¿Psicoanalista? ¿De qué se trata?
- Parece que el tipo realizó un trabajo de investigación muy bueno acerca de la reencarnación, vidas anteriores y todo eso. Necesita que alguien con buena técnica y poder de síntesis ordene todo el material que tiene en bruto.
- ¿Y yo que sé de todo eso?
- Lo mismo que el tipo sabe de relatar una historia coherente. Justamente por eso te necesita. Quiere realizar un trabajo en conjunto.
- Pero, sabes que no tengo mucho tiempo. Con la revista y...
- ¡Ahhh! ¿Qué vas a decirme? Con la revista qué... Este tipo es muy reconocido y además paga muy bien. No olvides que de esta forma podrías ponerte al día con mis honorarios.
- Ya veo por donde viene todo esto. Está bien, iré a verlo.
Del otro lado del teléfono, Patricio apretó fuerte su puño derecho. Victorioso. Gesto que pude imaginarme de inmediato.
- (Maldito chupa sangre). - pensé.
- Luego te envío un fax con los datos precisos.
- Está bien. - dije y corté la llamada.
Patricio es mi agente desde hace tres años. Cobra comisiones por cada trabajo que me consigue, ya sea una publicación en una revista importante o una simple nota o artículo en algún periódico zonal. La deuda que tengo con él no es muy abultada, pero se hizo imposible de solventar luego de mi divorcio, que me produjo muchos gastos el año último.
- Reencarnación. Vidas pasadas. Si todavía no puedo con esta vida. ¿Cómo haré para pensar en las anteriores?
Pagué el café y salí a la calle. El amanecer había alcanzado casi su madurez, salvo por la ausencia del sol que amenazaba con no salir y la ciudad comenzaba a parecerse cada vez más a un hormiguero. Alguna idea surgió en mi mente que me hizo pensar que era un buen momento para retomar mi trabajo. Crucé la calle, saludé al portero del edificio que estaba barriendo la vereda y me adentré en el hall. Caminé hasta el ascensor. El mismo ascensor del que bajaba Cecilia, mi vecina.
- Rodrigo. Buen día. - me sorprendió.
- Hola. ¿Cómo estás?
- Bien. Iba a trabajar, pero no sé ni qué hora es.
- Seis y media. - respondí mirando mi reloj.
- Ah, estoy bien de tiempo entonces. ¿Y vos? ¿Qué cara traes?
- ¿Por qué lo dices?
-No sé. Te noto como cansado. Algo demacrado. ¿Demasiadas salidas nocturnas quizás? - preguntó pícaramente.
- ¿Yo? ¡Oh... no! ¿Crees que recién llego?
Cecilia hizo una mueca dando a entender que sí.
- No. No podía dormir y bajé a tomar un café en el bar de enfrente. - me justifiqué tontamente.
- Está bien. No tienes por qué rendirme cuentas.
- Sí, es cierto. Discúlpame. Soy yo que vivo a la defensiva y no sé por qué.
- Puede ser a causa de tu divorcio. Es normal.
- ¿Por qué? - me sorprendí por la respuesta.
- Porque más allá de quién sea el culpable en la ruptura de una pareja, uno siempre siente algo de culpa. Entonces es normal que se ponga a la defensiva de todo, y de todos.
La oía atento y algo embobado, debo reconocerlo, por el encanto con el que Cecilia me explicaba los principios básicos del recién divorciado
.
- ¿Cómo sabes todo eso acerca del comportamiento humano?
- ¿Te olvidas que estudié psicología?
- En verdad, no lo sabía.
Medité un instante.
- ¿Qué sabes sobre vidas pasadas? - le disparé.
- No mucho. Prácticamente ni se habla de eso en la carrera. Aunque puedo conseguirte algo de información si necesitas.
- No me vendría nada mal. Tengo que escribir un informe y no sé nada sobre el tema.
- Ahora te dejo o llegaré tarde al trabajo. Luego te alcanzo el material a tu casa.
- Bueno. ¿Te espero a cenar entonces? - dije no muy convencido sabiendo que Cecilia, si bien no tiene lo que se puede llamar un novio oficial, tiene sí un par de pretendientes que rondan cada tanto.
-
