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Pennac, profesor de literatura en un instituto, se propone una tarea tan simple como necesaria en nuestros días: que el adolescente pierda el miedo a la lectura, que lea por placer, que se embarque en un libro como en una aventura personal y libremente elegida. Todo ello escrito como un monólogo desenfadado, de una alegría y entusiasmo contagiosos: «En realidad, no es un libro de reflexión sobre la lectura», dice el autor, «sino una tentativa de reconciliación con el libro».
Este antimanual de literatura concluye con un decálogo no de los deberes, sino de los derechos imprescriptibles del lector (derecho a no terminar un libro, a releer... incluso a no leer).
Daniel Pennac
Daniel Pennac (Casablanca, 1944), seudónimo de Daniel Pennacchioni es autor de varias novelas de progresivo culto, obtuvo un extraordinario éxito con Como una novela. En 2007 recibió el Premio Renaudot por su obra Chagrin d'Ecole (Mal de escuela). Foto CC BY-SA 2.0 by Elena Torre (Flickr.com)
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Como una novela - Joaquín Jordá
Índice
Portada
I. Nacimiento del alquimista
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II. Hay que leer (El dogma)
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III. Dar de leer
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IV. El qué se leerá (o los derechos imprescriptibles del lector)
1. El derecho a no leer
2. El derecho a saltarse páginas
3. El derecho a no terminar un libro
4. El derecho a releer
5. El derecho a leer cualquier cosa
6. El derecho al bovarismo (enfermedad textualmente trasmisible)
7. El derecho a leer en cualquier parte
8. El derecho a picotear
9. El derecho a leer en voz alta
10. El derecho a callarnos
Notas
Créditos
Para Franklin Rist, gran lector de novelas y novelesco lector.
A la memoria de mi padre, y en el recuerdo cotidiano de Frank Vlieghe.
I. Nacimiento del alquimista
1
El verbo leer no tolera el imperativo. Es una aversión que comparte con algunos otros verbos: «amar»..., «soñar»...
Claro que se puede intentar. Se podría decir por ejemplo: «¡Ámame!» «¡Sueña!» «¡Lee!» «¡Lee! Pero lee pues, buena vida, ¡te ordeno leer!».
–¡Sube a tu cuarto y lee!
¿Resultado?
Ninguno.
Se duerme sobre el libro. De pronto le parece que la ventana se abre hacia algo muy deseable. Por allí se evade, para escapar al libro. Pero es un sueño vigilante: el libro sigue abierto frente a él. Basta que abramos la puerta de su cuarto para que lo encontremos sentado frente a su escritorio, ocupado con juicio en leer. Podemos subir sigilosos como un gato, pero desde la superficie de su sueño nos sentirá llegar.
–Entonces, ¿te gusta?
No nos contestará que no. Sería un crimen de lesa majestad. El libro es sagrado, ¿cómo podría no gustarle leer? No, nos dirá que las descripciones son demasiado largas.
Tranquilizados, regresaremos a nuestro sillón frente al televisor. Es posible incluso que esta reflexión suscite un debate apasionante entre nosotros y los otros nuestros...
–Encuentra las descripciones demasiado largas. Hay que comprenderlo, estamos en el siglo del audiovisual y los novelistas del siglo XIX tenían que describir todo...
–¡Pero esa no es una razón para permitirle que se salte la mitad de las páginas!
...
No nos fatiguemos, él ha vuelto a dormirse.
2
Tanto más incomprensible esta aversión por la lectura para nosotros que pertenecemos a una generación, a una época, a un medio, a una familia en la que la tendencia fue más bien a impedirnos leer.
–Pero deja ya de leer, vamos, vas a perder los ojos.
–¿Por qué no sales más bien a jugar? Hace un tiempo estupendo.
–¡Apaga! ¡Ya es muy tarde!
Sí, siempre hacía un tiempo demasiado bueno para leer si era de día y estaba muy oscuro para hacerlo si era de noche.
Miren que, leer o no leer, ya entonces el verbo se conjugaba en imperativo. Ni en el pasado se habitúa uno. De manera que en esos días leer era un acto subversivo. Al descubrimiento de la novela se añadía la excitación de la desobediencia familiar. ¡Doble esplendor! ¡Qué recuerdo el de esas horas robadas de lectura bajo las cobijas a la luz de una linterna! ¡Cuán rápido galopaba Ana Karénina hacia su Vronski a esas horas de la noche! Se amaban esos dos, y eso de por sí era bello, pero se amaban contra la prohibición de leer y eso era aún mejor. Se amaban contra padre y madre, se amaban contra la tarea de matemáticas por terminar, contra la composición que había que entregar, contra el cuarto por arreglar, se amaban en lugar de pasar a la mesa, se amaban antes del postre, se preferían al partido de fútbol o a la recolección de setas... Se habían escogido y se preferían a todo... Dios mío, ¡qué bello amor!
Y cómo era de corta la novela.
3
Seamos justos; al principio no se nos había ocurrido imponerle la lectura como tarea. Solo pensábamos en su placer. Sus primeros años nos pusieron en estado de gracia. El asombro absoluto ante esta vida nueva nos revistió de una especie de genio. Por él nos convertimos en narradores. Desde cuando se abrió al lenguaje, le contamos cuentos. Era una aptitud que no nos conocíamos. Su placer nos inspiraba. Su felicidad nos daba aliento. Para él multiplicamos los personajes, encadenamos los episodios, refinamos los ardides. Como el viejo Tolkien a sus nietos, le inventamos un mundo. En el límite entre el día y la noche nos convertimos en su novelista.
Si acaso no tuvimos ese talento, si le contamos cuentos de otros, y si lo hicimos más bien mal, buscando las palabras, chapurreando los nombres propios, confundiendo los episodios, casando el comienzo de un cuento con el final de otro, eso no tiene ninguna importancia... Aun si no le contamos nada, incluso si nos contentamos con leerle en voz alta, fuimos su novelista particular, su narrador único, por el que, todas las noches, se deslizaba en las pijamas del sueño antes de hundirse bajo las sábanas de la noche. Mejor todavía, éramos el libro.
Cómo olvidar esta intimidad, tan incomparable.
¡Cómo nos gustaba asustarlo por el puro placer de consolarlo! ¡Y cómo nos reclamaba ese temor! Tan poco engañado, ya entonces, y sin embargo todo tembloroso. Un verdadero lector, en suma. Tal era la pareja que formábamos entonces, él el lector, ¡cuán astuto!, y nosotros el libro, ¡cuán cómplice!
4
En suma, le enseñamos todo sobre el libro en esos tiempos en que no sabía leer. Lo abrimos a la infinita diversidad de las cosas imaginarias, lo iniciamos en las alegrías del viaje vertical, lo dotamos de la ubicuidad, le entregamos a Cronos, lo sumergimos en la soledad fabulosamente poblada del lector... Los cuentos que le leímos hormigueaban de hermanos, hermanas, padres, dobles ideales, escuadrillas de ángeles guardianes, cohortes de amigos tutelares que se hacían cargo de sus pesares, pero que, luchando contra sus propios ogros, encontraban a su vez refugio en los latidos inquietos de su corazón. Se había convertido en su ángel recíproco: un lector. Sin él, su mundo no existía. Sin ellos, él quedaba preso en la espesura del suyo. Así descubría la virtud paradójica de la lectura que consiste en abstraernos del mundo para hallarle un sentido.
De esos viajes regresaba mudo. Era la mañana y se pasaba a otra cosa. A decir verdad, no buscábamos averiguar lo que había ganado allá. Él, inocente, cultivaba este misterio. Era, como se dice, su universo. Sus relaciones privadas con Blanca Nieves o con uno cualquiera de los siete enanos pertenecían al orden de la intimidad que reclama el secreto. ¡Gran gozo de lector, ese silencio después de la lectura!
Sí, le enseñamos todo sobre el libro.
Le abrimos un formidable apetito de lector.
Hasta el punto, recuerden, hasta el punto que ¡estaba ansioso por aprender a leer!
5
¡Qué pedagogos éramos cuando no nos preocupábamos por la pedagogía!
6
Y mírenlo ahora, adolescente, encerrado en su cuarto, frente a un libro que no lee. Sus deseos de estar en otra parte levantan entre él y las páginas abiertas una pantalla opaca que confunde los renglones. Está sentado frente a su ventana, la puerta cerrada a sus espaldas. Página 48. No se atreve a contar las horas que ha empleado para llegar a esta cuadragésima octava página. El libraco cuenta exactamente con cuatrocientas cuarenta y seis. Da lo mismo decir quinientas. ¡Quinientas páginas! Si al menos hubiese diálogos. Pero qué. Páginas atiborradas de líneas comprimidas entre márgenes diminutos, párrafos negros apilados unos sobre otros, y,
