Gramsci y el sujeto político: Subalternidad, autonomía, hegemonía
Por Massimo Modonesi
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Gramsci y el sujeto político - Massimo Modonesi
Table of Contents
Gramsci y el sujeto político
Directorio
Legal
Dedicatoria
Introducción
Capítulo I Gramsci y el sujeto político
Capítulo II Subalternidad y autonomía
Capítulo III Autonomía y hegemonía
Capítulo IV Revolución pasiva hegemonía y subalternidad
Conclusiones Subalternidad, autonomía, hegemonía. Con Gramsci, más allá de Gramsci
Bibliografía
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Akal / Pensamiento crítico / 132
Massimo Modonesi
Gramsci y el sujeto político
Subalternidad, autonomía, hegemonía
Dado que Marx decía no ser marxista, Antonio Gramsci podría ser considerado el marxista más citado del mundo y el único —entre los de la generación bolchevique— cuyo pensamiento adquirió relevancia y trascendencia mundial a contrapelo del reflujo del marxismo en el último cuarto del siglo pasado y en lo que va de éste. Aún inmerso en las pasiones de su época, Gramsci alcanzó la trascendencia de un clásico, en tanto se reveló y se revela contemporáneo, a caballo entre pasado y presente
, recorriendo temáticas y cuestiones de alcance universal y, por lo tanto, siempre actuales.
Este libro explora el hilo rojo que atraviesa el pensamiento de Gramsci: la constitución de una voluntad política que se proyecta desde la condición subalterna hacia la autonomía —conformando un sujeto organizado y creador/portador de una concepción del mundo— y la hegemonía, es decir el ejercicio de un poder de convencimiento y persuasión, capaz de generar consenso. Finalmente, la reconstrucción del itinerario y horizonte teórico-conceptual gramsciano habilita, en un plano sociológico, la comprensión de la conformación procesual y desigual de las subjetividades políticas en relación con aspectos, dimensiones o cualidades subalternas, autónomas y hegemónicas.
Massimo Modonesi (Roma, 1971) es historiador, sociólogo y politólogo. Es Profesor Ordinario de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (
unam
). Miembro del Comité directivo de la International Gramsci Society ((
igs
) y de la Asociación Gramsci México. Ha publicado 18 libros sobre marxismo y sobre las izquierdas y los movimientos sociales y políticos en México y América Latina. Sobre temáticas gramscianas destacan: Diccionario Gramsciano (2022), Revolución pasiva. Una antología de estudios gramscianos (2022), Gramsci en México (2021), Revoluciones pasivas en América (2017), El principio antagonista. Marxismo y acción política (2016), Horizontes gramscianos. Estudios en torno al pensamiento de Antonio Gramsci (2013), Subalternidad, antagonismo, autonomía. Marxismos y subjetivación política (2010).
Universidad Nacional Autónoma de México
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Diseño interior y cubierta: RAG
Esta investigación, arbitrada a doble ciego
por especialistas en la materia, se privilegia con el aval de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, UNAM.
Este libro fue financiado por la Dirección General de Asuntos del Personal Académico (DGAPA), de la Universidad Nacional Autónoma de México, mediante el proyecto Fundamentos de una teoría gramsciana de la subjetivación política
, coordinado por el Dr. Massimo Modonesi, como parte del Programa de Apoyo a Proyectos de Investigación e Innovación Tecnológica (PAPIIT) IN301619.
Nota a la edición digital:
Es posible que, por la propia naturaleza de la red, algunos de los vínculos a páginas web contenidos en el libro ya no sean accesibles en el momento de su consulta. No obstante, se mantienen las referencias por fidelidad a la edición original.
Primera edición: 14 de diciembre de 2023.
Gramsci y el sujeto político. Subalternidad, autonomía, hegemonía
Massimo Modonesi
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D.R. © 2023 Universidad Nacional Autónoma de México
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ISBN-UNAM: 978-607-30-8548-9
ISBN-Akal: 978-607-8898-30-5
www.akal.com.mx
Esta edición y sus características son propiedad de la Universidad Nacional Autónoma de México. Prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio sin la autorización escrita del titular de los derechos patrimoniales.
A Lucio y Mauro, Mauro e Lucio
A María
A Guillermo Almeyra (1928-2019) y Adolfo Gilly (1928-2023)
Introducción
¿Por qué Gramsci? ¿Gramsci para qué?
Dado que Marx decía no ser marxista,[1] Gramsci podría ser considerado el marxista más citado del mundo y el único —entre los de la generación bolchevique— cuyo pensamiento adquirió relevancia y trascendencia mundial a contrapelo del reflujo del marxismo en el último cuarto del siglo pasado y en lo que va de éste. En efecto, el pensamiento de Gramsci resistió e incluso logró remontar la corriente gracias a la consistencia de sus postulados críticos, y pudo mantenerse digna y firmemente de pie, aferrado al pesimismo de la inteligencia
, a pesar de que era derrotado el optimismo de la voluntad
(por lo menos aquel que había impulsado el asalto al cielo de los movimientos revolucionarios del siglo xx). Este desajuste en la ecuación ha causado que, en la irradiación actual de Gramsci, opere una distorsión: se suele invisibilizar o colocar en segundo plano su perfil de intelectual orgánico
—marxista y revolucionario—, para exaltar, paradójicamente, sus rasgos de intelectual tradicional
, situado (aparentemente) por encima de las distorsiones partidarias de la lucha política; un ejercicio de asimilación y de anexión que siempre tentó el pensamiento liberal democrático: desde Benedetto Croce, quien, al reseñar sus Cartas de la cárcel, dijo que como hombre de pensamiento era de los nuestros
(Croce, 1947) —antes de retractarse al conocer lo que contenían los Cuadernos de la cárcel—, o cuando Norberto Bobbio avanzó su famosa lectura de Gramsci como teórico de la sociedad civil (Bobbio, 1977).
En tiempos recientes, la recepción tan amplia y difusa del pensamiento de Gramsci necesariamente transitó y se confundió con el sentido común de una época —con toda su carga reaccionaria, conservadora y conformista—, y tendió a apresarlo ideológicamente en interpretaciones que lo tuercen en clave posmodernista, culturalista, discursivista, en el mejor de los casos, posmarxista, cuando no francamente liberal. Pero, así como fue usado como cuña del posmarxismo y del retorno en auge del liberalismo, la evocación de Gramsci también se mantuvo como un puntal para el ejercicio de defensa y renovación del marxismo, y fue así que se colocó en el centro de una contienda teórico-política de amplio espectro: la que abarca el debate sobre las formas y las dinámicas del capitalismo —especialmente, aquellas políticas y culturales— y los caminos subjetivos e ideológicos de su transformación y, eventualmente, superación.
Así, al mismo tiempo que las palabras de Gramsci se volvieron de sentido común
, con las distorsiones y simplificaciones inherentes a toda vulgarización, no dejaron de ofrecer núcleos de buen sentido
útiles para levantar barricadas o cavar trincheras; trincheras sin duda defensivas, pero en las cuales aún se elaboran ideas y voluntades de transformación, herramientas ideológicas para la guerra de posición en un asedio que, como sostenía el mismo Gramsci, es siempre recíproco, incluso cuando la correlación de fuerzas es desfavorable.
La estatura de Gramsci
Pero, en el vasto universo del pensamiento crítico y en la constelación marxista, ¿por qué brilla Gramsci? Por su estatura —valga la ironía—, como testimonian dos anécdotas relatadas por él mismo: la de un anarquista que conoció en la cárcel y le dijo que él no podía ser Gramsci, porque Gramsci debía ser un gigante
, o la de un carabinero que le confesó que se lo había imaginado como un cíclope y estaba profundamente decepcionado
(Gramsci, 2003).
En primera instancia, la altura de la figura de Gramsci se debe a la combinación extraordinaria entre una trayectoria vital heroica y trágica, y una deslumbrante inteligencia —el cerebro que había que impedir funcionar por veinte años
, según se sostiene que dijo el fiscal fascista en el juicio en contra del dirigente comunista en 1926.
Gramsci encarna plenamente las dos caras del perfil del intelectual heroico: razón y pasión, que él mismo definió como capacidades de entender
y sentir
, en su definición de intelectual comprometido con lo popular y los subalternos. Un heroísmo trágico, que se nutrió de la combinación de gestas revolucionarias, de sacrificio y de sufrimiento que, en el caso de Gramsci, inician con la pobreza y la enfermedad y culminan en la cárcel, la larga agonía y la muerte prematura a los 46 años. Si bien ha sido objeto de pocos tratamientos biográficos rigurosos (Fiori, 1977; D’Orsi, 2017; Rapone, 2019), Gramsci ha surgido como personaje antes que como autor: por ser un dirigente político de primera fila y un mártir del fascismo fue, en un principio, una figura pública, y su trayectoria y condición humana abrieron el camino al conocimiento y la valoración de sus escritos carcelarios.[2]
Al mismo tiempo, su vida convertida en monumento, petrificada en la memoria y leída desde un humanismo ecuménico, no siempre ha permitido valorar las conexiones entre su recorrido como militante y dirigente revolucionario, y la génesis de su pensamiento.[3] Gramsci no sólo era un marxista; también, sin lugar a duda, era un comunista y un revolucionario. Descontextualizadas y vueltas aforismos —aprovechando el carácter fragmentario de los Cuadernos—, sus palabras han sido tomadas a menudo para usos despolitizados u orientados hacia fines políticos diferentes, y hasta opuestos, a aquellos que motivaron al marxista sardo.
Sin embargo, diversos estudios de ayer y hoy nos permiten leer de forma articulada la vida y la obra de Gramsci (Fernández Buey, 2001; Giasi, 2008; Capuzzo y Pons, 2020); un arco vital que inicia con la infancia y la juventud en la isla de Cerdeña, pasa por las primeras experiencias socialistas y de periodismo militante en la ciudad industrial de Turín —así como los estudios universitarios, en particular, en lingüística— hasta llegar a los tres momentos fundamentales de su vida política madura: a) la recepción de la revolución bolchevique, L’Ordine Nuovo y las luchas de los Consejos de Fábrica (1918-1920); b) la fundación del Partido Comunista Italiano (pci), el fascismo, la estancia en Moscú y el retorno a Italia como secretario general del Partido (1921-1926); y c) la cárcel (1926-1937).[4] A cada uno de ellos corresponden partes sustanciales de su obra, así como inflexiones, cambios, ajustes, novedades que han sido objeto de estudio, debate y de polémica, en particular, con respecto de si la reflexión en la cárcel lo lleva a fortalecer su pensamiento en la continuidad, en la ruptura o en la renovación del marxismo y, en especial, de su vertiente leninista. Junto con otros, me inclino por la última perspectiva, porque conocer su trayectoria política, así como sumergirse en la compleja extensión de su obra, permite apreciar que Gramsci se mantuvo siempre anclado a la tradición marxista y bajo la influencia de la obra teórico-práctica de Lenin, al tiempo que construía y desarrollaba una contribución original en esta corriente de pensamiento, confrontándose —como sostenía Manuel Sacristán— con cuatro adversarios principales: el del fascismo, el de la derecha comunista, el de la izquierda comunista y el de la Internacional misma
(Sacristán, 1998: 163).
Aún inmerso en las pasiones de su época, alcanzó la trascendencia de un clásico, en tanto se reveló y se revela contemporáneo, a caballo entre pasado y presente
, recorriendo temáticas y cuestiones de alcance universal y, por lo tanto, siempre actuales. Gramsci interpretó vivencialmente la filosofía de la praxis que pregonaba, con lo cual se convirtió no sólo en autor de culto, sino en una inspiración para la práctica política, una punta de lanza especialmente filosa de una corriente que quería e insiste en cruzar la interpretación y la transformación del mundo en sentido igualitario.
El archipiélago de los Cuadernos
Si bien la inteligencia de Gramsci destellaba ya en sus reflexiones y planteamientos como periodista militante y como dirigente revolucionario, antes del fatídico año 1926, es indiscutible que su obra en la cárcel condensa y proyecta la originalidad de su reflexión y, por ello, sus cuadernos se convirtieron en el núcleo de los estudios gramscianos y en un texto de referencia para el pensamiento político moderno.
Frente al que ha sido llamado el laberinto de papel
de los Cuadernos de la cárcel,[5] se han desarrollado de forma combinada o divergente, según los tiempos y los casos, distintos tipos de esfuerzos interpretativos. Uno de ellos asumió la tarea de descifrar —a través de la labor filológica— la complejidad propia de la sofisticación intelectual que alcanzó Gramsci en sus apuntes; el entramado de situaciones, contextos, referencias, alusiones y fuentes que retroalimentan las reflexiones carcelarias que se plasman en una serie de cuadernos, con la c
minúscula, es decir, aquellos conjuntos de hojas en los cuales colocó fichas de trabajo, apuntes, pero también reflexiones más desarrolladas e incluso borradores de ensayos. En la forma cuaderno
, como soporte material que refleja las condiciones de trabajo en la cárcel, se desplegó la arborescente agenda político-intelectual de Gramsci, dando luz a una obra que, también por su peculiar marxismo crítico, se mantuvo abierta, no lineal y fragmentaria sin dejar de ser, en última instancia, articulada y coherente.
Por ello, al interior de éste, que más que un laberinto es un archipiélago de papel, de ideas y de conceptos —compuesto por islas conectadas por el mar—, una serie de estudios buscó y logró reconocer de manera precisa que estaba surcado por recorridos trazados deliberadamente, itinerarios posibles e hipotéticas conexiones reticulares que fueron relevadas en distintos planos interpretativos, no sólo aquellos de matriz estrictamente filológica o historiográfica, sino también de corte filosófico, teorético o político-estratégico. El primer paso de estos últimos siempre ha sido identificar un hilo conductor, un leitmotiv —como lo sugería el propio Gramsci— reconocible como clave de lectura de una concepción del mundo
que no pudo exponerse sistemáticamente
(C 16, 2, 248). Así, en el seno de los estudios gramscianos se han evidenciado diversos posibles hilos conductores al interior de los Cuadernos. Entre ellos sin duda destaca, por su centralidad teórica, el que gira en torno a la cuestión de la hegemonía, pero, también, su aterrizaje más concreto o, mejor dicho, de los funcionarios
que la promueven y sostienen, es decir, de los intelectuales, que el propio Gramsci —como veremos— colocaba en el centro de su programa de trabajo, tanto en una carta a Tania como en los índices que elaboró y que efectivamente ocuparon un lugar destacado, no sólo en el cuaderno especial que les dedicó —el 12—, sino que aparecieron transversalmente en el conjunto de los escritos carcelarios.
Finalmente, aunque esta elección refleja más las intenciones de los lectores-intérpretes que las del autor, el carácter abierto y fragmentario de los Cuadernos permite trazar y recorrer itinerarios distintos que no traicionan las preocupaciones político-intelectuales de Gramsci, que eran múltiples pero convergentes.[6] En este haz, sostendré a lo largo del presente libro que, a mi parecer, el leitmotiv, o por lo menos un hilo conductor fundamental, se encuentra en la idea de voluntad colectiva como síntesis de la conformación de un sujeto político autónomo, inserto en la disputa hegemónica; porque, más allá de la multiplicidad de intereses, intuiciones y ramificaciones de la reflexión de Gramsci, una preocupación de fondo aflora permanentemente y orienta el conjunto de su pensamiento: la de la constitución de una voluntad política que se proyecta desde la subalternidad hacia la autonomía y la hegemonía, es decir, de un sujeto organizado y creador/portador de una concepción del mundo, susceptible de impulsar una revolución social y una reforma moral e intelectual. Éste es un hilo conductor que, en mi opinión, abarca los temas de la hegemonía y los intelectuales y muestra los pliegues fundamentales y distintivos del marxismo gramsciano, al asumir que la originalidad de Gramsci se inserta y se monta en el marco de una específica interpretación del marxismo como filosofía de la praxis, o bien de la acción política.
En todo caso, sea cual sea el eje o el tema elegido, alrededor de una serie vasta —pero definida y limitada— de problemáticas centrales, Gramsci tejió un conjunto de postulados que desembocó en teorizaciones novedosas y sugerentes, las cuales, a su vez, constituyen un universo conceptual original, potente y fecundo.[7] Con la elección de un punto neurálgico, se delinea el pasaje que nos lleva de la explicación —con respecto de su relevancia como autor— a la decisión de retomar aspectos específicos de su pensamiento con finalidades analíticas determinadas, transitamos de la pregunta ¿por qué Gramsci? a la de ¿Gramsci… para qué?
¿Gramsci… para qué?
De las grandes vetas que conforman los estudios gramscianos contemporáneos, este libro opta por el terreno teórico-conceptual. Aunque la argumentación comporte contribuciones y una postura original al interior del debate gramsciológico, es concebida como base para proponer un uso coherente y pertinente de los conceptos en el análisis de procesos políticos contemporáneos, en particular aquellos relacionados con las dinámicas de acción política y de movilización social de las clases subalternas.
A lo largo del texto, trato de moverme en la frontera entre gramsciología y gramscianismo, con la intención de encontrar
