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Dies Irae
Dies Irae
Dies Irae
Libro electrónico380 páginas13 horas

Dies Irae

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Una trepidante novela de acción sobre los límites de la venganza y la justicia.

Dies Irae es, ante todo, una novela de ficción, aun cuando la acción se desarrolla en un período determinado de la historiade España, que se toma exclusivamente como referencia temporal, sin ninguna otra pretensión.

También es el reflejo de la destrucción anímica de un hombre y su impulso de resarcirse de la pérdida de lo más amado por él, emprendiendo un camino en el que no tendrá ningún freno moral y solo importará el resultado final de sus acciones. Frente a lo anterior, el cumplimiento del deber estricto, sin considerar filias o fobias, de un policía íntegro que ama su profesión.

Por último, no menos importante, es una reflexión sobre la utilización de los instrumentos del Estado para satisfacer intereses personales o finalidades más allá del objetivo para los que fueron creados, importando más unos resultados que se consideran deimportancia superior, sin reparar en los medios para conseguirlos.

IdiomaEspañol
EditorialCaligrama
Fecha de lanzamiento1 nov 2019
ISBN9788417984533
Dies Irae
Autor

Javier Gumiel Sanmartín

Javier Gumiel Sanmartín (Madrid, 1956). Licenciado en CC.II., rama de Periodismo, por la Universidad Complutense, ha desarrollado su vida laboral en el sector de la banca, ocupando diversos puestos de responsabilidad. Como periodista, ha publicado artículos en Diario Montañés (Cantabria) y en La Verdad (Murcia), periódico para el que elaboró, durante dos meses, suplementos monográficos sobre diversos temas. Colaboró en todos los números publicados por la desaparecida revista Cuadernos de Humor, en la que publicó, además, algún relato corto. Asimismo, colaboró asiduamente en una revista dirigida a empleados de la entidad bancaria para la que trabajaba, en su mayoría de tinte humorístico. Otra revolución frustrada es su tercera novela publicada tras La sangre de Caín y Los demonios de la historia. Las tres forman la trilogía del «Sexenio Democrático», que retrata, de forma novelada, los sucesos históricos ocurridos en España desde los años finales del reinado de Isabel II hasta el comienzo de la Restauración (1874). Además, también tiene publicado un libro de relatos titulado Lecturas para el metro, que recoge veinte relatos breves de diferente temática, en gran parte en clave de humor.

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    Dies Irae - Javier Gumiel Sanmartín

    Esta es una obra de ficción. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Todos los personajes, nombres, hechos, organizaciones y diálogos en esta obra son, o bien producto de la imaginación del autor, o han sido utilizados de manera ficticia.

    DIES IRAE

    Primera edición: 2019

    ISBN: 9788417984038

    ISBN eBook: 9788417984533

    © del texto:

    Javier Gumiel Sanmartín

    © de las ilustraciones:

    Luis Felipe Macedo Blázquez

    © de esta edición:

    Caligrama, 2020

    www.caligramaeditorial.com

    info@caligramaeditorial.com

    Impreso en España – Printed in Spain

    Quedan prohibidos, dentro de los límites establecidos en la ley y bajo los apercibimientos legalmente previstos, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, ya sea electrónico o mecánico, el tratamiento informático, el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra sin la autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a info@caligramaeditorial.com si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

    A todas las víctimas del terrorismo, fueren

    quienes fueren sus victimarios.

    ¡Dies irae, dies illa

    solvet saeclum in favilla,

    teste David cum Sibylla!

    ¡Quantus tremor est

    futurus,

    quando iudex est

    venturus,

    cuncta stricte

    discursurus!¹


    1 ‘¡Día de la ira, aquel día

    en que los siglos se reduzcan a cenizas;

    como testigos, el rey David y la Sibila!

    ¡Cuánto terror habrá en el futuro

    cuando el juez haya de venir

    a juzgar todo estrictamente!’.

    Prólogo

    Dies Irae es un estremecedor poema relativo al Juicio Final, atribuido a Tomás de Celano (s. xiii), que se recitaba en las misas de difuntos y que comienza así: «Dies irae, dies illa, /solvet seclum in favilla; /teste David cum Sibylla». El título de la presente novela se ha elegido un poco por el poema y un mucho por la sugestión de las dos palabras: ‘día de ira’.

    La presente es una obra de ficción, sin ninguna pretensión de carácter histórico o de crónica de una época; por tanto, no está sujeta a la fidelidad de los hechos que sucedieron en España en los años en que transcurre. De hecho, en lo relativo a las acciones de personas y personajes reales, en lo que se dio en llamar «terrorismo de Estado», se adelanta en algunos meses; al menos, en lo que luego ha reflejado la historia política y judicial de España, en la que se llegó a condenar a prisión a todo un ministro de Interior, como José Barrionuevo, un secretario de Estado de Seguridad, como Rafael Vera, y un gobernador civil de Vizcaya, Julián Sancristóbal.

    Se ha de hacer la salvedad de que la acción transcurre, deliberadamente, en los meses anteriores a la aparición del GAL (Grupos Antiterroristas de Liberación), que actuaron entre 1983 y 1987, con preferencia en el sur de Francia, coincidiendo con el gobierno de Felipe González. Para los que no vivieron esta época o la hayan olvidado, convendría recordar que, más que una organización, aquellas siglas amparaban la actuación de algunos grupos y personas vinculadas a las fuerzas del orden y, en general, a la seguridad de la nación que practicaron el terrorismo de Estado; si se prefiere, la llamada «guerra sucia» contra ETA y su entorno, para lo cual se hizo un uso indebido de los fondos reservados y de los medios del Ministerio del Interior.

    El balance de su actuación, a lo largo de sus cuatro años de historia, fue de algo más de treinta acciones terroristas, con la consecuencia de veintiséis personas muertas y otras veinticuatro heridas.

    Pero no se trata de hacer aquí la historia de este grupo terrorista, sino de poner de relieve su existencia y la posible influencia que tuvieron en su surgimiento, aunque no suponga en absoluto una justificación, la multitud de atentados de ETA en los años anteriores, que fuentes bastante fiables cifran en doscientas cincuenta víctimas, entre muertos y heridos, en el período entre 1979 y 1982, con un punto álgido en 1980 con noventa y tres víctimas. Fueron verdaderos «años de plomo», aunque ETA no disminuyó su ritmo de atentados en los años posteriores.

    Las primeras actuaciones del GAL, en que ya se sospechaba la intervención de las denominadas —en los medios de comunicación— «cloacas del Estado», hicieron que muchos españoles las aplaudieran por lo que podía suponer de final para la aparente impunidad de ETA; pero, cuando más adelante se conocieron algunos de los siniestros personajes que estaban detrás, no exentos de chulería barriobajera y de matonismo de la peor especie, quizá últimas excrecencias del sistema policial del franquismo, no se pudo dejar de condenar sin ambages la creación y amparo por parte del Estado de su actuación y aplaudir su enjuiciamiento.

    Cada capítulo se abre con una relación, a modo de modesto homenaje, de las víctimas de ETA en el período en que trascurre el relato —única concesión a la verdad histórica—, con especial cuidado de reflejar sus nombres, su condición y el resultado del atentado que padecieron. En algún momento, se citan los nombres de muertos de ETA mientras manipulaban explosivos, pues también fueron víctimas, antes de ser victimarios, de la organización. No se han incluido otras víctimas del terrorismo, como fueron algunas que lo padecieron en el período en que transcurre el relato y cuyos asesinos se amparaban en otras siglas, como las del GRAPO. Ya se ha dicho que las víctimas del GAL lo fueron posteriormente al espacio temporal de esta novela, pero no quisiera dejar de reflejar mi respeto y mi homenaje a ellas en estas páginas que, de alguna manera, se acercan en la ficción a lo que sería luego la realidad.

    Fueron años muy difíciles para la democracia y trajeron mucho dolor y sufrimiento a tantísimas familias. Demasiadas víctimas, aunque una sola ya pueda considerarse excesiva, para las cuales vaya mi reconocimiento y mi solidaridad. Para los muertos de uno y otro lado, el descanso eterno, pero nunca, nunca el olvido. A los victimarios no puedo ofrecerles el perdón en la mínima parte que me correspondería como español que vivió y padeció aquellos tiempos, y solo puedo desear que purguen sus culpas el resto de sus vidas por el daño y el sufrimiento que causaron, que ninguna idea ni sueño de redención pueden justificar.

    Algún día se hará la auténtica y verdadera historia de aquellos años, y se pondrá a cada uno en el lugar que le corresponde, pero ese no es el propósito de la novela que tienes, lector, entre las manos; de ahí la falta de correlación temporal entre los hechos realmente ocurridos y los que sirven de marco a este relato.

    Por último, advertir que algunas de las acciones que se reflejan en esta novela tienen su inspiración en otras que se produjeron realmente y que recordará e identificará fácilmente, sin duda, el lector que conozca la historia de este período, aunque ahí terminan las coincidencias entre unas y otras, pues no se ha pretendido reflejarlas fielmente, sino construir un relato verosímil de algo que pudo ocurrir y no ocurrió.

    Solo me queda esperar, y desear, que este libro que ahora comienzas te resulte entretenido y, de alguna manera, te haga recordar la historia de la Transición que nos ha tocado vivir, usada aquí como marco referencial, con sus luces y sus sombras, además de reflexionar, por un momento, en los límites de un Estado de derecho y la inconveniencia e ilegalidad de usar los medios que pone en manos de sus gobernantes o servidores públicos para ejecutar acciones penadas por la ley, por muy aparentemente justificadas que estén.

    Marzo-abril de 1982

    Muertos y heridos víctimas de ETA en ese período: Modesto Martín Sánchez, guardia civil; Agustín Martínez Pérez, Alfonso Maside Bouzo y Cristina Mónica Illarramendi Ricci, policías y la novia de uno de ellos, asesinados en Sestao; Enrique Cuesta Jiménez, delegado de CTNE en Guipúzcoa; Ramiro Carasa Pérez, médico en San Sebastián; Antonio Gómez García, policía nacional; Vicente Luis Garcera López, policía nacional; Teodomiro Díaz Flores, guardia civil, gravemente herido.

    Aún aturdido por la tremenda explosión, comenzaba a tomar conciencia de lo ocurrido. Miró hacia el amasijo ardiente de lo que fuera su automóvil y comprendió que era imposible que su mujer y su hijo hubieran sobrevivido a aquello. Intentó ponerse, desesperadamente, en pie, pero sus miembros no le obedecían; sintió cómo una vaharada de calor le nublaba el entendimiento y todo desaparecía a su alrededor. Había perdido el conocimiento.

    Acudieron muchos coches de Policía Nacional y municipales mientras una nube de curiosos se arremolinaba para ver cómo los bomberos apagaban aquella pira y se resignaban a dejar entre los restos del automóvil, totalmente carbonizados, a sus dos ocupantes en espera de que el forense autorizara a levantar los cadáveres.

    Mientras tanto, una ambulancia corría por las calles de San Sebastián, haciendo sonar su sirena y sorteando el tráfico en aquella triste mañana, camino del Hospital Virgen de Aránzazu, tratando de llegar a tiempo de salvar la vida a aquel hombre que yacía inerte con múltiples heridas en su cuerpo.

    Ya en el hospital, unos celadores lo llevaron apresuradamente por un dédalo de pasillos y un ascensor hasta un quirófano, donde ya estaba preparado un equipo de cirujanos y traumatólogos con todo lo necesario para una intervención de urgencia.

    Horas después, aquel suceso abría todos los noticiarios y sería primera página en los diarios del día siguiente. Se sucedían los inevitables comunicados de condena, como era habitual; no lo era menos el silencio ominoso del sector abertzale, representado por Herri Batasuna.

    Las imágenes del entierro de las víctimas, pocos días después, con asistencia de autoridades civiles, militares y religiosas, fueron retransmitidas en los informativos de televisión; con las mismas lágrimas y desesperación de siempre en los familiares, y con las mismas caras de circunstancias en las autoridades asistentes. Pronto no pasarían de ser un apunte más en la estadística de los asesinados por ETA y sustituidos, en la indignación y el dolor, por otras nuevas víctimas, causadas por la sinrazón y el delirio de los terroristas.

    ***

    En la UVI del hospital, un hombre, Julián García Gómez, se recuperaba satisfactoriamente de la operación a que había sido sometido tres días antes para tratar de restañar sus heridas. Ya consciente, rememoraba una y otra vez lo ocurrido, todavía confuso en su mente. Recordaba haber subido a casa para comprobar si el gas había quedado cerrado, por la duda que le había entrado a su mujer al respecto, mientras ella y su hijo esperaban en el coche.

    Procuraba siempre viajar solo por miedo a los atentados, ya que su condición de policía nacional le hacía ser un objetivo; pero aquella mañana, antes de acudir a su trabajo, debía acompañar a su mujer al ambulatorio para unas pruebas, dejando, de camino, al niño en el colegio, algo de lo que se ocupaba ella habitualmente. Era un poco tarde ya y prescindió, confiado, de la rutina de mirar bajo el coche —algo que se había convertido en él y en todos sus compañeros en un hábito— para comprobar la ausencia de artefactos explosivos. Eran muy pocas las probabilidades de que, precisamente, ese día el destino se hubiera conjurado para hacer que fuera el objetivo de un desalmado comando terrorista de ETA.

    Al volver, cuando se encontraba a poco menos de diez metros de su automóvil, accionada por un dispositivo detonador, la bomba lapa pegada a los bajos del coche explosionó con un sonido ensordecedor y sintió cómo salía despedido hacia atrás por la onda expansiva. Recordaba que se encontraba caído en el suelo y, aunque parecía que la gente gritaba y gesticulaba a su alrededor, no percibía ningún sonido, todo era silencio; intentó levantarse, con la mirada perdida, para dirigirse al coche, pero no podía moverse, no le respondían las piernas, y su cabeza parecía que iba a estallar de dolor. Después, la nada; un vacío de muchas horas, hasta que despertó en aquella habitación de la UVI y le comunicaron la muerte de su mujer y de su hijo. Le parecía extraño no poder llorar, a pesar de intentarlo, para buscar algún pequeño alivio a su tormento. Durante horas, recordaba pasajes de la vida con su mujer y su hijo, y se torturaba reprochándose no haber tomado aquel día las precauciones que debía y que quizá hubieran evitado la desgracia. Su desesperación le hacía insoportable continuar viviendo y deseaba, con todas sus fuerzas, reventar. Hubiera dado cualquier cosa por estar en el coche en el momento de la explosión y haber muerto con ellos, si no hubiera sido posible salvarlos.

    Una y otra vez, desfilaba en su recuerdo la vida pasada, echando cada vez más sal sobre la herida abierta en su alma. Era nítido en su memoria el día en que conoció a aquella mujer; la primera impresión fue que, de una forma u otra, iba a ligar su vida a la de ella. Tenía grabada en su mente la imagen de sus largos cabellos morenos, que a cada movimiento de cabeza le velaban los ojos y el gracioso gesto apartándolos; su mirada acariciadora infundiéndole ánimos en los momentos duros; sus tiernas palabras, que casi recordaba como si acabaran de ser pronunciadas; todo en ella, su amor, le dolía insoportablemente al evocarlo.

    Y su hijo… El gran momento de felicidad experimentado cuando llegó al mundo, largamente esperado, con el rostro de su mujer sudoroso y demacrado tras el esfuerzo y un esbozo de sonrisa arrancada al agotamiento cuando lo miró; cómo cerró los ojos cuando apretó suavemente contra su pecho aquella criatura recién nacida, fruto de un hermoso amor. Nunca olvidaría aquellos instantes y otros muchos que, desgraciadamente para él, los terroristas no mataron, ni lograrían hacerlo nunca, a la vez que los cuerpos.

    A menudo, se preguntaba por qué ellos y por qué no murió él también. No era el suplicio del cuerpo el que le martirizaba, sino el vacío del alma; el dolor irreparable por la pérdida de las dos personas que más amaba. Cuando el sufrimiento era tan lacerante que no podía soportarlo, rogaba —con lágrimas en los ojos— ser desenganchado de todos aquellos aparatos que entendía le unían a una vida que ya no deseaba. Pero sus súplicas eran vanas porque, además, aquellos instrumentos informaban de su estado y aportaban algo necesario a su cuerpo, pero no eran en absoluto un soporte vital. A nadie parecía importarle cómo iba a vivir ni si quería hacerlo; era como si a todos aquellos sanitarios les fuera algo en el envite de salvarle la vida, sin reparar en que lo que estaban salvando era una muerte mucho peor que la de dejar, simplemente, de existir.

    Mayo-junio de 1982

    Muertos y heridos víctimas de ETA en ese período: Antonio Pablo Fernández Rico, guardia civil; Ángel Pascual Mújica, ingeniero jefe de la central nuclear de Lemóniz; dos presuntos etarras, Juan José Valencia Lerga y José Javier Alemán Astíz, muertos manipulando un explosivo en Tafalla; Luis Manuel Allende, odontólogo en Bilbao, secuestrado; Antonio Huegun Aguirre, taxista, asesinado en Eibar; Daniel Henríquez García, coronel de infantería retirado; Rafael Vega Gil, dueño de un almacén de vinos; José Luis Fernández Pernas, guardia civil; Mirentxu Elósegui Garmendia, hija de un industrial de Tolosa, secuestrada; el niño de diez años Alberto Muñagorri Berdasco, mutilado al estallar una bomba en los locales de Iberduero en Rentería; José Aybar Yáñez, jefe de la Policía Municipal de Baracaldo.

    En la habitación 206 del hospital, Julián García se recuperaba satisfactoriamente, según rezaban los partes médicos. Su cuerpo se restablecía, pero tenía la certeza de que su cerebro no volvería a la normalidad jamás. Sus lágrimas, según creía, se habían agotado definitivamente, sin casi haberlas secretado, y sus ojos azules habían adquirido un brillo acerado que sugerían una frialdad extrema. Solo una idea le impulsaba a seguir viviendo y no arrojarse por la ventana de su habitación. Sin saber cómo, en los largos días y las insomnes noches del hospital, la serpiente de la venganza había depositado un huevecillo en su yerta alma que, poco a poco, fue creciendo, alimentado de lágrimas y recuerdos dolorosos, y había eclosionado, alumbrando una criatura inclemente y fría, deseosa de alimentarse de muerte y dolor.

    Nada en el mundo le importaba ya, y menos que nada su propia existencia. De allí en adelante solo tendría un objetivo: vengar la muerte de su mujer y su hijo, aunque era consciente de que ni la muerte de todos los terroristas le compensaría la pérdida y no obtendría apenas lenitivo para el gran dolor de su ausencia; pero lo sentía como un deber imperativo, un compromiso adquirido con ellos que no podía eludir.

    Nada dijo de este propósito a los familiares y amigos que le visitaban con frecuencia y que tomaban su silencio y su abstracción por una consecuencia más del trauma vivido. Todos le tendían la mano y le ofrecían su ayuda desinteresada. Su único hermano, que gozaba con su familia de una posición acomodada en Sevilla, le rogó que pasara con ellos una temporada hasta que se restableciera del todo y decidiera qué hacer con su vida. No respondía a los ofrecimientos, por lo que todos y cada uno optaron por tener paciencia y apiadarse de su lógico estado de confusión hasta que, por ley de vida, reaccionase.

    Julián solo se animaba algo cuando le visitaba su cuñada, una murciana guapa y alegre, como era también su mujer; más joven que ella, apenas tres años, la recordaba en sus gestos y forma de hablar, como si fuera el fiel reflejo de un espejo. También ella y su marido le ofrecieron pasar una temporada con ellos en su casa de Madrid, donde ambos trabajaban como dependientes en un gran almacén. Cuando se marchaban, caía en una profunda melancolía, pues le agradaba ver en su cuñada la imagen de su mujer, que tanto había amado y amaría siempre.

    Había diseccionado, una y otra vez, los pormenores del atentado. Una pregunta le mordía las entrañas: si el terrorista, al accionar el detonador, era consciente de que en el coche estaba solo su familia y, a pesar de todo, decidió llevar a cabo la ekintza. Tuvo que verlo —pensaba— dirigirse al coche y, en cambio, no esperó a que subiera. Desconocía el carácter del sujeto y, por tanto, no podía saber qué pensó en aquel momento y por qué actuó así; quizá, razonaba, no le conociera a él y solo un coche, con sus ocupantes, era su objetivo. Pero no, ETA solía actuar contra personas concretas y los errores o los muertos imprevistos eran, simplemente, «víctimas colaterales del conflicto».

    Permanecía durante horas ensimismado, totalmente ausente de cuanto le rodeaba. Los médicos y enfermeros lo atribuían al lógico shock e imaginaban que se encontraría inmerso en sus recuerdos. A las pocas horas de llegar a aquella habitación, le visitó una psiquiatra de la Policía, que lo sometió a unas cuantas preguntas con intención de efectuar una evaluación psiquiátrica. Le visitó un par de veces más y cedió su lugar a una psicóloga que afirmaba estar especializada en atención a víctimas de terrorismo. Era una mujer alta, de facciones agradables y muy educada, de suaves maneras y una voz acariciadora que casi lo adormecía. Le habló de algunas cosas que él consideró lugares comunes, que había oído hasta la saciedad antes, en su labor de policía, dirigidas a otras víctimas del terrorismo y escucharía muchas veces después del atentado. Pronto se desinteresó de lo que le contaba aquella educada mujer y se limitaba a responder lo que pensaba que quería oír de él. Nada podría recomponer aquella vida rota, pensaba con convicción, pero le interesaba que la psicóloga hiciera una evaluación de su estado que favoreciera su apartamiento del servicio por motivos psicológicos y poder dedicar todo su tiempo, con libertad de movimientos, a llevar a cabo el propósito que había ido formándose en su mente hasta constituir una firme decisión. Sabía que no iba a ser nada fácil manipular a aquella mujer, pero aplicó lo aprendido en su vida militar y en los GEO para tratar de engañarla sobre su estado, aunque a él le habían enseñado a manipular las mentes en los interrogatorios con otra finalidad; también utilizó, en su provecho, la empatía y la compasión, inevitable, de la psicóloga ante su tragedia.

    Cuando estaba solo, su mente ya no miraba hacia atrás, sino adelante. Había sufrido su pérdida todo lo que podía un ser humano; al menos, eso creía firmemente, aunque el tiempo lo desmentiría. Había archivado sus recuerdos en un rincón de su mente en el que dolieran menos y del que los extraía a menudo para realimentar su odio. Casi todo el tiempo, su cerebro estaba concentrado en los pasos que dar para consumar su determinación: acabar con la vida de etarras y dirigentes de Herri Batasuna hasta que estos o la Policía terminaran con él.

    Seis semanas después del atentado, Julián García salió del hospital casi totalmente recuperado físicamente; tan solo le quedaban como secuelas una moderada sordera y unos esporádicos e insoportables dolores de cabeza que combatía con potentes analgésicos, pero aquello no sería un obstáculo para ejecutar el plan que ya tenía diseñado hasta en sus más pequeños detalles.

    Como indemnización por su sacrificio y por un seguro que su previsora esposa se había hecho, recibiría cerca de veinticinco millones de pesetas. Aquel dinero le sería muy útil en sus propósitos. Además, el Ministerio del Interior le dio la baja con la pensión correspondiente. Afirmaron que se le retiraba del servicio para que pudiera olvidar y rehacer su vida, pero sabía que la verdadera razón es que no se fiaban de él y le consideraban un desequilibrado potencialmente peligroso, opinión que había contribuido a asentar a través de sus conversaciones con la psicóloga, a la que creía haber logrado, finalmente, manipular por su empatía con su condición de víctima, aunque la profesional había vislumbrado en él un desequilibrio que podía conducirle a abordar el camino del desquite, lo que la llevó a recomendar su apartamiento del servicio, pensando que le sería más difícil llevar a cabo su propósito si no se veía amparado por un uniforme y con acceso a información que facilitaría sus supuestos fines. No obstante, en su informe no se atrevió a reflejar la verdadera razón y sus sospechas, que no pasaban del terreno conjetural, por no perjudicar a aquel hombre tan martirizado ya por la vida.

    De esta manera, Julián García, se encontró con un buen capital y mucho tiempo libre, lo que favorecía totalmente sus firmes propósitos.

    ***

    El comisario Espinosa se hallaba en su despacho ojeando la prensa del día. Era parte de su rutina diaria. Tenía la costumbre de leer el periódico de una forma inusual; en primer lugar, la primera página, a continuación, la última y después el resto, en sentido inverso a la paginación.

    La taza de café humeaba en un lado de la mesa y, entre página y página, bebía cortos sorbos que saboreaba con fruición; era un antiguo cafeinómano. Al otro lado de la mesa, sobre el cenicero, se consumía un cigarrillo, que solía agotar hasta casi el principio del filtro.

    Por lo general, tan solo leía los titulares de los diarios, deteniéndose en ocasiones para leer alguna información que llamaba su atención. Las páginas de sucesos las leía enteras, un poco por deformación profesional y otro porque alguno de aquellos asuntos podía aterrizar sobre su mesa en cualquier momento; en ocasiones, incluso, el recuerdo de alguna de aquellas informaciones le había sido útil en su trabajo. Algunas veces leía, también completos, los anuncios de relax, pues algunos de los casos en que había trabajado habían comenzado cuando una persona había entrado en contacto con alguno de los servicios que anunciaban. Al fin y al cabo —pensaba—, la mayor parte de aquellos anuncios entraban de lleno en el submundo de toda gran ciudad, donde coexisten pasiones, perversiones, vicios y todo lo que de animal y oscuro encierra el ser humano. Era lo que Yuste, el forense, llamaba la «capa freática de la sociedad», con ese humor macabro y escéptico, a veces no exento de fina ironía, que le caracterizaba. Él, en cambio, era mucho más prosaico y lo denominaba «cloacas» o «alcantarillas», indistintamente.

    ***

    Espinosa y Yuste eran buenos amigos desde hacía más de veinticinco años, cuando el comisario no era más que un aspirante a inspector y el forense, recién salido de la Facultad de Medicina, no tenía en su haber más de dos autopsias en las que había colaborado para formarse en esa disciplina. Para Espinosa era la primera necropsia que contemplaba de cerca, pues había visto otras en sus estudios de criminología, pero siempre a gran distancia y disimulando ante sus compañeros para no mirar en los momentos más desagradables. El inspector in pectore, como le había llamado en aquella ocasión Yuste, agarró un mareo monumental y arrojó «hasta la placenta que había en la barriga de su madre», en palabras del joven forense, que ya por entonces apuntaba un sentido del humor muy peculiar. Se había fraguado entonces una amistad franca y hermosa, de confidencias mutuas y fidelidades más allá del compromiso; cada uno sabía que podía contar con el otro sin condiciones y se entendían perfectamente sin palabras.

    Espinosa pasaba ya de los cincuenta, pero se encontraba sumamente ágil y conservaba una figura esbelta y fibrosa, que lucía con su aventajada estatura, y coronaba una calva lustrosa que brillaba cuando le daba directamente la luz. Yuste siempre bromeaba sobre su aspecto de deportista, reprochándole que estuviera dispuesto a estropearlo por el escaso placer que podía proporcionarle el tabaco, que fumaba en exceso y amarilleaba sus dedos y sus dientes. El forense, en cambio, era de estatura mediana y con un ligero sobrepeso, al que contribuía su afición a la buena mesa y el escaso ejercicio; su rostro, algo mofletudo y coloradote, sugería la presencia de un hombre bonachón, impresión que intentaba neutralizar, sin conseguirlo, con un gran mostacho; sus ojos, pequeños tras las gafas que paliaban su ligera miopía y siempre sujetas a su cuello por un cordón, miraban de forma escrutadora e inteligente.

    ***

    Una información de sucesos llamó poderosamente la atención del comisario, no ya porque afectara al distrito de Retiro, que era su competencia, sino por lo inusual del caso y porque le sorprendió la rapidez con que se había enterado la prensa, revelando detalles que consideraba que no se habían hecho públicos. Al vaciarse por completo el estanque del Parque del Retiro para repararlo, entre sillas, barcas, mesas y otros objetos de mobiliario urbano, se había encontrado un cadáver en el fondo, en uno de los puntos más

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