Matémonos como hombres
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A veces, la vida nos pone ante la necesidad de elegir bando y ejecutamos actos reprobables. ¡Es tan difícil juzgar, en ocasiones, los actos de los seres humanos!
La vida, como soldado, de un hombre en una época difícil para España y el mundo, que le lleva a verse envuelto en acontecimientos históricos, desde la defensa del Cuartel de la Montaña al inicio de la Guerra Civil, hasta el cerco de Leningrado, en la Segunda Guerra Mundial, encuadrado en la División Azul. Sus peripecias vitales y el desengaño en los ideales que le llevaron a tomar las armas en un bando determinado.
Javier Gumiel Sanmartín
Javier Gumiel Sanmartín (Madrid, 1956). Licenciado en CC.II., rama de Periodismo, por la Universidad Complutense, ha desarrollado su vida laboral en el sector de la banca, ocupando diversos puestos de responsabilidad. Como periodista, ha publicado artículos en Diario Montañés (Cantabria) y en La Verdad (Murcia), periódico para el que elaboró, durante dos meses, suplementos monográficos sobre diversos temas. Colaboró en todos los números publicados por la desaparecida revista Cuadernos de Humor, en la que publicó, además, algún relato corto. Asimismo, colaboró asiduamente en una revista dirigida a empleados de la entidad bancaria para la que trabajaba, en su mayoría de tinte humorístico. Otra revolución frustrada es su tercera novela publicada tras La sangre de Caín y Los demonios de la historia. Las tres forman la trilogía del «Sexenio Democrático», que retrata, de forma novelada, los sucesos históricos ocurridos en España desde los años finales del reinado de Isabel II hasta el comienzo de la Restauración (1874). Además, también tiene publicado un libro de relatos titulado Lecturas para el metro, que recoge veinte relatos breves de diferente temática, en gran parte en clave de humor.
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Matémonos como hombres - Javier Gumiel Sanmartín
Prólogo
No logro situar en el tiempo el año exacto en que conocí, siendo aún un niño de ocho o nueve años, a Andrés Casado Gozalo; don Andrés, para todos cuantos nos relacionábamos con él, ya fuéramos alumnos, nuestros padres o profesores. Debía de ser el año 1964 o 1965. Tendría que haber comenzado diciendo que era el propietario y director del que puedo considerar mi primer colegio; había ido antes a algo parecido a una escuela, pero que apenas era un grupo de niños de diferentes edades a los que un matrimonio se esforzaba en enseñar las primeras letras en algunas habitaciones de su casa.
La razón de que los niños de mi barrio iniciáramos el conocimiento de las letras de una forma que hoy nos parece tan irregular estribaba en que acabábamos de llegar a uno de los que se construyeron en Madrid a iniciativa de José Luis Arrese, un destacado falangista y arquitecto vasco que fue ministro de la Vivienda del Gobierno de Franco de 1957 a 1960.
En aquel tiempo no se tenía la previsión, como sucede hoy en la mayor parte de los casos, de crear unas ciertas infraestructuras antes de construir las viviendas. Quiero creer que hoy en día sería inconcebible construir un barrio de nueva planta sin tener la previsión de crear algún colegio y un ambulatorio de la seguridad social, como mínimo —lo cierto es que existe la previsión, pero no la materialización de ella—. Pero entonces, con oleadas de inmigrantes de muchos pueblos de España que afluían en gran número a Madrid, atraídos por la esperanza de una vida mejor en la industria y en la construcción, se trataba de resolver el acuciante problema de la vivienda y las familias tenían que buscarse la vida como buenamente pudieran.
Mi barrio tenía un nombre que hoy no deja de ser curioso, Poblado Dirigido de Fuencarral. Como indica la última parte de su nombre, está situado en terrenos cedidos, u obligados a ceder, por vecinos de ese lugar. Fuencarral había dejado de ser pueblo en 1951 para integrarse, como otros varios próximos a Madrid, en la capital, dentro del distrito de Tetuán en aquellos tiempos.
Pero volvamos a don Andrés. En aquel Madrid en expansión, este hombre, al que hoy se denominaría emprendedor, había fundado dos colegios en Fuencarral: uno, en el que empecé con unos ochos años, que conocíamos como «el de la cuesta», en el que se impartían clases hasta «ingreso»; y otro, en el casco central del antiguo pueblo, donde se cursaba, además, hasta cuarto de bachiller, que solía ser con catorce años, si la aplicación alcanzaba para no repetir ningún curso, y que se remataba con una «reválida». Si se deseaba continuar la enseñanza dentro de los centros de propiedad de don Andrés, se podía hacer, a partir de quinto de bachiller, en otro que tenía cerca de Cuatro Caminos. De los nombres de los colegios recuerdo uno con unas ciertas remembranzas masónicas, el Colegio Nuevas Luces, y otro que honraba a una patrona de la tierra natal de su propietario, Virgen de la Fuencisla.
Así pues, como ya he dicho, cursé lo que se conocía como ingreso, que no era otra cosa que una preparación para el bachiller, en el colegio de la cuesta, recién inaugurado, y los cuatro cursos del bachiller elemental en el Colegio Virgen de la Fuencisla, popularmente conocido en la zona como el Liceo, nombre de resonancias francesas, en el casco viejo de Fuencarral, junto al cuartelillo de la Guardia Civil, que aún tenía la competencia de seguridad y orden público en la zona.
Como en todos los colegios, los alumnos habíamos «bautizado» a los profesores con motes; así, don Andrés, que impartía clases de Matemáticas, era Míster E, porque mientras explicaba utilizaba con profusión esa letra de forma interrogativa. Otros apelativos eran la Wendy, que no era otra que doña Hermelinda, la esposa de don Andrés; el Cara Mula, que daba clases de Lengua y Literatura; el Porky, profesor de Ciencias Naturales…
Prácticamente, todos tenían su apelativo, que unas veces describían rasgos anatómicos; otras, cualquier elemento destacado de la personalidad; y en su mayoría, eran ocurrencias, más o menos afortunadas, que cuajaban. Algo tenían en común todos aquellos motes, y era que nadie sabía quién los había utilizado por primera vez y que se transmitían de unos cursos a otros, año tras año.
Don Andrés era un hombre alto, delgado y con rasgos muy marcados. Siempre vestía de traje —en aquel tiempo todos los profesores y empleados varones lo hacían—, con un chaleco de la misma tela bajo la americana. En sus tiempos jóvenes había sido militar y conservaba un cierto porte marcial. Entonces ignoraba su pasado y sabía lo imprescindible: que era el propietario y director de mi colegio, impartía clases de Matemáticas y había sido militar. Punto.
Su mujer, doña Hermelinda, daba clases de Física y Química. Era menuda y enérgica, con una gran personalidad, y traslucía una cierta clase y elegancia en su forma de vestir y en sus ademanes.
Por entonces, yo era un «gamberrete» que siempre estaba en el ajo de cuantas trastadas se urdieran en nuestra clase. Tres o cuatro chicos formábamos el grupo de revoltosos, y un tal Caro y yo habíamos de soportar que siempre nos pusieran como ejemplo a nuestros respectivos hermanos, que cursaban el curso inmediatamente superior al nuestro; pero aquello, en lugar de incentivarnos a una conducta más ejemplar, nos inducía a perseverar en nuestro comportamiento, quizá como una forma de afirmarnos y distinguirnos de ellos.
Con respecto a don Andrés, recuerdo especialmente una anécdota. No habíamos entrado a clase el grupo de revoltosos y estábamos en los servicios enredando como buenamente podíamos para pasar el rato, hasta que sentimos llegar a don Andrés y nos encerramos en uno de los váteres que componían los aseos, en absoluto silencio para no ser detectados. Craso error, porque don Andrés no tardó ni medio segundo en localizarnos y empujar la puerta para abrirla, mientras nosotros oponíamos resistencia al otro lado. Como era de esperar, acabamos rindiéndonos y saliendo, no con los brazos en alto, pero sí con aire compungido esperando clemencia del director. Lejos de eso, nos condujo a clase, caminando detrás de nosotros y repartiendo collejas indiscriminadas al tiempo que nos llamaba «majaderos», una de sus palabras favoritas para dirigirse a sus alumnos cuando le cabreábamos.
Cambié de colegio en quinto de bachiller, cuando con catorce años empecé a trabajar, y pensé que ya no volvería a cruzar mis pasos con don Andrés. Creía dejar «archivadas» personas y hechos en un rincón del cerebro etiquetado como «recuerdos».
Pero el destino tenía otros designios; y tras estudiar Periodismo, profesión que no he logrado ejercer, me vi abocado a ejercitar mis pocas o muchas cualidades en el campo de la banca. El sino y mi voluntad me llevaron en 1992 a ocupar el puesto de subdirector en la oficina que la entidad para que la que trabajaba tenía en Fuencarral.
No llevaba muchos días en el ejercicio de mi nuevo cargo, cuando mi director me presentó a don Andrés, al que sorprendí al afirmar que ya le conocía de antiguo. Despejada su sorpresa, con la explicación pertinente sobre mi conocimiento de su persona, se estableció inmediatamente una corriente de simpatía e identificación entre ambos. Para mi extrañeza, recordaba mi apellido y que tenía un hermano en su colegio.
Tras aquel primer encuentro, nuestra relación se limitaba a los asuntos puramente bancarios, pasando a ser casi la única persona que le atendía en su visita a la sucursal, hasta que comenzamos a compartir un café en el bar vecino. Con el tiempo, sus visitas pasaron a ser prácticamente diarias, pues inició un antiguo proyecto en el que tenía mucha ilusión, y que no era otro que levantar una residencia de ancianos. También nuestras conversaciones de café comenzaron a alargarse y, en ese clima de confianza, comenzó a narrarme retazos de su pasado, que yo escuchaba en silencio y un tanto embobado por la vida, novelesca en gran medida, que había llevado el hombre que tenía enfrente y que contaba con absoluta sencillez, como si lo recordara para sí mismo.
Siempre he sido un apasionado de la historia y, sin vanidad ninguna, he de decir que tenía un buen conocimiento sobre los hechos históricos sobre los que hablaba don Andrés. En una de aquellas confidencias, me dijo que estaba elaborando unas memorias y, medio en broma medio en serio —aún no había yo comenzado mi trayectoria literaria, salvo la redacción de múltiples relatos más o menos cortos—, me ofrecí a dar forma literaria a su escrito, con absoluta temeridad y aprovechando su confesión de adolecer de esa cualidad.
Desgraciadamente, nunca logré ver aquellos folios escritos que me comentó don Andrés, ni lo he logrado tras su muerte. A pesar de ello, creo útil e interesante tratar de hacer una narración inspirada en el pasado militar de don Andrés, síntesis de las de otros muchos hombres y mujeres de su tiempo, a los que tocó vivir uno de los períodos más difíciles de la historia y cuyo caminar por la vida reúne los ingredientes para la más apasionante de las novelas. En muchísimos de esos casos, la realidad supera ampliamente a la ficción.
Para trazar un esbozo de aquel pasado, me basaré en el ya borroso recuerdo de aquellas conversaciones que mantuvimos hace años —falleció con el siglo, muy a finales del año 2000— ante un café y un cigarrillo, que, como fumador empedernido, muchas veces le servía para encender el siguiente. En la ambientación de esos recuerdos he de recurrir a la documentación y a la facultad que me otorga la narrativa de rellenar los huecos con el producto de mi imaginación; procuraré ser riguroso en lo primero y coherente en el manejo de la segunda.
Aquellas charlas con don Andrés fueron, en definitiva, unas muy agradables conversaciones, casi monólogos, que atesoro en mi memoria y que me inspiraban una historia que me prometí narrar en alguna ocasión. Tienes en tus manos, lector, el resultado.
Primera parte
Comienzo
de la guerra civil
«Data de muchísimo tiempo la afirmación filosófica de que
en todas las ideas hay algo de verdad. Me viene esto a la memoria
a cuenta de los manuscritos que José Antonio Primo de Rivera
dejó en la cárcel de Alicante. Acaso en España no hemos
confrontado con serenidad las respectivas ideologías para
descubrir las coincidencias, que quizá fuesen fundamentales,
y medir las divergencias, probablemente secundarias,
a fin de apreciar si estas valían la pena
ventilarlas en el campo de batalla».¹
Indalecio Prieto,
Palabras de ayer y hoy
¹ Anotación sobre José Antonio Primo de Rivera.
1.
Madrid, 1935
Llegué a este mundo un día de noviembre de 1916, en una España que, aunque no participó en la Primera Guerra Mundial, tenía serios problemas para encontrar su camino desde el siglo anterior. En mi infancia no hubo nada que me distinguiese de los otros miles de españoles nacidos en un pueblo, en mi caso Navas de Oro, en la provincia de Segovia; pero desde que cumplí los catorce años el mundo pareció acelerarse y acentuar todos sus problemas, en especial en Europa. Todo lo que sigue es lo que me tocó vivir desde 1935 hasta 1943; no digo que fuera así realmente la historia, como yo la cuento, pero es como yo la viví.
Faltaba muy poco para cumplir los diecinueve años, cuando dejé mi pueblo segoviano —aún no sabía que sería definitivamente—, en la divisoria entre Cuéllar y Coca, para ingresar como voluntario en el Ejército. Mi nombre es Andrés Pindado Bódalo y había salido de Navas de Oro, por primera vez, hacía apenas tres años para ir a Madrid a estudiar Peritaje Mercantil en la Escuela de Comercio, pues en el pueblo no había más futuro que dedicarse a la explotación de la gran masa forestal que lo circunda, compuesta de pinos negral y albar, de los que tradicionalmente se ha extraído resina, pez y madera. De hecho, a los naturales de mi pueblo se nos conoce por ello como «pegueros».
El tiempo que estudié en Madrid viví en casa de un tío mío, que me acogió generosamente, aunque mi padre daba mensualmente una pequeña cantidad para que no fuera una carga para su hermano y su familia, nada sobrados por lo demás.
Mi padre, pequeño propietario, no era nada partidario de la República. De hecho, la recibió con desagrado y, según iba evolucionando negativamente, no perdía ocasión de transmitirnos a sus hijos su convencimiento de que aquello acabaría muy mal. Votaba a la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), de José María Gil-Robles, no porque fuera un firme convencido, sino porque lo consideraba el mal menor. Hombre profundamente religioso y monárquico, le desazonaba sobremanera la quema de iglesias y todo cuanto él juzgaba como ataques a la religión católica, además de contemplar impotente cómo el rey, Alfonso XIII, hubo de exiliarse.
Por el contrario, mi tío Dámaso, con el que vivía, era un ferviente socialista. Se había establecido en Madrid muy joven y afiliado al PSOE a finales de 1917, tras la huelga general revolucionaria de aquel año, impactado por las consecuencias. Aquella huelga acarreó la detención de importantes líderes socialistas, entre otros Largo Caballero y Julián Besteiro, que fueron sometidos a un consejo de guerra que los llevó a la cárcel hasta que el Gobierno se vio obligado a concederles una amnistía, al haber sido elegidos como diputados en las elecciones generales del año siguiente.
Mi tío militó desde entonces tanto en el PSOE como en la UGT, de la que llegó a ser vocal en la empresa para la que trabajaba, siendo «seleccionado» a raíz de su participación en la huelga general de 1934. Lo de seleccionado era un eufemismo para decir que fue despedido de su empleo y hubo de acogerse a realizar cualquier trabajo que le permitiera llevar un jornal a su casa. Así, se vio obligado, para sacar adelante a su familia, a vender patatas en la calle de los Reyes, frente al Instituto Cardenal Cisneros, y a recorrer varias calles del barrio de Salamanca encendiendo los faroles de gas. Era un hombre bueno, y, a pesar de su vehemencia —en ocasiones radicalidad— en la exposición de sus ideas socialistas, incapaz de causar el más mínimo daño a nadie más allá de la posible carga violenta que pudieran encerrar sus palabras.
En mi caso, sin llegar al grado de convencimiento de mi padre, pensaba que la República no marchaba por los derroteros que debiera y no nos conducía a nada bueno. Era y me sentía republicano, pero no me gustaba la evolución de aquella. Había oído decir a José Ortega y Gasset un «no es esto, no es esto», para manifestar su desilusión con la plasmación del ideal republicano, y compartía esa opinión, aun cuando no tuviera totalmente definida en aquel tiempo mi opción política.
Mis primos, Dámaso y León, también eran militantes socialistas; el primero, en las Juventudes Socialistas de España, adscritas al ala más radical del partido, propugnada por Largo Caballero. En cambio, mi tío era mucho más moderado y se declaraba partidario de Indalecio Prieto. Esta diferente visión del socialismo generaba en casa de tío Dámaso serias discusiones, que, invariablemente, terminaba atajando la tía Remedios ordenando silencio a todos.
La tía era una mujer enérgica a la que todos obedecían sin rechistar, empezando por su marido. Era bajita y algo regordeta, con unos rasgos muy agraciados que sabían mostrarse autoritarios cuando era necesario. No le interesaba para nada la política y lo único que quería, según decía siempre, era «tener paz y un pedazo de pan con el que alimentar a su familia». Adoraba a su marido y se lamentaba de que las «puñeteras ideas políticas» le hubieran llevado a perder su empleo, pero jamás se lo recriminó, y le apoyaba con palabras de consuelo y arrumacos cuando se venía abajo, algo que ocurría muchas veces al ver a su mujer hacer malabares para poner un plato en la mesa.
Mis dos primos, tanto Dámaso como León, eran mayores que yo; el primero me llevaba casi tres años y el segundo poco más de uno. Ninguno de ellos había querido estudiar y se conformaban con los estudios primarios. Dámaso era alto, casi tanto como yo, pero bastante más fuerte y guapo, con un gran desparpajo, por lo que resultaba muy seductor. Trabajaba en la Compañía Nacional de los Ferrocarriles del Oeste, una empresa nacional, en la que ejercía las funciones de ayudante de maquinista. En cambio, mi primo León era de estatura mediana y delgado de complexión, con una cojera provocada por la polio que le obligaba a llevar un alza en el calzado de su pie izquierdo para equilibrar la altura de las dos piernas; sus rasgos no eran tan agraciados como los de sus hermanos, pero en modo alguno podía considerársele feo. Era un chico tímido y callado, con buen carácter y una generosidad que inducían a quererle. Mi tío había conseguido que entrara como aprendiz, antes de la huelga que le costó perder su empleo, en la misma empresa eléctrica para la que trabajaba, Unión Eléctrica Madrileña, en una subestación cercana a la calle de Luchana. Aunque no participó de forma directa ni indirecta en la organización ni promoción de la huelga, fue despedido también por su condición de hijo de tío Dámaso. Eso le había obligado a efectuar mil tareas diferentes para traer algo de dinero a su casa, desde hacer algunas chapuzas a domicilio —era un auténtico manitas— a recados para vecinos a cambio de una propina.
Los tíos también tenían una hija, Fuencisla, medio año menor que yo, una joven muy guapa que estaba estudiando Magisterio y cuyas ideas políticas estaban muy próximas a las de su padre, al que admiraba por su integridad y coherencia ideológica.
En las comidas familiares, cuando se producía alguna discusión política, por consejo de mi padre y por propio convencimiento, procuraba mantenerme al margen. En ocasiones, me resultaba imposible aquella postura al pedir mi opinión sobre el tema que se discutía. En esos casos, procuraba salirme por la tangente sin comprometerme; y cuando no era posible, invariablemente me sumaba a las tesis que defendiera tío Dámaso, aun cuando no las compartiera, por una cuestión de respeto y agradecimiento.
2.
Octubre-diciembre de 1935, el Cuartel de la Montaña
A mediados de 1935, tras terminar mis estudios en la Escuela de Comercio, sabía que en poco más de un año habría de cumplir el servicio militar, por lo que decidí adelantar mi ingreso a filas y me presenté como voluntario, pues a través de un pariente lejano de mi madre podía conseguir ser destinado a Madrid. Así fue y me asignaron como recluta a un regimiento de zapadores minadores en el cuartel de la Montaña, por lo que celebré aquel destino que entendía me era muy favorable.
Así, una mañana de primeros de octubre salí de casa de mis tíos en la Fuente de la Teja, junto al río Manzanares, y poco después entraba en el cuartel de la Montaña por la puerta que daba a la calle de Ferraz. Allí, además del regimiento de zapadores al que había sido asignado, tenían su acuartelamiento el Regimiento de Infantería Covadonga n.º 4, y un grupo de alumbrado e iluminación. En total, más de dos mil quinientos hombres.
El edificio era una mole cuadrangular de ladrillo y granito, muy sobrio, sin ningún adorno dada su finalidad militar, con dos patios y tres plantas, que se había inaugurado en 1863, dato que conocí tras leer una plaquita que había a la entrada. Había pasado junto a él decenas de veces sin reparar apenas en sus recios muros, pero al verme dentro sentí una especie de aprensión, como la de sentirme dentro del recinto de una prisión. Mi regimiento ocupaba la esquina que daba a las calles de Ferraz y al paseo del Pintor Rosales, y las dependencias de mi compañía daban a uno de los patios.
Tras la filiación, los reclutas que ingresamos en aquel llamamiento fuimos dirigidos a la peluquería, donde, a pesar de haberme cortado el pelo el día anterior en previsión, un soldado aplicó la maquinilla hasta que consideró que la longitud de mi pelo era lo más ajustado al cero que podía ser. Tras ello, nos condujeron al comedor para asignarnos los destinos en cada uno de los tres batallones y nueve compañías que componían el regimiento. Nos hicieron formar en el patio y un cabo por cada compañía nos condujo, por grupos, a la que nos acababan de asignar. Allí, en una nave repleta de literas y taquillas, nos señaló el cabo cuáles de ellas podíamos ocupar, dejándonos a nosotros la elección.
Apenas dejamos nuestras pertenencias en la taquilla que habíamos escogido, nos hicieron formar, con los cubiertos de campaña que nos habían repartido, para dirigirnos de nuevo al comedor. Allí se nos sirvió un rancho, que apenas probé por su escasa condimentación, acostumbrado como estaba a la cocina de mi madre y, más recientemente, de mi tía Remedios.
Ya por la tarde se nos distribuyeron los uniformes militares. Y una vez vestidos, entendí el verdadero significado de la palabra «uniforme», pues hasta ese momento parecíamos un grupo de personas todas diferentes. Y una vez vestidos de caqui, parecía difícil distinguir quién era quién: todos con el mismo ropaje, todos rapados. Se había disuelto nuestra individualidad en el grupo, que parecía ser lo que se pretendía.
Se nos indicó que habíamos de aprender de memoria el nombre de nuestros mandos, empezando por el del coronel del regimiento, siguiendo por el del comandante de nuestro batallón, y acabando por el de los oficiales y suboficiales de nuestra compañía.
También se nos asignó a cada uno un fusil Máuser del modelo 1893, el reglamentario en el Ejército, de los que estaban en el armero de la compañía, inmovilizados por una cadena cerrada con un candado que impedía su extracción. A simple vista eran largos, de más de un metro; y cuando los sostuvimos en las manos, pudimos comprobar que también eran bastante pesados, cuatro kilos, según nos dijo el sargento. Cada uno de aquellos fusiles tenía un número pintado en su culata, que habíamos de retener en la memoria para identificarlo y no confundirlo con los otros; para hacerlos aún más «nuestros», se nos repitió machaconamente que aquellos fusiles eran como una «novia» y habíamos de cuidarlos con esmero para tenerlos siempre operativos.
Los primeros días se llevó a cabo nuestra instrucción en el orden cerrado, sin armas; es decir, se nos adiestró para desfilar y movernos todos en la misma dirección como un solo hombre con el fin de crear automatismos en nuestro comportamiento. Al principio, a algunos reclutas les costaba integrarse en la formación, pues no sabían distinguir la derecha de la izquierda, pero esa confusión no duró mucho tiempo.
Durante nuestro período de formación como reclutas, en un par de ocasiones nos subieron a algunos camiones para trasladarnos a un campo de tiro en la zona de Campamento, donde nos enseñaron a disparar los máuseres y a ejercitar la puntería.
A mediados de diciembre, juramos fidelidad a la bandera tricolor en un acto solemne, al cual asistieron mis tíos y mis primos, concediéndonos luego un permiso de una semana, que pasé en el pueblo con mis padres y mi hermana. En aquella estancia con mi familia, pude comprobar que el pesimismo de mi padre se había acentuado, a pesar de gobernar la derecha, y esperaba que, no tardando mucho, los militares decidieran tomar las riendas, traer de nuevo al rey y salvar al país de la catástrofe. Se alegraba de que formara parte de aquel ejército salvador, ignorando que simplemente estaba efectuando mi servicio militar y apenas acababa de adquirir la condición de soldado raso.
Regresamos al cuartel un grado por encima del de reclutas, que habíamos ostentado hasta entonces. A partir de aquel momento, se nos asignaría un destino en el regimiento y pasaríamos a hacer servicios de armas: guardia, retén… A mí me eligió el capitán de nuestra compañía, Velarde, para servirle como asistente. No era un mal destino, pues me libraba de muchos servicios, y según fuera el capitán, más o menos descansado, pues muchos de los oficiales, siguiendo una de las peores tradiciones del Ejército español, empleaban a su asistente para temas personales y de sus familias, como si fuera su criado.
El capitán Velarde era un hombre alto, prácticamente de mi misma estatura, con un rostro anguloso que daba sensación de severidad y unos ojos azules, de un brillo acerado, que la acentuaban. Su fisonomía se ajustaba bien a su carácter seco y autoritario. Había combatido en el Rif, distinguiéndose por su arrojo y valentía, además de labrarse fama de temerario y excesivamente rígido con sus subordinados, de los que exigía lo máximo y no toleraba la más mínima indolencia ni desobediencia. Se decía que había disparado él mismo sobre un soldado que intentó huir del combate y desertar. Nunca supe si eso era cierto, pero, en lo que lo conocí, no me hubiera sorprendido lo más mínimo.
Por fortuna para mí, el capitán no tenía familia en Madrid y solo había de prestar servicio a su persona. Me sentía intimidado en su presencia y me esforzaba en no cometer errores para no provocar su ira, que no logré evitar en al menos dos ocasiones, en una de las cuales, incluso, me golpeó con la fusta de cuero repujado que siempre llevaba en la mano y que había traído de Marruecos. Con el tiempo aprendería que no solo era rígido con sus subordinados y no nos exigía nada que no se exigiese a sí mismo.
Nunca le tomé afecto, pero le respetaba; y debo decir, en honor a la verdad, que salvo en un par de ocasiones, su trato hacia mí fue correcto, aunque nunca cordial, y el desempeño de mis funciones me llegó a resultar cómodo, incluso hasta el punto de considerarme un privilegiado comparándome con otros asistentes de oficiales del regimiento.
En varias ocasiones, en conversación con otros oficiales en su despacho, a través de la puerta le oí maldecir a Azaña por su reforma militar, que le había situado a la cola de su escalafón y le impediría ascender hasta que no le correspondiera por antigüedad. Y todo, decía, por haber ascendido por méritos de guerra, aunque el Gobierno consideraba que el ascenso no se había sujetado a lo establecido en una ley de 1918; recuerdo ese año porque lo repetía profusamente para maldecir aquella legislación. Su desafección a la República era notoria y no se esforzaba en disimularla.
3.
Febrero de 1936,
triunfo del Frente Popular
A mediados de febrero de 1936 se celebraron elecciones generales, en las que el Frente Popular, una agrupación de partidos de izquierda, obtuvo la mayoría absoluta sobre el Bloque Nacional, una agrupación de los de derechas, a pesar de haberlo superado tan solo por no demasiados votos. Costaba entender cómo los primeros habían obtenido prácticamente cien escaños más con solo un pequeño porcentaje, que excedía muy poco del medio punto, del total de votos.
Hasta entonces, yo apenas había meditado sobre cuestiones políticas, pues los vaivenes en el Gobierno de la República y los desórdenes públicos que se sucedían, con quema de conventos e iglesias incluida, tan solo me provocaban rechazo y la necesidad de huir de aquella polarización. Lo veía en mi padre y en mi tío, que, a pesar de ser hermanos, discutían con vehemencia las pocas veces que se encontraban. Yo quería huir de aquello y mantenerme al margen todo lo posible.
Pero el resultado de aquellas elecciones de febrero de 1936 lo sentí marcadamente injusto. El país estaba polarizado en dos extremos que empezaban a parecer irreconciliables; y, casi como una revelación, entendí que había llegado la hora de tomar partido y que nadie, absolutamente nadie, podría permanecer neutral. Yo era un católico practicante y un firme partidario del orden; el concepto de libertad, tal como se estaba desarrollando en España, se me presentaba como una entelequia y no creía en la igualdad, incluso se me antojaba injusta. Así pues, mi pensamiento, desde un punto de vista absolutamente racional, se enmarcaba en la derecha y me sentía más próximo a mi padre que a mi tío Dámaso, aun cuando le respetaba y quería por su coherencia y bonhomía.
Además, me constaba el fraude en las elecciones por ambas partes. Sabía, porque se vanagloriaban de ello, que mi tío Dámaso y mi tía Remedios, por ejemplo, habían votado tres y dos veces cada uno exhibiendo cédulas de identidad de personas que no podían acudir, por distintos motivos, a votar. Estaba seguro de que eso mismo habría ocurrido en muchos casos entre los partidarios de los dos bloques. Se hablaba también de coacciones y «compra» para orientar el sentido del voto de muchos electores. Pero aquello a nadie parecía importar y todos parecían dar por válidos los resultados obtenidos, aunque muchísimos, en realidad, no los aceptaban y pensaban en otras vías para corregirlos.
Ni que decir tiene que el capitán Velarde echaba espumarajos por la boca cuando conoció el resultado de las elecciones y el encargo a Manuel Azaña de formar Gobierno como presidente del Consejo de Ministros.
Se tuvo conocimiento de algunos movimientos de militares y políticos de derecha para evitar que las izquierdas asumieran el gobierno de la República. Lo cierto es que, a partir de aquel momento, el capitán Velarde adoptó una actitud de absoluta discreción y extremó el secretismo en sus conversaciones. Cuando se entrevistaba con algún otro oficial o mantenía algunas conversaciones telefónicas, me enviaba a algún recado, para evitar que pudiera oír lo que allí pudiera decirse. Al principio me molestaba, porque me tenía a mí mismo por un hombre discreto, además de considerar, equivocadamente, que ideológicamente no deberíamos andar muy lejos; pero pronto comprendí que aquellos discretos contactos de mi capitán con gentes que estaba seguro de que participaban de alguna conspiración, al ignorarlos, me dejaban a salvo de las represalias en caso de llegar a conocimiento de las autoridades. Claro, que era una presunción estúpida por mi parte pensar que me podía ver implicado de alguna manera por ser un simple asistente del capitán Velarde.
Adquirí por entonces la costumbre de leer algún periódico para saber qué pasaba más allá de los muros del cuartel. No era fácil acceder a algún ejemplar diariamente, pero me las ingenié para poder leer el ABC, que recibía diariamente mi capitán, y poder echar un vistazo a El Sol, que traía cada día uno de los sargentos de la compañía que vivía fuera del cuartel. De esta manera, podía considerarme razonablemente bien informado, más allá de los muchos rumores que corrían entre la tropa sobre los sucesos que ocurrían fuera de los muros que constituían nuestro horizonte
