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La rebelión del general Sanjurjo
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La rebelión del general Sanjurjo
Libro electrónico670 páginas8 horas

La rebelión del general Sanjurjo

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En esta extraordinaria novela histórica Luis María Cazorla se adentra en un periodo crucial de la historia de España: el primer año y medio de vida de la Segunda República. Durante ese tiempo la resistencia activa de las fuerzas reaccionarias a las reformas impulsadas por Manuel Azaña fue el caldo de cultivo de la sublevación de agosto de 1932, conocida como "la Sanjurjada" por el nombre de su principal protagonista, el general José Sanjurjo Sacanell, y que culminó en Madrid y Sevilla en la aciaga jornada del 10 de agosto.
Personajes reales como los citados Azaña y Sanjurjo comparecen en estas páginas, escoltados por otros muchos de no menor entidad, entre los cuales figura el general Franco. Con ellos, una rica galería de caracteres ficticios muestran en todas sus vertientes la sociedad española de la época, sometida a tensiones enconadas. Al hilo de la delación de la amante de uno de los golpistas, que facilitó que la fecha del golpe fuera conocida de antemano, se evoca con rara maestría el ambiente político, universitario y lúdico de aquellos convulsos días.
Con pluma ágil y pulida y una rigurosa base documental, el autor de "La Ciudad del Lucus" o "Las semillas de Annual" nos zambulle en el apasionante episodio histórico de la Sanjurjada, preludio no lejano del terrible estallido del 18 de julio de 1936, y de la subsiguiente conflagración entre hermanos.
IdiomaEspañol
EditorialLid Editorial
Fecha de lanzamiento3 may 2018
ISBN9788417418779
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    La rebelión del general Sanjurjo - Luis María Cazorla

    PRIMERA PARTE

    I

    DE ZARAGOZA A CASTILBLANCO

    El termómetro descendía con rapidez por debajo de cero grados. Zaragoza tiritaba aquella tarde gélida del primer día de 1932 y empezaba a sufrir como el resto de España los efectos de un intenso frío que se prolongaría varios días. El servicio de trenes se había paralizado en ciertos trayectos víctima del temporal de nieve y las noticias sobre muertos por la extremada temperatura frecuentaban los periódicos, que se desperezaban después de las fiestas de Nochevieja y Año Nuevo.

    El director general de la Guardia Civil, el teniente general José Sanjurjo Sacanell, marqués del Rif, fumaba con parsimonia un cigarrillo mientras observaba relajadamente los finos copos de nieve acunados por un ligero viento que los movía con gracia.

    Se sentía cómodo disfrutando de una intimidad cálida que lo protegía de la inhóspita intemperie, gracias a los recios cristales que completaban las grandes ventanas rectangulares de la habitación del palacio de la antigua capitanía general, ahora sede de la Quinta División Orgánica tras las reformas militares impulsadas por el presidente del Consejo de Ministros y ministro de la Guerra, Manuel Azaña Díaz.

    Zaragoza era una ciudad repleta de gratos recuerdos para él. Su paso por ella constituyó un remanso de paz en su ajetreada vida castrense. Ascendido a general de división el 27 de julio de 1923, ese mismo día fue nombrado general de la novena división y gobernador militar de la plaza y provincia de Zaragoza. Disfrutó de todo un paréntesis de calma providencialmente situado entre el exigente destino al frente de la comandancia general de Larache, donde se batió denodadamente con el incandescente Mohamed el Raisuni y la hedionda corrupción en los suministros al Ejército que destapó el escándalo conocido como el millón de Larache, y los prolegómenos que le auparon al mando supremo directo en la ofensiva iniciada con el desembarco en la bahía de Alhucemas el 10 de septiembre de 1925.

    Los gratos recuerdos de la etapa zaragozana no se limitaban a la esfera militar. Sanjurjo, siempre sensible a la belleza femenina, había hecho allí buenas relaciones, con las que, a pesar de los años transcurridos, la distancia física y el agobio de sus misiones militares, había mantenido un tenue hilo de relación, que en los días sosegados que se prometía en la capital aragonesa aspiraba a fortalecer favorecido por su viudedad.

    La boda de una hija del vizconde de Escoriaza, a la que había sido invitado con el papel sobresaliente de testigo, le había servido de excusa ideal para un desplazamiento para el que no había encontrado momento hasta entonces.

    Había viajado en automóvil el último día del año 1931 y, después de ciertos contactos iniciales en la fiesta de Nochevieja y de haber dormido hasta entrada la mañana del primero de enero, se aprestaba a pasar unas horas de tranquilidad.

    * * *

    Transcurrían plácidamente los primeros momentos de la tarde del uno de enero. Enfundado en un batín de seda color burdeos y repantigado en un cómodo sofá tipo chéster, Sanjurjo enlazaba relajadamente un pitillo con otro al tiempo que contemplaba con delectación la nieve, que caía ya con cuerpo voluminoso.

    De pronto los golpes en la puerta sonaron con contundencia remisa, como si la importancia del mensaje que traían tuviera que ser suavizado por el temor de importunar al bilaureado militar.

    Sanjurjo se remejió en el sillón, miró indolentemente hacia la sólida puerta con cuarterones que cerraba el paso a su amplia habitación, dejó deslizarse unos segundos en los que los golpes cobraron mayor entidad, sacudió con destreza el cigarrillo para que su ceniza se posara en el pequeño recipiente situado sobre una mesita auxiliar y un gesto de su mano izquierda acompañó a un «¡Adelante!», que sonó propio de quien estaba acostumbrado a mandar.

    —Mi general, disculpe que lo importune en su descanso, pero la grave información que traigo lo exige —señaló con cara de preocupación su ayudante, el teniente coronel de la Guardia Civil Baldomero Torres.

    —¿Qué pasa, Torres? —se interesó Sanjurjo sin alterarse, acostumbrado a que un diluvio de noticias graves lo empapara casi a diario desde que el 3 de noviembre de 1928 fuera nombrado director general de la Benemérita.

    —Noticias gravísimas llegan de Castilblanco, mi general — espetó Torres visiblemente afectado por lo que tenía que comunicar a su jefe.

    —¿De dónde? —inquirió el otro acentuando la mirada que lanzaban sus ojos saltones e incorporándose del sillón con movimientos cansinos.

    —De Castilblanco, mi general, de un pueblo de la provincia de Badajoz, cercano a la de Toledo, y las noticias llegan directamente del teniente coronel Esteban-Infantes desde la Dirección General —aclaró el ayudante invocando el centro directivo para dar mayor justificación a la irrupción en la tranquilidad de su superior, que ya estaba erguido delante de él y con la cara tensa a la espera de que el otro soltara lo que le apremiaba tanto.

    —Y bien, Torres, ¿qué cosa tan importante ha ocurrido en ese pueblo extremeño para que me aborde así? ¡He venido a Zaragoza a descansar de malas noticias, porque seguro que lo que me trae usted no es plato de buen gusto! —afirmó Sanjurjo con tono irónico.

    A partir de ese momento el ayudante dio rienda suelta al relato de los gravísimos hechos de los que había tenido conocimiento a través de una larga comunicación de Emilio Esteban-Infantes, el otro ayudante de Sanjurjo que se había quedado en Madrid. Los hechos le abrumaban tanto por su propia entidad como porque no le quedaba más remedio que trasladárselos inmediatamente a su superior, a pesar de la placidez que este disfrutaba en aquella tarde del primer día de enero de 1932.

    La exposición de lo ocurrido fue minuciosa y sin tapujos. A lo largo de ella los ojos de Sanjurjo estuvieron a punto de saltar de sus órbitas, su despejada frente ardió de indignación, su pronunciada nariz cobró la apariencia de punta de una afilada lanza dispuesta a ensartar a los agresores de los guardia civiles y todos los músculos de su achaparrado cuerpo se tensaron hasta casi explotar de indignación ante lo que su ayudante le desmenuzaba.

    * * *

    Todo sucedió entre las once y las doce de la mañana del jueves 31 de diciembre de 1931. El día anterior había tenido lugar una manifestación en la que, aunque terminó sin incidencias, los gritos y amenazas contra el gobernador civil de Badajoz, el jefe de la demarcación de la Guardia Civil y el alcalde fueron constantes, al ser considerados responsables de que no fueran atendidas las reclamaciones laborales de los manifestantes. El mismo treinta y uno de diciembre, doscientos campesinos, número elevado para Castilblanco, convocados por la Federación de Trabajadores de la Tierra, se dieron cita en la casa del pueblo de esta localidad. La reunión fue incendiaria, atizada por cabecillas socialistas y anarquistas. Los gritos contra la opresión de los propietarios y las autoridades fueron subiendo de tono, y con ellos se mezclaron los dirigidos contra la Guardia Civil como protectora de la ley y el orden que beneficiaban a los terratenientes. Algún grito se oyó —añadía el texto que había remitido Esteban-Infantes— acusando de cobardes a los que no se atrevieran a quemar y acabar con el puesto de la Benemérita, a cuya cabeza estaba el cabo José Blanco Fernández, casado y con una hija pequeña, y los guardias Francisco González Borrego, Agripino Simón Martín y José Matos González, soltero el primero, casados los dos últimos, padre de un hijo el segundo y de dos el tercero, especificaba con el detalle propio del instituto armado la información que Esteban-Infantes rendía desde Madrid.

    Enardecidos al extremo, profiriendo toda clase de gritos subversivos y enarbolando una bandera roja que llevaba preparada uno de los anarquistas, los manifestantes acordaron dirigirse a la casa consistorial. Enterado el alcalde y asustado por el cariz que estaban tomando los acontecimientos, mandó aviso al cuartelillo de la Guardia Civil para que los agentes se personaran en la casa del pueblo y persuadieran a los congregados allí de que cejaran en su actitud violenta.

    —¿Y qué pasó? —exigió Sanjurjo frunciendo el ceño y resquebrajando el breve respiro que Torres se había concedido antes de entrar en la parte más escabrosa.

    —El cabo y los tres guardias cumpliendo con su deber acudieron a la casa del pueblo en son de paz y sin hacer uso de los fusiles que llevaban colgados en la espalda —contó Torres—. El cabo, además, era de trato cordial y afable, acostumbrado a los modos suaves de Galicia, donde había prestado servicio hasta que llegó a Castilblanco hacía poco.

    —Al grano, Torres, al grano. Está usted acabando con mi paciencia y logrando que me tema lo peor —se lanzó un Sanjurjo que empezaba a perder la compostura con el cinturón del batín desatado y su prominente abdomen enseñoreándose de su presencia.

    El ayudante, preso de gran ansiedad, largó ya sin freno.

    —Los guardias civiles se mezclaron confiados con los ocupantes de la casa del pueblo y les rogaron que volvieran a sus domicilios. Estaba parlamentando el cabo con uno de los cabecillas, parece ser que con el presidente de la casa del pueblo, cuando una piedra lanzada impactó en su cabeza. Sin echar mano de su arma reglamentaria se volvió hacia el lugar de donde había procedido el objeto agresor. No le dio tiempo a más. Una mano asesina emergió de la masa enfurecida y le hundió una navaja cabritera en la parte superior trasera del cuello, con tal saña que la punta emergió por debajo de la barba del cabo —concluyó Torres con la indignación impregnando sus rasgos faciales.

    —¿Y el cabo no se defendió? —se interesó Sanjurjo con la frente, los mofletes y la papada teñidos de apreciable color rojo, revelador de la rabia que lo abrasaba y de las dificultades que padecía para no desmelenarse en mil maldiciones.

    —La información que llega de Madrid señala que el jefe del puesto todavía tuvo arrestos para zafarse del grupo de facinerosos que lo rodeaba, apoyarse en una pared y disparar un tiro sobre la horda antes de desplomarse agonizante —confesó Torres con el rostro tan desfigurado como el de su general.

    Sanjurjo, que de la rabia había pasado al abatimiento, se interesó seguidamente por el resto de los guardias.

    Añadió Torres que, según las primeras informaciones recibidas en la Dirección General, los tres también habían sido asesinados por la chusma sedienta de sangre.

    —Cuando vieron caer abatido a su compañero, y sin disparar un solo tiro que enardeciera más a la multitud furiosa que los amenazaba, intentaron escabullirse entre la multitud. No lo consiguieron: los asesinaron con una nube de pedradas y cuchilladas, parece ser que hasta recibieron algún tiro disparado con el fusil arrebatado al cabo ya muerto —acabó puntualizando el ayudante.

    Ante la mirada atónita de Sanjurjo, enmarañada en un horizonte de pasión vengativa apenas contenida, Torres no pudo continuar informando de los desmanes acaecidos en el pueblo extremeño. Como quedaba por delante una parte muy macabra y dolorosa, rebuscó en la parte interior de la guerrera, extrajo unas gafas y, bajo la mirada abatida del otro, sacó el papel cuyo extremo había asomado hasta entonces del bolsillo derecho de la guerrera. Los mismos machetes de los guardias habían sido utilizados por los desaforados para machacar sus cabezas hasta desfigurarlas horriblemente, añadió, y en ese momento ya no tuvo fuerzas para proseguir sin la ayuda de la lectura. Ante un Sanjurjo que se había vuelto de espaldas para evitar que su subordinado lo viera descompuesto, este reanudó la lectura de la información remitida por el centro directivo:

    Los ojos no existen. Los dientes han desaparecido también casi por completo como consecuencia de los golpes recibidos. Los cráneos, destrozados, dejan salir la masa encefálica y son, en fin, los cuerpos despojos acribillados y, finalmente, machacados con piedras.

    En ese preciso instante Sanjurjo se dio media vuelta. Era otro. Una furia desatada alentaba toda su musculatura, de lo cual la facial era el más visible exponente. Antes de arrancarse a hablar, a dar órdenes, si nos atenemos a la realidad, expedía todo él tan intensas vibraciones que el cargante cuadro que representaba una escena militar del siglo XVIII tembló ligeramente. Su valor, calificado con reiteración en su expediente militar como heroico, le hizo aparentar un hércules a pesar del escaso metro sesenta y cuatro que levantaba del suelo.

    —Nos vamos, Torres, regresamos ahora mismo a Madrid, y de Madrid al pueblo ese, a… ¿Cómo se llama ese infausto lugar? A Castilblanco, eso, Castilblanco —prorrumpió el general con un timbre de voz inflamado por el dolor, la pasión y el reclamo del cumplimiento del deber que colmaron la amplia estancia donde se desarrollaba tan inesperada escena.

    —¿Cómo a Madrid con el temporal de nieve que tenemos encima? ¿Y la boda? El vizconde de Escoriaza le espera como figura que va a dar realce a la boda de su hija, no le puede hacer esa faena, lo tiene todo preparado y la ceremonia es mañana.

    —No me venga con pamplinas, teniente coronel —interrumpió flamígero Sanjurjo apelando al grado militar de Torres, para así hacer más patente que empezaba a dar rienda suelta a todo el cuajo que acumulaba en su dilatada trayectoria castrense.

    —Pero, mi general —intercedió el otro haciendo uso del último cartucho que la prudencia le proporcionaba—, el temporal de nieve y viento arrecia; los trenes, si consiguen circular, lo hacen con grandes dificultades y es más que probable que la carretera hasta Madrid esté bloqueada en varios tramos. Recuerde que ya tuvimos alguna dificultad al venir y la cosa ni muchos menos había empeorado tanto.

    —Repito que, ante tamaño desastre, ante tan extraordinario ultraje a la Guardia Civil, las serias dificultades que con fundamento usted esgrime deben ceder… ¡Llegaremos a Madrid y nos personaremos en Castilblanco para rendir homenaje y enterrar a nuestros héroes muertos! ¡No sé cómo, pero llegaremos!

    * * *

    A partir de ese momento, el objeto de la conversación varió por completo. Se centró exclusivamente en cómo preparar lo más rápido posible la salida hacia Madrid y en cómo avisar y desagraviar al vizconde de Escoriaza, inmerso en los preparativos del enlace matrimonial de su hija. Torres se mostró diligente y sugeridor. Se barajó por un momento el viaje en tren ante los crecientes obstáculos climatológicos que entrañaba el desplazamiento por carretera. La vía férrea Madrid-Zaragoza todavía estaba expedita y no presentaba complicaciones insalvables, informó Torres tras una llamada telefónica. El problema era que esperar al exprés de la compañía MZA retrasaría mucho la salida, y eso, unido a que las circunstancias meteorológicas podían empeorar aún más, era inaceptable. Sanjurjo, según transcurrían los minutos, parecía cada vez más un león enjaulado cuyos ojos desorbitados lanzaban venablos de insufrible impaciencia y reclamaban acción inmediata contra los asesinos de sus guardias. Prevaleció, pues, la opción del automóvil, a pesar de los riesgos que auguraba el viaje, pues eran poco más de las cuatro de la tarde y el temporal de nieve arreciaba.

    Otra gestión telefónica aprontó la solución del problema que se le iba a plantear al vizconde de Escoriaza con la ausencia de tan destacado testigo. Torres le confirmó que, superados ciertos forcejeos, había conseguido que, vistas las circunstancias excepcionales reinantes, el general testificara en el acta matrimonial por anticipado. Al escuchárselo, este último hincó los ojos en su subordinado y le salió del alma:

    —Pero ¿eso se puede hacer?

    Torres agachó ligeramente la cabeza, esbozó una mueca de satisfacción anunciadora de que tal resultado era fruto de sus habilidades y acabó confesando:

    —No me pregunte si se puede hacer o no, lo cierto es que a usted, mi general, se lo permiten, y no hay que darle más vueltas.

    El destinatario de estas palabras relajó un poco la cara y concedió:

    —En esta España enloquecida todavía hay gente razonable y respetuosa con la Guardia Civil.

    Sin darse un segundo de tregua y con bruscos modales que reflejaban la ansiedad extrema que se adueñaba de él, se sentó en el escritorio que cerraba uno de los ángulos de la espaciosa estancia en la que tenía lugar la conversación, sacó un tarjetón de uno de los cajones y empezó a redactar unas líneas dirigidas al vizconde.

    Muy pocos segundos tardó en romper el tarjetón en mil añicos con gesto desabrido. Se procuró otro, estiró su menguado cuello, agitó su creciente papada, respiró profundamente y, tras conciliar un casi imposible sosiego, comenzó de nuevo a informar por escrito a su amigo de la tragedia de Castilblanco, a rogarle que entendiera que tenía que salir sin demora hacia Madrid, a pedirle todo tipo de disculpas y, por fin, a anunciarle que dejaba firmada el acta matrimonial. El afecto extremo impregnó sus últimas letras.

    II

    EL INFERNAL VIAJE DE ZARAGOZA A MADRID

    El viaje por carretera fue dantesco. La nieve y la ventisca no dejaron de azotar la caravana formada por dos vehículos, aquel en el que viajaba Sanjurjo acompañado por Torres y el de respeto con dos guardias civiles de protección. La situación tornó varias veces en angustiosa. Avanzaron penosamente en un medio hostil, enfurecido porque dos vehículos se hubieran atrevido a desafiar sus inclemencias y tuvieran la osadía de pretender imponerse a todas ellas. La nieve racheada fustigaba los dos coches y el viento desatado los zarandeaba, a pesar del enorme peso de las carrocerías y de la potencia bramante de sus poderosos motores. Sanjurjo y los suyos parecían aquella noche de mil demonios débiles mortales dejados de la mano de Dios y entregados a una naturaleza embravecida.

    * * *

    A pesar de las constantes sacudidas a las que la tempestad sometía al automóvil y las numerosas dificultades que este afrontaba para progresar, Sanjurjo recobró la calma nada más abandonar Zaragoza. Se mostraba abstraído de una naturaleza desbocada que lanzaba contra el coche masas de nieve y vientos agresivos.

    Por su convulso interior desfilaron con finos trazos de viveza desde sus primeros pasos como segundo teniente de Infantería en Cuba en enero de 1896, pasando por Melilla, donde en septiembre de 1909 había tomado parte todavía como capitán en la toma de la alcazaba de Zeluán a las órdenes del general Felipe Alfau. También lo hicieron sus constantes servicios desde 1914 en la zona de Tetuán y Larache una vez instaurado el Protectorado de Marruecos. Se entretuvo recordando su batallar sin cuartel con el Raisuni en 1921, sus acciones para aliviar a Melilla de la soga de Abd-el-Krim después del desastre de Annual, su llegada a la ciudad del Lucus en 1922 como comandante general, sus tiempos tetuaníes de Alto Comisario en 1925, y el papel primordial que desarrolló en el desembarco de Alhucemas en septiembre de 1925. Cuando le vino a la cabeza la comunicación que había firmado en agosto de 1927 en Bab Taza, en la que proclamaba el fin de la guerra en Marruecos, una sonrisa de satisfacción dulcificó sus facciones quebrantadas por el cansancio. En ese momento Sanjurjo, emergiendo de los mil recovecos de sus pensamientos, exclamó:

    —¡Cómo pueden hacerme esto después de lo mucho que he dado a la patria y lo mucho que he contribuido a beneficiar los intereses del Estado!

    Fue esta expresión dolida más que el descomunal zarandeo que recibió el vehículo al coronar el puerto del Fresno lo que espabiló a Torres de la modorra en la que estaba sumido desde hacía muchos kilómetros.

    —¿Me decía usted algo, mi general? —preguntó el ayudante.

    Sanjurjo fijó la mirada en él y, con modales condescendientes que chocaban con la situación de apuro que estaban atravesando por el desmelenamiento de la naturaleza, dijo:

    —Nada, nada, hablaba conmigo mismo —reconoció con ganas de enhebrar el hilo con su subordinado—. Hacía un repaso de todo lo que, desde mis primeros pasos de segundo teniente, he entregado a la patria y a los intereses del Estado.

    —Sí, mucho, mi general —concedió su interlocutor sin pronunciar una palabra más, pues conocía bien a su superior y sabía que le estaba reclamando la atención para compartir una conversación que los aislara algo del vendaval circundante.

    —Y ahora la república me paga con hechos como los desmanes de Castilblanco. No es justo cómo Azaña y los políticos republicanos que lo rodean se están portando conmigo —se lamentó Sanjurjo mientras que un parpadeo imparable ocasionado por el cansancio y la preocupación se entretejía con la tristeza que transmitían sus ojos saltones.

    —No se martirice, mi general, y, sobre todo, no sea usted injusto consigo mismo. Creo que está personalizando demasiado. Lo que está ocurriendo no va contra usted, es consecuencia de la situación de desorden social que se está extendiendo hasta en rincones como Castilblanco.

    —Tiene usted razón en que lo personalizo. Lo que los políticos, con Azaña y Casares Quiroga a la cabeza, están tolerando que se haga a la Guardia Civil lo siento como si me lo estuvieran haciendo a mí personalmente; me duele como si me torturaran como lo hicieron con el cabo y los guardias de Castilblanco — remachó pegando un respingo y golpeando varias veces con el brazo izquierdo el respaldo extraído de la parte central de los asientos traseros del vehículo.

    —No exagere, mi general, si no, tal como vienen las cosas, va a tener que sufrir mucho. No se tome usted todo tan a pecho —reconvino Torres.

    —No exagero, Torres, siento la Guardia Civil como algo propio que llevo muy dentro; mi identificación con ella es total — apostilló el también marqués del Rif con determinación, que compitió con el viento racheado que ululaba entorpeciendo el avance del automóvil—. Son enormemente injustos los ataques que la Benemérita está recibiendo de elementos políticos que toman asiento en el Gobierno y a los que con su disciplina y su obediencia ayudó tanto para que el tránsito de la monarquía a la república fuera pacífico y sin derramamiento de sangre. De eso sabe mucho el teniente coronel Esteban-Infantes, como testigo de primera fila de todo lo que ocurrió en abril del año pasado —zanjó Sanjurjo incorporándose hacia delante a pesar de los tumbos del coche.

    La conversación se transformó acto seguido en un monólogo en el que su director trajo a colación bastantes hechos que hacían sangrar a la Guardia Civil.

    El rosario tuvo muchas cuentas, a cual más dolorosa. Se refirió a que los anarquistas, los comunistas, los socialistas y los radicalsocialistas en muchas partes de España, especialmente en Andalucía y Extremadura, arremetían sin cesar contra el instituto armado. Recordó algo que llevaba clavado en el corazón y que le había llegado a su despacho del palacio de Buenavista por varios conductos. Se trataba de un grito que se repetía en mítines, reuniones en las casas del pueblo y manifestaciones: «Mientras haya Guardia Civil que lo impida, nunca podréis entrar en posesión de vuestros legítimos derechos».

    Durante el relato, acompañado por un temporal que a eso de las ocho de la noche y a la altura de Sigüenza amainó algo, el tinte de la voz de Sanjurjo adquirió diferentes colores según los episodios a los que aludiera, sin que le abandonaran nunca la indignación y la rabia contenida. Nada, empero, se contuvo cuando, como expresión del colmo de los colmos, empezó a hablar de los ataques lanzados por la diputada socialista Margarita Nelken en la prensa que le era afín. Después de dedicarle una retahíla de lindezas, bramó contra ella, y únicamente se calmó un poco cuando, con cara de mil aristas que podía significar o todo o nada en cualquier sentido, hizo alusión a la carta que había remitido a la parlamentaria en la que correspondía debidamente a todos los «piropos» —así calificó las arremetidas de Nelken— que menudeaban en los periódicos cercanos a sus ideas.

    —La carta ha sido esta vez personal y reservada porque su contenido así lo pedía, pero la próxima no me ando con zarandajas, suelto la lengua y le digo en público lo que me pase por los cojones —aclaró con soez lenguaje cuartelero—. Se va a enterar esta tiparraca de lo que vale el honor y el buen nombre de la Guardia Civil.

    Al término de estas palabras se paró unos segundos, en los que la tormenta de nieve y viento volvió a apoderarse de la escena. De pronto, el heroico militar, cuyos ojos volvieron a dispararse y a hacerse muy visibles por los mil rayos jupiterinos que proyectaron, exclamó:

    —¡Que se ande con cuidado esa individua —volvió a referirse a la diputada socialista con el desprecio desbordando sus palabras—, porque mi paciencia con ella se está acabando! Cuando me harte, y creo que con lo de las muertes de ayer me he hartado ya, iré más allá del contenido de la carta reservada que le dirigí, iré más allá de proferir lamentaciones por sus odiosas declaraciones contra la Guardia Civil, y de manifestarle que —los músculos de las mejillas repentinamente se retrajeron, la mirada trocó en picaresca, la piel de su frente se contrajo en muchas arrugas y el tono de chufla distendió el ambiente— seguramente cambiaría de opinión sobre la Benemérita si daba buena acogida al guardia de más talla y mejor planta que pensaba mandarle a su servicio durante una temporada.

    Remachó esta zafia broma con una ruidosa carcajada que hizo poca gracia a Torres, obligado, sin embargo, a esbozar una leve sonrisa y a dejar caer:

    —¡Qué cosas dice usted, mi general! Me temo que el contenido de la carta que le ha dirigido haya ofendido gravemente a la señora Nelken y la haya puesto aún más en nuestra contra.

    Estas últimas palabras fueron imperceptibles, apagadas por un «pues, que se joda, que la jodan hasta el final» de Sanjurjo, que cuando hablaba de aquella siempre se soliviantaba y daba rienda suelta al lenguaje cuartelero con ecos africanistas del que acababa de hacer gala.

    —Lo peor de todo esto —irrumpió Sanjurjo después de un prolongado silencio— es que los ataques a la Guardia Civil son tolerados por Azaña y Casares Quiroga; en algún momento hasta he pensado que los ven con buenos ojos —confesó mientras la torre de la iglesia del pueblo de Barajas contemplaba con asombro el paso por la carretera de los faros titubeantes del vehículo que en aquella infernal noche se había atrevido a desafiar a la naturaleza.

    * * *

    El acceso por la carretera de Aragón, cuando el reloj del Banco de España que resistía tenazmente la congelación anunciaba las once de la noche, abrió las puertas de un Madrid envuelto en un enorme sudario blanco por cuyas calles casi era tan arriesgado circular como por los tramos que habían dejado atrás. Enfilaron la calle de Alcalá hasta que, entre los copos que caían, divisaron la puerta del mismo nombre. La Cibeles parecía otra vestida con una extraña clámide nívea. El edificio del Círculo de Bellas Artes emergió fantasmagóricamente como enorme transatlántico varado en medio de un océano de nieves. Al cabo, pasados unos minutos las once de la noche, entraron en el recinto del palacio de Buenavista franqueando la puerta que daba a la calle de Prim. Cuando entumecidos y presos de un cansancio inmenso descendieron del automóvil, Sanjurjo alzó la cabeza, se empeñó con escaso resultado en recomponer la vestimenta civil desfigurada por arrugas de toda clase y extrajo fuerzas de la flaqueza para con voz recompuesta proclamar:

    —Misión cumplida, Torres, misión cumplida, a pesar del poderoso enemigo que se ha empeñado lo indecible en que no lo consiguiéramos.

    Acto seguido, salió disparado hacia su despacho, donde iba a pasar gran parte de lo que quedaba de noche.

    * * *

    Por mucho que se esforzó en salir lo antes posible hacia Castilblanco, una reunión con generales y coroneles de la Guardia Civil para analizar la situación, especialmente en Andalucía y Extremadura, le retuvo en Buenavista.

    Por fin, a la una y media de la tarde de aquel malhadado segundo día de enero y después de comer algo, dos automóviles atravesaron la puerta de la sede del Ministerio de la Guerra que daba a la calle de Prim. El primero iba ocupado en la parte trasera por Sanjurjo y Esteban-Infantes, y en la delantera por el conductor y Torres; el segundo, el de respeto, era conducido por un fornido guardia civil que competía en complexión con un compañero sentado a su lado.

    III

    EL HORROR DE CASTILBLANCO

    Casi por milagro las previsiones de Torres no fallaron. Eran algo más de las siete de la tarde cuando, en medio de tinieblas impenetrables, dejaron atrás el cartel que anunciaba la salida de Herrera del Duque. El afán era ahora encontrar la barcaza que los cruzara un Guadiana, cuyos rugidos alardeaban su enfado porque el azote de la incesante lluvia le hubiera sacado de su cauce natural. A través del puesto de la Guardia Civil de dicha localidad el barquero tenía conocimiento de que llegarían sobre las siete de la tarde al lugar del embarque, y había recibido la estricta indicación de que en todo caso esperara.

    Pasaron un rato de cierta angustia, porque durante unos minutos fueron de aquí a allí sin dar con la barcaza.

    Cuando, después de guiños desesperados de los faros de los dos automóviles, atisbaron que a lo lejos parecía moverse una trémula luz, el entusiasmo se destapó y un «¡Viva España! ¡Viva la Guardia Civil!» atronó dentro de un vehículo que acusaba más que nunca una lastrante torpeza.

    Sí, la luz era la del barquero, que, muerto de frío y de desesperación, agitaba sin parar un farol.

    Tras un forcejeo con aquel individuo por el precio del transporte y por lo que se podía embarcar dado el estado del río, lograron poner pie en el otro lado.

    Las ruedas del coche y los pies de Sanjurjo, sus dos ayudantes y el conductor se hundieron en el barrizal en que se habían convertido las tierras cercanas a la ribera.

    Avanzaron campo a través estimulados por la proximidad de la meta que animaba a Sanjurjo desde que había salido de Zaragoza hacía aproximadamente veinticuatro horas.

    * * *

    Eran aproximadamente las nueve de la noche cuando entraron en Castilblanco. La densa negrura y la tenue niebla que trepaba desde el río apenas disimulaban la estridente pobreza que reinaba en aquel pueblo: casas de una sola altura míseramente achatadas; pocas calles, un auténtico lodazal; la luz, inexistente, y ni un alma a la vista.

    Permanecieron confusos con el motor del coche renqueante y un par de golpes de claxon como reclamo para que alguien se diera por enterado de la nueva presencia y les brindara las primeras orientaciones para desenvolverse en aquel océano de oscuridad, lluvia y desventura.

    Nadie acudió a la llamada. El pueblo parecía enterrado por el agua, la tragedia y el intento vano de olvidar lo que había ocurrido apenas hacía unas horas.

    Se aferraron a la más pura intuición y se dejaron llevar por una calle que les pareció más ancha y larga que las demás.

    Desembocaron en una lúgubre plaza. Creyeron divisar en uno de sus extremos los perfiles de dos tricornios. Hacia ellos se encaminaron. Era, en efecto, una pareja de guardias que, amarrados a su arma reglamentaria, hacían plantón en la entrada de una casa donde se apreciaba un punto de mayor prestancia que las que habían dejado atrás.

    La marcialidad con la que los dos centinelas los recibieron les hizo regresar a una realidad más entendible por ellos que la fantasmagórica que acababan de dejar a sus espaldas. Aquellos, que formaban parte del contingente de quince que se había desplazado a Castilblanco, le explicaron a Torres que se hallaban ante la escuela del pueblo habilitada para hacer las veces de juzgado y de cárcel.

    Orientados por la luz quebradiza de un quinqué en el que parecía concentrarse toda la iluminación artificial en aquella noche de mil demonios, se aventuraron en la casa. Les dio la bienvenida un zaguán, donde se alineaban varios hombres enjutos, desharrapados, con ojos que expresaban inanidad y el mayor desconcierto ante una situación desconocida para ellos. Aguardaban la llamada del juez que se había constituido en el lugar para tomar las declaraciones pertinentes.

    El rostro de Sanjurjo se ensombreció tremendamente hasta hacerse indistinguible en las tinieblas de aquel extraño rincón. Estiró el cuello, que pareció vencer su pequeñez y deshacerse de las imposiciones desfiguradoras de la papada, y, a pesar de que había envarado la postura, avanzó con paso vacilante destilando una mueca de asco infinito.

    Pero el momentáneo paso vacilante se transformó en un abrir y cerrar de ojos en otro resuelto que le encaminó hacia otra puerta, por cuyo ángulo inferior se entreveía el tímido resplandor de una luz más potente que la que expandía sombras por el zaguán. Allí se encontraba el juez tomando declaración a una mujer envuelta en costrosos harapos y cuyo rostro curtido proclamaba las adversidades padecidas en su perra vida.

    * * *

    A raíz de que Sanjurjo hiciera acto de presencia en el improvisado juzgado se personaron allí el alcalde, el teniente jefe del destacamento de la Guardia Civil y el maestro del pueblo. Sanjurjo se informó de lo ocurrido y de la marcha de los interrogatorios. Anunció que iba a dar órdenes para que el coronel del tercio con jurisdicción sobre Castilblanco se presentara en el pueblo sin tardanza. El juez le indicó que dentro de unas horas esperaba la llegada del fiscal jefe de la Audiencia Provincial de Badajoz. En un aparte con el teniente ahondó en los términos de la llegada al pueblo del contingente de la Benemérita y en las gestiones que había realizado hasta ese momento; le impartió instrucciones tajantes acerca de lo que debían hacer por su propia iniciativa, incluso si fuera preciso, al margen del resto de las autoridades, y varias veces se le escapó un dolorido «¡No olviden nunca que son nuestros muertos!», bajo la mirada abatida de sus ayudantes y del propio teniente.

    En el tránsito del dos al tres de enero cesó la lluvia y el tiempo se calmó inesperadamente. Sanjurjo en un súbito arrebato expuso su deseo de visitar el lugar donde habían acaecido los terribles acontecimientos.

    Estaba muy cerca. La inspección ocular fue detallada. A la cara de horror del general sucedió la de asco, todo envuelto en una indignación que emanaba hasta del último poro de su cuerpo. Torres, con más experiencia en esta clase de actuaciones, prestó máxima atención a la reconstrucción de los hechos. Esteban-Infantes se mantuvo en un discreto segundo plano, movido por la repugnancia que aquello le producía.

    En un momento determinado el maestro contó que el cabocomandante del puesto, al enfrentarse a la manifestación con la intención de impedirla, había disparado sin querer, por pura mala suerte, un tiro que mató a uno de los congregados. Sanjurjo le cortó dando rienda suelta a la indignación que a duras penas lograba contener.

    —¡No diga usted estupideces! —bramó—. A un guardia civil, y menos con la experiencia que tenía el cabo, no se le escapa sin querer un disparo en una situación tan dramática como la que les tocó vivir a nuestros héroes —argumentó alzando exageradamente las cejas y proyectando una mirada furiosa hacia el maestro, que se encogió y a duras penas pudo aclarar que se trataba de una opinión personal y nada más.

    —El cabo utilizó su arma para defenderse de una turba que quería satisfacer sus exigencias a costa de lo que fuera, pisoteando los derechos de otros si fuera preciso —añadió Sanjurjo moviendo convulsivamente su brazo derecho y con cara de no permitir pareceres discrepantes—. Lo peor es que esos pobres desdichados que acabamos de ver atemorizados tendrán que penar con dureza por lo que otros han inspirado cobardemente, y ahora se agazapan paseándose por las calles de las grandes ciudades y poniéndose como ejemplo de buenos ciudadanos comprometidos con el progreso —se lamentó agriamente mientras que un caudal de sentimientos de venganza pugnaba por brincar a la superficie.

    Destrozado por el apesadumbramiento de lo reproducido y el cansancio extremo, el grupo se había dado media vuelta para regresar a la escuela cuando inesperadamente Sanjurjo, que hasta ese momento marchaba en silencio y con las manos entrelazadas en la espalda, se paró y reclamó la atención.

    —¿Saben lo peor de esto, y se lo digo al juez, al alcalde, al maestro y a los guardia civiles, que son ahora representación del Estado en Castilblanco? Que los actuales gobernantes de la república se cruzan los brazos y miran hacia otro lado, y mirar hacia otro lado quiere decir dejar de la mano de Dios a la Guardia Civil, que es la única fuerza fiable capaz de poner coto al desorden y los desmanes que nos acogotan —proclamó con tal convicción que las palabras fueron rebotando en las paredes de las ruinosas casas que circundaban. Nadie abrió la boca. Los rostros mudaron de expresión según las convicciones de cada uno.

    A los pocos minutos estaban de nuevo en el zaguán de la escuela, donde la postración desolada de los que seguían esperando se había multiplicado por los efectos del adormilamiento de las altas horas de la noche.

    * * *

    La reunión fue rápida, pues la resistencia emocional y física de todos estaba a punto de colmarse. Se adoptaron las últimas medidas, entre ellas que los cadáveres fueran trasladados a Badajoz, donde se oficiarían los solemnes funerales el lunes cuatro de enero, ya que aquellos no llegarían allí antes de la noche del domingo.

    Al hilo de estas últimas disposiciones, Sanjurjo se enteró de que Carlos Esplá, el azañista subsecretario de la Gobernación, había pasado unas horas en Castilblanco en la mañana del sábado, debidamente comisionado.

    En circunstancias normales Sanjurjo habría bramado al enterarse de la maniobra de Casares Quiroga a sus espaldas. Pero no podía más, no le quedaba ni una hebra de fuerza para mostrar hacia el exterior la indignación que le suscitaba una muestra de desconfianza como la de enviar a alguien por adelantado al margen de él y con ocultación.

    La reunión no dio para más. Era la una de la madrugada y a Sanjurjo y Torres les parecía que, más que aproximadamente treinta y dos horas, había transcurrido toda una eternidad desde que, tras sacudirse con precipitación la modorra y el relajamiento en la tarde del uno de enero, salieran de estampida de Zaragoza con meta final en Castilblanco. Todo estaba hablado, el manto de la indignación los envolvía tan prietamente que ya no lo podía hacer más, y todavía les quedaba regresar a Herrera del Duque. Allí pretendían dormir algo antes de emprender el camino a Badajoz, donde les esperaban jornadas de fortísimas emociones que culminarían con el entierro.

    —Bien, señores, esto no da ya más de sí. Solo resta que la justicia cumpla con su deber, que nosotros enterremos con dignidad y máximos honores a los nuestros, que consolemos a los familiares y que —se deshizo en un suspiro que sonó a profundo quejido— el Gobierno tome nota de lo que ha ocurrido a pocos metros de aquí y que rectifique su política. Tengo entendido que está previsto que descasemos unas horas en Herrera del Duque —afirmó buscando a Torres en pos de confirmación—. Les ruego que nos ayuden a que el trámite de cruzar el río no sea tan penoso como el que hemos padecido hace un rato —indicó mientras sus ojos se apagaban envueltos en las tinieblas que apenas disipaban los dos quinqués que alumbraban la estancia ocupada por el juez para sus pesquisas.

    IV

    LOS FUNERALES EN BADAJOZ

    Ya en Badajoz, Sanjurjo se interesó en la sede de la jefatura de la correspondiente zona de la Guardia Civil por los primeros resultados de las investigaciones que se llevaban a cabo con más de treinta implicados en los hechos y por los preparativos del solemne funeral previsto para la tarde del día siguiente, lunes cuatro de enero. Como se estaba organizando una gran manifestación de duelo para acompañar a los cadáveres, se habían adoptado las pertinentes medidas de seguridad, pues, además, anunciaban su llegada para rendir homenaje a los caídos de Castilblanco gentes de toda Extremadura y de otras partes de España, entre los que predominaban los de Madrid y los de Sevilla. Incluso el oficial de la Benemérita más puesto en aquellos preparativos le dijo que el obispo de la diócesis había ofrecido hacerles un funeral de primera, al que asistirían de todas las parroquias de la capital, sin cobrar nada por ello.

    Sanjurjo espabiló su semblante ensombrecido, trazó una sonrisa y adelantó con sorna:

    —Pues habrá que agradecer al señor obispo tanta generosidad con nuestros mártires, ¿no les parece, señores?

    Después volvió sin solución de continuidad al rictus de amargura del que apenas se despojaba.

    Cuando, después de interesarse por los familiares de los guardias abatidos, le participaron que la viuda del cabo y su hija de doce años estaban alojadas en una modesta pensión próxima a la catedral a la espera del funeral, un rayo de apresuramiento lo zarandeó, su figura se agigantó y, agitando el brazo derecho como tantas veces había hecho para animar a las tropas que le siguieran, exclamó:

    —Allí voy inmediatamente; lo primero que quiero hacer en Badajoz es visitarlas para manifestarles todo mi respeto y rendirles el mayor reconocimiento; ellas son dos víctimas que hay que añadir a la masacre de Castilblanco. ¡Adelante, señores! — ordenó con la resolución de quien llevaba casi cuarenta años manifestándose así.

    * * *

    Acababan de abandonar la amplia sala donde había tenido lugar la reunión cuando el oficial que había rendido al director informe sobre las últimas novedades se puso a su altura y, con modos temerosos, le cuchicheó:

    —Hay una información importante más, mi general —adelantó buscando inútilmente algún escudo donde guarecerse de los efectos de la información que se sentía en el deber de participar—. Permítame que le comunique que a última hora de esta mañana ha llegado un telegrama del Ministerio de la Gobernación dirigido a su excelencia anunciando que el señor ministro asistirá a los funerales de mañana —señaló el oficial al mismo tiempo que aminoraba su caminar con la intención de quedarse retrasado con respecto a Sanjurjo. No lo consiguió porque este se paró bruscamente y rezongó con intensidad audible por toda la comitiva:

    —Me lo temía, estamos ante una jugarreta más del dichoso Casares Quiroga. —Después de reclamar el telegrama, lo leyó y, con una mirada flamígera, lo plegó con lentitud desazonante—. No corta de una vez por todas las voces que azuzan a los desalmados contra la Guardia Civil, no da la cara en Castilblanco amparándose en la excusa de una indisposición, despacha a hurtadillas a Esplá para que le dé su versión de lo ocurrido porque no se fía de la que yo le pueda dar, y para colmo se va a plantar en los funerales de unos héroes a los que no ha respaldado como se merecen. Todo lo hace para guardar las apariencias por encima de tantas desafecciones y deslealtades. — Arrugó el ceño, entrecerró los ojos y, sin añadir un comentario más, espetó:

    —Bien, señores, nosotros a lo nuestro, que en este momento es rendir admiración, respeto y afecto a la viuda de nuestro compañero masacrado en Castilblanco.

    El estilo campechano al que tanto le gustaba acudir con sus subordinados quedó aleteando según el grupo se desplazaba a la modesta casa de huéspedes donde la mujer del cabo se lamía sus dolorosas heridas.

    * * *

    Todo en el local donde se alojaba la que hasta hacía pocas horas había sido la esposa del cabo José Blanco era de miserable catadura. Sanjurjo atravesó el lúgubre portal de acceso a aquella casa de tres plantas con el corazón contraído y, según remontaba los peldaños sonoros de una cuarteada escalera de madera que no desdecía el ruinoso estado general del inmueble, se fue recubriendo de una espesa capa para protegerse de lo que se le venía encima.

    Remontaba cada escalón como si se tratara de un calvario, con una lentitud pesada que entorpecía la progresión de los que le acompañaban, haciendo de tripas corazón y encogido ante el panorama dantesco al que tenía que enfrentarse.

    En el rellano del primer piso rogó con voz jadeante a Torres que se adelantara para anunciar la visita y suavizar reacciones.

    Este último respondió con un gesto de obediencia, se caló el tricornio y subió como alma en pena las escaleras que faltaban hasta el segundo piso, donde estaba la pensión.

    Pasaron unos minutos interminables en los que Sanjurjo y los tres que se quedaron con él intercambiaron miradas a cual más de espanto.

    Fue más tremendo y desgarrador de lo que temían en el peor de los casos. Un alarido espeluznante desgarró de repente el ambiente e hizo crujir hasta la última madera del último escalón de la desvencijada escalera.

    Sanjurjo se estremeció y tembló ante la sensación de que aquel duro trance pudiera ser eterno. Giró su renqueante cuerpo hacia atrás y, con mirada más resignada que compungida, ordenó a los circunstantes que

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