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Amado Nervo
Juan Crisóstomo Ruiz de Nervo (Amado Nervo) nasceu em 27 de agosto de 1870, em Tepic, no México. Poeta e diplomata, é considerado o maior poeta mexicano do final do século XIX e meados do século XX. Em 1888, iniciou a carreira de jornalista, e seguiu para Paris em 1900, como correspondente do jornal El Mundo, onde conviveu com alguns dos nomes mais representativos da Belle Époque, entre os quais Oscar Wilde e Rubén Darío, com quem estabeleceu uma estreita amizade, refletida nos seus trabalhos posteriores. Em Paris, conheceu também Ana Cecilia Luiza Daillez, sua companheira durante mais de dez anos. Em 1902, voltou ao México, onde viveu anos de popularidade e grande atividade em jornais e revistas, entrou na carreira diplomática em 1905, e viveu treze anos em Madrid, de onde enviava textos para o México, a Argentina e Cuba, os quais eram publicados nas melhores revistas literárias do momento. A sua produção literária foi abundante e variada: contos, ensaios, crónicas, além de muitos poemas, publicados em diversos livros. Plenitude, editado no final da vida, e uma das suas obras de maior sucesso, reflete claramente a busca da paz interior que procurou toda a vida. Devido às mudanças políticas ocorridas no México, durante vários anos, esteve afastado de cargos oficiais, até que, em 1918, foi nomeado ministro plenipotenciário do México na Argentina e no Uruguai, para onde seguiu no início de 1919, e onde o receberam com admiração e afeto. Não mais regressou ao México em vida, pois viria a morrer em Montevideu, em 24 de maio de 1919. Descansa na Rotonda de Las Personas Ilustres, situada no interior de um dos maiores e mais antigos cemitérios da Cidade do México, o Panteón Civil de Dolores, e a sua obra, diversa, humana, intensa e magistralmente edificante, situa-o, por mérito próprio, no olimpo da literatura universal.
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Almas que pasan - Amado Nervo
Almas que pasan
Copyright © 1920, 2021 SAGA Egmont
All rights reserved
ISBN: 9788726679953
1st ebook edition
Format: EPUB 3.0
No part of this publication may be reproduced, stored in a retrievial system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.
This work is republished as a historical document. It contains contemporary use of language.
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ES PROPIEDAD DE LOS HEREDEROS DEL AUTOR *
TODA EDICIÓN FRAUDULENTA SERÁ PERSEGUIDA POR LA LEY * *
Alos cuarenta y ocho años, el 25 de Mayo de 1919, murió en Montevideo el poeta Amado Nervo. Fué este gran poeta de Méjico una figura del Madrid literario. En nuestra ciudad vivió sus años últimos al dejarla para volver a su país, en donde muy pronto le habían de encomendar el alto puesto diplomático que le llevó a las repúblicas del Plata, se despedía de sus amigos con un «hasta la vuelta», expresión de sus deseos más íntimos; pero quizá él mismo, aunque dejó puesta su casa, no confiaba del todo en volver: mentalmente, no dejaría nunca de añadir aquel «si Dios quiere» de algún libro suyo. Y Dios no quiso.
Los que le trataron en Madrid, muchos, sin duda, pero cuán pocos íntimamente, no es fácil que le olviden. Hombre de letras y hombre de mundo, formado en la escuela «modernista» y en el ambiente cosmopolita de París, encontró, en la calma y en la sencillez del nuestro, plácido refugio, muy conforme a su espíritu recatado. Era, en todos los lugares donde se reunen unos cuantos amigos de las letras, como un pasajero cordial, bienvenido siempre; dejaba en ellos la amenidad de su charla sutil, este hombre que parecía hecho para hablar; su palabra abundante, sugestiva, enamorada de un concepto, lo iba trabajando, puliendo, retocando hasta que lo dejaba luciente por todas sus facetas. Hacía de la conversación obra de arte: sus ademanes distinguidos puntuaban y subrayaban, y toda la luz del espíritu se concentraba en su fina máscara azteca.
Pero sólo era un pasajero. Gustábale vivir retraído, en una habitación abierta a las cumbres lejanas y al cielo de Madrid, entre libros y papeles, con un telescopio que le servía de Pegaso para escaparse del mundo y recorrer las constelaciones amigas. Por un balcón frontero a la Sierra, asestaba el anteojo a1cielo y paseaba su imaginacion de astro en astro. Pero ya él nos reveló su secreto:
Te engañas: más lejos fuí
que la estrella más lejana.
Tenía delante el Madrid más hermoso, el que, sin tropezar en edificaciones mezquinas, apoyándose en1 la mole del Palacio Real, se asoma a las riberas de Manzanares, sobre las que ascienden los macizos de la Casa de Campo, los encinares del Pardo y las tierras que se remontan hasta los nevados picos del Guadarrama. El poeta, sensible a tal hermosura, prefería, sin embargo, leer en las estrellas. Buscaba en ellas tal vez la cifra de su sino; pero ésa estaba escrita en el hemisferio austral, y acaso la haya podido leer, antes de morir, desde las riberas del Plata.
*
La vida de Amado Nervo—tal como nos la deja ver, libro tras libro, su obra de escritor—no fué más que una larga preparación para la muerte. Aunque lo disimulara con su gracia cabal de hombre de mundo, con su perfecta cordialidad de espíritu, algo había en él que le mantenía como distante y ponía muchas veces en sus palabras un eco del grave diálogo interior.
En sus libros no tenía para qué disimular: ahí está su fuerza. La mundanidad, lo pegadizo del ambiente en que se movía y del trato de gentes, no falta en ellos; mas cuando todo eso haya caído, aun quedará la substancia real, no escasa tampoco en sus páginas.
Amado Nervo fué un enamorado de la vida. No se vea en esto contradicción con lo ya dicho; al contrario: de tanto amarla, fué aprendiendo a morir. La naTuraleza toda y luego la fe le daban testimonios de vida eterna. La muerte no era más que el paso inevitable, para el cual es preciso abandonarlo todo: dulces hábitos, objetos familiares, amores de la tierra. Pero esta separación le llenaba de melancolía. Si una estela hubiese de perpetuar su recuerdo, la querríamos como aquella de la dama helénica llamada Hegeso, en el Dipylon: del cofrecillo de sus joyas, traído por una doncella, levanta pensativa una presea con la que ya nunca se adornará.
Una disposición especial de su espíritu le hizo ver, en la hermosura del mundo, lo pasajero como primera cualidad. En unos versos muy conocidos le echa la culpa a Kempis; pero ya es sabido que cada cual encuentra en la Imitación aquello que más conviene a su estado de alma.
Como la dama griega a sus joyas, tuvo Amado Nervo afición a las sensaciones nuevas, a las palabras poco usuales. En el movimiento literario que se suele llamar modernista, y del que fué uno de los propulsores en lengua española, acentuó, entre todos, una tendencia al preciosismo, alma de sus libros primeros. Se equivocó al dar el nombre de Místicas a uno de sus libros; en él triunfaba y se exaltaba la liturgia, o sea la mística reducida a símbolos y fórmulas, el preciosismo de la mística. Seguía entonces corrientes muy francesas: Verlaine, Huysmans. En el libro de Nervo hay, como en Parallèlement, un doble canto:
Carne, carne maldita, que me apartas del cielo; carne tibia y rosada, que me impeles al vicio: yo rasgué mis espaldas con cilicio y flagelo por vencer tus impulsos, y es en vano: ¡te anhelo a pesar del flagelo y a pesar del cilicio!
Pero ahí está su camino de Damasco: pronto desaparecerá todo el décor de misales, incensarios, cirios, reclinatorios, cúpulas, y quedará un anhelo vivo de amor; todavía es necesario que el dolor del hombre—reflejado en los versos a la «amada inmóvil» del libro Serenidad—venga a libertarle. Después de Serenidad, sus libros llevan nombres significativos: uno de versos, Elevación; otro de prosa, Plenitud. Este es ya de 1918.
¿Un libro de prosa? Como prosista, Amado Nervo no llegó a culminar. Hay en El éxodo y las flores del camino, en Almas que pasan, en Ellos, en Plenitud, temas curiosos, asuntos bien atisbados; pero siempre el asunto es superior al desempeño. No es su prosa como la de Darío (la de Los Raros, Peregrinaciones o Tierras solares), prosa de poeta con virtud intima, puramente literaria. La de Nervo vale por lo que dice. Y Nervo tiene, en cambio, un don de contar que resaltaba eminentemente en su conversación; comunicado a su prosa, basta para salvarla. Como versificador ya es cosa distinta. No fué nunca versificador impecable, antes al contrario: va con valor hacia la palabra conveniente, que no siempre es la necesaria; tiene, a veces, vanos alardes seudocientíficos; en cambio, ¡qué sentimiento de la armonía general del poema, del corte de la estrofa, qué arte en las repeticiones, qué garbo en la aportación de elementos exóticos, y cuando su preciosismo se clarifica, qué admirable sencillez, qué acierto en la eliminación de ornatos superfluos!
Desde el libro En voz baja, de 1909—dejando aparte las secciones que en él son antiguas, como ocurre en Serenidad (1914)—, se ve este nuevo afán de simplificación. Coincide con la abundancia de temas relativos al más allá. Las lecturas del poeta son entonces de teosofía, de religión. Las poesías que se agrupan en el último libro citado con el título general de... Ad astra son también significativas. Hablando de sucesos que le afectaron muy hondamente, solía decir: «En Sirio no hay revoluciones.»
*
Sin embargo, en todos sus libros, desde los primeros, se dan esas escapatorias
