El juguete rabioso
Por Roberto Arlt
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Roberto Arlt
Roberto Arlt (Buenos Aires, 1900-1942) ha sido definido como el escritor que inaugura la novela moderna argentina. Publicó El juguete rabioso (1926), Los siete locos (1929), Los lanzallamas (1931) y El amor brujo (1932), además de varios libros de cuentos, aguafuertes y obras de teatro.
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El juguete rabioso - Roberto Arlt
Índice
Portada
Portadilla
Legales
Prólogo por Pablo Ramos
Capítulo I Los ladrones
Capítulo II Los trabajos y los días
Capítulo III El juguete rabioso
Capítulo IV Judas Iscariote
© 2022, RCP S.A.
Primera edición en formato digital: septiembre de 2022
Versión: 1.0
Digitalización: Proyecto 451
Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna, ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopias, sin permiso previo del editor y/o autor.
ISBN 978-950-556-903-8
Hecho el depósito que marca la ley 11.723
Un libro imprescindible es aquel cuya influencia es capaz de sortear el paso del tiempo desde su aparición y publicación. Es imprescindible porque ha persistido, incluso a pesar de las diferencias culturales y la diversidad de contextos lectores.
Imprescindibles Galerna parte de esta premisa. Se trata de una colección cuyo propósito es acercar al lector algunos de los grandes clásicos de la literatura y el ensayo, tanto nacionales como universales. Más allá de sus características particulares, los libros de esta colección anticiparon, en el momento de su publicación, temas o formas que ocupan un lugar destacado en el presente. De allí que resulte imprescindible su lectura y asegurada su vigencia.
Prólogo por Pablo Ramos
La ley de la ferocidad
Juan Carlos Onetti, quien conoció muy bien a Roberto Arlt, diría: Yo no podría prologar esta novela de Arlt haciendo juicios literarios, sino sociológicos; tampoco podría caer en sentimentalismos fáciles sobre, por ejemplo, el gran escritor prematuramente desaparecido. No podría hacerlo por gustos e incapacidades personales; pero, sobre todo, imagino y sé la gran carcajada que le provocaría a Roberto Arlt cualquier cosa de ese tipo
. Y creo que esto sería más que suficiente como prólogo; es concreto, verdadero y, sobre todo, una observación de primera mano. Y nada menos quiero yo, estimado lector, que defraudarlo. Y mucho menos quiero imaginar a Roberto Arlt riéndose de mí. Me resulta imposible pensar en Roberto Arlt y no sentir que daría la fortuna que no tengo por viajar en el tiempo, encontrarlo a sus veinte años, recién salido del servicio militar, y decirle que llegué del futuro tan solo para darle un abrazo, el abrazo que todos los lectores de su obra, en ese momento también futura, sentiríamos la necesidad de darle.
Me basta imaginar a este hijo del violento prusiano Karl y de una madre que tras la partida de su marido decía ser novia de Nietzsche. Que siendo tan solo un muchacho ya había gastado la leve fortuna de la dote de su mujer en proyectos de negocios tan fracasados como los de su padre; con una hija pequeña y su Carmen tísica, en las sierras de Córdoba primero, y luego en Buenos Aires de acá para allá tratando de encontrar editor para La vida puerca, sin suerte, siempre sin suerte. Recibiendo las comisiones apretadas de corredor de papel, sin sospechar que por ahí andaba un adelantado Ricardo Güiraldes, ese imposible entendedor que vendría después y sería el primero en demostrar la impotencia y ceguera de los críticos literarios frente a la revelación de una nueva estrella, sobre todo cuando esta estrella ha nacido en el fondo profundo y fangoso de una sociedad ya perfectamente podrida. De solo imaginarlo en esa situación, digo, haría lo que fuera por él, trataría de ahorrarle esos dolores. Pero seguramente él encontraría otros nuevos, o los dolores de todos nosotros lo encontrarían a él.
Hablar de que El juguete rabioso es una novela en cuatro partes que Roberto Arlt escribe en saltos argumentales y tal vez hasta caprichosos, con más originalidad que preocupación estilística, y que por eso y solo por eso se la ama o se la repele como se lo ama y se lo repele también al propio Arlt; decir esto sería, estimado lector, darle un vuelto que muchas veces le han dado ya, un vuelto apenas justo, con una moneda gastada, o con una moneda falsa. En el caso de la falsedad esto haría honor al libro, pero dejemos esas coincidencias de lado, ya que son de una falsedad diferente: una falsedad mentirosa. Las falsedades que reivindica Roberto Arlt son otras. Desde la inversa fidelidad, en el delato al Rengo, hasta el inverso sexo, en ese homosexual travestido. Falsedades que representan como ninguna otra cosa las verdades profundas del alma de los habitantes de un orbe citadino como aquel Buenos Aires del autor. Prefiero entonces decir lo que a mí me provocó esta relectura de El juguete rabioso; relectura que hice para este breve prólogo y que me dio algunas cosas y me quitó otras tantas sobre aquella primera lectura de mis dieciséis años. Pero así es siempre con Roberto Arlt: te da y te quita a la vez, porque uno no sale de sus textos siendo la misma persona que era cuando entró.
A mi manera de ver, en esta novela Silvio Astier se autodefine como un Judas Iscariote y definiría a Roberto Arlt como un cristo literario, un cristo en sombras, un anticristo cristiano que se inmoló por nosotros, los habitantes de este sórdido y maravilloso mundo que merece ser traicionado. Y entonces el Cristo es Judas y el Judas Cristo, porque el amor a la belleza era en Arlt tan enorme que no cabía en su superhumano corazón.
El juguete rabioso es una novela iniciática y como toda novela iniciática su lectura es ripiosa y su tono bamboleante. Pero en este caso los que destellan son los personajes. Construcciones tan memorables que hacen que uno no deje de avanzar, de hacer concesiones para avanzar, de colaborar con el autor ahí donde al autor no le alcanzó. Porque si bien se sabe de antemano dónde va a terminar la cosa, el asunto es la expresión final de la cosa, la expresión final de lo que verdaderamente es la ley de la ferocidad. Esa misma ley que operará en El jorobadito
, en Los siete locos y Los lanzallamas, y en Esther Primavera
, tal vez el cuento más hermoso de toda la producción nacional, tal vez un cuento insuperable.
Borges decía más o menos que hay dos tipos de escritores: los que buscan la página perfecta, como se habría definido él, y los que buscan la página con intenciones de eternidad. A estos segundos pertenece, sin duda, Roberto Arlt, que solo a veces tiene páginas perfectas, como en su soberano binomio de Los siete locos y Los lanzallamas, pero que siempre busca la eternidad.
La aventura en que usted, estimado lector, está por embarcarse, es la aventura existencial de un ser desesperado, necesitado de gloria, de éxito, de amor, de ser mirado por los otros. Un ser que se considera un cero a la izquierda, que finge no querer ser nada, que finge querer ser puerco, traidor, maleante, inventor, sencillamente porque el mundo no lo mira. Silvio quiere dañar por dañar, ascender el daño al cielo de lo sublime, porque su idea alocada de lo bueno y lo malo, de lo bello y lo triste, es tan diferente y elevada que no le entra en el cuerpo. Y tal vez porque Carmen se moría ante los ojos de Roberto.
Y entonces Silvio organiza una especie de club de maleantes que tienen reglas sólidas y claras, y funciones específicas para cada uno de sus integrantes. Él piensa, él cree, que sus integrantes son seres especiales, distintivos, pero en verdad no lo son; es tan solo su mirada distintiva, su deseo de lo distinto, lo que los vuelve así. Lacan dirá en uno de sus seminarios que el hombre que juega a los dados es cautivo de su deseo puesto así en el juego, y esa es la estructura de Silvio Astier, y define también, con enorme precisión, la vida y la obra de Roberto Arlt.
Es en este libro, en la filosa conversación final de Silvio con el ingeniero Vitri, cuando el autor habla por fin de lo maravilloso de estar vivo, luego de haber declamado para el Rengo el breve manifiesto de los excluidos, anhelando las ciudades y las hembras de las otras orillas, reclamando el derecho a la traición, reclamando un destino de belleza única, implacable. Porque nadie sobre estas tierra tendrá piedad de nosotros, míseros, no tenemos Dios ante quién postrarnos y toda nuestra pobre vida llora
.
Roberto Arlt fue un hombre que vio al mundo como en la óptica fantástica de una fiebre, como el mismo Silvio Astier lo dice de sí, y esto, tan solo esto, alcanzaría para que El juguete rabioso sea un libro hermoso. Porque Roberto Arlt fue un ser hermoso, porque Roberto Arlt es un ser hermoso, y será hermoso para siempre.
El juguete rabioso
A Ricardo Güirales: Todo aquel que pueda estar junto a Ud. sentirá la imperiosa necesidad de quererlo.
Y le agasajará a Ud. y a falta de algo más hermoso le ofrecerán palabras. Por eso yo le dedico este libro.
CAPÍTULO I
LOS LADRONES
Cuando tenía catorce años me inició en los deleites y afanes de la literatura bandoleresca un viejo zapatero andaluz que tenía su comercio de remendón junto a una ferretería de fachada verde y blanca, en el zaguán de una casa antigua en la calle Rivadavia entre Sud América y Bolivia.
Decoraban el frente del cuchitril las policromas carátulas de los cuadernillos que narraban las aventuras de Montbars el Pirata y de Wenongo el Mohicano. Nosotros los muchachos al salir de la escuela nos deleitábamos observando los cromos que colgaban en la puerta, descoloridos por el sol.
A veces entrábamos a comprarle medio paquete de cigarrillos Barrilete, y el hombre renegaba de tener que dejar el banquillo para mercar con nosotros.
Era cargado de espaldas, carisumido y barbudo, y por añadidura algo cojo, una cojera extraña, el pie redondo como el casco de una mula con el talón vuelto hacia afuera.
Cada vez que le veía recordaba este proverbio, que mi madre acostumbraba a decir: Guárdate de los señalados de Dios
.
Solía echar algunos parrafitos conmigo, y en tanto escogía un descalabrado botín entre el revoltijo de hormas y rollos de cuero, me iniciaba con amarguras de fracasado en el conocimiento de los bandidos más famosos en las tierras de España, o me hacía la apología de un parroquiano rumboso a quien lustraba el calzado y que le favorecía con veinte centavos de propina.
Como era codicioso sonreía al evocar al cliente, y la sórdida sonrisa que no acertaba a hincharle los carrillos arrugábale el labio sobre sus negruzcos dientes.
Cobróme simpatía a pesar de ser un cascarrabias y por algunos cinco centavos de interés me alquilaba sus libracos adquiridos en largas suscripciones.
Así, entregándome la historia de la vida de Diego Corrientes, decía:
—Ezte chaval, hijo… ¡qué chaval!… era ma lindo que una rroza y lo mataron lo miguelete…
Temblaba de inflexiones broncas la voz del menestral:
—Ma lindo que una rroza… zi er tené mala zombra…
Recapacitaba luego:
—Figúrate tú… daba ar pobre lo que quitaba ar rico… tenía mujé en toos los cortijo… si era ma lindo que una rroza…
En la mansarda, apestando con olores de engrudo y de cuero, su voz despertaba un ensueño con montes reverdecidos. En las quebradas había zambras gitanas… todo un país montañero y rijoso aparecía ante mis ojos llamado por la evocación.
—Si era ma lindo que una rroza —y el cojo desfogaba su tristeza reblandeciendo la suela a martillazos encima de una plancha de hierro que apoyaba en las rodillas.
Después, encogiéndose de hombros como si desechara una idea inoportuna, escupía por el colmillo a un rincón, afilando con movimientos rápidos la lezna en la piedra.
Más tarde agregaba:
—Verá tú que parte ma linda cuando lleguez a doña Inezita y ar ventorro der tío Pezuña —y observando que me llevaba el libro me gritaba a modo de advertencia:
—Cuidarlo, niño, que dineroz cuesta —y tornando a sus menesteres inclinaba la cabeza cubierta hasta las orejas de una
