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Libro electrónico211 páginas2 horas

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Información de este libro electrónico

Una mujer aparece muerta dentro de un árbol centenario. Entre sus manos sostiene un libro que data de 1649. ¿Qué relación hay entre la víctima y el manuscrito? ¿Cómo metieron el cadáver en el tronco del árbol? Para resolver el misterio, un grupo de investigadores se desplaza al lugar de los hechos, la reserva natural de la Tinença de Benifassà, con la hipótesis de que el libro es la clave del enigma.

Mediante un estilo que combina la narración en primera y tercera persona, Alunia ofrece una perspectiva única sobre el mundo de la brujería y su vínculo con la naturaleza. Miguel Ángel Font Bisier, reconocido cineasta, investigador y escritor, nos transporta a través de paisajes deslumbrantes para resolver oscuros misterios en una novela que despierta los sentidos y estimula la imaginación.

«Era cierto lo que decían los ancianos de Levana: las noches de alunia son duras y terribles, aunque también generosas con quienes las enfrentan y viven para contarlo».

'Alunia' contiene recursos accesibles para personas con discapacidad sensorial y más de 20 minutos de contenido audiovisual.
IdiomaEspañol
EditorialLOTO AZUL
Fecha de lanzamiento22 mar 2024
ISBN9791387571306
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    Alunia - Miguel Ángel Font Bisier

    1. LA MUJER DEL ÁRBOL

    El verano de Valencia trae consigo unas temperaturas incompatibles con el bienestar de un ser humano promedio. El viento cálido y seco de poniente transforma los minutos en horas; y ¿qué decir de la humedad? Hace que todo pese el doble, cueste el doble, e invita a los valencianos y a las valencianas a buscar refugio lejos de su amada tierra.

    En 2009, el verano se mantuvo fiel a su tradición; el calor arremetió con dureza y se cobró un buen número de vidas entre la población más anciana. Pese a rondar la edad de las víctimas, Moshé Pichón conservaba intactos su salud y su mal genio. Lo primero se lo debía a sus padres, sefardíes oriundos de Grecia cuya fortaleza física y mental les había permitido sobrevivir a Auschwitz. En cuanto a su mal carácter, Moshé lo atribuía, precisamente, a su bienestar. Y es que, a los sesenta y tres años, la vida le sonreía, pero él solo quería morir.

    Tiempo atrás intentó suicidarse. Por ejemplo, un día estuvo a punto de arrojarse a las vías del tren, aunque terminó vagando por la estación hasta que un empleado le preguntó si se había perdido. En otra ocasión ingirió pastillas, que escupió de inmediato y solo le causaron acidez. Poco a poco, Moshé tuvo que resignarse y aceptar los preceptos de su religión: su vida no le pertenecía a él, sino a Dios, y su hora aún no había llegado. Sin embargo, en ocasiones perdía la paciencia y buscaba métodos discretos para acelerar su defunción. Por ejemplo, durante aquel verano de 2009, el aire acondicionado se averió y optó por no repararlo con la esperanza de sucumbir a un golpe de calor. Eso sí, para ocultarle a Dios sus intenciones mantuvo las ventanas de su piso abiertas en todo momento. Un plan del que solo se beneficiaron los mosquitos del barrio del Carmen.

    Comença l’espai informatiu de la nit...

    Como cada noche, Moshé había bebido tanto raki que se durmió en el sofá con la televisión encendida y con los mosquitos y el bochorno cebándose con él.

    —No, por favor. ¡Dejadme!

    Quizá fuera por el calor estival, por el licor de anís o por una proyección de su propia conciencia, pero el viejo Moshé se debatía entre pesadillas.

    —Rada, ¡Rada!

    luna

    En sueños, tres demonios con la piel poblada de llagas lo arrastraron hasta la tumba de su difunta esposa.

    —Deja de gritar, judío cobarde.

    —¡Sí! Deja de lamentarte. ¡Aquí no hay nada para ti!

    —Ella no volverá y tú eres el culpable.

    Los tres demonios escupieron sobre la tumba.

    —Hermanos, ¡esperad! —se burló el diablo más pequeño mientras le tendía una pala a Moshé—. ¿Y si nos equivocamos? Vamos, cava. A ver qué encuentras.

    Desesperado, Moshé tomó la pala y la hundió en la tierra. A su alrededor, los demonios danzaban y lo insultaban en diversos idiomas: hebreo, griego y ladino. Palabras y expresiones que, para un antiguo profesor de Traducción, resultaban igualmente dolorosas.

    —¡Sigue cavando! ¡Más profundo!

    —¡Más! ¡Más!

    Moshé lloraba y, tras hundir la pala diez veces más, distinguió algo bajo la tierra.

    —Eso es —jadeó con crueldad el demonio más pequeño—. Ahí. Mete la mano.

    Tembloroso, Moshé obedeció y hundió los dedos.

    —¿Rada?

    Cualquier esperanza de salvar a su mujer se evaporó de inmediato, pues lo que tocaban sus dedos ofrecía un tacto duro y circular.

    —¿Cómo? ¿Qué es esto?

    Aterrado, tiró con fuerza y extrajo un volante de coche cubierto de sangre.

    —¿No te encanta? —rieron los tres demonios—. ¡Disfruta de tu premio! Te lo has ganado.

    luna

    Moshé se despertó asustado y gritando. Sin embargo, al notar que tres mosquitos le succionaban la sangre en diferentes partes de un brazo, canalizó su ira contra ellos y les dio muerte con una rapidez inusitada para alguien tan desgastado.

    —Maldita sea —protestó mientras se levantaba del sofá.

    Alisó su pijama raído, se limpió el sudor y caminó hacia la cocina para procurarse un vaso de agua. ¿Cuántas noches se había levantado de madrugada atormentado por la imagen de la tumba y el volante ensangrentado? Innumerables desde que Rada murió, hacía ya una década. Resignado, Moshé había intentado acostumbrarse, pero cada noche sentía el dolor como si fuera la primera vez, como un viejo Prometeo al que el águila le devoraba las entrañas día tras día, por toda la eternidad.

    «Nada cambiará», se dijo en tanto que apuraba el vaso de agua. «Pero merezco cada minuto de sufrimiento».

    Sin embargo, el destino quiso que en esa madrugada del 7 de julio de 2009 la amarga rutina de Moshé Pichón cambiara para siempre. Mientras se limpiaba los restos de mosquito, el teléfono fijo de su casa sonó. El ruido casi le provocó un paro cardíaco, pues hacía mucho tiempo que nadie lo llamaba. Tantos meses, incluso años, que el soñoliento Moshé se quedó mirando el aparato durante varios timbrazos más sin reaccionar. ¿Quién podría ser?

    En el piso de arriba se escuchó el llanto de un bebé y tres pisotones retumbaron en el techo de su austero salón.

    —Ya voy, ya voy... —gruñó conforme descolgaba el auricular.

    Clic.

    —Shalom, señor Pichón.

    —¿Quién es? —preguntó de modo automático, sintiendo que podría tratarse de alguien de la sinagoga, la cual no había pisado en media década.

    —No entiendo el hebreo, disculpe —sonó una voz con acento árabe.

    La respuesta de su interlocutor descartó su teoría y Moshé se dejó caer en una butaca tan cómoda como llena de polvo.

    —Decía que quién es usted. Y añado, ¿por qué me llama a estas horas?

    —Mi nombre es Pep Alaoui.

    —¿Cómo ha dicho?

    —Pep Alaoui.

    —No me suena. ¿De parte de quién...?

    —Estoy en la puerta de su casa, señor Pichón. ¿Podría dejarme entrar para que hablemos con calma?

    Toc, toc, sonó al fondo del pasillo, y Moshé se retiró el teléfono del oído con sobresalto. La boca le temblaba, aunque reunió fuerzas para decir:

    —Mmm... Será mejor que vuelva mañana. Es muy tarde y estaba dormido.

    —Ábrame —insistió Pep con un tono calmado, pero incapaz de ocultar su urgencia—. Por favor.

    Toc, toc, toc.

    «¿Por qué tengo miedo?», pensó Moshé. «En el peor de los casos, el tal Pep Alaoui podría ser un ladrón. ¿Y si es la oportunidad de reunirme con Rada que llevo esperando?».

    Toc.

    —Señor Pichón, ¿está ahí? —se escuchó al otro lado de la línea.

    —Un momento.

    Decidido, Moshé se levantó de la butaca, se secó la frente con las manos y avanzó hasta el recibidor. Abrió la puerta y la luz del pasillo le permitió ver a un hombre alto y delgado que sostenía un sobre tamaño folio con una pequeña inscripción: «CH International Foundation».

    —Buenas noches, señor Pichón.

    —Buenas noches.

    —¿Puedo pasar?

    Moshé se apartó de la puerta y extendió la mano derecha. Pep aceptó la invitación y se dirigió al salón. Allí apagó la televisión y el silencio reinó entre ambos.

    —Qué calor hace. ¿Podría encender el aire acondicionado?

    Con un gesto de cansancio, Moshé arqueó las cejas.

    —Pasará menos calor si va al grano.

    Pep dudó frente a la grosería de Moshé, pero mantuvo la compostura.

    —No se preocupe, yo lo haré.

    Pep tomó el mando a distancia, apuntó hacia el aparato y lo encendió, pero, en lugar de aire frío, el dispositivo liberó un chorro de agua tibia que salpicó al recién llegado. Por fortuna, la ropa de Pep era negra —un polo ajustado y un pantalón muy ligero con zapatos a juego— y disimuló las manchas.

    —¡Agh! —exclamó, sorprendido.

    —Se lo advertí.

    Pep se sacudió el polo empapado y, en uno de sus movimientos, Moshé logró entrever el mango ornamentado de un pequeño puñal que ocultaba a la espalda. Cuando notó la presencia del arma, Moshé cambió su actitud de forma radical.

    «Rada, hoy es el día...», murmuró, esperanzado, y aprovechó para volver a sentarse en su polvorienta butaca. «Si he de morir, quiero estar cómodo».

    Con una expresión cercana a la sonrisa, cerró los ojos y dejó escapar un suspiro emocionado.

    —¿Eh?

    Pep no entendió su actitud y decidió ignorarla. Se sentó en un sofá cercano a la butaca y, en cuanto lo hizo, el contraste entre ambos se hizo evidente. Por un lado, Moshé era un hombre de ojos claros, barba descuidada y aspecto malnutrido, con cabellos grises enmarañados, que vestía un pijama roto y maloliente. Nunca sonreía y la curva de los labios se le había inclinado hacia abajo en una constante expresión de disgusto. Por otro lado, Pep tenía la piel oscura y facciones marcadas, juveniles. Llevaba su cabello negro en una media melena y hacía dos semanas que no se afeitaba. Había nacido en Marruecos en 1979 y sus padres le pusieron el nombre de Yusuf. Sin embargo, desde que su familia se instaló en Valencia, nadie, a excepción de su madre, lo llamaba así: en el colegio del barrio, sus compañeros adaptaron el nombre de Yusuf a Josep y, más adelante, a Pep. Él estaba de acuerdo, incluso le agradaba. Pep era una palabra que le evocaba el sonido de una botella que se descorcha en una fiesta, por lo que llevar ese nombre le infundía un aire optimista, a pesar de que era un hombre de pocas palabras.

    —Señor Pichón, ¿puede abrir los ojos, por favor?

    A pesar de su pretendida calma, algo de la situación enervaba a Pep. De hecho, en cuanto Moshé parpadeó, apreció un halo violento en el recién llegado. Se trataba de un matiz muy sutil que Pep sabía maquillar con destreza, pero que ofrecía pistas de un pasado, o de un presente, turbulento.

    —Es la una de la mañana, comprenda que se me cierren. En fin, soy todo oídos. ¿Qué quiere de mí? —replicó Moshé, con los pensamientos enfocados en el puñal de su interlocutor.

    Pep carraspeó, incómodo.

    —Eh... Digamos que estoy aquí para proponerle un trabajo.

    —¿Cómo dice?

    —Un trabajo que empezará ahora mismo y que acabará pasado mañana, al amanecer.

    La oferta pilló desprevenido a Moshé, que tardó en reaccionar. Pep lo miró con cautela. ¿Aceptaría o tendría que presionarlo?

    —¿Qué clase de trabajo requiere de un viejo amargado como yo? —preguntó Moshé con su aridez habitual, en un intento de ganar tiempo para reubicarse.

    La calma de Pep flaqueó; los modales de aquel hombre estaban a punto de lograr que su paciencia saltara por la ventana.

    —Tiene que traducir un libro.

    —Estoy retirado. ¿No se lo habían dicho?

    —Mmm... Bueno, seguro que traducir es como ir en bici, nunca se olvida.

    —¿Acaso tengo pinta de ser Induráin, señor?

    Pep torció el gesto y Moshé comprendió que su actitud lo llevaría a mal puerto.

    —Perdone —corrigió—. En fin, ¿qué libro es? Y ¿cuál es la lengua fuente y la lengua meta?

    Más animado, Pep dirigió una mano al cinto y extrajo su puñal. A Moshé se le aceleró el pulso, pero no tardó en comprobar con tristeza que se trataba de un abrecartas. Con él, su huésped cortó el envoltorio del documento que había traído consigo.

    «Rada..., no», se dijo, desalentado.

    —Primero mire esto, señor Pichón.

    Con profunda decepción, Moshé se hizo con el sobre. Dentro había varias fotos divididas en dos grupos. Intrigado, tomó el primer conjunto y se puso unas gafas de alta graduación que descansaban en una mesita.

    —¿Qué clase de fotógrafo ha tomado estas imágenes? Están borrosas.

    —Mire de nuevo.

    —Ah, ya. Lo único desenfocado es el libro. Pero eso es precisamente lo que le interesa que vea, ¿no? El ejemplar que tengo que traducir.

    —Siga mirando.

    Intrigado, Moshé se ajustó las gafas y examinó las demás fotos del primer grupo. Todas mostraban el mismo libro desenfocado sobre un escritorio de madera.

    —¿De qué año es el ejemplar?

    —Mediados del siglo XVII.

    —Y ¿podría decirme en qué idioma está escrito?

    —En realidad, no es solo uno, señor Pichón.

    —Pues los que sean.

    —A ver: hay castellano, hebreo, frases en árabe...

    —El árabe no es mi fuerte —dijo Moshé mientras Rada volvía a su mente.

    —Yo le ayudaré en esas partes si lo necesita. Tranquilo.

    —Ajá. Entonces, castellano, hebreo, árabe... ¿Algún idioma más?

    —Ladino.

    —¿Un libro en ladino de esa época en España?

    Fascinado, Moshé se incorporó. El judeoespañol había sido su especialidad durante más de treinta años, pero nunca se había topado con un manuscrito español. Aquella lengua había surgido del contacto de los judíos expulsados de la península en 1492 con los idiomas propios de los países en los que se asentaban.

    —¿Dónde lo encontraron?

    —Mire las otras fotos.

    Moshé tomó el segundo paquete de imágenes y Pep tensó los músculos.

    —¿Có... cómo? —balbuceó Moshé con voz temblorosa.

    Sorprendido, el viejo sefardí abrió la boca y Pep se levantó como un resorte.

    —Tranquilo, le traigo un vaso de agua y seguimos hablando.

    —¿Qué es todo esto? ¿Quién es usted?

    Pep Alaoui le dio la espalda y caminó hasta la cocina.

    —Tiene que ser una broma...

    Moshé no podía apartar

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