Un lobo, una colina
Por Carlos Esquivel
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Un lobo, una colina construye un ejercicio arriesgado y no menos seductor de arquitectura poética, aun desde máscaras que prefieren delinear el curso de una narrativa que renombra todo aquello que echa abajo.
Una historia para facciosos que evitan la señal del stop a la simple velocidad de las pérdidas. Freud, Roberto Bolaño, Ana Karénina, Mary Pickford, Léon Bloy, Miles Davis y hasta el Barça y el Real Madrid dejan sus fragmentos en un paisaje grisáceo y absurdo, como si habitaran vidas que jamás imaginaron.
Experiencia compleja, revisar las formas de un círculo cada vez más irremplazable. Autor que reescribe el curso subterráneo de una realidad tan desoladora e hiriente como los trazos que la convierten en auténtica literatura.
Carlos Esquivel
Carlos Esquivel Guerra (Elia, Camagüey, Cuba, 1968). Después de sobrevivir como soldado en la guerra cubana en Angola (1988-1989), inició su travesía literaria, en la que cuentan más de veinte libros publicados. Investiga asuntos temerarios, enigmas fulgurosos, que a nadie más importan. Se graduó de las peores asignaturas que existen: cinco en Culturas purulentas (consumidas ya en su grácil escolaridad), cinco en La mejor forma de matar es dejarlo vivo (los profesores admitían una vocación inusual para esta materia), cinco en Desafectos literarios (aclara que esta graduación fue con honores), cuatro en Infidelidades (ha sido fiel a una novia y a dos o tres amigos), cuatro en Miedo (un día no lo tuvo), cinco en Leer mal y perversamente a algunos filósofos (Hume, Marx, Derrida, y Žižek son cartas de triunfo). La nota más ínfima, un 3.8, la obtuvo en Abandonar a tiempo el barco que se hunde (y esto se explica porque los hundimientos, todos, le procuran una beatitud facinerosa). Vive y muere en Cuba, rodeado de pesadillas, alcohol, literatura y un hijo. Cree en la reencarnación.
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Un lobo, una colina - Carlos Esquivel
El inicio
Responderé unas preguntas como si no me importaran lo suficiente. ¿Cuánto vale ser un extraño para los demás? ¿Me afecta a mí esa condición o es una máscara que impregnada en uno, después nos confunde con algo que no somos?
Y entonces cito a Perry Shindell, escritor que probablemente nadie sabe familiar pero que a mí me devuelve las ganas de maquillar lo que nos rodea. Eso es más o menos el arte, lo que uno inventa y nombra como si bastara para creernos Dios: maquillaje.
Quizás puedo repetir que la experiencia del hombre está en marcar la tierra que lo emboscará continuamente. Lobo, colina, hombre, líneas frívolas, como chillidos inmortales.
Perry Shindell: La muerte de los miserables.
La primera vez
1. Primera vez que odié algo. A mi padre. Una mañana creo. Tres, o cuatro años yo: la imagen, el recuerdo de esa imagen es, por lo tanto, borroso, sin coloraciones brillantes, como en un sueño. Yo no entendía las razones pero mi padre golpeaba a mi perro, a lo que suponía como mi perro. No estaba en mis minúsculos impulsos, en mi lógica, rebelarme ante él, pero en ese momento debió comenzar el odio, el odio y todo lo demás.
2. Primera vez que sentí que era distinto a los que me rodeaban. Esto es más ambiguo, menos preciso, pero me arriesgo a creer que pasó en el primer día de escuela. Aquellos muchachos me parecían chicos dibujados por la rutina más escandalosa. No encuentro otra expresión como la de un naufragio en el fondo de un mar vacío. Aunque había excepciones, y esas excepciones siempre fueron pasajeras. Mi única distracción en aquellos días escolares (nada de juegos) consistía en distraerme. Así de simple. Distraerme para dentro.
3. La primera lectura. O al menos el primer intento. Unas postalitas antiguas, con fotos de futbolistas de España, y que mi abuelo materno habría comprado seguro en unos de los clubes o sociedades españolas de la época. Las estadísticas, equipos en los que jugaban y habían jugado, los goles anotados, eso era lo que estaba en el inferior de las postales. También por esa época hallé otras postales: muchachas con los pechos desnudos (una frase la mar de divergente y nadie duda que bellísima). Mi madre me descubrió extasiado ante ellas y jamás las volví a ver. El primer libro que leí fue El Conde de Montecristo. Después llegaron las Reader, los cómics con pliegues desgastados (Flash Gordon, Terry y los piratas, Lucky Luke y Superman), Salgari, revistas nacionales antiguas, y Dickens, que fue mi primer gran descubrimiento. Lo demás es parte de la misma depravación.
La primera canción que me hizo compañía, sin que pudiera evitarla, y llegando (soy previsiblemente justo, que conste) a arrastrarme a ella. Quizás recobre la memoria y pueda escurrirme hacia mi guarida infantil, allí no cabían muchas cosas, la música no más que un bloque de hielo flotante. Recuerdo con algún afecto Wedding Bell Blues, de The 5th Dimension. No la comprendía entonces, tal vez ahora me suceda también, y ahí está, como una fiera domada, a mis pies, a mis oídos. Ahora hablaría de virtuosismo, de los sutiles acoples de sintetizadores, y de una brillante (y sublime, y emotiva) mezcla entre el blues, el soul, la balada. Y una voz conmovedora, potente, de chica gospel, y la intensidad de los coros y los metales que hacen arder toda la banda. Antes era una pegajosa melodía. Me agradaron también los singles de Simon & Garfunkel, y los de Aretha Franklin. No demasiado Los Beatles. No mucho Presley y toda su camarilla. Muy pero muy menos el pop español.
Primera cosa que se parecía al sexo. Con una maestra de biología. En una excursión. Me pidió a mí, por ser el más tranquilo de sus alumnos, el menos peligroso
, que la acompañara y le sirviera como vigilante mientras ella orinaba detrás de unos arbustos. La tarde aún no había caído totalmente, no sé si por desviarme de su confianza, si porque me fastidiaba ser elegido por menos peligroso
, si porque el morbo comenzaba a salir ya, miré hacia donde ella estaba. La verdad es que no me resultó nada llamativo, vi su monte negro como una parte rara, pero sin que me aturdiera. El sonido del orine saliendo de su vulva sí me pareció un conmovedor enigma.
La primera vez que hice literatura. Estaba con Arlene, mi novia entonces, y fuimos a un bar, y allí había una chica y besó a Arlene en la boca, yo me contuve, más tarde nos fuimos a la cama los tres. Al otro día Arlene se suicidaba con un cóctel de carbromal, arsénico y ácido cianhídrico. Pocos días después vi a la otra chica y me preguntó si creía en la reencarnación. La literatura a veces necesita de impulsos como esos.
Primera vez que quise matar a alguien. A mi padre, por supuesto. Bebe y sonríe como un idiota de película italiana. Bebe y golpea a mi madre como un maleante de película mexicana. Llega a la casa rodeado de amigos borrachos y se burla de mi madre, como un déspota de película francesa. Nuestras vidas son una película y mi padre en todas interpreta al mismo asesino.
Andy Warhol, Ana Karénina y Picasso en una aldea de salvación
Como si fuera un sueño yo estaba allí.
Todo a mi vista resultaba inexpresivo o, por la misma razón, cualquier detalle poseía una expresividad única. Y no estaba mal que mi propia descripción comenzara siendo ambigua, que mi percepción se atreviese a volver una y otra vez sobre las mismas trampas de siempre.
Antes, horas antes, asumía las horas del vuelo en un perpetuo y delirante miedo a que el avión acabase cayendo hacia el océano. Simulaba dormitar con placidez, o fingía la apasionada lectura de alguna revista. Pero el miedo daba vueltas con una embaucadora persistencia.
Una lúgubre música en el aire, Briam Eno, quizás, unos zumbidos de aviones que entran y salen, el crepitar de los que van hacia el Metro, hacia los parqueos, hacia las tiendas del Aeropuerto.
Pero no era un sueño y yo estaba allí, descendía como un moribundo hacia la tierra de salvación.
Quizás mi historia no es demasiado triste, pero no deja de ser angustiosa, supongo que la mayoría de las historias son así o a la larga intentan serlo.
Estoy profundamente despierto y contemplo el nuevo paisaje mientras mi piel se humedece y lo que miro me parece abrupto y distendido, o distendido y falso. Pero debe ser así siempre que uno decide salvarse y entra a una ciudad cubierta por nubarrones, y el viento oloroso a lluvia y frío llega a uno. Sentí ese frío como si yo fuese una simple brizna de hierba o como si ello demostrara una pequeña señal del cambio.
¿Había elegido salvarme?
Esbozo ideas cálidas y por eso turbias, y por eso apesadumbradas.
Miro con fijeza cada detalle y siento como si se resistieran a mi vista. Una bandera española bailotea con la brisa y no me desligo del reconocimiento de que he cruzado una raya, la primera, y que antes mis pies, ahora, se abrirá un túnel lleno de sombras desconocidas.
¿Había elegido salvarme?
¿En qué consistía esa salvación, qué era esa salvación?
Madrid olía distinto a La Habana, y quien estaba a mi lado, Larra, mi presunto salvador, adivinaba la vivacidad de mi acierto.
―¿Madrid te huele de una manera especial? Eso crees, pero ya aprenderás que no hay un único olor, aquí en Barajas no huele igual que en Alcobendas, que está a unos metros casi, y pueda que no sea precisamente el olor lo que imponga las diferencias, pero mis ideas no tienen un fundamento muy profundo, son ideas, eso.
Me importaba poco oírlo o me importaba menos su inconclusa teoría sobre los olores de Madrid que oler y, sobre todo, mirar, lo que estaba a mi alrededor.
Oler, mirar, ir entre olivos y arcos de abetos, en una niebla de edificios como por una culebra de cemento, rojiza y frágil, hasta las dos mujeres que lo reciben a él, a Larra, el presunto salvador, mi salvador.
Camisa clara y corbata oscura. Cincuenta y tantos, se acerca a los sesenta. Aparenta lo que es: un historiador masticado por la Historia. Cara angulosa, ojos azules, dientes blancos, jovial les sonríe a ellas, las besa. Larra parece un hombre cualquiera, un tipo corriente. Pero no lo es, no podrá serlo.
Larra me presenta a su esposa y a su hija, o al revés, a ellas les dice: este es el chico rescatado de la jungla.
Lo soy y quizás mis obsesiones parezcan dormidas ahora.
Llegamos a una casa de la Calle Valencia 1, entre Tribulete y Calle de Argumosa. Antes de abrir el portón de entrada a la casa, la mujer de Larra me ilustró las ventajas del lugar:
―Estamos a unos pasos de la estación del Metro, a solo cuatro cuadras del Museo Nacional de Arte Reina Sofía, donde podrás saborear el Guernica, a un kilómetro del Paseo del Prado.
―Mejor ni con los billetes de lotería ―se adelantó Larra.
¿De qué iba a salvarme?
Mi vaso está lleno de whisky y sonrío y abro mis ojos antes las preguntas incomprensibles y me limito a beber y huelo a esta parte de Madrid, y huele de lo mejor, y hasta hago alguna broma y me declaro salvado por el momento. Tengo que describirle a América, así se llama la mujer de Larra, mis gustos musicales, lo que me importa leer y las películas preferidas. Pulso en mi conciencia, mentiras perfectas: las que se acomodan a los gustos de América.
Me aturde mi propia estrategia, pero cada paso es un paso de supervivencia.
Pero antes, horas antes, durante el vuelo, Larra impuso un guión que debía aprender. Seré un actor que intentará salvar su personaje. Soy su personaje.
Si no hubiese elegido salvarme, si dos amigos no hubiesen contemplado esa situación por mí. Las consecuencias vendrían después, lo que me rodeaba era diferente, o lo era yo.
Descansa, me pidió Larra, mañana será un día largo.
Madrid a mis pies, yo a los pies de Larra. Sopesé el precio de la salvación. Estaba sentenciado.
Apenas dormí. Los cambios siempre desentierran escándalos arropados en el subconsciente. Y el sentimentalismo, y el malicioso
