Las tres flores de lys
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(Jurado constituido por: Rosa Regás, Juan Cruz, Caballero Bonald, Josefina Martínez, Juan de Lillo y Fulgencio Argüelles).
Mónica Zayas es comisario de policía, habituada a enfrentarse con los delitos más rutinarios. Súbitamente, a raíz de un asesinato de características rituales, su tranquilidad se verá truncada. En el transcurso de sus indagaciones se introducirá más y más profundamente en el mundo, hasta entonces inexistente para ella, de la Masonería. Ante sus ojos se abrirá un entorno ancestral completamente vivo y palpitante; un círculo misterioso donde la presencia de la mujer está absolutamente vetada. Sus investigaciones conseguirán alarmar a los servicios secretos del Vaticano y pondrán en guardia a los máximos responsables de la seguridad nacional. Una historia policiaca, no exenta de sentimientos encontrados y de emociones compartidas, con una intriga que se hace más álgida con el avance de cada nueva página.
Silvestre Hernández
Silvestre Hernández Psicólogo Clínico, Diplomado en Psiquiatría y Psicología Social, y en Psiquiatría intercultural. Premio Internacional de novela Emilio Alarcos Llorach. (Jurado constituido por: Rosa Regás, Juan Cruz, Caballero Bonald, Josefina Martínez, Juan de Lillo y Fulgencio Argüelles). Premio de narrativa Ciudad de Badalona, Premio de narrativa Solsticio de Verano, Premio de Novela Histórica Leandre Colomer. Finalista de novela Ciudad de Barbastro, Finalista del premio de relatos Nueva Acrópolis, Finalista en el certamen de relatos Los premios, Finalista del certamen de cuentos Edisena. Finalista del XLVII Premio Ateneo Ciudad de Valladolid de novela, por la novela MAREA NEGRA (Jurado compuesto por: Luis Mateo Díez, José María Merino, Elena Santiago, Javier Maqua y María Aurora Viloria.) Finalista del certamen de novela juvenil de Badalona, 2005. Experiencia como corresponsal de La Comarca y colaborador en diversas publicaciones: Turia, Diario de Teruel, Heraldo de Aragón, revistas electrónicas varias...). Varios cuentos infantiles están siendo utilizados en Chile por educadores de calle. Los derechos de explotación de los mismos han sido cedidos para ese país al taller de cuentos de Felipe Corvalán. Profesor en centros privados y públicos, impartiendo diversas materias. Jefe de la Unidad de Programas educativos del Ministerio de Educación y Cultura. Asesor en Centro de Profesores y Director de Instituto de Educación Secundaria. Ha impartido diversos talleres de escritura y ha sido miembro de jurados en diversos certámenes literarios. Participante en distintas ferias del libro y coautor en diversas novelas en castellano y en catalán. Autor y coorganizador de una de las primeras novelas colectivas realizadas en España, posiblemente la primera que se hizo. Si bien la mayoría de sus novelas tienen carácter histórico o son del género policíaco, también ha escrito ciencia ficción, diversos ensayos e incluso alguna que otra novela infantil y juvenil, además de numerosos relatos. En estos últimos años ha compaginado su amplia actividad creativa en el mundo de la escritura con las reseñas literarias y con su faceta de conferenciante en centros tan prestigiosos como el Ateneo de Barcelona, en programas de animación a la lectura, en diversas jornadas culturales y en actividades programadas por la Asociación Aragonesa de Escritores.
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Las tres flores de lys - Silvestre Hernández
LAS TRES FLORES DE LYS
II Premio Internacional de Novela Emilio Alarcos Llorach
, convocado por el Centro Asturiano de Oviedo
Destacamos de la obra ganadora Las tres flores de lys la corrección con la que está escrita, lo interesante y entretenido de su argumento, muy bien construido y la intriga que consigue sostener a lo largo de todas sus páginas, el ritmo dosificado y el conocimiento que demuestra en los asuntos relacionados con los que quiere contar y también por la descripción de los personajes. Se trata de una buena novela que anima el interés de este premio y que sin duda gustará por lo que cuenta y por cómo lo cuenta a quienes se acerquen a ella
.
Jurado constituido por:
Rosa Regás
Juan Cruz
Caballero Bonald
Josefina Martínez
Juan de Lillo
Fulgencio Argüelles
...al cabo de un momento me miró con
una sonrisa totalmente afectada, como si acabara
de afirmar su adhesión a una distinguida y secreta
sociedad a la que ella y Tom pertenecieran.
El gran Gatsby Francis Scott Fitzgerald
Las explosiones pirotécnicas dejaron paso a una calma provisional. El sueño, el exceso de cava y la pólvora consumida vencían a los artificieros de la retaguardia. Los estallidos postreros se desvanecían entre el fragor de las motos y de los vehículos que surgían de las callejuelas de la ciudad. Moteros, domingueros en sus vehículos lustrosos y excursionistas mañaneros iniciaban su ritual huida de fin de semana. Los relámpagos de los petardos y cohetes ocasionales perdían su brillo frente al fulgor de la mañana. Los primeros rayos de sol se abatían sobre la ciudad de Zaragoza con la amenaza de un calor sofocante. Las frescas aguas del río Ebro seguían arrullando inmutables a la ciudad, a pesar del bullicio floreciente. El solsticio de verano inauguraba el período vacacional y animaba a algunos estudiantes foráneos a reproducir las fiestas tradicionales y los fuegos artificiales típicos de sus comunidades. Divertida para sus persistentes consumidores, aunque tormentosa para los durmientes inocentes, la noche alcanzaba su fin.
Cerca de la Universidad, en uno de los bloques de pisos habitualmente repletos de estudiantes, algunos alumnos rezagados consumían sus últimas energías antes de enfrentarse con sus notas y con las rutinas de sus hogares. Asomados a las ventanas o reclinados en las terrazas, emitían sus roncos bramidos; sonidos guturales de difícil interpretación a esas horas de la mañana. Ocasionalmente arrojaban algún petardo a la calle o liberaban un cohete serpentino sin rumbo fijo y sin posibilidad alguna de alcanzar el cielo para el que supuestamente nació. Súbitamente, la sirena de un vehículo oficial puso la piel de gallina a los más despiertos y les obligó a mirar en la dirección que anunciaba su presencia. Nuevos sonidos se sumaron al primero y en breves segundos se hicieron patentes las luces anaranjadas. Tres vehículos de bomberos llegaron a gran velocidad. En las calles más próximas, varios policías cortaban el tráfico en dirección a la Plaza de San Francisco, mientras que otros agentes corrían hacia los bajos del edificio habitado por los estudiantes. Los gritos y aspavientos de la policía parecían no importar a los aturdidos muchachos. La gente de las casas colindantes comenzó a bajar hacia la calle para colocarse detrás del cordón policial. Todo el mundo observaba el edificio de los estudiantes; algunos proferían gritos inaudibles entre la confusión de voces y sirenas.
Uno de los estudiantes, situado en la terraza superior del edificio, les contestó elevando el dedo corazón de su mano derecha hacia el cielo. Inmediatamente después se dio media vuelta y se bajó los pantalones para exhibir su culo blanquecino, plagado de granos purulentos y sonrosados. Otros dos compañeros apoyaron la demostración y mostraron sus níveas cutículas plagadas de pústulas incubadas al abrigo de los banquillos. La muchedumbre seguía gritando. Sus miradas reflejaban el pavor de los peores presagios. Los policías vociferaban irritados en su impotencia por hacerse escuchar. Otro vehículo policial entró en el área de seguridad y una mujer sin uniformar descendió para dirigirse a toda prisa hacia el edificio. Tres camiones de bomberos se colocaron frente al inmueble y uno de ellos desplegó su escalera en dirección a la terraza. La mujer policía les habló a través de un megáfono.
—¡Tranquilos! Se ha producido un pequeño incendio en la séptima planta, pero no os preocupéis. Enseguida os rescataremos. No intentéis bajar por vuestros propios medios. La escalera está bloqueada por el humo. ¡Tranquilos, por favor!
Las nalgas blanquecinas se sonrosaron súbitamente. Los estudiantes se giraron al unísono. Los rostros crispados evidenciaban su estupefacción. Otros compañeros aterrados se sumaron al miedo de los exhibicionistas y comenzaron a gritar. La escalera se aproximaba a los últimos pisos. El calor hizo estallar una de las ventanas y las llamas emergieron al exterior con avidez de aire. Uno de los bomberos recibió la avalancha de cristales contra su cuerpo, que se incrustaron en su rostro y en diferentes partes del uniforme. Malherido, y a punto de desplomarse, un compañero que le precedía lo agarró con fuerza y le amarró una cuerda de seguridad a su cinturón. Otros bomberos desplegaron una lona de seguridad. El compañero del accidentado procedió a descenderlo con suavidad desoyendo el griterío impaciente de los estudiantes. La escalera había frenado su avance hacia el edificio y uno de los estudiantes trataba desesperadamente de alcanzarla. De pronto, el cuerpo del estudiante cayó al vacío. Los bomberos de la calle lograron detener el cuerpo antes de que se estrellara estrepitosamente contra el suelo pero, ante su sorpresa, el muchacho comenzó a brincar y rebotar sobre la lona, como si se regodeara en medio de una feria, mientras gritaba a sus compañeros que se tiraran. Otro estudiante se disponía a lanzarse desoyendo los gritos de aviso de los bomberos. La policía de paisano, sin soltar su megáfono, se lanzó sobre la lona, alcanzó al estudiante y le propinó un guantazo en la cara que lo tumbó sobre la colchoneta. Inmediatamente después dirigió la mirada al estudiante que se disponía a saltar y le gritó enfurecida con el megáfono en alto.
—¡Tírate si tienes cojones! ¡La hostia que le he pegado a tu amigo la multiplicaré por cien sobre tu culo cuando llegues aquí abajo!
El estudiante se echó hacia atrás asustado. La escalera de los bomberos siguió avanzando. Las miradas del público se dirigían hacia la mujer que cogía de la oreja al estudiante y le obligaba a abandonar la lona. Se producían comentarios encontrados: unos reprochaban la violencia de la policía; otros aplaudían su rápida intervención para así frenar un nuevo salto suicida.
La mujer policía acompañó al muchacho hacia una de las ambulancias.
—Siento haberte golpeado, chico, pero no podía consentir que tu amigo se lanzara al vacío.
El estudiante se había repuesto bruscamente de su embriaguez y asintió con la cabeza, al mismo tiempo que restregaba su mejilla dolorida con la mano derecha.
—Me he comportado como un estúpido. Me has jodido bien la cara. Lo tengo bien merecido, por gilipollas. Gracias por ayudarnos. ¿Cómo te llamas?
—Soy Mónica Zayas, comisario de la zona norte. Te sangra la nariz, echa la cabeza hacia atrás. Quizá te pegué demasiado fuerte.
—Pegas duro, pero es el primer guantazo de los que he recibido en mi vida que no me ha dolido en mi orgullo. Además, se me ha pasado la tajada de golpe.
—Ya verás dentro de unas horas. Cuando te arrean fuerte, al instante no sientes nada, pero a medida que avanzan las horas, se despierta el dolor hasta hacerte rabiar.
—Habrás recibido muchos guantazos en tu vida.
—Menos que alguno de mis compañeros. Hay hombres que se cortan cuando se enfrentan cara a cara con una mujer desconocida, aunque los más cabrones se envalentonen con sus esposas.
Los flases de las cámaras de los periodistas se cernieron sobre la mujer policía y el estudiante. La escalera se apoyó sobre la terraza y los alumnos comenzaron a ser evacuados por los bomberos. Los periodistas abandonaron las proximidades de la ambulancia para acercarse hasta el edifico; excepto un cámara de televisión y una reportera que no se alejaron sino que se aproximaron hasta Mónica y el estudiante para tomar planos cortos. La cronista se dirigió directamente al muchacho.
—¿Piensas presentar denuncia por la agresión que has sufrido?
El muchacho, sorprendido por los focos, y por la intervención inesperada de la periodista, no acertó a responder. Ella misma contestó a su interpelación.
—Como pueden comprobar, el muchacho golpeado por la policía no se atreve a responder en presencia de su agresora.
Inmediatamente después, la periodista abandonó la ambulancia para dirigirse hacia el lugar del rescate.
Mónica se quedó ausente durante unos instantes.
¿Qué se ha creído esa imbécil? Otra vez quiere montarme un cirio por mi intervención. No sé qué otra cosa quería que hubiese hecho.
—¿Te preocupa esa periodista? —preguntó el muchacho en tono apesadumbrado— Siento que no me haya dado tiempo a responder, estoy confuso, pero en ningún caso se me ocurriría denunciarte por lo que hiciste. Si no llegas a golpearme, seguro que Ángel se hubiera abalanzado sobre mí, y los dos estaríamos muertos ahora.
—No te preocupes. Y tú, ¿cómo te llamas?
—Abel, Abel Mendieta.
—¿Vasco?
—De Vitoria.
—¿Cómo es que os ha dado por celebrar la noche de San Juan?
—Algunos de mis amigos son valencianos, otros catalanes. Nos apuntamos a todas las movidas. Cualquier excusa es buena para divertirse.
—¿Sabes si vivía alguien en la séptima planta, Abel?
—Sí, un joven profesor adjunto a la cátedra de Ciencias Políticas. Creo que impartía clases sobre conflicto social. Se llama Ramón Lozano y es un solitario. Nunca se le ve con nadie, aunque esta noche tuvieron una fiesta.
—¿Tuvieron?
—Sí. Oímos música, risas. Sobre las cinco de la mañana salió una pareja al balcón. Discutieron durante algunos minutos, hasta que la mujer le propinó un bofetón. Luego vi como ella salía a la calle y detenía a un taxi.
—¿Has observado algo extraño? ¿Alguien que lanzara petardos o cohetes contra el edificio?
—No, y nosotros nos quedamos sin munición a las cuatro de la mañana, por eso nos dedicamos a fisgonear la plaza.
—No me mientas, Abel.
—Te juro por mi madre que yo no tenía nada más para tirar —respondió el estudiante entre colérico y asustado—. No me fijé si alguno de mis compañeros lanzó algún petardo a la calle. De todos modos, nosotros no hemos sido los autores de ese incendio.
—Está bien. Tranquilo, Abel, tranquilo.
Un automóvil camuflado de la Policía Nacional se detuvo a escasos metros de la ambulancia y tres hombres se apearon. Dos policías escoltaban a un visitante cuya mirada apagada evidenciaba una larga noche sin dormir. Varios periodistas lo asediaban con insistencia, sin desanimarse por la inmutabilidad de su rostro frente a los continuos acosos. La periodista de televisión le cortó el paso con su cámara, enfocándolo en un primer plano que acentuaba las bolsas amarillentas que pendían bajo sus ojos y la coloración cárdena de sus labios sellados.
—Comisario jefe, ¿va a cesar a la comisario Mónica Zayas tras su última agresión a un ciudadano inocente?
Los labios enrojecidos del comisario Jorge Diéguez Casares acentuaron su intensa coloración por unos instantes y un ligero temblor de sus párpados delató que estaba al corriente de lo sucedido. La periodista insistió sin apartar su cámara un ápice.
—¿Va a permitir que la comisario Zayas continúe agrediendo a los ciudadanos de esta comunidad?
—¿Quiere apartarse a un lado, señorita Carrara? Me está obstaculizando el paso. Ya habrá tiempo para entrevistas cuando sepamos que la gente está a salvo y averigüemos qué ha ocurrido.
Mónica apartó bruscamente a la periodista Marta Carrara, para acompañar al comisario jefe hasta su coche oficial. La reportera apremió al cámara para que los enfocara en su escapada, hasta que se sentaron en el asiento posterior del vehículo. Dos hombres de la policía secreta cerraron la puerta y les cortaron el paso a los periodistas.
Entre los acosos de esa maldita periodista y las advertencias del comisario jefe, en ocasiones desearía que me cesaran de una vez por todas, y dedicarme a otra profesión. Te juegas la vida en este oficio y no recibes más que críticas, desaires y rapapolvos. Jorge Diéguez la contempló por unos instantes, aguardando una respuesta. Diéguez no se da cuenta de que yo también soy policía y que no voy a reaccionar con su silencio: esa estrategia solo es válida para los culpables y para los inocentes más débiles.
—Cada vez me haces más difícil sacarte de líos, Mónica. Si actuaras con menos vehemencia, hubieras ocupado mi puesto hace tiempo. Lo vas a perder todo si sigues así, Ni siquiera te preocupa tu forma de vestir: como una hippy de los años sesenta. ¿Crees que así alcanzarás algún cargo de relevancia? La gente se fija en la indumentaria. Los políticos no quieren ver a su lado a sujetos que estropeen su imagen.
—No me interesa el aspecto que muestre en las fotos sino la eficacia en mi trabajo. Ese muchacho iba a lanzarse al vacío, sus compañeros estaban borrachos perdidos y no tenía posibilidad de dialogar con ellos. Hice lo primero que se me ocurrió.
—Sin pensar en las consecuencias.
—Pensé en lo que ocurriría si no actuaba con rapidez.
—Pero no tuviste en cuenta tu imagen profesional, asumiste un riesgo innecesario.
—Jorge, tú y yo sabemos que algunos nos hemos convertido en policías para ayudar a los buenos
, no solo para erradicar a los malos
de la sociedad. Nadie nos habló de medallas, de pagas extraordinarias, de fondos reservados, de corruptelas o de cargos políticos como consecuencia de nuestra labor: solo nos mostraron cómo ayudar a unos y detener a otros. Ese continúa siendo mi trabajo y lo pienso hacer de la mejor manera que sepa. A veces se requiere improvisación, a pesar de correr el riesgo de cometer errores. Cuando la vida está en juego, prefiero arriesgarme a perderla antes que dejar paso a la muerte sin presentar batalla. Ya sabes lo que puedes hacer si no te gusta mi trabajo.
Mónica Zayas salió del vehículo en dirección al edificio siniestrado. El comisario jefe movió la cabeza en un gesto de impotencia ante las ya conocidas reacciones de su subalterna.
A pesar de lo aparatoso del incendio, las puertas de la séptima planta no habían sido afectadas por las llamas. Mónica entró en el piso donde se había originado el fuego. La pequeña salita de estar y el pasillo se habían convertido en un pequeño riachuelo que encauzaba el agua hacia el hueco del ascensor y las escaleras. En el corredor no se apreciaban más elementos decorativos que un portalámparas desnudo, y una señal de tráfico, posiblemente robada en algún callejón solitario, que indicaba la prohibición de circular. Nada más entrar, la primera dependencia que se encontraba a la izquierda era la cocina, austera en mobiliario y con el lavadero repleto de vasos y de cubiertos pendientes de un buen fregado. El cubo de la basura estaba repleto de latas y de botellas vacías. La llave de paso del gas y los reguladores de las placas de cocción estaban abiertos, pero la bombona se habría vaciado casualmente a tiempo de evitar una deflagración que podría haber sorprendido a los bomberos cuando intentaban apagar el foco inicial del incendio. Era evidente que no se trataba de un descuido. La siguiente puerta, a la derecha, daba acceso al cuarto de baño. Mónica abrió, pero un fuerte olor a vómitos le impulsó a cerrarla de inmediato. Continuó avanzando por el pasillo hasta llegar a dos habitaciones contiguas, situadas a la derecha; la primera, más pequeña, servía de biblioteca, donde podían apreciarse libros de Marx, Engels, Bakunin y algunos ejemplares manuscritos de Anarquismo y I Internacional; de gran valor, y sustraídos posiblemente en alguna biblioteca del país. En la segunda habitación estaba situado un camastro, revuelto y rodeado de revistas, algunas latas de cerveza vacías, una bolsa de patatas a medio terminar y varios discos de Mozart; adosados a las paredes laterales, sendos posters del Che; y sobre la cabecera de la cama, una bandera anarquista.
Dos bomberos acudieron a la habitación en que se encontraba Mónica. El pavor de sus miradas le indicó que se había producido alguna víctima. Así fue: en el comedor, sobre una gran mesa medio quemada, yacía el cadáver de un hombre joven. Boca abajo, con la cabeza extremadamente ladeada hacia atrás como si la hubieran retorcido salvajemente. Sus manos estaban agarrotadas, con las uñas fuertemente apretadas sobre el mantel carbonizado.
Mónica se acercó al cadáver para tratar de identificar su rostro calcinado. Uno de los ojos aún mostraba el color blanquecino de su pupila; el otro había estallado al no poder soportar el fuerte calor del incendio, y en su lugar una horrible cavidad provocaba la sensación de adentrarse en la oscuridad de un pozo sin fin. La boca semiabierta, sin labios, mostraba la tétrica sonrisa de la muerte; en su interior, la lengua estaba incompleta: apenas unos hilillos de carne fuliginosa ocupaban lo que fuera su lugar. La extraña posición de la cabeza se explicaba por el corte profundo que había sesgado el cuello antes de obligar a su cuerpo sangrante a girar la cabeza más allá de sus posibilidades naturales. Mónica sufrió una violenta opresión en el estómago que la obligó a apartar bruscamente la mirada para poder aplacar sus náuseas. Parezco una novata. Como si no hubiera visto cosas peores en mi vida. Claro que con este pobre muchacho se han ensañado de veras.
—¡Dios, no! —la reacción del comisario jefe, que acababa de entrar en el comedor, sorprendió a Mónica.
—Ni que hubieras conocido a la víctima, Diéguez.
—¿Tienes idea de lo que ha pasado?
—Muy ligera todavía. La cocina está a rebosar de botellas y comida; en el comedor quedan los cristales rotos de seis copas y de varias botellas de cava, un pedazo de papel de una pastelería cercana... Una fiesta que ha terminado mal, muy mal. Al principio pensé en algún artefacto explosivo; a este tipo le gustaban los revolucionarios y los anarquistas, pero el corte en su garganta y la sección de la lengua son más característicos de un ajuste de cuentas. ¿Te encuentras bien?
Jorge Diéguez no contestó. Su rostro estaba extremadamente pálido. Se agachó con el pretexto de coger un disco completamente chamuscado, aunque Mónica se percató de que había una hoja de papel empapada de agua, que el comisario introdujo en el bolsillo de su chaqueta sin siquiera leer su contenido. Diéguez se levantó y mostró los restos del disco.
—Wolfgang Amadeus Mozart, Clarinet Concerto. A este sujeto le gustaba la buena música. Regreso a comisaría. Ven a informarme cuando termines la investigación preliminar.
Mónica tampoco le contestó. ¿Para qué querrá Diéguez esa hoja de papel? ¿No se da cuenta de que está alterando el escenario de un crimen? Si no fuese mi jefe, y un buen amigo, le obligaría a devolver esa hoja. ¡Maldita sea!, y delante de mis narices.
Tras un minucioso examen, Mónica Zayas descubrió como únicas pistas posibles varios disquetes que contenían información sobre grupos europeos y norteamericanos de índole anarquista. En el ordenador portátil pudo comprobar que, en la carpeta de favoritos de Internet, abundaban las páginas de zoofilia, visitas a grupos neonazis, e incluso del Ku-Klux-Klan. En algunas páginas web, pertenecientes a grupos anarquistas, se explicitaban mecanismos para la fabricación de bombas caseras. En una pared del comedor, escrita con sangre, muy probablemente del difunto, resaltaba chamuscada por el humo la palabra JAH-BUL-ON
.
La periodista Marta Carrara entró precipitadamente en el comedor junto con un cámara de televisión que comenzó a filmar indiscriminadamente. Zayas le hizo un gesto a uno de los policías para que la retirara del lugar del crimen. Mientras Carrara protestaba airadamente por los empujones del agente, su compañero no dejó de captar imágenes un solo instante.
La llegada del médico forense no se hizo esperar. Antonio Reyes Verniaud atendía la mayoría de crímenes, accidentes y muertes súbitas del distrito universitario. Nadie que no conociera su actividad podría sospechar su cometido si se dejaba llevar por su semblante tímido, por los modales cordiales, y por su plétora orgánica que le obligaba a desplazarse con lentitud. Parecía contradictoria su calma al moverse y al hablar, con la sudoración profusa que surcaba la tez blanquecina de su rostro y sus gafas empañadas. Antonio Reyes, tal vez avergonzado por esa excesiva sudoración, evitaba besar a sus amigos y amigas, al mismo tiempo que rehuía responder a quien le tendía la mano, bien fuera con amabilidad o por motivos comerciales. Al contrario de Mónica Zayas que, si bien renunciaba a los habituales besos en las mejillas por considerarlos más moda exenta de sinceridad que otra cosa, se congratulaba en estrechar la mano de todos los sujetos implicados en sus investigaciones, según ella presumía con sus colaboradores. Es un elemento diagnóstico relevante para conocer las reacciones y la sinceridad de las personas relacionadas con cualquier delito. Es más seguro que el detector de mentiras
, puesto que no solo observas si te tienden la mano con afecto, aplomo, con la falsa seguridad aprendida en un curso para promotores de ventas, con lasitud, desprecio..., sino que analizas la sudoración, la rugosidad de su piel en determinadas zonas, las zonas más suaves y menos trabajadas, el reparto de la fuerza muscular a través de los dedos según su profesión... Y lo más importante, cada vez que se estrecha una mano, se transmite el estado emocional del organismo, que es fundamental captar conjuntamente con la mirada esquiva, segura, desafiante...
Lo difícil era que Antonio Reyes y Mónica Zayas consiguieran su propósito a la vez. En cada nuevo encuentro, Mónica insistía en tenderle la mano y al forense le costaba rechazarla debido a su amistad. La estrategia defensiva de Antonio Reyes consistía en entrar en las escenas del crimen sin saludarla, sin siquiera mirarla, para colocarse inmediatamente sus guantes de látex y comenzar a examinar la última víctima con atención.
Cuando el forense se desprendió de los guantes, Mónica sabía que Reyes había establecido ya las primeras conclusiones. Los apenas diez minutos que lo mantuvieron atareado indicaban que el caso era evidente, puesto que, en otras ocasiones, podía pasarse varias horas antes de permitir que levantasen el cadáver. No era de extrañar, cuando se producía un accidente de circulación con víctimas mortales, que la policía local de Zaragoza tratara por todos los medios de que fuera otro médico forense quien acudiera al lugar de los hechos. De lo contrario, el atasco que se formaba solía ser descomunal. Menos mal que los accidentes de tráfico mortales eran poco frecuentes en la ciudad.
Mónica aún debía esperar unos minutos más hasta que Antonio Reyes se limpiara los lentes a conciencia, primero impeliendo su aliento agrio sobre cada uno de los cristales; después, frotándolos con un pañuelo que destinaba a ese único fin. Como en otras ocasiones, durante aquella mañana calurosa, el médico forense había sudado en exceso y decidió recurrir a su pañuelo de reserva; las gafas no quedaron a su gusto y procedió nuevamente a lanzar su aliento húmedo con la finalidad absurda de secarlas. Mónica Zayas comenzaba a impacientarse, así que extrajo un pañuelo de papel del reducido paquete que guardaba en el bolsillo trasero de sus pantalones deportivos. Se lo ofreció a su amigo que lo cogió sin inmutarse. Luego, sin mirar todavía a la comisario, se dio una vuelta por la habitación hasta detenerse junto a la palabra manuscrita en la pared, extrajo un frasquito del bolsillo interior de la chaqueta, raspó la zona inferior de la primera letra y dejó caer el polvo resultante en el interior del botellín. Seguidamente lo tapó, lo introdujo nuevamente en su bolsillo, se quitó las gafas, levantó la mirada y sonrió.
—Jah-Bul-On
, Jehová, Señor del Poder
, según el Viejo Testamento. Tenemos a un asesino místico.
—¿Cree que se trata de una secta? ¿De un asesinato ritual? —preguntó Marta Carrara en una sorpresiva irrupción.
La voz de la periodista encolerizó a Mónica.
—¿Otra vez tú? Lárgate de aquí inmediatamente o te patearé el culo escaleras abajo.
—Me encantará sacarte en las noticias amenazando a una periodista que solo trata de hacer bien su trabajo.
—¡Fuera de aquí!
El policía que la había expulsado anteriormente se apresuró en agarrar a Marta Carrara por el brazo y, mientras que con rostro apesadumbrado observaba a su superior, la obligó nuevamente a salir del piso.
—No me gustan los mensajes pintarrajeados en las paredes —comentó Mónica en actitud pensativa—. Odio jugar cuando la partida la marca un asesino. ¿Podría tratarse de un ardid para despistarnos?
—Por supuesto, aunque la garganta seccionada, y la lengua...
—Indican un posible ajuste de cuentas, ¿no? Además han quemado el lugar del crimen para borrar posibles huellas.
Antonio Reyes movió la cabeza para negar la posibilidad. Odio la forma prepotente que tiene Reyes de mostrar su disconformidad. ¿No le bastaría con decir: quizás
?
—Categóricamente no. El fuego ha sido intencionado, indudablemente, pero no creo que tuviera como única finalidad terminar con las huellas. La lengua no ha sido cortada, sino arrancada de cuajo.
Mónica sintió una náusea repentina y apartó la vista del cadáver. Antonio Reyes se percató del mal rato que estaba pasando su amiga.
—Te he repetido hasta la saciedad que la única forma posible de soportar la imagen de un crimen es no perder de vista el cuerpo de la víctima cuando te sientes peor. Mientras lo observas no dejas sitio para la imaginación y evitas reacciones como las náuseas o pensar que podría haber sido un familiar tuyo o un amigo allegado.
—Hay otra forma de evitarlo, Reyes: cambiar de profesión de una maldita vez.
—Me temo, Mónica, que ni tú ni yo valemos ya para otra cosa. Este trabajo te condiciona de por vida. A ti para seguir cabreándote contra los que hicieron esto, y a mí para convivir con la muerte como una necesaria compañera sin cuya presencia no podría vivir.
—Menudo consuelo. Anda, Reyes, vamos a desayunar. Me toca invitarte.
—Tienes buena memoria.
—No como tú, tacaño. Seguro que el próximo día no te acordarás de pagarte nada, aunque fuera mañana mismo.
—Soy muy despistado.
—Ya. Excusas de mal pagador. Venga, anda. Vamos.
Mónica Zayas cogió a Antonio por el hombro y lo empujó cariñosamente fuera de la sala.
Aquella noche la Luna mostraba todo su esplendor sin que una sola nube amenazara con turbarla. Desvergonzada, penetraba abiertamente por el ventanal hasta reflejarse en la piel sudorosa de Mónica, y resaltaba su esbelta silueta moviéndose inquieta sobre las sábanas blancas. Pocos meses atrás había decidido abandonar el bullicio de la ciudad para refugiarse en el silencio de la urbanización de Valmadrid, a escasos kilómetros de Zaragoza. Había hipotecado su vida con el fin de alejarse lo más posible de su entorno de trabajo, sin distanciarse lo suficiente como para presentarse con tardanza a cualquier emergencia que surgiera. Hubiera deseado alejarse todavía más, pero su condición de funcionaría requería que viviera próxima a su lugar de destino. Cuando compró aquella vivienda unifamiliar le agradó el anonimato que le proporcionada estar envuelta por varias decenas de casas completamente iguales, sin identidad propia que pudiera percibirse en las fachadas: en su trabajo no era conveniente llamar la atención, especialmente la de los viejos delincuentes que pudieran salir del talego con ansias de vengarse.
La comisario Mónica Zayas trataba ahora inútilmente de conciliar el sueño, desnuda, con las luces apagadas. No podía sustraerse a extraños pensamientos que se adueñaban de su mente; presentimientos reiterativos que la advertían sobre el asesinato que había presenciado por la mañana. Era imposible abstraerse de aquella mirada vacía, de la cabeza grotescamente situada hacia atrás... Algo le decía, y le repetía una y otra vez, que
