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Libro electrónico334 páginas4 horas

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XIII Premio Ciudad de Badalona de Narrativa
XVII Premio Solsticio de verano
Situada en la actual comarca del Matarraña, en una demarcación de la provincia de Teruel dentro de la Franja de Poniente, se extiende la Escresola, una región poco conocida cuyos habitantes, antes de la guerra civil, mantenían un sistema de vida rural centrado en las masías, tenían sus tradiciones y hablaban una lengua propia.
Silvestre Hernández nos transporta a la época en que las masías de la Escresola rebosaban de vida; lo hace mediante un personaje, Oriol Puig, un huérfano que en el año 1918, cuando Barcelona vivía atemorizada por las bandas de pistoleros financiadas por la patronal y replicadas desde los sindicatos, huye del hospicio donde residía para iniciar una vida azarosa en la calle que un buen día le conducirá hasta la Escresola, donde comenzará una nueva vida.
IdiomaEspañol
EditorialBooks on Demand
Fecha de lanzamiento2 jun 2021
ISBN9788413735757
Remembranzas
Autor

Silvestre Hernández

Silvestre Hernández Psicólogo Clínico, Diplomado en Psiquiatría y Psicología Social, y en Psiquiatría intercultural. Premio Internacional de novela Emilio Alarcos Llorach. (Jurado constituido por: Rosa Regás, Juan Cruz, Caballero Bonald, Josefina Martínez, Juan de Lillo y Fulgencio Argüelles). Premio de narrativa Ciudad de Badalona, Premio de narrativa Solsticio de Verano, Premio de Novela Histórica Leandre Colomer. Finalista de novela Ciudad de Barbastro, Finalista del premio de relatos Nueva Acrópolis, Finalista en el certamen de relatos Los premios, Finalista del certamen de cuentos Edisena. Finalista del XLVII Premio Ateneo Ciudad de Valladolid de novela, por la novela MAREA NEGRA (Jurado compuesto por: Luis Mateo Díez, José María Merino, Elena Santiago, Javier Maqua y María Aurora Viloria.) Finalista del certamen de novela juvenil de Badalona, 2005. Experiencia como corresponsal de La Comarca y colaborador en diversas publicaciones: Turia, Diario de Teruel, Heraldo de Aragón, revistas electrónicas varias...). Varios cuentos infantiles están siendo utilizados en Chile por educadores de calle. Los derechos de explotación de los mismos han sido cedidos para ese país al taller de cuentos de Felipe Corvalán. Profesor en centros privados y públicos, impartiendo diversas materias. Jefe de la Unidad de Programas educativos del Ministerio de Educación y Cultura. Asesor en Centro de Profesores y Director de Instituto de Educación Secundaria. Ha impartido diversos talleres de escritura y ha sido miembro de jurados en diversos certámenes literarios. Participante en distintas ferias del libro y coautor en diversas novelas en castellano y en catalán. Autor y coorganizador de una de las primeras novelas colectivas realizadas en España, posiblemente la primera que se hizo. Si bien la mayoría de sus novelas tienen carácter histórico o son del género policíaco, también ha escrito ciencia ficción, diversos ensayos e incluso alguna que otra novela infantil y juvenil, además de numerosos relatos. En estos últimos años ha compaginado su amplia actividad creativa en el mundo de la escritura con las reseñas literarias y con su faceta de conferenciante en centros tan prestigiosos como el Ateneo de Barcelona, en programas de animación a la lectura, en diversas jornadas culturales y en actividades programadas por la Asociación Aragonesa de Escritores.

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    Remembranzas - Silvestre Hernández

    Esta novela, en su versión original en catalán y bajo el título Aigües térboles, publicada en su primera edición por Columna-Edicions 62, fue galardonada con:

    Premio de narrativa Ciudad de Badalona

    Premio de narrativa Solsticio de Verano

    Ni el grito desesperado de la mañana

    ni el puño airado desafiando al cielo,

    me libran de la niebla y del presagio

    de las alas de un cuervo que levanta el vuelo

    y se pierde entre las brumas y los misterios.

    Desideri Lombarte

    Indice

    Capítulo

    Capítulo

    Capítulo

    Capítulo

    Capítulo

    Capítulo

    I.

    —Esta carraspera me está jodiendo.

    La epidemia de gripe que devastó Barcelona en 1918 supuso mi liberación.

    Con catorce años de edad tenía bien presente que, por fin, había alcanzado la madurez. Sabía leer correctamente y eso me confería la independencia necesaria para desenvolverme por el mundo que me aguardaba allí, afuera, lejos, muy lejos de los cuatro muros de mi recinto carcelario; unas paredes que gradualmente me oprimían más y más, hasta hacerse insoportables. Aprendí pronto a soportar el dolor de los castigos. Sufrí en silencio la más completa ausencia de afecto dentro del frío medio que me envolvía. Nunca fui asustadizo y, por otro lado, siempre me ha acompañado una salud de hierro. Esto explica que no me sintiera demasiado afectado cuando algunas monjas y la mayoría de guardianes que nos custodiaban fueron cayendo uno tras otro, irremisiblemente vencidos por el avance de la epidemia. Tampoco se libraron de la muerte algunos de los niños que vivían hacinados en las celdas. Sentí rabia y pena al mismo tiempo cuando tuvimos que abandonar a nuestro compañero de travesuras, Emilio Feijoo. Su tez pálida, aquella delgadez extrema, su debilidad frente a anteriores enfermedades y la crueldad de la gripe que avanzaba sin piedad, hicieron que lo diéramos por muerto, al menos eso creímos entonces. Emilio era el único compañero que tenía una foto de su madre.

    —Llévatela, por favor, y si la encuentras dile que la odio, que jamás la perdonaré por abandonarme. Te odio, te odio... mamá.

    Lo dijo con rabia, con lágrimas en sus ojos, con una vehemencia inusitada que por un instante me dio la impresión de que iba a curarse de pronto y a levantarse de la cama para huir junto a nosotros. No fue así. Inmediatamente después de terminar su maldición se desvaneció. Desprendí la foto de su puño y me dirigí al patio. Allí me aguardaba Antonio Roure, mi amigo. Era fácil. No había más que atravesar aquella vieja puerta. Caminamos lentamente, sudorosos, vigilando nerviosamente la presencia de algún vigilante, la coincidencia con alguna monja inoportuna, el sonido amenazante de unos pasos extraños... Nada. No ocurrió nada. Llegamos a la calle y nos sonreímos uno al otro. La calle estaba vacía. Volvimos a miramos y ambos a la vez nos acercamos a la puerta del Caserón de la Misericordia, aquella maldita puerta que tantas veces antes soñamos con cruzar. Los dos escupimos al mismo tiempo y salimos juntos corriendo hacia la libertad. Por un momento sentí una irrefrenable angustia, unos deseos incontenibles de detenerme y volver hacia a atrás. Al fin y al cabo no conocía nada más en el mundo. Aquella había sido mi casa, mi cobijo, el único lugar en el que me había llegado a sentir protegido a pesar de la rígida disciplina y la severidad de los castigos; donde incluso aprendí a callar mi rabia cuando estos me parecían injustos. Me detuve. Antonio Roure no tardó en darse cuenta de mi ausencia y regresó a mi lado. Me vio indeciso. Sonrió, pero yo seguía inmóvil, sin saber si debía avanzar o regresar hacia atrás. Mi amigo corrió hacia la puerta del Colegio de Sant Guillem d´Aquitania y escupió sobre el umbral de la puerta. Inmediatamente surgió un vigilante impecablemente uniformado y con aire amenazante. Antonio regresó a mi lado. El vigilante se acercaba más y más. Antonio Roure me señaló con su mano izquierda la fachada del convento del Bonsuccés, de cuyas dependencias acabábamos de salir; luego, con la otra mano me señaló al vigilante.

    —Escoge, ¿regresamos junto a los pobres, le permitimos a ese vigilante de hijos de papá que nos apisone o corremos hacia la libertad?

    Lo miré sin saber qué elegir. No quería vivir por más tiempo entre aquellas paredes opresivas; por otro lado, aquellos niñatos ricos debían ser repelentes, seguro que sí, pero... ¿la libertad...? ¿Para qué? ¿De qué iba a servirnos sino teníamos siquiera un lugar donde dormir o un plato de comida caliente? Roure me devolvió una mirada contrariada. El vigilante estaba a pocos pasos.

    — ¿No quieres encontrar a tus padres?

    Ninguno de los niños de la Casa dels Infants Orfes llegamos a aceptar jamás que fuéramos huérfanos. Todos teníamos la esperanza, o más bien la certeza absoluta, de que nuestros padres existían. Unos habían sido abandonados, como aseguraba Feijoo; otros fueron arrebatados a unos padres que nos estarían buscando desesperadamente a lo largo y ancho del mundo, como creía Antonio Roure; algunos pocos, tal vez los míos, no habían tenido más remedio que abandonar a sus hijos a las puertas del hospicio. Quizá existían niños huérfanos de verdad en alguna parte, pero ninguno de nosotros lo era. Ese fue uno de los principales motivos que nos empujaron a fugarnos: para demostrar que nuestros vigilantes nos mantenían bajo el más cruel de los engaños. Seguramente, al menos ese era mi sueño recurrente, mis padres eran muy pobres, tanto que su honradez extrema les impedía robar para comer, aunque deseaban asegurar a su hijo un refugio y una manutención. Algún día los encontraría y los sacaría de la pobreza para que pudieran vivir felices el resto de sus días a mi lado, al lado de su hijo que tanto los quería, que tanta necesidad tenía de su cariño. Aquellos pensamientos me dieron alas. Aparté el brazo del vigilante de un manotazo y comencé a correr, por delante de mi sorprendido amigo. Cuando llegamos al extremo de la Calle dels Angels nos detuvimos. Saludamos ceremoniosamente al vigilante y caminamos con paso raudo hacia nuestra primera parada: el mercado de la Boquería. El inicio de la aventura había despertado nuestro apetito. Nunca antes me había atrevido a robar, pero el hambre y la abundancia de mercancías me hicieron dudar; el aplomo de mi amigo me llevó a imitarlo sin dificultad. Aquella mañana nos hartamos de fruta.

    A mediodía estábamos cansados de andar por las callejuelas de la ciudad. Súbitamente vimos a dos policías doblando la esquina. Se dirigían hacia nosotros, al menos eso creímos, así que nos dimos media vuelta y comenzamos a correr. Corrimos sin cesar, como locos desbocados, sin girar la vista hacia atrás un solo instante, hasta que nos sentimos seguros, antes de tomar una nueva bocacalle que nos conduciría definitivamente hacia la libertad. Casi nos damos de bruces con la Casa de Caridad. Nos detuvimos unos instantes para observar la tétrica mole de piedras impasibles que acabábamos de abandonar pocas horas antes. Creo que mi amigo también se planteó la posibilidad de regresar. Nos miramos, sonreímos, levantamos nuestros hombros al unísono indicando que ya no había vuelta atrás y proseguimos nuestra marcha, a toda velocidad, con la urgencia que provoca el nacimiento de una nueva vida, con las prisas que nos confería el anhelo de comenzar a vivir. Estábamos convencidos de que nadie nos echaría de menos, seguros de que los vigilantes supervivientes a la epidemia de gripe deberían volcarse hacia los nuevos huérfanos que no tardarían en relevarnos para ocupar los gélidos camastros del hospicio. Nuevos muchachos y muchachas, con los corazones rotos, cuyas heridas jamás lograrían sanarse con alguna remota forma de cariño. Tuvimos la oportunidad de regresar y no lo hicimos. Tácitamente aceptamos que no se trataba de una travesura ni de un pasatiempo ocasional. Mi vida empezaba desde allí mismo, a partir de aquel minuto en que me sentí libremente perdido entre las calles de una enorme ciudad; tan extraviado y confundido como ilusionado por un futuro que prometía ser rico en vivencias y aventuras.

    La Quimeta abre la puerta y sonríe al ver que estoy despierto.

    —Tienes mejor cara, Oriol. Tus ojos vuelven a mirarme con ese brillo de pillo incorregible... Anda, toma..., pero solo una cucharada... Yo hubiera preferido que te visitara algún médico o, por lo menos el barbero de Herbés.

    —No pases pena, Quimeta. Mala yerba nunca muere, y yo soy peor que la más temible de las zarzas. Dame un beso, zalamera.

    —Veo que te has tomado en serio eso de escribir... Ten cuidado y no te metas con nuestros vecinos... Les podría saber malo y luego todos pagaríamos las consecuencias de su enemistad.

    —No te preocupes. Cuando alguien lea esto ya estaremos todos muertos, si antes no terminan con las hojas los ratones, la lluvia o el moho...

    —Siempre podrán servir para prender las ramas que se resistan a arder en el fuego de la chimenea. A falta de buena tea, no hay nada como el papel o la hojarasca para iniciar una fogata.

    —Me encanta tu capacidad para animarme a escribir, Quimeta.

    —Es que, Oriol, mira que tú... tú... metido a escritor.

    —No te rías de soslayo que te veo. Si no fuera porque me entra la tos de nuevo, te perseguiría por toda la casa hasta atraparte y zurrarte de lo lindo, por burlarte de mí.

    —No amenaces. Del modo que te encuentras, si echaras un pulso conmigo, te iba a vencer sin poner demasiado empeño. De todos modos, para lo que sirves, ahí tumbado en la cama. Escribe o haz lo que quieras. Voy a ser yo la que de nuevo corte la leña para el fuego.

    —Llama a Jesús Casoles. Que te venda una carretada de ramas de olivo; que te la traiga troceada, aunque nos cueste más cara, y deja los troncos de almendro para cuando yo me levante. No pienso quedarme en cama más de dos días.

    —Eso espero, Oriol. Si tardas más no te librarás de que avise al doctor Molina.

    —Si me paso un día más puedes avisar al enterrador.

    —No bromees con la muerte. Dios te puede castigar por eso.

    —Más castigo que llevo con esta maldita tos...

    —Me voy... No quiero oírte renegar más.

    No me extraña que mi esposa desconfíe de mi propósito, pues yo mismo todavía no lo veo demasiado claro. Soy un lector apasionado, pero inexperto en la escritura. Sin embargo, me animan a escribir los vívidos recuerdos que aún tengo de mi vida pasada, y la necesidad de mantener viva la memoria de mi pequeño mundo entrañable... Confieso que me asalta una sombra de incertidumbre, de angustia sobre mi futuro y es que nunca antes estuve más de dos días enfermo. Con hoy llevo una semana postrado en la cama y eso azuza mi ingenio para escribir sobre el pasado y evitar así enfrentarme a un incierto futuro. De todas formas, ya vencí la fiebre y me encuentro mucho mejor, con unas súbitas ganas de expresarme. He desempolvado mi flamante máquina de escribir, la Underwood, la mejor del mercado. Fueron incontables las veces que antes me senté frente a su teclado sin nada que decir, con más urgencia por vivir la vida que por contar lo ya pasado. Escribo con un dedo, a veces con dos. No tengo prisa por terminar mi historia ni, por supuesto, mi vida. Todavía me quedan un par de frascos de cocaína y otro de Fimol Busto. Supongo que serán suficientes para vencer definitivamente la tos. En previsión de próximas recaídas deberé pertrecharme con nuevos repuestos en cuanto abandone la cama.

    La Quimeta y yo no hemos tenido hijos, ella dice que Dios nos los ha negado, los dos sabemos que no, que si él existe, no ha tomado parte. Nunca antes había sentido la necesidad de perdurar, de pervivir a través de unos descendientes que llevaran mi semilla, mi recuerdo... No puedo negar que este miedo se hace cada vez más profundo y más poderosa la necesidad de dejar alguna huella sobre mi paso, de grabar sobre el papel en blanco la memoria de mi tiempo, de mis amigos, de mi vida junto a la Quimeta. ¿A quién puede importarle...? Posiblemente a nadie...pero a mí ya me vale con expresarme, por que si, sin motivo necesario; simplemente porque la necesidad me nace de dentro... Tal vez preciso confesar todas mis tropelías, cobardías y aciertos. Este es el problema que más sentimos aquellos que no tenemos la certeza sobre la existencia de algún dios que nos absuelva de nuestros pecados. Ni siquiera tenemos la suerte de los creyentes, con su capacidad adquirida para discernir entre lo bueno y lo malo, o más difícil todavía, entre el bien y el mal. Ellos no viven inmersos en el mar de dudas que nos aturden a quienes más precisamos de una prueba de la existencia de dios para dejar de dudar; una duda constante que nos impide aceptar las posibles pruebas, una ausencia de evidencias que nos sumergen de nuevo bajo el peso de la angustiante duda. En contraste con nuestra angustia constante, a los verdaderamente creyentes les basta confesar sus pecados para ser inmediatamente absueltos y confortados.

    Por entonces aún desconocía la existencia de la Escresola.

    No eran buenos tiempos para deambular por las calles. Los enterramientos se sucedían a lo largo de todo el día. Los mendigos, derrumbados bajo la tenue luz de las farolas, daban muestras evidentes de que la epidemia de gripe se recrudecía aún más. Vestigios de muerte que desaparecían en el transcurso de las mañana, tras ser recogidos de las aceras por las brigadas sanitarias; señales de alerta que no tardaban en reaparecer por las calles, bajo lánguidas miradas, latentes detrás de aquellas frentes sudorosas, al amparo de una tos ronca y seca que desgarraba la esperanza de sobrevivir a la terrible enfermedad. El miedo se respiraba en la calle.

    Durante los primeros días nos obstinamos en seguir alimentándonos a costa de los mercaderes de la Boquería, hasta que un grupo de mendigos nos amedrentaron con sus puños en alto. Decidimos buscarnos la vida en otra parte cuando, de paseo por las Ramblas, nos vimos inmersos en una multitudinaria manifestación de mujeres. Gritaban con rabia su impotencia.

    — ¡No podemos comer! ¡Abaratad las subsistencias!

    Decidimos seguirlas, o más bien dejamos llevarnos por aquella muchedumbre airada. Caminamos rambla abajo. Atravesamos los paseos de Colón y de Isabel II. Nuevos grupos de mujeres fueron sumándose a la manifestación. Por fin llegamos al Gobierno Civil. Las fuerzas de seguridad protegían la puerta de acceso. Los gritos de indignación arrecieron con fuerza.

    — ¡Tenemos hambre!

    — ¡Queremos pan para nuestros hijos!

    — ¡Abajo los acaparadores!

    Los vigilantes de la puerta parecían tranquilos, aunque blandían sus recias porras en actitud amenazante. Poco a poco los gritos fueron menguando y el grupo de manifestantes se disolvió con la misma espontaneidad con la que antes se aunaron. En pocos minutos solo quedamos Antonio Roure, yo y los guardias. Nos sentimos burlados. Estábamos dispuestos a apoyar aquellas reivindicaciones y, sin embargo, los propios manifestantes habían cedido en sus rogativas, como si se tratara de una simple muestra de rechazo, una mera expresión de descontento cuyo último fin no fuera la consecución de un objetivo sino el simple desahogo de sus sentimientos de impotencia.

    — ¡Son unos cobardes!—gritó Antonio—. Deberían entrar ahí y hacerse escuchar, por las buenas o por las malas.

    Uno de los vigilantes lo miró con mal talante así que decidí agarrar a mi amigo por el hombro y llevármelo de allí.

    Vimos a algunas de aquellas mujeres en los barrios cercanos, distribuidas en largas colas a las puertas de las panaderías y de otros establecimientos. Inocentes de nosotros, nos colocamos detrás del grupo menos numeroso... Lo cierto es que probamos de colarnos, pero algunas mujeres nos amonestaron son gritos suficientemente claros y elocuentes como para no prescindir de sus recomendaciones.

    — ¡A la cola, muchachos, si no queréis que os afeitemos los rabos!—fue la frase más suave que nos dirigieron y la que en mayor medida nos convenció.

    Llegó nuestro turno. Casi lo adivinamos unos minutos antes, pero había que intentarlo. Al fin y al cabo, el hambre es tozuda compañera. Cuando nos pidieron las cartillas de racionamiento no supimos qué responder. Ni siquiera teníamos tarjetas de identificación, como para poseer las susodichas cartillas. Las mujeres que nos precedían nos urgieron a dejar paso y nuevamente tuvimos que acceder a sus indicaciones antes de que la emprendieran a manotazos contra nosotros. Yo me fijé en una mujer obesa, de dos metros de altura y un tamaño de manos en proporción, que blandía una sonrosada diestra con denodada fruición.

    Roure y yo nos miramos uno al otro con desasosiego. No había más remedio que hacerlo, y lo hicimos. Seguimos a la mujer grandota, una vez que consiguió su ración de pan, hasta doblar la primera bocacalle. Corrimos tras ella y de un impetuoso tirón nos hicimos con la suculenta mercancía. Ella trató de seguirnos, pero sabíamos de antemano que era demasiado grande y pesada para alcanzarnos. De regreso a las Ramblas, decidimos sentarnos en un banco al abrigo de las miradas. Mientras pegaba bocado tras bocado sobre aquella mole de pan oscuro, observé a un grupo de palomas. Vi, unos metros más abajo, a un muchacho, algunos años mayor que nosotros, sentado en otro banco y con una jaula sobre el suelo, estratégicamente colocada entre sus piernas. Daba de comer migajas de pan a las palomas y les profería graciosos sonidos guturales para atraer su atención. Las palomas se le acercaban recorriendo cortos viajes en nervioso zigzagueo. Lanzaba la comida con estudiada precisión, cada vez más cerca de la jaula. Por fin, una paloma entró en su interior, pero el joven no deslizó la tapa hasta que una segunda paloma se sumó a la primera. Un guardia se aproximaba. Tosí para advertir de su presencia al cazador urbano. Inmediatamente, este empujó la jaula con sus pies hacia la parte posterior del banco. Cuando desapareció el peligro, metió la jaula en un saco y se nos aproximó.

    —Gracias, amigos. Soy Raimundo. Mis colegas me llaman Guindilla.

    — ¿Te las vas a comer?— le pregunté.

    —Una sí. La otra es Bernarda, mi señuelo para atraer a los palomos. Nunca falla. Las hembras caen por curiosear; los machos, por chingar. ¿Cómo os llamáis?

    —Antonio Roure—respondió mi compañero—. Mi amigo no tiene papeles, aunque todos lo llamamos Joan.

    —Os vi en la panadería. ¿Cómo se os ocurre moveros por ahí sin cartillas de racionamiento?

    —No tenemos—protesté— ¿Acaso, tú sí?

    El Guindilla sonrió. Miró a uno y otro lado para asegurase de que nadie más lo veía y extrajo de su bolsillo media docena de cartillas.

    — ¡Joder!—exclamé— ¿Dónde las has conseguido?

    No contestó. Me entregó el saco para que se lo llevara a cuestas y nos hizo un ademán con la cabeza para que lo siguiéramos.

    Nos adentramos por las callejuelas próximas al Conde del Asalto. Fue en un viejo portal de la calle Cirés cuando comprendimos de qué manera obtenía sus tarjetas. Una mujer acababa de desmayarse en el umbral de la puerta, posiblemente bajo el efecto de una fiebre intensa. El Guindilla se aproximó con cautela y, casi imperceptiblemente le extrajo una cartilla de racionamiento de su refajo. Al principio me pareció un acto horrendo; algo menos horrible cuando hicimos acopio de media docena; pasable, a media noche, cuando gracias a aquellas cartillas pudimos llenar nuestros encogidos buches.

    —Al fin y al cabo, ellos ya no las precisan—me conformé a mi mismo en voz baja.

    Durante la mañana siguiente nos dedicamos a buscar leña o cualquier madera susceptible de arder: una silla olvidada en la calle, un carrito huérfano de burro, el cajetín de un limpiabotas descuidado...

    Nuestro refugio estaba situado en el otro extremo de la ciudad, en las proximidades de la fábrica Hispano Suiza, en unos descampados atravesados por un maloliente arroyo, el Rech. No éramos los únicos habitantes de aquellos andurriales y eso requería defender nuestras propiedades, por la fuerza si era necesario. Nunca en mi vida he visto miradas más amenazantes que las que proyecta un mendigo sobre otro algo menos pobre que él. Éramos compañeros de miseria mientras que nos sobrara de nada, pero el ocasional día en que resplandecía un juego de cucharas robadas o cualquier otra propiedad que desigualaba nuestras pobrezas, era menester deshacerse lo antes posible del nuevo patrimonio, antes de que nos viéramos inmersos en una batalla campal.

    Una semana más tarde, Antonio Roure y yo nos sentíamos perfectamente integrados en aquel lugar.

    Recuerdo con tristeza la noche en la que oficialmente volví a nacer. Sí. Raimundo Mestre, el Guindilla, venía muy contento, con tres palomas atrapadas en el interior de su productivo saco. Se sentó a mi lado y alargó el brazo.

    —Ya tienes papeles...

    Cogí la cédula de identificación que me ofrecía y la leí en voz alta:

    —Oriol Puig Vilagut, hijo de Tomasa y de José, nacido en Barcelona el día...—levanté la mirada y protesté—. Tiene cinco años más que yo.

    —Pareces mayor, Joan... digo, Oriol—me tranquilizó Antonio Roure.

    — ¿Qué ocurrirá si alguien descubre que ese no soy yo?

    —Los muertos no hablan—contestó el Guindilla lacónicamente al mismo tiempo que extraía la jaula de palomas.

    — ¿Sus padres...? ¿La policía?—apostillé.

    —Son solo papeles, pero van a misa. Nadie cuestionará tu identidad... En cuanto a sus padres ¿Quién sabe? Tal vez no sobrevivan a la epidemia de gripe o al disgusto por la muerte de su hijo. Jamás te los encontrarás cara a cara. Barcelona es demasiado grande... Nadie va por la calle en busca de un fallecido.

    Solo terminar aquellas palabras, el Guindilla retorció la cabeza de una de las palomas. Murió tan súbitamente como ya acababa de adoptar mi nueva identidad, mi definitiva identidad. Entonces no podía saber que aquella cédula de identificación me iba a permitir escapar de una cruenta guerra y que posiblemente me otorgaba la posibilidad de sobrevivirla. Súbitamente acababa de cumplir los diecinueve años. Tenía que hacerme hombre y eso implicaba realizar una visita al barrio Chino de la ciudad.

    Pobre de mí. ¡Qué mal rato pasé cuando aquella chiquilla se propuso cumplir con su ritual de iniciación a la adultez! Apenas tuve tiempo de desvestirme que ya había terminado cuanto había ido a hacer allí. Ella me tranquilizó y me propuso permanecer durante media hora más en aquella pestilente habitación. De ese modo mis amigos no descubrirían la verdad. Me habló sobre ella. Se llamaba Lisbone; incluso me confesó su apellido: Llorca; aunque debía de llamarla Parisina si decidía reencontrarme con ella; al menos, mientras hubiera otra gente a nuestro alrededor. Tenía dieciséis años y me confesó que también ella había huido de un Orfanato de Tarragona. Tenía un proxeneta, como todas las mujeres de allí, pero no quiso desvelarme su nombre. No fue la primera vez que hice el amor, puesto que salí virgen de allí, pero sí la primera chica de la que creí enamorarme. De la que me enamoré ¡Por Dios! ¿Para qué mentir? Reconozco que fue el primer amor de mi vida.

    Nos vimos a escondidas durante algunas semanas más, como amigos, sin sexo de por medio, aunque yo regresaba todas las noches a mi poblado con un tremendo dolor en la entrepierna. Al fin ocurrió lo que yo tanto anhelaba, y me gustó. Tanto me gustó que repetí una y otra vez.

    Nuestro amigo Guindilla prosperaba con rapidez. De algún modo consiguió un carné de la FAI y nos afilió a los demás. Le dieron trabajo en unos grandes almacenes de la calle del Carmen, El Indio. Le pagaban poco, pero obtuvimos sustanciales ganancias con la venta callejera de paños, gamuzas, bayaderas, telas de terciopelo, pañuelos de seda... robadas, por supuesto. Pronto nos dimos cuenta de que el producto con mayor salida, especialmente entre las prostitutas de la calle de las Tapias y entre algunos ricachones burgueses, consistía en la venta de lencería; medias fundamentalmente. Para ocasiones solemnes, como ocurría en los incesantes entierros, nos hacíamos con las consabidas prendas de luto. En ocasiones llegamos a recomprar

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