Voces del silencio
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Silvestre Hernández
Silvestre Hernández Psicólogo Clínico, Diplomado en Psiquiatría y Psicología Social, y en Psiquiatría intercultural. Premio Internacional de novela Emilio Alarcos Llorach. (Jurado constituido por: Rosa Regás, Juan Cruz, Caballero Bonald, Josefina Martínez, Juan de Lillo y Fulgencio Argüelles). Premio de narrativa Ciudad de Badalona, Premio de narrativa Solsticio de Verano, Premio de Novela Histórica Leandre Colomer. Finalista de novela Ciudad de Barbastro, Finalista del premio de relatos Nueva Acrópolis, Finalista en el certamen de relatos Los premios, Finalista del certamen de cuentos Edisena. Finalista del XLVII Premio Ateneo Ciudad de Valladolid de novela, por la novela MAREA NEGRA (Jurado compuesto por: Luis Mateo Díez, José María Merino, Elena Santiago, Javier Maqua y María Aurora Viloria.) Finalista del certamen de novela juvenil de Badalona, 2005. Experiencia como corresponsal de La Comarca y colaborador en diversas publicaciones: Turia, Diario de Teruel, Heraldo de Aragón, revistas electrónicas varias...). Varios cuentos infantiles están siendo utilizados en Chile por educadores de calle. Los derechos de explotación de los mismos han sido cedidos para ese país al taller de cuentos de Felipe Corvalán. Profesor en centros privados y públicos, impartiendo diversas materias. Jefe de la Unidad de Programas educativos del Ministerio de Educación y Cultura. Asesor en Centro de Profesores y Director de Instituto de Educación Secundaria. Ha impartido diversos talleres de escritura y ha sido miembro de jurados en diversos certámenes literarios. Participante en distintas ferias del libro y coautor en diversas novelas en castellano y en catalán. Autor y coorganizador de una de las primeras novelas colectivas realizadas en España, posiblemente la primera que se hizo. Si bien la mayoría de sus novelas tienen carácter histórico o son del género policíaco, también ha escrito ciencia ficción, diversos ensayos e incluso alguna que otra novela infantil y juvenil, además de numerosos relatos. En estos últimos años ha compaginado su amplia actividad creativa en el mundo de la escritura con las reseñas literarias y con su faceta de conferenciante en centros tan prestigiosos como el Ateneo de Barcelona, en programas de animación a la lectura, en diversas jornadas culturales y en actividades programadas por la Asociación Aragonesa de Escritores.
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Voces del silencio - Silvestre Hernández
PRÓLOGO
Apenas concedemos importancia al silencio cotidiano, al que nos acompaña la mayor parte de nuestras vidas. Desde el feto que se defiende con pataleos cuando siente miedo ante alguien que oprime su mágica guarida; o desde las secretas voces e imágenes que ocupan el tiempo y la vida del recién nacido hasta las fantasías oníricas de los adultos que dan rienda suelta a tantos anhelos y temores. Las voces silenciosas de los celos amargos, los remordimientos, los presagios, las intuiciones, los deseos más recónditos. Ese amanecer depresivo sin sentido o la alegría sin motivo; el miedo a fracasar y las expectativas de éxito. Cuando la chispa se rompe en la pareja o nos arrolla un nuevo amor. El hijo que se aleja en silencio. Las alucinaciones en la locura, con sonidos más allá de la realidad. Las palabras que azuzan al asesino a cometer su delito; y muy especialmente ciertas voces del silencio que convierten a un ser perfectamente normal en un asesino implacable sin capacidad para evitarlo ni para comprender qué le sucede o por qué comete su crimen. ¿Cómo es posible que personas distintas, en lugares diferentes y con personalidades tan dispares, sin conocerse absolutamente de nada, lleguen a cometer crímenes similares? Cada día asistimos en los medios de comunicación a asesinatos múltiples aparentemente absurdos, incluso con víctimas y verdugos en edad infantil o en las últimas primaveras de su vida. ¿Hay algo en común detrás de esas muertes, de sus homicidas surgidos del anonimato y de sus frecuentes suicidios? A ese apasionante interrogante se enfrenta el autor de esta novela de ficción o, tal vez no, quizás haya más realidad que ficción en el intento de responder a esta cuestión. Tú, como lector o lectora, forjarás tu propia opinión cuando acabes de leer este libro, siempre y cuando consigas llegar hasta el final.
Silvestre Hernández
ÍNDICE
PAUSA EN EL SILENCIO
FUERA DE CONTROL
BAMBANEO
CONTRACORRIENTE
«TELECARDIOSURVEY»
INTERMISIÓN
SUPÉRSTITE
PAUSA EN EL SILENCIO
Apenas un hilo de luz atraviesa el resquicio de la persiana mal cerrada, que despierta la penumbra de la habitación y aporta un tenue calor a las húmedas paredes. La sala comienza a mostrar tímidamente su inmensidad, las estanterías repletas de libros, la pared plagada de títulos y diplomas en diferentes idiomas, muebles antiguos procedentes de algún viejo hospital. En un rincón, todavía oculta a la incipiente luz, se adivina una naciente telaraña avanzando hacia la pesada cortina, aún sin color, que aguarda mayor claridad para mostrar su fortaleza rojiza y malva. Un tenue murmullo rompe súbitamente el silencio casi al unísono con el viejo radiador de hierro colado, que se expande perezosamente con crujidos tintineantes, saciándose con el agua cálida que reinicia su camino tras una gélida noche primaveral. La puerta de la habitación se abre tímidamente y una sombra avanza con pesadez, directamente hacia un gran sillón sobre el que se deja caer como cuerpo inanimado. Renace el silencio, la pequeña araña se detiene en su guarida, el agua amansa su caudal en su periplo por las viejas tuberías señoriales, mientras la sombra permanece en el diván, perfectamente integrada con el resto de objetos exánimes, inmóvil, absolutamente inmóvil, como si siempre hubiese formado parte de ese lugar.
Transcurren algunos minutos sin que el tiempo parezca avanzar. Los rayos de sol se abren paso a través de la ventana y el jolgorio de los pájaros anuncia la venida de un nuevo y soleado día. La vieja techumbre cruje misteriosamente despertando a sus ancianas maderas al preciado calor. Un cercano reloj de cuco anuncia impasible las ocho y casi al mismo tiempo un majestuoso gallo acude a su diaria cita para replicarle en la lejanía.
La puerta del despacho se abre ahora de par en par y una figura humana, mucho más ágil y jovial que la anterior, avanza con paso firme a través de la penumbra. Se acerca a la ventana mientras bosteza abiertamente y levanta la persiana hasta sentirla golpear contra el techo. Contempla por unos instantes el encendido amanecer, se despereza nuevamente estirando los brazos hasta su confín y, tras bostezar escandalosamente, se sienta junto a la mesa. La luz se estrella contra la espalda de modo que aún no se adivina su semblante, aunque los ojos resplandecen en la oscuridad de su rostro, una mirada húmeda, tal vez de sueño, quizás llorosa por la emocionante mañana. Durante algunos instantes permanece inmóvil, sin pestañear, absorto en sus propios pensamientos; luego suspira y se coloca en disposición de trabajar. Toma una carpeta en sus manos, la abre y comienza a leer en voz alta:
Expediente: 5/4312. Paciente: Manuela Ros Soldrich. Edad: 67 años. Lugar de nacimiento: Linares (Jaén). Procedencia: Hospital Psiquiátrico de Santa Cruz y San Pablo (Barcelona). Tiempo de ingreso: 43 años. Expediente: no consta, posible extravío en el anterior Hospital. Patología: No presenta ningún patrón general de trastorno salvo su excesiva dependencia hacia la Institución. Tratamiento: XL25. Observaciones: La paciente asegura insistentemente que fue ama de llaves en el Hospital. Cabe la duda de que realmente fuese catalogada erróneamente como enferma mental durante el traslado de pacientes desde el anterior hospital.
—¡Sí, es cierto! —añade una voz ronca, desgastada por el paso de los años, e inmediatamente seguida de una compulsiva tos nerviosa, que interrumpe la lectura del joven médico que levanta su mirada presa de inquietud por lo que la paciente haya podido escuchar. La observa con atención mientras la mujer trata inútilmente de esquivar su mirada hasta que, por fin, esconde la cara entre las manos y vuelve a hablar.
—¡Sí, es verdad, doctor! Todo lo que dice ese escrito sobre mí es cierto: yo era la ama de llaves.
El médico se siente avergonzado por no haber adivinado la presencia de la enferma y trata de disculparse hablándole con amabilidad.
—¡Buenos días, Manuela! No me había percatado de que estaba usted aquí. ¿Hace mucho que me espera? ¿Qué tal se encuentra hoy?
—Doctor, si me pregunta tan de corrido no me da tiempo a responderle. Además, con la edad se me olvidan las preguntas cuando van de dos en dos. Así que contestaré a su primera cuestión: ¡Muy bien, doctor!, me encuentro muy feliz, solo me pasa que no consigo dormir... siempre me ocurre antes de una nueva entrevista. De todas formas, y como dice en ese papel, yo nunca he estado enferma como los pobreillos desgraciados de ahí afuera.
El médico no sale de su asombro ante la posibilidad de tener hospitalizada a una mujer sana como enferma mental.
—Y entonces, ¿por qué sigue usted ingresada?
La paciente muestra evidentes deseos de hablar, aunque continúa sin atreverse a mirar al doctor a los ojos. Su mirada esquiva e inquieta se concentra en la ventana, como si tratase de visualizar el horizonte, a pesar de la opacidad de su mirada que delata que no viaja más allá de su propio interior. Tan solo deja manumisos sus brazos, que acompañan a una delirante verborrea mediante floreados ademanes.
—Usted ya sabe que no tengo marido, ni hijos, ni familia... ni siquiera un hogar al que acudir. Toda mi vida ha transcurrido entre las cuatro paredes de alguna clínica. Por eso, el viejo doctor Dupré, que en paz descanse, ya en el otro hospital, que cerraron para construir pisos tras engañarnos a los enfermos con excusas de que nos trasladaban provisionalmente porque nos iban a construir un hospital mucho mejor, me aseguró que no debía preocuparme por nada. Incluso me juró que siempre podría disponer de cualquiera de sus clínicas mientras yo viviera. ¡Me lo juró por Dios y porque se iba a morir si no cumplía su palabra. Claro que ahora ya no puede morirse si no cumple, como que ya está muerto... y bien muerto, pero no se murió por mi culpa ¡Se lo juro! Él nunca incumplió su promesa. Él se murió, el doctor se murió... Por esto no consigo dormir cuando me avisan de que un nuevo médico quiere hablar conmigo. Siempre me oprime el pecho el temor de que vayan a sacarme de aquí. ¡Tengo miedo... mucho... mucho miedo!
La anciana se sumerge en un profundo sollozo, claramente angustiada por su futuro. El médico la observa desconcertado.
—Tranquilícese, Manuela. Yo estoy aquí para ayudarla: soy consciente de que usted no me conocía y que por eso recela de mis posibles decisiones. Cálmese, Manuela, permanezca tranquila, que no pienso hacerle ningún daño. De todos modos, yo jamás decidiría nada sin antes consultarlo con su anterior psiquiatra, el doctor Viger. Venga, tranquilícese y respóndame a una última cuestión.
La paciente levanta la cabeza y muestra una fugaz sonrisa, al tiempo que toma el valor suficiente para mirar al médico directamente a los ojos, como si tratase de averiguar la certeza, tal vez el engaño, que encierran sus palabras.
—¡Qué bueno es usted doctor! ¿Cómo se llama, por favor?
—Discúlpeme, Manuela, pero con la sorpresa ni siquiera me había presentado todavía: soy el Doctor Parera. Ahora ponga atención y contésteme, por favor.
—¡Qué bonito nombre! ¡Me gusta! ¿Me puede repetir la pregunta?
—Aún no se la había formulado, pero desearía saber si en estos últimos años ha salido alguna vez al exterior, a la calle.
La paciente titubea unos instantes antes de responder. Luego, con voz vacilante, aún con cierta desconfianza manifiesta en la mirada:
—Sí, sí que he salido: la última vez hace ahora... cinco... siete.., ¡Diez años y cuatro meses! Pero no me gusta el mundo de afuera. Prefiero vivir aquí. Me siento mucho más segura ¿Por qué me lo pregunta? ¿No querrá abandonarme en mitad de la calle?
La paciente muestra un miedo aterrador en la mirada.
—¿Acaso no le gustaría salir durante unas horas?, conversar con la gente, pasear entre los árboles, escuchar el trinar de los pájaros, comprase algo bonito ...
La mujer comienza a temblar evidenciando un miedo atroz.
—¡No, nunca! Soy demasiado vieja para caminar sola por la calle. Solo aguardo a morirme, en cuanto llegue mi hora, que está muy cercana, aquí, en mi casa.
El doctor Parera no puede refrenar sus ansias por conocer a la paciente un poco más.
—¿Le queda algún familiar? ¿No le gustaría reunirse con sus parientes... amigos...?
Manuela deja de temblar súbitamente y su fisonomía se endurece. Levanta la cabeza desafiante y mira fijamente al médico, con un extraño brillo en la mirada que proyecta un pensamiento que permanecía oculto en lo más hondo de su mente: una mezcla de odio y desencanto que confunde por unos instantes al doctor Parera.
Manuela ha cambiado su actitud sumisa para hablar ahora con firmeza, impregnando sus palabras con una inusitada aspereza.
—Mire. Usted me cae muy bien y no voy a mentirle, doctor: creo que sí, que tengo un hijo, pero nunca ha venido a verme; aunque el doctor Viger intenta engañarme diciendo que me visita muchas veces, mientras estoy dormida. Es igual que con esas pastillas amarillas que tomamos todos: yo sé que no me sirven para nada, porque no puede ser que a todos nos den la misma medicación ya que existen muy diversas enfermedades. También sé que muchas veces se investiga con nosotros y es por eso que, durante largas temporadas, todas las pastillas son iguales: es lo mismo de siempre, aquí y antes, ahora y en todas partes. Pero yo no voy a decir nada, soy como un conejillo de indias que ni oye ni habla: me tomo las pastillas, y en paz, que tampoco me van a hacer daño. Yo engullo toda la medicación que le venga en gana pero, por favor, no se enfade conmigo y déjeme continuar viviendo en casa. Apenas como y ocupo muy poco lugar. Y si quiere, aún comeré menos, dormiré en el suelo para dejar mi cama a otros más necesitados que yo. ¡No me eche de aquí, se lo ruego!
La mujer está a punto de llorar mientras que el joven médico se muestra cada vez más confuso ante la evidente necesidad de la paciente por sentirse recluida, protegida entre las frías paredes de la Institución.
—Bueno, Manuela, no hablemos más del asunto, pero sepa que, si algún día desea un pase para salir, no hay ningún inconveniente en autorizárselo.
—Gracias Doctor, pero prefiero quedarme: se ven cosas terribles en la televisión y no me gustaría vivirlas. Aquí me siento a salvo, segura.
Parera se levanta para forzar a su paciente a hacer lo mismo. Coloca su mano sobre el hombro de la enferma y la acompaña hasta la puerta.
—¡Hasta otro día, Manuela! La semana próxima, su médico, el doctor Viger, ya habrá regresado de Irlanda y volverá a pasar su consulta habitual.
La anciana avanza lentamente. De pronto se detiene, levanta la cabeza y dirige la mirada hacia el médico, ahora manteniéndola fija en sus ojos, con una profunda ternura.
—Adiós... ¿No tendrá usted un euro?
Parera conoce perfectamente el simbolismo de esa absurda petición, que esconde la demanda de mayor atención, de una pizca más de cariño que ayude a paliar su inmensa soledad.
—No, Manuela, ya sabe usted que no, pero venga a visitarme siempre que lo desee.
La mujer baja la mano, hunde la barbilla en el pecho, y retoma su lento caminar mientras su mente se hunde más y más en el silencio de su vida. Avanza mecánicamente por los interminables pasillos repletos de enfermos, caminantes sin rumbo sumidos en el bullicio de sus mentes inquietas, sin palabras, sin expresiones que rompan el silencio o afloren a la piel, excepto en tímidas manifestaciones de pequeños tics o repentinas muecas. Sus rostros se mantienen impasibles, idiotizados por sedantes generosamente dosificados.
—¡Adiós!
El psiquiatra Sebastián Parera acaba de pasar la consulta previa a su descanso para el desayuno. Archiva el expediente de la paciente, sin atreverse a anotar algo más, como así habrá ocurrido probablemente con antecesores suyos, también incapaces de tomar una decisión que alterase el rumbo de la desdichada mujer. Cierra tras de sí la puerta del despacho y se dirige a su veterana enfermera.
—Remedios, me voy a almorzar. No llame a nadie más hasta dentro de media hora.
—Como usted diga, doctor. Aunque esta mañana no tiene previstos más tratamientos a pacientes internos, hasta las 11, con una visita concertada por el doctor Viger.
Parera, sale de la Clínica Mental Simpson-Dupré,
perteneciente a la Cosmorama International Corporation
, con sedes principales en Nueva York, París y Tokio. Esta empresa es una más de la infinidad de clínicas que la Corporación posee, repartidas por todo el globo; presenta, eso sí, la peculiaridad de encontrarse instalada en una zona rural alejada de las grandes urbes, cerca de un pequeño pueblo de Teruel, Peñarroya, de apenas 500 habitantes. Sebastián Parera, al igual que gran parte del personal sanitario, reside en Zaragoza, a 140 Km de distancia, y acostumbra a viajar todos los días a la ciudad para alejarse momentáneamente de este mundo alienado, tratando de recuperar cierta estabilidad al lado de su familia. Tan sólo el gerente, Richard Dupré, pasa largas temporadas viviendo en el mismo hospital. Su padre, el magnate Anaïs Dupré, es, junto a Elliot Simpson, el propietario principal de Cosmorama y de un centenar de empresas farmacéuticas afiliadas, aunque nunca ha visitado la provincia de Teruel ni, por tanto, su pequeña clínica rural. El viejo Dupré controla la empresa desde París, mientras que Simpson se encarga personalmente, desde Nueva York, de otros negocios dentro de la industria farmacéutica y el mundo de las telecomunicaciones.
Sebastián es un psiquiatra joven, con apenas tres años de experiencia real. Es un convencido entusiasta de las terapias psicoanalíticas, a las que prefiere por encima de un uso desmedido de fármacos y otros tratamientos traumatizantes para los pacientes, y que desecha por norma, al considerarlos altamente peligrosos, como ocurre con el tristemente resucitado electroshock. Su entusiasmo por las terapias lentas, no agresivas, con gran atención al enfermo y a su entorno, choca frontalmente con la concepción de empresa del Dr. Dupré quien prefiere terapias
