Historia de la enfermedad actual
Por Anna DeForest
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Áspero como una superficie corroída, este relato electrizado es una inmersión profunda, sincera y brutal en la dimensión humana de la práctica médica. Primera obra de ficción de Anna DeForest, se presenta en esta edición en la traducción rica y resonante de Daniela Bentancur.
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Historia de la enfermedad actual - Anna DeForest
HISTORIA DE LA ENFERMEDAD ACTUAL
ANNA DEFOREST
Traducción
DANIELA BENTANCUR
FIORDO · BUENOS AIRES
ÍNDICE
Sobre este libro
Sobre la autora
Otros títulos de Fiordo
Anatomía
Trato con pacientes
Juicio clínico
Formación reactiva
Atención infantil
Familia de origen
Muerte artificial
Exploración física
Medidas extraordinarias
Suspensión de cuidados
Demostración de fuerza
Sin signos de gravedad
Duelo patológico
Informe de alta
Hora del fallecimiento
Terapia de contención
Tolerancia al malestar
Objetivos de cuidado
Agradecimientos
SOBRE ESTE LIBRO
«Los médicos odian que les digan cómo decir las cosas», dice la narradora de Historia de la enfermedad actual, el relato de sus años de formación como médica en un hospital de Nueva York. Pero el problema de nombrar es justamente el centro de esta historia que recorre guardias, pacientes, terapias, estudios y salas de cuidados paliativos: el problema de ponerle nombre a la pérdida, de narrar el trauma, el propio y el de los demás, y con ellos el desapego, el anonimato, la indiferencia y la automatización que asolan una profesión tan consagrada a mantener la muerte a raya que a veces se confunde con la omnipotencia.
Áspero como una superficie corroída, este relato electrizado es una inmersión profunda, sincera y brutal en la dimensión humana de la práctica médica. Primera obra de ficción de Anna DeForest, se presenta en esta edición en la traducción rica y resonante de Daniela Bentancur.
SOBRE LA AUTORA
Anna DeForest es neuróloga por la Universidad de Columbia y trabaja como médica en el área de cuidados paliativos del Memorial Sloan Kettering Cancer Center, en la ciudad de Nueva York. Realizó un MFA en Brooklyn College y su trabajo ha aparecido en la Alaska Quarterly Review, el Journal of the American Medical Association, el New England Journal of Medicine, y The Paris Review.
OTROS TÍTULOS DE FIORDO
Ficción
El diván victoriano, Marghanita Laski
Hermano ciervo, Juan Pablo Roncone
Una confesión póstuma, Marcellus Emants
Desperdicios, Eugene Marten
La pelusa, Martín Arocena
El incendiario, Egon Hostovský
La portadora del cielo, Riikka Pelo
Hombres del ocaso, Anthony Powell
Unas pocas palabras, un pequeño refugio, Kenneth Bernard
Stoner, John Williams
Leñador, Mike Wilson
Pantalones azules, Sara Gallardo
Contemplar el océano, Dominique Ané
Ártico, Mike Wilson
El lugar donde mueren los pájaros, Tomás Downey
El reloj de sol, Shirley Jackson
Once tipos de soledad, Richard Yates
El río en la noche, Joan Didion
Tan cerca en todo momento siempre, Joyce Carol Oates
Enero, Sara Gallardo
Mentirosos enamorados, Richard Yates
Fludd, Hilary Mantel
La sequía, J. G. Ballard
Ciencias ocultas, Mike Wilson
No se turbe vuestro corazón, Eduardo Belgrano Rawson
Sin paz, Richard Yates
Solo la noche, John Williams
El libro de los días, Michael Cunningham
La rosa en el viento, Sara Gallardo
Persecución, Joyce Carol Oates
Primera luz, Charles Baxter
Flores que se abren de noche, Tomás Downey
Jaulagrande, Guadalupe Faraj
Todo lo que hay dentro, Edwidge Danticat
Cardiff junto al mar, Joyce Carol Oates
Sobre mi hija, Kim Hye-jin
Todo el mundo sabe que tu madre es una bruja, Rivka Galchen
El mar vivo de los sueños en desvelo, Richard Flanagan
Un imperio de polvo, Francesca Manfredi
Yo sé lo que sé, Kathryn Scanlan
Desolación, Julia Leigh
No ficción
Visión y diferencia. Feminismo,
feminidad e historias del arte, Griselda Pollock
Diario nocturno. Cuadernos 1946-1956, Ennio Flaiano
Páginas críticas. Formas de leer y
de narrar de Proust a Mad Men, Martín Schifino
Destruir la pintura, Louis Marin
Eros el dulce-amargo, Anne Carson
Los ríos perdidos de Londres y El sublime topográfico, Iain Sinclair
La risa caníbal. Humor, pensamiento cínico y poder, Andrés Barba
La noche. Una exploración de la vida nocturna, el lenguaje de la noche, el sueño y los sueños, Al Alvarez
Los hombres me explican cosas, Rebecca Solnit
Una guía sobre el arte de perderse, Rebecca Solnit
Nuestro universo. Una guía de astronomía, Jo Dunkley
El Dios salvaje. Ensayo sobre el suicidio, Al Alvarez
La mente ausente. La desaparición de la interioridad en el mito moderno del yo, Marilynne Robinson
Islas del abandono. La vida en los paisajes posthumanos, Cal Flyn
Legua
Al borde de la boca. Diez intuiciones en torno al mate, Carmen M. Cáceres
El viento entre los pinos. Un ensayo acerca del camino del té, Malena Higashi
ELOGIO DE HISTORIA DE LA ENFERMEDAD ACTUAL
«Historia de la enfermedad actual es una lectura única, llena de ingenio, belleza y verdades atroces. Me ha conducido por los largos pasillos oscuros de la pérdida, y de nuevo hacia el sol. Nunca leí nada parecido. Absolutamente original y contundentemente deslumbrante».
Jenny Offill
«Este libro me partió el corazón, y después lo recompuso. La elocuencia cruda del lenguaje, la sabiduría entremezclada con el humor negro, la joven capaz de trascender los daños de su crianza; la tensión y el triunfo surgen de la certeza de que la vida de la narradora podría haber tenido una trayectoria opuesta. Se pregunta: ¿Cómo superar de dónde vienes pero seguir siendo quien eres?
. La respuesta se parece a esta novela, y es hermosa».
Amy Hempel
«DeForest mira a la muerte a la cara, la comprende cabalmente y la escribe de manera sencilla. Como todos los mortales, he necesitado este libro con intensidad, y por fin está aquí».
Sarah Manguso
«Historia de la enfermedad actual ofrece la perspectiva de una médica que lo siente todo. La escritura es onírica y fragmentaria, una secuencia vívida de escenas que quien lee debe recomponer, como un rompecabezas, para entender exactamente quién narra. La respuesta, en las últimas páginas, es una revelación».
The New York Times
«En ninguna otra parte he encontrado una sabiduría tan brutal: sobre la vida, el cuerpo, nuestra circunstancia compartida como futuros muertos, y ofrecida con tal gracia, con tal generosidad del corazón. Este debut de Anna DeForest, valiente e implacable, es como un bote salvavidas al que todos podríamos subirnos».
Garielle Lutz
«Un debut asombroso: original, creativo, por completo satisfactorio, que no solo nos conduce al interior del mundo médico sino también del espíritu humano. Anna DeForest es una escritora a la que habrá que prestarle atención».
Danielle Ofri
COPYRIGHT
Título original en inglés: A History of Present Illness
Primera edición en inglés por Little, Brown and Company, 2022
© 2022 by Anna DeForest
Publicado por acuerdo con The Gernert Company, Inc., c/o The Foreign Office Agencia Literaria SL.
© de la traducción, Daniela Bentancur, 2023
© de esta edición, Fiordo, 2023
Paroissien 2050 (C1429CXD), Ciudad de Buenos Aires, Argentina
correo@fiordoeditorial.com.ar
www.fiordoeditorial.com.ar
Dirección editorial: Julia Ariza y Salvador Cristofaro
Diseño de cubierta: Pablo Font
ISBN 978-987-4178-77-8 (libro impreso)
ISBN 978-987-4178-85-5 (libro digital)
Hecho en Argentina.
Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra
sin permiso escrito de la editorial.
DeForest, Anna
Historia de la enfermedad actual / Anna DeForest. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de
Buenos Aires : Fiordo, 2023.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
Traducción de: Daniela Bentancur.
ISBN 978-987-4178-85-5
1. Literatura Estadounidense. 2. Novelas. 3. Medicina. I. Bentancur, Daniela, trad. II. Título.
CDD 813
ANATOMÍA
Todo esto ocurrió, poco más, poco menos. He visto latir un corazón dentro de un pecho abierto. Este lugar ha sido una tierra de milagros. Ni siquiera se muere nadie hasta que se lo permitimos.
Tengo una foto del primer día, el día de los guardapolvos blancos. Nos pusimos todos en fila y unos médicos en toga doctoral nos colocaron guardapolvos cortos sobre los hombros, en los brazos. Me costó mucho, recuerdo, doblar bien los brazos para atrás, aunque seguro muchos saben qué hacer cuando les calzan un guardapolvo. Era un día sofocante, bien avanzado el verano, cuando los ricos se van de la ciudad y los pobres llegan hasta sus márgenes; huyen e invaden las playas citadinas en busca de un rato al aire libre. Durante el acto, en la ceremonia, los profesores dieron discursos, asintieron con ligereza ante las hazañas que íbamos a llevar a cabo los futuros médicos para bien de la sociedad. Pero en lo que fueron más claros y constantes y explícitos fue en lo que hace a nuestra repentina y evidente valía. Una y otra vez, todos y cada uno dijeron: Seguro son todos inteligentes, muy inteligentes; de otro modo, no estarían aquí. Todos los demás estudiantes, por algún motivo, sabían de antemano que había que usar los colores de la universidad; por ejemplo, en la corbata o en el vestido. Así que lo que me puse yo estaba todo mal, ahora me doy cuenta, igual que mis dientes, igual que mi pelo. Parezco fuera de lugar y estoy bañada en transpiración. Pero en la zona de los ojos hay cierta sensación de luz o vida; ¿de esperanza, quizá? Ahora que ya terminé, o casi, todavía no he salvado a nadie, aunque una vez le tomé el pulso a una mujer que se desmayó en el subte. Lo que dijo fue Suélteme.
Ese primer día lo terminamos empezando con anatomía. Nos hicieron ponernos un ambo en un gran salón de conferencias que estaba al lado del gabinete de trabajos prácticos; nos dividieron entre varones y mujeres con un tabique móvil. Yo traté de mirar siempre hacia el piso. Asignaron cuatro estudiantes a cada mesa; en cada una había un cuerpo boca abajo cubierto con tela absorbente empapada en fenol y glicerina. El nuestro era el de una anciana negra, casi gris, parecidísima en altura y contextura a una vecina antillana que tuve antes de venir, que dejaba un barril en el pasillo y ponía allí toda la mercadería que juntaba para mandar a casa todos los meses en un carguero. Vivía con su hermano, un hombre larguirucho que juntaba botellas y latas, que fumaba en el hueco de la escalera y hacía percusión en las paredes para acompañar música que sonaba solamente en su cabeza.
El grupo de anatomía estaba formado por dos mujeres y dos varones. Al mirar alrededor, se notaba que casi todos los grupos estaban organizados así, salvo algún desequilibrio ocasional: en la facultad de medicina, las mujeres habían empezado a constituir una ligera mayoría. En mi grupo éramos mitad y mitad. Uno de los varones era alto, blanco, bronceado, musculoso, pero no lo suficiente como para compensar su cara infantil. Por algún motivo, enseguida mencionó que tenía una casa de campo cerca donde podía quedarse los fines de semana. El otro varón era de Texas. Contaba que, cada vez que lo decía, en entrevistas o en cualquier otro lado, a continuación siempre le preguntaban de dónde eran sus padres; al parecer por el nombre que tenía o por su color de piel. Lo cierto es que no tenía acento. Todos llevábamos barbijo, lo que nos dificultaba leer las caras pero, según descubrí, facilitaba el contacto visual. La otra mujer quedó junto al libro de texto, que estaba cubierto con un plástico que lo protegía de los fluidos que pronto nos bañaron las manos enguantadas, y nos fue leyendo las instrucciones.
¿De dónde venían los cuerpos? Yo supuse que eran voluntarios, aunque, claro, seguro era difícil conseguir tantos para ese nivel de demanda; difícil encontrar suficientes personas al borde de la muerte tan comprometidas con la formación médica. Uno de cuarto año que redactaba avisos fúnebres para un diario nacional armó un grupito y nos hizo escribir obituarios para algunos cadáveres. Después de aprender los rudimentos de la técnica, teníamos que conocer a las familias o hablar con ellas por teléfono. Yo quería que
