Ser profesor y dirigir profesores en tiempos de cambio
Por Lourdes Bazarra
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La pequeña-gran revolución que necesita la escuela nace hoy de las aulas y de los claustros: está dentro de cada profesor o profesora que asume su responsabilidad de hacer posible el cambio creyendo con pasión en su tarea y en sus alumnos y alumnas.
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Ser profesor y dirigir profesores en tiempos de cambio - Lourdes Bazarra
I
SER PROFESOR
EN TIEMPOS DE CAMBIO
Capítulo 1
Para vencer la solemne tristeza de las aulas
"Una tarde parda y fría
los colegiales estudian, monotonía
de lluvia tras los cristales".
ANTONIO MACHADO
¿A cuántos de nosotros nos haría ilusión volver hoy a la escuela? ¿Con cuánto interés viviríamos durante nueve meses nuestras clases si fuésemos nuestros propios alumnos? ¿Cuánto hay en nosotros de apetecible, de interesante, como profesores?
Decía Daniel Pennac en su libro Como una novela que un profesor se convierte en seguida en un viejo profesor
. Cualquiera de nosotros sabemos en qué momento profesional nos encontramos. Si estamos eligiendo la comodidad antes que la felicidad o la aventura. La respuesta nos viene a través de los pequeños detalles:
¿Qué cercanía hay entre lo que pasa en el mundo, en la vida de cada uno de nosotros y los ejemplos, las referencias, los textos que yo propongo en clase?
¿Cuánto tiempo hace que no siento el nerviosismo de probar metodologías y materiales nuevos?
¿En qué época sitúo la mayoría de mis ejemplos?
¿El libro de texto es mi fin, el límite, o es un punto de partida?
¿Qué relación establezco con mis alumnos y alumnas? ¿En qué consideración intelectual y humana les tengo?
Desgraciadamente, una de las conversaciones menos habituales entre profesores trataría con entusiasmo, con análisis crítico y creativo, sobre lo que estamos haciendo en el aula. Demasiadas veces nuestro trabajo está rodeado de silencio, de soledad, de inercia, de algo que está dictado desde fuera a través de los programas y en lo que no nos sentimos implicados. En esa elección no sólo pierden los alumnos. Perdemos también nosotros como profesionales y como adultos, porque dejamos de lado el temblor, el error, la estrategia, la curiosidad, la innovación.
En ese sentido, los educadores que consiguen mantener la ilusión y el valor hacia su trabajo, pese a las circunstancias en las que lo desarrollan, se debe a su propio deseo de motivarse, de cuidarse, a su profesionalidad, pese a las condiciones exteriores (ya sean sociales, de aula, o de organización educativa en los Centros). Su capacidad de análisis y de escucha hacia ellos mismos y hacia sus alumnos, consigue aulas donde motivación y diálogo, alegría y afecto, son dos rasgos naturales que hacen posible su proyecto educativo.
El aficionado hace bien las cosas cuando está de buen humor y todo le sale a pedir de boca. El profesional trabaja bien, independientemente de las circunstancias. Lo que hay detrás de un profesional es la paciencia y la perseverancia
.⁴
Cuando estamos convencidos de que cada asignatura, cada lección o aprendizaje, abren una puerta al misterio de interpretar y entender la vida, las aulas se convierten en un espacio de dinamismo emocional y racional. ¿Por qué decir soy profesor no equivale aún a sinónimo de profesionales de vanguardia? Profesionales caracterizados por:
La pasión por investigar e innovar. Estar a la última
Su potencial como buenos comunicadores y buenos escuchadores.
Su capacidad para elegir y crear las mejores estrategias que ayuden a un grupo y a cada alumno a encontrar los cauces para comprender y comprenderse mejor.
Estar preparados para enseñar sobre la vida y el mundo a los futuros gobernantes , los que construirán el mundo en el que nos tocará vivir.
¿Es ése el perfil que caracteriza mejor nuestro trabajo en el aula? ¿Les pueden a nuestros alumnos el deseo y la curiosidad de compartir con nosotros un curso, un día de clase? ¿Cuánto empeño ponemos en ello? No debiéramos olvidar, como afirma Borrell, que un profesional exigido es un profesional valorado
.
Hay una historia ya clásica en la que se narraba cómo un ser humano abandonaba la tierra y viajaba, durante un tiempo, a la velocidad de la luz. A su regreso al mundo, él apenas tenía unos años más pero para el resto había transcurrido muchísimo tiempo. Nada menos que varios siglos. De su desconcierto –no reconocía en nada algo conocido– sólo le consoló el único sitio que seguía igual que siempre: la escuela.
Tal vez el vertiginoso cambio en el que nos ha situado el cambio tecnológico, nos ha cegado frente a la verdadera revolución pendiente que necesitamos afrontar educadores y escuela. Como afirma Edgar Morin en La mente bien ordenada, el cambio de la escuela sólo es posible con un cambio de mentalidad: mirar, leer, interpretar la realidad con ojos nuevos. Y, además, en nuestro caso, decidir cómo enseñamos a entrar en este mundo a niños y adolescentes.
Hace cien años, Machado –a través de Juan de Mairena– abría el nuevo siglo con una exigencia apasionada: vencer la solemne tristeza de las aulas. El final del XIX y comienzos del XX vivió en nuestro país un tiempo de confianza, de investigación, de pasión educativa a la que mereceríamos regresar. Existía en la Generación del 98, en la Institución Libre de Enseñanza, la confianza de que la educación era capaz de hacernos mejores, como individuos y como sociedad. Que el conocimiento, el diálogo, el descubrimiento, nos permitían desarrollar lo más humano de cada uno de nosotros.
Para su pequeña-gran revolución, Machado no proponía como equipaje grandes leyes, grandes modelos sino un cambio íntimo en el que el primer protagonista fuera el maestro, el educador. Un cambio hecho de palabra, de gestos aparentemente pequeños que hicieran tambalearse, cuestionarse, cambiar y mejorar no sólo las aulas sino la vida.
Y hoy, ¿qué sería necesario para que la vida en las aulas no estuviese presidida por lo previsible, por las respuestas sabidas, por lo conocido? ¿Qué necesitamos recuperar para que la emoción, la curiosidad, los valores, el pensamiento y la creatividad, sean rasgos que, a través de la suma de todos nosotros como educadores, los alumnos interioricen como actitudes vitales a través de las cuales aprendan a relacionarse con la vida y con ellos mismos?
Por primera vez en la historia, nuestro sistema educativo se plantea ir más allá de la enseñanza, para ofrecer educación. Estos cambios revolucionarios no están exentos de problemas y contradicciones. Y las naciones que no sean capaces de superar las nuevas dificultades y de reorganizar sus sistemas educativos para responder al desafío de esta tercera revolución educativa, no tienen más alternativa que afrontar la decadencia
.⁵
Para que como profesores seduzcamos, para que comuniquemos rigor, pasión, entusiasmo, los primeros que necesitamos sentirnos persuadidos, seducidos por la vida, somos nosotros mismos. Tanto en el dolor como en la alegría de estar vivos, de estar aquí.
Actualmente, la mayoría somos conscientes de que se ha cumplido el tiempo de una forma de trabajo, de vida y de organización en el aula. La heterogeneidad, la diversidad de intereses, culturas, actitudes, es el reto al que nos enfrentamos. Y modelos que funcionaban hace diez años ya no son válidos. Mantenerlos y añorar es lo que trae muchas veces de la mano la desmotivación, la pasividad e, incluso, la indisciplina con la que es tan difícil convivir sin caer en la tristeza o en la indiferencia. Dos rasgos que son ajenos a un buen educador. Porque uno de nuestros grandes retos es conseguir poner en comunicación y en diálogo al alumno con la realidad a través de la asignatura, a través de la metodología.
Pocos profesionales tienen la posibilidad de ser escuchados, de ser modelo y referencia –positiva, indiferente, negativa– durante cinco días a la semana, durante nueve meses al año –a veces incluso repetimos– por niños y adolescentes que se están haciendo y formando.
De todas las posibilidades que se abren ante nosotros en este momento de crisis y de cambio ¿qué estamos eligiendo individual y colectivamente como profesionales de la educación? ¿Cómo respondemos como espectadores o como protagonistas? ¿Qué forma de entender y de relacionarnos con este mundo en continuo cambio vamos a enseñar a nuestros herederos? ¿Qué forma de vivir serán capaces de articular nuestros alumnos a partir de los aprendizajes que les damos?
En el eje de todas esas preguntas, en esa búsqueda que necesitaría caracterizarnos como educadores, se sitúa esta primera parte del libro: ser profesores en tiempos de cambio.
El mundo necesita educadores a través de los cuales los niños desarrollen y compartan el afecto y la esperanza
Por la VIDA
Por el SER HUMANO
Con creatividad, con pensamiento crítico, con una cultura de saberes que se relacionan y necesitan.
Es esta opción la que nos lleva al orgullo, a la exigencia, al placer, a los retos. Porque dentro de esa elección está, pese a las dificultades de cada día, ese rasgo que el periodista Juan Cruz recordaba como la característica más acusada de uno de sus profesores más queridos, el filósofo Emilio Lledó. Un hombre con una vida durísima. Intensa en el dolor, en el desprendimiento, en la alegría. Y a quien sus alumnos recuerdan como un profesor feliz. Profesores felices cuyo amor por la vida y los seres humanos procede del conocimiento de su dureza y su realidad tan compleja.
Nuestra profesión es una profesión de riesgo. Es cierto. Una profesión de riesgo vital y personal si se asume desde su sentido más profundo. Ni un solo apartado de nuestra personalidad, de nuestra vida, queda al margen o se omite cuando entramos en el aula y convivimos en profundidad con el pensamiento, con los sentimientos, de nuestros
