Llamada y proyecto de vida
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Este libro despierta la necesidad de hacer un alto en el camino y confrontarse con uno mismo para preguntarnos si nuestra vida es realmente "nuestra vida" o estamos actuando, desempeñando un rol, si somos los autores o si, por el contrario, somos meros actores de nuestra vida. El autor escribe desde su experiencia docente y de acompañamiento de jóvenes, donde ha trabajado la desembocadura de estas preguntas en el descubrimiento de su llamada a ser persona y a elaborar su propio proyecto vital.
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Comentarios para Llamada y proyecto de vida
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Feb 25, 2025
Un libro que me ha ayudado mucho a ayudar a otros. Simplemente gracias!
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Llamada y proyecto de vida - Xosé Manuel Domínguez Prieto
A Raquel Domínguez, a la escucha de su llamada.
A Masu, en plenitud de su llamada.
A Charo Abaitúa y mis amigos del Proyecto Hombre,
porque viven con pasión su llamada y responden
acompañando a otros
en la búsqueda de la suya.
A Andrés Cantos y Ramón Lis, cuya invitación a trabajar sobre la llamada
está en el origen de estas páginas.
A Leticia Asencio de García,
cuya luz ilumina la llamada de muchos terapeutas.
1
INTRODUCCIÓN
Son muchas las personas que, en un momento u otro, se preguntan a qué están llamados en la vida, qué van a hacer de su vida y, en el fondo, quiénes son. Otros quizá se cuestionan si lo que hacen es realmente aquello a «lo que se sentían llamados a hacer», o si es lo mejor que podrían hacer. Todas estas preguntas son las que, frecuentemente, las personas nos hacemos en la juventud, cuando comienza a asomar la madurez, cuando empezamos a interrogarnos qué estamos haciendo con nuestra vida, qué es lo que queremos hacer, cuál será el mejor camino para vivir uno mismo, para ser «auténticos». Pero, al fin y al cabo, es una pregunta que nos acompaña el resto de la vida, porque ser persona es estar siendo persona, y porque nunca acabamos de recorrer la distancia entre lo que somos y lo que estamos llamados a ser. Por ello, nunca está de más que, alguna vez, haciendo un alto en el camino, nos confrontemos con nosotros mismos para preguntarnos si nuestra vida es realmente «nuestra vida» o estamos actuando, desempeñando un rol, si somos los autores o si, por el contrario, somos meros actores de nuestra vida.
Ánimo, pues, y hagamos juntos este camino, camino no apto para mediocres, para aquellos que prefieran vivir desde lo que otros quieren de él, desde lo que se le propone, se le dice o se le ordena, desde el ambiente o desde la mentalidad dominante. Camino no válido para cómodos, para aburguesados, para instalados.
Comencemos juntos, pues, a reflexionar sobre este camino, que algunos quizá comienzan a andar y otros ya llevan avanzado. Atrevámonos a recorrer juntos este camino, que nos llevará más allá de nosotros mismos desde nosotros mismos. Y al final del libro, si ha sido para ti realmente un compañero de viaje, se dará una situación paradójica: te harás más preguntas de las que te hacías al comienzo, preguntas que este libro no contesta porque solo pretende llegar a donde podamos llegar juntos. Hay un momento en que cada uno tiene que seguir su camino particular y atreverse a afrontar las grandes preguntas por sí mismo. Ojalá te llegue ese momento, como también me ha llegado a mí.
Antes de comenzar quisiera decir que las páginas que siguen se dirigen, de modo teórico y práctico, a acompañar la reflexión y la búsqueda de esta llamada constitutiva, y la elaboración de un proyecto personal de vida que responda a dicha llamada. Por nuestra experiencia en el acompañamiento de jóvenes y en el trato con educadores, psicólogos y terapeutas, hemos llegado a la conclusión de que, en última instancia, todo proceso de crecimiento personal, al igual que todo proceso educativo y terapéutico, debe desembocar en poner a la persona en disposición de encontrarse con su propio rostro, con el descubrimiento de su llamada a ser persona y a ser «esta persona concreta», para después acompañarla en el proceso de elaborar, sobre este descubrimiento, su propio proyecto vital.
1. Hacia un acompañamiento terapéutico y educativo
personalizador
Frecuentemente, cuando una persona que considera que sufre alguna alteración psicológica asiste a un psiquiatra, el grueso de la actividad del profesional, tras una más o menos prolongada anámnesis, se limita a colocarle la etiqueta de «trastorno de ansiedad generalizada», «trastorno obsesivo compulsivo», «episodio depresivo», «distimia», «trastorno bipolar», «anorexia» o «paranoia», para, a continuación, recetar diacepam, clonazepam, lorazepam, clomipramina, un neuroléptico o un ansiolítico. Lo que ha tenido lugar, en realidad, ha sido una cosificación tanto de la persona como de la propia enfermedad. En estos casos, cada vez más frecuentes, la persona queda reducida a un organismo portador de un trastorno funcional que ha de ser eliminado mediante tratamiento farmacológico. Queda al margen la persona y su vida, la etiología profunda de su mal, el porqué y, sobre todo, el para qué de su alteración. Se tiende a eliminar síntomas para permitir el «bienestar», entendido cada vez más como equilibrio homeostático y no como autenticidad, como adaptación al ambiente y no como crecimiento personal.
No mucho más allá suelen ir aquellos psicólogos clínicos que limitan su intervención a lograr un cambio de comportamiento o un cambio cognitivo mediante técnicas, sin duda eficaces, de modificación de conducta. Se evaluará al paciente de modo muy académico, mediante entrevistas, cuestionarios y test, se le aplicarán técnicas diversas (como si la persona fuese un mecanismo susceptible de arreglo), se le expondrá al estímulo, se le propondrá una reestructuración cognitiva, una programación de sus actividades y tareas, se le enseñarán técnicas de relajación, de control de estímulos... pero, al cabo, quedará al margen de todo ello la persona y su vida, su sentido, la etiología profunda del mal, el porqué y el para qué de su alteración. Se procurará, con máxima eficacia, eliminar el síntoma para restablecer el bienestar meramente sensible.
En tercer lugar, la misma reducción es la que suele ocurrir en muchas de las sesiones de evaluación de profesores, al limitar la valoración del perfil y capacidad del alumno a unas calificaciones numéricas y a unas etiquetas más o menos estandarizadas acerca de su asimilación de contenidos, de sus capacidades procedimentales o de sus actitudes, sin preguntarse quién es, cuál es su orientación personal, cuáles sus problemas de crecimiento como persona y cuál su desarrollo personal más allá de dichas calificaciones. Al cabo, para algunos, la tarea educativa no va más allá de procurar que el alumnado «progrese adecuadamente» en la asimilación de unas materias y de prepararlo para que, en el futuro, «entre con ventaja en el competitivo mercado laboral».
En los tres casos se ha operado una enorme reducción. Se ha tomado a la persona como no siendo más que «organismo estropeado», lo cual supone una reducción biologicista, o se ha tomado a la persona como un sistema comportamental disfuncional, lo que supone un reduccionismo psicologicista, o se ha tomado a la persona como un «receptáculo de conocimientos y procedimientos cognitivos», lo que supone un reduccionismo educativo. Además, se ha cosificado a la persona, por identificarla (o al menos ocultarla) con la enfermedad que le aqueja o con unas calificaciones o resultados académicos. Sin duda, todo esto está sustentado en una determinada visión de la persona, reductivista, mecanicista y pragmática
El resultado de todo ello es que se llevan a cabo unas terapias y unos procesos educativos parciales, que pueden ser necesarios, pero nunca suficientes, porque han dejado de lado a la persona misma que acompañan, tratan o educan. La persona no es solo cuerpo, ni mera capacidad intelectiva, ni tampoco mera unión psicosomática. Lo psicosomático solo se entiende desde una dimensión superior: la personal. En general, cualquier fenómeno personal, contemplado solo desde una perspectiva biológica o psicológica, da lugar a comprensiones parciales y distintas del mismo fenómeno.
Las llamadas psicoterapias existenciales o psicoterapias humanistas, así como las teorías educativas humanistas y personalistas, son las que han dado los primeros pasos en la superación de estos reduccionismos y en mostrar cómo es desde lo positivo y luminoso de la persona, tomado integralmente, desde donde cabe un tratamiento y una educación integrales que lleven a la persona a crecer responsabilizándose de su vida. Este es el camino emprendido por Frankl, Boss, May, Pearls, Rogers o Binswanger, desde la psicoterapia, y por Freire o Milani desde la educación. En todo caso, toda consideración integral de la tarea educativa o terapéutica debe contar con una antropología que la sustente como marco de referencia. En este sentido, estamos persuadidos de la enorme aportación que hoy puede hacer a la psicoterapia y a la educación una antropología como la que presenta la filosofía personalista comunitaria (cf. Anexo I). Lo que sigue pretende ser un primer apunte de esta propuesta de una terapia de la persona y a una educación integral de la persona.
2. Salud y madurez desde una perspectiva personalista
y comunitaria
Solo desde una perspectiva antropológica reductivista, meramente naturalista, se puede entender por salud y por madurez el equilibrio homeostático o la plena funcionalidad orgánica y psicológica. Pero la persona es mucho más que estar «en plena forma física» o «estar a gusto consigo misma». La persona es un equilibrio desequilibrado, un «dar de sí», una flecha lanzada al infinito, un animal no fijado todavía. Coherentemente, la concepción que de la salud existe desde el personalismo comunitario es otra bien distinta. Así, para R. Guardini, «sano es lo que conduce a la mayor humanización; enfermo, por el contrario, lo que la impide»¹. La salud integral y la madurez son el proceso por el que se va «dando de sí» integralmente y en apertura comunitaria. Por ello habrá que acudir a una visión integral de quién es la persona para entender cabalmente qué acontecimientos son personalmente promocionadores de la persona, de su salud y madurez.
3. Quién es la persona
Desde una perspectiva personalista comunitaria podemos describir a la persona como siendo una estructura de notas con un dinamismo propio: el de crecimiento hacia la plenitud desde un sentido existencial y en relación comunitaria con otros².
a) La persona como llamada. Las personas no somos lo que hay naturalmente en nosotros, sino que somos quienes estamos llamados a ser y podemos ser. Las propias capacidades nos llaman, nos reclaman su puesta en acción. Y esta es la tarea de cada persona. Este es el primer compromiso que el ser humano tiene que asumir: no ser un mero actor de su vida, sino el autor de la misma. Y para ello, las propias capacidades deben ser acogidas, alentadas, valoradas y puestas en juego. El entramado estrictamente personal de estas cualidades y capacidades que hay en cada uno dan lugar a una orientación esencial de la acción estrictamente personal y original. Por ello, cada persona aspira a ejercer lo que descubre como esencial y definidor de ella misma. Se trata, como señala Buber en El camino del ser humano³, de que la persona es llamada, y la vida consiste en la respuesta. La llamada es la forma en que se concreta para cada uno el llegar a ser plenamente persona. Por eso, la llamada personal es fuente de sentido, orientadora de la biografía personal. Para realizar su llamada, la persona ha de encontrar un horizonte hacia el que oriente su crecimiento. Descubierto este sentido y realizado mediante la «autotrascendencia», es cuando la persona se realiza como tal, pues la persona no está llamada a mantenerse en equilibrio homeostático, sino orientada a algo más allá de sí misma. No es ella misma su sentido: tiene que realizar su vida, llevarla a plenitud, pero desde un sentido para su existencia en el mundo. La misma vida de la persona se le presenta en su totalidad como necesitada de un para qué. La tarea de la vida es descubrirlo y, luego, comprometerse con él.
b) La persona llamada a la plenitud. En toda persona, de una forma u otra, constatamos que existe un deseo de plenitud, de «dar de sí», aspiración a existir en plenitud o voluntad de ser. Este deseo es un deseo más allá de todos sus deseos particulares, de los deseos naturales y los promovidos socialmente. Es un deseo de ir más allá de sí misma y sobrepasarse. Y este deseo se desea aun sin tener clara conciencia de él. El deseo «nace por encima de todo lo que le pueda faltar o satisfacerle»⁴.
c) La persona como apertura intencional. Por su inteligencia, la persona está abierta. Y lo está, ante todo, a sí misma en cuanto realidad. Pero las estructuras somáticas de la persona no le sirven para dar respuesta adecuada a las situaciones en las que se ve incurso. Su inteligencia, que consiste en la apertura a lo real y a sí misma en cuanto real, es lo que, a su vez, le abre a un infinito elenco de respuestas a cada circunstancia. La apertura de la persona es la que permite su intencionalidad óntica: la persona está radicalmente orientada hacia otros. El ser humano no solo está ontológicamente abierto, sino orientado o polarizado en su acción hacia lo que no es él. Toda acción humana está referida a un objeto distinto de sí: en este sentido decimos que las acciones humanas son intencionales. La intersubjetividad inmanente que la persona encuentra en sí es invitación íntima a salir de sí al encuentro con el otro del que tiene sed⁵. El espacio creado en la propia subjetividad al otro invita a su efectiva experiencia, a su encuentro real, porque el sujeto solo puede colmar su sed de otreidad en el acceso real a ellos. La intencionalidad del ser personal mismo nos abrirá a la experiencia del encuentro personal y de la comunidad.
4. Raíces personales de las patologías
Estos dinamismos personales que acabamos de describir son tan esenciales que toda situación –social, familiar, escolar, política– que frustre, impida o que bloquee este desarrollo y crecimiento genera una reacción de carácter patológico que tiene un doble sentido: de compensación y que permite enmascarar el dolor de no poder crecer y vivir como persona en
