Cápsula del tiempo: cuentos y relatos del siglo XX
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Relatos policiales, dramas psicológicos, historias de romance y lujuria… ingredientes de un siglo que se marchó para dejar sus huellas en el presente. Cápsula del tiempo, un libro de cuentos y anécdotas de cuando no existían los teléfonos móviles ni la internet… y todo se decía de frente… o se ocultaba con macabro fin.
El autor se adentra en su pasado como Oficial de Policía, y luego como Psicólogo en el Poder Judicial, rescatando anécdotas que rayan lo inverosímil, pero que se ajustan a la verdad y a la desdicha de sus protagonistas.
Guillermo Pegoraro
Guillermo Horacio Pegoraro (Córdoba – Argentina, 1966). Licenciado en Comunicación Social. Licenciado en Psicología. Autor de libros con relatos psicológicos como: "Sin códigos", "Zapatitos de cristal", "Cápsula del tiempo", "Talón de Aquiles", "Te perdono" "Relatos de alcoba" y "La leyenda de Crhist". Ha recibido diversas menciones y premios por su trabajo en certámenes literarios del ámbito internacional (Argentina, Chile, Perú, Uruguay, Venezuela, Colombia, México, España y Estados Unidos). Dirige la página "Te perdono" donde brinda asesoramiento psicológico gratuito a personas con problemas sentimentales. https://www.facebook.com/teperdonolibro/
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Cápsula del tiempo - Guillermo Pegoraro
Cuestión de identidad
¿Dónde puse la placa?, se pregunta el hombre vestido de azul. Instintivamente controla que todo esté en su lugar. La pistola a la derecha y las esposas a la izquierda del grueso cinturón de combate.
Revisa cajones, pregunta a su mujer, saca los almohadones del sillón... pero nada. El móvil policial lo espera en la puerta; hoy le toca trabajar de noche.
Le falta inspeccionar un último lugar, aunque remotamente probable. Ingresa a la habitación y la ve. Tirada en el piso, rodeada de pinturas de uñas y labiales, se encuentra Victoria, su hija de cuatro años. Los dos se miran: él sorprendido, ella también. El padre desvía la mirada hacia el oso de peluche con la placa policial colgada en el cuello, la nena gira la vista para buscar otro maquillaje con más brillo.
Ni el monte Etna escupió tanto fuego como este padre enfurecido. Le arrebató al oso la placa de policía, y llamó a la madre para que ajusticie a la hija. Los llantos de la nena no le permitieron hablar, aunque quiera preguntar, cómo hará el oso para hacerse respetar si ya no tiene insignia para mostrar. El padre furioso mezcla las cosas mal, y la parte bruta de su ser al fin aflora. Cuestiona enérgicamente a las dos mujeres: una por no ser buena madre al no vigilar; la otra, por ser demasiado pequeña para hacer cosas de adultos. No encaja en su cegada mente, que su angelito juegue con retoques para mujeres coquetas.
Antes de cerrar la puerta, al salir vio a su hija muy triste sentada en la cama, tapada con una frazada y sus labios con colores desprolijos como sus uñas mal pintadas.
A la par del lento transitar del patrullero, se fue calmando el padre ofuscado. Debía concentrarse en el trabajo, de ello dependía la economía familiar, o que él siguiera vivo o muerto. Demasiadas tragedias se ven a diario, que a su esposa no se las cuenta; demasiada inmundicia hay en la vida que a su hija la aísla en un idílico paraíso. Sólo se lamenta porque el contacto con ellas es muy corto, pero no tiene dudas de que está en el camino correcto.
Tres accidentes de tránsito con heridos, dos borrachos, un menor extraviado y un auto robado ocupan sus horas de trabajo hasta las cuatro de la madrugada. Recibe nuevas órdenes: controlar bares nocturnos.
Visitan dos, y todo en orden. Se detienen en un tercero: cabaret El Bacán en Boulevard las Heras. Suben las escaleras y dialogan con el encargado. Pocos clientes, todos ebrios pero tranquilos. En el escenario central se van sucediendo distintos números artísticos
de dudosa calidad, pero de alto contenido erótico. Es el turno de una morena de lindas curvas y poca ropa. La música brasilera la encuentra bailando samba, haciendo contornear su cuerpo hasta límites imposibles. Los habitúes, borrachos del placer, comienzan a despertar y a contagiarse con el pegadizo ritmo. El alcohol franquea paso a la testosterona; y las miradas van hacia el plano abdomen, adornado con un hermoso ombligo que hipnotiza. La morocha danza entre las mesas, y con saltos magistrales sube a varias de ellas. Algunos la quieren para sí, tocarla y amarla, pero sólo llegan al límite de poner fuertes billetes en su cintura erotizada.
La música frenetiza, desinhibe impulsos, propone locuras. La muchacha se siente en la cima de la gloria y arroja el corpiño, mostrando sus gloriosos pechos que embrutece al más refinado de los machos. Todos aplauden al ritmo de samba y exigen más. El policía se encuentra apoyado contra la pared, y detrás de lo grato del espectáculo, su experiencia le dicta que esto terminará muy mal.
Casi al final de la presentación, cuando la música lo había dado todo, la muchacha observa al dueño del bar para que le otorgue el permiso. El otro mueve su cabeza de izquierda a derecha con un ¡No! rotundo, pero la muchacha se debe a su público... y éstos se merecen un perfecto final.
Cuando todos con el alcohol hirviendo en la sangre y desplazando al oxígeno de la mente reclamaban desechar la última prenda, la morena en rápido movimiento los complace, quedando como Eva.
La muchedumbre se quedó paralizada justo cuando la música expiró, y en vez de aplausos hubo dudas, cuando la muchacha exhibió machos atributos.
El coctel para la desgracia fue servido. Los homos erectus se sintieron finos caballeros ofendidos y comenzaron con silbidos. Luego pasaron al tiro al blanco con vasos hacia la morena que permanecía enhiesta. Los enardecidos parroquianos intentaron linchar a la doncella fraudulenta, y ésta comenzó a correr por su vida. Equivocó la salida; y sin dejar de moverse se agitó como gato enjaulado en el cabaret.
El policía intentó detener el atropello, tratando de salvar a la frágil damisela del iracundo malón. Sacó su arma reglamentaria y mostrando la placa los detuvo por segundos. Nadie, al parecer, quería terminar durmiendo en el frio piso de una comisaría.
Como pobre remake del film El Guardaespaldas, con su campera cubrió a la fracasada bailarina. La rodeó con el brazo, y con paso firme por la puerta de emergencia la sacó hasta el móvil policial. Pusieron rumbo a la dependencia policial, sin saber aún con qué motivo.
En el trayecto la observó por el retrovisor; sentada y triste, tapada solamente con la campera. Mostraba un rostro andrógino, que podía ser de señorita o caballero. De sus ojos brotaban sinceras lágrimas que arruinaban sus labios pintados.
De repente, un pensamiento: creyó adivinar por lo que el otro sufría. La miró y recordó a su hija llorando, sentada, y tapada con una frazada. Dio gracias a su trabajo por haberle dado la oportunidad de entender que ambas sufrían por la misma razón. Supo en ese instante la fórmula de la identidad: uno no sólo es lo que dice ser, sino que necesita de otros que lo reconozcan en lo que dice que es.
Tomó la decisión, trataría al travestido por su nombre de fantasía y al finalizar su turno pasaría por una perfumería, donde compraría varios esmaltes para su pequeña princesa. En casa dejará la placa a cargo del oso de peluche y se tomará el tiempo necesario para aprender a pintar uñas.
