El hipnotista
Por Mario G. Huacuja
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Mario G. Huacuja
Sociólogo con estudios de Maestría en Estudios Latinoamericanos, ha publicado varios ensayos políticos y literarios en las revistas Nexos y Etcétera. Es colaborador en la radio y en diversos medios impresos; y precisamente el periodismo lo llevó por los caminos de la palabra escrita. Su primera novela, Temblores, la escribió después de haber vivido la guerra en la cintura del continente americano: Nicaragua y El Salvador, en 1979 y 1981. Para escribir Las 2 orillas del río viajó en carro a lo largo de la frontera, desde Brownsville hasta Los Ángeles, en compañía de un periodista japonés. Años después, en 1988, impulsado por los resortes de la aventura, viajó durante dos meses por el océano Pacífico, desde Acapulco hasta Japón, en una carabela antigua. La prosa de Huacuja ha sido comparada con la de los grandes escritores del realismo mágico latinoamericano. También tiene gran influencia de autores estadounidenses como Henry Miller, Arthur Miller, Truman Capote y el padre del nuevo periodismo Tom Wolfe. Mario Guillermo Huacuja ha combinado su vida laboral, como asesor político en diferentes instituciones, con la literatura, una de sus grandes pasiones.
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El hipnotista - Mario G. Huacuja
Capítulo 1
La primera vez que presencié un acto de hipnotismo sentí una repulsión que me puso al borde del vómito. Me quedé sin habla, con la respiración en suspenso, el cuerpo petrificado. Fue un acto incomprensible, arcano, enigmático y misterioso. Y también fue cruel, bárbaro, descarnado. Me dejó una marca indeleble, como si me hubieran sellado el alma con hierro candente. Esta es la primera vez que hablo de eso. Y espero que sea la última.
El hipnotista era mi tío, Tomás Santamaría. Era un hombre muy tranquilo, paciente en extremo, amigo de la reflexión y el juicio crítico. Abominaba la violencia, no se metía con nadie, pero era sabido que ejercía una influencia muy peculiar entre sus amigos y conocidos. Aunque su profesión era contador público, la actividad que le consumía las horas más productivas del día era la de dormir gente, poniéndolos en un estado de sonambulismo que despertaba todo tipo de sospechas entre los vecinos del barrio.
Vivía en una casa vieja, allá por los rumbos de Santa María la Ribera. Era una construcción de piedra, con un pequeño jardín al frente y una terraza rodeada de geranios. El suelo era de mosaico, había mecedoras de madera junto a los ventanales, y de los grandes arcos que sostenían la fachada colgaban jaulas con diferentes aves: canarios y cenzontles, loros y jilgueros. En el interior de la casa, en una de las esquinas que desembocaban a la sala principal, mi tío tenía un despacho con muebles rústicos de madera fina, y en ese lugar recibía a sus visitas. Algunos iban solamente por consejos fiscales, en una época en la que el pago de impuestos era más bien una anomalía. Otros buscaban medicamentos para dolencias pasajeras, de ésos que se conseguían fácilmente en las boticas; pero había un grupo especial que buscaba tratamientos mucho más sofisticados.
A los que iban expresamente a dejarse dormir –dicen que eran solamente unos cuantos– los metía en un trance en el que lo obedecían en todo. O casi. Primero les decía: levanta el brazo
, y lo levantaban. Luego les decía: levanta el otro brazo
, y así lo hacían. Finalmente les ordenaba volar, y los infelices agitaban los brazos como si fueran pájaros. Y así, guiado por su afán de experimentar en las honduras del sueño, repetía esa rutina con otras gentes, y todos acataban sus órdenes como si estuvieran en un ejercicio escolar. De esa manera fue puliendo cada vez más sus procedimientos, investigando las posibilidades de la hipnosis, profundizando en sus alcances.
Hasta el día nefasto que les contaré a continuación, yo nunca había visto sus experimentos con mis propios ojos, pero los que lo vieron me decían que era un espectáculo divertido y al mismo tiempo inquietante. Durante los minutos del trance, los hipnotizados se convertían en marionetas de trapo, con la mirada fija y la cabeza hueca. Por espacio de varios minutos que parecían eternos, mi tío les apagaba el botón de la voluntad, como si fuesen un simple aparato. A partir de ese momento podían actuar, bajo el influjo de una orden, como si se transfigurasen en otros individuos, muy diferentes de lo que en realidad eran. Así, el médico se convertía en soldado, la monja en bailarina, el abogado en payaso, el conserje en vendedor de ropa vieja; el cambio de actitud podía involucrar cualquier oficio. Peor todavía –lo que resultaba aún más hilarante y obtuso–, es que podían transformarse en gatos, perros, caballos, liebres, y hasta en abejas o águilas.
Así, mientras estaban dormidos, dejaban de ser personas.
El día que vi por primera vez cómo mi tío hipnotizaba a una de sus visitas, yo estaba en aquel escenario por pura casualidad. O al menos eso creía. Ahora, visto a la distancia, estoy seguro de que el destino metió sutilmente su mano en ese episodio funesto. En fin. La cosa es que yo iba con mi madre a casa de mi abuela –donde vivía también su hermano Tomás– y resulta que aquella tarde mi tío había reunido a varias personalidades del mundo médico y científico, con el esperado objetivo de demostrarles tanto sus habilidades hipnóticas como los últimos hallazgos de sus investigaciones. Yo me enteré mucho después de lo que se trataba, y de haberlo sabido jamás hubiera presenciado lo que voy a relatarles. En aquella reunión, mi tío iba a demostrar que el hipnotismo no podía hacer que la gente actuase contra sus valores morales en medio de un trance. Es decir, que bajo la hipnosis cualquiera podría actuar brevemente como pájaro si el hipnotista se lo sugería, pero que no se podía obligar a una persona que tuviese sólidos principios contra el robo, a sustraer algo ajeno.
Los valores morales pueden más que el hipnotismo
, dijo mi tío, y a continuación procedió a hipnotizar a uno de sus pacientes. Aún hoy –han pasado más de treinta años– recuerdo vivamente las facciones del sujeto dormido. Era un hombre bajito, con facha de oficinista del gobierno, vestido con un traje barato y corbata de moño. Usaba anteojos de grueso espesor, tenía el cabello ralo y oscuro, y un bigote parecido al de Charles Chaplin, que se movía al hablar con cierto aire de comicidad. Afable, el hombre.
Mi tío lo durmió rápidamente con una luz sobre la pupila –al parecer había sido hipnotizado tantas veces que entraba en trance con la mayor facilidad–, y cuando el hombre cerró los ojos mi tío se dirigió a la concurrencia. Era un público selecto, todos muy bien vestidos, algunos con elegantes sombreros y bastones, a la vieja usanza de los médicos de antaño. Eran tal vez una docena, todos muy derechitos y muy atentos, sentados como auditorio alrededor del evento. La única mujer –que no había sido invitada al experimento, pero que lo presenció por encontrarse ahí casualmente– era mi madre. Yo era el único pequeño, con mis pantalones cortos y mis siete años de vivir prácticamente pegado a ella.
– Señores, son ustedes un público privilegiado –mi tío inició su discurso con ese tono grandilocuente que lo caracterizaba–, porque van a ver la demostración de un hecho incontrovertible: no hay ningún hombre, por más hipnotizado que esté, al cual se le pueda ordenar que haga algo que vaya en contra de sus principios… A continuación van a ver que este hombre, el Señor Gómez Machado –al cual todos ustedes conocen de sobra–, va a seguir mis instrucciones al pie de la letra, pero cuando yo le ordene algo que va contra sus convicciones o sus valores más enraizados –ustedes se darán cuenta de inmediato–, la orden no será cumplida… Y en este punto quiero enfatizar el hecho de que a nosotros dos nos une no solamente una gran amistad, sino también una relación laboral muy importante, ya que el Señor Gómez Machado ha colaborado conmigo en todas las diligencias de contabilidad y ahora, también, en mis indagaciones sobre el hipnotismo… De manera que, si ustedes se preguntan sobre la influencia que puedo tener sobre él, les puedo afirmar categóricamente que sí, que esa influencia existe, pero que el peso de la autoridad –en este caso la mía– nada puede contra la convicciones más profundas del individuo…
A continuación, se abrió el telón de la magia. O por lo menos, eso fue lo que yo pensé. Primero mi tío durmió al Señor Gómez Machado de una manera cada vez más profunda, pasándole las manos frente al rostro sin tocarlo, pero dirigiéndole órdenes muy firmes, que repetía constantemente. Duerme, duerme, duerme, tus párpados caen, los sientes pesados, cada vez más pesados
, le decía, y el hombre parecía estar bajando hacia un abismo interior, con el cuerpo cada vez más desguanzado, como si el alma lo hubiese abandonado. Luego le ordenó imprimirle rigidez a los músculos, le endureció las extremidades –por así decirlo–, y con la ayuda de dos hombres lo colocó en una posición horizontal, inflexible en extremo. Parecía un pedazo de carne recién salido del congelador. Tenía la firmeza de un soldado en su puesto de vigía, pero se mantenía hundido en un profundo sueño. Así le colocó la cabeza sobre una silla y los talones de los pies en otra, y el hombre permaneció derecho, como si se hubiera convertido en un tronco de madera… O de fierro, porque a continuación mi tío tuvo la ocurrencia de sentarse en él, justo sobre su vientre, y a todos nos sorprendió ver la fuerza súbita y colosal de ese hombre más bien enclenque, carente de la musculatura suficiente como para levantar una simple pala de albañil o el yunque de un herrero. Pero en ese momento climático, ese hombre que parecía incapaz de cualquier tarea que involucrara fuerza física tuvo la fibra y la voluntad de soportar un peso enorme sobre el abdomen, apoyado apenas en los débiles ligamentos del cuello y los talones… Increíble, realmente.
La concurrencia no salía de su asombro, pero la función apenas iniciaba.
– Lo que acaban de presenciar, caballeros –mi tío parecía olvidar la presencia de mi madre– es la prueba más contundente de que la mente tiene un dominio casi absoluto sobre el cuerpo, y que nuestras verdaderas fuerzas yacen aún en un terreno completamente desconocido por nosotros… Este fenómeno nos explica, por ejemplo, el hecho de que cuando una madre ve en peligro de muerte a alguno de sus hijos, no hay fuerza que le impida protegerlo, no hay un obstáculo que resulte insalvable, y por eso logra su cometido ya sea corriendo a una velocidad sorprendente, o levantando un peso enorme que lo aplasta…
El discurso resultó tan convincente que algunos esbozaron un ligero aplauso.
A continuación, ayudado por dos invitados, mi tío sentó al Señor Gómez Machado en una silla de madera, de ésas que tienen el respaldo acojinado, y lo devolvió a la vigilia con una cuenta regresiva. Uno, dos, tres, cuatro, y el señor abrió los ojos. Los tenía algo irritados, y su actitud era la de un hombre que acabase de despertar en un cine y se hubiera perdido el final de la película.
– Señor Gómez Machado –mi tío se dirigía a él con mucho tacto, como midiendo el peso de sus palabras para no incomodarlo– ¿recuerda usted lo que hizo mientras dormía?
– No… no –el Señor Gómez Machado hablaba como si tuviera la boca llena de pegamento– …sólo recuerdo que me dormí…
– ¡Ahora va a dormir nuevamente a la cuenta de cinco: UNO, DOS, TRES, CUATRO, CINCO!
Cuando el Señor Gómez Machado colgó la cabeza como si fuese un ganso sacrificado, mi tío se dirigió a la concurrencia en actitud hierática, escrutando los rostros de cada uno de los presentes, como si fuera a hipnotizarlos a todos.
– Señores, ésta es una prueba irrefutable de algo que tiene una existencia contundente, pero que todos parecemos ignorar… Se trata del inconsciente, señores, ese ignorado fantasma que vive en el fondo de nuestras almas. ¡Freud tenía razón!... Lo que acaban de ver nos dice que hay fragmentos de nuestra vida que olvidamos por completo. Ya sea por efecto de la hipnosis, ya sea porque nos resultan tan desagradables que preferimos arrojarlos a ese lugar oscuro de nuestro espíritu. Son realidades que, a pesar de haberlas vivido, no podemos recordarlas. Pero son tan reales, tan endemoniadamente importantes, que muchas veces nos dictan nuestro proceder, sin que nos demos cuenta… ¡Muchas veces actuamos por causas que desconocemos! Pero… momento… Esto no quiere decir que todos nosotros somos una especie de autómatas, que nos guiamos por órdenes externas, ajenas a nosotros mismos, y que somos incapaces de controlar nuestra voluntad… No… Ahora les voy a dar una demostración fundamental, única, definitiva, de que en el fuero interno la libertad no se extingue, sino que continúa iluminando nuestros actos aunque sea con una luz muy tenue… Observen.
Al llegar a ese punto, todos los presentes teníamos la mente en blanco. Lo que observamos fue que mi tío caminó hacia una de las esquinas del despacho, y de uno de los cajones de su escritorio extrajo una pistola de grueso calibre. Yo no sé de armas, pero puedo decir que era un revólver de largo cañón, que se veía refulgente de nueva y que parecía un arma muy pesada. Algunos miembros de la concurrencia se vieron entre sí con azoro y temor.
– Miren esto –mi tío abrió el cilindro del revólver, sacó las balas y las colocó nuevamente en la recámara, para que todo mundo viera que la pistola estaba cargada–, la persona hipnotizada está perfectamente conciente de que se trata de una pistola lista para
