La Vuelta al Mundo en Ochenta Días
Por Júlio Verne
4/5
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Información de este libro electrónico
Jules Gabriel Verne (1828-1905), conocido en los países de lengua española como Julio Verne, fue un escritor, poeta y dramaturgo francés célebre por sus novelas de aventuras y por su profunda influencia en el género literario de la ciencia ficción.
Júlio Verne
Julio Verne nació en Nantes en 1828. Estudió leyes en París y allí conoció a Victor Hugo y a Alexandre Dumas padre, y más adelante a su hijo. Bajo la influencia de Edgar Allan Poe -que lee en las traducciones de Baudelaire- empieza a interesarse por la escritura y la ciencia-ficción. En 1857 se casó con una joven viuda, madre de dos hijos. Ejerció de corredor de bolsa hasta la publicación, con gran éxito, de Cinco semanas en globo (1863), a la que seguirían obras como Viajeal centro de la Tierra (1864); Veinte mil leguas de viaje submarino (1869); La vuelta al mundo en ochenta días (1872), basada en el viaje del americano George Francis Train (1829-1904); La isla misteriosa (1874), y La casa de vapor (1880). Compartió editor con Balzac y George Sand. A lo largo de su vida realizó muchos viajes que le sirvieron de inspiración para algunas de sus novelas, como su viaje a Estados Unidos o sus travesías a bordo de su propia embarcación. Murió en 1905.
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Comentarios para La Vuelta al Mundo en Ochenta Días
2,996 clasificaciones67 comentarios
- Calificación: 5 de 5 estrellas5/5
Jul 3, 2020
I read this book for the first as a read-aloud to my son when he was about 12. We were rivetted, on the edge of our seats. Excitement and humour, a must read. - Calificación: 5 de 5 estrellas5/5
Jul 3, 2020
I read this book awhile ago so this review is not going to go into to much detail about what I liked and what I didn't like. However there is nothing about this book that I remember disliking.
I loved it. I stayed up all night reading it- it helped that I have never seen any of the movies or met anyone else that has read this book (OK I don't actually know if that is true I guess some of my teachers had probably read this book but I haven't spoken about this book with anyone else who read it.) and, because of that, I had no idea what was going to happen in the end or even during the book. I thought it was all very entertaining- it was one of the first classics I read without being told to.
When I finished it I said to myself, "Wow that was a good book." I love reading but that doesn't happen often for me (I can only think of two other books that have had that effect on me).
I recommend this book to everyone but especially people who like adventure stories or classics. - Calificación: 4 de 5 estrellas4/5
Jul 3, 2020
Good book, fun (if long...) movie. Will he make it? It's how it is actually done that makes it a hoot. - Calificación: 4 de 5 estrellas4/5
Jul 3, 2020
This travel novel has great adventure stories about the different cities visited. The characters are well-developed and lovable.The different places of the world were written about in a way that must have been experienced by the author. It was amusing to read how the author portrayed America and its people. The ending was quite surprising and a great conclusion to the book. I would recommend this book to anyone who enjoys traveling. - Calificación: 4 de 5 estrellas4/5
Dec 2, 2018
A fast-paced adventure dripped with cliches and humor - I listened to the audio read by Jim Dale and it was a lovely way to spend an afternoon. - Calificación: 4 de 5 estrellas4/5
Sep 23, 2018
This was a very suspenseful, exciting book! This was the first Verne book I've ever read, and he is very good at keeping readers gnawing on their nails at the edge of their seats. The story has humor sprinkled throughout it that had me laughing out loud. I loved it; I know I say this about nearly everything I read, but this truly was a wonderful book! - Calificación: 5 de 5 estrellas5/5
Jul 23, 2018
Delightful book. Passepartout is the real hero; saving lives all over the globe. - Calificación: 3 de 5 estrellas3/5
Jun 25, 2018
An old book that has dated well. It is a good tale, well told. of two Londoner's travel around the world to win a wager. While the errors in detail in some places helps us understand how hard fact checking was in a pre-Google world, there is enough got right to make the reading enjoyable. In particular, the twist in the plot based on the travellers maintaining London time for the whole journey leading to them miscounting the number of days away from London, is a little gem. - Calificación: 3 de 5 estrellas3/5
Sep 24, 2017
Interesting story from a historical perspective. Definitely not something that could be written today. - Calificación: 3 de 5 estrellas3/5
Sep 17, 2017
I have no idea if I’ve read this before – I don’t think so, but it’s hard to tell since I’ve seen versions of the films enough times over the decades to know the story. Except, well, they’re not the story. I don’t think any of the movies I’ve seen – I can think of two, off the top of my head, one starring David Niven and the other Steve Coogan – are at all faithful to the book. Yes, Phineas Fogg accepts a challenge to travel around the world in eighty days. Yes, he thinks he’s failed, only to discover that by travelling east he has gained a day. Yes, he has adventures along the way, and even rescues a young woman who becomes his wife at the end of the book. But in the novel, he meets her in India, when he rescues her from suttee. And I don’t recall a Scotland Yard detective on Fogg’s trail for much of his travels – he believes Fogg stole £50,000 shortly before leaving London. And the final section, in which a desperate Fogg, Passepartout, Fix and Aouda race across the USA to catch a ship to Liverpool… the big set-piece is driving a train over a damaged bridge at high speed so the bridge doesn’t collapse under it. Much of the prose is larded with geography lessons, and while Verne’s didactism is one of the more charming aspects of his novels, here it seems overdone. True, I’m coming at the book more than a century later, as a member of a society considerably better-informed about world geography, and a highly-educated member of that society with an interest in other countries… So much of the exposition was superfluous as far as I was concerned. Further, Fogg’s characterisation as unemotional and po-faced hardly made him a sympathetic protagonist. Perhaps Verne intended this so the reader would indeed think Fogg was the bank robber, but it only made him feel like he had zero depth. Unfortunately, I’m not convinced, from what I remember, that the film adaptations are especially superior. The book is, I suspect, the best version of the story. Which is a bit of a shame. - Calificación: 3 de 5 estrellas3/5
Aug 26, 2017
Finally read this - I think I read it before, many many years ago, but the only thing I remember was the end, not any of their travels. It's mildly interesting, but not much to it - actually, the most interesting part is that the "hero" is not the POV character. We get scenes from Passepartout, a few from Fix, a few from Aouda - but Phileas Fogg is seen only from the outside. The closest we come to knowing what's going on with him is a few scenes where the author "watches" him, recounting what he's doing, and speculating on what he's thinking and feeling - and we never get any idea why he'd make the bet in the first place. A very odd twist. But overall, it reads like the world's longest shaggy dog story - chapter after chapter after chapter just to say "and he didn't know he'd lost a day!" Of course, in reality, he would have noticed the day change as soon as the liner landed in America and he was taking a train. And given they missed the liner from the East Coast by less than a day...the whole last section with burning the ship may have been utterly unnecessary. It's an amusing story, I'm glad I've finally read it, and I see no need to ever read it again. - Calificación: 4 de 5 estrellas4/5
Feb 6, 2017
Essentially light-hearted tale about a trip taken on a wager. The translation conveyed or possibly enhanced the humour. - Calificación: 3 de 5 estrellas3/5
Jan 13, 2017
Jim Dale (narrator of the Harry Potter series) really helped bring to life this classic adventure novel. Admittedly, I've never read the book or seen any of the movie adaptations, so I didn't know what to expect. Imagine my surprise when I discovered that there was no hot air balloon scene?! The most iconic book covers and images have always portrayed Phileas Fogg in a hot air balloon traveling around the world but, spoiler alert, that is not one of the methods used for transportation. While at his gentleman's club Fogg takes a bet that he can go round the world in 80 days. A precise, mathematical, and intelligent man, Fogg has no doubt that it can be done so he bets his life savings. Armed with only a small travel sack and his trusty French manservant, the two of them depart on the biggest adventure of their lives. Exotic adventures await them in China, India, Hong Kong, crossing the oceans, and America. Can Fogg really pull it off? And why is there a British man tailing him on this journey? A fun read for all ages. Admittedly, a little outdated in terms of racism and stereotypes of other religions and cultures, but it must be remembered that Jules Verne was viewing the world the British lens of imperialism at the time. - Calificación: 5 de 5 estrellas5/5
Nov 21, 2016
I really enjoyed this book. The prose has a lovely flow to it. - Calificación: 4 de 5 estrellas4/5
Sep 17, 2016
Well-paced, familiar adventure yarn, offering also a travelogue and 'ethnologue' of the world of as it was then - or as viewed through a mid-19th century lens. Phileas Fogg travels the world without relaxing his sangfroid, sidekick Passepartout stays agitated throughout. On the way, they rescue an Indian beauty from her widow's pyre, almost fight a duel, dodge arrest by a mistaken detective, etc. Remarkable that they get all the way to Shanghai before actually leaving British territory (except for France and Italy, which are in fact skipped over here; sorry, no balloon ride in the original). At some point, one tires of the formula, and the shallow writing, but the inventiveness remains a pleasure. - Calificación: 4 de 5 estrellas4/5
Jul 11, 2016
The imperturbable Mr Fogg traverses the world in 80 days all while upholding the grandest tradition of English stiff-upper-lipedness. Not really sure why this is on the 1001 list. - Calificación: 4 de 5 estrellas4/5
Jan 19, 2016
I always thought I knew the plot of this classic, but the more I read, the more I realised that I didn’t! I never knew about the policeman who was on Phileas Fogg’s case, for instance, nor of the young Indian woman they rescue from impending death. A fun adventure. - Calificación: 4 de 5 estrellas4/5
Jan 17, 2016
Loved this classic! It was really fun! - Calificación: 4 de 5 estrellas4/5
Jan 17, 2016
I’d been meaning to read this for some time and I’m glad I finally have because I really enjoyed it. Phileas Fogg is a gentleman of habit and a stickler for punctuation. He follows his routine to the letter until one day when he makes a bet in his club that he can travel around the world in 80 days – and so begins his epic adventure.
I really liked the character of Phileas Fogg. He is sometimes cool in his behaviour (and I don’t mean in terms of the modern definition of cool!) and doesn’t always show his emotions, but I think that is how someone of his class, and certainly at the time it was set, would have behaved. Despite his reserve, he clearly shows he does have feelings with his behaviour towards the people he meets along the way, particularly his rescue of Aouda and also the rescue from the Sioux of Passepartout, which put the chances of winning his bet in severe doubt.
Fogg himself is a stereotypical eccentric upper-class gent, who spends all day at his club. I also think that many of the characters and countries that Fogg visited along the way were quite stereotypical, although I don’t think that’s necessarily a bad thing. Aouda’s characterisation might be considered slightly atypical in how one might think of an Indian woman in the late nineteenth century would behave, and I liked that aspect of the book.
I didn’t realise it was a children’s book until I looked on Wikipedia after reading it – it didn’t feel like one to me, but I guess that’s because of the time it was written, although it is an easy read. I enjoyed reading about the places and cultures he visited, and this is one of those books that makes me head to Wikipedia and look up various subjects encountered along the way – I love books that make me want to find out more! - Calificación: 4 de 5 estrellas4/5
Jan 14, 2016
An easy enjoyable read, marred somewhat by the prejudices that come through. - Calificación: 5 de 5 estrellas5/5
Jan 10, 2016
If your idea of this story is based on the Jackie Chan bullshit, I feel sorry for you. Even the original film depiction isn't wholly accurate, and misses some interesting parts. As Michael Palin proved, the journey (when limited to the modes of travel then available, and along the same course) is actually possible, if extremely difficult. There were times when I would root for Phileas Fogg and Passepartout, mostly in encounters with dicks like Detective/Inspector Fix. I never looked down upon Passepartout, and his encounter with Mormons was fucking hilarious. Phileas Fogg, however, is snobbish to the extreme, with jingoistic sense of ultra Britishness (though his rescue of Aouda wasn't of that sort, and actually quite brave). He was never a bad person, he just needed to get over himself — which, thanks to Aouda, he starts to do at the novel's end. - Calificación: 3 de 5 estrellas3/5
Oct 25, 2015
In what is a very odd case of cognitive dissonance, the plot of the Jackie Chan movie (which bears very little resemblance to the original here) actually makes more sense than the book. However, this is an entertaining travelogue with wacky characters and a crazy plot. Think of it as the "classics" version of a non-sensical thriller. - Calificación: 5 de 5 estrellas5/5
Aug 7, 2015
Around the World in 80 Days is Jules Verne’s classic adventure story. One evening at the Reform Club, Phileas Fogg “impulsively” bets his companions £20,000 that he can travel around the entire globe in just eighty days. Breaking the very well-established routine of his daily life (one could say compulsive), the Fogg immediately sets off for Dover, accompanied by his servant Passepartout. Travelling by train, steamship, sailing boat, sledge and even elephant, they must overcome storms, kidnappings, natural disasters, Sioux attacks and the dogged Inspector Fix of Scotland Yard - who believes that Fogg has robbed the Bank of England - to win the wager. The story is simple and fun, though for the modern reader one may be surprised by the bias of the main character—particularly towards the natives of India. In addition I found that the main character for me was Passepartout—a wonderfully funny character—who in many ways really saves the day. But in the end we also see the growth of the character Fogg, who begins to see the importance of friendship and love above his usual concerns of reserve and punctuality. He is willing to lose his bet in order to personally help a friend, and he doesn’t care about defeat because he has won the hand of the woman he loves. I actually listened to the novel being read by Jim Dale (of Harry Potter fame)—which made this novel even more enjoyable. 4 ½ out of 5 stars. - Calificación: 2 de 5 estrellas2/5
Apr 7, 2015
At no point does Phileas Fogg or Passepartout get in an air balloon. Lies, all lies. - Calificación: 5 de 5 estrellas5/5
Jan 26, 2015
A super fun adventure. Following dutiful, straight-laces, prompt and no-nonsense Phileas Fogg around the world through exotic and strange places is almost too funny to bear. Amazing, quick, and to the hilarious point. Clever! - Calificación: 3 de 5 estrellas3/5
Jul 31, 2014
A very fun Victorian adventure - with all the baggage that entails. It's a cliché, but I do wish that I had read this earlier or during a more stressful part of my life. As it was, I didn't really engage with it very well. While it was certainly well executed, I'm still kind of surprised that this one made it on to the 1001. Mostly because when I think of Jules Verne I think of science fiction and this is one of his least scientific works. Of course Verne himself spends this entire book praising the English when he was French. So nothing is quite what you expect. - Calificación: 3 de 5 estrellas3/5
Jul 8, 2014
Although I like the premise--going around the world. However, it felt more like Verne portraying England as amazing and everywhere else...not. This includes showing barbaric rituals and getting into fights as soon as he sets foot on US soil.
I think that might be the only thing I got out of this book: England rocks, English colonies, better than non English colonies but not as good as England itself...and America...really lame. - Calificación: 3 de 5 estrellas3/5
Mar 18, 2014
It's Jules Verne. It's not fabulous - but it's not bad either. It was a fairly easy read. Nothing to rave about. - Calificación: 4 de 5 estrellas4/5
Nov 16, 2013
Nook
4 stars
A wager to make a trip around the world in just 80 days starting from London. The journey takes advantage of several types of transportation. The author describes the people and the land but also math, science and new discoveries and inventions. It was fun to read this book written in the late 1800s. A very good adventure story and even a love story. - Calificación: 4 de 5 estrellas4/5
Jun 3, 2013
Loved the audio for this - read by the wonderful Jim Dale. Such a great classic tale!
Vista previa del libro
La Vuelta al Mundo en Ochenta Días - Júlio Verne
I
En el año 1872, la casa número 7 de Saville Row, Burlington Gardens donde murió Sheridan en 1814 estaba habitada por Phileas Fogg, quien a pesar de que parecía haber tomado el partido de no hacer nada que pudiese llamar la atención, era uno de los miembros más notables y singulares del ReformClub de Londres.
Por consiguiente, Phileas Fogg, personaje enigmático y del cual sólo se sabía que era un hombre muy galante y de los más cumplidos gentlemen de la alta sociedad inglesa, sucedía a uno de los más grandes oradores que honran a Inglaterra.
Decíase que se daba un aire a lo Byron su cabeza, se entiende, porque, en cuanto a los pies, no tenía defecto alguno , pero a un Byron de bigote y pastillas, a un Byron impasible, que hubiera vivido mil años sin envejecer.
Phileas Fogg, era inglés de pura cepa; pero quizás no había nacido en Londres. Jamás se le había visto en la Bolsa ni en el Banco, ni en ninguno de los despachos mercantiles de la City. Ni las dársenas ni los docks de Londres recibieron nunca un navío cuyo armador fuese Phileas Fogg. Este gentleman no figuraba en ningún comité de administración. Su nombre nunca se había oído en un colegio de abogados, ni de en Gray’s Inn. Nunca informó en la Audiencia del canciller, ni en el Banco de la Reina, ni en el Echequer, ni en los Tribunales Eclesiásticos. No era ni industrial, ni negociante, ni mercader, ni agricultor. No formaba parte ni del Instituto Real de la Gran Bretaña ni del Instituto de Londres, ni del Instituto de los Artistas, ni del Instituto Russel, ni del Instituto Literario del Oeste, ni del Instituto de Derecho, ni de ese Instituto de las Ciencias y las Artes Reunidas que está colocado bajo la protección de Su Graciosa Majestad. En fin, no pertenecía a ninguna de las numerosas Sociedades que pueblan la capital de Inglaterra, desde la Sociedad de la Armónica hasta la Sociedad Entoniológica, fundada principalmente con el fin de destruir los insectos nocivos.
Phileas Fogg era miembro del Reform Club, y nada más.
Al que hubiese extrañado que un gentleman tan místerioso alternase con los miembros de esta digna asociación, se le podría haber respondido que entró en ella recomendado por los señores Baring Hermanos. De aquí cierta reputación debida a la regularidad con que sus cheques eran pagados a la vista por el saldo de su cuenta corriente, invariablemente acreedor.
¿Era rico Phileas Fogg? Indudablemente. Cómo había realizado su fortuna, es lo que los mejor informados no podían decir, y para saberlo, el último a quien convenía dirigirse era míster Fogg. En todo caso, aun cuando no se prodigaba mucho, no era tampoco avaro, porque en cualquier parte donde faltase auxilio para una cosa noble, útil o generosa, solía prestarlo con sigilo y hasta con el velo del anónimo.
En suma, encontrar algo que fuese menos comunicativo que este gentleman, era cosa difícil. Hablaba lo menos posible y parecía tanto más místerioso cuanto más silencioso era. Llevaba su vida al día; pero lo que hacía era siempre lo mismo, de tan matemático modo, que la imaginación descontenta buscaba algo más allá.
¿Había viajado? Era probable, porque poseía el inapamundi mejor que nadie. No había sitio, por oculto que pudiera hallarse del que no pareciese tener un especial conocimiento. A veces, pero siempre en pocas breves y claras palabras, rectificaba los mil propósitos falsos que solían circular en el club acerca de viajeros perdidos o extraviados, indicaba las probabilidades que tenían mayores visos de realidad y a menudo, sus palabras parecían haberse inspirado en una doble vista; de tal manera el suceso acababa siempre por justificarlas. Era un hombre que debía haber viajado por todas partes, a lo menos, de memoria.
Lo cierto era que desde hacía largos años Phileas Fogg no había dejado Londres. Los que tenían el honor de conocerle más a fondo que los demás, atestiguaban que excepción hecha del camino diariamente recorrido por él desde su casa al club nadie podía pretender haberio visto en otra parte. Era su único pasatiempo leer los periódicos y jugar al whist. Solía ganar a ese silencioso juego, tan apropiado a su natural, pero sus beneficios nunca entraban en su bolsillo, que figuraban por una suma respetable en su presupuesto de caridad. Por lo demás bueno es consignarlo , míster Fogg, evidentemente jugaba por jugar, no por ganar. Para él, el juego era un combate, una lucha contra una dificultad; pero lucha sin movimiento y sin fatigas, condiciones ambas que convenían mucho a su carácter.
Nadie sabía que tuviese mujer ni hijos cosa que puede suceder a la persona más decente del mundo , ni parientes ni amigos lo cual era en verdad algo más extraño . Phileas Fogg vivía solo en su casa de Saville Row, donde nadie penetraba. Un criado único le bastaba para su servicio. Almorzando y comiendo en el club a horas cronométricamente determinadas, en el mismo comedor, en la misma mesa, sin tratarse nunca con sus colegas, sin convidar jamás a ningún extraño, sólo volvía a su casa para acostarse a la media noche exacta, sin hacer uso en ninguna ocasión de los cómodos dormitorios que el Reform Club pone a disposición de los miembros del círculo. De las veinticuatro horas del día, pasaba diez en su casa, que dedicaba al sueño o al tocador. Cuando paseaba, era invariablemente y con paso igual, por el vestíbulo que tenía mosaicos de madera en el pavimento, o por la galería circular coronada por una media naranja con vidrieras azules que sostenían veinte columnas jónicas de pórfido rosa, Cuando almorzaba o comía, las cocinas, la repostería, la despensa, la pescadería y la lechería del club eran las que con sus suculentas reservas proveían su mesa; los camareros del club, graves personas vestidas de negro y calzados con zapatos de suela de fieltro, eran quienes le servían en una vajilla especial y sobre admirables manteles de lienzo sajón; la cristalería o molde perdido del club era la que contenía su sherry, su oporto o su clarete mezclado con canela, capilaria o cinamomo; en fin, el hielo del club hielo traído de los lagos de América a costa de grandes desembolsos , conservaba sus bebidas en un satisfactorio estado de frialdad.
Si vivir en semejantes condiciones es lo que se llama ser excéntrico, preciso es convenir que algo tiene de bueno la excentricidad.
La casa en Saville Row, sin ser suntuosa, se recomendaba por su gran comodidad. Por lo demás, con los hábitos invariables del inquilino, el servicio no era penoso. Sin embargo, Phileas Fogg exigía de su único criado una regularidad y una puntualidad extraordinarias. Aquel mismo día, 2 de octubre, Phileas Fogg había despedido a James Foster, por el enorme delito de haberle llevado el agua para afeitarse a 84 grados Fahrenheit en vez de 85, y esperaba a su sucesor, que debía presentarse entre once y once y media.
Phileas Fogg, rectamente sentado en su butaca, los pies juntos como los de los soldados en formación, las manos sobre las rodillas, el cuerpo derecho, la cabeza erguida, veía girar el minutero del reloj, complicado aparato que señalaba las horas, los minutos, los segundos, los días y años. Al dar las once y media, míster Fogg, según su costumbre diaria debía salir de su casa para ir al Reform Club.
En aquel momento llamaron a la puerta de la habitación que ocupaba Phileas Fogg.
El despedido James Foster apareció y dijo:
El nuevo criado.
Un mozo de unos 30 años se dejó ver y saludó.
¿Sois francés y os llamáis John? Le preguntó Phileas Fogg.
Juan, si el señor no lo lleva a mal respondió el recién venido . Juan Picaporte, apodo que me ha quedado y que justificaba mi natural aptitud para salir de todo apuro, Creo ser honrado, aunque, a decir verdad, he tenido varios oficios. He sido cantor ambulante, he sido artista de circo donde daba el salto como Leotard y bailaba en la cuerda como Blondín; luego, al fin de hacer más útiles mis servicios, he llegado a profesor de gimnasia, y por último, era sargento de bomberos en París, y aún tengo en mi hoja de servicios algunos incendios notables. Pero hace cinco años que he abandonado la Francia, y queriendo experimentar la vida doméstica soy ayuda de cámara en Inglaterra. Y hallándome desacomodado y habiendo sabido que el señor Phileas Fogg era el hombre más exacto y sedentario del Reino Unido, me he presentado en casa del señor, esperando vivir con tranquilidad y olvidar hasta el apodo de Picaporte.
Picaporte me conviene respondió el gentiemen . Me habéis sido recomendado. Tengo buenos informes sobre vuestra conducta. ¿Conocéis mis condiciones?
Sí, señor.
Bien. ¿Qué hora tenéis?
Las once y veintidós respondió Picaporte, sacando de las profundidades del bolsillo de su chaleco un enorme reloj de plata.
Vais atrasado.
Perdóneme el señor, pero es imposible.
Vais cuatro minutos atrasado. No importa. Basta con hacer constar la diferencia. Conque desde este momento, las once y veintinueve de la mañana, hoy miércoles 2 de octubre de 1872, entráis a mi servicio.
Dicho esto, Phi leas Fogg se levantó, tomó su sombrero con la mano izquierda, lo colocó en su cabeza mediante un movimiento automático, y desapareció sin decir palabra.
Picaporte oyó por primera vez el ruido de la puerta que se cerraba; era su nuevo amo que salía; luego, escuchó por segunda vez el mismo ruido; era James Foster que se marchaba también.
Picaporte se quedó solo en la casa de SavilleRow.
II
A fe mía decía para sí Picaporte algo aturdido al principio , he conocido en casa de madame Tussaud personajes de tanta vida como mi nuevo amo. Conviene advertir que los personajes de madame
Tussaud son unas figuras de cera muy visitadas, y a las cuales verdaderamente no les falta más que hablar.
Durante los cortos instantes en que pudo entrever
a Phileas Fogg, Picaporte había examinado rápida pero cuidadosamente a su amo futuro. Era un hombre que podía tener unos cuarenta años, de figura noble y arrogante, alto de estatura, sin que lo afease cierta ligera obesidad, de pelo rubio, frente tersa y sin señal de arrugas en las sienes, rostro más bien pálido que sonrosado, dentadura magnífica. Parecía poseer en el más alto grado eso que los fisonomistas llaman el reposo en la acción
facultad común a todos los que hacen más trabajo que ruido. Sereno, flemático, pura la mirada, inmóvil el párpado, era el tipo acabado de esos ingleses de sangre fría que suelen encontrarse a menudo en el Reino Unido, y cuya actitud algo académica ha sido tan maravillosamente reproducida por el pincel de Angélica Kauffmann. Visto en los diferentes actos de su existencia, este gentleman despertaba la idea de un ser bien equilibrado en todas sus partes, proporcionado con precisión, y tan exacto como un cronómetro de Leroy o de Bamshaw. Porque, en efecto, Phileas Fogg era la exactitud personificada, lo que se veía claramente en la expresión de sus pies y de sus manos
, pues que en el hombre, así como en los animales, los miembros mismos son organos expresivos de las pasiones.
Phileas Fogg era de aquellas personas matemáticamente exactas que nunca precipitadas y siempre dispuestas, economizan sus pasos y sus movimientos. Atajando siempre, nunca daba un paso de más. No perdía una mirada dirigiéndola al techo. No se permitía ningún gesto superfluo. Jamás se le vio ni conmovido ni alterado. Era el hombre menos apresurado del mundo, pero siempre llegaba a tiempo. Pero, desde luego, se comprenderá que tenía que vivir solo y, por decirlo así, aislado de toda relación social. Sabía que en la vida hay que dedicar mucho al rozamiento, y como el rozamiento entorpece, no se rozaba con nadie.
En cuanto a Juan, alias Picaporte, verdadero parisiense de París, durante los cinco años que había habitado en Inglaterra desempeñando la profesión de ayuda de cámara, en vano había tratado de hallar un amo a quien poder tomar cariño.
Picaporte no era, por cierto, uno de esos Frontines o Mascarillos, que, altos los hombros y la cabeza, descarado y seco al mirar, no son más que unos bellacos insolentes; no. Picaporte era un guapo chico de amable fisonomía y labios salientes, dispuesto siempre a saborear o a acariciar; un ser apacible y servicial, con una de esas cabezas redondas y bonachonas que siempre gusta encontrar en los hombros de un amigo. Tenía azules los ojos, animado el color, la cara suficientemente gruesa para que pudieran verse sus mismos pómulos, ancho el pecho, fuertes las caderas, vigorosa la musculatura, y con una fuerza hercúlea que los ejercicios de su juventud habían desarrollado admirablemente. Sus cabellos castaños estaban algo enredados. Si los antiguos escultores conocían dieciocho modos distintos de arreglar la cabeza de Minerva, Picaporte, para componer la suya, sólo conocía uno: con tres pases de batidor estaba peinado.
Decir si el genio expansivo de este muchacho podía avenirse con el de Phileas Fogg, es cosa que prohibe la prudencia elemental. ¿Sería Picaporte ese criado exacto hasta la precisión que convenía a su dueño? La práctica lo demostraría. Después de haber tenido, como ya es sabido, una juventud algo vagabunda, aspiraba al reposo. Había oído ensalzar el metodismo inglés y la proverbial frialdad de los gentlemen, y se fue a buscar fortuna a Inglaterra. Pero hasta entonces la fortuna le había sido adversa. En ninguna parte pudo echar raíces. Estuvo en diez casas, y en todas ellas los amos eran caprichosos, desiguales, amigos de correr aventuras o de recorrer paises, cosas todas ellas que ya no podían convenir a Picaporte. Su último señor, el joven lord Longsferry, miembro del Parlamento después de pasar las noches en los oystersrooms
de Hay Marquet, volvía a su casa muy a menudo sobre los hombros de los policemen.
Queriendo Picaporte ante todo respetar a su amo, arriesgó algunas observaciones respetuosas que fueron mal recibidas, y rompió. Supo en el ínterin que Phileas Fogg buscaba criado y tomó informes acerca de este caballero. Un personaje cuya existencia era tan regular, que no dormía fuera de casa, que no viajaba, que nunca, ni un día siquiera, se ausentaba, no podía sino convenirle. Se presentó y fue admitido en las circunstancias ya conocidas.
Picaporte, a las once y media dadas, se hallaba solo en la casa de Sara, se ausentaba, no podía sino considerarla recorriendo desde la cueva al tejado; y esta casa limpia, arreglada, severa, puritana, bien organizada para el servicio, le gustó. Le produjo la impresión de una cáscara de caracol alumbrada y calentada con gas, porque el hidrógeno carburado bastaba para todas las necesidades de luz y calor. Picaporte halló sin gran trabajo en el piso segundo el cuarto que le estaba destinado. Le convino. Timbres eléctricos y tubos acústicos le ponían en comunicación con los aposentos del entresuelo y del principal. Encima de la chimenea había un reloj eléctrico en correspondencia con el que tenía Phileas Fogg en su dormitorio, y de esta manera ambos aparatos marcaban el mismo segundo en igual momento.
No me disgusta, no me disgusta decía para sí Picaporte.
Advirtió además en su cuarto una nota colocada encima del reloj. Era el programa del servicio diario. Comprendía desde las ocho de la mañana, hora reglamentaria en que se levantaba Phileas Fogg, hasta las once y media en que dejaba su casa para ir a almorzar al Reform Club todas las minuciosidades del servicio, el té y los picatostes de las ocho y veintitrés, el agua caliente para afeitarse de las nueve y treinta y siete, el peinado de las diez menos veinte, etc. A continuación, desde las once de la noche instantes en que se acostaba el metódico gentieman todo estaba anotado, previsto, regularizado. Picaporte pasó un rato feliz meditando este programa y grabando en su espíritu los diversos artículos que contenía.
En cuanto al guardarropa del señor, estaba perfectamente irreglado y maravillosamente comprendido. Cada pantalón, levita o chaleco tenía su número de orden, reproducido en un libro de entrada y salida, que indicaba la fecha en que, según la estación, cada prenda debía ser llevada; reglamentación que se hacía extensiva al calzado.
Finalmente, anunciaba un apacible desahogo en esta casa de Saville Row casa que debía haber sido el templo del desorden en la época del ilustre pero crapuloso Sheridan la delicadeza con que estaba amueblada. No había ni biblioteca ni libros que hubieran sido inútiles para míster Fogg, puesto que el Reform Club ponía a su disposición dos bibliotecas, consagradas una a la literatura, y otra al derecho y a la política. En el dormitorio había una arca de hierro de tamaño regular, cuya especial construcción la ponía fuera del alcance de los peligros de incendio y robo. No se veía en la casa ni armas ni otros utensilios de caza ni de guerra. Todo indicaba los hábitos mas pacíficos.
Después de haber examinado esta vivienda detenidamente. Picaporte se frotó las manos, su cara redonda se ensanchó, y repitió con alegría:
¡No me disgusta! ¡Ya di con lo que me conviene! Nos entenderemos perfectamente míster Fogg y yo. ¡Un hombre casero y arreglado! ¡Una verdadera maquina! No me desagrada servir a una máquina.
III
Phileas Fogg había dejado su casa de Saville Row a las once y media, y después de haber colocado quinientas setenta y cinco veces el pie derecho delante del izquierdo y quinientas setenta y seis veces el izquierdo delante del derecho, llegó al Reform Club, vasto edificio levantado en Pall Mall, cuyo coste de construcción no ha bajado de tres millones.
Phileas Fogg pasó inmediatamente al comedor, con sus nueve ventanas que daban a un jardín con árboles ya dorados por el otoño. Tomó asiento en la mesa de costumbre puesta ya para él. Su almuerzo se componia de un entremés, un pescado cocido sazonado por una readins sauce
de primera elección, un "rosbif’escarlata de una torta rellena con tallos de ruibarbo y grosellas verdes, y de un pedazo de Chéster, rociado todo por algunas tazas de ese excelente té, que especialmente es cosecha para el servicio de Reform Club.
A las doce y cuarenta y siete de la mañana, este gentlenmen se levantó y se dirigió al gran salón, suntuoso aposento, adomado con pinturas colocadas en lujosos marcos. Allí un criado le entregó el Times
con las hojas sin cortar, y Phileas Fogg se dedicó a desplegarlo con una seguridad tal, que denotaba desde luego la práctica más extremada en esta difícil operación. La lectura del periódico ocupó a Phileas Fogg hasta las tres y cuarenta y cinco, y la del Standard
, que sucedió a aquél, duró hasta la hora de la comida, que se llevó a efecto en iguales condiciones que el almuerzo, si bien con la añadidura de royal british sauce
.
Media hora más tarde, varios miembros del Reform Club iban entrando y se acercaban a la chimenea encendida con carbón de piedra. Eran los compañeros habituales de juego de míster Phileas Fogg, decididamente aficionados al whist como él: el ingeniero Andrés Stuart, los banqueros John Sullivan y Samuel Falientin, el fabricante de cervezas Tomás Flanagan, y Gualterio Ralph, uno de los administradores del Banco de Inglaterra, personajes ricos y considerados en aquel mismo club, que cuenta entre sus miembros las mayores notabilidades de la industria y de la banca.
Decidme, Ralph preguntó Tomás Flanagan , ¿a qué altura se encuentra ese robo?
Pues bien respondió Andrés Stuart , el Banco perderá su dinero.
Al contrario dijo Gualterio Ralph , espero que se logrará echar mano al autor del robo. Se han enviado inspectores de policía de
