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La vida interrumpida: Crónicas de un regreso a Caracas
La vida interrumpida: Crónicas de un regreso a Caracas
La vida interrumpida: Crónicas de un regreso a Caracas
Libro electrónico248 páginas3 horasFuera de colección

La vida interrumpida: Crónicas de un regreso a Caracas

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Un viaje de tres semanas terminó convirtiéndose en trece meses de confinamiento en Caracas. Lo que comenzó como una visita familiar quedó atrapado entre el cierre del espacio aéreo y la incertidumbre de una ciudad desolada. Desde el encierro hasta las largas caminatas de diez kilómetros diarios, el autor narra en once crónicas cómo la capital venezolana se fue transformando en un escenario surreal: peligrosa y familiar, devastada y vital a la vez. A través de la observación y la experiencia directa, los textos que componen este libro son un testimonio íntimo y colectivo: una mirada que no juzga, solo observa, y que convierte la experiencia personal en un retrato vibrante de la Venezuela contemporánea.
IdiomaEspañol
EditorialLos Libros de la Catarata
Fecha de lanzamiento28 oct 2025
ISBN9788410674783
La vida interrumpida: Crónicas de un regreso a Caracas
Autor

Pedro Plaza Salvati

Venezolano de nacimiento, costarricense y español por adopción. Vive en Barcelona, España. Graduado cum laude en Estudios Internacionales en The American University, en Washington D.C. Maestría en Escritura Creativa de la Universidad de Nueva York. Máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra en Barcelona. Ganador del XVI Premio Anual Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana, Venezuela, con su obra Lo que me dijo Joan Didion: crónicas de Nueva York. Finalista del 69º Concurso de Novela Ciudad de Valladolid. Autor de las novelas Broadway-Lafayette: el último andén, El hombre azul y El lugar de las nubes, así como del libro de cuentos Decepción de altura. Ha publicado crónicas y artículos literarios en Zenda Libros, Hedónica, Prodavinci, Asymptote, Latin American Literature Today, Papel Literario, Ficción Breve y Buensalvaje.

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    La vida interrumpida - Pedro Plaza Salvati

    Un retrato de su tiempo, y del nuestro

    Pedro Plaza Salvati es un escritor que viene del Caribe venezolano, pero el recuerdo de mi primera conversación con él tiene la luz ártica y el blanco de nieve y silencio de los inviernos de Nueva York. Me acuerdo de Pedro y de Ana, su esposa, los dos cubiertos de abrigos y gorros, con caras ateridas, en una acera nevada de Morningside Heights, mi barrio de Manhattan en aquellos tiempos, cerca de la catedral permanentemente inacabada de St. John the Divine y de algunas librerías y cafés que tenían algo de reliquias de la vida europea que en otros tiempos había florecido en esas calles, al calor de la presencia de la Universidad de Columbia, y sobre todo de los desterrados de Europa y del totalitarismo que hicieron sus hogares en el barrio. Con raíces en la emigración italiana a Venezuela, más o menos expulsado de su país de origen, Pedro Plaza Salvati cuadraba en aquel ambiente más de lo que en principio hubiera parecido. Estuvimos charlando cara a cara por primera vez en el calor hospitalario de la Hungarian Pastry Shop, más suntuosa en su nombre que en su realidad, y desde aquel momento se inició una de esas amistades instantáneas que van a durar toda la vida. En esa época yo era profesor en la maestría de escritura creativa de la New York University, y a Pedro, uno de los alumnos, me lo habían asignado como asistente. Gracias a esa circunstancia nuestra relación fue más asidua y estrecha que si él hubiera sido uno más en el grupo de estudiantes. Pero yo creo que un motivo más profundo nos unió, y fue que entre nosotros había de antemano una afinidad en la manera de entender la vida y la literatura.

    Yo diría que nos aproximaba una curiosidad abierta hacia el mundo, más acá de los libros y de las supersticiones literarias, y un recelo de eso que Juan Carlos Onetti llamó literatosis. Onetti, hombre perezoso, nunca definió ese término que le gustaba tanto, pero quienes hemos frecuentado ambientes literarios y esos entornos peculiares de la llamada enseñanza de la también llamada escritura creativa podemos reconocer la dolencia que nombra: un ensimismamiento en lo puramente literario, en una idea de la literatura entre gremial y religiosa que excluye la vida real y tangible de todos los días, y sobre todo en una sacralización de la figura del escritor como gurú, como genio, legitimado en todos los caprichos de su vanidad, habitante de la literatura como de una sociedad secreta ocupada exclusivamente de sí misma, desdeñosa de todos los que no compartan su hermetismo.

    A Pedro se le notaba mucho que venía de fuera de la universidad y de los círculos literarios, que se había ganado la vida con una carrera de diplomático y con trabajos de gran exigencia práctica. Y sobre todo que tenía un interés obsesivo y doliente en el devenir de su país, en una realidad política y social de la que él mismo había sido víctima, al verse forzado por las circunstancias, como tantos venezolanos, a abandonarlo. Pedro había ido a Nueva York buscando una educación literaria en aquella maestría universitaria, pero su verdadero aprendizaje no creo que estuviera en las aulas sin ventanas en las que teníamos las clases, sino en la vida misma de la ciudad, mirada por él con los ojos alerta del desterrado, con la tensión entre los dos mundos, los dos tiempos, las dos formas de vivir, el acá y el allá, el ahora y el entonces, la antigua seguridad perdida y la condición presente y siempre incierta del extranjero. Cuando uno sale de su mundo, la costumbre queda abolida, lo que uno daba por supuesto se acaba, y por lo tanto la atención debe afilarse, por puras razones de supervivencia, aunque también por gusto, por vocación, por la limpia curiosidad de aprender.

    A lo largo de los años, he seguido con permanente interés la educación que Pedro Plaza Salvati se ha ido dando a sí mismo, su evolución como escritor, la maduración de un impulso que a mi juicio ha sido sobre todo el de dar un testimonio personal que es también una crónica del mundo presente, a través de los lugares a los que lo ha conducido su destierro: Estados Unidos, Costa Rica, España, la Italia de sus mayores. Joseph Roth, que escribió como crónicas de periódico algunas de las mejores páginas de la literatura del siglo XX, dijo con sencillez en una carta a un amigo: Yo pinto el retrato de mi tiempo. En su caso, el retrato tenía por fuerza que ser tenebroso. Joseph Roth era la víctima designada perfecta de las formas de barbarie que asolaron las primeras décadas del siglo, y si no sucumbió a ellas fue porque se mató bebiendo un año antes de que los nazis ocuparan París, la última de sus diversas ciudades de destierro: judío de la Europa oriental, irreverente, hostil a cualquiera ortodoxia religiosa o política, observador dotado de una lucidez profética, porque a mediados de los años veinte ya estaba advirtiendo de una bestialidad totalitaria que nadie quería ver.

    En La vida interrumpida, Pedro Plaza Salvati logra la plena madurez en una tarea para la que supe que estaba dotado desde que lo conocí, y a la que además le han abocado las circunstancias de su vida. Durante los años en que fui profesor en aquella maestría neoyorquina, observé el efecto de la literatosis sobre muchos de los estudiantes enrolados en ella. Tendían a escribir historias centradas en ellos mismos, en materiales biográficos que solían carecer de un contexto público, o social. Eran, con mucha frecuencia, relatos familiares en los que las circunstancias exteriores se apreciaban, si acaso, muy tenuemente; y también relatos sobre escritores, y sobre escritores que estudiaban en una maestría de escritura creativa en Nueva York, etc.

    Creo que el mejor aprendizaje para un escritor es el de distinguir, de manera consciente o no, sus capacidades específicas, la variedad singular de su talento; tener una mirada y educarla: eso que se llama tener un mundo propio.

    El mundo propio de Pedro Plaza Salvati es el mundo: o esa parte de él a la que pertenece de una manera visceral, inevitable, tan íntima que la lejanía no puede ser más que un desgarro, aunque sea también la oportunidad de una educación. El mundo de Pedro Plaza Salvati está hecho de las idas y vueltas del destierro, del juego permanente entre el reconocimiento y la extranjería, todo ello volcado en la observación aguda de los detalles reveladores, de lo concreto y en apariencia banal en lo que está cifrada la realidad de un país, en el ir y el volver, no en viajes abstractos de escritor que teoriza sobre el nomadismo, sino en la atención exacta al lugar, al momento, al tiempo, a la atmósfera, a los estados de ánimo, al absurdo del despotismo y sus extravagancias verbales, a la irrupción súbita de esa irrealidad en la que todos nos vimos sumergidos en marzo de 2020, aquel tiempo tan difícil de recordar porque no se parecía ni al antes ni al después.

    Uno no escribe lo que quiere. Uno escribe con lo que tiene a mano, indiscriminadamente, como aquel vagabundo del metro de Nueva York al que Pedro dedicó una novela: Todo lo que necesitas lo puedes conseguir en la basura. Uno escribe con las circunstancias inesperadas, igual que con las ocurrencias y los hallazgos repentinos, y ha de tener confianza en su buena suerte, y escarbar en la basura de la experiencia. A Pedro Plaza Salvati un regreso breve a Caracas se le convirtió por culpa del covid-19 en una estancia de más de un año, pero ese contratiempo resultó ser una ventaja, porque de otro modo no habría encontrado la materia central de este libro, que a mi juicio es el mejor de los suyos: las caminatas continuas por Caracas, la ciudad distópica de la pandemia y de la dictadura, las idas y venidas entre el presente calamitoso y la memoria personal. Educado en Nueva York, en San José de Costa Rica, en Florencia, en Barcelona, Pedro Plaza Salvati utilizó ese aprendizaje para observar su propia ciudad descubriendo en ella lo que solo puede ver el nativo desterrado que regresa. El retrato es desolador, pero de la melancolía irreparable lo rescata la intensidad de la experiencia vivida y la curiosidad y la compasión hacia los muchos náufragos que perseveran en su humanidad en medio del desastre.

    Antonio Muñoz Molina

    Ademuz, 29 de junio de 2025

    Un mundo sin bocas

    En efecto, un país se considera tanto más de­­sarrollado cuanto más sabias y eficientes son las leyes que impiden al miserable ser demasiado miserable y al poderoso demasiado poderoso.

    Primo Levi

    Camino de dos a tres horas diarias en direcciones aleatorias. Desde Chacao he incursionado a Libertador, Baruta, Sucre y El Hatillo, que conforman los cinco municipios de Caracas. En extremos opuestos he llegado a pie hasta la última barrera de la avenida Urdaneta, cerca de Miraflores, donde está el centro del poder, hacia el oeste, o hasta la Redoma de Petare hacia el este, donde se encuentra la barriada más grande de Latinoamérica. He caminado hacia el sur hasta La Trinidad. Antes de salir cumplo la ceremonia: llevo puesta una chaqueta impermeable por si llueve, un tapabocas N95 estilo pico de pato, gel desinfectante, lentes de protección, un gorro deteriorado con logotipo de surfista, a veces una careta de plástico que llevo guindada como un escudo antimotín, una botella de agua mineral, un billete de veinte dólares, la tarjeta de débito en bolívares y un antiguo teléfono móvil sin línea que uso solo para tomar fotos. Trato de que mi aspecto llame la menor atención posible, el blue jean roto y los zapatos gastados pero cómodos. El reloj lo dejo en casa. Me llevo, por encima de todo, el ánimo de observar.

    Los cierres perimetrales entre municipios solo afectan a los que circulan en auto. Se puede pasar caminando sin problema al lado de policías que bloquean las vías fronterizas municipales con conos anaranjados de advertencia e inclusive obstáculos de concreto. Cuando vi a las personas con el rostro cubierto, me vino un fogonazo del memorable inicio de la controvertida Lolita de Nabokov: Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar hacia abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Por la boca comemos, besamos, hablamos, forma parte de nuestra expresión facial, ahora incompleta. Con la mitad del rostro tapado parecemos seres de otra dimensión. No es el planeta Tierra, sino el planeta Tapabocas. Con la boca cubierta las miradas se vuelven enigmáticas, los ojos resaltan más. Es difícil distinguir si son miradas de miedo, indiferencia, atracción, asco, odio, maldad, egoísmo, compasión, generosidad, empatía, lo que sea, no se puede decir con certeza. Las miradas también se vuelven, en algunos casos, más sensuales. Hay que aprender a descifrar las medias caras.

    Mural publicitario de la tienda Hecho en Venezuela,

    en la avenida principal de Las Mercedes.

    Tengo la costumbre de observar lo que la gente va dejando en el piso: papeles, objetos, cualquier cosa que me pueda dar luces para interpretar la ciudad. En los días del operativo militar por la escasez de gasolina prolongada en el país, paso cerca de la gasolinera, la estación PDV GNV Blandín, y, frente a lo que era Motolandia, me tropiezo con papeles religiosos en forma de panfletos, una foto de un señor moreno con lentes, vestido de traje, como sacado de una sesión de góspel de un domingo en Harlem. Hay una tarjeta de invitación escapada de un sobre azul:

    Nos encantaría que nos acompañen

    en la ceremonia religiosa

    a celebrarse el sábado veintiuno de abril de dos mil siete

    a las doce del mediodía

    en la Iglesia San José de Chacao

    Caracas, Venezuela.

    Leopoldo y Lilian

    Busco en las redes y, en efecto, la boda eclesiástica de Leopoldo López y Lilian Tintori se realizó el 21 de abril de 2007. Hay una bonita foto de la pareja que parece de la realeza en estas latitudes, una imagen que calza para alguna revista sobre famosos, una fotografía tipo Hola. Transmiten alegría, ilusión, esperanza, los ojos les brillan como dos optimistas empedernidos, dueños del mundo y de la felicidad sobre la tierra. ¿Quién se hubiera imaginado, en ese momento, el cauce de los acontecimientos futuros y cercanos?

    La primera vez que fui a comprar al mercado y a la farmacia eran pasadas las tres de la tarde. En las calles no había un alma y aunque el confinamiento seguía en pie, la policía parecía no meterse con la poca gente que andaba caminando como solitarios perdidos. Esa situación, al menos, fue muy distinta a España, cuyo encierro fue más claustrofóbico y todavía con el frío presente. Los desplazamientos en vehículos solo se permitían dentro de los municipios y para cubrir una necesidad básica. La gente circulaba más que todo en auto en las mañanas para comprar comida o medicinas, aun así, corrían el riesgo de que los detuvieran. Una cuarentena severa, a pesar de que los casos de contagio eran pocos. Me invadía una sensación extraña, entre el temor y la aniquilación. La alcaldía de Chacao imponía la prohibición de circular después de las seis de la tarde, excepto que se contara con un salvoconducto. Así que en horas de la tarde no había autos en las calles, tampoco gente, como si hubiera llegado una peste; la frase, lugar común, se había hecho realidad. ¿Dónde se ha metido la humanidad? Una ciudad fantasma. En el mercado había un hombre con un letrero guindado sobre el cuello: Exijo democracia. No sé si este señor usará ese letrero cada vez que sale o solo cuando va al mercado. Es un convencido, un soñador con algo de exhibicionista. La terquedad es la que a veces logra los propósitos. Salí con algunas bolsas perdido en la soledad hueca de las calles.

    En una plaza veo una fila de autos diplomáticos estacionados uno tras otro. ¿Qué hacen allí reunidos? ¿Qué estarán decidiendo? Hay tres guardias en puntos distintos de la zona. Aparece el único auto en movimiento que he visto en el trayecto y los guardaespaldas ponen las manos en las pistolas. El vehículo va lento, ajeno a su entorno y a los acontecimientos.

    Las aceras están llenas de hojas caídas de los árboles. Caminando solo y apertrechado con mi indumentaria antipandemia, debo parecer el único sobreviviente de una catástrofe, como el hombre que junto a su hijo cruza el territorio estadounidense, rumbo al sur, en La carretera de Cormac McCarthy, en medio de un paisaje quemado por lo que parece un holocausto nuclear o el apocalipsis. Algo de eso, así sea una pizca, lo entona la calima que se cuela durante varios días. La hemos seguido sufriendo estas semanas y, junto al olor a quemado, que hace juego con el color sepia con el que me encontré Caracas, le da una fachada espectral a la ciudad.

    Pareciera que algo va a estallar entre tanto silencio.

    En el centro comercial Chacaíto hay una larga fila de autos con tanques de agua de plástico amarrados en el techo. Paso al lado de la escultura cinética de Jesús Soto, Cubo vertical azul y negro. Como hay mucha brisa, el choque continuo y multiplicado de los metales que cuelgan produce sonidos expectantes como los de una película de suspenso. Camino hacia Sabana Grande. Me doy cuenta de que, al cruzar el límite entre los municipios Chacao y Libertador, hay muchos más comercios abiertos. De lo que era antes una sede de la librería Libros del Sur, una cadena del Gobierno bolivariano, salen hombres con cajas de comida que cargan en un camión. Un letrero dice Funda Comunal (Fundación para el Desarrollo y Promoción del Poder Comunal). Libros por cajas CLAP, las llamadas cajas compraconciencias: comida por lealtad al proceso. Del otro lado de la calle, un letrero grande #NoMásTrump está colocado en una entrada custodiada del Barrio Nuevo Tricolor. Atrás había dejado pintas de #NoMásDictadura. Poca gente compra, no hay dinero. Eso sí, todo el mundo, salvo contadas excepciones, lleva tapabocas. Hay espacio de sobra en el bulevar para mantener la distancia social.

    A medida que avanzo, me encuentro con la única aglomeración dentro de una agencia bancaria para sacar dinero de un cajero, una suma que será como mucho una décima parte de un dólar. Un hombre grita: Compro oro, compro oro, compro oro por plata, compro euros. Una tienda tiene un letrero: Se aceptan billetes rotos. Se aceptan petros [criptomonedas]. El canto de un

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