Esto no es amor (o sí)
Por Luciana Maggio
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Entre un romance fallido con un famoso y la complicidad inesperada de su amiga Silvia, Andrés empieza a sacarse capas: las de hijo obediente, las de pareja ideal, las de hombre perfecto.
Esto no es amor (o sí) es una novela sobre lo que duele romper, lo que libera soltar y lo que significa, al fin, elegir(se).
Luciana Maggio
Luciana Maggio nació en 1983. Es Licenciada en Ciencias de la Comunicación Social y Licenciada en Psicología. Colaboró en medios digitales y trabaja como psicóloga clínica en terapia estratégica e integrativa. Esto no es amor (o sí) es su primera novela.
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Esto no es amor (o sí) - Luciana Maggio
I
Soy Andy
Nací el 5 de agosto de 1989, extendiendo tres semanas la gestación en el vientre de Mirta. Este hito, que en cualquier familia podría haberse erigido como una anécdota graciosa o particular, en la mía y con mi madre, signó la amargura de su dulce espera y el anclaje del conflicto entre nosotros para siempre. Alguna vez intenté desmarcarme del evento o sugerir si acaso no podría haber habido un error en los cálculos, pero la mirada fulminante del entorno callaba mis débiles argumentos y terminé por asumir la responsabilidad resignado. Varias veces la oí a Mirta sentenciar que ella sabía que tenía que nacer antes y que cree que la causa de todo lo que soy empezó ahí: a semanas del parto. Aquí mi madre está diciendo subrepticiamente que les cagué la vida desde nonato y esto, sin dudas, debe ser un récord olímpico. Todo lo que soy para ella es en esencia mi orientación sexual. Que soy gay, bah. Y los soy sin dudas, pero soy otras cosas también, aunque para mamá la etiqueta de la homosexualidad sea absoluta y lapidaria, y ande con esa en la mano para sampármela cuando no le gusta alguna actitud propia o comentario. Para mí es más de lo mismo. Esto no me molesta ya. Antes sentía culpa cuando lo señalaba, culpa porque la veía sufrir con la situación, no culpa por ser gay, claramente. ¿Acaso tengo opción de no serlo?
Pasé años intentando lavar mi identidad para mendigar su aceptación, pero realmente ya no me importa y creo que las denominaciones ayudan a comprender el mundo y yo soy homosexual, abrazo la etiqueta con orgullo porque para mí no es una reducción identitaria, sino que es mucho más profundo que eso. Creo que, en algún punto, cuando empecé a descubrir de qué se trataba esto de sentirme atraído por hombres siendo hombre y lo pude empezar a hablar, me sentí tan aliviado de entender que solo soy gay, que la denominación pasó a un segundo plano para siempre.
Discuto seguido esto con Diego y me torra. Él se escandaliza con mi postura, lo aborda desde la fuerza de la palabra y lo que aporta, o no, rotular a la gente en términos de sentirnos libres, de desarrollar quiénes queremos ser. Yo lo veo desde lo pragmático, saberme gay y entender quiénes lo son también, me permitió, históricamente, conocer el ceñido mercado de pases disponible. Entiendo a lo que se refiere y adhiero a su postura cuando pienso en ejemplos como el de mi amiga Carola que sintió universal la etiqueta y ser la gorda funcionó como sesgo para ojos ajenos y para los propios. Se instaló ahí, la instalaron también, y se cristalizó el mote. Pero esto no aplica a mí ni a mi identidad, la verdad, y nada me importa menos hoy. Es más, ninguna penuria de la adolescencia ni comentario de Mirta se compara con la reflexión de anoche: sin darme cuenta, después de discutir con Diego, supe que ya me pesan estos intercambios. Me angustian, me agotan, me pudren, me agobian… todo eso. Cuestión, que nos escupimos las diferencias de mal modo otra vez, cenamos abstraídos en nuestros pensamientos —terreno conocido para él— y nos fuimos a dormir separados. Fue ahí donde, en un esfuerzo por conciliar el sueño, pensé:
Si se muere es más fácil
.
De nuevo: Si se muere es más fácil
.
Esto es perturbador.
Bueno, a ver, se entiende: no es que quiera que se muera ni que se muera ya. No le deseo ningún mal, nunca tuve sentimientos negativos hacia él, ni en las más horrendas discusiones ni cuando lo esperé o lo acompañé o lo contuve porque por décimo cuarta vez tuve que rescatarlo de algún melodrama apocalíptico. No le deseo un mal, no es eso. Solo necesito resolver el círculo nefasto en el que nos encontramos y parece que Diego no está ni cerca de mirar el problema de frente. Yo sí, lo miro, lo analizo y resuelvo como en la novela de las tres de la tarde: muerte repentina, fin del tema. Me río histérico y no me animo a mirarme al espejo, me desconozco. ¿Será que me estoy volviendo loco? O sea, sé que no… o creería que el loco es loco de otra manera, no así.
Nunca me pasó esto y juro que no tiene que ver con el daño, tiene que ver con lo que siento adentro. Es inexplicable desde la lógica, pero lo voy a intentar: en lo concreto, sería más fácil que Diego desaparezca —se muera— a tener que enfrentar una separación. No sé si quiero separarme, pero el punto es que pensarlo me estresa. La charla, las dudas: ¿lo iré a extrañar?, ¿hago lo correcto?, ¿es realmente el final?, ¿estoy listo para estar solo?, ¿me alcanza el sueldo para vivir? Fantaseo con la idea de manejarme con libertad, y me gusta. Especulo con eso de andar de voluntad suelta para hacer lo que quiero sin evaluar lo que estará pensando, sin considerar su sufrimiento, sin seguir priorizando su enfermedad y sus padecimientos por sobre los míos… ¡Ay! ¡Qué tentador suena todo esto! Y es que siempre fue igual. Siempre estuvo él primero porque yo no tengo nada, no estoy enfermo, solo sufro por cuestiones mundanas de la vida. ¿Y él? Él sí, él tiene más derechos que yo y, por ende, su sufrimiento es más justificado. Inconscientemente creo que esto también me pesa. Y lo peor, lo peor, peor de todo, es que encima ni siquiera sé si realmente lo quiero hacer. Quiero putear fuerte, me siento frustrado. Están las grandes cosas como tomar la decisión y asumir la culpa de abandonar a una persona enferma, y están las pelotudeces prácticas como, ¿qué hacemos con el gato? Estoy teniendo un pico de estrés. Mi cadena de pensamientos se está yendo a la mierda y esto me torturó toda la semana. ¿Hay tenencia compartida de mascotas? Él no va a querer dejármelo; yo tampoco, dárselo, no estoy dispuesto a que se quede con lo único que sí es mío. Es un gato de mierda y lo puteo más de lo que lo disfruto, pero lo quiero y es mi gato. Si voy a estar solo, al menos que sea con él.
Me duele la cabeza hace días. Ayer llegué agotado del hospital y me derretí en la cama. Hoy, cuando me levanté, Diego no estaba. Seguro se fue a correr. Eso lo calma. Esta vez no me contó qué le pasa. A mí ya me pudre un poco, siempre lo mismo, así que elegí no preguntar. La rutina se volvió una danza muda en donde yo sé que le pasa algo, él sabe que sé, yo sé que él sabe que sé y así, sin fin, miramos para el costado. Me encantaría decir que funciona, pero a juzgar por mi pensamiento macabro de anoche, podría afirmar, sin riesgo a equivocarme, que esto estaría tomando facetas siniestras.
Estoy pensando en agarrar más horas en el hospital, necesito tomar distancia y el trabajo siempre calmó todo. Si tomo más guardias, voy a poder poner la mente en blanco, ver si lo extraño, alejarme… Lo pienso y me consuelo un rato, pero como un bumerang mi cabeza vuelve a lo mismo: si por un momento pudiera desaparecerlo para traerlo más tarde, no lo dudo, lo haría. De esa manera podría probar si realmente es lo que quiero o no. Estoy exhausto, siento que pasaron mil horas, pero voy por el primer mordisco de la tostada que me preparé recién. Vuelvo, ok, lo entiendo, no puedo desaparecerlo. Me di cuenta de que no lloré esta vez. En otras crisis sí, pero en esta no. ¿Será una señal? Capaz es porque hoy estoy preparado. Pienso y sigo pensando mientras miro un punto fijo en la pared. A esa pared hay que pintarla. Pero ¿para qué? Si Diego se queda con el departamento, que lo pinte él… ¿Y si me lo quedo yo? Mejor pinto ahora y compartimos gastos. ¡Ay, no! Soy realmente un sorete de persona. La culpa se filtra con violencia. Miro hacia arriba ya con desesperación, no me soporto más. ¡Qué mierda es esto! Me siento sucio, turbio, infiel. ¿Infiel? En serio que capaz me estoy volviendo loco, si nunca fui infiel. ¿Qué me pasa? Jamás en la vida lo cagué y eso que tuve chances. Chances y excusas. Porque mis amigos lo saben, mi hermana también: convivir con Diego es complejo. Obvio que nadie me puso una pistola en la cabeza, ya lo analicé en mil sesiones de terapias. ¿Por qué me metí en una relación así?
¿Por qué no me fui a tiempo cuando vi las señales?
. Y mirá que no fueron sutiles, fueron mega señales. ¿Habrá sido lástima?, ¿falta de amor propio? Ni idea, lo cierto es que van cuatro años de relación, un alquiler, un gato, tres plantas y sigo firme acá. Bueno… ¿firme, firme? No, firme no, pero sigo acá, medianamente firme.
Diego no vuelve. Pasé de la cama al living y sigo igual. Quiero extirparme la cabeza. Realmente es una tortura. ¿Es esto lo que le pasa a él? De repente lo sé. Claro, ¡es esto! Ay, pobre… es un horror. Siento que estoy preso de ideas horribles que irrumpen con violencia en mi cabeza, no puedo desconectarme de los pensamientos, hace días que me levanto así, pero entre ayer y hoy fue peor. Ahora estoy dándole vueltas a la felicidad. Me pregunté mil veces si soy feliz y, en serio, sigo sin poder responderme. Nunca. Entro a filosofar estupideces para evadir la respuesta, ¿qué es la felicidad? Dios, soy tan idiota que me doy bronca. Quisiera decir que me doy vergüenza ajena también, pero sería una contradicción, ya desearía que la vergüenza fuera ajena, y cuando pienso eso me doy cuenta de que me estoy riendo solo. Listo, estoy loco. Lo firmo.
Mientras me hago el segundo té de la tarde, el gato se me trenza en las piernas. Me acerco a tocarlo y hunde la panza para evadirme. ¡Qué gato de mierda! Vuelvo a la felicidad. Decía, no sé si soy feliz. Pero ahí está el problema, tampoco creo ser infeliz. Entonces, no soy feliz ni infeliz. Necesito volver a terapia. Siempre oscilando, siempre la duda, siempre en un gris. Mi psicóloga me decía que uso los grises para no hacerme cargo de las decisiones. Fácil decirlo. ¿Qué haría ella en esta situación? Claro, no tiene mucho sentido preguntárselo así. Cierro los ojos y es como si la escuchara. Ella, siempre dulce y atenta detrás de la pantalla formulándome preguntas como: ¿en quién pensás cuando decís que querés endeudarte para irte de viaje?, ¿es en vos o en Diego? Y yo, siempre negador, porque en eso sí me mantengo firme, le decía: en mí, obvio, en mí.
En fin, sé que esto de no ser feliz ni infeliz mucho tiene que ver con que sea gay. Encontrar pareja estable homosexual, incluso en ciudades grandes y libres de prejuicios como Buenos Aires, es realmente difícil. Entonces, la hipótesis cerraría de la siguiente manera: renuncio a la felicidad por la estabilidad. Quiero pegarme un tiro. No puedo ser tan tarado. Y lo peor es que tuve mis noches rabiosas, mis historias breves. A veces las pienso y las saboreo. Qué loco, porque en ese momento no las disfrutaba tanto creyendo que quería ponerme de novio. Hoy siento que, en comparación con mis amigas —todas hetero— tuve mil experiencias y aprendí a valorar lo bueno y lo malo de estar solo y de estar con alguien. Pero en ese momento, creo que en ese momento no me liberé como lo haría hoy. Apa, estoy entrando en un terreno menos gris, Lic. Rabuffetti. Ojalá pudiera echártelo en cara.
A veces creo que me conformé con esta relación por miedo a quedarme solo; otras veces, en días mejores, miro a Diego y lo respeto, lo quiero, lo siento cerca. Pero están esos otros días, los peores. Son días oscuros en que no encuentro excusas que poner en el trabajo para rescatarlo de alguna situación en la que queda atrapado por su enfermedad. Porque el problema no es Diego, acá la cuestión es la mente de Diego. Esa misma que en ocasiones me deslumbra con argumentos o ideas inteligentes; otras veces, cuando gobierna la ansiedad, su cabeza es el enemigo invisible, intangible, inaccesible. Esas veces quisiera entrar ahí y hacerle una lobotomía. ¡Me pudre! Estamos bien y de repente lo huelo, se asoma, comienza con contestaciones de mierda, con algún enojo infundado y me miento. Digo tiene un mal día, le pasó algo en el trabajo. Luego, aparece otro indicio, comemos en silencio, le hablo y no me contesta y lo sé. Sé que volvió, sé que Diego deja de ser mi novio Diego y pasa a ser Diego en crisis. Y ahí, ahí mis días se ensombrecen. Ahí sé que me va a necesitar. Sé que tengo que poner el cuerpo. Sé que empiezan las interconsultas, que se va a quejar de que nadie lo entiende, que nadie lo ayuda. Pero yo lo entiendo, sé que sufre. La pasa horrible. Pero ¿y yo? ¿Será que a mí me entiende? En general, cuando la crisis va cediendo y vuelve de a poco a ser él, le agarra como un ataque de amor y agradecimiento, y termina en declaraciones románticas que ni Jane Austen supo escribir. La Lic. Rabuffetti insiste en que es más de lo mismo y la última vez que la vi me dijo algo terrible. En esa sesión, me explicó que lo que padece mi novio es crónico. Por definición, crónico es que se sufre por un largo período de tiempo y que no tiene miras de terminarse, de curarse. Cuando lo conocí tenía la fantasía de la cura, me duró un montón de tiempo, y creo que fue la mentira que permitió que la relación se arraigara. Sé que es contra fáctico, pero entiendo que, si me hubieran dicho que los días malos llegaron para quedarse for ever, probablemente hubiera salido espantado.
Pienso eso y me río. ¡Qué tipo contradictorio que soy! A veces me asusto de mí mismo. Es incomprobable eso de que lo hubiera dejado antes. Estaba tan desesperado y tan casi virgen cuando nos conocimos que creo que si Diego me decía que era un unicornio, firmaba ese día. Bueno, decía, el punto es que la psicóloga me aclaró que la enfermedad no se iba a curar, solo podía atenuarse la sintomatología, y que esta consistía en hilos de pensamientos eternos y perturbadores, eso, con una pizca de fobia social y un toquecito de ataque de pánico. Listo, tachame la doble. Entonces, cuando pasamos cenas en silencio, no es que no me quiere, como fantaseaba yo, sino que hay alguna idea de mierda, idea de autoflagelo, de desvaloración, que lo está castigando en silencio. No importa la cantidad de veces que le enumere sus virtudes, no alcanza, no las cree, no soy nadie para decírselas. No hay voz autorizada que venza la batalla contra la horrible conciencia interna que tiene de sí mismo. Sé que él intenta hacerle frente, salir victorioso y emerger con un suspiro a fuerza de hechizo mágico de esa interminable tortura que lo desgasta y le quita horas, días, años de vida. Diego sufre, en serio sé que sufre, lo entiendo. Él se queja de esto, dice que no se lo desea a nadie, que me cuenta el treinta por ciento de las cosas que piensa porque no se anima a decirme las otras; que, si yo supiera lo que piensa, lo dejo enseguida. Bueno, a riesgo de ser un forro otra vez, capaz que, en vez de morirse, me puedo ir adentrando en su mundo oscuro y ya… pero no, eso tampoco resolvería nada porque se lo dije a él y realmente lo siento así. Sé que no va a haber idea que me asuste porque a mí me dan cagazo otras cosas. Tengo miedo a subirme a una aerosilla, cierro los ojos cuando entro por el acceso norte a la General Paz, ahí donde se da esa curvita medio en el aire… ah qué mal la paso en ese momento. En fin, me dan miedo las alturas, los desastres naturales, las historias reales de violencia con asaltos y golpes, pero las ideas de Diego no me mueven un pelo. Siento que sus pensamientos lo amedrentan solo a él, a mí me hinchan las pelotas, pero ¿miedo? No, miedo definitivamente no.
Nos conocimos en una fiesta. Yo gay, él gay, fue flechazo de falta de oferta a primera vista. El embudo se achica en ambientes normales
y los que naufragamos estas aguas nos manoteamos rápido en los contextos diversos. Antes de Diego, solo una vez me enamoré. Me enamoré y me rompieron el corazón. Un combo hermosamente económico. Fue un compañero de trabajo. Obvio que cuando se terminó todo, tuve que renunciar. Empezamos con señales claras de entender en qué vereda estamos, te gusto y me gustás, pero… él vivía con su novia. Sí, novia, femenino. Confuso, pero real. Bueno, en este caso, Lautaro estaba viviendo con su novia, pero me miraba con ganas en el almuerzo. Le di rienda suelta y empezamos a tener encuentros sexuales esporádicos en lugares públicos como el baño de la oficina, mi auto en un estacionamiento, espacios al aire libre… todo un sainete magnífico. La pasamos increíblemente bien, lindas charlas y mucho sex appeal, siempre y cuando no habláramos de su novia y la convivencia. En un momento este globo grande y rosa de felicidad empezó a desinflarse y fui más incisivo con las preguntas, cuestiones tan básicas como ¿qué pensás hacer con esta superposición momentánea de parejas?
. Soy puto, pero no boludo. Al principio él dio vueltas, me dijo que la iba a dejar, que le diera un tiempo, que le daba lástima la mina. Y le creí. Conoció a mis papás y ellos chochos porque, después de la noticia bomba de que tenían un hijo homosexual, no creían posible que tuviera intenciones de formar pareja estable. Creo que los tranquilizaba saberme de novio y soltaron por fin, la fantasía de por gay, entonces promiscuo. Pero bueno, tampoco estaba de novio en este caso. En una contradicción evidente y patológica, empezamos a tener una relación formal mientras yo pensaba con bastante atino que esto que estaba viviendo no iba a terminar bien. Duraron poco mis dudas, un día me mandó un mensaje diciendo que no nos íbamos a ver más, que no podía dejarla, y que
