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Donde está enterrada el hacha
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Libro electrónico403 páginas5 horas

Donde está enterrada el hacha

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Una novela cibernética de intriga política, por el Premio Locus y finalista del Nébula.
«Un autor asombroso».
New Scientist
En la autoritaria Federación, hay un complot para asesinar al presidente, quien ha descargado su mente en una sucesión de nuevos organismos para mantener su poder. En los márgenes de una Europa occidental que ha renunciado a la gobernanza humana en favor de primeros ministros de IA, una mente artificial amenaza con desencadenar el fin del mundo occidental.
Mientras la Federación y Occidente se desmoronan, Lilia -la científica cuyo invento puede derrocar al presidente- trata de escapar de la red de vigilancia de la Federación. Pero su destino está ligado al de un grupo de personas que luchan contra el status quo global.
El resultado es una magistral crítica de las muchas formas de autoritarismo que asfixian la libertad humana.
IdiomaEspañol
EditorialNOVA
Fecha de lanzamiento5 jun 2025
ISBN9788410466111
Donde está enterrada el hacha
Autor

Ray Nayler

Ray Nayler es biólogo marino y ha trabajado durante media vida para el Servicio Exterior y el Cuerpo de Paz de Estados Unidos, donde ha dirigido varios proyectos de conservación ambiental en el archipiélago de Con Dao, el escenario de su primera novela. Aclamado como «uno de los maestros emergentes de la ciencia ficción breve» por la prestigiosa revista Locus Online, sus numerosas piezas de ficción corta han aparecido enlas antologías del género más relevantes del mundo. La montaña en el mar es uno de los debuts más fascinantes que ha dado la ciencia ficción en años.

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    Donde está enterrada el hacha - Ray Nayler

    LIBRO PRIMERO

    Sombra de observación

    En Norteamérica, en el otro extremo del mundo, crece un arbusto de creosota que brotó de una semilla hace casi doce mil años. Estos arbustos no son un organismo único y continuo, sino una colonia clonal. El tallo original se ha dividido y fragmentado a lo largo de los siglos en segmentos genéticamente idénticos, un anillo de tejido vivo que reemplaza al tallo original al morir.

    Después de varios milenios, este arbusto de creosota conforma un anillo de tejido vegetal vivo de unos quince metros de diámetro que se ha aprovechado tanto de sus raíces vivas como de los caminos que las raíces anteriores habían excavado en el suelo a lo largo de los milenios.

    Pero cuando las semillas de ese arbusto de creosota crecen, lo hacen en lugares donde los entramados de raíces de los árboles de la era glacial ya habían excavado la tierra en busca de agua. Cuando miras los arbustos que conforman un bosque de creosotas, no solo estás mirando unos seres vivos que enraizaron antes de que se construyesen las pirámides de los mayas, sino que también estás contemplando el mapa de un bosque de la era glaciar que estaba allí antes de que llegasen los arbustos de creosota. Un «bosque fantasma», un molde extinto en cuyo interior ha crecido el presente.

    Nuestros sistemas humanos están atrapados en esos mismos moldes extintos. El zar ha muerto. Larga vida al zar.

    ZOYA ALEKSÉYEVNA VELIKANOVA,

    La discusión perpetua

    1

    ZOYA

    La Federación

    El hacha partió el tronco en dos. Las mitades cayeron por los lados del bloque y se precipitaron sobre el resto de los pedazos de madera que había en la tierra oscura.

    Zoya había sido capaz de cortar su propia madera hasta esa quinta estación de su exilio. Estaba orgullosa de su capacidad para hundir el hacha en el leño.

    Pero ahora, todos y cada uno de los golpes que daba parecían salirle torcidos. Se afanó durante una hora.

    Al final, su asistente la interrumpió.

    —Zoya Alekséyevna. Tus constantes vitales son preocupantes. Para, por favor. Deja que lo haga por ti.

    No sentía nada raro en los músculos. En ninguna parte, en realidad.

    Quizá era su voluntad lo que le fallaba.

    Eso era lo que más temía. Cortar madera no requería fuerza ni puntería. Tenías que desear que el hacha atravesase el tronco por el centro. La acción física era poco más que una extensión muscular de dicha voluntad. Nada más.

    Zoya se sentó en una silla de lona y empezó a mirar cómo su robot asistente cortaba la madera. No había nada mecánico en sus acciones. La manera en la que ajustaba la pose y el agarre entre impactos, la forma en la que volvía a colocar cada uno de los nuevos leños sobre el bloque. La palabra que le vino a Zoya a la mente en ese momento fue «inteligencia». La inteligencia del cuerpo. La inteligencia espontánea y certera de un niño que salta a la comba. El robot no tenía voluntad, ¿verdad? Aun así, a pesar de que cada leño era diferente, cada uno de los golpes caía a la perfección sobre él. El robot contaba con una manera perfecta de calcularlo todo, y eso parecía mejor que la voluntad humana. O, al menos, más eficiente.

    La zona para cortar madera se encontraba cerca de la linde del claro. El sol atravesó los abedules plateados. Proyectaba monedas de luz en los brazos bruñidos del robot, en la madera cortada, cruda como carne bajo resplandores matutinos.

    Quizá, para envejecer como era debido, había que dejar que los demás hiciesen por ti tu trabajo. Debías tener claro el momento en el que este había llegado a su fin.

    Zoya lo intentaba.

    Contempló la luz que se esparcía sobre la superficie del robot. Oyó el síncope del hacha al atravesar los leños, el cloc de la madera cortada al caer entre el resto de las mitades.

    La brisa era cálida cuando se agitaba el aire. Aún no había que temer el invierno. Aún.

    Oyó el agitar de las hojas con forma de punta de flecha de los abedules, retorciéndose en sus peciolos.

    Después vio al fantasma.

    Caminaba entre los troncos pálidos de los árboles, sumido entre las sombras.

    Una figura humana recortada contra la silueta oscura de los abedules. Pero, mientras se acercaba, Zoya vio que dichos troncos atravesaban el cuerpo de la figura.

    El fantasma avanzó sin detenerse, como una negrura que pasara sin oscurecer aquella línea clara.

    «Aquí viene. No es la muerte, a quien le habría dado la bienvenida…, sino la prueba de la deriva de mi mente».

    Después, Zoya se tapó el ojo izquierdo. El fantasma se volvió tan sólido como cualquier persona. Se encontraba a unos veinte metros del claro.

    Zoya se tapó el ojo derecho. El fantasma desapareció por completo, quedó extirpado del mundo sin dejar en él siquiera el más mínimo resplandor que indicara su presencia.

    Pero seguía allí. Oía las pisadas entre las hojas en descomposición. Sentía el silencio de las aves a su alrededor, siguiendo sus movimientos a través de la taiga.

    Zoya volvió a taparse el ojo izquierdo. Una mujer salió al claro. Llevaba una mochila militar marrón oliva cuyos tonos casaban con los de las demás prendas.

    La mujer se llevó un dedo a los labios.

    Zoya, ahora con ambos ojos abiertos, vio a la mujer como una figura translúcida recortada contra la linde del bosque. Los rayos del sol la atravesaban. Las hojas se agitaban en la brisa y volaban a través de su carne vítrea.

    Se levantó de la silla.

    —Cuando termines con la madera —le dijo al robot—, apílala. Después recoge champiñones y comprueba las colmenas.

    Zoya y la mujer que el robot era incapaz de sentir cruzaron el claro en dirección a la pequeña cabaña de madera que había en el centro.

    En el interior, la cabaña estaba fresca y era agradable. Olía a cedro. La luz se proyectaba en trapezoides por la tarima limpia. Un pechka blanco dominaba la estancia: cocina y chimenea, fuente de calor y de alimento. El ruido del hacha desapareció por completo al cerrarse la puerta.

    —¿Té? —preguntó Zoya.

    —Sí, gracias. —La mujer echó un vistazo a las cortinas bordadas, las superficies pulidas, el samovar reluciente que estaba en su lugar junto al pechka.

    —Te estarás preguntando si yo bordé las cortinas. Pues no. Fue cosa del robot. Siéntate. —Zoya señaló una mesilla, con un mantel blanco de patrón rojo y negro en los bordes.

    Zoya se percató de que la mujer había pasado a contemplar una pequeña estantería.

    —Son clásicos, en su mayoría —aseguró Zoya—. Tolstói, Turguénev, Pushkin…, a quien aún no soporto. Si buscas mi libro, te aseguro que no está ahí. Hasta yo lo tengo prohibido.

    Zoya sirvió el té. Ambas se sentaron.

    —No estoy asustada —aseguró Zoya al cabo de un instante.

    La mujer dejó la taza a unos pocos centímetros de los labios y sopló en la superficie.

    —¿A qué te refieres?

    —En Bizancio, dejaban ciegos a los emperadores caídos y luego los abandonaban en una isla, los exiliaban a un monasterio. Hacían de todo para evitar los regicidios, pero nunca era suficiente. La misma existencia de esas personas era como un dedo en la llaga. La horca es la única manera de conseguir que un tirano viva en paz, tanto en el pasado como ahora. Este estado creció usando Bizancio como molde. El presidente no puede dejarme con vida. No está en su naturaleza.

    —Yo…

    —No digas nada. Bébete el té. No estoy asustada. Más bien lo contrario. El presidente ha asesinado a todos mis seres queridos. A todos los que lucharon junto a mí. Soy la única que queda. ¿Sabes lo que se siente? ¿Sabes lo que es ser la única con vida? ¿Aguardar siempre la bala, el dron, el veneno… y que nunca lleguen? Es peor que la muerte.

    Zoya derramó un poco de miel en su taza desde una cuchara.

    —Creía que eras un fantasma, que estaba perdiendo la razón. Eso es lo que más miedo me da, que el presidente me haya exiliado aquí para que la soledad haga mella en mi mente. Pero luego lo entendí… Eres real, aunque mi ojo digital no es capaz de verte. Solo eres visible al ojo humano. El presidente me dejó ciega, con una bala de goma en aquella manifestación de hace décadas, cuando aún era joven. Igual que Bizancio. Pero no llegó a terminar lo que había empezado.

    Zoya se sentía tranquila. Ella tampoco había terminado lo que había empezado, cierto. Pero nada llega a terminarse jamás en realidad. Hizo una pausa a la espera de que la mujer dijese algo, pero esta se limitó a soltar la taza de té sobre la mesa y a esperar.

    —¿Cuál es el mecanismo? —preguntó Zoya—. ¿Cómo te vuelves invisible a ellos?

    La mujer sacó un cilindro del bolsillo. Una luz verde resplandecía en la punta.

    —Lo llamamos dispositivo Birnam. Mapea la perturbación que creas en la realidad y luego emula los datos que existirían en tu ausencia. No te hace invisible, sino que te reemplaza con lo que habría ahí en caso de que tú no estuvieses. Tu mente hace lo mismo cuando rellena los huecos de los puntos ciegos de tu visión. En este caso, solo las máquinas son vulnerables a él. Es como un soplete de acetileno para la celda electrónica en la que nos han encerrado.

    —Extraordinario.

    La mujer volvió a guardarse el dispositivo en el bolsillo.

    —He leído tu libro muchas veces, Zoya Alekséyevna: «La discrepancia es un problema irresoluble —recitó—. No hay tecnología capaz de solucionarla, ni líder capaz de contenerla. Lo único que existe es el flujo eterno de la marea de la discusión…».

    —He olvidado gran parte de mi libro —comentó Zoya.

    —Ese es uno de mis pasajes favoritos —dijo la mujer—. He memorizado muchos. Todos lo hemos hecho.

    —No has venido a matarme.

    —Pareces decepcionada.

    «Aún no había que temer el invierno. Aún».

    Menos el invierno de la mente.

    El invierno en el que una gruesa capa de nieve cuajaba en el claro. El invierno en el que solo quedaban en él senderos estrechos, pasos de montaña en miniatura que unían poco más que montículos. El invierno en el que el mundo empequeñecía hasta que solo quedaba ella, en la penumbra de la cabaña, sola con sus pensamientos y el robot, sentada en la silla de madera y dedicada a bordar.

    «Cuéntame un cuento», había dicho ella en una ocasión así, y el robot lo hizo. Pero los cuentos de la máquina eran insulsos y sin personalidad, aunque en un primer momento pareciesen iguales a los de los humanos. Lo único que conseguían era hacer que Zoya se sintiese más sola.

    ¿Era tan simple como eso? ¿Acaso deseaba la muerte porque sabía que no iba a ser capaz de enfrentarse sola a un invierno más?

    Se había sentido aliviada cuando creía que le había llegado el fin.

    Un alivio que ahora había desaparecido por completo. ¿Qué sentía ahora? ¿Miedo? No. Agotamiento.

    —Fue muy irónico —explicó Zoya— que el presidente me encerrase aquí en la taiga, lugar donde tuvieron lugar mis primeras expediciones científicas, lugar donde creí empezar a forjarme una identidad como naturalista y no como activista. Pero exiliarme aquí y no dejarme recorrer el bosque fue algo muy cruel. La taiga es inmensa y dramática: lluvias estivales que inundan zonas del tamaño de Francia, nevadas de finales de primavera que caen en lugares jamás hollados por la especie humana. La gran lucha por la existencia. No me permiten verla y, aunque pudiese, no me haría ningún bien en estos momentos. Está mancillada para mí.

    —¿Qué la ha mancillado?

    —Pasar una vida metida en la política humana —respondió Zoya—. Vaya adonde vaya, solo veo alegorías de comportamientos humanos. Me gustaría dejar de comparar a las plantas y a los animales con nosotros, pero soy incapaz. Y esas comparaciones no son justas para ellos. Pero, si no estás aquí para matarme, ¿a qué viene todo esto? ¿Es una visita? ¿Estás aquí para ver lo que queda de mí después de todos los años que he pasado en soledad?

    —No, Zoya Alekséyevna. No. —La mujer cubrió la mano de Zoya con la suya, como haría una abuela.

    «Mi libro ha formado parte de su vida durante demasiado tiempo. Las palabras se han grabado en su ser. Cree que me conoce».

    Era el primer ser humano que había tocado a Zoya en cinco años. Agarró la mano de la mujer por toda respuesta.

    —Te necesitamos otra vez, Zoya Alekséyevna.

    Algo despertó en ella al oír esas palabras. Sí…, ahí estaba. Esta era la razón por la que había sobrevivido todos estos años en el exilio. Porque sabía que la volverían a necesitar. Era por eso, ¿verdad? Sabía que volvería a tener un propósito. Sabía que volvería a ser útil.

    —Te necesitamos —repitió la mujer—, pero no podemos sacarte de aquí. Así que he venido a duplicarte.

    2

    LILIA

    La Federación

    —Ciudadana, ¿me acompaña?

    El hombre llevaba el uniforme gris de un guardia de seguridad ciudadana.

    Lilia lo siguió hasta el local adjunto a la tienda. Era un puesto tan pequeño que solo podía sentarse una persona. Una taza de papel de bambú llena de té descansaba en un soporte de plástico sobre una barra estrecha. Los rostros se sucedían en las pantallas que rodeaban la silla giratoria que había en el centro del puesto, rostros en cajas de bordes verdes, cara tras cara de personas que paseaban por las aceras de las manzanas adyacentes. En la esquina de cada una de las pantallas rotaba un icono dorado con el rostro del presidente.

    En el centro de una de dichas pantallas flotaba su cara, paralizada con gesto inexpresivo mientras salía de la tienda. Tenía un marco amarillo a su alrededor y estaba rodeada por un halo de otras imágenes: capturas de vídeo en las que aparecía esperando en un semáforo o caminando por la acera.

    —Se llama Lilia Vitályevna Rybakova.

    —Así es.

    —Este es su número de identificación personal.

    —Cierto.

    El guardia extendió una mano.

    —Su terminal.

    Pasó el terminal por la superficie de escaneo. Titiló en verde: no tenía aplicaciones prohibidas, ni códigos de contrabando.

    El guardia de seguridad ciudadana tocó la imagen de Lilia en la pantalla y trazó un glifo de acceso directo. Apareció el barrio en vista de pájaro, una cuadrícula de calles con círculos superpuestos. Uno de ellos brillaba más que los demás. Un punto amarillo fuera del borde marcaba la posición de Lilia.

    —Ha violado su libertad condicional —comentó el guardia—. Ha salido de la circunferencia.

    —Tiene que estar mal. Esta es la tienda a la que voy siempre… Vine ayer.

    —Sí —comentó él—. Lo he visto. Pero su circunferencia se ha visto reducida desde entonces.

    —¿Por qué razón? No he hecho nada.

    El guardia trazó otro glifo en la pantalla y abrió el arcoíris multifactor que era su puntuación de crédito social. Junto a ella, una flecha roja que apuntaba hacia abajo. Menos treinta en la barra llamada «influencia positiva en los demás».

    —Ni siquiera entiendo a qué puede referirse.

    El guardia se encogió de hombros.

    —Puede que el problema sea precisamente que no lo entienda.

    Una vez en casa, Lilia dejó la compra en la nevera. Cuando cogió la harina de la bolsa de polimalla y la soltó sobre la encimera, un pequeño punto negro se arrastró del interior. Luego otro.

    Levantó el paquete de papel con la harina y vio que estaba lleno de agujeros de insectos. Por todas partes.

    «Genial —pensó. Hace mucho tiempo que había aprendido a no hacer comentarios sarcásticos en voz alta—. Y ahora no puedo ni devolverla, claro».

    —¿Papá?

    Vitali se encontraba en el salón. Se oían los murmullos del canal de noticias obligatorio, que estaba al mínimo volumen legal permitido. En la pantalla, el presidente estrechaba manos en una estancia blanca y dorada. En la pared que tenía detrás se encontraba su retrato. Un icono rotaba en la esquina de la imagen.

    «Tres en uno», lo llamaba Lilia. Nunca en voz alta, obviamente.

    Vitali estaba dormido. El bote de analgésicos estaba junto a él en una bandeja plegable.

    Había perdido treinta puntos de crédito social. ¿Cómo había podido pasar algo así?

    «Hoy no puedo ir a la iglesia. Estar de pie me está matando. Me duele muchísimo la cadera».

    «Quédate en casa».

    Sí, seguro que había sido eso. «Quédate en casa». Diez puntos por palabra.

    Quedarse en pie más de una hora hacía que le doliese mucho el costado. Le costaba mucho soportarlo sin analgésicos adicionales. Pero los analgésicos le afectaban al juicio. La última vez que los había tomado antes de ir a la iglesia, había estado a punto de reírse durante la misa cuando un niño se había tropezado y se había dado un golpe en el culo con el incensario.

    La risa ahogada que había soltado había pasado desapercibida (por suerte), pero no podía arriesgarse a ese tipo de cosas. Por eso, la semana siguiente Vitali no se había tomado los analgésicos. Se había quedado allí de pie en la entrada de la iglesia, pálido como los mártires pintados al fresco en el yeso de las paredes, de un verde repugnante propio del Medievo, apretando los dientes y enfadado consigo mismo, mientras las gotas de sudor le resbalaban por el rostro torcido en una mueca de dolor.

    «Quédate en casa».

    Podría haber mantenido la boca cerrada.

    No. Tal vez le habrían restado quince puntos por quedarse en silencio. O puede que los mismos treinta puntos incluso. ¿Quién sabe? Quizá más.

    Tendría que haber discutido con su padre, intentado convencerlo de que debía ir a la iglesia, pero comunicárselo de alguna manera que le hiciese ver que no lo decía en serio.

    Pero tal vez ni siquiera eso habría sido suficiente.

    «Puede que el problema sea precisamente que no lo entienda».

    No había ninguna tienda dentro del radio reducido que le quedaba. Si necesitaban harina, a partir de ese momento Vitali tendría que salir cojeando a buscarla. Y eso si su crédito social era lo bastante alto. No podían depender de la caridad de los vecinos, ya que eran pocos los que arriesgarían su crédito social para ayudar a alguien sin saber la opinión que tendrían las autoridades de dicha ayuda.

    No estaba segura de que fuese a sobrevivir. Cada vez tenía peor la articulación de la cadera y estaba en la parte baja de la lista de espera de un reemplazo.

    La iglesia estaba justo en la esquina, eso sí. Quizá podrían sobrevivir tan solo a base de incienso y de los sermones canturreados con la voz de barítono del padre Christophoros. Puede que llegasen a sobrevivir incluso a base de las hostias de comunión que tenían que tragarse todos los domingos.

    Puede que incluso las mentiras que decía el padre Chris­tophoros con esa voz de barítono reverberante hiciesen un milagro y creasen de la nada algo de pan.

    Hablando de pan… Volvió a la cocina. Tenía que tirar la harina estropeada. Pero ¿podían permitirse hacerlo siquiera? ¿Tendrían que comérsela llena de bichos y todo? ¿Habían llegado hasta ese punto?

    El paquete tenía un agujero enorme en una esquina, y la harina se había derramado.

    Harina que empezaba a moverse por la encimera a lomos de unos puntos negros.

    Sintió náuseas.

    Después vio cómo se formaban unas palabras, cómo los puntos negros habían empezado a darle forma a la harina.

    CONTROL DE EXPRESIONES

    Ya lo estaba haciendo. Era una de las cosas que su país les enseñaba a hacer antes que nada.

    Aparecieron unas líneas de texto a las que el enjambre de robots había empezado a dar forma, para luego quedar deshechas. Cada una de las frases quedaba reemplazada por una nueva línea, una tras otra.

    DISPOSITIVO BIRNAM EN EL PAQUETE DE HARINA.

    CUANDO ESTÉS LISTA

    APRIETA LA PUNTA PARA USARLO.

    LADA NIVA MARRÓN FRENTE AL PARQUE INFANTIL.

    TIENE QUE SER HOY.

    NO TE LLEVES NADA.

    RECUERDA QUE NO TODA VIGILANCIA ES ELECTRÓNICA.

    SI TE CAPTURAN

    EL DISPOSITIVO BIRNAM SERÁ TU PENA DE MUERTE.

    Después de que desapareciese la última de las frases, los puntos negros se encaminaron al fregadero y se metieron por el desagüe.

    Podían monitorizarle el pulso a través de las cámaras, claro. Interpretarlo gracias a los cambios en el flujo sanguíneo que se apreciaban en su piel, algo que no era posible a simple vista. Pero un pulso acelerado era sinónimo de casi cualquier cosa. Sabían que, unos minutos antes, le habían confirmado que su circunferencia se había reducido. Quizá estuviese pensando en ello. Eso también serviría para justificar las náuseas que había sentido hacía un momento y que seguro que las cámaras habían detectado de todos modos.

    Abrió el frigorífico fingiendo que revisaba lo que tenían.

    ¿Dónde estaban las cámaras? Sí, seguro que la bolsa de harina y el texto se encontraban en un punto ciego.

    Un dispositivo Birnam. Los programadores con los que había trabajado en Londres, lugar donde había estudiado hasta hacía seis meses (¿Tan poco tiempo? Seis meses le parecían una vida ahora), los habían llamado «agujeros portátiles». Ninguno de ellos había visto uno jamás. Se rumoreaba que costaban varios millones de libras cada uno.

    ¿Quién iba a arriesgarse tanto por ella?

    Y sí. Obviamente, tener uno allí era una sentencia de muerte.

    Una sentencia de muerte o una salida.

    Una elección.

    Pero ¿quién se la había dado?

    Cruzó la pequeña cocina, miró por la ventana y se dio algo de tiempo para pensar.

    La ciudad se extendía en la distancia, conformada por fragmentos heterogéneos: una cúpula bulbosa, la estructura gris de una torre de oficinas que se alzaba sobre las tejas rojas y en descomposición del resto de las estructuras, una hilera escabrosa de edificios de apartamentos. También había un horrible edificio de diez pisos que llamaban el Dinosaurio. Estaba cubierto con paneles prefabricados de azulejos color verde y se alzaba como el cadáver despellejado de un brontosaurio cerca del parque central.

    La ciudad tenía el mismo aspecto que hacía veinte años. A excepción de la injerencia de una torre de vidrio azul y un nuevo edificio de apartamentos reservado para apparátchiks envuelto en plastimármol blanco, el paisaje era exactamente el mismo de su infancia.

    Desde allí no se veían los locales anexos a las tiendas que poblaban las calles. Tampoco las circunferencias invisibles que limitaban los movimientos de aquellos que se encontraban en «libertad condicional». Esos círculos eran la verdadera geografía de la ciudad. Órbitas de limitaciones superpuestas.

    En Londres, le habían dicho que la mitad de los ciudadanos de la Federación se encontraban en libertad condicional. Obviamente, dicha cantidad no era más que una suposición por parte de las ONG internacionales y de los «agentes secretos extranjeros» a los que habían exiliado hacía décadas.

    Era una suposición, pero también era probable que fuese bastante acertada.

    A veces, mientras recorría la calle, Lilia se imaginaba capaz de distinguir a las personas que se encontraban en libertad condicional. Eran aquellos que caminaban con algo más de cautela, los que miraban sus terminales algo más de la cuenta, vigilando el mapa del perímetro para asegurarse de que no cruzaban esa frontera imaginaria.

    Siempre podías desviarte y cruzarla. Era muy fácil llegar hasta el borde de tu círculo. Cuando era niña y se encontraba en el zoo, Lilia veía a los osos polares caminando de un lado a otro frente al cristal. Había caminos sin vegetación alguna dentro del recinto cercado que habitaban. Era la frontera. Y los demás animales, los tigres, los monos y los leones, también los hacían.

    Eran marcas que señalizaban los límites del lugar donde podían estar. Las fronteras de su territorio. «Puedes llegar hasta aquí. Hasta este punto, pero no más allá».

    Pero todos los animales tienen instintos. «Lo que yo quiero es cruzar al otro lado».

    Esa era la ciudad oculta. La verdadera ciudad: la ciudad de los círculos. Algunos eran más grandes que otros, circunferencias que ocupaban gran parte de la urbe. Otros eran del tamaño de un barrio. Algunos no eran más grandes que la manzana de una calle. Cada vez más pequeños, como los ribetes de espuma de una ola. Superponiéndose entre ellos, o unos dentro de otros. Y dentro de cada una de esas circunferencias, un punto que trazaba su arco a lo largo de la frontera.

    De desaparecer los edificios, si la ciudad fuese en realidad una gran extensión de hierba, la gente del interior recorrería sus discos hasta marcar bien en la tierra los límites de cada uno. De esa manera la reclusión sería visible desde los satélites, una caligrafía orbicular grabada en el suelo a base de pisadas.

    Lilia se volvió a descubrir pensando en Londres. La ciudad de su mente era el patio interior de una universidad cubierta de nieve. El sonido de las campanas de la iglesia de una catedral invisible. Estaba allí, con el terminal encajado debajo del brazo y el aliento convertido en una nube fría y cristalina, caminando a toda prisa. Se dirigía a alguna parte. Otros estudiantes iban de acá para allá bajo un cielo crepuscular, dejando su rastro en la nieve manchada del color de las nubes del ocaso.

    Londres no era así todo el tiempo…, ni de lejos. Casi nunca. Pero lo había sido durante unos instantes. Y ella siempre la sentía así, en sus recuerdos, ahora que se había convertido en un lugar al que jamás lograría regresar.

    ¿O quizá sí que podría volver? ¿Sería posible que el dispositivo Birnam, el mensaje trazado en la harina por ese enjambre de nanobots insectoides, significase en realidad la abertura de una puerta, el principio de su

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