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Los venenos del entendimiento
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Libro electrónico165 páginas2 horas

Los venenos del entendimiento

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Eulalio Godínez y su familia enfrentan las consecuencias de la bancarrota de OFISA en su pueblo, San Ovidio de las Brasas. La modernización trae consigo desarrollo, pero también corrupción y desigualdad. La historia sigue la vida de Eulalio, sus aspiraciones y las luchas de su familia a través de varias décadas, explorando temas de ambición, familia y el cambio social en un pueblo pequeño. La narrativa alterna entre las perspectivas de diferentes personajes, culminando en un relato multigeneracional de sueños, pérdidas y adaptaciones a un mundo en constante transformación.
IdiomaEspañol
EditorialLetrame Grupo Editorial
Fecha de lanzamiento19 mar 2025
ISBN9791370121402
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    Los venenos del entendimiento - Miguel Carretero

    Imagen de portada

    © Derechos de edición reservados.

    Letrame Editorial.

    www.Letrame.com

    info@Letrame.com

    © Miguel Carretero

    Diseño de edición: Letrame Editorial.

    Maquetación: Juan Muñoz

    Diseño de cubierta: Rubén García

    Supervisión de corrección: Celia Jiménez

    ISBN: 979-13-7012-140-2

    Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

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    Prólogo

    El diablo, dicen, reside en los detalles. En San Ovidio de las Brasas, un pueblo incrustado en la exuberante y a veces implacable geografía tropical, esa afirmación se vuelve tangible. Es un pueblo marcado por la contradicción, donde la fe ciega coexiste con la avaricia desenfrenada, donde la tradición se enfrenta a la modernidad con una violencia que resuena en los corazones de sus habitantes.

    Eulalio, el hijo de Lucrecia y Pedro, observa desde la periferia. Un observador silencioso, un joven que busca su lugar en un mundo que le resulta cada vez más incomprensible. San Ovidio, con su pasado convulso y su presente incierto, se convierte en el escenario de su propia y ardua búsqueda de identidad. La quiebra de OFISA, la empresa de John Castro, no es más que el preludio de una cascada de eventos que destaparán los oscuros secretos que acechan bajo la aparente tranquilidad de la vida rural. Secretos que se entrelazan con el destino del diablo, y con el de aquellos que se atreven a desafiarlo.

    Prepárese, lector, para un viaje a un lugar donde el aroma del diablo se percibe en el aire, donde el veneno se esconde en los detalles y donde la búsqueda de la verdad conlleva un precio inesperado. Esta es la historia de Eulalio, de su familia, y del pueblo de San Ovidio: una historia que explora las complejidades de la ambición, el deseo y la búsqueda de la redención.

    I

    La gente aseguraba que el diablo vivía en San Ovidio, que Dios lo había expulsado del cielo, pero que era imposible desterrarlo de ahí: «Pobre diablo, parece que está triste», decían las mujeres al verlo, deseándolo en secreto. Decían que el aroma del diablo era un afrodisiaco, y su semen, un veneno. Los hombres no lo pobreteaban: «Que jodido va a ser, ¡es el diablo!», replicaban, envidiándolo, también en secreto: «El hombre ambiciona, la mujer desea», o al menos eso se decían. En San Ovidio se hablaba del diablo como se habla de los parias, de los que nunca gozarán del cielo; pero todos ellos también estaban envueltos en la trama, tenían que ver con él de alguna manera, eran carne de su carne. Todos en el pueblo deseaban lo que él tenía, pero sin pagar el precio, sin saber que el diablo vive en los detalles.

    Eulalio Godínez quería viajar por el mundo en su avión de juguete cuando era niño, por ratos miraba al cielo a través de las ventanas: «Algún día seré viajero», aseguraba. Su madre se llamaba Lucrecia, y su padre, Pedro. Al nacer, desde que abrió los sentidos al mundo, aprendió a diferenciar entre tristeza y alegría, lo que gusta y disgusta, sazón y desazón, dulce y salado… El diablo no era diferente a cualquiera.

    San Ovidio de las Brasas era su patria; un pueblo venido a más situado en medio de una geografía montañosa y fecunda del trópico. Cerros encimados con puebluchos embarrados en las laderas eran la lejanía, y al centro había un valle pantanoso surcado por dos ríos. Un día lejano, después de que los naturales conocieran al Dios verdadero y dejaran de ofrendar su sangre, llegó San Ovidio desde el otro lado del mundo y se asentó en el lugar como un gigante celoso, sabiendo que algún día habría de compartirlo con el mismísimo diablo. Montañas de pinos, follaje agreste, milpas dispersas y roquedales rodeaban al santo, enmarañándose sobre su cabeza de pueblo como corona de espinas.

    Los fundadores de la ciudad fueron caciques que crecieron la región como a las grandes fincas cafetaleras de la zona fronteriza: a machetazos con el canto en la espalda, a esfuerzo ajeno y lomo de campesino. El destino del hombre se reducía al de capataz o de siervo en aquellos días distantes. Gracias a Dios que no nos falta la tortilla; antes estábamos mal, ahora peor, a ver qué tal mañana.

    A San Ovidio se le veneraba como santo de los viajeros, pero los san ovidienses no viajaban ni se iban: «Más vale malo por conocido», cantaba el refrán en las calles; «A dónde voy que más valga». La gente miraba hacia adentro y después callaba, con coraje, con envidia, con celos, con ganas de algo más, algo que no llegaba y que ni siquiera eran capaces de imaginar.

    La modernidad les llegó una plácida tarde de nubes aborregadas. Al desarrollo lo alabaron con fanfarrias desde lo alto de la iglesia; los curas decían que la sociedad estaba enferma por sus pecados, y las empresas se anunciaron como el remedio a la pobreza, madre de todos los males. Los linchamientos cesaron y un sistema jurídico fue instaurado: «Nosotros desde arriba los cuidamos», les dijeron, y el mensaje les llegó como un balazo en los huevos. No dijeron nada, estaban acostumbrados a no hablar, de todos modos, nadie escuchaba.

    El progreso irrumpió como ventarrón por las ventanas de las rutinas herrumbradas y se instaló cómodamente en los hogares. El presidente municipal mandó a poner un reloj en lo alto del palacio para rendirle honores al progreso: «Al que madruga, Dios lo ayuda, desde temprano a chambear, hay que darle tiempo al tiempo» … quizás.

    El viento agitaba la bandera con aires extranjeros y el pueblo miró receloso entrar a los de afuera. Extraños de Extrania: Gentrificadores, les llamaban, aun sin saber lo que la palabra significaba, tampoco sabían muchas otras palabras como: tardígrados, efímero, abedul o esperanza.

    Los campesinos abandonaron los ejidos siguiendo el dinero concentrado en la cabecera municipal, mientras que los políticos se enriquecían malversando recursos federales hacia sus negocios. El clero consolaba en las iglesias y la televisión en las casas: «Prende la tele, chamaco, a ver qué nos dice el Gobierno. Puras mentiras. ¿Y el cielo? Para allá vamos todos, siempre y cuando nos portemos bien».

    La familia de los Castro, capos del pueblo, tapizaron San Ovidio de oficinas y negocios para lavar el dinero malversado del Gobierno. Su fortuna se basaba en alianzas que se dieron en un sitio distante, más allá de la moral y el entendimiento de los pobladores. Su destino se decidía desde arriba, mas no desde el cielo: que sea lo que Dios quiera. Por mi culpa, por mi culpa… por mi grande culpa.

    II

    La mañana siguiente a un año nuevo, nubarrones de incertidumbre cubrieron el cielo de San Ovidio y se quedaron ahí, atascados, dejando inermes a los rayos del sol con su efluvio gris y engañoso. Dios se fumó un cigarro y les echó el humo en la cara.

    Esa mañana, OFISA, (Oficinas San Ovidio) se había declarado en bancarrota; la empresa le pertenecía a John Castro. Los empleados miraban con cara de idiotas las puertas de su trabajo cerrada: «Por razones ajenas, OFISA ha cerrado, disculpen las molestias», decía un cartel en la entrada.

    —¿A dónde vas con tantas prisas?, ¿Por qué están acá todos? —preguntó Pedro a su primo Nacho; recién llegaba a la oficina.

    —A mi casa… o a donde sea. ¡Estoy que me lleva el diablo! —respondió con amargura Nacho y escupió un gargajo al piso, maldiciendo su antiguo empleo.

    —¿A poco te corrieron?

    —Nos corrieron a todos, ¿que no estás viendo? El perro de tu patrón se sacudió de nosotros como si fuéramos pulgas.

    —Puta suerte, y ora qué vamos a hacer.

    —¿Qué iras a hacer tú?, cual nosotros. Ni pa’ demandar estamos buenos. No hay contratos, ni fichas de pagos, ni seguro social, ni antigüedad. ¡No hay nada! Habrá que buscar otro perro para montarse…, pero eso sí va a estar cabrón, porque en este jodido pueblo, no hay más perros que los malditos Castro.

    —¿A dónde se fueron los patrones pues?

    —No hay quien dé razón. El Charas, ese gordo metiche del secretario, dice que se enteró que vendieron la casa y que se fueron a vivir afuera, se han de ver ido para el otro lado… Esos ojetes pueden vivir donde se les de su gana con el dinero que tienen. ¡Jijos de su remaldita madre! Yo mejor me voy… ahí nos vemos. —Nacho se fue sin mirar atrás, buscándose monedas en las bolsas para el camión.

    Pedro se quedó parado a media calle, ningún carro pasaba, habían bloqueado el paso con mecates y tablas con clavos. Recordaba sus esfuerzos vanos para agradarle al patrón: «Ser chambeador y tener la camisa bien puesta», era su orgullo de empleado, trabajar hasta el cansancio, la manera de cubrir sus pasos, y ocultarle su insignificancia al mundo. El trabajo fue su prioridad durante años, para todo lo demás (incluyendo la crianza de su hijo), estaba su vieja.

    —Y ora qué le digo a Lucrecia…

    III

    Eulalio ya no era un niño el día que quebró OFISA; era un muchacho flaco, de brazos y piernas largas que seguían en desarrollo; una barba rala le allanaba el mentón pronunciado, y acostumbraba a llevar el cabello largo y enmarañado dentro de una gorra militar desgastada. Sus ojos inquietos se ocultaban la mayor parte del día detrás de las computadoras. Las mujeres, un misterio para él en ese tiempo, siguieron siéndolo. Tótems: objetos de miedo y veneración.

    Anhelaba recorrer el mundo de mochilero. Escudriñaba detallados mapas digitales del mundo, viajaba usando el mouse y el teclado como compases y sextantes. Navegante del ciber mundo, ciber falso. Los países distantes le causaban una especial fascinación; los mistificaba. Sabía que algo andaba mal en donde estaba: «Mejores lugares ha de haber».

    Estudiaba ciencias sociales, y Pedro lo consideraba irresponsable y mimado, él sabía por experiencia que, como todo chamaco pendejo, se enfocaba poco en la realidad y mucho en las puñetas, y la realidad era un peso que todos habían de cargar en las espaldas dentro de ese valle de lágrimas, pero Eulalio aún no era un hombre, y la realidad le importaba un carajo.

    —¿Qué onda apá? ¿Apoco ya los corrieron del trabajo? —preguntó Eulalio a su padre la mañana que OFISA había cerrado. Pedro tenía la mirada extraviada.

    —Todavía no sabemos qué está pasando. Usted mejor váyase a estudiar… ¡pinche chamaco chismoso! —respondió Pedro con el amargo sabor de la vergüenza en los labios.

    Eulalio acostumbraba a pasar a ver a su padre antes de entrar a la escuela para pedirle dinero. Ya se había enterado de la noticia; el rumor se esparció viralmente. En pleno andador, a media cuadra de la plaza, los trabajadores proferían insultos entre aullidos disonantes a media calle: «Chingen a su madre los patrones», concluyó la vox populi, mientras pateaban iracundos las puertas cerradas de la oficina.

    —¡Esto debe de ser una equivocación!, seguro es por lo del asunto de hacienda. Yo creo que don John va a regresar de nuevo. Para

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