Benkos... Las alas de un cimarrón: Volumen 1
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Este proyecto editorial de las ciencias sociales afrocolombianas no será en vano si los lectores indistintos de la Biblioteca se atreven a elucidar una ontoepistemología de la diáspora africana en Colombia, escrita por subjetividades reflexionantes afros; pues, siempre fuimos visibles, tú me invisibilizaste… ahora es tiempo de que te pongas en nuestro lugar… Escúchanos desde el marco de la igualdad y la tolerancia que estas ideas aquí contenidas puedan darte, estimado lector…
Dr. William Mina Aragón, profesor Universidad del Cauca
La Biblioteca Afrocolombiana de las Ciencias Sociales representa un logro enorme de corte político-epistémico en la medida que comienza a codificar la producción intelectual escrita de uno de los más importantes escenarios de pensamiento y política negra, del rico y diverso mundo afrocolombiano, desde su costa Caribe y la gran comarca del Pacífico, hasta los valles interandinos, los territorios afroandinos y afroamazónicos, y los espacios urbanos de la afrocolombianidad.
Dr. Agustín Laó-Montes, profesor Universidad de Massachusetts Amherst (EE. UU.)
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Benkos... Las alas de un cimarrón - Antonio Prada Fortul
CAPÍTULO 1
LLEGARON LOS ESCLAVIZADOS
El oscuro bajel de pino asturiano rompía con su mascarón de proa, las diáfanas aguas del mar Caribe empujado por el viento del nordeste que conducía ese inmenso galeón, a la rada de aguas profundas y esmeraldino verdor que se avizoraba a lo lejos.
Emergía entre las brumas el cordón amurallado imponente, invicto y desafiante, mostrando la techumbre color terracota de la ciudad encantada, cuyos pulidos domos y minaretes moriscos deslumbraban con su dorada luminosidad.
Un calcinante sol proyectaba sus rayos sobre la cubierta del galeón.
Las amarronadas raíces mangláricas de caprichosa trama e intenso verdor en sus aceitunadas hojas, flanqueaban por estribor la marcha de la nao, cuya estela mecía los ramajes que se inclinaban por la fuerza del desplazamiento del galeón, al igual que las algas del coralino fondo, que ondulaban en una mágica danza submarina, ondulante y cadenciosa como las danzas rituales a Yemayá.
La bahía de aguas transparentes daba su bienvenida al galeón, cuyo vientre estaba cargado de esclavizados secuestrados en sus asentamientos tribales en África y en infrahumanas condiciones, llevados a ese puerto colonial en una diáspora infame, surcando los procelosos mares, hacinados en la fétida lobreguez de insalubres bodegas cuyas sentinas despedían un ofensivo olor que contrastaba con el aroma a almejas recién abiertas, a salitre, espesura y mangle procedente de ese mágico entorno en el que se desplazaba la nao y que se esparcía por la cubierta.
Era un olor a vida, a naturaleza y mar el que emanaba de ese hermoso paisaje, impregnado de fragancias naturales en esa acuarela verde selva del manglar y el intenso lapislázuli de la bahía de Cartagena de Indias en esa hora de la tarde.
La nave orzó a babor con su velamen arreado y amainó su marcha rumbo al fondeadero que se encontraba cerca a los espigones de atraque atiborrados de curiosos.
El contramaestre de la nao acompañado de tres tripulantes, subió al castillo de proa y con golpes de un pesado mazo, desencajaron los pasadores de los cabrestantes lascando las anclas que estaban a la escobén y las que, con ensordecedor ruido se sumergieron en el rocoso fondo de la bahía de aguas transparentes, rodeada de un rosario de Islas coralinas de follaje esmeraldino y profundos olores vegetales que formaban un archipiélago en miniatura.
Desde ese sitio de anclaje podían mirar las casas de la amurada ciudad de Cartagena de Indias, la que por su belleza, fue llamada por los españoles La nueva arcadia del Caribe
destino de los africanos esclavizados que iban a vender en subasta pública en una de sus plazas.
Los nativos caribes primitivos habitantes de ese opulento y feraz territorio llamado Kalamarí, opusieron una feroz resistencia a los invasores españoles que pisaron ese suelo por primera vez, asesinando a valientes guerreros que regaron con su sangre, las doradas arenas de esas hermosas y vírgenes playas cuya serena placidez adormecía.
La conquista de la ciudad por Pedro de Heredia, tuvo un alto costo en vidas tanto de nativos, como de invasores ibéricos, ya que estos aborígenes al ver hollado su hábitat, destruidos sus adoratorios y ante la imposibilidad de vencer a los invasores, sacrificaban mujeres, hijos y se suicidaban, antes de ser prisioneros de los hombres de pálida tez, extrañas vestiduras y un olor animal que marchitaba las flores.
Seres cuya crueldad y sadismo, sufrieron en carne propia los nativos, quienes después de cruentas luchas en desventajosas condiciones fueron vencidos por los peninsulares que decapitaban sin formula de juicio, a niños, mujeres y ancianos inermes.
Los sobrevivientes a esa inhumana matazón se llevaron a sus mujeres, hijos y ancianos sobrevivientes, a la sierra de nieves eternas donde según sus mamos y chamanes (guardianes de la sabiduría ancestral), reside el conocimiento universal. Allá restañarían sus heridas y esperarían el regreso inexorable del péndulo ya que las divinidades no auguraban una buena vida a los agresores.
Sus lejanas tierras igualmente, estaban marcadas por el sino sangriento de un inexorable y doloroso karma que duraría muchos
