Mérito y meritocracia: Paradojas y promesas incumplidas
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Mérito y meritocracia - Varios autores
Capítulo I
La psicología de la ideología meritocrática
Héctor Carvacho, Jocelyn Vaz y Valerie Walker¹
A finales del siglo XVIII, las revoluciones americana y francesa propusieron una transformación radical de las formas de ordenar esas sociedades. Los privilegios de cuna fueron desafiados para fundar sociedades basadas en otros principios ordenadores, en los que primara la justicia por sobre los privilegios, donde cada ciudadano fuera valorado por su contribución a la sociedad, por su mérito. Las independencias americanas y la configuración de los Estados liberales y democráticos en Europa, siguiendo las ideas que inspiraron esas revoluciones, se fundan en la convicción de que las sociedades que combatieran los privilegios de cuna, propios de las aristocracias, serían más justas y más prósperas (cf. Armitage y Subrahmanyam, 2009).
Más de dos siglos después, las formas de organizar la sociedad derivadas de esas revoluciones se han generalizado alrededor del planeta. En este mismo periodo, el progreso en la calidad de vida de las personas ha sido considerable, sin embargo, en el mismo periodo de tiempo, la desigualdad ha aumentado de forma relevante (Pinker, 2018). Es más, los niveles contemporáneos de desigualdad también se caracterizan por la presencia de mecanismos que distribuyen a las personas en la jerarquía social, que no dependen en nada del mérito, sino más bien de características individuales meramente circunstanciales, tales como la familia en que se nace (Contreras, Otero, Díaz y Suárez, 2019).
Irónicamente, si en el siglo XVIII la creencia que el mérito constituía un principio ordenador de la sociedad que se derivaba de la búsqueda de justicia (en oposición a la aristocracia), en el siglo XXI, las sociedades organizadas en torno a la idea de mérito se han transformado en sociedades que perpetúan las injusticias derivadas de la desigualdad arbitraria (ver v.gr. Carvacho y Álvarez, 2019; Jetten y Peters, 2019; Piketty, 2014).
La meritocracia, como principio ordenador de la sociedad, se fundamenta en la garantía de que la distribución de recursos socioeconómicos está determinada según las diferencias individuales de esfuerzo, trabajo y talento, en lugar de factores categoriales como género o etnia, o factores estructurales relacionados a la familia y herencia (Goode, Keefer y Molina, 2014; McNamee, 2018; Son Hing et al., 2011). La creencia de que los beneficios y recursos son alcanzables a través del propio mérito promueve la percepción de un mundo justo y ordenado, en el cual los resultados obtenidos son adecuadamente proporcionales a los esfuerzos y habilidades de los individuos (Markovits, 2019; McCoy, Wellman, Cosley, Saslow y Epel, 2013).
La meritocracia es conceptualizada como una de las normas sociales que se ha instaurado con fuerza en la mayoría de las sociedades democráticas occidentales (Ledgerwood et al., 2011; Mijs, 2016; Young, 1958). Es importante mencionar que se espera este escenario cuando quienes componen una sociedad creen que el sistema efectivamente funciona bajo el ideal de la meritocracia (meritocracia descriptiva), a diferencia de quienes demuestran una preferencia por regirse bajo el principio del mérito y, por lo tanto, sostienen que el sistema debería ser meritocrático (meritocracia prescriptiva: Jost, Sterling y Langer, 2015; Madeira et al., 2019; Son Hing et al., 2011).
La centralidad de la meritocracia en la discusión contemporánea en la vida democrática tiene hoy tal vez más relevancia que nunca, y su discusión académica y pública ha adquirido una prominencia que pocos conceptos en las ciencias sociales han alcanzado. Recientemente, Daniel Markovits (2019) publicó su libro The Meritocracy Trap: How America’s Foundational Myth Feeds Inequality, Dismantles the Middle Class, and Devours the Elite en el que discute en profundidad, a partir del caso norteamericano, la relevancia que tiene la meritocracia como concepto para entender profundamente cómo funciona la sociedad contemporánea y como los sistemas de reproducción de las elites operan primariamente a través de instituciones y creencias que avalan su existencia, mientras refuerzan a quienes adhieren a sus principios (no necesariamente a través de premiar el mérito).
En este capítulo nos posicionamos en la discusión contemporánea del concepto de meritocracia a partir de la revisión de sus funciones psicológicas, en la primera sección del capítulo, y de sus funciones sociales, en la segunda sección. En la última sección, concluimos mostrando que la meritocracia, al combinar sus funciones psicológicas y sociales, termina configurándose en una ideología que permite regular las conductas y actitudes de las personas, de modo que propicien la reproducción del orden actual de la sociedad, y, al mismo tiempo, entrega paliativos para que las personas puedan enfrentar la desventura en sus vidas cotidianas.
La función psicológica de la meritocracia
El ideal meritocrático establece los requisitos para obtener el máximo beneficio del sistema como si fuese una fórmula infalible: es posible ascender en la escala social a través del esfuerzo y el talento (Mijs, 2016; Son Hing et al., 2011). Esta fórmula se comportaría según el patrón conductual que las personas establecen al relacionarse con su entorno y, por lo tanto, pone énfasis en la agencia de las personas sobre el curso de sus vidas. Desde esta perspectiva, la adherencia a las ideas meritocráticas tendría efectos positivos para el bienestar psicológico, específicamente en áreas relativas a cómo se percibe el self y la predisposición de las personas para enfrentar las demandas y los desafíos del futuro (Goode et al., 2014; McCoy et al., 2013).
El mérito demostrado en el desempeño ya sea académico o laboral, puede promover que una persona construya su identidad con mayor disciplina, alentada por una sensación de eficacia personal e independencia (Jin y Ball, 2020). De esta forma, cuando el sujeto percibe que se le reconoce por sus logros, se promueve y favorece una identificación con un self que es disciplinado y a la vez exigente, por ello será necesario mantener en marcha las conductas necesarias para sostener en el tiempo los buenos resultados que se han conquistado a corto plazo (Jin y Ball, 2020).
Cuando se reflexiona en torno a los resultados a largo plazo, las bondades de la creencia en un sistema meritocrático se ponen en discusión principalmente porque no implicaría comportarse de forma altruista con aquellos grupos de bajo estatus social (ya sea de bajo nivel socioeconómico o minorías sociales), pues ello implicaría efectos perjudiciales para el bienestar psicológico y físico de los individuos (Goode et al., 2014; Kwate y Meyer, 2010). Las prácticas meritocráticas que utilizan los sujetos, además de fomentar el ascenso de estatus social, hacen que su identificación con su grupo de origen se ponga en conflicto con su identidad actual (Jin y Ball, 2020). Es decir, se generan actitudes de devaluación hacia su estrato socioeconómico inicial porque este no se ha esforzado lo suficiente para ascender en la escala social (Jin y Ball, 2020). Sin embargo, esta contrariedad logra ser eclipsada por el carácter carismático y equitativo que proyecta la meritocracia, que deja en las manos de cada individuo lo que puede lograr en su vida; de esta forma, cada persona recibe lo que merece, de forma justa, según el esfuerzo invertido y el lado menos brillante de la moneda logra pasar relativamente desapercibido (Markovits, 2019; Mijs, 2016).
Aquella percepción de control sobre la propia vida que contiene la meritocracia se define como el poder manejar el entorno y los recursos de valor en beneficio propio, mientras que la falta de esta agencia se refiere a la dependencia sobre otros para obtener los logros deseados (Guinote y Lammers, 2016). La literatura evidencia que la presencia de esta percepción influye positivamente en la autoeficacia, la autoestima y la motivación dirigida a metas futuras, ya que al depositar la responsabilidad en el mismo individuo a quien le pertenece su futuro, el alcance de sus metas puede ser tan controlado como lo son los esfuerzos que invierte (Goode et al., 2014; McCoy et al., 2013; Son Hing et al., 2011).
Este panorama explicaría por qué un empleado que se aferra a la creencia de que todo el trabajo que realice será justamente remunerado, va a estar más motivado a aumentar su rendimiento y se percibirá más confiado respecto a sus propias capacidades; como resultado, sus logros mejorarán directamente su autoestima y percepción de autoeficacia, lo que usará como impulsor para repetir el patrón de comportamiento y alcanzar metas más desafiantes que sean acompañadas de mejores recompensas (Goode et al., 2014; McCoy et al., 2013; Son Hing et al., 2011).
Entre los efectos positivos que tiene la meritocracia sobre la percepción del self, también se evidencia que favorece la persistencia y la perseverancia para alcanzar los objetivos propuestos, aún frente a los fracasos u obstáculos que pueda experimentar un individuo; esto se explicaría mediante la percepción de control sobre la propia vida, por lo tanto, la posibilidad de cambiar el curso de los resultados es responsabilidad del desempeño y la motivación de cada individuo (Goode y Keefer, 2016; McCoy et al., 2013). Al entregar una fórmula específica que señala a quienes se les asignan recompensas o castigos, la meritocracia aclara la incertidumbre sobre cómo alcanzar el camino que lleva a una vida con mayores privilegios; es decir, mediante la promoción de sentimientos de predictibilidad y agencia se acentúan los efectos beneficiosos sobre el bienestar psicológico (Goode et al., 2014; McCoy et al., 2013).
Por el contrario, cuando las personas no adhieren a las creencias meritocráticas y ven amenazada su percepción de control, su bienestar psicológico se verá negativamente afectado, especialmente en cómo se relaciona con su entorno y su futuro (Goode y Keefer, 2016; Guinote y Lammers, 2016). Pues, aunque en el día a día las personas tienen un control relativamente pequeño sobre su entorno social, la mantención de que esta agencia existe permite desviar la ansiedad sobre cuán impotentes son los individuos respecto a lo que les depara el futuro (Goode y Keefer, 2016). Sin esta agencia, devienen sensaciones de desesperanza y desmotivación generalizada, pues si las situaciones que ocurren alrededor del sujeto no pueden ser manejadas, se sentirán desanimados para actuar sobre estas (Goode y Keefer, 2016; Goode et al., 2014). A estos estados de desaliento que perjudican el bienestar psicológico, se suman problemas en los ámbitos cognitivos, afectivos y sociales que son gatillados por la falta de control personal y ausencia de un ideal meritocrático (Goode et al., 2014).
Estas diferencias se hacen evidentes en el contexto escolar: un estudiante que adhiere a la creencia meritocrática se sentirá motivado a mejorar su desempeño y confiará mucho más en su autoeficacia en pos de aumentar su rendimiento. Por el contrario, un estudiante que no adhiera a este ideal, que siente amenazada su capacidad de agencia y que percibe que el sistema no provee a todos de las mismas oportunidades, tendrá problemas sobrepasando los obstáculos que experimente, su capacidad de atención y percepción de autoeficacia se verá reducida, y posiblemente pensará que no tiene sentido destinar más esfuerzos a actividades académicas, porque no cambiará en nada su porvenir (Goode et al., 2014; Markovits, 2019; McCoy et al., 2013). Al percibir menos oportunidades para avanzar en la escala social –particularmente en personas con bajos estatus socioeconómicos–, tanto la participación política como la creencia en las reformas sociales se ve reducida, ya que disminuye la fe sobre la capacidad transformadora que puedan jugar en la sociedad (Goode et al., 2014).
Los efectos que gatille la meritocracia sobre los individuos se verán mediados por el ideal que mantengan de esta creencia, el cual afecta de manera diferenciada entre los distintos niveles socioeconómicos. Si bien teóricamente la fórmula es la misma para todas las personas, esta se apropia de manera particular según el lugar en la escala social que ocupen (Markovits, 2019; Son Hing et al., 2011). Tanto la clase baja como la clase media construyen una narrativa de esfuerzo donde el éxito personal es alcanzable a través del trabajo duro, la productividad y la persistencia, lo que conlleva a sensaciones optimistas sobre los futuros frutos del propio mérito (Markovits, 2019; McCoy et al., 2013). Esta narrativa se sustenta en que la meritocracia proyecta la movilidad social y la riqueza económica como metas que dependen meramente del desempeño personal, discurso que es representado y expandido por aquellos outliers que comparten sus historias de éxito (Goode y Keefer, 2016; Markovits, 2019; McCoy et al., 2013; Son Hing et al., 2011). Para las personas de clase alta, la narrativa de esfuerzo también los beneficia, pues justifica su posición aventajada en la jerarquía social y atribuye sus privilegios principalmente al rendimiento personal; lo que sostiene y propaga una narrativa según la cual, si ellos pueden obtener recursos y privilegios, los demás también pueden conseguirlos al replicar su esfuerzo (Kwate y Meyer, 2010; Markovits, 2019; McCoy et al., 2013).
Ahora bien, así como tiene efectos positivos sobre el bienestar psicológico, la meritocracia también tiene efectos perjudiciales sobre los individuos que adhieren a esta creencia, ya que a largo plazo la responsabilidad que recae en los individuos para alcanzar recursos privilegiados puede convertirse en un factor considerable de estrés, independiente del nivel socioeconómico al que pertenezcan (Goode et al., 2014; Markovits, 2019). Al ser un sistema fundado en las capacidades personales, tanto los logros como los desaciertos se atribuyen a la responsabilidad individual y, por lo tanto, el culpable de los posibles desenlaces de la historia es únicamente el protagonista (Goode et al., 2014; Kwate y Meyer, 2010; Markovits, 2019).
La sensación de no ser lo suficientemente bueno para conseguir las metas propuestas puede sobrepasar psicológicamente a las personas, favoreciendo ciertas conductas dañinas para poder sobrellevar la adversidad que impone el entorno (Kwate y Meyer, 2010). La adherencia a este ideal meritocrático a largo plazo se ha asociado con sentimientos de sobrecarga y culpa, autoestimas más bajas y depresión (Madeira, Costa-Lopes, Dovidio, Freitas y Mascarenhas, 2019).
Los efectos previamente señalados dejan en evidencia cómo la meritocracia, en términos de ideales descriptivos y en periodos de tiempo inmediatos, cumple funciones protectoras respecto a cómo los individuos perciben su entorno, reafirmando que sus acciones serán justamente gratificadas (McCoy et al., 2013; Son Hing et al., 2011). Sin embargo, el sostener esta creencia por largos periodos resulta perjudicial para el bienestar de los individuos, culpando a la misma víctima por la deficiencia de recursos socioeconómicos (Madeira et al., 2019).
La función social de la meritocracia
Preservando un orden desigual
El ideal meritocrático cumple una función específica en la forma de comprender la configuración social; se podría pensar que la percepción de que el sistema recompensa a las personas de forma justa, es el fiel reflejo de una sociedad que tiene un buen funcionamiento, pues se conforma y gobierna bajo el principio de la equidad (Darnon, Smeding y Redersdorff, 2018a; Madeira et al., 2019; Mijs, 2016). Sin embargo, la amplia aceptación y validación de esta forma de pensar el espectro socioeconómico contrasta con las desigualdades presentes en la sociedad (Ledgerwood et al., 2011; Madeira et al., 2019; Markovits, 2019): al parecer, la fórmula basada en que el trabajo lleva al éxito
no es tan fácil de seguir como se cree.
Adherir al principio meritocrático sugiere compartir que el éxito o fracaso en la escala social estaría altamente determinado por los diferentes niveles de esfuerzo, motivación y habilidad personal que cada actor invierte en una tarea particular (Goode et al., 2014). Por lo tanto, hasta el ciudadano más desaventajado tendría disponible la oportunidad de cambiar su estatus socioeconómico, con la garantía de que su nueva posición en la sociedad esté en perfecta sintonía con lo que efectivamente merece según los recursos que apostó (McCoy et al., 2013). En esta línea, la ecuación sería suficiente para sobreestimar los niveles de igualdad económica, negar el alcance de la desigualdad socioeconómica y minimizar los efectos de la discriminación hacia minorías de bajo estatus (Madeira et al., 2019).
En el caso chileno, el discurso meritocrático asociado a los esfuerzos educacionales está ampliamente incorporado entre los ciudadanos (Peña y Toledo, 2017). Para los distintos grupos de la escala social la expectativa referida a la educación de los hijos es uno de los pilares de las narrativas de movilidad social
(Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo [PNUD], 2017, p. 291). El ideal colectivo alberga la esperanza de que gran parte de la desigualdad social será resuelta a manos de profesionales que han consolidado una educación terciaria sólida, junto a los éxitos asociados al ámbito laboral y económico producto de dicha inversión (Castillo, 2012; Peña y Toledo, 2017; PNUD, 2017); en otras palabras, ascender en la escala social o salir adelante
producto de los esfuerzos personales (PNUD, 2017). Sin embargo, pese a la esperanza de eventualmente alcanzar los privilegios de grupos sociales aventajados, la realidad en Chile se aleja de la aspiración meritocrática: el país es uno de los más desiguales de la región (Contreras et al., 2019; PNUD, 2015). Además, la percepción de permanencia de la desigualdad social entre los ciudadanos es considerada rasgo casi indeleble del desarrollo chileno y que está en la base del persistente malestar social
(PNUD, 2015, p. 33).
La evidencia señala que la desigualdad económica chilena se explica por una limitada movilidad intergeneracional y una importante desigualdad de oportunidades; este último elemento es atribuido a las profundas diferencias en el nivel educativo de los padres y el capital social, cultural y económico heredado (Contreras et al., 2019; Torche, 2014). Estos factores se configuran para deslegitimar la promesa meritocrática: en Chile, el esfuerzo personal invertido para alcanzar un nivel de educación prometedor no da el resultado esperado en la ecuación. Esto se debe a que la calidad de la educación a la que pueden acceder los estudiantes chilenos está determinada por las diferencias en el contexto socioeconómico familiar y las posibilidades de realizar inversiones monetarias en sistemas educacionales que puedan asegurar mejores resultados, sin dejar espacio para el esfuerzo o la suerte individual (Contreras et al., 2019).
En la última década, Chile ha enfrentado una serie de cambios sociales que han devenido en diversas reformas educacionales que modificaron, entre otros, el escenario en la educación superior (PNUD, 2017). Específicamente, el número de estudiantes que continuaron su etapa formativa en estudios terciarios aumentó cinco veces. Sin embargo, esta realidad refleja diferencias en la calidad de las instituciones a las que se accede y posteriormente en los ingresos laborales, incluso al tomar en cuenta las diferencias socioeconómicas de origen que no parecen ser suficientes para explicar las brechas posteriores (PNUD, 2017).
Esta especie de promesa incumplida de la meritocracia expresa sus consecuencias con mayor fuerza en los sectores más vulnerables del país, debido a que crea falsas expectativas respecto al escenario que se debe enfrentar para alcanzar una mejor calidad de vida, destacando como única herramienta necesaria el esfuerzo personal (Peña y Toledo, 2017). De esta forma se presentan las condiciones para que la estructura social no sea cuestionada y por lo tanto no exista la posibilidad de que se modifique
(Peña y Toledo, 2017, p. 515).
Chile presenta un escenario con problemas de movilidad social que dialoga con la meritocracia, de manera similar a otras sociedades (Torche, 2014). Esta configuración social se traduce en un contexto donde las personas viven en un sistema desigual, al mismo tiempo que abrazan la esperanza de que la movilidad social está esperando a ser alcanzada; sin embargo, la evidencia señala que esta creencia está sobredimensionada, situándose como una promesa inalcanzable debido a la gran asimetría en capital social y cultural heredado en una sociedad altamente estratificada que hereda ventajas y desventajas entre generaciones (Contreras et al., 2019; García-Sánchez et al., 2019; Jost et al., 2015; Ledgerwood et al., 2011; PNUD, 2017; Torche,
