El Sexto Portal
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Pasado, presente, recuerdos y destino son los conceptos clave sobre los que el libro se asienta. Se trata de un libro donde las emociones y los sentimientos se hacen patentes, y especialmente los recuerdos. Es un libro duro en algunas ocasiones, especialmente en el momento en que, como el protagonista, el mismo lector tiene que enfrentarse al desasosiego que la misma vida genera.
El libro habla de un portal el que al ser traspasado el protagonista se enfrenta a sus miedos y angustias. El sexto portal es la memoria sentimental, pero tambin es mucho ms que eso.
Es una novela en donde la fantasa y la realidad se dan cita. Se muestran mundos paralelos para reflejar el presente, es decir, la narracin nos llevar hasta una civilizacin pasada para poder comprender el hoy. Aqu, personajes especficos que ms parecen espritus, guan al protagonista al descubrimiento de su nuevo Yo.
Juan Antonio Calvo
Juan Antonio Calvo naci en San Jos, Costa Rica en 1962. Estudi administracin de negocios e informtica. En su vida profesional la ha ejercido tanto en el sector pblico como en el privado de su pas. Ha publicado diversos artculos en revistas nacionales. Autor del ensayo Los timbres de la Bolsa del Caf (2007) publicado en la coleccin Cuadernillos de la Academia Costarricense de Filatelia as como de diversos estudios sobre la censura postal en Costa Rica publicados en la revista especializada de la Costa Rica Revenue and Postage Society. En 2014 public la novela Hablarn las Sombras, que es una restitucin a vidas que se fueron formando en su pas a finales del siglo XIX y principios del XX. En 2015 public bajo el sello Palibrio su novela Al Filo de las Seis como complemento de la obra Hablarn las Sombras. Autor del libro conmemorativo Cmara de Comercio de Costa Rica 100 aos de historia.
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El Sexto Portal - Juan Antonio Calvo
EL SEXTO
PORTAL
JUAN ANTONIO CALVO
Copyright © 2018 por Juan Antonio Calvo.
Número de Control de la Biblioteca del Congreso de EE. UU.: 2018905947
ISBN: Tapa Dura 978-1-5065-2531-0
Tapa Blanda 978-1-5065-2533-4
Libro Electrónico 978-1-5065-2532-7
Todos los derechos reservados. Ninguna parte de este libro puede ser reproducida o transmitida de cualquier forma o por cualquier medio, electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación, o por cualquier sistema de almacenamiento y recuperación, sin permiso escrito del propietario del copyright.
Esta es una obra de ficción. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Todos los personajes, nombres, hechos, organizaciones y diálogos en esta novela son o bien producto de la imaginación del autor o han sido utilizados en esta obra de manera ficticia.
Fecha de revisión: 11/06/2018
Palibrio
1663 Liberty Drive, Suite 200
Bloomington, IN 47403
779740
ÍNDICE
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
Image36498.JPGIlustración de Eugenia Calvo
A mis QQ:. HH:. ellos saben…
Tus visiones se aclaran sólo cuando puedes ver en tu propio corazón. Quien ve hacia afuera, sueña; quien ve hacia adentro, despierta
.
Uno no se ilumina imaginando figuras de luz, sino haciendo la oscuridad consciente
.
Carl Gustav Jung
Ajkdnúkname
25 de octubre de …
Sentiré un dolor intenso en el pecho seguido de una profunda paz. Miraré, con mi último aliento, como Amka sostendrá mi mano y envuelta en un halo púrpura me dirá: estaré a tu lado siempre
y luego solo percibiré luz. Mi espíritu se elevará dejando atrás este esqueleto viejo y sin vida.
Los tres hombres limpiarán mi cuerpo, y desnudo bajo el agua me llevarán en mágica procesión hasta el centro del asentamiento. Allí me acostarán en medio de un círculo hecho con piedras.
Uno, sentado al este, sostendrá mi cabeza y el otro, el quinto Chamán, tomará mis pies entre sus manos y se sentará al oeste. El tercero danzará misteriosamente invitando al viento a formar una muralla; la lluvia cesará y mi cuerpo, lo que queda, arderá entre las llamas.
Y se cerrará el sexto portal…
1
¿Por qué habré vivido tantos años? se preguntaba el viejo Cornelius. Estaba solo. No había en su hogar más que cientos de papeles y piedras, todos dispuestos en el más absoluto desorden. Aun así, su hogar, esa casa rústica construida muchísimos años atrás, destilaba un olor a pensamientos interminables.
Una corona de plumas adornaba su escritorio de madera. Eran tan viejas como él, tal vez más, pero mantenían la frescura y la orgullosa forma de una corona de esas que vestían la cabeza de los reyes, de los caciques.
Había viajado por el tiempo: el pasado, el futuro y ahora su eterno presente. Sus ojos lograron ver hechos que se dieron cita en épocas remotas. Una vida que no resultó como esperaba, aunque también vivió lo que para muchos está vedado.
No recordaba incluso cuántos años tenía, pero su escasa memoria le decía que eran más de los que podía contar. Las arrugas de su rostro era el registro de mil historias.
Encerrado como estaba, luchando por ganarle al tiempo, miraba al horizonte, a la calzada de los antepasados esperando encontrar una señal. Sus dedos acariciaban monótonamente su cabeza mientras observaba la espesura de la montaña. De ella había aprendido todo.
Se afincó en esa zona para escudriñar en sus tierras hasta lo más profundo que sus fuerzas le permitieran y así aumentar el tamaño de su ambición, de su ego. Su propia naturaleza, insistentemente, le decía una y otra vez que haciéndolo, que llegando a ese lugar inhóspito y lejano, se convertiría en alguien de fama y fortuna.
Nunca lo supo o tal vez sí… En todo caso ya no le importaba, ya era parte del bosque. Era un árbol más, una hoja más del entorno.
Años de trabajo y misteriosos viajes lo alejaron del deseo más convencional que le imponía la sociedad: formar una familia. En su lugar, sus escritos y sus memorias se convirtieron en sus hijos y la soledad en su más ferviente compañera.
Escribía mucho. Anotaba con sus manos huesudas y artríticas todo lo que llenaba su mente. Fue una costumbre que desarrolló en el campo durante las jornadas de trabajo para no perder detalle alguno de los acontecimientos que lo formaron y que se constituyeron parte y objetivo de su existencia.
Entre todos los documentos y cuadernos que decoraban su cabaña, uno era el más importante para él. Una bitácora que manoseaba constantemente y que aglutinaba la relación de hechos más relevante de su vida.
En algún momento pensó que ese cuaderno forrado en piel de cordero muy bien curtida pasaría a sus descendientes de generación en generación, pero cuando hubo puesto el primer tronco de su casa, se percató que ese era solo un sueño que nunca se haría realidad.
Era su objeto más valioso y la fuente de todas sus preguntas, muchas de las cuales aún, tantos años después, no tenían respuesta. La lectura de las hojas de ese tomo, escrito con tinta de varios colores, le permitía explorar las honduras de su alma; sus miedos, sus angustias, y por qué no, igualmente sus alegrías.
Muchas veces sintió que sus anotaciones estaba incompletas pero no por falta de querer hacerlo, de querer terminar sus relatos, sino porque los hechos que quedaron grabados en sus hojas, ahora amarillentas, fueron tan mágicos que no admitían registro alguno que boicoteara la veracidad de lo que realmente aconteció.
Sabía por su experiencia de investigador, que sin evidencias reales y fidedignas, el tiempo se encarga de introducir sesgos a los recuerdos más lejanos. Él no deseaba que fuese así, por el contrario, quería que quien llegara a leer ese libro viajara como él, con ingenuidad infantil, por los portales del tiempo y del alma.
Y a pesar de que creía no haber registrado todo lo que hubiese deseado, dejó al menos la revelación de su propia vida, ciertamente una muy diferente a la del resto de los hombres pero tampoco tanto como para no entenderla. Claro que su bitácora y él eran un complemento: registros y recuerdos. De unos sabremos, de los otros no, aunque podríamos intuirlos, tal vez como lo hizo Cornelius, sin saber que su luz brilló intensamente frente a los testigos inmutables de la Naturaleza. Algunos acontecimientos de su niñez revivía mentalmente sentado en el corredor de su cabaña dándole credibilidad a su razonamiento de que lo que había decidido fue producto de algo mayor que su propia voluntad. Siempre fue así, siempre tratando de convencerse de que había tomado el camino correcto hasta que cedió ante lo inevitable. Entendió…
Así pasaba sus jornadas el viejo Cornelius, esperando. Veía el amanecer y el atardecer cada día para grabar en su retina la grandeza de los misterios de la naturaleza. La grandeza de sus propios misterios, y también de los tuyos.
Cierto día, entre el alba y el ocaso, decidió vencer el tedio de la espera que lo tenía atado. No soportaba más esa rutina espantosa de querer hacer y no poder, de querer y no …
Tomó una frazada y se sentó al lado de la chimenea que, encendida permanentemente, calentaba su soledad. Se tapó las rodillas con la tela y comenzó nuevamente el viaje hacia su pasado.
2
25 de octubre de 1840
Hoy llegué al sitio. El dolor en mi cadera es insoportable. Supongo que el caballo que me trajo hasta aquí estará igual. Horas interminables pasamos él y yo atravesando charrales y lodazales para llegar hasta esta montaña. Lo compadezco de la misma forma que me compadezco yo mismo por haber escogido este oficio, aunque de nada me sirve quejarme.
De pie, con mis manos atrás como un banquero burgués, veo la exuberancia de esta montaña. Hasta donde alcanza la vista logro ver este pequeño valle rodeado de los árboles más altos y verdes que hubiese visto jamás.
Supongo que si me vieran en este momento pensarían que me he vuelto loco, pero ¿qué sería del mundo sin científicos arriesgados como yo capaces de develar los misterios del tiempo?
Es lo que decidí hacer a pesar del disgusto de mi padre cuando le dije que mi más profundo anhelo es practicar lo que más deseo, para eso me preparé, para ser arqueólogo. No le sirvieron sus reprimendas ni mucho menos sus amenazas. Dos, tres, cuatro veces me recordó, con vehemencia, que llevar el apellido Echeverría significa convertirme en heredero de su imperio, como él lo llama, cosa que a mí no me desvela porque no deseo ser ni tendero ni administrador de ningún imperio
. Estoy siendo desagradecido, lo sé, pero esa es la realidad y no hay vuelta atrás.
Aquí me encuentro en contra de su voluntad, en medio de la nada, acompañado por un pobre caballo y por la mula a la que le endosé toda la carga de provisiones que espero me ayuden a sostenerme por varios meses. Al menos pasto hay de sobra para que se alimenten y agua, bueno agua es lo que más hay.
Su imperio… escribo, en realidad es solo una tienda de abarrotes con la que ha granjeado una buena fortuna. No es más que eso, un pequeño comercio que ha sido bien administrado y nos ha permitido tener una buena vida. Aun así, don Cornelius Echeverría y García se hizo acreedor del respeto del pueblo entero, y con él, la llave que le permite disfrutar de algunos placeres que ofrece el mundillo social josefino.
Pero bueno, siento que este acto de rebeldía era lo que necesitaba para despegarme, de una vez por todas, de esa necedad de querer meterme en su negocio.
Asumí como ciertas las afirmaciones que me dieron en la capital de que en este lugar hay indicios de un asentamiento indígena. Me siento confiado de que pronto encontraré algo. Espero que así sea, no quiero volver con las manos vacías y ser objeto de la burla de todos.
¡Qué tontería! ¿A quién quiero engañar? En mi interior sé que mi intención es encontrar algunas vasijas de cerámica o evidencias de que hubo habitantes indígenas en este lugar, ¡nada más!
Revelar y exponer un gran triunfo científico sin más complicaciones que unas cuantas jornadas de trabajo. Eso será suficiente para ganar la atención de todos. El campo me repele como yo a él, pero haré tantos huecos como sea preciso. De todas formas, es solo eso, tierra y árboles que crecerán una y otra vez, como ha sido siempre.
De verdad no estoy acostumbrado a lidiar con bichos que se ensañan contra mí sin misericordia. Pero en todo caso, debo resistir hasta llegar a la meta que me he impuesto.
Me preocupa un poco la limitada cantidad de querosene que traje para llenar esta lámpara con la que alumbro esta noche oscura. La tienda, aunque es de lona, servirá para mantenerme seco. La otra que armé para utilizarla como bodega de provisiones tuve que apuntalarla con algunos troncos viejos que recogí en el campo antes de que llegara la noche. Escogí bien. Pude acomodar todo sin problema.
El cajón en el que traía algunos alimentos me sirve temporalmente de asiento y la pequeña mesa reclinable como escritorio, también para comer, aunque el intenso dolor que siento en la cadera me ha hecho perder el apetito. Veré si la tijereta no aumenta el dolor, de lo contrario tendré que dormir en la tierra.
Una noche estrellada me da la bienvenida a este lugar, y aunque solitario y perdido entre las montañas, siento que no estoy solo. Desde el mismo instante en que bajé del caballo una presencia que no logro definir me atizó los sentidos. Es extraño.
26 de octubre
Como es mi costumbre me desperté a las cinco de la mañana y me lavé como pude. Me enfundé la ropa de trabajo y me dispuse a preparar el
