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La Vieja Banca: Novela Duranguense
La Vieja Banca: Novela Duranguense
La Vieja Banca: Novela Duranguense
Libro electrónico791 páginas11 horas

La Vieja Banca: Novela Duranguense

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Información de este libro electrónico

Marcos Carrera, ex militar del ejrcito norteamericano, nacido en la ciudad de Durango; de nio fue llevado a USA y ya adulto regresa a su tierra, dedicndose a vender partes electrnicas.
Conoce a Paquita, una chiquilla que vive con su abuela Mara en el parque.
En una reunin le presentan a Carlos, guardin del parque, quien le cuenta que Mara de joven acostumbraba ir al parque, sentndose en una banca donde conoci a un militar con el que se cas y tuvo una hija.
Su marido muri y ella fue despojada de la casa, yendo a vivir al parque con su hija, usando la vieja banca, que estaba embrujada.
La hija muri en esa banca al nacer Paquita, quien viva con su abuela en el parque.
Mara hered una vieja casona, habitada por dos brujos, donde suceden cosas extraas; es hechizada pero Marcos convence a uno de los brujos, quien le ayuda a eliminar al otro, desapareciendo el hechizo.
IdiomaEspañol
EditorialPalibrio
Fecha de lanzamiento29 ago 2014
ISBN9781463389734
La Vieja Banca: Novela Duranguense
Autor

Luis Martin Hinojosa

Luis Martn Hinojosa, duranguense de origen, curs estudios de tcnico electromecnico, actividad que ejerci en la ciudad de Durango antes de emigrar a Estados Unidos. Su imaginacin propici que en su mente almacenara varias historias que decide escribir para compartirlas. Amante de su tierra, a ella ha dedicado sus libros, que a la fecha suman cinco, teniendo otro en preparacin. Desde hace varios aos radica en Las Vegas, Nevada, dedicado a la industria de la construccin y a la educacin de sus hijos, en quienes ha fomentado el orgullo de ser duranguenses y mexicanos.

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    La Vieja Banca - Luis Martin Hinojosa

    Copyright © 2014 por Luis Martín Hinojosa.

    Número de Control de la Biblioteca del Congreso de EE. UU.:           2014913731

    ISBN:           Tapa Dura                       978-1-4633-8975-8

                        Tapa Blanda                     978-1-4633-8974-1

                        Libro Electrónico           978-1-4633-8973-4

    Todos los derechos reservados. Ninguna parte de este libro puede ser reproducida o transmitida de cualquier forma o por cualquier medio, electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación, o por cualquier sistema de almacenamiento y recuperación, sin permiso escrito del propietario del copyright.

    Esta es una obra de ficción. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Todos los personajes, nombres, hechos, organizaciones y diálogos en esta novela son o bien producto de la imaginación del autor o han sido utilizados en esta obra de manera ficticia.

    Fecha de revisión: 27/08/2014

    Palibrio LLC

    1663 Liberty Drive

    Suite 200

    Bloomington, IN 47403

    Gratis desde EE. UU. al 877.407.5847

    Gratis desde México al 01.800.288.2243

    Gratis desde España al 900.866.949

    Desde otro país al +1.812.671.9757

    Fax: 01.812.355.1576

    636622

    ÍNDICE

    Dedicatoria

    Palabras del autor

    Prólogo

    LA ENAMORADA SECRETA

    Policías corruptos

    Visita al parque

    El malestar de Marcos

    Aparece la enamorada

    En busca de Paquita

    LA HISTORIA DE LA MAESTRA MARY

    La vieja banca

    Los coqueteos de Laura

    Trampa a los policías corruptos

    LA CONFESIÓN EN EL PARQUE

    El asalto al negocio de Marcos

    Cuantificación de los daños

    Los celos de Laura

    Marcos conoce a su suegra

    El amor llegó de nuevo

    EL GORDO Y SANTA CLAUS

    Las noticias de Paquita

    La felicidad de Marcos

    El secreto de Marcos

    El encuentro

    LA BANCA MISTERIOSA

    El misterio de la rosa roja

    El investigador de casos sobrenaturales

    Efectos de la posesión

    LA APARICIÓN DEL BRUJO Y EL REGALO DEL LIBRO

    La cena de Navidad y petición de mano

    Inicia la investigación del misterio

    La destrucción del hechizo

    Transformación de la maestra

    RECONSTRUCCIÓN E INAUGURACIÓN DEL JARDÍN

    Visita a la habitación misteriosa

    Desaparición de Diana

    REAPARICIÓN DEL INDIO

    La fiesta de fin de año

    El fantasma y la rosa

    La historia de la abuela

    La grabación del fantasma

    PRIMER AVISO DE MUERTE

    La tecnología cazafantasmas

    El pasado de Marcos

    El brujo se convierte en aliado

    Amor comprado

    El secreto de cómo pedirle a Dios

    LA DISCUSIÓN DE LOS BRUJOS

    El fin del brujo mayor y su entierro

    Recuperación de Diana y regreso a la normalidad

    Preparativos del brujo y la historia de la vieja banca

    Paquita: ¿nieta de Marcos?

    PRESAGIOS DE MUERTE

    Paseo por el parque

    Entrevista con el brujo

    La transformación de Marcos

    Las confidencias del brujo

    Preparativos de la tornaboda y paseo por la nieve

    La melodía de despedida

    Boda y muerte

    Celebración sin don Chuy

    El sepelio del amigo

    La despedida y el frío de la soledad

    La luna de miel

    La autoaniquilación del brujo

    Seis años después

    Agradecimientos

    Reconocimientos

    Dedicatoria

    Dedico con todo mi amor y cariño este trabajo, a mis hijos y a mi familia.

    A mi madre, por su gran fortaleza.

    A mis hermanos y hermanas, especialmente a mi hermana Luz Evelia Hinojosa, por sus sabios consejos.

    A toda la familia Hinojosa.

    Palabras del autor

    EN EL DURANGO del pasado sucedieron tantos hechos, que algunos quedaron en la historia y otros se fueron perdiendo de boca en boca a través del tiempo y el espacio. Algunos relatos e historias se han relacionado con el Durango moderno, y en la actualidad, algunos historiadores han podido rescatarlas para ser plasmadas en libros en forma de narraciones, con el deseo de dar a conocer a nuestros connacionales que radican en Estados Unidos, especialmente a la comunidad duranguense, la importancia de nuestra cultura, raíces y costumbres. Este es un relato más de los tantos que han surgido en el bonito estado de Durango.

    Antes de comenzar quiero agradecerle a usted, amable lector, su disposición por leer esta novela y le ofrezco con anticipación mil disculpas si no es de su agrado. No soy un escritor ni mucho menos un profesional en esta actividad, pero le aseguro que mi intención fue aportar un granito de arena para que quienes tengan el trabajo en sus manos, puedan deleitarse con lo escrito en las próximas páginas. El relato es totalmente ficticio y el autor utiliza los nombres de algunos amigos para darle un toque moderno a su inspiración.

    De manera que ya avisados, quiero pedirles su permiso para empezar.

    Luis Martín Hinojosa Flores

    Las Vegas, Nevada, USA. Marzo de 2013

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    Dibujo por: Jasmine Hodgson

    Prólogo

    EN SU ENSAYO titulado Las Fuerzas Morales, específicamente en el capítulo doce, para el filósofo José Ingenieros El terruño es la patria del corazón. De todos los sentimientos humanos, ninguno es más natural que el amor por la ciudad, el pueblo o el barrio en que vivimos los primeros años. El terruño habla a nuestros recuerdos más íntimos, estremece nuestras emociones más hondas; un perfume, una figura, un eco, despiertan un mundo en nuestra imaginación. Todo lo suyo lo sentimos nuestro, en alguna medida; y nos parece, también, que de algún modo le pertenecemos, como la hoja a la rama.

    En el terruño se sienten los primeros afectos maternales y se escuchan los consejos del padre; se sienten las inquietudes del primer amor; se tejen las juveniles ilusiones y se tropieza con inesperadas realidades; se adquieren las más hondas creencias y se contraen las costumbres más firmes. Nada de él nos es desconocido ni nos produce desconfianza. Llamamos por su nombre a todos los vecinos, conocemos en detalle todas las casas, nos alegran todos los bautismos, nos afligen todos los lutos. Por ello sentimos en el fondo de nuestro ser una solidaridad íntima con lo que pertenece al terruño en el que transcurrieron nuestros primeros años de existencia.

    Sin decirlo así, en Luis Martín Hinojosa Flores surge de forma ingenua o por instinto el amor a su terruño. A ese Durango donde nació y creció hasta que por caprichos que la vida impone tuvo necesidad de buscar un mejor porvenir en los Estados Unidos. La Vieja Banca es una novela que revela de forma amena que la fuerza del sentimiento que nos liga al terruño se comprende mejor a la distancia. Ese sentimiento al que llamamos nostalgia se refleja en el trabajo del autor nacido en la población de Calixto Contreras, pintoresco lugar perteneciente al municipio de Guadalupe Victoria, del estado de Durango. A través de personas, lugares y relatos que conjugan una atractiva historia, Luis Martín Hinojosa recuerda al Durango que la distancia no ha podido arrancar de su corazón. La Vieja Banca es un testimonio de que el tesoro de nuestros recuerdos iniciales está formado por las impresiones que recibimos en el terruño.

    Bienvenido este trabajo y este esfuerzo de Luis Martín Hinojosa, que le quitó horas al sueño durante meses enteros para regalarnos, a los que estamos aquí y a los que están allende las fronteras de México y Durango, un relato que indudablemente servirá de estímulo para recordar que nuestras raíces están en Durango.

    Gilberto Jiménez Carrillo

    Durango, Dgo., julio de 2011

    La enamorada secreta

    EN LA BONITA ciudad de Durango, la negra noche de aquel esperado viernes empezaba como la típica del mes de noviembre, es decir, fresca y callada. El aire frío parecía azotar el rostro de la apresurada gente que aún rondaba por las calles. Con pequeños golpes, el aire se dejaba sentir tan frío como el hielo. La helada época parecía que estaba cobrando fuerza por los días que no había hecho tanto frío. Ese año se había adelantado el invierno y en esa noche ya se sentía frío por todos los rincones de la Perla del Guadiana que, junto con la oscuridad, anunciaba una posible nevada. Aún así, en el Durango activo se miraba el ir y venir de los trabajadores de tiempo completo. Muchos de ellos no traían sus chamarras puestas y pasaban encorvados tratando de esquivar el clima que calaba hasta los huesos. El aire daba rienda suelta a la ola de brisa casi ya convertida en hielo. Por su parte, la gente precavida se abrigaba y felizmente compraba sus juguetes navideños en las diferentes tiendas de la ciudad. Las personas que aman las caídas del sol, permanecían bien enchamarradas y sentadas en las confortables bancas de la Plaza de Armas.

    Por los bien arreglados corredores de la Plaza, las jóvenes muchachas caminaban sonrientes, unas solas y otras acompañadas. En la parte alta del kiosco, la banda de música tocaba al aire libre, aglomerándose cada vez más personas alrededor. Mientras tanto, algunas parejas bailaban y otras sólo movían sus cuerpos al ritmo de la música, sin despegar los pies del suelo. Los que gustaban de tomar café, ya sea en casa o en algún restaurante, disfrutaban de los momentos de la fría temporada, sintiéndose en el ambiente el riquísimo folclor duranguense.

    Somos los duranguenses un pueblo lleno de amistad y amor, una comunidad tranquila y bella, característica que nos identifica en todo el país. Por cierto que por esta sinceridad, a nivel nacional ocupamos los primeros lugares en hospitalidad.

    Retomando el relato, resulta que en un tradicional barrio de la ciudad, precisamente en día viernes, después de cerrar las puertas y ventanas de su negocio, Marcos se encontraba muy tranquilo consigo mismo. Se venía haciendo costumbre que recogiera la tarjeta anónima que diariamente aparecía en una de las puertas de la entrada principal; la tarjeta contenía una declaración de amor de alguien que no se atrevía a hacerlo en persona. Después de leerla una vez más, sonrió para sus adentros y dejando escapar un suspiro, la guardó en la bolsa de su camisa para después depositarla en una cajita de aluminio que había diseñado especialmente para guardar esos lindos detalles de amor. Sabía que se trataba de alguien muy especial, y a pesar de no tener la menor idea de quién y cómo era su enamorada, ya le había tomado algo de cariño. Pensaba en que se llegaría el día que su desconocida enamorada se haría presente, momento que iba a aprovechar para mostrarle todos sus recados de amor, que uno a uno y en su respectivo orden, gustoso guardaba para tan esperada ocasión. Se apuró en apagar las luces y así evitar pensar en quién sería su enamorada secreta.

    Al principio llegó a pensar que se trataba de una de sus secretarias, que soltera y muy guapa, siempre lo atendía con mucho esmero. Pero con el tiempo se dio cuenta que por el carácter y la buena entrega a su trabajo, esta muchacha se comportaba de la misma manera con todos sus compañeros. Al mismo tiempo sintió que la estimaba demasiado y sería incapaz de establecer una relación amorosa con ella. Además, quería respetar su juramento, un juramento que sólo él y Dios sabían. Instantes después, todo quedó oscuro y desolado en el local donde se vendían partes electrónicas.

    Marcos tenía pocos años viviendo en Durango. Anteriormente radicaba en los Estados Unidos, y una vez pensionado decidió regresar a su tierra natal, dedicándose a montar el mismo negocio que tenía allá, con la intención de que le sirviera como pasatiempo y distracción. Acostumbrado a trabajar y a llevar una vida activa, en corto tiempo logró conseguir lo que quería: una buena posición económica, trabajar por su cuenta, formar un hogar y finalmente vivir y trabajar para su familia.

    Pero el destino tomó otro rumbo.

    Marcos era un hombre de cuarenta y seis años de edad, estatura de la que llaman normal -ni muy alto, ni muy chaparro-; tez morena, bigote bien arreglado, barba de candado medio canosa, cejas pobladas y ojos grandes color café claro, adornados por unas negras y largas pestañas. Su cabello era quebrado, con más de la mitad pintado en canas en las sienes. Este toque natural le daba una especial apariencia de hombre de negocios. Sus músculos eran fuertes y jóvenes. Era ancho de espalda, con un velludo y musculoso pecho. Vestía de mezclilla, botas vaqueras y camisa de manga larga, que por costumbre se arremangaba arriba de la muñeca. Algunas muchachas del barrio se habían enamorado de este galán, pero al ver que él no hacía mucho por buscarlas o hablarles, se iban retirando poco a poco. Sólo una joven estudiante de Enfermería se interesó tanto en este hombre que no le importó su edad ni saber si era soltero o casado; se dedicó a tener paciencia esperando el momento en que Marcos pusiera sus ojos en ella.

    Pasó el tiempo y no se miraba a ninguna mujer a su lado, lo cual indicaba que podría ser soltero. Su apariencia era muy misteriosa pero al mismo tiempo tranquila. Tenía una mirada triste y vaga. Su recio rostro dibujaba un sufrimiento doloroso en su alma; aun así, sonreía a todos sus clientes que diariamente iban aumentando. Los atendía con mucho respeto y afecto, pero con muy pocas palabras. Algo tenía que caía bien e inspiraba confianza. Sus conocidos decían que era una persona con una calidad humana muy especial. En su rostro se dibujaba una sombra alrededor de su sonrisa. Se notaba que a este señor le hacía falta algo o alguien, pero por respeto, nadie se atrevía a cuestionarlo. Por si fuera poco, constantemente se reservaba a hablar con la gente más allá de su negocio. Como rutina diaria, antes de dormir echaba un vistazo al panorama por una de las ventanas de la sala, que por cierto tenía una vista hermosa, ya que se encontraba exactamente frente al parque, a donde todos los domingos acostumbraba salir a caminar. La segunda planta de su casa se componía de cinco habitaciones bastante amplias, cocina y comedor. Cada habitación tenía vista a la ciudad, con un ángulo diferente, pero a Marcos le fascinaba particularmente la vista de la sala; en ese lugar permanecía horas y horas.

    En uno de los cuartos de la segunda planta había diseñado un agradable balcón, el cual usaba únicamente para leer y tomar café por las noches. Debajo de esta habitación se encontraba la entrada principal del negocio, por lo que aprovechaba para mirar a los chiquillos jugando y el constante ir y venir de la gente. Los momentos en que se refugiaba en el balcón lo hacían sentir nostalgia por las noches que se viven en la ciudad de Durango; noches hermosas de luna llena, sobre todo las del mes de noviembre. Oscuridades frías y quietas, pero al mismo tiempo alegres y llenas de pasión que seguramente aprovechaban los jóvenes para citarse con su pareja o simplemente para ir a dar la vuelta. Noches que también eran propicias para que las familias se visitaran o se reunieran para tomar una tacita de café y contar las interesantes historias y leyendas que tiene como tesoro esta bonita ciudad.

    Ya establecido en Durango, uno de sus clientes le contó una leyenda que lo impresionó bastante. Marcos le prometió que alguna noche iría a presenciar la aparición de la famosa monja de la catedral, personaje central de una de las leyendas más conocidas en todo el estado. Entre sus múltiples distracciones y pensamientos, Marcos imaginaba que era el muchacho que llevaba a su novia de la mano, y se veía como aquel señor acompañado de su esposa y de sus hijos; del individuo que conversa de algún tema interesante con sus amigos; aquél que pasa horas y horas jugando dentro del billar; el chofer de aquel camión ruidoso y desafiante; de aquél que sale feliz de la sala de un cine. Muchas imágenes inciertas y deseos reprimidos acudieron a su mente en un solo instante. Quería ser todo eso y más, sólo que la responsabilidad de su negocio lo tenía atado por muchas horas.

    Salía solamente una vez a la semana, precisamente el domingo por la tarde. Le gustaba ir al parque porque ya se había conseguido una amiga. Su nombre era Paquita, a secas, y la consideraba así por su sinceridad. Paquita era una niña muy inteligente, sencilla y humilde pero muy tierna, que vendía duros de cuero de puerco y de harina, refrescos y otras chucherías. Sin pensarlo, a Marcos se le hizo costumbre comprarle a Paquita uno de sus duros favoritos, precisamente los de cuero de puerco, con verduras, chile y queso. Disfrutaba cada mordida a lo máximo, perdiendo la noción del tiempo mientras se terminaba el dichoso duro de puerco, mismo que acompañaba con una bien fría Coca-Cola de botella.

    Cuando Paquita conoció a Marcos le cayó muy bien, siempre le escogía el mejor de los duros y se esmeraba en preparárselo. Marcos aprovechaba el gesto tan noble para hacerle algún regalo; un regalo sencillo pero muy significativo para él. De esta manera nació una bonita amistad, a pesar de la gran diferencia de edades y a pesar de los constantes peligros que han existido sobre abusos de menores. Para Paquita eso no existía; su mente estaba totalmente familiarizada con Marcos, convencida de que entre ellos existía una linda y limpia amistad. Sentía un gran apoyo moral y un amor paternal, tal vez el amor de un padre que nunca tuvo pero que siempre deseó.

    Los temas más frecuentes eran los relacionados con su perrito Coquito, los estudios de Paquita y el cuidado de la niña para su abuelita, señora que Marcos no conocía. En ocasiones Marcos sentía que estimaba a la señora a través de aquella sencilla y tierna chiquilla. En las tardes, cuando Paquita terminaba de vender su producto, se despedía de su amigo, estando segura de que lo vería la próxima semana. Con un poco de tristeza en sus ojos pero sintiendo una gran felicidad por la compañía de aquel señor, le decía con su dulce voz:

    -Te espero el próximo domingo a la misma hora y por el mismo canal. Esa era la frase que todo el tiempo usaba Paquita para dejar el ambiente alegre. De esa manera los dos sonreían y se alejaban alegremente.

    Después de quedarse solo, Marcos aprovechaba para caminar y hacer un poco de ejercicio, dando vueltas alrededor del gran parque. Hubo ocasiones en que se le hacía tarde para llegar al sitio indicado en donde marcaría la vuelta completa al dichoso recorrido, que sin duda era el lugar donde se instalaba Paquita con su vendimia. Ahí comenzaba y allí tenía que terminar su ejercicio; incluso algunas personas que también hacían ejercicio ya lo conocían. Lo saludaban con una sonrisa y algunos hasta de mano, pero nunca prolongaba la conversación por más de un minuto y siempre con el mismo saludo de buenas tardes ¿cómo les va?, al mismo tiempo que seguía caminando sin dejar de mirar a su interlocutor, y si tenía que contestar algo, lo hacía caminando, pero esta vez dando la espalda a quien le hablaba.

    Era todo un caballero, pero por razones desconocidas hasta ese momento, evitaba formalizar una amistad, con excepción de Paquita. Algunas personas pensaron que era antisocial porque sonreía muy poco; y en verdad era un hombre muy extraño, al grado de que con frecuencia dejaba a las personas con la palabra en la boca. Mucho se hablaba de él por su extraña soledad. Así era la vida de aquel solitario personaje que disfrutaba el domingo a lo máximo.

    Tenía muy bien organizado su tiempo y el domingo era su día libre, en el cual podía quebrantar su reglamento olvidándose de todo. Su trabajo era muy importante para él, lo consideraba vital, ya que pensaba que esa forma de invertir su tiempo le ayudaba física y moralmente en su existir. Sabía que trabajando y cuidando su alimentación se mantendría activo por mucho tiempo.

    Inesperadamente y encontrándose en su negocio, sintió que algo raro pasaba, porque se sentía incómodo, algo no muy común en la vida activa de este hombre fuerte, lleno de espíritu y fortaleza que carecía de malestares. Pero ese día se sentía desesperado, ansioso, distraído y pensaba que algo malo le iba a pasar. Quería y no cerrar su negocio. No podía hacer eso. Como dueño y buen comerciante prefería seguir atendiendo a su clientela que diariamente iba en aumento.

    El giro de su negocio era nuevo en la ciudad, pero estaba muy bien recomendado por los expertos sabedores de partes electrónicas. En el negocio de Marcos se encontraba de todo lo que tuviera que ver con electrónica, desde lo más sencillo hasta lo más sofisticado; baterías para reloj, radios, estéreos, televisores, teléfonos celulares, lo más nuevo en video-juegos y partes para toda clase y marcas de aparatos electrónicos y computación. Era el principal proveedor de esta mercancía en varios municipios del estado de Durango. Ocupaba a ocho muchachas en el Departamento de Administración y doce jóvenes que atendían las diferentes áreas del negocio. Como buen comerciante atendía a sus principales clientes, mientras que dos de las muchachas se dedicaban a lo relacionado con la contabilidad. El resto se distribuía en diferentes departamentos. Con su amplio conocimiento en el campo de la electrónica, Marcos se ocupaba de orientar a los clientes para que compraran las partes correctas o aparatos que necesitaban. Por esa razón se ganó la confianza y la amistad de mucha gente de la región, en especial compradores y revendedores de mayoreo y menudeo. Sin embargo, ese día Marcos estaba raro: sus acciones eran lentas y distraídas.

    Tenía algunos clientes esperando por más tiempo de lo normal. Un muchacho conocido por Marcos de mucho tiempo lo notó, preguntándole:

    -¿Se siente bien don Marcos, le sucede algo?

    Antes de contestar, Marcos afinó muy bien su garganta, y después de un suspiro se limitó a decir: -No, no pasa nada, estoy bien. Gracias de todas maneras por preocuparte por mí, Lalo; estoy un poco cansado, creo que es todo el problema.

    El joven Eduardo era un cliente muy fiel que tenía un taller de reparación de televisores, motivo por el cual conocía muy bien a Marcos y estaba seguro que algo le ocurría. Le llamó la atención que en el tiempo que se había hecho su cliente, Marcos jamás se había equivocado al surtirle los pedidos, y esta vez le entregó piezas que posiblemente eran para un amplificador muy sofisticado y además muy caras. Un poco apenado, el joven dijo a Marcos:

    -Señor Marcos, disculpe pero estas piezas no son las que le pedí, son micro resistencias para aparatos especiales y yo le solicité lo de siempre para mis televisiones.

    -Disculpa Lalo, estoy muy cansado y no sé lo que estoy haciendo, pero ahorita te las traigo, espera un minuto.

    Marcos sabía lo honesto que era el joven Lalo, de lo contrario hubiera perdido buen dinero en esas partes. Luego de traerle las correctas le ofreció disculpas, dándole las gracias por su honradez al mismo tiempo que le decía: -Me has ahorrado un buen dinero Lalo, esta vez te regalo tu pedido, muchas gracias.

    El muchacho también le dio las gracias recomendándole con un tono muy amable -como si se tratara de algún familiar muy cercano-, que descansara un poco.

    -Gracias Lalo, muchas gracias, lo tomaré en cuenta, le respondió Marcos.

    El resto del día transcurrió lento. Marcos llamó a las muchachas y después de darles su pago les agradeció por ser tan eficientes y entregadas en su trabajo, al mismo tiempo que les recomendaba abrir una cuenta bancaria y empezar a ahorrar. Una de ellas se regresó diciéndole que se miraba muy cansado, aconsejándole que sería bueno cerrara el negocio y se fuera a descansar. Esta vez Marcos no lo pensó y por primera ocasión cerró su negocio más temprano que de costumbre. Subió a la segunda planta y al pasar por la sala encendió la televisión. Se sirvió un té de manzana, dejándose caer en su sillón preferido de una manera poco común a su educación. Regularmente a Marcos le gustaba cuidar muy bien sus cosas, pero curiosamente esta vez parecía olvidarse por completo de sus propias reglas, por lo que subiendo los pies en la mesita de centro, se dedicó a descansar.

    Sin embargo, su pensamiento no tenía sosiego y algo lo inquietaba. Sufría al no poder acordarse de nada tratando varias veces de recordar algo de lo sucedido años atrás, pero todo fue inútil. Se levantó y por teléfono ordenó una comida rápida en la fondita de la esquina. Limpió la cocina arreglando debidamente la mesa para la comida. Pasaron unos minutos cuando tocaron el timbre de su casa. Era el pedido de la comida.

    Marcos comió lentamente y después de volver a limpiar la mesa, se aseguró de apagar la televisión; quería mantener su mente ocupada, de manera que fue al lugar donde guardaba todas las notas anónimas, leyéndolas una a una, sin saber qué hacer ni qué pensar. Imaginó que posiblemente se trataba de alguna broma de sus trabajadores, pero no dejaba de llamarle la atención que cada nota decía algo diferente, aunque todas ellas con la misma pretensión. Algunas decían: "me gustas; otras: estás bien guapo"; en otra lo felicitaba por su cumpleaños, por lo que no cabía duda de que el remitente era alguien muy cercano a él. Pasaron algunas horas y antes de irse a dormir, Marcos tomó un buen baño. Fiel a su costumbre, antes de ir a la cama echó un vistazo por una de las ventanas que tenía como vista la mayor parte de la ciudad de Durango. En ese lugar pasó un largo rato mirando cada una de las calles, observando que algunas estaban más iluminadas que otras; también se fijaba en los movimientos de la gente a pie y en coche, miraba el ir y venir de los chiquillos pateando la pelota. Todo aquello formaba parte importante en la rutina de este hombre solitario.

    Caminó muy lentamente hacia su dormitorio, sin prisas, como haciendo tiempo para mantener vivo su pensamiento. Al fin llegó a su cama, hizo las cobijas a un lado, acomodó su almohada dejándose caer suavemente en medio de su lecho. Dio rienda suelta a sus pensamientos sin percatarse que el tiempo pasaba y pasaba. Ya era tarde y se daba vueltas y más vueltas tratando de dormir; el sueño se le había ido y continuaba intentando dormir sin conseguirlo. Se levantó varias veces para caminar dentro de su habitación; minutos después se volvía meter en su cama y no lograba conciliar el sueño. Un raro presentimiento le taladraba el cerebro, se le había metido a la cabeza, posiblemente el mismo que tuvo en el negocio. Se levantó nuevamente y esta vez se dirigió a la cocina a tomar un vaso de leche caliente. Al sentirse relajado regresó a su habitación pensando que eso era lo que le hacía falta para quedarse dormido. Después de unos minutos de intentar nuevamente dormir, no pudo. Decidió darse una ducha y vestirse para salir. No sabía por qué ni a dónde; quizá a un lugar nocturno o simplemente a caminar, a pesar de saber que a esas horas de la noche era peligroso. Se detuvo unos minutos antes de tomar las llaves de su camioneta, preguntándose por tercera vez y en voz alta:

    -¿A dónde voy? Esa chiquilla, esa chiquilla… Paquita. Dios mío, ¿por qué la tengo metida en la cabeza? ¿Le habrá ocurrido algo? No, Dios mío, cuídala; es tan buena.

    Paquita era la niña que vendía los duros de cuero de puerco en el parque. La realidad era que esa niña le había robado el corazón. Desde el primer día en que la conoció, su vida interior cambió por completo. Esa era la razón de sus intranquilidades y desvelos, y Marcos lo sabía.

    Policías corruptos

    Sin más tiempo que perder tomó sus llaves, saliendo de prisa como si se tratara de una emergencia. Cuando arrancó su camioneta ya tenía pensado el lugar exacto a dónde ir. Al mismo tiempo se preguntaba por qué ir al parque si ya era muy noche y a esas horas ya estaba cerrado al público. No le importó y se fue a toda velocidad. En la esquina de la calle principal de la colonia se encontraba estacionada una patrulla de policía, cubriendo su rutina nocturna. Debido a la tranquilidad de la noche, no se percató de los señalamientos viales, por lo que sin querer no hizo caso de una señal de tránsito que en una esquina le marcaba el alto. Los patrulleros lo siguieron con las torretas encendidas, ordenándole que parara a un lado de la calle. Marcos se asustó de pensar que lo detendrían; creyó que pasarían minutos o tal vez horas de molesto interrogatorio y posiblemente tuviera que ofrecer dinero o amagar para que no se lo llevaran detenido a la delegación. Un poco más relajado, Marcos se detuvo y sin apagar el motor de su camioneta esperó a que se acercara el oficial de la policía.

    -Buenas noches señor -le dijo el policía a Marcos-, lo detuvimos para un chequeo de rutina, ya que está manejando muy rápido a estas horas de la noche y sin respetar el señalamiento de tránsito. Por favor, muéstreme su licencia de conducir y documentos legales para poder manejar un vehículo extranjero en México.

    Marcos notó la buena conducta y educación del oficial, pero a pesar de ello y utilizando la voz suave y ronca que tenía, le contestó a quemarropa:

    -Oficial, déjeme ir porque tengo una emergencia, una verdadera emergencia. ¡Por favor!

    -¿Cuál es tu urgencia de llegar rápido?, ¿a dónde vas? -le preguntó el compañero del primer oficial.

    -Tengo un mal presentimiento -dijo Marcos muy sincero.

    Los policías se echaron a reír a carcajadas burlándose de la bondad, inocencia y sinceridad de aquel hombre incapaz de hacerle daño a alguien. Sin dejar de reír, el segundo oficial preguntó a Marcos:

    -¿Me permites revisar tu camioneta?

    Sin decir una palabra, Marcos asintió. El malvado polizonte dijo unas palabras al oído de su compañero, esbozando una malévola sonrisa. En ese momento el oficial dio vuelta por la puerta del copiloto, abrió la puerta suavemente y fingiendo un minucioso chequeo, le ordenó a Marcos:

    -¡Bájate, tengo que revisar debajo del asiento!

    Marcos insistió: -Señores, déjenme ir por favor, es urgente. De pronto el oficial que inspeccionaba gritó con palabras muy bien estudiadas:

    -¡Hey pareja! Mira nomás lo que se carga el señor.

    Sabrá Dios de dónde sacó el oficial una bolsita que contenía más o menos un cuarto de kilo de cocaína.

    -Con que mucha prisa ¿no? -dijo el primer oficial con pistola en mano.

    Marcos se dio cuenta que era un truco para envolverlo en un problema del cual los supuestos guardianes de la ley saldrían muy bien beneficiados. Al ver la reacción de los oficiales, Marcos se dio cuenta de que ya estaba metido en un lío, por lo que inesperadamente le dio un manotazo al policía que lo encañonaba, tumbándole su pistola. Arrancó en reversa pegándole fuertemente con la defensa trasera de su camioneta a la parte delantera de la patrulla, destrozándole el radiador y otras partes vitales del automóvil. Al mismo tiempo le pegó fuertemente al maleante oficial con la puerta abierta del lado del copiloto, cayendo éste y rodando por el suelo, lo que aprovechó para darse a la fuga. Los tránsitos no esperaban la reacción de Marcos y cuando quisieron seguirlo la patrulla no quiso arrancar; el golpe le había dañado todo el sistema de encendido que ya casi ardía. Uno de ellos apagó las llamas con el extinguidor, mientras que el otro reportaba a la base el incidente, quejándose al mismo tiempo de los golpes causados por el portazo. Para entonces Marcos había tomado considerable ventaja y no supo a qué hora ni cómo llegó al centro de la ciudad. Sabía lo peligroso que era conducir a alta velocidad pero tenía que hacerlo para escabullirse de sus perseguidores. Lo más seguro es que los oficiales ya habrían pedido por radio ayuda a otros compañeros. Sin perder tiempo -que en esta ocasión valía oro- Marcos buscó desesperadamente una pensión donde se pudieran guardar vehículos sin ningún problema. Después de intentarlo en varias partes, al fin miró un portón viejo con unas letras rojas, casi borradas por el tiempo, que decían: Pensión las 24 horas. Paró rápidamente y bajándose de su camioneta tocó la puerta muy fuerte, ayudándose con una piedra que estaba a un lado, la que seguramente utilizaban para atrancar una de las pesadas hojas del portón.

    Gracias a Dios no hubo necesidad de tocar dos veces, porque se escuchó la voz fuerte y recia de un señor, ya mayor pero muy bien educado.

    -¡Ya voy, espere un momento!

    El encargado de la pensión no tardó en abrir más de dos minutos, tiempo que a Marcos se le hizo eterno.

    -Pase por aquí, a la derecha hay espacios con sombra señor -le dijo don Chuy, que tal era el nombre de esa persona-, porque me imagino que es usted fuereño y de seguro quiere un espacio por unos días ¿verdad?

    -Sí, sí, contestó Marcos un poco nervioso, y apenas metió la camioneta se bajó inmediatamente para ayudarle a don Chuy a cerrar el portón. La cosa era evitar que si alguna patrulla pasaba no se diera cuenta de que el vehículo que estaba en la pensión tenía reporte de fuga.

    Una vez estacionado en el lugar indicado por don Chuy, Marcos pasó al cuarto que servía de oficina. El señor le pidió que se sentara mientras le daba un comprobante, ofreciéndole al mismo tiempo una taza de café.

    -Siéntese, tómese un cafecito; ándele, le va a caer muy bien con este frillito que está haciendo.

    Marcos aceptó la invitación de don Chuy, ya que hacía mucho tiempo que no sentía tanta bondad y confianza en una persona. Don Chuy tenía ese don que Dios les da a pocas personas, y además lo sabía trasmitir.

    -Gracias, le contestó Marcos muy agradecido, preparándose su café negro en un vaso de barro. Se sentó en una de las sillas de plástico más cercanas al buen hombre, y confiando en el encargado del local entablaron conversación.

    Marcos le comentó lo sucedido y después de escucharlo, el encargado de la pensión le dio la razón prometiéndole que no diría una sola palabra a nadie. Inclusive sonriendo dijo entre dientes que ya era hora que alguien pusiera en su lugar a las dizque autoridades, que se aprovechaban de los fuereños y más cuando se trataba de carros con placas de Estados Unidos.

    -Hiciste bien muchacho-, terminó diciéndole don Chuy.

    Lo de muchacho hizo sentir muy bien a Marcos, que sonriendo le respondió: -Gracias don Jesús, es usted muy bueno; ahora por favor pídame un taxi porque quiero irme a descansar.

    Un poco serio, el señor le preguntó que a dónde iba a ir, que era muy peligroso que se fuera porque lo más probable es que a esas horas de la noche los taxistas ya supieran que andaban siguiendo a una persona y lo podían delatar. Mejor le recomendó un hotel que estaba cerca de la pensión para que pasara esa noche, diciéndole: -Ya mañana Dios dirá.

    Justo en ese momento se escuchó el rundido de un carro que pasaba muy despacio frente a la pensión y por la bocina, las voces de los oficiales que estaban hablando a la base.

    -Shhh, dijo don Chuy, ordenando silencio y hablando en voz baja. Son ellos y de seguro, como en otras ocasiones, vendrán a preguntar si he visto algo. No temas, que no pasará nada.

    Don Jesús encendió una vela y apagó la luz de su supuesta oficina, pero apenas habían pasado unos segundos cuando se escucharon los fuertes e insistentes toquidos en el portón. Sabiendo de la gravedad del problema que estaba encubriendo, se hizo el fuerte y dejó que siguieran tocando, aparentando que estaba dormido y que todo transcurría en absoluta normalidad. Los toquidos se hicieron más frecuentes y calculando el tiempo normal de espera, don Jesús respondió:

    -¡Un momento, ahorita abro, esperen un momento!

    Se acomodó su cachucha y respirando hondo le dijo a Marcos en voz muy baja que no hiciera ruido y que pasara lo que pasara no saliera del cuarto. Abrió ligeramente una de las puertas y efectivamente, ahí estaban unos hombres vestidos de azul.

    -Buenas noches, -dijo uno de los que tocaron, y con los ojos vidriosos fijos en los de don Chuy, preguntó: -¿De casualidad han llegado clientes hace una hora o dos?

    -No señor, no he tenido ninguno desde las ocho de la noche, ¿ocurre algo?

    Don Chuy preguntó con toda la normalidad que le fue posible y como lo vieron muy convencido de su respuesta, los guardianes de la ley le dieron el número del teléfono del comandante Salazar, para en caso de observar algo raro o tener un cliente a esa hora, les avisara. No era la primera vez que pasaba algo similar, porque en otras ocasiones don Chuy y sus trabajadores habían cooperado con información para desmantelar algunas bandas de roba coches, así que ya sabía de qué manera actuar. Don Chuy se despidió cortésmente, y una vez que la patrulla arrancó, inmediatamente cerró el portón. Por el esfuerzo y los nervios se sintió desfallecer, razón por la cual se recargó un momento en una de las puertas, sentía que le faltaba aire y el corazón le latía. No era para menos, la descarga de adrenalina había sido muy fuerte, además su avanzada edad le provocaba este tipo de vahídos. Después de unos minutos de recuperación regresó a la oficina, comentándole a Marcos que ya había pasado el peligro. Más de una hora duraron los dos hombres charlando de mil cosas, cuando de repente don Jesús se levantó de su lugar, y apoyándose en la esquina de la mesa le dijo a Marcos que le permitiera un momento porque iba a hacer una llamada.

    Tomó el teléfono marcando al número que el oficial le había dejado, escuchando a su interlocutor decir: -Habla el comandante Salazar, ¿en qué le puedo ayudar?

    -Mi comandante: soy Jesús Arriaga, de la pensión Don Chuy, y le hablo para reportarle que tengo un cliente enfrente de mí.

    Al escuchar lo que don Chuy decía, Marcos se quedó congelado, no podía creer que aquel señor lo estuviera delatando. Pensó mil cosas en un segundo y estuvo a punto de arrebatarle el teléfono o de darle un golpe. No sabía cómo reaccionar, le parecía imposible que después de haber depositado toda su confianza en aquel noble hombre, de repente parecía que lo estaba traicionando. Se levantó lentamente preguntándose qué estaba pasando con don Chuy, pero los nervios y el miedo de ir a la cárcel lo estaban traicionando. Luego de escuchar las siguientes palabras casi se desvanece. Tenía su mano derecha en posición de golpear y estaba pensando en darle un fuerte golpe en la cabeza a su falso protector y salir corriendo de ese lugar, que sin querer se había convertido en su escondite por unas horas.

    -Sí, le hablo para reportarle que tengo un cliente con un carro rojo, es un Nissan Sentra con placas de aquí del estado y como me dijeron -al mismo tiempo que miraba de reojo a su nuevo amigo- que reportara cualquier cliente que llegara después de esta hora, pues por eso le estoy llamando.

    Después de unos segundos de intercambiar comunicación, don Chuy le dio las gracias al supuesto comandante. Al colgar el teléfono se dejó caer en el sillón reclinable que usaba frente a su modesto escritorio y llenando sus pulmones de aire volteó a ver a Marcos.

    -Tuve que mentir para que los oficiales nos dejen en paz el resto de la noche. Conozco muy bien al comandante Salazar -dijo don Chuy mirando fijamente a Marcos, que aún seguía desconcertado por desconfiar de aquel buen hombre al que casi le propina un golpe en la cabeza para escapar-. Es una persona muy aferrada en su trabajo-. Hizo una pausa y sacando una cajetilla de cigarros de la bolsa de su chaqueta de pana, le ofreció un cigarro a Marcos.

    -No don Chuy, muchas gracias, yo no fumo.

    Don Chuy no dijo nada, solamente encendió su cigarro y dándole dos veces el golpe a la primera fumada, dejó escapar el humo suavemente, prosiguiendo con la charla. Le dijo a Marcos que conocía al comandante Salazar muy bien porque sus padres y él eran vecinos, que vivían en la misma cuadra. Le platicó que desde que era un chiquillo fue muy polémico, pero la mayoría de las veces que discutía con alguien, el muchacho Salazar tenía la razón. Incluso siempre peleaba contra la injusticia. Así creció junto con otros muchachos del barrio que lo apoyaron en sus ideas y aspiraciones. Don Chuy le comentó a Marcos que su hijo, el menor, había cursado el bachillerato junto con Salazar y de esa manera se había enterado del pensamiento y acciones del actual comandante. Desde joven trabajaba para el gobierno y tenía un historial excelente dentro de la corporación. Marcos, muy atento, saboreaba la plática de aquel señor, que parecía no tener fin. La verdad es que a Marcos le habían caído bien su honestidad y sinceridad.

    -Marcos, muchacho, creo que ya te aburrí con tantas cosas -dijo don Chuy riendo-. ¡Vamos! ¡Anímate! No te preocupes, no te va a pasar nada.

    Lo que pasaba era que el viejo no sabía lo que en verdad le preocupaba a Marcos… era aquella chiquilla que le había robado su corazón: Paquita.

    -Ya verás, yo mismo te voy a ayudar. Esta es mi tarjeta y aquí está mi número de teléfono y mi dirección, por si necesitas algo.

    Marcos no hallaba cómo agradecerle a aquel buen hombre que por cosas del destino vino a conocer, y que en el futuro después de esa noche sería uno de sus mejores amigos.

    -Ahora alístate, que yo te llevaré al hotel para que descanses; ya mañana será otro día.

    -Don Chuy -dijo Marcos muy apenado-, perdóneme por no decirle antes que yo vivo aquí en la ciudad y no soy un fuereño, como al principio había pensado. Tal vez por el miedo que sentía descuidé este detalle tan importante, por lo que le ruego me perdone.

    -No tengo nada de que perdonarte, al contrario, qué tonto de mí por no preguntarte tu domicilio para lo del comprobante de tu camioneta-. Riendo burlonamente dijo: -pero… ¿cuál camioneta?, aquí no hay ninguna camioneta con esas características señor.

    Los dos se echaron a reír chocando fuertemente sus manos abiertas.

    -Vamos Marcos, yo te llevo a tu casa si así lo deseas.

    -Claro que sí pero… ¿y el negocio? -preguntó Marcos-, no quiero que vaya a tener problemas con su patrón.

    -Pero cuál patrón muchacho, si yo soy el dueño.

    Los dos salieron de la supuesta oficina sin parar de reír, y deteniendo de repente su caminar, don Chuy bromeó nuevamente diciendo: -¿Y en qué te voy a llevar?-, apuntando con la mano extendida hacia un montón de carros-, si no tengo ni una bicicleta. Volvieron a carcajear animadamente.

    -Ten las llaves de este carro, acércalo al portón mientras yo abro. Don Chuy se encargó de sacar el carro y a Marcos le tocó cerrar el portón de madera lleno de astillas que, como quedó antes dicho, por el paso del tiempo tenía unas letras medio borradas que decían Don Chuy.

    Visita al parque

    Antes de subir al carro, Marcos miró la finca por unos segundos, como si estuviera agradeciéndole al lugar por haberse aparecido en su camino, o quizá pensando cuál hubiera sido la suerte de su camioneta si no la deja en ese lugar. El caso es que Marcos se sentía del todo agradecido y además había encontrado a un amigo, sentimiento que lo confortaba. Subió al vehículo y con las palabras más nobles que pudo, le dijo a don Chuy que no sabía cómo agradecerle todo lo que había hecho por él. Al sentir sinceridad en sus palabras, el señor Arriaga le respondió que no se preocupara, ya que él también debía muchos favores y haciendo otros se sentía muy bien espiritualmente. Le recordó la frase de haz el bien sin ver a quien, recomendándole que si quería sentirse bien, tenía la obligación de hacer sentir bien a otros. Terminadas las reflexiones le pidió que le dijera cómo llegar a su casa. Marcos le dio santo y seña, pidiéndole de favor que primero pasaran a donde él quería ir inicialmente, precisamente a donde su presentimiento y corazón lo jalaban.

    Al cabo de unos minutos ya estaban en frente del parque, justamente donde Marcos había tenido aquel mal presentimiento. Parecía absurdo pero quería estar ahí.

    -Espéreme aquí don Chuy, solamente quiero echar un vistazo.

    Bajó Marcos del carro, y parado frente a una de las entradas de aquel bonito y ahora callado y desolado parque, miró de un lado para otro muy lentamente, como si con su mirada buscara a algo o a alguien. Don Chuy lo observaba sin comprender, se le hacía raro que alguien quisiera echar un vistazo a un lugar cerrado. Después de breves instantes, Marcos dio media vuelta, subió al carro y con la voz más ronca de lo normal le dijo a su acompañante que era todo lo que necesitaba: echar un vistazo al parque. Igual de extrañado, don Chuy le contestó que a esa hora el único que podía andar en el parque era el velador, porque el parque estaba cerrado al público. Le mencionó que tenía entendido que estaba prohibido caminar por el parque a esa hora por seguridad, y si sorprendían a alguien adentro, seguramente iría a parar en la cárcel.

    -Don Chuy: ¿usted cree que pueda hablar con el guardia de seguridad a esta hora? -preguntó Marcos sin pensar-.

    -No muchacho, es muy noche y el guardia debe andar por allí haciendo su recorrido, pero yo lo conozco, si quieres mañana en cuanto pueda te consigo su número de teléfono.

    A Marcos le dio mucho gusto saber que su nuevo amigo conocía al guardia y abrigó la esperanza de que el velador supiera algo de su amiguita. Por su aferrada intención, don Jesús presentía que Marcos necesitaba hablar con ese guardia del parque. Fue por eso que se esmeró más en ayudarlo, haciendo hasta lo imposible para que su amigo consiguiera comunicarse con el vigilante del paseo.

    Se fueron por el camino indicado hasta llegar a casa de Marcos. Durante el trayecto transcurrieron varios minutos en silencio, como si cada quien estuviera acomodando sus pensamientos, recordando la estancia de Marcos en el negocio de don Chuy. Los dos se sentían culpables: Marcos por lo sucedido con los oficiales y el señor Arriaga por encubrimiento. Lo importante era que lo malo ya había pasado, de manera que sólo les quedaba seguir con el juego. Dos cuadras antes de llegar a su casa, Marcos por fin habló. Le dijo a don Chuy que le gustaría tener su amistad y cuando necesitara algo podía contar con él. Don Jesús le dio las gracias ofreciéndose a que pasados unos días, él mismo le llevaría la camioneta a su casa. Lo tranquilizó prometiéndole hablar con el comandante Salazar para tratar de remediar el problema. Se detuvo frente a la casa, se dieron un fuerte y prolongado apretón de manos para finalmente despedirse.

    Como automatizado, Marcos abrió la puerta de entrada a su casa, misma que estaba a un lado de la puerta principal del negocio. Un poco atemorizado, sentía que alguien lo perseguía, era el mismo miedo que cuando escapó de los oficiales de policía. Encendió la luz del pasillo subiendo la escalera rumbo a la segunda planta. Caminó con largas zancadas dejando encendida la luz del pasillo; atravesó la sala, se dirigió al baño y después de un ligero aseo se dirigió a su recámara sin voltear a ver, como era su costumbre, por la ventana grande que daba hacia la ciudad. Se detuvo en la puerta de su habitación, miró hacia atrás y se regresó a recorrer las cortinas. Cuando abrió un poco una de las hojas de la ventana respiró un aire limpio y fresco, echando un vistazo a las luces del parque que hasta de noche le gustaba. La verdad es que era un parque encantador.

    Cerró la ventana, recorrió las cortinas a su posición normal y se dispuso a dormir las pocas horas que le quedaban para abrir su negocio, no sin antes musitar: Te encontraré Paquita, cueste lo que cueste, juro que te encontraré.

    El malestar de Marcos

    No supo cuánto tiempo durmió, ya que lo sorprendió el sol de la fresca mañana. Inmediatamente saltó de la cama directamente al baño, sintiendo un ligero mareo; se lavó su cara y cepilló los dientes. Mirándose fijamente al espejo notó en su rostro unas ojeras enormes, producto seguramente del cansancio y la falta de sueño. No se sentía bien, por lo que rápidamente se tomó unas pastillas para el dolor de cabeza, que ya lo acosaba. Se sentó en su sillón favorito y habló por teléfono con las muchachas, pidiéndoles que por favor atendieran el negocio mientras él se recuperaba. También pensó en pedirle a Lalo, -el muchacho del pequeño taller de reparación de televisores- que le ayudara a sus empleadas. Les comentó que se sentía un poco mal pero que se recuperaría rápidamente, sólo era cuestión de reposar unas horas. Rosalía y Marthita -como les llamaba Marcos-, eran empleadas de mucha confianza y cumpliendo las órdenes de su patrón, abrieron el local. Mientras tanto, Marcos se comunicó con su amigo Lalo pidiéndole de favor que asistiera a las muchachas hasta su recuperación. El muchacho, encantado en poder hacerle un favor a Marcos, aceptó en seguida.

    Lalo era un muchacho muy serio y trabajador y tenía el taller de reparación de televisiones en su casa. Cuando Marcos se enteró, le sugirió que construyera un nuevo local prometiéndole apoyo. Marcos le ayudó a crecer dándole crédito a plazos para que construyera rápido el local que tanto anhelaba. Así fue como Eduardo se hizo cliente de Marcos, de manera que se conocían muy bien y se tenían mutua confianza.

    Para las ocho de la mañana Lalo ya estaba en el mostrador, en el lugar de Marcos. El joven técnico se sentía muy feliz porque estaba rodeado de partes electrónicas, que eran su fuerte, sintiéndose familiarizado con ellas aunque no fueran de su propiedad. Así transcurría el día: Lalo, Rosalía y Marthita trabajaban como si el negocio fuera de ellos. Querían tanto a su patrón que realizaban su trabajo con verdadera entrega y pasión. Casi al final del día, Marcos les llamó por teléfono, contestándole Marthita.

    -Marcos ¿cómo está? Ya estábamos preocupados. ¿Por qué no se había comunicado con nosotros? ¿Está bien?, ¿necesita algo?

    -Hola, Martita, muchas gracias por preocuparse tanto por mí, se los agradezco mucho. Estoy bien gracias a Dios, sólo me hacía falta dormir y descansar un poco.

    Lo que Marthita, Rosalía y Lalo no sabían, era que Marcos se había metido en un grave problema y que a consecuencia de eso se mantuvo despierto casi toda la noche en la pensión de don Chuy.

    -Aquí en el negocio todo está bien; en los ratos libres sólo hablamos de usted, preguntándonos cómo se encontraría, pero qué bueno que ya está mejor Marcos. Marthita le preguntó si lo iban a esperar para cerrar el negocio.

    -No, no me esperen -contestó Marcos-, precisamente para eso estoy hablando; quiero que me hagan favor de cerrar bien, hagan lo de siempre y luego yo les comunico cuando esté listo para trabajar, ya que ahorita estoy abusando de su confianza. Quiero que me ayuden con el negocio por unos días, tengo que salir a resolver unos asuntos pero estaremos en comunicación. Gracias por todo y que pasen un bonito fin de semana. Marthita: pásame por favor a Lalo.

    -¿Qué tal Marcos, cómo está? Estamos preocupados por usted, ¿ya se siente mejor?

    -Sí Lalo, ya estoy, sólo que te quiero pedir otro favor: tengo que salir de la ciudad y quisiera saber si me puedes atender el negocio mientras regreso. No sé todavía cuánto tiempo.

    Al escuchar a Marcos, Eduardo sentía la necesidad de ayudarlo y orgullosamente le contestó que sería un honor para él poder servirlo, agregando que contara con él para lo que se ofreciera. Marcos se quedó tranquilo esperando la llamada de su amigo don Chuy.

    Aparece la enamorada

    Ya muy tarde, cuando Marcos se disponía a preparar su cena, timbró el teléfono. Marcos fue a su recámara y tomó el inalámbrico para seguir con sus actividades: -Hello-, respondió Marcos, esperando escuchar la voz firme de don Chuy, pero esta vez se equivocó.

    -Buenas noches Marcos, ¿cómo está? Supe que se encuentra enfermo y sólo le llamo para ponerme a su disposición. Soy Laura ¿me recuerda?

    Pasaron unos segundos para que Marcos pudiera contestar, lo que pasó es que no creía que esa muchacha le estuviera hablando y mucho menos de esa manera.

    -Hello Marcos, ¿me escucha?

    Por un instante Marcos pensó en cómo se había dado cuenta la muchacha de que estaba enfermo.

    -Hem, hem, sí, sí te escucho Laura ¿cómo estás? Lo que pasa es que nunca me imaginé que fueras tú.

    -Pues sí, soy yo y disculpe el atrevimiento pero me preocupó su salud. ¿Qué fue lo que pasó?, ¿de qué está enfermo?

    Marcos le contestó a Laura que no era nada grave, sólo agotamiento, preguntándole la muchacha si ya había consultado a un doctor y al mismo tiempo le recomendaba uno muy bueno de nombre Antonio Ávila, que trabajaba en la misma clínica donde Laura prestaba sus servicios. Incluso se ofreció a ir al domicilio del doctor. Marcos le agradeció tan amable gesto.

    Laura era una muchacha joven de escasos 25 años que siempre le coqueteó a Marcos. Lo invitó varias veces a que la acompañara al cine pero el resultado fue negativo. En una ocasión conversaron un par de horas, dándose cuenta Marcos que le gustaba a la chica. Después de ese día, Laura le dejaba anónimos recados de amor en el parabrisas de su camioneta. Esta joven enfermera sabía que a Marcos también le gustaba, por eso insistía, y ahora que se dio cuenta que estaba enfermo, quería aprovechar para estar junto a él.

    -Mire Marcos, usted sabe que me interesa y más estando su salud de por medio, así que déjeme contactar al doctor para que lo revise-, le dijo Laura en tono enérgico.

    -Está bien, Laura, tú ganas; haz una cita para ver al doctor.

    -No es necesario, ¿le parece si mañana mismo vamos a su casa a las ocho?

    Marcos aceptó, más que nada por compromiso, además sería muy bueno un chequeo general. Se pusieron de acuerdo y después de una pequeña charla se despidieron para verse en la mañana del domingo.

    En busca de Paquita

    Instantes después de haber colgado, sonó nuevamente el teléfono.

    -Don Chuy: estaba esperando su llamada, ¿cómo ha estado mi amigo don Chuy?

    -Muy bien amigo, ¿pudiste dormir?, porque yo me acabo de levantar y no tengo nada que hacer hoy. Sabes, mi esposa se fue a visitar a su mamá a Zacatecas desde la semana pasada, de manera que hay chanza de ir a dar una vuelta por ahí. Conozco muy buenos lugares y con muy buena variedad. ¿Qué dices?, te invito a cenar primero.

    A manera de broma don Chuy le dijo que esta vez él iba a manejar sin pasarse los altos, para evitar que los parara una patrulla. Don Chuy bromeó con lo que Marcos temía, pero le gustó el carácter de su nuevo amigo. Ese era don Chuy: siempre alegre, corriendo de la tristeza y evitando tropiezos con la soledad. Apenas había conocido a Marcos y ya lo estimaba. Esa era la característica más notable de don Chuy: la humildad, un hombre muy fuerte en sus decisiones y más que nada, una persona que sabía siempre a dónde dirigirse, exitoso en todos los aspectos y en todo momento amigo de los amigos. Marcos aceptó y quedaron de verse en una hora; finalmente el señor Arriaga ya conocía el domicilio de su invitado.

    Acordaron la cita como dos adolescentes, y es que en verdad así sucede cuando se encuentra a un verdadero amigo. Te sientes positivo, joven y activo, porque de esa manera la vida te sonríe y siempre tienes algo por hacer. El positivismo es parte de la vida joven, no importa la edad que tengas y sobre todo, si aceptas los buenos consejos de alguien que ya vivió algunas experiencias, de las cuales te han resultado problemas. Siempre hay una solución, siempre. No quieras resolverlos de un jalón, los problemas de uno en uno y todos se resuelven.

    Marcos suspendió sus actividades, guardó las cosas que había sacado para preparar su cena y asegurándose de que todo quedara limpio y cada cosa en su lugar, fue al baño; como de costumbre, se dio una ducha con agua tibia, alistándose para cuando llegara su amigo don Chuy. Casi una hora exacta había transcurrido desde que le hablara don Chuy, cuando de pronto sonó el timbre de la puerta de su casa; efectivamente, ahí estaba don Chuy muy puntual. Se dieron un fuerte abrazo y un apretón de manos. Marcos cerró la puerta y caminaron hacia el carro sin dejar de hablar, y vaya que tenían mucho de qué hablar.

    Llegaron a una fondita en el centro de la ciudad, caracterizada entre las mejores por su excelente comida, además de una minuciosa limpieza del local. Ya adentro, mientras les servían la orden, don Chuy, ansioso por comentar lo que había investigado, atinó a decir:

    -Por dónde empiezo: a ver, ¿cómo dices que se llama la niña que vendía duros de cuero de puerco, en el parque?

    Marcos no entendía lo que estaba oyendo, fue tan sorpresiva la pregunta que se quedó mudo por unos segundos.

    -¿Sabe algo de ella don Chuy?

    -Calma muchacho, ten calma.

    -Sí, sí; disculpe usted, estaba distraído. Se llama Paquita, nada más Paquita.

    Don Chuy, mirándolo a los ojos, sabía qué tanto significaba el nombre de Paquita para Marcos; sus ojos brillaban de fe y de esperanza. No cabía duda: algo muy fuerte unía esa linda amistad y estimación que Marcos sentía por esa niña.

    -Paquita, sí, creo que es la misma persona de la que hablamos. Mira, localicé al guardia del parque, que precisamente no tarda en llegar; lo invité aquí para que lo conozcas y puedas hablar con él. Ahí viene, mira. ¡Qué puntualidad! Pasa, pasa Carlos; mira, él es Marcos, mi amigo. Marcos: él es Carlos, el guardia del parque.

    Carlos era un hombre algo mayor que Marcos; rondaba los cincuenta años, casado y vivía en una colonia cerca del parque, por lo que no se le dificultaba ir y venir del trabajo a su casa. Su familia era numerosa: ocho hijos y su esposa. El tiempo que tenía trabajando en el parque le había servido para acomodar a tres de sus hijos mayores, los cuales tenían los mismos principios de Carlos: querían tanto al parque que lo mantenían muy limpio y bien adornado con varias plantas florecientes y por este gesto tan bonito, se habían ganado la confianza de los presidentes municipales, que siempre los recomendaban con las demás autoridades.

    Fue así como Marcos y Carlos se conocieron por medio de don Chuy, que ya también se empezaba a preocupar por los problemas de su amigo Marcos, y después de una charla y de unas bromas de muy buen humor, les sirvieron los platillos que los tres habían pedido. Pasaron unos minutos de silencio, parecía que los tres habían estado de acuerdo en guardar silencio mientras comían sus alimentos. Al fin habló don Chuy:

    -Bueno, creo que yo ya terminé

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