La libertad de los hijos de Dios: En la enseñansa de San Josemaría
Por Ernst Burkardt y Javier López
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San Josemaría concibe su predicación como una "catequesis" asequible a todo tipo de personas, también a quienes no poseen una especial preparación teológica, pero no por eso simplifica los problemas o elude los interrogantes. Conviene tenerlo en cuenta al exponer el tema que nos ocupa porque, tras los enunciados y explicaciones fácilmente comprensibles, hay un visión teológica de la libertad a la que es preciso llegar si se quieren exponer adecuadamente sus enseñanzas.
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La libertad de los hijos de Dios - Ernst Burkardt
Capítulo quinto
LA LIBERTAD DE LOS HIJOS DE DIOS
Debemos sentirnos hijos de Dios,
y vivir con la ilusión de cumplir
la voluntad de nuestro Padre.
Realizar las cosas según el querer de Dios,
porque nos da la gana
que es la razón más sobrenatural.
(Es Cristo que pasa, n. 17)
1. La libertad en la enseñanza de san Josemaría — 1.1. Sobre el contexto y las fuentes — 1.2. Elementos de la noción de libertad en san Josemaría — 1.3. Gracia y libertad en la vida espiritual — 1.4. La conciencia de la libertad de hijos de Dios
. 2. Voluntad, razón y sentimientos en el ejercicio de la libertad — 2.1. Libertad, voluntad y razón — 2.2. Los sentimientos y la libertad. 3. Condiciones para la expansión de la libertad — 3.1. El respeto cristiano a la persona y a su libertad
— 3.2. Los compromisos cristianos como cauce de libertad.
No es frecuente encontrar en las obras de Teología espiritual un capítulo dedicado a la libertad¹, que suele considerarse un asunto propio de la Teología moral. Salvo ilustres excepciones como la de san Agustín, los maestros de vida espiritual no se detienen mucho en el tema. La libertad se da por supuesta y no se le presta una específica atención para orientar la vida espiritual.
Sin embargo, al estudiar a Josemaría Escrivá de Balaguer, no se puede omitir esta cuestión sin cercenar gravemente su mensaje, porque lejos de ser algo secundario o colateral es un «concepto clave de su enseñanza»² y, más en la raíz, su misma personalidad se caracteriza por la «pasión por la libertad»³. Una sencilla consideración basta para justificar la atención que le presta: Sin libertad no podemos amar⁴.
La necesidad de la libertad para responder a la llamada a la santidad en medio del mundo, es una convicción básica en san Josemaría y un trazo inconfundible de su misma personalidad vital. «La libertad constituye uno de los rasgos característicos de su temple humano»⁵, testimonia Alejandro Llano: «Le desagradaba la homogeneidad impuesta y consideraba la diferencia en los comportamientos como un valor positivo. Apostaba por la originalidad espontánea, mientras que sospechaba de la uniformidad. Confiaba más en las iniciativas y decisiones de las personas que en la exacta disposición de las estructuras. No le gustaban los formulismos protocolarios; prefería la sencillez de las manifestaciones informales. (...) Contribuía a reafirmar los estilos de cada uno y a dilatar los propios ámbitos de expresión. Era un poderoso catalizador de la libertad: la vivía e impulsaba a vivirla»⁶.
Difícilmente pasará inadvertida al lector de san Josemaría su insistencia en este punto, omnipresente en su predicación⁷. Antonio García-Moreno ha constatado que el término aparece 239 veces en los libros publicados hasta la fecha⁸, sin considerar las referencias a liberación
o al cristiano como persona libre
, y sin incluir en el cómputo los discursos académicos y los artículos de prensa, centrados algunos de ellos en la libertad⁹.
San Josemaría manifiesta «una sensibilidad y un aprecio muy especial»¹⁰ por la libertad. La descubre por doquier en la Sagrada Escritura. Contemplando la anunciación del Arcángel Gabriel a María, ve en el «hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38) el fruto de la mejor libertad: la de decidirse por Dios¹¹. Y comenta a renglón seguido: en todos los misterios de nuestra fe católica aletea ese canto a la libertad¹². Es un descubrimiento que le hace sentir un profundo amor a la libertad¹³ : un amor que no es una cosa humana, es una cosa divina, porque es la libertad que Cristo nos ganó en la Cruz¹⁴, y que le lleva a proclamarla, a promoverla y a defenderla cuando es necesario. No diré que predico, sino que grito mi amor a la libertad personal¹⁵, asegura en una ocasión. Y en otro momento añade: Es un tesoro que no apreciaremos nunca bastante¹⁶. No sorprende que se le haya calificado de «pionero del amor a la libertad dentro de la Iglesia»¹⁷. Y la Iglesia es sal del mundo.
Su amor a la libertad está profundamente relacionado con dos elementos centrales de su enseñanza: el sentido de la filiación divina y la santificación del trabajo profesional y de toda la vida ordinaria. La filiación adoptiva es para él como la raíz de la que nace la libertad; y el trabajo profesional y la vida ordinaria, el campo en el que se cultiva y da fruto. Esta perspectiva específica explica, a nuestro juicio, que su doctrina sobre la libertad haya sido vista por Cornelio Fabro como «el aspecto más genial y nuevo de su itinerario hacia la santidad»¹⁸.
En cuanto al binomio libertad-filiación, es fácil comprobar que Josemaría Escrivá de Balaguer habla mucho de la libertad de los hijos de Dios, poniendo «el acento en la relación de la libertad con la filiación divina, que Dios le había hecho ver como fundamento de su vida espiritual»¹⁹. Todo su espíritu, sostiene Álvaro del Portillo, «está impregnado por la gran certeza de saberse hijo de Dios, que tan unida está con otra característica fundamental de nuestro espíritu: el amor a la libertad»²⁰. Otro testigo privilegiado, monseñor Javier Echevarría, confirma que «meditó durante toda su vida que cada uno ha de vivir in libertatem gloriae filiorum Dei (Rm 8,21), en la libertad de la gloria de los hijos de Dios, y nos estimulaba a gozar de esta libertad, fruto de la filiación divina»²¹. Para Lluís Clavell, san Josemaría contempla la libertad «bajo la luz con la que el Espíritu Santo le ha hecho sentir y de algún modo comprender la filiación divina. Ser hijos de Dios significa ser personas libres»²².
Por lo que se refiere a la relación entre libertad y santificación de la vida ordinaria en medio del mundo, se ha dicho con acierto que san Josemaría ve «la libertad como una característica esencial de la secularidad de los fieles laicos»²³, de su ejercicio de las actividades temporales que han de santificar y en las que se han de santificar. Esas actividades tienen una autonomía propia, y hay muchos modos legítimos de llevarlas a cabo. De ahí la insistencia de san Josemaría en pedir respeto a la libertad de los demás —a su libertad responsable—, y en promover condiciones de vida social que favorezcan el ejercicio y la expansión de la libertad. Al ser inmenso el campo de las tareas temporales, se entrevé la «amplitud insospechada»²⁴ del tema en su predicación.
La filiación divina y la misión de santificar las actividades temporales son como las vías por las que discurre el presente capítulo. Ambas parten del Bautismo. Allí es donde el cristiano es liberado del pecado, del poder del diablo y de la muerte eterna, para vivir, bajo la acción de la gracia, en la libertad de los hijos de Dios y conducir toda la creación a su gloria (cfr. Rm 8,21): misión que los fieles laicos están llamados a realizar santificando el trabajo y todas las actividades temporales.
En la primera parte veremos los elementos principales de la noción de libertad de los hijos de Dios en san Josemaría: la libertad cristiana que surge de la filiación divina recibida en el Bautismo y se perfecciona con el crecimiento de la vida sobrenatural. En la segunda estudiaremos la génesis del acto libre: el influjo de la inteligencia, la voluntad y los sentimientos en el ejercicio de la libertad. Y en la tercera hablaremos del respeto a la libertad en la sociedad: un respeto que los cristianos han de promover como parte fundamental de su misión bautismal de santificar el mundo desde dentro.
Casi todos los estudios sobre la doctrina de san Josemaría dedican espacio a la libertad. Como es lógico, en este capítulo haremos referencia preferentemente a los que se centran en nuestro asunto²⁵.
1. LA LIBERTAD EN LA ENSEÑANZA DE SAN JOSEMARÍA
San Josemaría concibe su predicación como una catequesis
asequible a todo tipo de personas, también a quienes no poseen una especial preparación teológica, pero no por eso simplifica los problemas o elude los interrogantes. Conviene tenerlo en cuenta al exponer el tema que nos ocupa porque, tras los enunciados y explicaciones fácilmente comprensibles, hay un visión teológica de la libertad a la que es preciso llegar si se quieren exponer adecuadamente sus enseñanzas.
El punto de partida lo expresa el título de la homilía La libertad, don de Dios²⁶. La libertad es un don que tiene su origen y su fundamento en Dios. La persona humana posee este don en virtud de la dimensión espiritual de su naturaleza compuesta de alma y cuerpo. Es un don que ha recibido con vistas a un fin: la unión con Dios por el amor y el perfeccionamiento de sí mismo y del mundo según el querer de Dios. Este fin, que viene a ser el horizonte de sentido de la libertad, se ha iluminado y dilatado con la adopción sobrenatural. La libertad humana en el plan divino es libertad de los hijos de Dios: libertad para amar a Dios Padre en el Hijo, por el Espíritu Santo. Y cuando el pecado ha apartado al hombre de Dios y lo ha reducido a esclavitud, el Hijo, hecho hombre para rescatarnos de ese estado mediante la entrega de su vida en la Cruz, nos ha obtenido el don del Espíritu Santo que nos hace hijos de Dios y nuevamente libres, con «la libertad para la que Cristo nos ha liberado» (Ga 5,1). La razón de ser de la libertad es ahora la de vivir de acuerdo con la condición de hijos de Dios en Cristo, es decir, la de buscar la identificación con Cristo por el amor y dirigir la creación a la gloria del Padre²⁷.
Estos son, a grandes rasgos, los temas que se tratarán en el presente apartado. Después de unas consideraciones sobre el contexto, veremos primero los principales elementos de la noción de libertad cristiana en san Josemaría; luego, la relación entre gracia y libertad, para concluir con la importancia de cultivar una viva conciencia de la libertad
que surge del sentido de la filiación divina.
1.1. Sobre el contexto y las fuentes
En el clima cultural que rodea a san Josemaría, la libertad es un tema clave²⁸. Nunca los hombres han hablado tanto de libertad como ahora²⁹, escribe al inicio de una de sus Cartas. Por un lado, observa,
se siente palpitar, en algunos pueblos que acaban de salir de la tiranía, y en otros que han caído bajo el yugo despótico y materialista del comunismo, un deseo santo de libertad cristiana (...). Hay, de otra parte, en el ambiente general de los pueblos, un afán desmedido hacia una falsa libertad: todos reclaman la libertad, en todo parece que se puede conceder más. Se advierte la existencia de un deseo desordenado, porque más que libertad es desenfreno, pérdida del sentido cristiano de la vida³⁰.
De los dos polos que amenazan a la libertad —la tiranía y el libertinaje—, el primero, no sólo en cuanto despotismo político sino, en general, como abuso de una posición de poder para truncar la libertad de otros, ya sea a nivel doméstico o de relaciones sociales y profesionales, es rechazado con firmeza por san Josemaría: Detestamos la tiranía, que es contraria a la dignidad humana³¹; detestamos la tiranía (…). Amamos la pluralidad³². Como siempre, su actitud se enraíza en el sentido de la filiación divina que, en este caso, le confirma en la convicción de que tu Padre-Dios no es un tirano³³. Con la misma fuerza con que se opone a la tiranía se enfrenta también al otro enemigo de la libertad, al libertinaje, que describe como una libertad sin fin alguno, sin norma objetiva, sin ley, sin responsabilidad³⁴: un enemigo seguramente más insidioso porque no aparece como frontal opresión de la libertad y, sin embargo, la socava desde su médula.
En realidad, estos dos peligros, tiranía y libertinaje, que a primera vista parecen de signo opuesto, tienen una base común: la propensión a imponer la propia voluntad como única y suprema norma de conducta: para los demás (en el caso de la tiranía) o para uno mismo (en el caso del libertinaje, en cuanto libertad desvinculada de la verdad moral). Es este el enemigo que amenaza la causa de la libertad en el siglo xx. El problema no es la reivindicación de libertades de pensamiento, de expresión o de conciencia, que es una aspiración noble y justa si se entienden esas libertades como libertades civiles. Desde el momento en que Jesucristo manifestó el vínculo entre libertad y conocimiento de la verdad —«conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Jn 8,32)—, la concepción cristiana de la libertad ha producido cuantiosos frutos de convivencia civil a lo largo de la historia, a pesar de las miserias humanas, y podía dar también la justa respuesta a esa demanda en las épocas moderna y contemporánea. Pero un sector de la cultura dominante planteaba esas libertades como emancipación de la fe, sobre bases antropológicas en parte inconciliables con la visión cristiana de la persona humana y del mundo. Por eso san Josemaría pone en guardia ante una concepción de la libertad que más que libertad es desenfreno, pérdida del sentido cristiano de la vida
. No le preocupa la libertad sino su disolución a manos de la tiranía y del libertinaje. Su posición será la de afrontar la crisis promoviendo la libertad auténtica.
San Agustín había distinguido entre el "liberum arbitrium o capacidad de escoger que está en todas las personas, y la
libertas", el efectivo dominio de los propios actos para ordenarlos al bien del hombre³⁵. En el contexto de cultura contemporánea en que se mueve san Josemaría, esta distinción conceptual se encontraba oscurecida o al menos difuminada. Una parte del pensamiento —las filosofías de la emancipación
(de la religión y de la fe)— negaba a la libertad su fundamento en Dios y no la entendía como ordenada a un fin, reduciéndola a libre arbitrio o a la mera capacidad de elegir sin trabas. Se generaba así un proceso de crisis en la concepción de la libertad que tendría importantes consecuencias. Enarbolada la bandera de la libertad en el mástil de una razón emancipada de la fe, pronto resultará claro que ese mástil, en sí mismo robusto, ya no estaba fijo, ni siquiera en la verdad accesible a la razón. Se intentará anclarlo en ideologías diversas, pero enseguida se verá que una fuerte voluntad de poder era capaz de arrancar el asta con su bandera y llevarla a cualquier parte, frustrando los ideales de multitudes ansiosas de liberación. Finalmente, tras no pocas experiencias dolorosas, se acabará sustituyendo el mástil de la razón por la caña quebradiza del pensamiento débil, y se ofrecerá a cada uno su vara con un retazo de la antigua bandera para que lo lleve adonde mejor
