Matar a mamá / Matricide
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Tenga cuidado el lector: el museo abre cuando usted lo disponga, pero nadie puede garantizarle un horario de cierre y mucho menos una salida de emergencia.
En este su primer libro de narrativa publicado, Santiago Vizcaíno demuestra la ductilidad de los buenos escritores latinoamericanos, aquellos que saben moverse entre géneros mayores sin claudicar ni abandonar en ninguno de ellos lo vital de su arte: la necesidad de transmitir y volcar al juego universal un punto de vista y una toma de posición.
Imagine that you step out of your front door with this small volume tucked into your pocket or handbag. Unknowingly, you are carrying with you a veritable contemporary museum, a street exhibition that mixes modern Latin American culture with influences from throughout the world and throughout history. In these stories, the grotesque comedy of human nature and the human condition, in all its grandeur and grand fallibility, comprise the diverse exhibits on display: a hooker in love with her assassin client, a poet possessed by the divine spirit, a grandfather obsessed with his requinto, a nostalgic son unable to let go of the twisted fascination of his childhood home, a disillusioned young writer abandoned by the world and by his own body, a security guard drunk on the power of a new gun, a trapped wife fleeing from her deadly instincts…
In his first published book of short stories, Santiago Vizcaíno demonstrates the trademark versatility of good Latin American authors: a knowledge of how to deftly shift between genres while maintaining a voice that is focused, unique and utterly compelling.
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Matar a mamá / Matricide - Santiago Vizcaíno
I.
MATAR A MAMÁ
La mañana en que se presentó la mujer a dar testimonio, el fiscal de flagrancia se encontraba mucho más encabronado que de costumbre. El día anterior le trajeron a un tipo que había asesinado a su madre. La estranguló en el piso con sus propias manos. El muy hijueputa ni se inmutó, dijo el oficial de turno. Encontraron al hombre —un joven de unos 25 años, de hecho— en la puerta de su departamento con una mirada como de sonámbulo, afirmó, por otra parte, un reportero del matutino de crónica roja. Afuera la gente se agolpaba para mirar al monstruo, para reconocerlo si alguna vez se lo habían topado en una esquina y les hubiera parecido un simpático joven que no le hacía daño a nadie —esas fueron sus palabras.
El fiscal, que había visto y escuchado las más aberrantes historias durante 15 años sentado detrás del mismo escritorio, no podía controlar su ira frente al suceso. Violadores, pederastas, carteristas y ladronzuelos aparecían todos los días, pero aquello —matar a su propia madre— le resultaba moralmente inaceptable. Él mismo, huérfano desde la tierna infancia, tenía la imagen borrosa de la suya mientras volaba a través del parabrisas de un Datsun verde del 76. Oscuro recuerdo que agitaba sus noches y que se obligaba a recordar añadiéndole partes, quizá soñadas, quizá alumbradas desde el sangriento socavón de su memoria.
La mujer apareció a eso de las nueve. Contaron que se abría paso a empellones hasta la puerta de la Unidad de Delitos Flagrantes. Contaron también que no llevaba medias bajo su falda chillona pero sí enormes plataformas donde se asentaban sus dedos desnudos y esmaltados de un cálido francés. También añadieron, en eso estuvieron de acuerdo porque el resto eran rumores, en que tenía un culo portentoso que mostraba la línea diminuta de su brasilera —calzón, rectificó una señora— a través de su falda chillona.
Dijo la susodicha que conocía al joven al que acusaban de matar a su mamá. Le pidieron que revelara el parentesco, pero ella no supo responder, titubeó, y luego de una larga pausa, casi gritó: ¡lo conozco y punto!, por favor déjenme pasar, quiero hablar con el dueño del circo. El oficial de guardia se rió burlonamente y le miró las tetas frías —así se las imaginó, casi las sintió. Se dio media vuelta e ingresó al despacho. La mujer percibió en todo su cuerpo el asalto de los muchos ojos que la acechaban desde todos los flancos. También tuvo algo de frío en el pecho y se acomodó el escote.
Cuando la dejaron pasar ya era casi el mediodía. Esperó junto a un tipo esposado que tenía la cara llena de sangre y moretones. Sintió miedo de mirarlo y de mirarse. Sin embargo, sacó la polvera del interior de su cartera y se acomodó el maquillaje. Ahí adentro hacía calor, un calor que se confundía con un vaho acre, casi nauseabundo, que provenía de los cuerpos agitados de esa antesala del infierno, pudo haber pensado. Por un momento se levantó, quiso huir, negar el parentesco que todavía no había confesado. Pero en esa confusión alguien la tomó del brazo y la llevó hasta una de las oficinas. Le preguntaron su nombre: Karina, contestó. Su nombre completo, increpó el interrogador. Solo Karina, dijo ella con insolencia. Es mi trabajo, alcanzó a añadir. El tipo la miró de cabo a rabo y entendió. Carajo, gritó, y se pasó el pañuelo por la cerviz. Aquí nadie viene con seudónimo, ni que fueran poetas.
Karina dijo que no quería problemas, que solo venía a dar su testimonio, que ese hombre al que habían apresado no podía ser un asesino. No lo dijo así, seguramente, las palabras deben habérsele atragantado, las palabras deben haber adquirido algún modismo irrepetible. Dijo que se llamaba María Gracia Cedeño, que tenía 22 años, que quería hablar con el juez, con el fiscal, con el que estuviera a cargo del caso. Le pidieron que se sentara, que si no quería problemas debía haberlo pensado antes, que allí solo iba a encontrar problemas. Karina tuvo ganas de fumar pero vio el letrero que lo prohibía justo antes de que sacara su cajetilla. Pensó que era una tonta, una estúpida —esas fueron sus palabras. Una cojuda, aumentó.
Media hora después la llevaron hasta una habitación que tenía un ventanal medianero a través de cual se divisaba tan solo una pared iluminada. Luego vinieron dos policías que traían a un tipo que agachaba la cabeza al caminar. Lo pararon junto al muro y uno de ellos levantó el rostro casi irreconocible con su tolete como si tuviera asco de rozarlo con sus manos. El hombre miró el vacío a través de sus hinchados ojos. Karina contuvo las ganas de llorar. Es él, atisbó a decir. ¡Por qué le han hecho eso, maricones!, gritó a los oficiales que en ese momento desaparecían con el bulto de la maldad, según había afirmado el fiscal.
Tuvieron que sostenerla porque estuvo a punto de caer. Uno de los oficiales que la acompañaba aprovechó para agarrarle una teta, disimuladamente, libidinosamente. Karina entrevió en ese instante que de allí nadie la sacaría. Maldijo su suerte, su cuerpo, su torpe afán de justicia. Se estaba jugando la vida por un hombre al que apenas conocía, del que apenas había recibido un gesto de goce. Y por ello ahora estaba dispuesta a retraerse, a desconocerlo, a afirmar que aquello había sido un arrebato producido por la sensibilidad de la resaca. Iba a decir que estaba borracha, que la dejaran ir, que ella no tenía nada que ver con ese conchaesumadre — esas iban a ser sus palabras—, que por ella debían darle la pena máxima, que mierda, que no quería estar allí…
Cuando le tomaron la declaración estaba tan asustada que no supo cómo empezar a mentir. El fiscal la dejó pasmada cuando le reveló que el hombre había aceptado su culpabilidad. Afirmó que él mismo había llevado a los oficiales hasta la habitación del crimen. Y usted me viene a decir ahora que es inocente, espetó. Karina dijo entre dientes que ni siquiera conocía bien su nombre, que él le había dicho que se llamaba Rodrigo, pero que no le parecía que hubiera podido matar a su mamá. Era un tipo dulce, se atrevió a decir; quiso decir es, pero no pudo pronunciar la conjugación en presente. Dijo que
