Todo el amor en sus ojos
Por Diego Muñoz
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Todo el amor en sus ojos - Diego Muñoz
Diego Muñoz Valenzuela
Todo el amor en sus ojos
logo_lom_alta.tifLOM PALABRA DE LA LENGUA YÁMANA QUE SIGNIFICA SOL
© LOM Ediciones
Primera edición, 2014
ISBN: 978-956-00-0497-0
Diseño, Composición y Diagramación
LOM Ediciones. Concha y Toro 23, Santiago
Fono: (56-2) 688 52 73 • Fax: (56-2) 696 63 88
www.lom.cl
lom@lom.cl
A mi padre,
que fue el mejor de los maestros.
Capítulo I
—Ulises —dije—, Ulises —no sé si por Joyce, Homero o simplemente porque sonaba bien; o por las tres razones. Además qué importa, nadie me preguntó nada, ahora era Ulises y punto. Mejor dicho debía aprender a ser Ulises, que no era lo mismo que ser rey de Itaca, cegador de cíclopes, encantador de brujas, excusa de tejido, eterno esperado. Me aburrí un rato escuchando la lata de alguno, me entretuvo lo de otro. Llegó mi turno y di mi opinión mientras Rubén tomaba breves notas, mirándome apenas, palabras que escribía con un lápiz Faber n.° 2 en una hoja blanca, delgada, casi transparente, comestible. Hizo una especie de asentimiento leve con la cabeza cuando terminé. Pensé que había hablado dos o tres minutos más de lo convenido. Sin embargo, noté que me habían escuchado con atención, con interés. Eso me tranquilizó. Miré las ideas anotadas en el papelito pequeño que habría de quemar al término, pulverizar sus cenizas y esparcirlas en un viento que no existía en aquella pieza oscura, cerrada, llena de aire viciado y humo espeso de cigarrillos, donde todos hablábamos en voz bajita, casi en susurros, como en un aquelarre o misa negra o en una espectral catacumba. Me concentré con toda el alma en las piernas de Sonia. Rubén siguió su labor de anotación; siempre escribía algo. Después se refirió a las opiniones. La mía le llamó la atención, pero habló de todas. Recordaba los nombres con precisión, despejó algunas dudas, nos provocó otras terribles.
—¿Cuánto tiempo creen ustedes que vamos a necesitar: uno, cinco, diez, treinta, más años? —nos preguntó mientras repartía los periódicos.
—Ah, casi se me olvida, el precio está marcado en la portada. A fin de mes me lo pagan junto con la otra plata, y sin correrse, que es importante.
Hablamos de objetivos y lugares, de tiempos y estrategias. No opiné, porque no se me ocurrió nada. Discutieron largo rato acerca de la consigna de una pintada mural. Ahí sí que intervine, debía ser una frase corta, llamativa, capaz de atraer la atención. Propuse, con falsos aires de improvisador, una que tenía en mente hace bastante tiempo. Rubén la anotó en su alargada hoja blanca. Fue aprobada con cierto entusiasmo. Después preguntaron por voluntarios para el rayado. Se requerían tres; más personas implicaban un riesgo innecesario. Me sentí obligado, pero mantuve silencio, atento a la reacción de los demás que recién venía conociendo, imaginando cómo sería aquel rayado nocturno en medio de las patrullas militares, los focos, las bengalas, los ruidos de motor aproximándose, el furgón lentísimo a la vuelta de la rueda doblando la esquina. Sonia levantó la mano sin hablar; prácticamente no había abierto los labios en toda la reunión. Sentí más pesada la obligación de ser voluntario y, sin querer, bajé la vista como cuando el profesor pregunta algo difícil y los alumnos agachan la cabeza hundidos en una meditación profunda o una tarea urgente. Comencé a temer que Rubén me nombrase, «por qué no contesta usted, Valenzuela», y yo levantándome enrojecido de vergüenza, sin poder articular palabra. Entonces recordé que ahora era Ulises, que no podía hundir la mirada en el piso, que era atractivo como el canto de las sirenas, y subí los ojos.
—Yo voy —dijo Daniel. Entonces levanté la mano derecha en la misma forma que había visto a Sonia (fue un gesto mecánico, no una imitación).
—Yo también. —Y quizás hablé demasiado fuerte con el nerviosismo, porque los otros dieron un respingo. O tal vez no esperaban que yo saliera con esa a la primera, más de uno habría pensado que después de tanto hablar resultaría difícil a la hora de asumir tareas. Me sentí bien, satisfecho de mí mismo. Daniel me bajó a la tierra con eso de «al término nos ponemos de acuerdo en los detalles para no interrumpir la reunión». Yo asentí y se me cruzaron los ojos con Sonia, sonriéndose a todas luces por las pupilas, divertida con esos arranques míos un poco obvios. Huí de su mirada hasta mis apuntes y tracé un garabato que no significaba nada y me hizo sentir todavía más ridículo que antes. Se acordó también que Sergio y Mariel volantearan vigilados por Hernán. Lugares, día y hora serían entregados por Rubén, de acuerdo a un plan de acciones propagandísticas. Lo mismo corría para el rayado mural. Rubén miró la hora en el reloj de pulsera que había dejado sobre la mesa, de modo de poder observarlo en cualquier momento.
—Bien, estamos al término, yo salgo primero, después los demás, con diferencias de por lo menos quince minutos. Si algunos vinieron en pareja, salgan del mismo modo para no llamar la atención. Ya tengo forma de comunicarme con ustedes. Me verán solo cuando sea preciso. Ah, perdón, nunca les dije mi nombre, soy Rubén, cuídense, chao, nos vemos. —Se despidió de cada uno. Un apretón de manos para los hombres. A las mujeres les daba un beso en la mejilla y les tomaba el antebrazo con la mano derecha.
—Te felicito por tus opiniones, compañero —dijo—; están bien, ya tendremos tiempo para conversar. —Y me estrujó los dedos con afecto. Me puse contento, pero después sentí vergüenza. Sonia miró a través de la cortina hacia la calle antes de abrirle la puerta. Rubén tenía un aspecto cuidado y meticuloso; su afeitada impecable y sus libros lo hacían parecer un estudiante ejemplar. Sergio y Mariel se fueron juntos. Dijeron que estaban apurados en llegar a almorzar a la casa de la madre de ella. Se fueron. Yo pretexté que tenía una prueba al día siguiente para no quedarme solo con Sonia y sus ojos risueños. Me despedí con un ademán de Hernán y Daniel, pero a ella tuve que besarle la mejilla en la puerta. Incluso creo haberle dicho «hasta la vista» o algo así de estúpido antes de salir pensando en que merecería que me acribillaran por imbécil.
Y en cada auto estaban ellos esperándome con sus ametralladoras, y cada persona que se cruzaba conmigo adivinaba todo lo que yo hacía con solo mirarme, y se daban señales a mi espalda sobre la cual caía el sol de mediodía sin que pudiera sentirlo mientras escapaba de mis enemigos, hundía un madero aguzado en el ojo de Polifemo, asaltaba un nido de ametralladoras, seducía a Circe, que era Sonia.
Capítulo II
A la salida de clases se me pasó la rabia con Puga porque fuimos al negocio de la esquina a echar monedas en el wurlitzer y estuvimos de acuerdo en poner Let it be primero, y después Jingo de Santana, rodeados por los cabros del curso que aullaban sus preferencias sin que les hiciéramos caso, repartiendo codazos y patadas en reversa para evitar interferencias con el mecanismo del aparato, cuidando las espaldas llenas de rayas de tiza y cruzadas de salivazos repugnantes, recibiendo sonoros palmetazos en las cabezas y retorciéndole las bolas a quien lograras atrapar. Cuando el disco caía en la rueda giratoria todos guardaban silencio, para reanudar la bulla al término de cada tema como si no hubiera pasado nada y el tiempo avanzara a discontinuidades, entre Iron & Butterfly y Led Zeppelin, entre Simon & Garfunkel y los Rolling, entre The Mammas and the Pappas y la Joan Baez. Con Santana no hubo silencio porque era un instrumental con mucha percusión, algunos golpeaban con las manos, otros con los pies. En medio del tamborileo, los bromistas aprovechaban de sacar o poner objetos en los bolsillos a medio arrancar de las chaquetas de los uniformes. Entonces después llegabas a la casa y encontrabas cosas raras en tus bolsillos; papeles inmundos; restos de berlines; carné de un incauto; dibujo de una verga gigante; condón inflado; bosquejos de aberraciones sexuales; detalladas y crudas confesiones sexuales de tu hermana.
En eso estábamos cuando entraron los de octavo a embarrarnos la fiesta, nos hicieron a un lado los grandotes abusadores esos para poner discos de Favio, que no nos gustaban mucho todavía, boludeces de amor, rositas, hijos de arena. Mierda pura.
—¿Te has fijado que este negocio está lleno de ratas y bichos?
—comentaban entre ellos, medio risueños, medio indiferentes. Junto a ellos estaba el Ballenato, hijo de Arturito Garay, esperanza fallida (como siempre) del pugilismo nacional, peso requetepesado como el padre, algo más de uno noventa por un metro de espalda a lo menos. Eso sí, la cabeza del porte de un alfiler, horroroso el cetáceo, pesadilla de Godzilla, dotado con la inteligencia de una mosca y la agilidad de una tortuga, con la astucia de una larva y la profundidad de una gallina. El estúpido mamífero sonreía satisfecho aparentando comprender las bromas de sus condiscípulos, o bien fruncía el ceño sospechando que se aproximaba la hora de los golpes. Nunca acertaba con la mueca adecuada, siempre desfasado el cachalote baboso, llena de sebo para velas la bestia, de barbas para corsé, de carne para banquete, de huesos para museo, etcétera. «¿Cuál Ballenato?», preguntó irónicamente el Chico López, oculto entre la muchedumbre chillona. Enrojecida la orca, lleno de sangre su rostro, su boca torcida preguntando «¿quién fue, quién fue el infeliz?», sin resultado por supuesto, el Chico escabulléndose por el borde del mesón mientras grita «te la meto en un desliz», en tanto Moby Dick comienza a repartir los primeros coletazos, y vuelan escupos y puñetes por doquier antes de iniciarse el gran escape en tropel hacia el paradero de buses, en medio de insultos para el orden de los cetáceos que carga con un indeseable parecido morfológico con Armandito Garay, futura superstar del boxeo latinoamericano y sin duda alfombra a los pies de un invencible campeón de color apoyado por la mafia, un negrazo capaz de hundirlo en el anonimato después de su carrera brillante de noqueador invicto. Los cetáceos mamadores de vergas, según proclama el chico López, son unos desgraciados hijos de puta, las ballenas putas chupadoras que le prestan el poto a cualquiera, las conchesumadres ballenas que se alimentan de tu jugo, carajo.
Con Roberto-jefe-de-disciplina logramos huir colgando de la pisadera de un viejísimo ómnibus que nos saca justo a tiempo de la zona de peligro (DANGEROUS, VERBOTTEN) invadida por los agentes extranjeros del Octavo A, esas sucias ratas que hablan con gue en vez de erre, pgosoviéticos, castguistas, tgaidogues a la patguia;
nos hacemos cargo de esta IMPOSSIBLE MISSION, sacamos un helicóptero desmontable del bolsillo de Roberto desde el cual lanzamos la bomba H sobgue las gatas que guevientan mientras el volcán de la isla estalla activado por la explosión y nadie se salva excepto nosotros, ni siquiera Moby, que se queda en el paradero aullando con los estúpidos ojillos inyectados en sangre y las enormes aletas debatiéndose en terribles amenazas. Ballena mamadora, le grita el chico desde alguna parte, ballena, ven que te tengo este pedazo.
El chofer arroja con desprecio por la ventana las miserables piastras que le damos por el pasaje escolar, «ya pasen nomás, cabritos, por el pasillo atrás... escolares... justo lo que hacía falta», mantenemos silencio esta vez porque una señora nos defiende, «¿y qué le han hecho los niños para que los trate mal, ah?», nosotros cara de ángel, cupidos revoloteando por el bus, aureola y sonrisa de inocencia, el conductor mordiéndose la lengua (con seguridad estará murmurando «vieja de mierda, quién la manda a meterse»), pero ya estamos al final del pasillo, nuestra posición predilecta para arrojar silenciosos salivazos a los pasajeros que descienden uno tras otro con un manchón alargado en la espalda que se desliza con lentitud por la ropa entre alaridos de risa que cuesta contener. Se acerca mi paradero, corro peligro de ser bombardeado por Roberto, que sigue de largo más de un kilómetro avenida adentro, en un descuido me bajo una cuadra antes de lo que corresponde haciéndole gestos obscenos desde abajo, gritando que lo hagan bajar en la próxima calle que es donde está el asilo de los enfermos mentales porque el pobrecito no sabe ubicarse solo; el loco rasguña los vidrios, profiere insultos, maldiciones que ya no podrán escucharse porque el microbús se aleja a toda máquina. Me reviso la chaqueta por si acaso, pero no hay nada, excepto una raya de tiza que borro a palmetazos para que no la descubran en la casa. En los bolsillos falta el pañuelo y sobra un cacho de empanada envuelto en una servilleta usada. Con asco lo disparo lejos, comienzo a planificar las venganzas espantosas, horrendas, dignas del Tigre de la Malasia, qué digo, Sandokán: niño de teta, alma piadosa, dulce de leche.
Cuando llegue a la casa tomaré caféconleche, panconmantequilla, queso acaso quede algún resto semidevorado por las pirañas de mis hermanos; luego me cambiaré de ropa, simularé hacer las tareas escolares durante una hora a lo más (con un libro de H. G. Wells debajo de los cuadernos) antes de pedir permiso «para dar una vuelta por ahí no más», que en verdad es ir donde la Paulina, poder verle los ojos azules inmensos que tiene la criatura, rozarle los dedos como por casualidad, olerle su perfume acerca del cual discuten los chicos del barrio haciéndose los entendidos en esas materias, oírle decir a través de la ventana su aburrimiento por no poder salir de la casa mientras fija los ojazos en mi rostro trémulo, atento a la probable cercanía de otros muchachos rivales que vengan a arrebatarme la exclusividad alcanzada en un golpe singular de suerte, hasta que una voz ronca la llame desde adentro y ella me acerque los labios a la mejilla antes de irse cerrando la ventana, quedándome yo allí con cara de tonto, feliz, sonriéndome, bailando Yesterday con ella en la fiesta del sábado, atracándole firme no más como dice el negro Durán, que es más grande que nosotros y fuma Cabañas sin filtro.
telón
Capítulo III
Encontré a Sonia en la facultad, mejor dicho ella me encontró a mí, andaba buscándome desde temprano porque no habíamos quedado de acuerdo para nuestra pintada nocturna, «te fuiste tan rápido el otro día», dijo en tanto yo me dedicaba a mirarle fascinado los iris azulados y no atinaba a decirle nada, sumergido en el limbo de los imbéciles, a punto de dejar caer un chorro de saliva por entre las fauces.
—A las once, el jueves, te recogemos en tu casa, anótame la dirección en un trozo de papel. —Su mirada azul se hundía en mi piel atormentándola, flotaban sus cabellos castaños arrastrados por la tormenta huracanada, saltaban chispas y relámpagos por doquiera desde sus ojos ametrallándome, era la Maja Desnuda de Goya llamándome con lascivia a compartir su lecho, era la Isadora Duncan pasando un velo sobre mis párpados mientras miro sus pies desnudos danzando, era la Marilyn Monroe mirándome con deseo mientras pasa bajo el conducto de calefacción que levanta su falda y enseña sus muslos donde me hundo sollozando.
Escribí la dirección temblorosamente en una hoja de cuaderno universitario que habría de plegar después con meticulosidad exagerada, «no lo dobles tanto, no es necesario», se la entrego, la introduce en el Calculus de Apostol, aprovecho de mirar sus pantorrillas suaves que terminan en unos pies blancos, hermosos (la manía mía esa por los pies de las mujeres; si no me gustan, descartadas, borradas de la lista for ever) cuando de improviso sube la vista para decirme «entonces el jueves nos vemos, chao», para alejarse con la cintura delicada, esbelta, montada sobre sus piernas suaves firmes bien formadas, yéndose el suave balanceo de sus caderas que me captura, me muerde, me hace trizas.
—Hasta el jueves —alcancé a decir antes de quedar congelado viéndola irse, pensando «no fui capaz de hablarle nada inteligente, debe creerme un imbécil». Marché rumbo a la sala de clases, donde una especie de fraile joven dictaba una aburrida cátedra de estadística desde un proscenio nada de celestial; faltaban el cáliz, las efigies religiosas, el Cristo sangrante, pero igual era como una misa en latín por lo incomprensible, un oficio servido con monotonía y voz impostada, me senté en última fila dispuesto a leer un rato, a resolver algún puzle con el Negro, a cualquier cosa menos a tomar apuntes del servicio religioso. Estaba ya el Negro instalado en la ubicación estratégica junto al Barbas de Ricardo muerto de risa, su estado normal antes de casarse con la rubia estupenda y agria que nos odiaba, «listos para el puzle» dijo el Grone sonriendo con sus dientes perfectos (de negro).
—Jelou mai bois, jaguar yu?
—Fain creizy, holaloco. —Es el Negro, porque el Barbas no habla con ataque de risa, puras lágrimas le salen, ese sí que sabe gozar de la vida, sabía diré, ahora Q. E. P. D. en los brazos de Fanny, que lo arrulla entre compra y compra o entre viaje y viaje (de ella,
