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Un esqueleto bien templado
Un esqueleto bien templado
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Libro electrónico238 páginas3 horas

Un esqueleto bien templado

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Manuel Tran-Beltrán es hijo de una mujer mapuche violada por un terrateniente vasco a orillas del lago Lanalhue. Durante quince años vive en el campo entre dos realidades: por un lado su madre que no puede criarlo y que debe contentarse con verlo crecer desde lejos y, por otro, su padre que no lo reconoce legalmente como hijo pero que lo hace educar con miras a que se convierta en uno de sus capataces. Durante el proceso de la Unidad Popular, el fundo es tomado por la madre y sus compañeros mapuche. El niño, con sangre de dos colores en las venas, siente que no forma parte de ese conflicto y se echa al camino dejando atrás el fundo y su historia. Convertido en un trashumante, Manuel Tran-Beltrán inicia un largo periplo hacia la capital de Chile para abrirse un espacio en el mundo: si hay un futuro tendrá que inventárselo y se promete a sí mismo que nadie le impedirá cumplir su voluntad.
IdiomaEspañol
EditorialLOM Ediciones
Fecha de lanzamiento30 jul 2015
ISBN9562826449
Un esqueleto bien templado

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    Un esqueleto bien templado - Jaime Casas

    1

    Primera parte

    Capítulo I

    Manolito Tran-Beltrán tuvo una madre sin acento.Un día de enero de 1955 el tiempo se detuvo a orillas del lago Lanalhue. Todos los relojes se pararon a las doce de la noche cuando don Irineo Etcheberrigaray de Zumalacárregui saltó de la montura, se bajó los pantalones y descargó su interminable apellido en el bajo vientre de doña Juana Beltrán Collinao.

    Se la llevaron dos peones hasta la orilla del lago y la dejaron a su merced bajo la luna llena más brillante de aquel fatídico verano. El amo vasco olfateó los muslos de su pernada y les encontró un olor parecido al de sus perros perdigueros. Sin subir la voz, le ordenó a la hembra entrar al agua y sacarse esa hediondez tan inconveniente para el amor.

    Doña Juana aceptó el mandato con la misma resignación que su cuerpo se dejaba empapar por la lluvia o las plantas de sus pies se hundían en el barro de los inviernos. Tenía el cuero duro de los pellines, pero, en esta ocasión, su espíritu traspasó la piel, se montó sobre un rayo de luna y salió a desbrozar las sombras como una luciérnaga más en los pasillos de la noche.

    No sintió frío ni calor. Las aguas del lago apretaron las carnes y cerraron todos los poros.

    Don Irineo, a culo pelado, como un fauno de patas flacas y peludas, le ordenó frotarse el cuerpo con hojas de eucalipto. Después la puso en el suelo, con las rodillas y las palmas de las manos apoyadas en el pasto, para no sentir el resuello de la hembra. Ninguna mujercilla podría andar por ahí diciendo que se enfrentó con el amo cara a cara.

    La bestia estaba recalentada y el desfogue no duró más de unos cuantos empujones. Irineo se lavó apresurado y abandonó el lugar sin hacer ningún comentario. El alma de la mujer regresó desde los pétalos de los copihues y buscó al cuerpo por toda la orilla hasta divisarlo a lo lejos, abandonado a su suerte, empapado de luna y frío. Entró a los ojos por las lágrimas y se hizo espacio en este físico ultrajado que sintió demasiado estrecho.

    Nadie dijo nada. Aparte de algunos desvaríos y demostraciones de carácter, el vasco propietario de aquella porción de planeta era piadoso con sus inquilinos. Se podía vivir a dos kilómetros de la casa patronal, entre los boldos y las zarzamoras, sin tropezarse jamás con su sagrada estampa.

    El problema de la Juana fue ser demasiado vistosa. Si hubiese tenido las piernas más cortas, la cintura menos estrecha, los ojos pequeños, caídos los senos, sueltos los glúteos y no tan altivos los hombros al caminar, entonces Etcheberrigaray de Zumalacárregui ni la hubiera notado. Sería una paloma más en la bandada y los ojos del amo habrían pasado de largo.

    Si el padre de Juana, el boyero Juan Beltrán, hubiera estado vivo, tal vez don Irineo le hubiese propuesto algún trato o la hubiera invitado a formar parte del servicio doméstico de su casa. Entonces, poco a poco, con palabras de por medio, más algún gesto matizado con sentimientos de cualquier tipo, el cuerpo de Juana habría merecido un par de sábanas, por lo menos. Pero doña María Collinao, analfabeta, agradecida de haber podido quedarse en la hacienda siendo viuda, jamás se hubiera atrevido a reclamar o siquiera comentar la conducta de este patrón omnipotente.

    Ocurrió solo una vez. No volvió don Irineo a poner los ojos sobre Juana, pero en los tres meses siguientes, la imagen del violador montado en su caballo preferido era una mancha sucia tapándole el sol por donde quiera que fuese. Había sido tocada por el vasco todopoderoso y nadie mostraba intenciones de acercarse a ella.

    En el cuarto mes, Juana decidió hablarle a doña María de su preñez y decirle que los huesos nuevos en su vientre eran de Etcheberrigaray. Le contó también que el vasco la había embrujado con alguna maldición, pues, desde aquella noche en el lago, el espíritu se le había aflojado de la carne como si buscara un cuerpo más grande. Solía quedarse sorda y ciega y tenía mucho miedo cuando se veía desde lejos, moviéndose sin voluntad, sin saber lo que estaba haciendo. El regreso a su cascarón era siempre doloroso y tenía la sensación de no caber dentro de su piel.

    –¿Es que me estoy muriendo de a poco, madre? –preguntó, temblando.

    –Todos nos estamos muriendo despacito, hija –respondió la vieja.

    –¿Crees que algún día no podré volver?

    –No lo sé, Juanita –dijo la madre–, yo nunca pude salir…

    La soberanía del amo estuvo latiendo por siete meses dentro de Juana Beltrán cuando le contaron la noticia. Irineo recibió a la vieja Collinao en las caballerizas y escuchó el relato mientras acariciaba las quijadas de un potrillo lunarejo.

    –La Juanita no conoció más hombre que usted, don Irineo –dijo la madre–. Se habrá podido dar cuenta cuando estuvo con ella.

    –Este es uno de los potros que más quiero –dijo el amo–. Es mestizo. Tiene dos sangres encontradas en las venas y ya sé bien qué hará cuando crezca. ¿Usted se lo imagina?

    –No… no…

    –Jamás ganará una carrera contra mis ingleses. Tampoco superará en fuerza a mis percherones belgas. No tendrá nunca el pecho de mis chilenos corraleros.

    –No le sirve para nada –afirmó la mujer.

    –O servirá para todo si lo enseño como corresponde. Bien vistas las cosas, este lunarejo pertenece a una raza muy valiosa, indispensable.

    Etcheberrigaray despidió a doña María indicándole que su simiente no crecería jamás en una tierra que no fuera suya. Mandaría a buscar la cría cuando naciera.

    Entre agosto y octubre de ese año hubo siempre un peón vigilando la casucha de las mujeres y el veterinario hizo cuatro rondas preparando la parición.

    Juana Beltrán Collinao hacía gárgaras todas las mañanas con el nombre de su violador cuando se limpiaba los dientes. Los apellidos del amo eran las palabras que más pronunciaba, como si quisiera conjurar el poder del terrateniente o traspasar al engendro del útero el sentimiento con que hablaba. Su hijo era ajeno, como los árboles, el agua, las vacas, los caballos, ella misma, la mediagua donde vivía y todo lo que estaba dentro de la hacienda. Etcheberrigaray no era solo el dueño; era, como prefería llamarse, el soberano de esas tierras.

    El 20 de octubre de 1955, al ponerse el sol, Manolito Tran-Beltrán dio su primer alarido. Juana lo parió lentamente, con los ojos secos clavados en las totoras del techo y los dedos del veterinario hurgueteando sin piedad hasta dar con la cabeza del mestizo. Sin decir una sola palabra, la madre se levantó del camastro, estiró las manos, tomó al recién nacido y le lamió todo el cuerpo. Después de aquella jornada descomunal se desmayó y despertó al otro día, antes que el sol.

    El veterinario le dio un plato de cazuela de pava con un vaso de vino tinto. Enseguida le puso el recién parido en las tetas y lo dejó mamar hasta que se durmieron los dos. Al despertar Juana, el hijo no estaba. Llamó a su madre dando gritos desgarradores y cuando llegó la vieja Collinao el llanto le inundaba la cara.

    –¡Diles que le pongan Manuel! –gritaba, sacándose los pelos de la cabeza a tirones.

    Fue la última vez que alguien la vio llorar.

    El niño creció a lo lejos y le respetaron el nombre pedido por su madre. Pero don Irineo no quería darle su apellido a un bastardo y la decisión de reconocerlo como hijo legal se fue postergando de año en año hasta diluirse por completo.

    En los dominios de Irineo Etcheberrigaray de Zumalacárregui lo único claro era su poder. Las otras cosas caían por su propio peso.

    –Nadie que esté en su sano juicio le hace mandas al sol para que salga todos los días por el este –decía, sonriendo–. Nadie me viene con exigencias a mí –continuaba–. Lo que tiene que ser, es, y lo que no, no.

    Tuvo que recoger su simiente, pero no sentía la obligación de ponerla a su nombre. Bastaba con que todo el mundo supiera quién era quién y ahorrara comentarios. Juana Beltrán pasó a ser la mama, así, sin acento. Podía acercarse al niño de vez en cuando, mimarlo, quererlo, pero no darle trato de madre. Nadie tuvo que ordenárselo. Al padre aprendió a tratarlo de usted, oiga, don, al mismo tiempo que aprendió a no hacer aquellas preguntas que contenían respuestas demasiado complejas.

    El niño supo que debería ser un Beltrán Beltrán. La ley reiteraba el apellido de la madre a falta de un padre que reconociera su descendencia ante el Registro Civil. Como todos los habitantes de la hacienda tragaron sin chistar el desvío del patrón, el muchachito aprendió a respirar el aire enrarecido por este secreto a voces hasta sentir que era lo más normal en el mundo conocido. Hablando a media lengua, a los dos años de edad, gritó su nombre por toda la orilla del lago.

    –¡Me llamo Manolito Tran-Beltrán! –vociferaba, comiéndose la primera sílaba de pura emoción.

    Y así quedó para todos.

    Lo amamantaron cuatro nodrizas y tuvo pieza propia junto a la cocina de la gran mansión. La cocinera le enseñó a leer en su tiempo libre y a los siete años le trajeron un profesor particular desde Cañete para que lo instruyera en matemáticas y le enseñara ciertas cosas de la historia de Chile. Los otros hijos de Irineo, cuatro en total, casi no se veían con su hermano menor bastardo. Estaban poco en el campo y pronto partieron a la universidad a estudiar leyes y medicina. Doña Isolda, la esposa del vasco, jamás se atrevió a preguntar nada y se mantuvo a prudente distancia del engendro. Al entrar sus hijos a la educación superior, partió con ellos y no volvió al lago Lanalhue ni de vacaciones.

    Cuando tenía una docena de años, Tran-Beltrán, como el potrillo mestizo de don Irineo, servía un poco para todo en general, pero para nada en particular. Más de alguien comentó que el vasco lo estaba entrenando para transformarlo en una especie de capataz o administrador de la hacienda.

    Con los ojos de un verde intenso y los cabellos del color de la miel era demasiado parecido al soberano del lago, pero con su apellido mutilado, repetido y jamás escrito, se acercaba de modo muy peligroso a sus ancestros mapuche. Permaneciendo en casa de los patrones aprendió a usar todas las letras del abecedario cuando hablaba, sin embargo no tenía mucho que decir.

    La mayor parte del tiempo vivía en una especie de penumbra, sin madre, sin padre y con un pie en cada lado de la sociedad y de la historia. Cuando supo que la sangre de sus venas era azul y la de sus arterias roja, sintió un estremecimiento. Sin embargo, a pesar de tantas indefiniciones, el jovencito era bien ubicado. Sabía cuándo podía estar en la gran sala de la casona y cuándo debía permanecer en la cocina.

    Su padre de hecho, aunque no de derecho, solía gastar parte de su tiempo en mostrarle algunos trazos de su refinado linaje. Hablaba de sus antepasados, todos nobles y conquistadores; de la responsabilidad histórica de impregnar al mundo con una cultura superior, la suya; de sacar a los aborígenes del salvajismo y lo inevitable de las mezclas para mejorar las razas indígenas en lugar de practicar su exterminio. En este último aspecto se presentaba como un ser muy condescendiente y tolerante.

    Doña Juana lo miraba a la distancia y, una vez al año, tenía permiso para tejerle una chomba de lana virgen. Tal vez en algún recodo de su conciencia creía también, como los demás, que el niño había sido afortunado al criarse en medio de tanta abundancia.

    El mayor de todos los honores consistía en ser invitado por el mismo Etcheberrigaray al gran salón de la casa. Allí podía regalarse la vista con los objetos más hermosos, pasar las manos por un mueble de Beneman, de la época de Luis XVI; imaginarse las batallas de un sable avec la coquille en bronze doré, de la época revolucionaria, con una representación de la Bastilla y una cabeza de león tallada en el mango; tomar el té en tazas de porcelana similares a las del rey Federico V de Dinamarca, y escuchar la voz poderosa del amo tras las volutas de humo de su tabaco importado de Estambul. Cada reino del planeta parecía haber enviado un trozo de su historia a la casa del vasco para enriquecerla.

    Manolito Tran-Beltrán no era capaz de percibir la belleza de los objetos, pero sí de sentir el poder que representaban.

    En una de aquellas memorables ocasiones, don Irineo llevó al muchacho hasta un mueble de esquina, hecho de roble enchapado en amaranto, junto a la chimenea. Abrió la vitrina y le permitió poner las manos sobre una de sus piezas más queridas.

    Manolito tocó el gran reloj con las yemas y se retiró, asustado. Debía valer una fortuna y tuvo miedo de hacerle daño y mancharlo con sus dedos sudorosos.

    –Ahora están tus huellas sobre él –dijo Irineo, con mucha seriedad.

    La pieza medía cincuenta centímetros de alto por ochenta de ancho y treinta de fondo. La caja del reloj tenía la forma de una guitarra. En la parte correspondiente a la base se alzaban dos brazos sosteniendo la esfera, formando una cintura con las muñecas. Una mano era de hierro negro, la otra de plaqué. Las horas, en números romanos, eran doradas. A la derecha, parado en la misma plataforma donde se afirmaba la caja, había un niño violinista, de cara muy dulce, inclinado sobre su instrumento con el arco casi rozando las cuerdas. Tocaba con mucho interés alguna melodía imaginaria para acompañar el paso de las horas.

    –Este reloj –indicó Etcheberrigaray de Zumalacárregui– data de fines del siglo pasado. Los materiales son de los Estados Unidos de Norteamérica. Fue fabricado en Suecia, vendido en París y traído a Chile en un barco de astilleros holandeses, con bandera alemana. Medio mundo está implicado en su existencia.

    Le contó a Tran-Beltrán que todo objeto metálico fue requisado durante la Guerra de Secesión. Cuchillos, marquesas, tenedores, rejas, lo que fuera, era convertido en cañones y fusiles. Cuando triunfó el norte sobre el sur, un relojero sueco compró fusiles dados de baja, los fundió y fabricó el reloj con los materiales.

    –Tócalo, Manuel –ordenó el vasco–. Cierra los ojos y piensa en la tierra horadada, las piedras derretidas, los servicios sobre una mesa digna. Piensa en una pequeña cuchara sostenida por manos nobles a la hora del té, durante la tertulia. Imagínatela fundiéndose junto a las horquillas, palas y arados. Mira por sus estrías a través del cañón de algún fusil y sigue la trayectoria hasta perforar el pecho enemigo. Los materiales mezclados por la guerra se deforman al rojo vivo escupiendo plomo en la resistencia desesperada o en el ataque terminante. ¡Cuánto honor! ¡Qué hidalguía! Ahora están aquí, en mi casa, marcando el tiempo al compás de la alegría juvenil del violinista y sostenidos por manos de dos razas antagónicas. Siente, Manuel, el paso del tiempo; siente la historia, la única y verdadera historia; deja que el espíritu impregnado en esta pieza, presente en siglos de vida humana, te llegue hasta el alma. ¿Sientes? ¿Sientes? Es por lo único que valen las cosas.

    Manolito notó que la transpiración le corría sienes abajo y que ya no era capaz de tener los dedos sobre la superficie de metal quemándole la piel. Abrió los ojos y buscó al vasco. El amo se deslizaba a tientas, con los ojos cerrados, manoseando jarrones, candelabros, floreros, ceniceros, armas, cuadros, tapices y cortinajes. Jadeaba. Crispó los dedos y cerró despacio las manos hasta empuñarlas con fuerza frente a su barbilla.

    –¿Entiendes? –preguntó.

    –Sí… –mintió Manolito.

    Tres años más tarde soplaron malos vientos para don Irineo. Aunque todos los signos de la tormenta se habían hecho presentes anunciándola, nunca pensó Etcheberrigaray que llegaría

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