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Ecos De Amor, Recuerdos Y Muerte
Ecos De Amor, Recuerdos Y Muerte
Ecos De Amor, Recuerdos Y Muerte
Libro electrónico234 páginas3 horas

Ecos De Amor, Recuerdos Y Muerte

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Ecos de Amor, Recuerdos y Muerte

La memoria, el tiempo y la distancia son elementos que el escritor usa como recursos para que Mauricio, un profesor de antropologa, y protagonista de la historia, intenta esclarecer la muerte de Memo, su amigo homosexual de la infancia y juventud, extraamente ocurrida en su pueblo natal, donde los prejuicios homofbicos, la intolerancia poltica y social prevalecen fuertemente arraigados.

Aunado a esto, se suma su preocupacin por los resultados de estudios mdicos, debido a la inestable salud de Jos Manuel, su pareja, alterando aun ms el ritmo de hasta ese momento, su rutinaria y organizada vida.

Mezclando recuerdos, bsquedas, sinsabores y muerte, el autor logra llevar de la mano al lector por diferentes rutas para llegar a la verdad.
IdiomaEspañol
EditorialPalibrio
Fecha de lanzamiento19 sept 2012
ISBN9781463339050
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    Ecos De Amor, Recuerdos Y Muerte - Juan Antonio Lezama

    INTRODUCCIÓN

    La niebla cubre parte de la montaña como un velo de novia; encaje que deja ver apenas la línea oscura de un río que como diadema abraza la ladera. El sol empieza a despuntar anunciando un glorioso día de primavera, de mucho sol, de flores, de calor, de insectos; presagiando un cielo sin nubes. Un círculo de zopilotes enhebra invisibles hilos, bordando con negras puntadas el azul de aquel espacio tropical. En innumerables círculos concéntricos se cierran más y más, mientras se acercan a su presa.

    Dos campesinos madrugadores caminan por la ladera de la montaña, aprovechando y gozando de la frescura de la mañana. Alzan la vista sorprendidos de ver tan temprano el círculo fúnebre. Se miran y sin decir nada arrecian el paso. De ese lado tienen pastando su ganado. Bien pudiera ser que alguna vaca pariera la noche anterior y los zopilotes estuvieran listos para bajar a picotear la cría.

    Al llegar al río quedaron sorprendidos al ver un espectáculo inusitado: multitud de colibríes revoloteaban como arco iris alado, pétalos de centelleantes colores: verde jade, dorados, azules; joyas tornasoles que los deja deslumbrados. Por un momento no saben qué hacer o decir. Las minúsculas aves vuelan pespunteando una cubierta invisible multicolor sobre algo o alguien yerto sobre el arenoso terreno del río.

    CAPÍTULO I

    La lluvia era tan cerrada que no dejaba ver la carretera. La raya del centro está prácticamente borrada. El tráfico era espantoso y los autos se movían con lentitud desesperante por ser puente de fin de semana. Parecía que todo el mundo hubiera decidido abandonar la ciudad. La lluvia no dejaba ver nada, ni árboles, ni letreros, ni señales. Éstas, muchas veces escondidas, como si fuera hecho a propósito para que los viajeros no supieran a dónde dirigirse.

    Manejando, atento a la carretera, Mauricio hacía también un recuento de todo lo que había pasado esta semana en el Congreso de Antropología al que asistió en la ciudad de México. ¡Qué semana tan agitada! -pensó, y volvió a poner atención al tráfico que empezó a moverse más rápido al pasar la caseta de cobro. La lluvia seguía muy fuerte y lo molestaba, sobre todo porque cuando subió al auto esa tarde tuvo una rara sensación. Pensaba que no era algo tangible, sólo un escalofrío y un mal presentimiento. Esperaba no tener un accidente. Quitándole importancia a sus pensamientos, aumentó un poco la velocidad. Pasó primero por una zona boscosa y de curvas, más adelante por unas casa de ladrillo y teja. Niños en las puertas contaban los carros que veían pasar. Uno que otro niño se aventuraba a ir bajo la lluvia, a buscar un caballo o una vaca. Pasó Puebla, por suerte sin mucho tráfico; después de Tehuacán, la carretera empezó a serpentear. Por dos o tres horas, tendría que manejar más despacio. El paisaje cambió a nopales, cactus y arbustos espinosos. Cerros pelones de roja arcilla flanqueaban la carretera que zigzagueaba interminablemente

    por la cordillera.

    Mauricio volvió a sumirse en sus pensamientos. Esta carretera es interminable, nunca podré acostumbrarme, a pesar de que ahora es autopista. ¿Cómo estará José Manuel? Apenas si tuve tiempo el lunes de decirle que llegué bien. Sigue con su eterno resfriado. Ni le pregunté cómo seguía, para no tener otra pelea con él, ya que anda con la idea de que lo trato como a un niño. Dice que lo sobreprotejo, pero no es eso, es que tengo miedo de que ese resfriado se complique.

    Mauricio iba tan ensimismado en sus pensamientos que no se dio cuenta de que la tormenta había amainado, sólo quedaba una tenue llovizna. Aumentó la velocidad, estaba ansioso por llegar pero todavía le quedaban cuatro largas horas de viaje. No podía hablar a su casa ya que había perdido su celular en una de tantas reuniones y no se molestó en buscarlo. Tendría que parar en algún lugar, encontrar un teléfono y llamar para avisar que no llegaría temprano por el problema de la lluvia.

    Mauricio frenó de golpe, algo en la carretera desviaba el tráfico. Un deslave hacia casi imposible el paso. Los carros avanzaban lentamente. Otra media hora de retraso. Estaba ya desesperado, pero lo único que tenía que hacer era llenarse de paciencia. Vio un letrero que anunciaba un poblado próximo. Al llegar preguntó por un teléfono, le dijeron que más adelante en un restaurante había uno. Pidió a la encargada un café mientras lo comunicaban. Pensó que como había llovido tanto a lo mejor no podría realizar la llamada. Después de dos timbrazos, José Manuel contestó.

    –Hola, ¿Dónde estás? ¿Pasó algo? ¡Hace horas deberías estar aquí! Dijo J.M. de un solo respiro.

    –No, no pasa nada, ya voy en camino. Estoy en un pueblo como a unas tres horas de Oaxaca. Salí muy tarde del D.F. Ha estado lloviendo mucho, voy muy despacio, eso me ha retrasado. Te estoy llamando para que no te preocupes. Mauricio pudo oír su respiración agitada aunque J.M. trataba de ocultarlo.

    –¿Cómo te sientes? -Dijo sin pensarlo. Después se arrepintió.

    –Ya me siento mejor. Y antes de que me preguntes, sí, sí he estado tomando la medicina; sí, sí me he estado cuidando; sí, etc. etc. etc. Todo está bien, maneja con cuidado. Ah, oye, te habló…no, ya te diré cuando estés aquí. Nos vemos.- Colgó. Mauricio pensó que tal vez llamaron de la oficina, ya me enteraré. Después de la llamada se sintió mejor. Se sentó en una mesa a tomar un café que le supo a rayos, pero que lo despabiló.

    Mauricio vio su reloj, se dio cuenta de que había perdido casi media hora sentado en aquel lugar. Pagó el café, subió al carro y decidió que manejando a buena velocidad pronto estaría en Oaxaca.

    Cuando llegó, todas las luces estaban encendidas, la reja abierta para que no tuviera que bajarse. Metió el coche, tomó sus cosas y cuando lo cerraba llegó Vivaldi corriendo, dando brincos, ladridos y vueltas a su alrededor. Hacía poco que J.M. lo había comprado, contra la voluntad de Mauricio. Él nunca tuvo un animal, pero José Manuel insistió tanto que no se pudo negar. Es un cachorro de labrador dorado que se mete en problemas constantemente, pero José Manuel lo adora, juega con él y lo entrena. Atrás del perro llego J.M. en piyama, sin cubrirse la cabeza y descalzo. Le sonrió, lo abrazó y besó con cariño.

    –¿Cómo te fue? Te ves muy cansado.

    –Estoy muerto. El tráfico estuvo horrible desde que salí, y además como te dije hubo contratiempos. Entra en la casa, no te vaya a hacer daño. Descalzo y sin ponerte nada encima. Ten mi chamarra.

    –Si papá. (Dijo medio en serio y medio en broma.)

    –Vamos adentro para que te cuente.

    La chimenea estaba prendida, la casa calientita, flores en los jarrones y un rico olor a café recién hecho esperaban a Mauricio. Cuando entró, J.M. lo jaló a un sofá cercano a la chimenea y le quitó los zapatos, después le trajo un café y pan recién horneado. Se acomodó junto a él para que le contara cómo le había ido en su viaje.

    J.M. lo escuchó sin interrumpirlo, sólo de vez en cuando se arrimaba a él abrazándolo. De repente recordó algo.

    – Lo que te iba a decir llegando era que la hermana de Memo ha estado llamando cada hora, que le urge hablar contigo, por cierto le di tu cel, pero cómo lo perdiste no te ha localizado y por eso ha estado llamando aquí. Dijo que ella se comunicaría. Que no le hablaras porque iba a estar entrando y saliendo. La oí muy nerviosa.

    CAPÍTULO II

    Mauricio quedó intrigado por la llamada de Eva. La hermana de Memo nunca se había comunicado con él, todo lo que sabía de ella o del pueblo era a través de Memo, que casi siempre tenía algún problema, ésta podría ser la causa de la llamada de su hermana. Él, desde que regresó a su pueblo, le hablaba casi diariamente para decirle que se encontraba muy bien, muy centrado y bastante contento con lo que estaba haciendo allá.

    –J.M. ¿Cómo que habló su hermana? ¿Por qué no habló Memo, si ya ves que habla casi todo el tiempo?

    –No sé, no me dijo. No sabe quién soy. Lo único que dijo es que le urgía hablar con el antropólogo Mauricio y que se estaría comunicando constantemente hasta hallarte. Y así lo ha estado haciendo. Como te dije, se oía preocupada, pero no me dio más información.

    –Voy a llamarla para ver qué quiere. Tomó el aparato y marcó rápidamente. Esperó un momento.

    –Está ocupado, espero que me llame pronto. Ya me preocupó tanto misterio.

    –No sé cómo pudo haberse ido a meter a ese pueblucho de mierda donde todo el mundo conoce su historia. ¡Y con lo macho que son sus hermanos! Exclamó José Manuel bastante molesto.

    –Tú sabes por todo lo que ha pasado en los dos últimos años. Fue una buena decisión, vender su departamento en la ciudad de México, dejar el trabajo que tenía e irse a Picacho a trabajar en la tienda con su hermana.

    J.M. se acomodó junto a Mauricio, abrazándolo dijo: —No sabría qué hacer si te pasara algo.

    –Bueno, no nos pongamos dramáticos. ¿Te acuerdas lo que nos dijo Memo la última vez que lo vimos?, Que trató de quitarse la vida después que murió André. La enfermedad de éste fue tan larga y dolorosa que dejó a Memo abatido, con depresión y totalmente agotado. Creo que fue cuando intentó suicidarse.

    –¿Tú crees que fue por eso? ¿No será porque él también tiene SIDA? Si André murió de eso, a lo mejor también él lo tiene.

    –¿Qué quieres decir con eso? Memo siempre ha negado ser sero positivo. Nos dijo que tan pronto supo lo de André, se hizo la prueba, no una, sino varias veces e invariablemente salió negativa.

    –Eso dice él. Memo siempre ha sido un poco mentiroso, además de egocéntrico, inconsciente y bastante banal. Siempre se vanagloria de sus conquistas, de la suerte que tiene en todo: de sus múltiples viajes, de los idiomas que habla, de los títulos que tiene, de la gente que conoce; mmm…realmente yo creo la mitad de lo que dice. Incluso pongo en duda su amor por André o si todo ese sufrimiento sólo fue un show para aparecer como mártir. ¿Por qué se regresó tan pronto de París? Permaneció muy poco tiempo con él después que le diagnosticaron VIH. Sólo al principio y al final de la enfermedad. ¿Quisiera saber por qué no se quedó más tiempo para cuidarlo o cuando menos para servirle de compañía?

    –Memo nos lo explicó. Que la familia de André se opuso categóricamente a cualquier intento por cuidarlo o a que lo visitara una vez que se lo llevaron a casa de sus padres. Acuérdate que sólo le permitieron que lo visitara antes de que muriera y también de asistir al sepelio.

    –Y el pobrecito de Memo se regresó muy triste a casa a llorar su pena, dijo J.M sarcásticamente. = Y cada fin de semana se iba a los antros a matar su dolor, a traer a su departamento a cualquier chavito que encontrara disponible y a asistir a cuanta reunión era invitado, para decirle a medio mundo como se sentía de triste. No sé hasta dónde creerle.

    –Pienso que sí quería a André, a su modo, pero lo quería. También creo que fue en un momento de depresión cuando trató de suicidarse. Esto lo dijo Mauricio completamente convencido. Él y Memo habían crecido en el mismo pueblo, pasaron juntos muchas vicisitudes, eran como hermanos.

    – Esta bien señor defensor, está bien, entonces si ya había pasado la crisis, a qué diablos se fue a ese pinche pueblo atrasado, donde todos conocen su historia. Donde todo el mundo lo va a señalar con el dedo y a hacerle la vida imposible. Memo no puede estar lejos de los pantalones, no es una loca desatada, pero ¡cómo le gustan los muchachitos! Memo también es muy inconstante en el trabajo; todo le parece poco, siempre está hablando de regresar a Europa, donde aprecian, pagan y reconocen su talento. Es cierto, tiene un buen currículo, pero siempre anda soñando grandezas. ¿Entonces por qué no regresó a Europa, en lugar de ir a ese lugar rascuache a refugiarse en las faldas de su hermana?

    –Pienso que se sentía mal. Que andaba un poco desorientado, hasta fue a ver una curandera para que le hiciera una limpia, también dijo que quiso tomar el negocio que dejo su papá para descansar de todo, hacer dinero, dejar todo arreglado para después irse a Europa. Algún día te llevaré para que conozcas el pueblo.

    –Sí, cómo no, para que nos quemen con leña verde. No muchas gracias, yo paso.

    Mientras Mauricio hablaba, acariciaba la cabeza de J.M. era algo que hacía automáticamente cuando estaban juntos. Esto lo excitaba, pero también le daba un sentimiento de ternura.

    En ese momento sonó el teléfono. J.M. trató de pararse, pero Mauricio lo detuvo por un brazo. Era mejor que él contestara.

    –Bueno.

    –¿Mauricio? Preguntó una voz de mujer, remota, un poco ronca, como si hubiera estado llorando.

    –Si, ¿Eva? Me dieron tu recado. ¿Qué pasa con Memo? Ésta era la primera vez, en mucho tiempo, que hablaba con la hermana de Memo. Su mamá-hermana, como decía él.

    –Mauricio, perdona que te moleste, Memo tiene desaparecido tres días. No sé nada de él o dónde está. Como tú y él siempre han sido muy unidos, pensé que tal vez sabrías donde se metió. De todos modos estoy llamando a todos los teléfonos que tiene en su agenda. Nunca desaparece así, siempre me dice cuándo va a volver. Eva se oía cansada y llena de preocupación

    –No Eva, no sé nada de Memo. La última vez que hablé con él fue hace unos días. Muy de carrerita porque yo estaba ocupado en un Congreso. Se oía muy alegre. No te preocupes, ya sabes cómo es Memo. Posiblemente se sintió aburrido. Estará en algún lugar en la costa, a donde íbamos cuando éramos jóvenes. Mauricio dijo todo eso para calmar a Eva, pero sin creer en sus propias palabras. Sintió un gran malestar.

    –No Mauricio, el miércoles por la tarde vino del campo a la casa, estuvo un rato en la tienda. Después de cerrar, se bañó, y cambió. Estaba insoportablemente alegre. Haciendo bromas y diciendo que era muy feliz. Que qué bueno que había decidido regresar a Picacho. Ya se iba, cuando regresó por un suéter, diciendo que las noches se ponen frescas en el campo. Me dijo que no le esperara, que regresaría hasta el día siguiente. Mira que día es y no sé nada de él. Por eso estoy tan preocupada.

    –Eva, lo siento. En caso de que llegue a hablarme, le diré que se comunique inmediatamente contigo o te hablo yo.

    Eva no pudo seguir hablando. Su voz se quebró en un sollozo. Mauricio oyó unas gracias lejanas, después el tono del teléfono. Volvió a tener el mismo presentimiento de antes. Colgó, yendo a sentarse otra vez junto a J.M.

    –Mauricio, ¿Qué con Memo? Oí parte de la conversación, pero no entendí todo lo que decían.

    –No sé. Todo es un poco raro. Memo tiene tres días que salió de su casa y no ha regresado. Parece que desapareció, nadie sabe nada de él. Eva dice que no llevo ropa extra, porque regresaría al día siguiente, pero hasta ahora no aparece. Está desesperada llamando a todos sus amigos y conocidos.

    –¡Qué te dije! De seguro se encontró a algún muchachito y anda de luna de miel. Memo nunca va a cambiar.

    –Está bien, está bien, ya no quiero hablar de Memo.

    Se quedaron callados, cada uno sumido es sus pensamientos. Mauricio de pronto se sintió muy cansado, triste, atribulado, pesándole todo: los resultados del congreso, las horas de manejar, la tos de J.M. y ahora lo de Memo. Medio dormido, sintió cuando J.M. lo jaló y acostó en la cama, lo desvistió, le puso su pijama; después percibió el cuerpo de José Manuel junto al suyo.

    CAPÍTULO III

    Al día siguiente, Mauricio se dio cuenta que J.M. no estaba en la cama. Al levantarse no lo vio, pero por el aroma, se dio cuenta que ya había preparado café. Todas las mañanas era la misma rutina. Se levantaba e iba a correr con el perro. Mauricio pensó que con la gripe que tenía no debería haber salido; tal vez sólo hubiera ido a caminar por el jardín. Se asomó y no lo vio pero advirtió que el día se presentaba asoleado, brillante, limpio, lleno de colores, todo lucía hermoso.

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