La vida por delante
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El jurado, del que formaron parte los escritores Brenda Navarro, Carlos Castán y presidido por Mariana Enriquez, resaltó que se trata de una propuesta contemporánea llena de agudeza, dinamismo, con los conflictos de lo cotidiano y la intimidad tomados con inteligencia y frescura, pero sin renunciar a la dimensión más oscura e inquietante de los vínculos humanos.
«Magalí Etchebarne es de las autoras más auténticas que he leído. No hay postura ni solemnidad en su escritura. Encuentra humor en la tragedia y sabe de la tristeza con rabia y ternura. Su estilo es pura frescura e inteligencia», Mariana Enriquez
«Estos formidables cuatro relatos –cocinados a fuego lento pero feroz, con densidad y profundidad de radiantes novelas– funcionan como puntos cardinales de un mapa para viajar a un planeta que conocemos pero al que nunca hemos contemplado con semejante precisión y sensibilidad y, sí, desgarrado humor con ceja enarcada», Rodrigo Fresán
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Jun 29, 2025
La vida por delante (Páginas de espuma, 2024) de la escritora argentina Magalí Etchebarne (Buenos Aires, 1983) es un libro de cuentos que se hizo merecedor del VIII Premio Ribera del Duero de Narrativa Breve. Está compuesto por cuatro historias cuyo punto en común son los vínculos y los afectos. Sus protagonistas son mujeres que pasan por determinadas situaciones, la mayoría muy difíciles de sobrellevar, quedando a su paso profundas marcas en sus vidas que resultan imposibles de olvidar. Los orígenes de estas provienen de la infidelidad, la separación, la enfermedad, la pérdida, la orfandad, la tragedia o la soledad. A partir de estos hechos surgen una serie de consecuencias que se manifiestan en varios recuerdos y en ciertos cuestionamientos que persisten. Aun así, se busca superarlos, de voltear la página, de no volver a mirar atrás, pues aún existe una vida por delante, con o sin compañía, lo que puede resultar alentador, pero algo siempre tiende a evocar ese pasado con el temor de reincidir. Son heridas que cuestan cerrar y que al mismo tiempo se quieren ocultar. Y a partir de estos deseos surge lo más sobresaliente de estas historias, que no son más que los detalles.
El cuento que abre el libro se titula “Piedras que usan las mujeres” y se cuenta en dos tiempos. El primero, en presente, ocurre cuando una madre confunde a la hija con su hermana como parte de un triste resultado que cuesta aceptar. El segundo tiempo, en pasado, se cuenta la infidelidad del padre que no sólo desunió a su familia, sino que también produjo una serie de daños en la esposa engañada, quien terminó muy enferma. La mención constante de una amante mucho menor queda como un dolor y una humillación para el lado femenino, más aún si surge otra familia con la que se debe compartir la presencia paterna, dando paso un machismo y a una indiferencia que no requieren ser descritas: Casi todo estaba relacionado con los padres y las parejas, pero más que nada con la indiferencia de los adultos, el dolor que se calla y el engaño. Mi papá decía que eran pelotudeces (p.20 en versión digital: lo mismo para las siguientes citas). Lo peor de esta enfermedad en la madre es que no puede eludirse. Se trata de un enorme peso que se lleva a cuestas. Aun así, se busca volver a empezar y tener una nueva vida sentimental, pero el hecho de presentarse como una mujer separada no causa tantos reparos como decir que se trata de una mujer que carece de buena salud o que intenta reestablecerla. Entonces las negativas y los abandonos vuelven a presentarse. Para remediarlo sólo queda la amistad con otras mujeres igual de vulnerables que están pasando por una situación similar con su organismo o su cuerpo afectado por un mal irreversible. En medio de todo eso se toma en cuenta la mención de una piedra de obsidiana que se presenta como un elemento singular: La tía Nelly le había recomendado una piedra para llevar en la vagina. Dijo que se llamaba Obsidiana y que era una piedra que usan las mujeres, hecha de restos volcánicos, de color negro y cargada de energía que la hacía soñar raro y apabullante, sexual, la desconcertaba. Se acostaba en la cama y se tapaba, abría las piernas y se metía la piedra, ni muy bajo como para que se caiga, ni muy arriba como para perderla. (p.21). Y a pesar de estas extrañas propuestas, al final sólo queda la ternura, la comprensión y la compañía.
En “Un amor como el nuestro” dos amigas por correspondencia se encuentran en Iguazú. Una de ellas se llama Julia, vive en Buenos Aires y trabaja como correctora en una editorial donde se ha ganado un viaje de fin de año. La otra se llama Leslie, vive con su marido Matt en Marfa, al oeste de Texas, Estados Unidos, y escribe novelas eróticas donde narra encuentros íntimos desaforados que deslumbran a sus lectores. Sus libros se publican en la editorial donde trabaja Julia. A partir de esta presentación surgen las analepsis como antecedentes: saltos de tiempo al pasado. De esta manera se sabe de un viaje previo de Leslie a Buenos Aires donde Julia la llevó a conocer los principales puntos turísticos de la ciudad: Se sacó fotos con Mafalda en San Telmo y con unos arbustos gigantes en el obelisco, en el Teatro Colón y en el Luna Park. Quiso una selfie con unos manifestantes en Avenida de Mayo, pero salió movida. Julia la llevó a comer empanadas y a bailar tango al Abasto, a Plaza Francia el domingo y a caminar por el cementerio de La Recoleta (p.38). Otro salto al pasado permite conocer sobre un acontecimiento trágico en la juventud de Julia. Ella sufrió un accidente en bicicleta en 1994 donde murió su primer enamorado. Ambos iban juntos y fueron arrollados. Ella quedó enyesada y muy deprimida al punto de pensar en el suicido. Las visitas de sus amigas ayudaron a su recuperación. A Julia le quedó una cicatriz en la pierna que queda expuesta una vez que llega a Iguazú. Aun así, intenta pasarla bien junto a Leslie. Ambas conversan con otros turistas. Allí se enteran que las cataratas es un punto recurrente de muchos suicidas, lo que da paso un final que sorprende porque se encuentra dentro de una elipsis que se sobrentiende y que lo convierte en el mejor cuento del libro.
En “Temporada de cenizas” las protagonistas son dos medias hermanas del mismo padre. La hermana mayor debe viajar para tirar al mar las cenizas de su madre, quien no sólo sufrió de una terrible enfermedad sino también de la infidelidad de su esposo, quien la cambió por una mujer mucho menor de donde surge esta media hermana menor. Este pasado es superado por ambas hermanas, quienes mantienen una buena relación. Por algo la menor acompaña a la mayor en este viaje. En su nuevo destino conocen a dos muchachos con quienes tienen una aventura. Uno de ellos le pregunta a la hermana mayor las razones de su visita. Lo hace con la idea de establecer algo que sea más que un simple encuentro sin importar la diferencia de edad que hay entre ambos. Ella (la narradora) le cuenta sobre las cenizas de su madre. Esta información no produce ningún cambio en la diégesis. Todo se mantiene igual. No hay ningún giro, por lo que el propósito del viaje se cumple, sólo se manifiesta un simple detalle que resulta relevante: la piedra de obsidiana que perteneció a su madre (p.77). De esta manera se relaciona este cuento con el primero como si se tratase de una intertextualidad.
El último cuento se titula “Casi siempre desesperados”. Sus protagonistas son Ana y Ramiro, quienes están casados. Ramiro es director de teatro y Ana en su momento llegó a ser actriz. Ramiro tiene un “toc” sobre los métodos de seguridad de su casa, además de la necesidad de soplar las cosas antes de usarlas. Todo parece cotidiano y hasta aburrido, incluida la música que uno de ellos escucha y que termina siendo motivo de recriminación. De pronto, Ana se encuentra con Pablo, su ex enamorado, quien no duda en volver a insinuársele a pesar de que ambos están casados. Aquí otra vez la masculinidad toma un rol desvergonzado, casi invasivo, que no duda en ser correspondido por Ana como un entusiasmo que contrarreste lo cotidiano. De esta manera la posibilidad de una infidelidad vuelve asomarse como tema, aunque esta vez compartido por ambos géneros. Por su parte, Ramiro sigue dedicado a su trabajo en el teatro. Esto produce que ambos se separen, lo que no soluciona nada: Ana le contó a Malena que a veces se sentía vacía y aterrada por el futuro, que no podía imaginarlo. Que incluso ahora, estando sola, sin toda la ansiedad de Ramiro durmiendo a su lado, le costaba hacer pie, tener una ilusión, que había noches en las que el fútbol igual se le venía encima, como un derrumbe, una inundación, una pandemia, una guerra, locura generalizada. (p.100). A través de esta amiga Malena, Ana busca ayuda con un médium llamado Walter, a quien se le podrían adjudicar la resolución de la trama, en especial con el matrimonio de los protagonistas. Entonces lo cotidiano vuelve a manifestarse para sorpresa extraña del lector.
Vista previa del libro
La vida por delante - Magalí Etchebarne
Magalí Etchebarne
La vida por delante
Magalí Etchebarne, La vida por delante
Primera edición digital: mayo de 2024
ISBN epub: 978-84-8393-708-2
© Magalí Etchebarne, 2024
© De la ilustración de cubierta: Raquel Cané, 2024
© De esta portada, maqueta y edición: Editorial Páginas de Espuma, S. L., 2024
Colección Voces / Literatura 359
No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.
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El cielo está brumoso, hace frío, estoy fea,
acabo de recibir un beso por correo.
Cuarenta años: no quiero cuchillo ni queso.
Quiero el hambre.
Adélia Prado
El día 20 de marzo de 2024, un jurado compuesto por Enrique Pascual, presidente del Consejo Regulador de la Denominación de Origen Ribera del Duero, Mariana Enriquez, escritora y presidenta del jurado, Brenda Navarro, escritora, Carlos Castán, escritor, además de Juan Casamayor, director de la Editorial Páginas de Espuma, y Alfonso Sánchez González, secretario general del Consejo Regulador de la Denominación de Origen Ribera del Duero, en calidad de secretario del jurado, ambos con voz pero sin voto, otorgó el VIII Premio Ribera del Duero de Narrativa Breve, por mayoría, a La vida por delante, de Magalí Etchebarne.
Piedras que usan las mujeres
Ellas decían que estaba de moda, que salir con mujeres mucho más jóvenes era lo que ellos hacían para reciclarse. Aunque si uno mira atrás, al fondo total de la historia, se podría decir que el mundo empezó así. Unos hombres raptan a unas niñas y las hacen suyas. Después viene el resto, el amor por insistencia, la traición para escapar, la venganza prima hermana de la humillación y todas esas guerras lloronas. Sin embargo, mi mamá y sus amigas decían que era nuevo. Cada vez que alguna pareja del grupo que formaban ellas y sus maridos se separaba –una trenza cosida de amigos entre sí–, al poco tiempo, él aparecía con una chica veinte años más joven.
Jorge, el mejor amigo de papá, había conocido a Andrea porque era su alumna y en cuanto se separó de Gaby lo primero que hizo fue traerla a mi cumpleaños. Mamá se quedó toda la tarde contra la mesada de la cocina fumando. Acariciaba el mármol con teatralidad.
Jorge nos presentó a Andrea, que podría haber sido su hija, y papá se refirió a ella por el apellido. Con esa distancia y ese falso exceso de respeto, que disimula mal el coqueteo.
–Señorita Galván, ¿una copa? –dijo papá. Y mamá dejó caer las cenizas en el piso. En el piso que ella misma había estado limpiando toda la mañana.
Algunas aparecieron los viernes en el club. Chicas preciosas de labios gruesos, rodillas huesudas y tobillitos de muñeca, remeras sin hombros y pantalones tiro bajo. Ellos jugaban al póker o al truco y mamá y las otras esposas que quedaban se agruparon en una esquina como excombatientes: la tía Nely, Bochi, Gaby y mamá; tomaban vino y jugaban a la canasta, miraban a las novias de turno con sonrisas de rouge y paciencia, Virginia Slims volátiles entre los dedos.
La tía Nely dijo que una pareja en su esplendor y una persona joven y linda se parecen. Si uno mira bien, puede adivinar por dónde van a empezar a pudrirse. Y cuando alguien decía algo sobre la diferencia de edad, se hacía en broma y ellos, borrachos, repetían chistes de almanaques.
–¡Un hombre tiene la edad de la mujer que ama!
Mamá decía que eso era más cierto de lo que ellos pensaban, pero no de la forma luminosa y vivaracha con la que tenían fantasías, porque la juventud podía estar llena de estupidez, del tipo que parece una gracia pasajera, pero que a veces se enquista.
Desde ese tobogán aceitoso que es la entrada al sueño, yo no podía evitar espiar y escucharlas. Me pesaban los párpados, pero resistía. Me acostaban en una cama hecha con dos sillas juntas y alguna cartera de almohada. El humo de sus cigarrillos, las carcajadas, los choques de las copas y mis pies fríos, el eco de las voces como si estuvieran debajo del agua todavía me rebotan en el cuerpo si me concentro.
Decían que ellas prestaban atención a los detalles. Habían estudiado su propio cuerpo como un forense y podían diseccionarlas con la misma severidad. Cualquier mujer está entrenada para descuartizarse: las comisuras de los labios, la piel abajo de los brazos, las manchas que no se van más, el cuello de reptil, los ojos hundidos.
–La vejez no empieza a los costados de los ojos como dicen las publicidades de cremas, es mucho más estruendosa –dijo Gaby–. La cara se ensancha, los ojos se entristecen, los labios se afinan, se nota el cansancio, ¡el cansancio!
–Tengo cincuenta y seis años, me sacaron dos tumores, la rodilla me falla –decía la tía Nely.
Gaby no escuchaba de un oído, Bochi tenía un zumbido constante desde hacía tres años.
–Díganme que se me va a ir, ¡díganme que es psicosomático!
Habían parido, habían enterrado a sus padres y habían hecho la comida todos los días dos veces por día, habían criado y no habían dormido, habían perdido turnos y dinero, rechazado viajes y ascensos, después habían visto a sus hijos alejarse para hacer sus propias vidas. Y hasta habían puesto el lavarropas para que sus maridos se llevaran la ropa limpia cuando se divorciaban. Solo querían volver a casa al final de esas noches en el club, acostarse, encender el televisor y odiar. Odiarlas en silencio, con amargura, un verdadero placer. Maldecirlas, e imaginarlas envejeciendo, a ellas y a ellos, culos caídos, huevos flácidos, la piel derritiéndose. Odiar. Odiar hasta la arcada. La oscuridad que ellos les reprochaban en las discusiones era esto, la maldad que producía esa lucidez espantosa a la que podían escalar en soledad.
Una noche, Andrea, la nueva novia de Jorge, llegó al club con una amiga que tocaba la guitarra. Jorge las arengó para que tocaran, pero enseguida se distrajo con los demás. Ellos siguieron jugando a las cartas y hablando fuerte, por encima de la mesa redonda forrada en pana verde. Mamá y las demás hicieron medio círculo alrededor de Andreita y su amiga, cruzaron las piernas de nylon negro y dijeron a ver, toquen algo.
Andreita tenía una voz hipnótica, rotunda, llena de aspereza. Mientras cantaba se enroscó el pelo en un dedo y miraba un punto perdido en el techo. Hizo su propia versión de una canción de Nina Simone, me contó mamá al día siguiente, una versión en español bastante irreconocible pero conmovedora, con una letra que parecía ser un recuerdo propio o una premonición: mañana será mi turno, es demasiado tarde para arrepentirse, lo que fue no existe más.
–Lo que me faltaba –dijo Gaby cuando fueron al baño–, encima de linda, con talento y trágica.
*
Desde la cama, puede mirar por la ventana.
–La gente sigue metida en el mar –me dice.
Pero la ventana da a nuestra calle, adoquines, dos plátanos altos en la vereda, la casa de enfrente con su Santa Rita blanca en el patio de adelante. Hay días que no me reconoce para nada, me mira con desprecio como si fuese una extraña que se metió entre sus cosas, aunque la mayor parte del tiempo dice que soy la tía Nely, su hermana, que murió hace años.
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