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De vuelta a la caverna y otros cuentos
De vuelta a la caverna y otros cuentos
De vuelta a la caverna y otros cuentos
Libro electrónico268 páginas3 horas

De vuelta a la caverna y otros cuentos

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Un zapatero arruinado, un empleado de banco deprimido, un borracho, un fugitivo de la ley, un par de prostitutas postergadas, un picador de leña, un dirigente sin bases, dos ancianos enamorados, dos amantes furtivos, en fin, personas que por su condición están fuera de los márgenes de una página, se transformarán en protagonistas. Es el delirio del arte: soñar la vida, vivir los sueños. Es el nacimiento del único mundo propio que tendremos. Dejo al lector la dedicatoria contenida en el relato «El auto de Aladino»: «Estos cuentos, como la vida, están basados en la realidad».
IdiomaEspañol
EditorialLOM Ediciones
Fecha de lanzamiento11 nov 2016
ISBN9789560006318

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    De vuelta a la caverna y otros cuentos - Jaime Casas

    De-vuelta-a-la-caverna.jpg

    Jaime Casas

    De vuelta a la caverna

    y otros cuentos

    logo_narrativa.tif

    LOM PALABRA DE LA LENGUA YÁMANA QUE SIGNIFICA SOL

    © LOM Ediciones

    Primera edición, 2015

    ISBN libro impreso: 978-956-00-0631-8

    ISBN digital: 978-956-00-0833-6

    Diseño, Composición y Diagramación

    LOM Ediciones. Concha y Toro 23, Santiago

    Fono: (56-2) 688 52 73 • Fax: (56-2) 696 63 88

    www.lom.cl

    lom@lom.cl

    De vuelta a la caverna

    Debería pararme en la esquina, ir hasta el quiosco, comprar cualquier revista y caminar unos veinte metros hojeándola. Luego debería guardarla en el bolsillo derecho de la chaqueta y avanzar tranquilo con las manos tomadas por detrás de la cintura, como si fuera meditando. En algún momento alguien se acercaría y me preguntaría algo por una calle.

    –Que yo sepa, no es por aquí –contestaría.

    –Buena suerte –me diría.

    A continuación caminaría hasta la próxima esquina, doblaría a la derecha y media cuadra después me detendría al borde de la vereda, como esperando taxi. Sin demora vendría uno con su letrerito encendido. Nada anormal. Le haría señas con la revista para que se detuviera, lo abordaría y le diría:

    –Cómo le va.

    –Suerte –me diría y me entregaría unos anteojos que me pondría de inmediato para quedar completamente ciego.

    Si el taxista me respondía otra cosa debería darle cual­quier dirección y pagar la carrera como un pasajero común y corriente. Después se me devolvería el dinero y haría otro intento hasta lograr el contacto.

    Cuando fracasó la tercera tentativa y me pidieron que fuera una cuarta vez comprendí que estaba siendo chequeado. Me de­jaban subir al taxi y me seguían hasta que me perdiera sin que nadie más se me acercara.

    Por fin me contactaron.

    Sucedió a mediados de junio. Durante todo el día la mancha luminosa estampada en el cielo fue una réplica del sol que se había marchado a otra parte del mundo. Media hora antes de comprar mi cuarta revista la réplica estaba sobre el horizonte brillando como una bola roja de fuego. La ciudad quedó convertida en una lámina gigantesca con las siluetas de los edificios entrecortando los destellos del crepúsculo. El corazón me dijo en las arterias que caminaba en una dimensión mágica como un verso suelto buscando su estrofa, pero la razón me advirtió que el color del sol se debía a la gruesa capa de smog y que a partir de la esquina yo dejaría de ser yo para transformarme en un ser inventado, con un nombre de mentira y una misión muy con­creta que cumplir.

    Me puse los anteojos y bajé la cabeza hasta tocarme el pecho con la barbilla. El taxista no habló más y se concentró en dar vueltas y más vueltas durante cuarenta y cinco minutos hasta que me consideró totalmente desorientado.

    Noté que disminuía el tráfico y casi no se escuchaba otro vehículo que el taxi. Nos habíamos alejado del punto de en­cuentro y entrado a un barrio residencial de clase alta. No debía saber dónde estaba, pero resultaba imposible no hacer los cálculos elementales. No pasamos nunca por el ajetreo del centro, no subimos ninguna cuesta, respetamos semáforos y disminuimos la marcha en cada cruce.

    Creo que el conductor anduvo en espiral un tiempo y, después de haberme confundido, dejó pasar los minutos sin prisa espe­rando el momento exacto para el próximo contacto.

    De pronto el auto se detuvo. El taxista sacó la voz y me dijo:

    –Yo lo bajaré como si estuviera ciego. Usted déjese llevar por la persona que lo conducirá. Baje la cabeza y no abra la boca hasta que le digan. ¿Entendido?

    –Sí.

    –Suerte, compañero.

    –Gracias.

    Me bajó del auto, caminó conmigo unos diez metros y me dejó parado junto a un árbol. Quince segundos más tarde unos dedos me tomaron por el brazo izquierdo y una voz femenina me dijo:

    –Venga conmigo, por favor.

    Caminé otros diez o quince metros. Los anteojos, con marco curvo, me impedían absolutamente la visión de modo que de­pendía por completo de mi lazarillo.

    Entré a un nuevo automóvil con bastante dificultad. Nunca había simulado ser invidente por tanto tiempo y, además, estaba un poco tenso. El celo excesivo por las medidas de seguri­dad me contagió y evitaba tocar cualquier objeto con las yemas para no untarlo con mis huellas digitales. Tanta precaución me ponía nervioso pues, hasta donde sabía, el peligroso en estos contactos era yo, lo que signi­ficaba en buenas cuentas que casi no había problema.

    La misión que se me encargó era simple, aunque un poco extraña a mi modo de ver. Había una persona importante y debía convertirme en algo así como su preceptor político. Jamás la conocería. Podría divagar a mi antojo teóricamente, pero no estaba permitido darle a conocer nada en concreto sobre nuestra organización. En otras palabras, alguien había pedido clases clandestinas de educación polí­tica y aquí venía el profesor particular extraído directamente de las sombras a impartirlas. ¿Y para eso tanta protección?

    Apenas puse mis nalgas sobre el asiento supe que estaba ingresando a otro mundo. Las puertas se cerraron con sólo empujarlas, el motor ronroneaba como un gato en brazos y la música parecía provenir de un cuarteto de cuerdas instalado en el asiento trasero. Íbamos sobre nubes. Se me vino a la mente la imagen de los automóviles de lujo abandonados por los poderosos al huir de Managua y ya no me sentí tan incómodo.

    Después de transitar diez minutos por territorio ajeno, el auto se detuvo. Sentí abrirse una reja. Anduvimos un trecho bastante largo y, por fin, se abrió el portón automático de un garaje y entramos en él.

    –Llegamos –me dijo la mujer lazarillo–. Lo ayudaré a bajar y usted me acompañará, ¿bien?

    –Bien.

    Subimos escalones, abrimos puertas, caminamos sobre alfombras de quince o más metros hasta que una llave abrió la última cerradura. Fui suavemente empujado y conducido hasta un sillón muy blando y confortable. Mi lazarillo me soltó el brazo cuando estuve sentado y se alejó en silencio cerrando la puerta tras de sí.

    Ya estaba preparando el ánimo para alguna otra medida excéntrica cuando escuché que una voz muy suave me de­cía:

    –Ya puede quitarse los anteojos.

    ***

    No sé a qué estímulo respondieron primero mis sen­tidos en aquella habitación de fantasía. Tal vez a la ausencia abso­luta de ruidos exteriores, al perfume dulce que marcó para siempre su fragan­cia en mi memoria o a la voz que jamás debió forzar la garganta para obtener lo que deseaba.

    Me quité los anteojos y permanecí unos segundos con los párpados cerrados para no sentir que obedecía el mandato de la voz.

    Lo primero que vi cuando abrí los ojos fue un biombo de dos metros de alto por cuatro de ancho. La muralla portátil estaba montada sobre rieles y se plegaba a voluntad.

    La habitación estaba dividida en dos secciones. El biombo se estiraba desde el chispero de una gran chimenea con tron­cos encendidos hacia una pared blanca en el fondo de la que habían removido todos los cuadros. En mi sección estaba la mitad de la chimenea, una pared desnuda con la puerta por donde entré, la mitad del fondo blanco, el sillón sobre la mitad de una gruesa alfombra, una mesita con un cenicero y una lámpara pequeña con pie de metal. En el techo había un colgajo de cristal lleno de am­polletas, de esos que se ven en los palacios de las películas. Si la otra sección era igual a la mía, la habitación completa mediría unos cuarenta y cinco o cincuenta metros cuadrados. Un diez por ciento más grande que mi residencia.

    Bastaba mirar alrededor y recordar el viaje en aquel automóvil para entender que estaba en una mansión de lujo.

    –¿Usted ya se ha quitado los anteojos?

    –Ya me los he quitado.

    –Quiero darle las gracias por venir.

    –Y no fue tan fácil como había creído, señora –contesté sin pensar–.

    No hice otra cosa que seguir las instrucciones. Por favor, dígame si hubo algún error.

    Es claro que había más de un error, empezando por toda esta situación tan absurda. Varias ideas imposibles de contro­lar se me vinieron a la mente sobre aquellas instrucciones. Es po­sible que mi persona representase un peligro para la dictadura. También para el sistema capitalista en el globo terráqueo, para la burocracia de los so­cialismos reales, la iglesia católica, el funda­mentalismo musulmán y las instituciones en general. Pero nadie podría afirmar la gravedad de ese peligro ni a qué plazo, no por lo menos en algunas décadas.

    Por el momento, más acá de todas las proyecciones teóricas, mi combate principal consistía en no enfermarme de hambre, mantener convencida de cosas difíciles de tragar a una pequeña canti­dad de gente, escribir documentos y evitar que me capturasen, si es que aún después de varios años me buscaban.

    Como sablazos me caían las imágenes de una movida para obtener recursos en la cual yo debería ser el guerrillero urbano y la señora una donante a quien pincharíamos el corazón con mi dis­curso. Modestamente debo reconocer que tenía las facul­tades requeri­das para una operación de esa naturaleza y contaba con el más perfecto de los aliados: la clandestinidad. Nadie podría comprobar la veracidad de mis cuentos, siempre y cuando no ofendieran demasiado el sentido común. Había que creer, no más. Me sentí como un misionero.

    –Estoy preocupada. ¿Entonces cometí algún error?

    –No, señora, usted no.

    –¿Hubo algún problema?

    –No –respondí, recuperándome un poco de tantas impresiones– Todo ha salido correctamente.

    –Me alegro muchísimo. No podría perdonarme si algo le ocurriera por mi culpa.

    –No sería su responsabilidad, señora –dije, grave.

    En definitiva no estaba preparado para actuar con naturalidad en tales circunstancias. El biombo maldito se levantaba como un insulto entre la señora y yo gritándome con su boca de seis metros cuadrados que éramos de distinta clase. ¿No hubiese sido mejor usar máscaras?

    Sin querer me había sentado en el borde del sillón con las rodillas juntas y las manos bajo las piernas, como esperando turno para un examen de colegio. Al otro lado del muro ple­gable había una mujer de edad indefinida, con recursos económicos ilimitados y un físico que no lograba emparejar con su voz. ¿Sería alta, baja, rubia, morena, gorda, flaca, hermosa o fea? ¿Qué haría para vivir? ¿Le bastaría con el metabolismo o haría algún pequeño esfuerzo parecido a lo que de este lado del biombo llamamos tra­bajo? ¿Y qué pasaba con sus familiares, si es que los tenía?

    Esperé un momento sin hablar mientras pensaba cómo enseñarle que vivir en estas condiciones era una inmoralidad.

    –En esta habitación estará usted muy seguro. No debe preocuparse –me dijo, intentando un diálogo descongelador.

    –¿Qué cree usted que debería temer, señora?

    –Bueno... siempre es un riesgo ir a lugares desconocidos y más aún en su situación.

    Le habían montado la leyenda, sin duda. La señora pa­garía las clases particulares más caras del mundo y se sentiría partici­pando de una relación sublime.

    –En verdad soy menos encontrado que buscado, señora. Pero no es bueno hablar más de esto. Me compromete.

    –¡Oh! Disculpe, disculpe –contestó, y sentí que se paraba y caminaba de un lado a otro–. Conduzca usted el diálogo como crea con­veniente.

    Y me preguntó en seguida: ¿no deberíamos tratarnos de otro modo?

    –¿Cómo es eso? –pregunté sorprendido.

    –No está bien que me diga «señora» y yo no sé cómo decirle.

    –¿No es usted una señora?

    –Tal vez sí, tal vez no.

    –Yo no soy un señor. Eso sí está claro.

    –¿Está molesto?

    –¿Podría dejar de pasearse, por favor?

    –Disculpe –dijo, y se sentó.

    –No estoy molesto, pero sí un tanto incómodo.

    –¿Qué le ocurre?

    – Todavía no me acostumbro a conversar con un biombo entre me­dio, ¿sabe? Tengo que anular muchos sentidos para estar con us­ted. Pero ya pasará.

    –También a mí se me pasará. ¿Qué decidimos sobre el trato? ¿Nos ponemos un nombre?

    –No lo creo necesario. Tan sólo vamos a conversar entre nosotros. Estaremos siempre a corta distancia. No tendré que llamarla nunca, a menos que se duerma. No hablaré de usted con nadie y viceversa. ¿Para qué un nombre?

    –Tiene razón –admitió–, pero no entiendo por qué me dijo señora. ¿No hubiera sido mejor decirme compañera?

    La idea de romper relaciones y terminar limpiamente la farsa me sopló como un viento fresco en el desierto. Hasta me vi abriendo la puerta y buscando la salida con los ojos bien destapa­dos y el paso firme. Pero la razón me puso frenos y me recordó el trabajo que debía cumplir. ¿Qué sabía yo de la ricachona para juz­garla? Tenía el aroma hiriente de la opulencia en medio de la mi­seria, nada más.

    –Ponga atención –dije, serio–. Sé que mucha gente se dice camarada, compañero, pata, social, compa, ñaño o mano. He andado bastante por ahí para notar que esas palabras van perdiendo su sen­tido original y transformándose en eufemismos. Seamos justos mientras podamos. No creo que debamos llamarnos compañeros.

    –¿Por qué no?

    –Porque no sería verdad. Simplemente por eso.

    –¿Entonces por qué vino?

    –¿Se da cuenta? ¿Se da cuenta? Mire el biombo. No todo puede sa­berse. ¿No lo había pensado?

    –No lo entiendo...

    –Estoy aquí. Usted tiene sus motivos para ello. Por mi parte también los tengo. Debemos concentrarnos en el trabajo. Ya veremos qué sucede en el camino, ¿le parece?

    Como no contestaba volví a preguntar:

    –¿Le parece bien que intentemos avanzar en nuestras conversaciones?

    –Me parece necesario –respondió, empujando las palabras.

    –Entendámonos. No se moleste por el tono que uso para ha­blar. Concéntrese en el contenido de las palabras. Sea objetiva. Si por al­guna razón no se siente bien conmigo, es perfectamente po­sible enviar a otra persona. Si nunca vamos a conocernos debe acostumbrarse a que tras el biombo hay un discurso y nada más.

    –No tiene para qué presionarme –dijo, bajando un poco la voz–. No puedo escoger, ni usted lo toleraría tampoco. Sabré adaptarme a sus requerimientos, aunque soy incapaz de considerarlo solamente como un discurso.

    No creí prudente seguir discutiendo sobre for­ma­lidades, así que empecé por lo obvio.

    –Antes que nada deberemos ponernos de acuerdo para el próximo encuentro y en la duración de esta, digamos, entrevista.

    –La duración depende de usted. En el momento que quiera será conducido donde desee en el mismo vehículo que lo trajo y por la misma persona. El lugar, fecha y hora para el próximo encuentro decídalo usted. Por mí, que sea cuanto antes.

    Pactamos volver a oírnos dentro de una semana. Decidí que el lugar y la hora de los encuentros los acordaría con la mujer lazarillo. Y en cuanto a la duración, me pronunciaría sobre el asunto en el momento mismo que considerase prudente irme. La señora accedió gustosa.

    La ceguera voluntaria me resultaba muy pesada. En los escasos momentos que habían pasado desde que oí su voz por primera vez, la imagen de su posible cuerpo cambió no menos de cuatro veces. Fue vieja, extremadamente joven, gordísima y esbelta como una mo­delo. ¿Cómo me estaría imaginando ella?

    Miré las llamas bailando sobre los troncos y el calor incomparable de la fogata me descongeló un poco el espíritu.

    –Mire las llamas –dije–, el fuego ejerce una gran atracción sobre los hombres. Alumbra y calienta.

    –Pero también es peligroso –añadió.

    –Es poderoso –repliqué–. Con él los hombres modificaron su entorno, pero hubo que robárselo a los dioses.

    –Eso no es verdad –corrigió–. Si los hombres no dominaran al fuego creerían que cualquier fogata es un dios.

    –Sólo quería hablarle un poco sobre historia –dije, turbado y convencido de que la señora tenía las piernas flacas, la nariz aguileña y usaba lentes como poto de botella.

    –No lo capté. Discúlpeme.

    El único que no captaba nada era yo. ¡Qué ganas de verle algo!, aunque fuera el pedestal donde llevaba puesta la cabeza. Intenté atacar por otro flanco.

    –Tarea difícil es traspasar conocimientos así como se hace una transfusión de sangre.

    –Tal vez no tanto si la sangre es compatible.

    –Me refería a la práctica, señora, a la prueba concreta donde ate­rriza la teoría, a las manos en la masa.

    –Si lo piensa bien– me contestó, muy calmada– verá que la mayor parte de lo que sabemos lo aprendemos por referencias.

    No. No era por ese flanco.

    Sentí calor. No sé por qué no hubiera podido sopor­tar que fuese bonita. ¿Cómo descubrir cuánto sabía ella para saber yo por dónde empezar? ¿Tendría que preguntárselo? Ni pensarlo. Mejor de frente y al hueso.

    –Aún con los ojos tapados pude darme cuenta del territorio que pisaba al tomar contacto con usted. ¿Entiende que sólo puedo enseñarle a odiar todo lo que tiene y que a mí me provoca náuseas?

    La señora se tomó un pequeño tiempo para dejarse oír y sentí que había dado en el blanco. Me equivocaba.

    –Le ruego que no se enoje –me dijo, siempre con la misma voz inalte­rable–. Si yo le ofreciera un kilo de oro para que derrumbara el biombo no lo aceptaría, ¿O me equivoco?

    –Si me lo pregunta de nuevo entenderé que me lo ofrece y enton­ces tendrá la respuesta que merece, señora –respondí, seco.

    –No me equivoco. Sin embargo, si su organización tuviera cinco mil miembros, creo que lo discutiría conmigo. Me vería como un aliado.

    –Se siente muy segura...

    –En esas condiciones hablaría usted de la dura realidad y de las cosas como son y no como deberían ser. Entonces aterrizaría, siguiendo sus palabras actuales.

    –¿Qué trata de decirme?

    –Es simple: su organización es pequeña, sin recursos, hasta sin nom­bre. Usted no ocupa el tiempo calculando cómo reemplazar una dicta­dura por otro gobierno. Usted necesita pensar en cosas más profundas, absolutas. Usted piensa en la especie, no en la na­ción. Su espíritu es en extremo voraz.

    –¿Qué dice?

    –Eso. Es muy voraz. No se satisface con un kilo de oro. Toda la ri­queza del mundo es poca cosa, ¿no es así?

    –Señora –expresé, poniéndome de pie–, me retiraré de inmediato.

    –Lo siento –dijo, parándose también–, pero tuve que hablarle de ese modo. Comprenda.

    –Le digo que me voy. Cumpla con el mínimo acuerdo. Terminamos por hoy.

    –Póngase los anteojos, ya vienen por usted. Cuídese, por favor.

    No hablé más. Me dejé conducir por la mujer lazari­llo y abandoné la mansión.

    ***

    Una montaña de plata, es decir, recursos, supervivencia. Eso fue lo que me respondieron cuando pedí explicaciones por aquella misión tan

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