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Alejandro Royal, millonario favorecido por el modelo económico chileno, cree que los empresarios son los verdaderos protagonistas de la sociedad y pueden, en vista de ello, moldearla lo mismo que a sus individuos. Con originalidad, Jaime Casas va enlazando la historia de estos personajes en un relato de gran verosimilitud.
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El hombre estatua - Jaime Casas
Capítulo 1
Cuando faltaba una década para la fabricación de la primera ampolleta, a solas con su madre y bajo la luz de un candil alimentado con grasa de ballena, apareció en el planeta don Marcelino Alonso, bisabuelo de Benito.
A los veinticinco años, convertido en marino mercante, don Marcelino mató al amante de su mujer en la costa de Villajoyosa. Se tatuó en el brazo derecho las iniciales del muerto para no olvidarlo jamás y surcó los océanos con rumbo al fin del mundo, buscando nacer de nuevo. Tres meses más tarde navegaba por la pampa sin saber cómo ganarse la vida, hasta que por fin reclinó la cabeza junto a una mujer aymará y pudo sentirse parte de esta nueva tierra. El desierto le curtió la piel y se le metió hasta el corazón oculto en la camanchaca. Al cabo de cuatro años, Marcelino aprendió a olfatear el cobre y se convirtió en pirquinero, pero la pampa le cobró en silicosis los metales conquistados y le mató los pulmones. Murió con la cara hinchada y los ojos colorados, aguantando la tos y tratando de sonreírles a sus hijos y su mujer.
Benito Alonso dijo que había heredado los ojillos de su bisabuela y el temperamento de don Marcelino, templado por generaciones desde que sus antepasados godos combatieron contra Atila.
El bisabuelo de Juan Murillo también salió en busca de otra vida, pero en dirección opuesta y con otros propósitos. Partió a la Patagonia dispuesto a ganar campo, armado con mucha audacia y un revólver del treinta y ocho con un puñado de balas. Tenía los pómulos anchos y las cejas juntas, como un mandril enrabiado. Anduvo dos años por cordilleras y costas con una idea clavada entre ceja y ceja: ser temido por mujeres y bestias y envidiado por todos los hombres. Dejó llorando a dos amantes y tres hijos huachos, uno de los cuales tomó el apellido, se lo puso y fundó la familia de la cual desciende Juan. Murió en la Trapananda de un tiro en la espalda contrabandeando ganado y lo enterraron solo para que no se lo comieran los caranchos.
Aparte de una melancolía que lo persigue como una sombra, Juan dijo no estar seguro de haber heredado algo de ese pasado. Afirmó que su temperamento era un clavel del aire: una planta con pocas flores y sin raíces.
Capítulo 2
–Andamos sobrando por todas partes –rezongó mi amigo.
Esa debió ser la ocasión en que vi más deprimido a Benito Alonso. Por lo general era alegre y optimista, sin importar que todas las condiciones estuvieran en su contra.
En el fondo es un hombre sano de buenos sentimientos y aunque mide tan solo ciento sesenta centímetros, parece más grande. Tiene piernas y brazos cortos, es bastante calvo y de panza abultada. Las personas así, se sabe, suelen ser extravertidas, pero cuando se entristece aumenta de tamaño y se sume en melancolías propias de hombres altos y delgados.
Viene del norte y yo del sur.
Benito Alonso se creyó capaz de cambiar el mundo. Él también estudió con devoción, practicó con el fervor de los auténticos creyentes y disipó las dudas con fuerza de voluntad. Nos conocimos en la cárcel de Santiago poco tiempo después de instalada la dictadura y confieso que sin su compañía no hubiera soportado la prisión. El blindaje de sus convicciones alcanzaba para cubrirnos a todos. Afirmaba que era libre las veinticuatro horas del día y que los verdaderos presos estaban al otro lado de los barrotes. Hacemos un buen par, me dijo, tú y yo nos parecemos a la geografía: la pampa expande el alma, en cambio los bosques la contraen; juntos podríamos vivir en cualquier parte. Pero al salir nos volvimos cada uno a su historia anterior y quedamos a mil kilómetros de distancia. Cual más, cual menos, quisimos continuar luchando por salirnos del sistema que tanto odiábamos y nos pusimos al margen de ley. Pero sucedió que nuestros compañeros de resistencia se jugaron la vida por entrar. Después ellos hablaron de haber conquistado la democracia y nosotros de haber democratizado la dictadura. Y sucedió lo inevitable. Nos fuimos quedando sin apoyo, sin amigos, y nos transformamos en parias. Quedamos como dijo Alonso: sobrando. Una vez, casi al borde de las lágrimas, recordó a un camarada que había combatido en el Frente Polisario, con los saharauis, y que ahora cobraba sueldo como guardia de un jardín infantil y no quería encontrarse con nadie, y a otro que escupió la mitad de sus dientes en la tortura y ahora, con prótesis y sonrisa amplia, ansiaba ser parlamentario.
Algunas circunstancias hicieron que volviéramos a juntarnos diez años antes de terminar el siglo más podrido de la historia y fue entonces cuando comenzamos a vender libros casa por casa, pensando obtener un cuarenta por ciento de ganancia. Ya no teníamos a qué echar mano y necesitábamos comer, pero nos costaba demasiado sobrellevar la derrota y nos cobijamos en la idea de estar presentando un combate. Mi amigo dijo que ahora lucharíamos en el Frente Cultural. Era la última trinchera y no estábamos dispuestos a perder esta batalla. El análisis que sirvió de justificación para este trabajo fue sencillo: casi con veinte años de penumbra y censura, los habitantes de Chile estarían desesperados por leerlo todo. Lo único que deberíamos hacer sería acercarles los libros a menor valor y así también aprovecharíamos de saber un poco más. La cultura entraría a todos los hogares por la puerta ancha liberada del impuesto al valor agregado.
Nos preparamos a conciencia. Alonso aprendió a leer al revés, de derecha a izquierda, sosteniendo con su pecho los libros abiertos frente al cliente. Yo nunca pude hacerlo y, entonces, tuve que forzar la memoria para recomendarlos.
Pero los problemas nos estaban esperando al comenzar la cruzada literaria. De entrada, Benito declaró no ser capaz de vender libros que no le gustaran y sus preferencias muy rara vez coincidieron con las del público. Mi pobre amigo era una mula arrastrando sobre sus hombros a Whitman, Borges, Faulkner, Pío Baroja, Camus, Quevedo y Nietzsche por toda la capital sin ningún éxito. Muy recomendados, Rulfo, Cortázar y Monterroso, lograron entrar en algunos hogares apoyados en mis bajos precios. Supongo que deben estar todavía escondidos, tratando de sobrevivir a la espera de mejores tiempos, detrás de alguna enciclopedia con las tapas forradas en cuero.
Me partía el corazón ver a mi socio regresando cargado de clásicos que ni siquiera nos ayudaban a cancelar la cuenta de la luz.
Cuando el combate se transformó en una pelea callejera por vender agendas y libros de autoayuda y nuestro porcentaje se acercó a cero, tomamos la decisión de abandonar el Frente Cultural. Confieso que entonces se nos cruzó por la cabeza la idea de cambiar de estrategia y pasar a la guerrilla: podríamos fotocopiar a los clásicos y tenderlos sobre un paño en las veredas a un cuarto del precio original. Pero, puestos uno frente al otro, se nos hubiera caído la piel a pedazos de pura vergüenza. Éramos combatientes de la cultura, no piratas.
La derrota nos sumió en el silencio y llegué a creer que la coraza de mi amigo se había transformado en un peso demasiado grande para él. Nos deshicimos de los libros casi regalándolos y sentí que estábamos pisando el fondo de un pozo.
Pero Alonso salió a flote y enfrentó el fracaso con el pecho inflado, culpando a los clientes.
–Se entumieron y ya no leen. Pero están obligados a comer. Eso no pueden evitarlo –afirmó.
Y así iniciamos el nuevo negocio.
Tuve entonces la sensación de estar condenado a vivir siempre en blanco y negro, como en una película antigua. Pero a Benito no le entraban balas y siguió hablando con palabras guerreras. Dijo que el objetivo en este nuevo frente de batalla no sería el cerebro, sino el estómago.
Haríamos pan.
Todos comen pan todos los días. No había razón para que no tragaran nuestro amasijo si les dábamos la calidad y el precio corriente de mercado.
–Santiago no es otra cosa que una piel de leopardo –dijo, pálido como una masa cruda–. Son las manchas del subdesarrollo.
–¿A qué te refieres? –pregunté.
–Digo que los habitantes de la capital tienen mentalidad provinciana. Más bien dicho, tienen espíritu campestre.
–¿Y qué hay con eso?
–¿No te das cuenta?
–No.
–Escucha: pueden firmar un cheque, reventar una tarjeta de crédito y no pagar sus deudas. Pero si el compromiso es de palabra y les cobramos mirándolos, no serán capaces de negarse. Son campesinos con ropa deportiva. Llevan máscaras en la cara, pero bajo la frente tienen dos huecos por donde se puede mirar para adentro.
–¿No estarás pensando vender pan al crédito? –pregunté aterrado.
No podíamos competir con las grandes panaderías ni con los supermercados. Tendríamos que alejarnos de la necesidad y acercarnos al deseo. Al pan nuestro de cada día le añadiríamos nueces, aceitunas, sésamo, semillas de amapola o linaza. Más calidad, más precio.
–Repartimos y cuando volvamos a repartir, cobramos. Con el tiempo vamos a olvidar la inversión inicial y llegaremos a sentir que estamos vendiendo al contado. Repartir–cobrar–repartir–cobrar, ¿comprendes? Después ya no vas a saber cuál verbo está primero.
En realidad, no necesitaba tantos argumentos para convencerme. Salir de la incierta ficción de los libros para terminar con las manos metidas en la masa era un cambio más que aceptable para mí.
Parecíamos verdaderos anticristos convirtiendo los primeros panes en piedras y gastamos medio quintal de harina en hacer todos los moldes del mismo tamaño. Sabiendo que nuestro producto era perecedero, comenzamos el negocio con mucha esperanza y pocos panes. Si no los vendíamos, los comeríamos.
Las oficinas públicas son verdaderos cotos de caza para los vendedores ambulantes, todos con sus productos ocultos en bolsos deportivos. Decidimos empezar por ahí y sumarnos a ellos un día viernes, esperando que la proximidad del fin de semana estimulara a los compradores, pero nos detuvo el primer portero y nos trató como enemigos. Le explicamos, suplicamos, lloramos, y de todos modos nos mostró los colmillos después que Benito intentó sobornarlo con un pan de anís y tuvimos que desistir.
A medio día comprendimos que para vender cualquier cosa en un edificio es indispensable tener conexiones con los funcionarios que están dentro.
–¿Se imaginan si los dejáramos pasar a todos? –nos preguntó el último portero–. Esto se convertiría en una feria –se contestó a sí mismo, empujándonos a la calle.
Rebotamos en todos los edificios, públicos y privados. Alonso necesitaba defender su dignidad herida y me invitó a sentarnos en un banco de la Plaza de Armas. Ese día, cada uno lidiando con sus propios fantasmas en silencio, como si de pronto la gente hubiera desaparecido, terminamos abriendo los panes y arrojando las migas a las palomas.
Mi socio, después de regalar dos días de nuestro sudor a los pájaros, estuvo de acuerdo conmigo en salir a vender a campo abierto. No más edificios. Una semana después comenzamos a golpear puertas y tocar timbres de casas particulares.
Alonso tenía razón. Era indispensable mirar justo entre ceja y ceja.
Compramos un horno industrial de segunda mano, pero sólido, con dos bandejas y piso de ladrillos refractarios. El primer mes vendimos ciento cincuenta panes, el segundo doscientos y antes de terminar el tercero habíamos liquidado casi trescientos moldes. Enfrentamos nuestra primera crisis de crecimiento con los bíceps a punto de estallar y las suelas casi transparentes. Nos habíamos transformado en esclavos del trigo, inclinados toda la noche haciéndole reverencias a la masa, blancos de harina. Parecía que nuestras almas se nos escapaban de los poros a tomar un poco de aire. Ni siquiera teníamos tiempo para pensar. Nos despertábamos con los riñones en las manos y después salíamos a repartir y conquistar clientes nuevos. Pero decidimos aguantar el hambre y metimos nuestras primeras utilidades en una revolvedora eléctrica para darle descanso a los brazos.
