Explora más de 1,5 millones de audiolibros y libros electrónicos gratis durante días

Al terminar tu prueba, sigue disfrutando por $11.99 al mes. Cancela cuando quieras.

Una invitación
Una invitación
Una invitación
Libro electrónico279 páginas3 horas

Una invitación

Calificación: 0 de 5 estrellas

()

Leer vista previa

Información de este libro electrónico

Serendipia: un hallazgo valioso que se produce de manera accidental o casual.
Sinónimos: serendipidad, casualidad, carambola, chiripa.
Una Invitación
Dos adolescentes se embarcan en un buque rumbo a la guerra, sin imaginar que este viaje cambiará sus
vidas para siempre. Mientras uno se ve envuelto en acontecimientos históricos que marcarán el curso del
mundo, el otro enfrentará el desarraigo y la incertidumbre de un aventurero. Sus caminos, aunque diferentes,
estarán llenos de desafíos que los definirán, moldeados por intereses y responsabilidades opuestos.
En medio del conflicto, el nacimiento inesperado de un niño altera sus destinos de una forma irrevocable. Este
evento los separa, pero también los une, creando un lazo invisible que perdura a lo largo del tiempo. Sesenta
años después, un reencuentro les revelará la verdadera naturaleza de ese vínculo y les hará comprender que
sus destinos siempre estuvieron conectados.
Basada en hechos y fechas reales, Una Invitación es una historia conmovedora que revela la magnitud y
trascendencia de un conflicto histórico, mientras explora cómo las decisiones más simples, a menudo
tomadas al azar, pueden cambiar el curso de nuestras vidas. A veces, aceptar una invitación es el primer paso
hacia una serendipia que define nuestro destino.
IdiomaEspañol
EditorialPehoé Ediciones
Fecha de lanzamiento30 oct 2024
ISBN9789566131793
Una invitación

Relacionado con Una invitación

Libros electrónicos relacionados

Ficción general para usted

Ver más

Categorías relacionadas

Comentarios para Una invitación

Calificación: 0 de 5 estrellas
0 calificaciones

0 clasificaciones0 comentarios

¿Qué te pareció?

Toca para calificar

Los comentarios deben tener al menos 10 palabras

    Vista previa del libro

    Una invitación - Carlos Carvajal Hafemann

    CAPÍTULO 1

    LA INVITACIÓN

    MAYO 1914

    Encima de los ajados expedientes, un sobre tenía estampadas en púrpura las letras «AE».

    Al sentarse para examinar los gruesos expedientes, vio el sobre, lo abrió con cuidado y extrajo una hoja que tenía en su extremo izquierdo las mismas letras del sello; la extendió y leyó. José mostró su sorpresa levantando sus gruesas cejas. Puso a un lado la hoja e intentó concentrarse para trabajar, lo que solo logró a medias.

    Sin poder contener su curiosidad, se dirigió a la oficina de su ayudante, que se sorprendió al verlo entrar, rompiendo la rutina de salir solo al terminar su trabajo.

    –¿Cómo llegó este sobre a mi despacho?

    –Lo trajo un señor con uniforme. Le tuve que firmar un cuaderno y, con evidente reserva, me lo entregó.

    –¿Era un militar?

    –No, don José.

    Este lo observó interrogante.

    –Como los choferes en las películas –agregó el ayudante, intuyendo que su jefe quería más precisión.

    –¡Ah! Entiendo, gracias. –Y agregó–: Estaré corrigiendo los escritos para que a primera hora estén en los ficheros del tribunal.

    –Sí, don José –respondió tratando de ocultar su desánimo al constatar que su tarde estaba perdida.

    José se sentó cavilando. Era extraño que Agustín lo invitara a su club. No se veían desde el colegio. Tomando el primer expediente, se obligó a concentrarse. Ya, a trabajar o llegaré atrasado a dar la clase de hoy, pensó. Al final de la tarde, apurando el paso, se encaminó a la universidad.

    Antes de entrar, giró y miró la pesada fachada del exclusivo club. Trató de imaginarse su interior. Había pensado excusarse para no ir. Tenía la experiencia de que las invitaciones de Agustín eran siempre interesadas.

    Tres días más tarde, mirando cómo el aguacero golpeaba el amplio ventanal de su oficina, tomó una brusca decisión y, sin despedirse del ayudante, salió de la universidad protegido por su paraguas y evitando las amplias pozas, cruzó la ancha avenida en dirección al club y subió de dos en dos la escalinata del vestíbulo exterior. Golpeó con el grueso eslabón la pesada puerta. Se dispuso a esperar. Se sobresaltó al abrirse de inmediato una de sus hojas.

    Un hombre de gruesa contextura cubrió la entrada y con voz neutra preguntó qué se le ofrecía. Su actitud cambió de forma instantánea cuando le contestó quién lo había invitado.

    Lo hizo pasar y, presuroso, lo ayudó a sacarse el abrigo y le ordenó a un mozo, que salió detrás de unas densas cortinas, que lo condujera al salón donde estaba don Agustín. El paraguas y el humedecido abrigo fueron entregados a un tercer mozo, que salió quién sabe de dónde.

    Entró a un amplio salón, sintiendo cómo la alfombra envolvía sus húmedos zapatos. Volutas de humo ascendían del respaldo de uno de los sillones. Su guía se dirigió al frente de él y le dijo en voz baja.

    –Don Agustín, su invitado ha llegado.

    –Gracias, puedes retirarte.

    Con esfuerzo, se levantó y extendió sus brazos ofreciéndole la mano.

    –José, qué gusto verte después de tantos años.

    El aludido apretó una mano blanda y fría, escrutando la mirada que salía detrás de unos gruesos lentes.

    –Sí, han pasado sus buenos años, Agustín.

    –¡En los cuales te has convertido en un abogado famoso, hombre! –le dijo con un movimiento fugaz de unos labios que pasaban desapercibidos.

    –Y tú te has convertido en un próspero hombre de negocios –le retrucó mientras miraba la gran lámpara que colgaba del techo justo sobre la cabeza de Agustín.

    –Siéntate, siéntate, siéntate mientras te llevo un trago.

    –Muy poco. Casi no bebo, Agustín.

    Se dio una vuelta y le respondió.

    –No sabes lo que te pierdes. Este whisky tiene cincuenta años y el hielo del club se hace con agua destilada.

    –Más va a durar –respondió con una amplia sonrisa.

    Quedaron frente a frente separados por una mesa con cubierta de mármol. Agustín lo miró un breve instante antes de hablar.

    –Como debes suponer, por mis negocios tengo buenos contactos, no solo aquí, sino también en el extranjero. –Hizo una leve pausa y siguió–: Tú me conoces, no hago rodeos cuando pido un favor. Voy directo al asunto. Quiero pedirte que seas, digamos, no muy acucioso en el pleito que llevas en el Primer Juzgado. La contraparte es muy importante y, cuando me dijo el nombre del abogado de la parte querellante, recordé nuestra vieja amistad y me comprometí a hablar contigo. –Esperando la respuesta, aspiró el puro y el humo vagó por su rostro.

    José lo miró fijo, mientras Agustín movía el hielo en el vaso en forma rítmica.

    –Mira, Agustín, no me paro ni me voy de inmediato porque te conozco cómo eres y me lo dices desde la partida, sin vueltas. Me tomo unos sorbos de tu medio siglo con hielo estéril y, si no hay más que hablar, será como si no nos hubiéramos visto.

    El fuerte tono sorprendió a Agustín.

    –No lo tomes así, hombre, yo en realidad, más que nada, te quería ver, saber de ti, y esto era solo una excusa –dijo dando un brusco giro a la conversación.

    José logró entrever la mirada acuosa de sus ojos, que le hizo recordar cuando le rogaba ir a su casa para enseñarle las materias que no comprendía. Ambos sabían que, si no lo hubiera ayudado, nunca habrían terminado los estudios juntos.

    –Bien, Agustín, para ser igual de sincero, yo vine por curiosidad, para conocer este club y también para saber algo de ti.

    –¿Te gustó el lugar? Si quieres te lo muestro entero.

    –No, gracias, aquí estamos con buena calefacción. –Y dirigiendo la mirada al cuadro que colgaba a su lado, dijo–: Además, está este impresionante óleo que solo lo había visto en fotos.

    –¿Cuál? –preguntó sorprendido girándose para mirar a ambas paredes.

    –El que está a tu derecha, donde se está hundiendo el buque del héroe. Aunque para mí es muy relevante el buque que se dirige hacia el sur, la Covadonga.

    Esa frase los llevó a una conversación imprevista.

    –Lo de la Covadonga solo fue suerte –respondió.

    José volvió a mirar el buque que se estaría hundiendo eternamente en el magnífico óleo. Dudó antes de seguir, pero se sintió libre de decir lo que pensaba. Antes de responder, volvió a mirar otra gran lámpara que colgaba en el techo, pensando que, si se soltaba, rompería la mesa que los separaba. Tomó un corto sorbo de su vaso y le dijo:

    –Mira, Agustín, no fue azar. –Dejó de mirar la luz en el techo y, al volver a observar con detención el cuadro, fue invadido por sus recuerdos.

    El silencio que siguió inquietó a Agustín, el que aumentó al verlo levantarse en silencio y ponerse a cierta distancia con la vista fija en el óleo, estático, absorto. Trató de retenerlo.

    –José, el verdadero héroe es el que muere cumpliendo con su deber, por la patria, por un ideal, respondiendo con su vida, en el momento justo para entregarla –dijo tratando de mostrar firmeza.

    Él dudó entre argumentar o no, pero tampoco quería salir tan pronto a la lluvia. Se sentó y lo miró.

    –José, tienes que reconocer que en esa batalla solo hubo un héroe –insistió Agustín con voz apenas audible.

    –Mira, en parte estás equivocado, en gran parte. Para mí, el que tiene un temple, una forma propia de encarar lo que le toca vivir y logra tener dentro de sí la forma de hacer lo justo en un momento de decisión última, también es un héroe. Se manifiesta en su acción, incluso en actos en los que se juega la vida, la propia y la ajena. No es héroe solo el que muere luchando por sus convicciones. –José se detuvo al ver la cara de asombro de alguien que no entiende lo que se le dice. Realizó un último esfuerzo argumentativo–. Prat es un héroe mártir, es un símbolo para la patria por su valor, y su radical compromiso moral lo hace inmortal. Condell, en condiciones de increíble desventaja, permite que la escuadra chilena logre el dominio total del mar, y, a la larga, ganar la guerra. En definitiva, al sobrevivir se convierte en un héroe exitoso, no en mártir. Los héroes mártires tienen eterna veneración; en cambio, los héroes que sobreviven, con el tiempo, se hacen borrosos en la historia.

    Se quedó absorto viendo cómo Agustín movía el hielo de su vaso cada vez con más rapidez. Cesó al beber un sorbo.

    –Lo pensaré, José, lo pensaré. –Trató de agregar algo, pero captó su mirada y optó por callarse.

    Agustín se perturbó al observar que José se levantaba con el movimiento resuelto de quien se apresta a partir. Tenía presupuestado que iba aceptar su petición y, en retribución, le pagaría con una espléndida comida. No estaba acostumbrado a que se fuera alguien antes que él lo decidiera. En ese instante, le llegó como un ramalazo el recuerdo de cuando eran jóvenes y José se cansaba de explicarle algo que él no lograba captar. Hacía ese mismo movimiento que lo obligaba a rogarle para que se quedara un tiempo más, hasta lograr comprender. Se sobrepuso al malestar de ese oscuro recuerdo y, obligándose a salir de su cómodo sillón, lo tomó de un brazo y le dijo:

    –Tengo todo ordenado para que cenemos. –Levantando sus delgados labios, agregó–: La cocina de mi club es la mejor de la capital, sino del país.

    –Gracias, Agustín, pero debo irme. –Lo invadió la urgente necesidad de salir.

    –Qué pena, pero, en fin, te agradecería juntarnos aquí para terminar de conversar sobre el tema de los héroes. –Y agregando–: Yo sé que tú eres buen lector, un hombre teórico, en cambio yo soy un hombre práctico.

    –Nos comunicamos –respondió lacónico su antiguo amigo.

    En el vestíbulo el mozo lo ayudó a colocarse el abrigo. Con agrado sintió que estaba seco y tibio, al igual que el paraguas que le tendían. Salió a la avenida viendo entre la lluvia cómo la luz del tranvía la cortaba en dos. Antes de comenzar a bajar por las amplias escaleras, e intentando abrir el paraguas, un hombre con gorra sin adornos se le acercó corriendo y a media voz le dijo:

    –Don José, quédese aquí, al resguardo, por favor. Don Agustín me ordenó decirle que estoy para llevarlo donde usted necesite, mire que la lluvia está muy fuerte.

    José titubeó, observó los desagües tragando los chorros de agua y, al alzar la cabeza, vio alejarse el autobús que le servía. Aceptó el ofrecimiento.

    –Gracias, don José, porque el patrón me exigió que lo llevara a toda costa, sino yo tendría problemas. Por favor, espere, yo voy a traer el auto para que no se moje –dijo con alivio.

    –De acuerdo, lo espero.

    Se quedó meditando que por primera vez alguien se había preocupado de entibiar su abrigo y lo había ayudado a ponérselo. Se preguntó si ese alguien sería el mismo que lo ayudó a sacárselo. Viendo acercarse la máquina, bajó los escalones, se instaló en su cálido interior y dijo en voz alta:

    –Algunas ventajas tiene ser práctico y no teórico –señaló mientras observaba risueño la atónita mirada que le llegaba por el espejo retrovisor.

    Agustín se serenó y se alegró cuando le informaron que José había aceptado ir en su automóvil. Tiene que reconocer quién soy yo, se autoafirmó, soy un hombre de éxito. Este último pensamiento le hizo olvidar el desagrado que le produjo la reacción de José al pedirle solo un pequeño favor.

    Sintió hambre. Tomó la campanilla, llamó y solicitó la carta para seleccionar qué comer, y más hielo. Arrellanándose en el sillón, lo envolvió un creciente agrado, tenía plena seguridad de que, en el fondo, su molesto excompañero de colegio lo envidiaba.

    Repasó lo que habían conversado y se puso a planificar. Ordenaría a sus secretarias que buscaran información referente a qué es un héroe.

    Golpearon la puerta y entraron dos sirvientes. Uno de ellos conducía un carrito con un plato tapado y una pequeña bandeja con cubiertos. A Agustín le agradaba ver el brillo del servicio de plata. Su acompañante llevaba una pesada bandeja con licores. Estaba lo pedido. Recuperó el buen humor. Bebió de un tirón el aperitivo. Le preguntaría al chofer qué cara puso José al subirse a su auto calefaccionado.

    Se hundió en turbias reflexiones. A su socio le diría que le había dejado en claro al abogado que llevaba el pleito en su contra su interés de que las cosas marcharan bien. Como consecuencia, su socio quedaba en deuda con él. Algún día se lo cobraría.

    No tenía apuro en ir a su casa, lo esperaba el mayordomo. Su mujer siempre regresaba muy tarde de sus compromisos sociales. A él no le interesaba de lo que trataban esas reuniones, ni quiénes asistían. Ella solo lo molestaría para pedirle que le diera para cubrir lo que llamaba sus necesidades.

    CAPÍTULO 2

    LOS ELEGIDOS

    MARZO 1879

    La humedad del muelle les traspasaba las alpargatas en cada paso que daban, pero estaban felices, los habían admitido en la Armada. Tenían la esperanza de que pronto los embarcarían para el norte. Habían escuchado que la guerra era inminente. Soñaban con ser tripulantes de un buque de guerra y no estar destinados a uno de transporte. Veían cómo los marinos subían en los buques que aún quedaban en el muelle. La mayoría habían partido con rumbo desconocido.

    Manuel hablaba sin interrupción.

    –Qué suerte. Eran más de cincuenta cabros que querían lo mismo y justo nos eligieron. Oye, Antonio, tú no tenís dieciséis años como le aseguraste al sargento, ¿cierto?

    –No, tengo quince recién cumplidos.

    –Lo hiciste leso solo porque eres alto y flaco, más alto que yo, como una cuarta parte.

    Antonio respondió riéndose.

    –Cierto, y con mejor pinta.

    Se despidieron al salir del muelle quedando de acuerdo en reunirse en el mismo lugar antes del amanecer. Debían presentarse a las seis de la mañana en el cuartel de la Armada. Recibirían instrucción básica, según les había explicado en forma escueta el sargento a cargo de los novatos.

    Al término de cada día de instrucción, camino al muelle, se entretenían comentando lo que les habían enseñado. Se sentaban en el borde de las gruesas vigas húmedas, viendo cómo cargaban los buques, apostando quién reconocía más rápido el nombre de los barcos que entraban y partían. Además de las actividades físicas, les impartían rudimentos de conocimientos marítimos y de historia. Así se enteraron de la razón del inminente conflicto con Bolivia.

    Mostrándoles mapas, les habían enseñado que había pueblos mineros construidos en territorio boliviano al interior de Antofagasta, construcciones dispersas en el desierto de Atacama, que se dedicaban a extraer el caliche del duro suelo del desierto y lo procesaban hasta obtener salitre, el cual tenía alta demanda en los países europeos para poder fertilizar sus tierras agotadas. En cada clase les insistían que los legítimos dueños de las numerosas instalaciones, llamadas oficinas salitreras, eran en su enorme mayoría ciudadanos chilenos o ingleses.

    Comprendieron lo que causó el conflicto: en 1878 Bolivia impuso a la industria salitrera un decreto por el cual se gravaba en diez centavos cada quintal de salitre que se exportara, rompiendo el tratado de 1874, donde quedó estipulado que el Gobierno boliviano se comprometía a no exigir en el futuro una nueva contribución de cualquier tipo a dicha industria. Las empresas se negaron a pagar el nuevo impuesto. El Gobierno boliviano reaccionó dictando un decreto mediante el cual se confiscaban todas las oficinas salitreras.

    Esos diez centavos fueron el inicio de lo que llegaría a ser la guerra del Pacífico.

    El 14 de febrero de 1879 Antofagasta amaneció con tres buques de la Armada chilena fondeados en su bahía, desde donde desembarcaron dos compañías para tomar posesión de la ciudad. Bolivia emitió una proclama el 26 de febrero que afirmaba que aceptaba la guerra sin provocarla. El 1 de marzo reafirmó lo anterior, basado en un decreto que facultaba al presidente de la nación boliviana, Hilarión Daza, a dirigir las operaciones de la guerra no declarada; por una ley, se le permitía mandar personalmente las fuerzas armadas de su país. Daza nunca declaró en forma oficial la guerra a Chile, a pesar de enviar numerosos decretos para afrontarla.

    El Gobierno chileno tomó conocimiento de la existencia de un tratado secreto suscrito en 1873 entre Perú y Bolivia, mediante el cual se obligaban a unir sus fuerzas armadas si cualquiera de los dos países entraba en un conflicto bélico.

    En Chile se dio a conocer a la ciudadanía la existencia del tratado, que ambos países realizaban movimientos de tropas y que los buques de guerra de Perú estaban siendo alistados para entrar en acción.

    Chile le declaró la guerra a esta nueva alianza Perú-boliviana el 5 de abril de 1879.

    Los dos grumetes debían casi recitar en cada clase estos hechos históricos.

    CAPÍTULO 3

    POR DIEZ CENTAVOS

    Una semana antes de la declaración de guerra, la guarnición naval dio término a las clases de instrucción y se ordenó acuartelamiento general a partir de las 0.5 horas del día siguiente.

    Los veinte adolescentes salieron felices, dando hurras, como si los hubieran invitado a una fiesta, para contarles la orden a sus padres y conocidos.

    Antonio estaba intrigado sobre el porqué Manuel siempre se despedía en el muelle y que jamás le refería algo sobre su familia.

    –Manuel, te acompaño a despedirte de los tuyos y después te quiero presentar a mi abuela, para que la conozcas antes de embarcarnos.

    Al terminar de hablar, notó los ojos húmedos de su amigo, por lo que se atrevió a decirle.

    –Los verdaderos amigos se cuentan sus cosas y se ayudan.

    Se inquietó al observar que se quedaba en silencio.

    –¿Tienes algún problema o no quieres embarcarte?

    –Es lo único que quiero. –Manuel se detuvo, giró y así pudo verlo de frente antes de comenzar a narrarle cómo había subsistido en el puerto durante meses.

    –No tengo a nadie conocido aquí, me las he agenciado para comer y dormir durante todo este tiempo gracias a que estoy acostumbrado a hacerlo. No me estoy quejando y menos pidiendo ayuda, si algo tengo claro desde chico es que o uno se las arregla para vivir o te matas de a poco bebiendo como loco, o lo haces de un viaje. Aquí me las he arreglado trabajando en el bar de los marinos después de salir de la instrucción. La dueña me paga con la comida y me permite dormir en un rincón luego del cierre, en lo poco de noche que queda. Por suerte, algunos de los marinos me dan unas chauchas con las que me he comprado las pocas pilchas que tengo.

    Se produjo un incómodo silencio. Antonio lo miraba sorprendido, sin decir una palabra. Pudo entender por qué lo vio adelgazar de manera tan rápida y por qué tenía que pegarle codazos para que se despertara en las clases. Insistió en la invitación a su casa, dándose cuenta de que Manuel

    ¿Disfrutas la vista previa?
    Página 1 de 1