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James Lord llegó a París en 1945 y pronto entró en contacto con numerosos artistas. Alberto Giacometti pintó su retrato en 1964 y el texto que ahora se ofrece es un relato de las dieciocho sesiones de pose, que Lord escribió a partir de sus anotaciones y recuerdos.
"Sin duda –escribe Lord– cualquiera que conozca bien a Giacometti le habrá oído decir en alguna ocasión que, por primera vez en su vida, estaba a punto de conseguir algo de verdad. Y, sin duda, su convicción era sincera en aquel momento. Pero, para un observador externo, podría parecer que la obra que ha provocado esta relación no es radicalmente diferente de las que la precedieron. Más aún, en realidad no le parecerá una obra muy distinta de las que vendrán después, algunas de las
cuales, sin duda, producirán en él la misma reacción. En suma, esta reacción parece más una expresión de toda su actitud creativa que de su relación momentánea con cualquier obra de arte en proceso. Probablemente, Giacometti lo negará, pero yo creo que es cierto."
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Retrato de Giacometti - James Lord
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index-17_1.pngAlberto Giacometti, Retratro de James Lord, 1964. Primer estado.
Giacometti viajó a Londres el martes. Deseaba contemplar las salas de la Tate Gallery, donde ese mismo verano iba a tener lugar su retrospectiva. Aunque le gustaba Londres y tenía amigos allí, siempre pensó que no podía perder el tiempo a expensas del trabajo y, en consecuencia, había decidido estar fuera solo unos días y regresar a París el viernes. Acordamos que, tan pronto estuviera de vuelta, posaría para él. Tan solo pensaba hacer un boceto rápido sobre lienzo, que le llevaría una hora o dos, como mucho una tarde.
El sábado era doce de septiembre. Llegué al estudio hacia las tres de la tarde. No hubiera sido ninguna sorpresa descubrir que Giacometti se había ausentado. Sus planes siempre estaban sujetos a cambios inesperados. Sin embargo, allí estaba, sentado en la habitación del teléfono, mirando al suelo. Le pregunté qué tal lo había pasado en Londres y tan solo contestó: «Bien.» Me contempló con curiosidad durante un minuto y dijo: «¿Trabajamos un poquito?»
Bajamos al patio que conduce a su estudio. Se puso a trabajar en una esbelta figura femenina de barro, de unos sesenta centímetros de alto y que había sido su preocupación constante en las semanas anteriores. A veces murmuraba, «¡Merde!», y de vez en cuando pellizcaba otra figura de barro más pequeña, que reposaba a su lado.
«Trabajaremos un poco», dijo, «pero solo un poco, ya que también tengo que dedicarme al busto de Diego.»
Diego Giacometti es el hermano de Alberto, ayudante, modelo y su mejor amigo. Su estudio tan solo está a nueve metros del de Alberto, atravesando el patio, detrás del dormitorio y la habitación del teléfono. Allí hace los moldes de escayola de las esculturas de su hermano, las pátinas de los bronces y también dibuja y trabaja en bronce algunos de los muebles más bellos que se hacen hoy en día. El busto al que se refería Alberto, uno de los muchos que había hecho de su hermano, tenía cuarenta y cinco centímetros de alto, estaba modelado directamente del natural y no estaba muy distorsionado. Permanecí de pie junto a la mesa polvorienta y desordenada, justo debajo de la gran ventana del estudio.
Me senté en una silla de mimbre y esperé. Alberto parecía estar en uno de sus momentos más sombríos. Exclamó varias veces que nada de lo que hacía era bueno, que no sabía hacer nada y que no había ninguna esperanza de que aquello fuera a cambiar. Pasaron diez, quince, veinte minutos. Me miraba de vez en cuando. En una de las estanterías de esculturas había un gran busto envuelto en plástico. De pronto, comenzó a quitar el plástico, descubriendo las vendas que había debajo, que quitó una tras otra cuidadosamente, arrojándolas al suelo. Era como si estuviera descubriendo a una momia de cientos de años.Alberto estaba sorprendido y contento de que las vendas estuvieran todavía húmedas, ya que habían transcurrido tres meses desde que trabajara en ese busto, un retrato al natural de un amigo*. Comenzó a escarbar, presionar y apretar el barro tan violentamente que algunos pedazos cayeron al suelo. Después de unos quince minutos, fue al patio y volvió con una palangana llena de agua, mojó las vendas y las colocó cuidadosamente en torno al busto. Volvió a trabajar en la esbelta figura. Pasó algún tiempo. De pronto, se volvió súbitamente y comenzó a ordenar unas figuras de bronce que estaban en una esquina del estudio, que sonaron y repiquetearon al entrechocar unas con otras. Había pasado casi una hora. Parecía evitar desesperadamente el momento de empezar a trabajar en algo nuevo. Era consciente de la dificultad que suponía hacer visible a los demás su propia visión de la realidad, y por ello se acobardaba ante la necesidad de intentarlo de nuevo. De hecho, habría dilatado lo más posible el acto decisivo de comenzar.
Sin embargo, finalmente puso el caballete en su sitio y frente a él colocó un pequeño taburete, ajustando cuidadosamente las patas delanteras a unas marcas rojas pintadas en el suelo de hormigón del estudio. Había unas marcas similares para las patas delanteras de la silla del modelo y pidió que me pusiera en mi sitio con igual precisión. Entonces llegó el momento de elegir el lienzo. Tenía a mano cuatro o cinco lienzos preparados que examinó con atención. Después fue a inspeccionar cada uno de los cuadros del estudio, unos doce o quince, mascullaba irritado, se quejaba de que ocupaban mucho sitio y terminó tirándolos al suelo. Finalmente, eligió un lienzo y lo colocó sobre el caballete. Al lado de su taburete colocó otro que sostenía un montón de pinceles viejos y un pequeño plato. De una botella de cuarto de litro vertió gran cantidad de trementina en el pequeño plato, tanta que rebosó y parte se derramó en el suelo. Alberto cogió su paleta, un montón de pinceles y se sentó.
Estaba colocado de tal forma que su cabeza se situaba a un metro veinticinco centímetros de mí y en un ángulo de 45 grados respecto al lienzo frente a él. No me indicó qué pose debía adoptar, pero pidió que le mirara directamente a los ojos, con la cabeza bien alta. Durante las sesiones, a menudo diría: «¡Mírame!» o «¡déjame que te vea!» o simplemente, «¡eh!», lo cual quería decir que tenía que mirarle directamente a los ojos. No crucé las piernas como solían hacer sus modelos, pues tenía miedo de que se me durmieran. Las dejé entreabiertas, con los pies bajo la silla y las manos colgando entre ellas, de forma natural.
Me miró durante un minuto antes de comenzar a pintar y dijo: «Tienes cabeza de bruto.»
Sorprendido y divertido, contesté: «¿Lo crees de veras?»
«¡Cómo!», exclamó, «pareces un auténtico matón. Si pudiera pintarte tal y como te veo, la policía te arrestaría de inmediato nada más ver el cuadro.»
Me reí. Él dijo: «No te rías, no estoy aquí para hacer reír a mis modelos.»
Entonces comenzó a pintar, sostenía un pincel largo y fino por la punta, casi a la distancia del brazo, primero lo sumergía en el plato con trementina, tocaba uno de los pegotes de pintura de su paleta y después lo movía sobre el lienzo. Al principio, solo pintó con negro. Me miraba constantemente mientras trabajaba, a mí y al espacio circundante. Era evidente que lo que pintaba incluía todo su campo de visión. Nunca daba más de cuatro o cinco pinceladas sin mirarme y se alejaba del lienzo una y otra vez, contemplando y estudiándolo a través de sus gafas, con los ojos entornados. Mientras trabajaba solía encender un cigarro que sostenía en su mano izquierda, donde también tenía la paleta y los pinceles, pero solo daba alguna calada ocasional y terminaba tirando la colilla al suelo. Al pintar, solía hablar y su humor sombrío parecía disiparse por un momento.
Hablamos de su viaje a Londres, al que le había acompañado su mujer, Annette. Mencionó lo mucho que había disfrutado con su amigo el crítico David Sylvester, así como con el pintor Francis Bacon, cuyo humor e inteligencia apreciaba sobremanera.
«Pero solo tuve media hora para ir a la National Gallery», precisó, «y no vi a Rembrandt deliberadamente ya que, si lo hubiera hecho, no habría podido contemplar nada más. Sin embargo, sí vi el retrato de La Vielle au rosaire de Cézanne. Es el mejor. También vi un retrato de van Eyck, Hombre con turbante rojo. Él debía estar mucho más lejos que yo del modelo cuando pintó aquel cuadro.»
«Pensé que era al revés», dije, «ya que es tan minucioso.»
«En absoluto. Si estuvieras treinta centímetros más lejos de mí, tu cabeza parecería cuatro veces más pequeña de lo que crees.»
Media hora más tarde apareció Diego diciendo que llamaban a Alberto por teléfono. Tan pronto se fue, di un salto y fui a ver lo que había hecho. Utilizando un pincel
