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El ballet es sacrificio, sudor y lágrimas…muchas lágrimas.
También es mi sueño, mi pasión. Toda mi vida.
O lo era, al menos.
Desde que una grave lesión de rodilla destrozase todo lo que amaba, me encuentro sin rumbo.
Comprar una pequeña academia de baile en un pueblo del sur de España no ha sido la mejor de mis ideas.
Pensé que era el mejor modo de mantenerme en contacto con mi pasión. Ahora veo que no es lo mismo.
Y aquí me encuentro; hasta arriba de deudas, viviendo en un pequeño pueblo y con una academia que ha visto tiempos mejores.
Y encontrándome cada día a la madre de una de mis alumnas, que, por alguna razón, consigue ponerme demasiado nerviosa.
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Bailarina - Clara Ann Simons
Bailarina
Clara Ann Simons
Bailarina
Clara Ann Simons
Copyright © 2022 por Clara Ann Simons.
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Registrada el 06/03/2022
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Todos los personajes, situaciones entre ellos y sucesos aparecidos en el libro son totalmente ficticios. Cualquier parecido con personas, vivas o muertas o sucesos es pura coincidencia.
La obra describe algunas escenas de sexo explícito por lo que no es apta para menores de 18 años o la edad legal del país del lector, o bien si las leyes de tu país no lo permiten.
La portada aparece a afectos ilustrativos, cualquier persona que aparezca es una modelo y no guarda ninguna relación en absoluto con el contenido del libro, con su autora, ni con ninguno de los protagonistas.
Para más información, o si quieres saber sobre nuevas publicaciones, por favor contactar vía correo electrónico en claraannsimons@gmail.com
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 1
ALLEGRA
El estudio se encuentra en el extremo norte del pueblo. Pequeño y sencillo, con un cartel a la entrada que dice Clases de ballet
.
En cuanto me adentro en el edificio, se me cae el alma a los pies. Es diminuto y el desgastado suelo de madera cruje a cada paso que doy. Las pequeñas salas están bien iluminadas, rodeadas de espejos en buen estado, pero huele a lejía. No es el característico olor a sudor y a lágrimas que debería tener un buen estudio de ballet.
En ese momento sé que he cometido un tremendo error. No, la palabra tremendo no empieza ni siquiera a describir su tamaño. Es monumental, gigantesco. A falta de una palabra más adecuada para describirlo, he cometido la mayor gilipollez de mi vida. No puedo entender el motivo por el que la señora que me lo enseña está tan entusiasmada, supongo que por poder quitarse la pequeña academia de baile de encima para siempre.
¿En qué momento se me había ocurrido comprar ese pequeño estudio de ballet? A veces parezco imbécil, he cometido muchos errores en mi vida, pero esta decisión se lleva la palma.
Para mi desgracia, conozco bien el motivo. La razón por la que lo he hecho se hace notar en cuanto subo el escalón y un dolor punzante atraviesa mi rodilla derecha forzándome a apoyar una mano en la pared.
¡Qué mierda, joder! Esa lesión de rodilla ha puesto fin a mi carrera como bailarina. Aquella tarde en la que el traumatólogo me indicó que jamás volvería a bailar fue la más triste de mi vida. Lloré y lloré hasta que no me quedaron más lágrimas. El ballet era lo único que conocía, lo era todo para mí, no sabía hacer otra cosa. Desde que dejé mi Italia natal siendo una niña para entrar en una prestigiosa escuela de París, mi existencia había girado en torno al baile. Ahora, una mala caída lo había mandado todo a la mierda.
Tumbada en la cama en posición fetal, cansada de llorar y compadecerme, cometí el mayor error de mi vida. Aquella academia de baile en venta, en un pequeño pueblo del sur de España me estaba llamando. Sin ni siquiera pensarlo, hice una oferta por ella, que su dueña aceptó sin pestañear, y ahora, al ver este sitio, comprendo por qué.
Debería haberlo visitado antes. Ni siquiera había visto el tamaño del pueblo, supongo que entré en pánico por mi futuro. Imagino que mi mente no pensaba con claridad o me dejé llevar por sus preciosas casitas blancas. En aquel momento hasta me pareció una buena idea. Era como si estuviese tomando las riendas de mi vida, era yo quien decidía, ya no era una marioneta de las compañías de baile y sus intereses. No iba a dejar el ballet porque mi rodilla me impidiese bailar. Seguiría adelante.
Parecía un buen compromiso, enseñaría a las nuevas generaciones los pasos que tanto amaba, el valor del sacrificio, del sudor, de las lágrimas.
Lágrimas que en este instante brotan de mis ojos al asomarme a una de las clases y observar que hasta los niños más pequeños pueden disfrutar de lo que tanto amo y ahora se me niega. Puta rodilla; su dolor me recuerda constantemente todo lo que he perdido.
—¿Te encuentras bien?—pregunta la antigua dueña de la academia al percatarse de que me limpio las lágrimas que ruedan por mi mejilla.
—Sí, tranquila. Es que al ver a los pequeños en la clase me ha recordado a cuando yo era una niña y empezaba a bailar, eso es todo—miento para disimular mi desesperación.
Y ahora estoy atrapada en un pueblo del sur de España, con un diminuto estudio de danza colgando de mi cuello como una rueda de molino. Aquí están todos mis ahorros, por no hablar de los préstamos que he pedido para comprar este dichoso negocio. He metido la pata hasta el fondo y la realidad me acaba de dar un tortazo en toda la cara. Al menos, compartir habitación en la academia durante cuatro años con aquella chica de Vigo había servido de algo en cuanto al idioma.
—Y esta es la sala más grande del estudio—señala la mujer que me lo está mostrando—. Solemos utilizarla para los alumnos más avanzados, aunque, por supuesto, ahora puedes usarla como quieras—aclara.
—Creo que más tarde tengo una clase aquí—le respondo, esperando haber memorizado bien los horarios antes de venir.
Ahora dudo de que mi decisión de empezar dando clases el primer día sea la adecuada. Siempre he bailado, nunca he dado clases. Sí, es cierto que he trabajado desde niña con algunas de las mejores profesoras de ballet del mundo hasta convertirme en profesional, pero, de pronto, la idea de dar clases a niños me aterra. O quizá es la propia situación en la que me he metido la que me da pánico.
—Así es. Es solamente una clase abierta para principiantes que quieran probar el ballet. La solemos dar gratis una vez al mes para captar posibles clientes. ¿Estás segura de que quieres dar esa clase tú misma? Es muy básica, puede encargarse una de mis chicas. Perdón, de tus chicas—se apresura a corregir la mujer.
—Lo haré yo—le aseguro inhalando una gran cantidad de aire y soltándolo poco a poco mientras echo un último vistazo a la sala.
Parece estar en mejores condiciones que las otras más pequeñas, aunque uno de los espejos está roto e imagino que tendré que esperar un buen tiempo hasta tener el dinero suficiente para repararlo. Por suerte, lo está por una esquina. No influirá en el desarrollo de las clases, pero queda mal.
—¿Por qué hay tantas sillas en la sala de baile? Quitan espacio—pregunto confusa al ver que ocupan una buena parte de la sala.
—Es para las madres. Les gusta ver a sus hijas bailar—responde la antigua propietaria con total naturalidad, mirándome como si estuviese loca por no saberlo.
Suspiro entornando los ojos y sacudiendo ligeramente la cabeza. Lo último que necesito es que las madres se metan en la sala de ballet cuestionando mis decisiones. Me he formado en dos de las mejores academias del mundo, primero en París y más tarde en Nueva York. Jamás una madre pisó el edificio si no era para acudir al despacho de la directora del centro.
Supongo que será un largo proceso de aprendizaje hasta que me acostumbre. Si quiero conservar a mis alumnas debo tener a sus madres contentas, aunque eso suponga dulcificar la realidad. En París, las aspirantes a bailarina estábamos dispuestas a dar nuestra vida por poder bailar como profesionales.
Las profesoras no tenían que preocuparse de nuestros sentimientos, éramos simplemente una petit rat
. Una pequeña rata sin más derecho que la suerte de trabajar cada día hasta que nos sangrasen los pies para seguir en esa academia. Menos mal que la otra profesora había decidido quedarse, tengo demasiado que aprender.
—Muy bien—dice la antigua propietaria sacando un juego de llaves de su bolsillo y extendiendo el brazo para entregármelo—. Creo que no me queda más por hacer que desearte muy buena suerte. Espero que te adaptes a nuestro pequeño pueblo, para los niños será toda una aventura tener a una bailarina profesional como profesora.
Fuerzo un esbozo de sonrisa en mi cara, aunque no sé bien si lo llego a conseguir. Me pregunto si la gente del pueblo estaría dispuesta a poner a sus hijas en mi nueva academia si supiesen lo mucho que odio ya estar en este lugar y lo que me arrepiento de haberla comprado. Sin embargo, ya no hay vuelta atrás. Estoy atrapada en este sitio para una buena temporada. Para bien o para mal, debo seguir adelante.
Al marcharse la mujer, la sensación de agobio es aún mayor. Realizo varias respiraciones profundas para calmarme, al igual que hacía antes
