La desaparición del futbolista militante: Una historia de deporte, política y traición
Por Guy Chiappaventi
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Esta novela apasionante reconstruye la increíble historia del futbolista de la Lazio Maurizio Montesi, un personaje contradictorio y atormentado, espejo de una época y encarnación de un fútbol muy alejado de la gomina y los tatuajes.
«En Italia todo va bien siempre y cuando no se digan nombres ni se ataque el fútbol. Hice ambas cosas».
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La desaparición del futbolista militante - Guy Chiappaventi
A la chica de la camiseta azul que, hace tantos años,
se asomaba tímida desde el último banco de via Novaro
Montesi puede culpar a los gobiernos que han llevado a las masas a buscar ilusiones de redención mitificando el fútbol. Pero aquí y ahora debe vérselas con la realidad, que lamentablemente no es nada alegre.
GIULIANO ZINCONE,
«¡Montesi, faccia la grazia!»,
Corriere della Sera, 4 de enero de 1979
Maurizio Montesi, el joven jugador de la Lazio, parece haber sido uno de los pocos que quiso no perder la dignidad. El escándalo de las apuestas es enorme.
ENRICO DEAGLIO,
Patria 1978-2010
No soy una res del mercado ganadero […]. Quizá la única posibilidad que tengo de llamar la atención es no dejar de tocar los cojones. Por ejemplo, en las entrevistas, no hablar de fútbol en un sentido consumista.
MAURIZIO MONTESI,
entrevista en Lotta Continua,
23 de diciembre de 1978
Este libro es una dramatización de hechos reales. Algunos nombres se han cambiado y algunos eventos y personajes han sido novelados, modificados o reconstruidos con un propósito narrativo.
I. PRÓLOGO. ROMA, NOVIEMBRE DE 2018
Guarda che non sono io quello che stai cercando.1
FRANCESCO DE GREGORI, «Guarda che non sono io»
No está muerto. Está vivo. No tiene asuntos pendientes con la justicia, no es un prófugo. No ha huido al extranjero. Está en Roma, vive cerca de donde creció. Regresó cuando la condena ya había prescrito y casi todos se habían olvidado de él, cuarenta años es mucho tiempo para cualquier victoria, cualquier derrota y cualquier escándalo, es el tiempo de dos generaciones: no se hizo rico, fue un obrero del fútbol y a otro fútbol jugaba, el de las camisetas de lana con los dorsales del uno al once, sin patrocinadores, el de los partidos que empezaban todos el domingo por la tarde a la misma hora y en los que solo se podían hacer dos cambios, los estadios no estaban cubiertos, los asientos no estaban numerados, las entradas no eran personales e intransferibles, no había música durante el calentamiento. Él era un futbolista moderno, adelantado a su época, los años setenta y ochenta, pero hijo de aquella: un camarada con los pies atados, un futbolista militante con una hermana detenida por pertenencia a banda armada que en la comisaría se había declarado «presa política y miembro de las Brigadas Rojas».
Los jóvenes no saben quién es, los viejos lo han olvidado, algunos deliberadamente porque no quieren recordar la compraventa de partidos y las apuestas trucadas de un fútbol en el que fue la «garganta profunda», el testigo clave de la acusación; fue como descubrir que Papá Noel y el Ratoncito Pérez no existen y es mamá quien pone el dinero debajo de la almohada. Hay quien lo confunde, oye su apellido y accidentalmente lo relaciona con otra noticia, aún más remota, la historia de una joven encontrada misteriosamente muerta en una playa de Capocotta.
Al fin y al cabo, su historia acabó hundida en aquella zona, en Fiumicino, donde en 1992 fue detenido por culpa de cuatro toneladas de hachís, divididas en paquetes de veinticinco kilos, que se habían hundido escondidas en un bote: cuatro toneladas es mucho, sentenciaron los jueces que lo condenaron, suficiente para poner patas arriba el mercado de la droga en Roma. Su carrera como futbolista, sin embargo, ya se había hundido antes. Último partido: febrero de 1983, Serie B, un empate mediocre contra el Sambenedettese en el Olímpico de Roma. Tiziana Rivale acababa de ganar el festival de Sanremo y la Vita spericolata de Vasco Rossi había acabado penúltima; Sapore di mare, de Vanzina, se había estrenado en el cine pocos días antes; hacía unas semanas que Fiat había presentado el Uno con un anuncio firmado por Giorgio Forattini: «Es cómodo, elegante, económico, con reprís»; se había conseguido, por fin, fotografiar el virus VIH; Amintore Fanfani era presidente del Gobierno; Remo Gaspari, ministro de Correos; Franco Nicolazzi, de Obras Públicas; Nilde Iotti, presidenta del Parlamento.
Él, el futbolista militante, tenía veinticinco años cuando colgó las botas y estaba muy lejos, lejísimos, del Pentapartito, pertenecía a la izquierda extraparlamentaria, pero incluso todo aquello no era sino una página descolorida en el libro de historia: se habían acabado el movimiento estudiantil, las protestas, adiós a los años del plomo; eran los tiempos del «hedonismo reaganiano», de la frivolidad y de la no militancia, del ocio banal y del individualismo: «¡Más John Travolta y menos tambores de revuelta!». El ciclostil y el cabezal giratorio IBM de los comunicados de prensa de las Brigadas Rojas habían acabado en el desván, los faxes hacía piii piii y el primer teléfono móvil Motorola, el llamado «ladrillo», llegaba al mercado italiano.
Tiene ahora la edad a la que un jugador se retira, no hay imágenes públicas de él que no sean de sus años en activo, no lleva bigote, se peina con raya un pelo aún encrespado, tiene los ojos negros y pequeños, la pasoliniana y ágil mirada del «exfutbolista del arroyo». Fue un Riccetto del balón, una larga cicatriz en la pierna —que se le quedó más corta que la otra—: accidente laboral, tibia y peroné; con el fútbol se ganaba dinero, pero no todos los días son fiesta, y lesionarse en los años ochenta no era como lesionarse ahora.
En el escritorio hay una carta firmada por él:
Querido Mosè:
Hace mucho que no le escribo a nadie. Decidí desaparecer hace treinta años, después de los escándalos, las lesiones, los juicios. Te escribo porque fuiste uno de los pocos a los que siempre respeté en el vestuario. Tú eras un símbolo; por el contrario, a mí me veían como el descarriado; eras el estandarte, hiciste de todo: futbolista, directivo, abogado. Yo seguí siendo el infame, el traidor. Nadie recuerda cómo jugaba. Sin embargo, lo di todo, intenté correr, ya fueran cuatro o noventa minutos.
Tú ibas a misa, a oír al fraile franciscano, que rezaba hasta por la niebla, hacías de monaguillo los domingos por la mañana. Luego, en el campo, sacaste un balón de la escuadra con la mano de Dios, lo dijiste aquella vez que sacaste el balón de la escuadra como Gordon Banks en México 70: «No era mi mano, era la de Otro». Y miraste al cielo.
Yo me cagaba en todo, maldecía a los presidentes, a los periodistas y a los hinchas, escupía en los altares, destrozaba las hojas en las que me pedían autógrafos. No llevaba el uniforme del club, no vestía elegantemente, «sigue siendo un aldeano», escribían los periódicos. Critiqué a los políticos, odié los clichés, me rebelé contra los acuerdos y las payasadas del fútbol. Quería ser el contrario a todo en un mundo conformista, ser Savonarola, denunciar los chanchullos, pero al final solo fui un don Quijote, una lanza sin punta y con las piernas rotas: el molino no puede dejar de moler harina ni siquiera los domingos, de lo contrario la fiesta ya no es fiesta; el suflé no puede bajar, el balón no puede deshincharse.
A los demás, a los aficionados, les dije que eran unos mierdas y a mis compañeros que eran siervos del sistema, reses en el mercado, a quienes solo les interesan el BMW y el coño, pero al final me parece que el único gilipollas fui yo, ni siquiera gastaba el dinero que ganaba: «El fútbol debe crear conciencia, no debe ser un cuerpo ajeno a las cuestiones de la sociedad», dije en Radio Radicale. Tontadas: el fútbol es la recuperación semanal de nuestra infancia, el refugium peccatorum, el más allá. Un rito báquico y transversal: el empresario y el trabajador se alegran de la misma manera, la diferencia radica en que uno está sentado en la tribuna y el otro en el fondo sur y los lunes está a pan y agua. Pero cuando marcas un gol, en ese instante, el hincha rico y el miserable son iguales.
Cuando ibas a dormir sacabas las Confesiones de san Agustín de la mesita de noche, te las sabías de memoria, las guardabas en la bolsa que llevabas a los vestuarios, decías que ahí dentro encontrabas la luz, que te daban seguridad. Yo, antes de dormir, leía el periódico comunista; no lo aprobabas, pero nunca me lo echaste en cara. No eras como los demás, que a veces pegaban las páginas del periódico con chicle, me daban la espalda, ni siquiera querían sentarse a mi lado en la mesa o en el autobús.
Nunca entendí por qué en cierto momento decidiste ser candidato en una lista de postfascistas, no te iba nada, no tenías nada que ver con eso, siempre fuiste moderado y creciste en una de las ciudades emblemáticas de la clase obrera del norte de Italia, cuando todavía había trabajadores y acerías. No saliste elegido y yo me alegré, no porque fuéramos contrarios, sino porque el asunto habría ido más allá de la porquería propia de las campañas electorales, y todos o casi todos lo han olvidado.
Yo me involucré en política, pero desde fuera, desde lo extraparlamentario, «practicaba el antifascismo», como se decía entonces en el Partido. Era un militante. Creía que hacía la revolución, pero solo era un futbolista: una profesión que se ha ridiculizado, te idolatran sin conocerte, por tu forma de darle patadas al balón, personas que no saben nada de ti, con las que no tienes nada que ver, gente a la que le da un infarto por culpa de un partido y a quienes todo lo demás, lo que pasa de lunes a sábado, les importa un huevo. Y cuando un grupo de otros camaradas futbolistas (que éramos seis o siete en total, la armada Brancaleone, no el Ejército Rojo) nos reunimos en Terni para intentar escribir un manifiesto o fundar un sindicato de izquierdas, no supimos hacerlo. Incluso entre tan pocos había ideas diferentes y, al final, después de dos reuniones, todo saltó por los aires.
Te quisieron mucho el público y los compañeros de equipo. Cantaban a coro aquella canción, la que comenzaba con la primera sílaba de tu nombre, repetida tres veces, como un mantra. Y, cuando dejaste Roma, al final decidiste regresar. El Alma era una gran atracción para ti, que no eras romano, sino que venías del norte, de Brianza; no eras como yo, que nací a un kilómetro del Olímpico y crecí con la camiseta celeste y blanca. Un año te sacaron en los cromos de Panini con la camiseta del equipo al que
