Utopías urbanísticas: 44 paseos por las colonias de Madrid
Por Pedro Zuazua
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Utopías urbanísticas - Pedro Zuazua
PRÓLOGO
José María Ezquiaga1
Las colonias de vivienda unifamiliar constituyen un episodio singular en la historia urbana de Madrid. Su nacimiento, crisis y transformación representan una lección viva de las promesas y frustraciones del doloroso tránsito urbanístico del Madrid moderno a la metrópolis contemporánea.
Pero, además, la biografía singular de cada colonia ofrece un territorio virgen para la exploración urbanística y antropológica de la idiosincrasia de sus primeros pobladores y de la condición social de los nuevos vecinos, de la insularidad de un paisaje donde la escala humana todavía nos sorprende y seduce por su abierta disonancia con la carencia de identidad de su entorno y de la calidad de una arquitectura pensada desde la necesidad y la abstinencia de lo superfluo, pero que hoy percibimos como lujo.
La pervivencia de las colonias, sin embargo, no ha sido fácil y se ha visto comprometida a lo largo del tiempo por factores diversos. En primer lugar, la adopción mayoritaria de tipologías de vivienda unifamiliar o ciudad jardín, en contraste con el modelo de ensanche o polígono de las nuevas extensiones de Madrid tras la Guerra Civil, ha determinado su aislamiento como enclaves ajenos al nuevo tejido de la ciudad. Al mismo tiempo, la estratégica posición geográfica en que muchas de ellas han quedado localizadas, debido al desplazamiento del centro direccional de Madrid hacia el norte, ha convertido el aislamiento en privilegio y en general ha favorecido su transformación social, económica y funcional y, como consecuencia de ello, el carácter y muchas veces la arquitectura originaria.
En el Madrid contemporáneo es ya habitual percibir en tiempo real los fenómenos de revitalización y gentrificación de barrios completos. Pensemos en Chueca, Lavapiés, o más recientemente Carabanchel o Puerta del Ángel. Sin embargo, encontramos testimonios de este tipo de transformaciones sociales y espaciales desde hace más de cinco décadas en muchas de las colonias del norte de Madrid.
Al elegir las colonias como argumento de un ciclo de reportajes periodísticos, Pedro Zuazua ha sabido descubrir y entender este potencial. Lo que empezó como una intuición ha cobrado con el tiempo las dimensiones de una verdadera investigación social.
Cada capítulo es fruto del encuentro entre un cuidadoso trabajo de documentación histórica, la voz cualificada de los expertos y, sobre todo, del pulso real de los habitantes cuyos itinerarios biográficos se entrelazan con los avatares de la formación y transformaciones de cada colonia.
Cada episodio constituye la pieza pertinente de un ambicioso mosaico. El autor no se ha conformado con observar las colonias de mayor solera o valor arquitectónico, sino que ha ampliado su mirada a rincones desconocidos de la periferia madrileña o a episodios tardíos del formato urbanístico de colonia en los primeros años de posguerra, antes de que las unidades vecinales o los poblados dirigidos de los años cincuenta dieran una nueva dimensión a las actuaciones de vivienda social, antesala de los hoy tan cuestionados polígonos de bloques abiertos.
Por este motivo es tan interesante la reunión en un libro del conjunto de los artículos publicados en El País. El nuevo formato ayudará a comprender el complejo presente de las colonias, pero también será testimonio —como el mejor periodismo lo ha sido a lo largo de la historia— de la fascinante vitalidad de Madrid.
EXPERIENCIA SINGULAR
Las colonias madrileñas no pueden entenderse simplificadamente como versiones castizas de las teorías anglosajonas de la ciudad jardín o de la descentralización urbana. Tampoco pueden asimilarse a las Siedlungen alemanas o a las experiencias socialdemócratas de vivienda social colectiva en Viena u Holanda en el periodo de entreguerras.
Aunque el emergente pensamiento urbanístico de principios del siglo xx matizaba la diferencia entre ciudad jardín, suburbio jardín y colonia industrial —entendiendo que solo la primera constituía un conjunto orgánico, completo y autónomo—, la realidad de las colonias se ajustaba más al irónico comentario de Arturo Soria: «Se habla mucho de colonias, en las que en terrenos más o menos adecuados y en parcelas de irrisoria pequeñez se construyen casitas de cartón y casi sin separación viven numerosas familias cuyos jefes, esposo, padres o hermanos, sean de la misma profesión».
La Ley de Casas Baratas de 1921 introdujo la idea de ciudad satélite, pero las colonias desarrolladas a su amparo no alcanzaron nunca en Madrid el tamaño crítico susceptible de justificar la ejecución de obras especiales de urbanización y la disponibilidad de servicios colectivos autónomos. Consecuentemente, las colonias no fueron el vehículo de una política de transformación urbanística de Madrid, ni tampoco un manifiesto en favor de la reforma social. No será, por tanto, en los modelos urbanísticos ni en las discusiones de los arquitectos donde se encontrarán las claves explicativas de la experiencia, sino más bien en los progresos vacilantes de las políticas de vivienda social y, en paralelo, en el fracaso de la planificación urbanística.
Madrid es, durante el primer tercio de siglo xx, una ciudad sin proyecto. No solo porque carece en sentido estricto de un plan, sino porque está falta de la capacidad institucional para abordar los graves problemas de su transformación urbanística en metrópolis moderna como Londres, París o Berlín. Durante este periodo, tuvo lugar un importante debate sobre las formas de afrontar la nueva dimensión metropolitana de la ciudad, entre quienes entendían el crecimiento como un problema de urbanización y, en consecuencia, planteaban soluciones en continuidad con los modos de construcción experimentados en el ensanche, y quienes entendían el planeamiento de la metrópolis como un problema de organización que necesariamente habría de ser respaldado por una ley de urbanismo.
En la escala arquitectónica, a finales del xix aún persistía en Madrid la práctica de utilizar los aprovechamientos secundarios de los inmuebles burgueses (buhardillas, sotabancos, semisótanos…) para albergar a la población de menor renta. Frente a esta situación habían comenzado a alzarse las primeras denuncias higienistas preocupadas por las malas condiciones de habitabilidad de estos espacios y su negativa incidencia sobre la salud pública.
Es en este contexto histórico donde debe situarse la opción por la vivienda unifamiliar con jardín como alternativa a la vivienda colectiva de alquiler, dominante en las experiencias europeas de vivienda social, así como la identificación entre habitación y vida familiar, sintetizada en la idea de que moralizando el hogar quedaría moralizada la familia. El resultado fue la popularización del modelo del cottage acomodado como ideal para el alojamiento obrero. La «casa barata» cobraba desde esta perspectiva un doble perfil en cuanto elemento moralizador sobre el que apoyar la ordenación del espacio suburbano y como estímulo financiero a la promoción privada.
A comienzos del siglo xx, a la segregación intramuros de los inmuebles del ensanche se sumaba el inicio de una segregación geográfica. Los elevados precios del suelo en el centro de Madrid y en el ensanche motivaron la aparición de parcelaciones informales en torno a los principales ejes de comunicación de la ciudad, fuera del alcance del perímetro regulatorio de las ordenanzas municipales.
Fue en este espacio intermedio donde se localizaron la mayoría de las colonias corporativas, colocándose en una posición intermedia entre la ciudad planeada —y sometida a las ordenanzas de edificación del casco antiguo y el ensanche— y la ciudad que crecía vigorosa y espontánea, pero sin infraestructuras ni ordenación urbanística, en el extrarradio. Las colonias fueron alternativa a las parcelaciones periféricas especulativas de ínfima habitabilidad, pero en ausencia de una directriz de armonización entre el trazado de las infraestructuras (por ejemplo, las nuevas líneas de tranvía) y la ubicación de las actuaciones, predominaron las localizaciones orientadas a la valorización de suelos periféricos privados al margen de cualquier racionalidad urbanística. La carencia de transporte y de las más elementales infraestructuras y equipamientos se salvaron, en los primeros años, solo gracias al sacrificio personal de vecinos.
IDENTIDAD
Como recuerdan en uno de los capítulos los exregidores Juan Barranco y José María Álvarez del Manzano, la construcción social de la identidad de las colonias como paisajes urbanos con características propias en las esferas social, urbanística y arquitectónica surge en gran medida de un accidente sobrevenido: el episodio del frustrado proyecto de modificación de la ordenanza de vivienda unifamiliar en el verano de 1977 y la reacción social que provocó entre los residentes y la opinión pública en favor de la salvaguarda de las colonias, así como la curiosidad intelectual sobre su origen y situación.
El Plan General de Ordenación Urbana de 1963, al ampliar el tamaño de la parcela mínima y reducir la ocupación y edificabilidad, fue responsable de dejar fuera de ordenación la práctica totalidad de las colonias. Sin embargo, paradójicamente, eliminó al mismo tiempo los estímulos a la sustitución individualizada de los inmuebles, dado que la mayoría de las edificaciones preexistentes excedían el nuevo aprovechamiento. Los cambios de calificación del suelo (pasando a ser de edificación abierta o cerrada) que afectaron a varias colonias tampoco llegaron a materializar sus efectos destructivos debido al fraccionamiento de la propiedad y a las exigencias de la normativa del Plan, a pesar de que hubieran permitido doblar el número de viviendas autorizado en la ordenanza.
Con el Plan de 1963, el modelo de colonia unifamiliar queda definitivamente sustituido para la nueva extensión por los polígonos de edificación abierta y la suburbanización unifamiliar (Aravaca, Mirasierra, etcétera), quedando el problema de la liquidación de las colonias preexistentes, destinadas a desaparecer según la doctrina oficial.
La respuesta fue el proyecto de modificación de la ordenanza 4.ª de 1977. Como hecho singular, merece destacarse cómo, a lo largo del proceso de oposición ciudadana a la modificación de la ordenanza 4ª, llegó a articularse un discurso basado tanto en la necesidad cultural de la pervivencia de las colonias en cuanto testimonios de un momento de la historia de Madrid, como en la preferencia por la superior calidad de una forma de vida —la de las colonias— frente a las posibilidades especulativas que las nuevas ordenanzas hubieran puesto a disposición de los propietarios de los hotelitos.
A partir de 1979, la actuación de la primera corporación democrática de Madrid se reorientó hacia la consolidación urbanística de las colonias eliminando las situaciones de «fuera de ordenación» que todavía gravitaban sobre muchas de ellas. Para ello se aprobó, en 1981, una modificación del Plan General en los conjuntos de vivienda unifamiliar que incluía treinta colonias (unas ciento cuarenta hectáreas) seleccionadas por su especial valor histórico arquitectónico o por encontrarse en una situación legal precaria. Con esta modificación se legalizó la situación hasta su tratamiento detallado mediante planes especiales en cada una de las colonias afectadas, con el objetivo de detener y reconducir los procesos de marginación y transformación tipológica y funcional antes mencionados.
Tuve ocasión de redactar, en colaboración con otros jóvenes profesionales incorporados a la Gerencia Municipal de Urbanismo en aquella época, doce de estos planes especiales a lo largo de varios años. A pesar de la modestia de sus planteamientos, dichos planes tuvieron para nosotros el valor de constituir un terreno fértil para la experimentación de nuevos criterios de protección, menos genéricos y abstractos, y más fundamentados sobre un conocimiento exhaustivo de la realidad de las arquitecturas, su historia, el análisis de las transformaciones experimentadas a lo largo del tiempo, así como el establecimiento de medidas de estímulo positivo (y no solo coercitivo) para afrontar la recuperación de la imagen urbana originaria y la pervivencia del carácter residencial de las colonias.
¿Qué ha salvado a las colonias en esta historia de dificultades? Además de la voluntad de sus habitantes, factores como la densidad edificatoria relativamente elevada, la tipología adosada o en hilera y la existencia de un proyecto arquitectónico unitario han llegado a ser factores garantes de la pervivencia de muchas colonias, ya que hicieron más difícil en un primer momento la sustitución tipológica individual e hicieron, después, mucho menos rentable la transformación tipológica del conjunto.
Los brillantes reportajes de Pedro Zuazua nos permiten acceder a la dimensión humana de la azarosa biografía de las colonias en tanto reliquias de una manera de entender la vivienda social y, más tarde, como paradigmas de un estilo de vida. Todo ello me trae a la memoria la visión de Italo Calvino de una ciudad que no nos dice su pasado, sino que lo contiene «como las líneas de una mano, escrito en los ángulos de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras, en las antenas de los pararrayos, en las astas de las banderas, surcado a su vez cada segmento por raspaduras, muescas, incisiones, cañonazos».
UNA EXPLICACIÓN
Este libro comenzó en el Templo de Debod de Madrid.
Allí acudía un par de veces a la semana para hacer deporte al aire libre con una profesora. Fue Virginia García, amiga y compañera de clase, quien me habló de las colonias de Madrid. Semanas después, quedamos para dar un paseo en bicicleta por varias de ellas. La ruta recorrió la de la Prensa, el barrio Moscardó y la del Manzanares.
Cuando llegó la pandemia, le propuse a Luis Gómez, por entonces redactor jefe de información sobre Madrid en El País, y a Lucía González, jefa de sección, una serie de reportajes sobre las colonias históricas de la capital. Me acercaría a ellas en bicicleta e intentaría hacer crónicas sobre la arquitectura y la historia pero, principalmente, sobre el paisanaje.
Las primeras diez crónicas se publicaron en el verano de 2020. Era una situación peculiar. Realmente no sé qué pensaban los vecinos al ver a un tipo con mascarilla y vestido de ciclista —con su culotte— preguntándoles por su vida.
Un año después y por consejo de Berta Ferrero, recién nombrada jefa de sección de Madrid, el fotógrafo David Expósito se incorporó al proyecto. La idea era que, además del texto, la imagen también tuviera un mismo punto de vista. Con su singular mirada, David ha hecho crecer este proyecto. Ha sido generoso con su tiempo y su talento, aportando mucho más allá de la fotografía.
El libro recoge paseos por cuarenta y cinco colonias históricas de Madrid. Hay otras colonias muy interesantes y atractivas, pero el criterio que hemos escogido para acotar este libro es el de que sean Ámbitos de Planeamiento Específico (ape). Moscardó es la excepción. Podría decir que la incluyo porque estuvo en el recorrido inaugural o porque es muy interesante, pero la verdad es que regresé a recorrerla pensando que tenía su ape.
Además del Visor Urbanístico del Ayuntamiento de Madrid, los libros Colonias de chalets de Madrid, de Santiago Téllez y Beatriz Andrada (Obra Social Caja Madrid, 1999), así como Colonias históricas del distrito de Chamartín, de Rafael Gil Ruiz y Fernando Velasco Medina (Junta Municipal de Chamartín, Ayuntamiento de Madrid, 2017), fueron valiosas fuentes de información.
Varios arquitectos, historiadores de lo cotidiano y concejales de distrito me ayudaron a obtener información y contactos. La mayor parte de ellos aparecen en estas crónicas.
José María Sánchez Laforet, subdirector general técnico de la Oficina del Nuevo Plan General del Ayuntamiento de Madrid y nieto de habitantes de una colonia, me guio con paciencia y didactismo por los documentos oficiales.
José María Ezquiaga y Andrés Rubio han tenido la cortesía de participar en este libro. Es un honor contar con textos de profesionales a los que uno admira.
Este libro es posible gracias a todos los vecinos y vecinas de las colonias de Madrid que abrieron sus puertas y compartieron sus historias. Siempre había alguien dispuesto a colaborar. Y, cuando no podían, nos ayudaban a buscar
