El Estado y las dinámicas nacionales en España (1931-1983)
Por Xavier Domènech Sampere (Editor)
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Se ha estudiado el papel del Estado como elemento nacionalizador español, pero menos en su relación con los límites, contradicciones y transformaciones acaecidas en su relación con los proyectos nacionales alternativos. Se entiende en este sentido que la emergencia, desarrollo e impregnación en el conjunto de las dinámicas sociopolíticas y culturales de los diversos proyectos nacionales en un mismo arco temporal y bajo un mismo Estado tiene una de sus principales claves explicativas precisamente en esta interacción.
Xavier Domènech Sampere es profesor de Historia contemporánea en la Universitat Autònoma de Barcelona.
Aurelio Martí Bataller es profesor de Historia contemporánea en la Universitat de València.
Francesc Vilanova i Vila-Abadal es profesor de Historia contemporánea en la Universitat Autònoma de Barcelona.
Pau Casanellas es profesor de Historia contemporánea en la Universitat Autònoma de Barcelona.
Vega Rodríguez-Flores Parra es profesora de Historia contemporánea en la Universitat de València.
Ferran Archilés Cardona es profesor de Historia contemporánea en la Universitat de València."
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El Estado y las dinámicas nacionales en España (1931-1983) - Xavier Domènech Sampere
Akal / Universitaria / 99 / Historia contemporánea
Xavier Domènech Sampere (dir.)
El Estado y las dinámicas nacionales en España (1931-1983)
Este libro es el fruto de una investigación realizada por un equipo de especialistas sobre la pluralidad de dinámicas nacionales y regionales en la España contemporánea y su relación con el Estado. Una relación en la que, a veces, el Estado ha intentado negar esa pluralidad o incluso erradicarla y otras integrarla hasta cierto punto, pero que ha acabado por configurar tanto el devenir del Estado español como de los propios proyectos nacionales.
Se ha estudiado el papel del Estado como elemento nacionalizador español, pero menos en su relación con los límites, contradicciones y transformaciones acaecidas en su relación con los proyectos nacionales alternativos. Se entiende en este sentido que la emergencia, desarrollo e impregnación en el conjunto de las dinámicas sociopolíticas y culturales de los diversos proyectos nacionales en un mismo arco temporal y bajo un mismo Estado tiene una de sus principales claves explicativas precisamente en esta interacción.
Xavier Domènech Sampere es profesor de Historia contemporánea en la Universitat Autònoma de Barcelona.
Aurelio Martí Bataller es profesor de Historia contemporánea en la Universitat de València.
Francesc Vilanova i Vila-Abadal es profesor de Historia contemporánea en la Universitat Autònoma de Barcelona.
Pau Casanellas es profesor de Historia contemporánea en la Universitat Autònoma de Barcelona.
Vega Rodríguez-Flores Parra es profesora de Historia contemporánea en la Universitat de València.
Ferran Archilés Cardona es profesor de Historia contemporánea en la Universitat de València.
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ISBN: 978-84-460-5638-6
INTRODUCCIÓN
La cuestión de la diversidad nacional y territorial de España no es solo un problema historiográfico. La famosa sentencia de Eric Hobsbawm formulada en 1990, parafraseando a Hegel, de «la lechuza de Minerva que lleva la sabiduría levanta el vuelo en el crepúsculo»[1], refiriéndose al nacionalismo como un objeto de estudio del pasado que ya no tenía futuro, no se ha cumplido. Y en el caso de nuestro país, menos. En 2011 el Congreso de los Diputados, como representante de la soberanía nacional, rompía el récord de representación de partidos «no nacionales» con 38 diputados que provenían de partidos nacionalistas o regionalistas. Un récord que solo estaba allí para ser batido, cuando en 2019 se llegó a los 43 representantes de esta naturaleza. Ciertamente este número empezó a decrecer en las elecciones generales de 2023, pero la expresión política de la diversidad nacional sigue estando en la base de la gobernabilidad española. En un país que no se define como plurinacional, ni siquiera como una «nación de naciones», en el corazón de su sistema político la plurinacionalidad está en la base de su futuro (ya sea como aceptación o como reacción hacia la misma).
De hecho, lejos de amortiguarse, la cuestión de la diversidad de proyectos nacionales y las tensiones territoriales crecieron con la entrada del siglo XXI. Primero fue el Plan Ibarretxe, que demandaba un nuevo encaje del País Vasco en España (2003-2009), y, justo cuando este finalizaba, la cuestión de la reforma del Estatuto Catalán desembocó en el Procés (2010-2017), que marcó gran parte de la dinámica política de la década pasada y parte de la actual. Pero que la emergencia de la cuestión territorial, más allá de los casos vasco y catalán, se estaba convirtiendo en un signo de época lo mostró claramente la irrupción del movimiento de la España vaciada (2019-2020), capaz de marcar mayorías políticas en diversos territorios del Estado. Incluso el eterno debate sobre papel de la Comunidad Autónoma de Madrid como drenador de recursos de un Estado que no es federal, y en el que tampoco Madrid es un Distrito Federal, o bien como herramienta necesaria para consolidar la potencia española en el sur de Europa[2], expresa esta permanente crisis territorial.
Pero siendo este un problema presente y futuro para España, es en realidad una problemática que tiene sus raíces en el pasado, como mínimo desde el siglo XIX, y por tanto comprenderlo pasa también por pensar históricamente el presente, en la afortunada expresión de Pierre Vilar. En este sentido, este libro tiene como pretensión tanto dar cuenta de las razones de esa pluralidad en el pasado como ser una herramienta que permita pensar desde una perspectiva temporal amplia nuestro presente. Para hacerlo se ocupa de la diversidad nacional y territorial española centrándose en el periodo que va de 1931 a 1983. Es decir, desde el primer intento de alterar un modelo territorial centralista con la Segunda República española hasta el cierre del primer Estado autonómico en 1983, sin abandonar tampoco, especialmente en su primer capítulo, una perspectiva temporal más amplia que nos llevará hasta el siglo XIX peninsular. Un análisis que se aplica a partir de una opción interpretativa y explicativa que pone en el centro la interacción entre el Estado, los diversos nacionalismos subestatales, los regionalismos y las culturas políticas. Opción que nos da tanto una visión sobre las razones de emergencia, permanencia y cambios de la diversidad nacional como de las transformaciones del Estado contemporáneo español. Se parte, en este sentido, de una historia hecha desde las periferias como también desde el centro, en un marco comparativo europeo que se analiza en el último capítulo.
La condición de posibilidad de este libro se encuentra en un proyecto de investigación conjunto que ha reunido durante cuatro años a quince destacados especialistas en las temáticas nacionales e internacionales[3]. El resultado concreto que se presenta aquí es obra de seis de estos investigadores, pero el mismo no habría sido posible sin el trabajo e intercambio de perspectivas de todo el conjunto[4], que dará, a su vez, otros frutos.
Asimismo, el libro se abre con una interpretación sobre las causas de la diversidad nacional española que intenta ir tanto más allá de las tesis sobre la débil nacionalización española, como clave explicativa de la emergencia de diversos proyectos nacionales, como también de las sólidas críticas realizadas a esta tesis. Se ofrece en este camino una propuesta interpretativa y analítica que dé cuenta de las causas y el desarrollo durante nuestra contemporaneidad de la diversidad nacional en España. Sigue a este primer capítulo el análisis de Martí Bataller sobre la Segunda República que nos aproxima a cómo un Estado, con una cultura jurídica centralista y antifederalista, se transforma en el marco democrático a partir de las presiones de los nacionalismos subestatales, los regionalismos e incluso los poderes revolucionarios territoriales establecidos durante la guerra. Para comprender el corte radical de esta dinámica que supuso la implementación del franquismo, Francesc Vilanova nos ofrece en el tercer capítulo una aproximación al principal momento de «nacionalización española fuerte» de la contemporaneidad española, en la que también nos indica cuáles pudieron ser las semillas de su fracaso. Tema que será retomado ya para el conjunto del análisis de los periodos dictatoriales españoles por Pau Casanellas. En su pormenorizado capítulo nos ofrece una explicación de los renaceres nacionales en las condiciones más insospechadas y cómo estos se convirtieron en parte nuclear del antifranquismo en la medida que la dictadura no pudo desarrollar una forma de integrarlos más allá del «regionalismo bien entendido». Camino en el que el trabajo de Vega Rodríguez Flores nos lleva a analizar de qué manera uno de los desafíos más importantes de la transición fue precisamente elaborar un nuevo modelo nacional y territorial a partir de la dialéctica entre demandas territoriales y elites estatales. Finalmente, Ferran Archilés nos regala una detallada mirada comparativa donde los procesos de descentralización y modificaciones de los modelos territoriales, ante las necesidades de desarrollo funcional de los Estados y las demandas regionalistas y nacionalistas, adquieren una dimensión global desde la que se puede comprender mejor la propia dinámica española.
Al final, y a pesar de las previsiones de Hobsbawm de hace cuarenta años, no podemos esperar que la lechuza levante el vuelo en el crepúsculo para analizar el pasado. En este contexto, este libro solo pretende ser una herramienta más que nos permita analizar mejor nuestro pasado y pensar históricamente nuestro propio presente y futuro. Si esto se consiguiera, aunque sea mínimamente, nos podremos dar por satisfechos.
[1] E. J. Hobsbawm, Naciones y nacionalismos desde 1780, Barcelona, Crítica, 1991, p. 197.
[2] F. Caballero, Madrid DF, Madrid, Arpa, 2024.
[3] «Estado y dinámicas nacionales en España (1931-1978)» [PID2019-10564GB-100 AEI/10.13039/50110001103]
[4] Estos son Xavier Domènech Sampere, Francesc Vilanova i Vila-Abadal, Joan Culla Clara (del que tenemos que lamentar su traspaso reciente), Vega Rodrígez-Flores, Michel Martínez, Vincemt Scieltens, Michael Keating, Andrea Geniola, Pau Casanellas, Andrew Dowling, Ferran Archilés, Ricard Martínez Muntada, Laia Arañó, Mireia Capdevila y Roc Solà.
I
RAZONES DE LA PLURINACIONALIDAD EN ESPAÑA. UNA INTERPRETACIÓN[1]
Xavier Domènech Sampere
Un importante historiador español, Juan Pablo Fusi, en un texto escrito en 1985, denunciaba «la atención desmesurada… que actualmente se viene dando al nacionalismo». Una atención que, a su parecer, no tenía justificación histórica y era solo debida a «exageraciones que han hecho y hacen que parezca que… las reivindicaciones nacionalistas han sido los grandes problemas de nuestro pasado –del reciente– cuando es obvio que no lo fueron o que lo fueron solo excepcionalmente en algunas regiones»[2]. Afirmación hecha, además, precisamente por un historiador que había dedicado parte de su obra a estudiar los nacionalismos hispánicos. Se podría interpretar esta afirmación como signo de un cierto hastío, posterior al cierre del primer Estado autonómico consumado en 1983, donde las reivindicaciones territoriales y nacionales se habían extendido mucho más allá de «solo excepcionalmente en algunas regiones», ante la centralidad que los debates nacionales habían tenido en la fase final de la transición. Sin embargo, era una interpretación, esta de que los nacionalismos tenían una importancia decreciente, que iba mucho más allá de las fronteras hispánicas y que se escribía en pasado pero se proyectaba hacia el futuro.
No en vano Eric Hobsbawm, autor con Terence Ranger del muy influyente La invención de la tradición publicado en 1983[3], podía afirmar sin demasiados atisbos dubitativos que en el futuro «las naciones y el nacionalismo estarán presentes en esta historia, pero interpretando papeles subordinados y a menudo bastante insignificantes»[4]. Una profecía que no era solo propia de una parte del materialismo histórico, a pesar de que Benedict Anderson en sus Comunidades imaginadas publicado también en 1983[5] difícilmente la subscribiría, sino que era compartida en campos interpretativos antitéticos. El funcionalista e hijo de las teorías de la modernización, Ernest Gellner, que en el mismo año 1983 había publicado Naciones y nacionalismos, concluía también en su seminal trabajo que «el nacionalismo persistirá, pero de una forma sorda y menos virulenta»[6].
Pero, como demasiadas veces se nos ha hecho evidente, Clío es la musa de la historia no oráculo del futuro. La «modernidad», en su último gran horizonte de esperanza encarnado en el proceso de globalización, no condujo al decrecimiento de los fenómenos nacionales. En la medida que este último desarrollo del capitalismo tardío puso en el centro el problema de las soberanías y en sus sucesivas crisis hizo emerger de nuevo la importancia de los Estados nación, dados ya casi por fenecidos en algunas interpretaciones, las cuestiones nacionales volvieron también al centro del tablero. Es más, la nueva sociedad red, articulando y rearticulando la antigua sociedad de masas, multiplicó hasta casi el infinito los impactos nacionales en las vidas cotidianas aumentado las «experiencias de la nación», tal como las definió Ferran Archilés[7].
Si esto es cierto en términos globales, aún lo es más en el caso español. A finales del siglo XX parecía que por fin la historia de España llegaba a la «normalidad». Con la firma del Tratado de Maastricht en 1992 este país pasaba a ser por primera vez un Estado fundacional de la nueva Unión Europea abandonando su «excepcionalidad histórica». Llegada como igual al concierto de las naciones fundacionales del viejo continente la fecha se convirtió en una efeméride en sí misma, y casi una celebración de su propio «destino manifiesto» en su proyección «hispanoamericana» en el contexto europeo, con la celebración en ese 1992 de los fastos del V Centenario del «descubrimiento» de América, la Expo de Sevilla, la capitalidad europea de la cultura de Madrid y las Olimpiadas de Barcelona. Parecía entonces que su tortuoso camino encontraba por fin una cierta culminación armónica con el modelo neoliberal del «España va bien». En este, tal como pretendió definir Fukuyama en su libro End of History, la nación se reconocía a sí misma ante un espejo que la declaraba bella y normal, dispuesta a autorrecetarse fuertes dosis del «nacionalismo banal» propio de los países «normales»[8]. Pero el cortejo triunfal se interrumpió de golpe y lo que vino fue la sucesión de al menos cuatro grandes crisis territoriales/nacionales. Primero fue el Plan Ibarretxe (2003-2009), que proponía un nuevo encaje de tipo confederal del País Vasco con el Estado, e introducía lo que se convino en llamar «derecho a decidir» (es decir, la posibilidad de la independencia); justo cuando se salía de la dura resaca del proceso vasco, se inició El Procés en Cataluña (2010-2017) que, nucleado en torno a la idea de la celebración de un referéndum, soñó con la posibilidad de una Cataluña independiente, abriendo en canal una crisis que fue primero política para devenir después de Estado; una vez El Procés había llegado a su cénit, explotaron las grandes movilizaciones y la articulación política de lo que se conoció como la España vaciada (2018-2019), con resultados electorales determinantes en algunos territorios y que solo fue apagada por la crisis del Covid-19; crisis en la que se hizo patente un problema territorial de fondo en el papel que juega la Comunidad Autónoma de Madrid, que no es en ningún sentido un Distrito Federal de un estado federal inexistente, en los desequilibrios territoriales españoles.
Ciertamente todas estas crisis no han modificado el modelo de Estado, pero sí lo han tensionado y han modificado el conjunto del sistema político español hasta hacer irreconocible tanto el bipartidismo de los ochenta y noventa como su variante de bipartidismo imperfecto inaugurado en la década de los noventa del siglo XX, cuando conseguir la mayoría absoluta de los grandes partidos españoles dependía de la capacidad de pacto con unas pocas fuerzas nacionalistas periféricas. La intensidad de la sucesión de crisis territoriales y nacionales tiene una lógica de época, la época del Brexit o la cuestión de Quebec y Escocia, donde la emergencia de la problemática de la soberanía (es decir, la cuestión de a quién le pertenece) se cruza con las cuestiones nacionales irresueltas. Pero para comprender su intensidad en el caso español debemos dar cuenta de una realidad que es persistente en el tiempo y que hunde sus raíces en el propio siglo XIX. De una realidad, por tanto, que es histórica y compete a los historiadores y a sus usos poderla explicar e interpretar, más allá de sus filias o fobias. No hay otro Estado en la Europa continental que contenga en un mismo espacio tal diversidad de proyectos nacionales (aparte del propio español, como mínimo, el catalán, el vasco, el gallego, el andaluz y el canario) que hayan persistido durante los siglos XX y XXI. Solo los casos del Imperio austrohúngaro o de Yugoslavia son comparables en este sentido, pero el primero desapareció en 1918 con el fin de la Primera Guerra Mundial y el segundo en 1992 entremedio de la dislocación y emergencia de los nacionalismos posterior al final de la Guerra Fría. La pregunta subyacente que queda entonces es el porqué, es decir, cuál es la explicación que da cuenta de esa peculiar singularidad española que atraviesa nuestra contemporaneidad.
ESPAÑA COMO PROBLEMA O SIN PROBLEMA
Más allá de las explicaciones de tipo esencialista, que vienen a afirmar que las naciones estaban ya allí en potencia o en presencia y que lo único que sucedió fue su propio resurgir en los siglos XIX y XX, o incluso de aquellas (más propias de los historiadores) que se centran en el cómo sucedió –y aquí el modelo por fases de Hroch ha sido fundamental[9]– y no tanto en el porqué, la historiografía en España lleva varias décadas centrada en este problema. No obstante, este intenso trabajo no ha llevado tanto a explicar la diversidad nacional en sí misma, sino el propio proceso nacionalizador español. Parecería que fue precisamente en este proceso, en su éxito o fracaso, donde se jugaría la explicación de la diversidad nacional hispánica, quedando de lado a veces una mirada analítica construida desde esos propios proyectos nacionales alternativos, sus interconexiones entre ellos, con los distintos regionalismos y con el propio Estado compartido.
La edad de oro de los estudios sobre los llamados nacionalismos periféricos o subestatales se dio en realidad, y de forma no tan paradójica, bajo la propia dictadura franquista, llegando a su cénit entre 1977 y 1978 cuando se estaban poniendo las bases del futuro Estado autonómico[10]. Era una historiografía marcada las más de las veces por el compromiso militante, y en este sentido a menudo tenía un fuerte componente esencialista o estaba influida, en osmosis o alternativamente, claramente por un materialismo histórico más o menos sofisticado[11]. Pero, siendo una historiografía floreciente, a la vez que jugaba un fuerte papel en la propia legitimación de las distintas propuestas territoriales, se constituía en autorreferencial sobre el propio caso nacional estudiado con la misma intensidad que no era integrada en el relato global de la historia de España. El cambio radical a esta situación se produjo con la introducción de la tesis de la «débil nacionalización».
Esta tesis, que bebe mucho del trabajo de George Mosse y su libro La nacionalización de las masas[12], aparecido en 1975 para el caso alemán, y especialmente del de Eugen Weber De campesinos a franceses[13], publicado justo el año después para el caso francés, puso en el centro del debate los procesos nacionalizadores para entender la cristalización de varios proyectos nacionales. El problema no residía en la existencia previa o no de una nación durmiente que generaría movimientos nacionalistas, culturales o políticos, para provocar su despertar en la contemporaneidad. La secuencia no era nación ergo nacionalismos, sino, al contrario, nacionalismos ergo nación, y la clave era el proceso de producción de la propia nación por parte de los movimientos nacionalistas: la nacionalización se entendía entonces como la extensión, en un marco territorial propuesto como nacional, de la creencia compartida entre sus pobladores de que, efectivamente, existía la nación. Pero si esta interpretación era propia de lo que se conoció como tesis modernistas, que consideraban la nación como un producto puramente moderno, en ella también devino clave el papel del Estado como generador de las naciones en su forma de Estado nación. Cuestión central en los análisis del caso español para entender no solo la construcción de la nación española, sino la emergencia de proyectos nacionales alternativos.
Juan Linz ya había señalado en 1973 que la pluralidad nacional española se debía a una crisis de penetración del Estado, y en este sentido de su proyecto nacionalizador en la sociedad[14]. Tesis que, posteriormente, fue también defendida por historiadores como José María Jover[15], y luego se convirtió en el alfa y omega de la interpretación sobre la diversidad nacional española en los trabajos de Borja de Riquer en los años noventa a partir de la idea explícita de la «débil nacionalización»[16]. En este sentido, la paradoja de la articulación durante el siglo XIX de un Estado represivamente centralizado y a la vez claramente ineficiente como agente nacionalizador sería la clave del proceso. Los elementos clásicos que habrían producido procesos nacionalizadores exitosos en el resto de los países de Europa (aunque en realidad el análisis era muy deudor del «paradigma» francés) como el ejército, la escuela o la integración comunicativa, se habrían caracterizado por su ineficiencia en el caso español. A partir de ahí Borja de Riquer propuso un verdadero giro copernicano interpretativo por el que la explicación del nacimiento del catalanismo, el nacionalismo vasco o el galleguismo no debían ser explicador por sí mismos, sino «que el surgimiento y desarrollo de estos movimientos solo puede explicarse de forma convincente analizando el fracaso, o rechazo, del proyecto nacionalista español. Y ese sí es, a mi entender, el gran problema
de la historia contemporánea española»[17]. Con ello alejaba, o eso se pretendía, las distintas historiografías sobre estos proyectos nacionales de toda autorreferencialidad y ensimismamiento, a la vez que los ponía en el centro de una historia española que había marginado esta problemática. No era un problema catalán, vasco o gallego, era un problema español: «Mi reflexión parte de la necesidad de hacer un análisis de los movimientos nacionalistas surgidos en España a finales del ochocientos situándolos en el marco histórico del proceso de la nacionalización española»[18]. Un proceso donde un Estado centralizado e incapaz de nacionalizar a su propia población, en su faz represiva generaba fuertes anticuerpos y dejaba un espacio nacional vacío. Espacio que era ocupado por los proyectos nacionales alternativos. En una suerte de fenómeno físico-histórico, el vacío nacional en un recipiente social generaría una irresistible tendencia centrífuga por donde entrarían, se extenderían y se solidificarían los proyectos nacionales alternativos.
Ciertamente en el marco de la tesis de la débil nacionalización se dieron importantes reflexiones sobre la relevancia de la historia comparada entre los diversos proyectos nacionales que compartían un Estado y una cronología común[19], pero la apuesta principal fue hacia el estudio del Estado español como agente nacionalizador. Apuesta que fue asumida por los principales historiadores que trabajaron este campo a partir de la década de los noventa del siglo pasado. Explosionó así una historiografía floreciente que ya no se preocupaba de los nacionalismos periféricos, sino del propio proceso nacionalizador español, y que tuvo importantes hitos como Mater Dolorosa. La idea de España en el siglo XIX de Álvarez Junco[20]. Pero esos estudios, exceptuando los trabajos de, entre otros, Núñez Seixas, Justo Beramendi, Marfany o Ucelay Da Cal, atentos siempre a las nuevas corrientes, en vez de dar cuenta de la emergencia de las naciones alternativas, estaban centrándose en el caso español, presuponiendo que de su debilidad se explicaba la diversidad nacional subsiguiente. Mientras tanto, las interpretaciones sobre la emergencia de naciones alternativas quedaban atrapadas muchas veces en el mito de los orígenes. Saber si el nacionalismo vasco o catalán surgían de elementos conservadores y reaccionarios o incorporaban una raíz popular parecía así decidir la suerte y legitimidad de estos proyectos a lo largo de la historia. Pero en este debate, a su vez circulaba la idea de que esos proyectos nacionales ya existían previamente como «sentimiento patriótico o proto-nacionalismo»[21] y que, en todo caso, después del desastre del 98, como hito del fracaso del proyecto nacional español, esas identidades nacionales alternativas se habrían fortalecido y articulado políticamente[22].
En realidad, toda esta línea interpretativa, a pesar de que produjo una verdadera revolución en los estudios sobre los nacionalismos españoles, era demasiado deudora de una visión de la historia de España donde se habían producido «demasiados retrocesos», como señalaba Rafael Altamira, y le gustaba citar a Josep Fontana. La misma tesis de la débil nacionalización presuponía que esta se había dado en definitiva como una consecuencia subyacente del fracaso de la «revolución burguesa» en España, entendida a su vez como revolución democratizadora y nacionalizadora. Así, «por todo ello el sistema liberal español no acabó de legitimarse ante muchos sectores sociales, dado que la elite dominante no ejerció, de hecho, una auténtica hegemonía política y cultural que se apoyase en un proyecto nacional coherente. La falta de hegemonía liberal burguesa, quedó claramente manifestada en la incapacidad de las clases dirigentes españolas para democratizar las instituciones políticas y crear consenso»[23]. Todo esto habría llevado finalmente a que «la unificación nacionalizante había funcionado mal porque no existía un auténtico liderazgo nacional burgués con capacidad de generar una amplia coherencia social»[24]. Este fondo interpretativo no era menor, y no lo era tampoco en el contexto europeo donde la excepcionalidad o el fracaso de las historias nacionales en un siglo XX continental marcado por las guerras y los fascismos, parecía convertir el Sonderwag alemán en algo común[25]. De hecho, incluso para el caso británico,
