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Un pedazo de amor
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Libro electrónico287 páginas3 horas

Un pedazo de amor

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Un libro de la saga Probando el Amor
«Para hacer una pequeña fortuna, empieza con una gran fortuna y abre una panadería». Ése fue el consejo que escuchó Marcus Wilson. Por desgracia, Marcus no tiene una gran fortuna: sólo una panadería, Un Pedazo de Cielo, en Carlisle, Pensilvania, y la resolución de hacer de ella un éxito. Necesita más ayuda de la que puede permitirse, así que cuando contrata al contable Gregory Southland es para que trabaje tanto en la tienda como en los libros de contabilidad.
Ahora que su salud está mejorando, Gregory toma la panadería como segundo trabajo para pagar las facturas. Pronto, espera con ilusión pasar más tiempo con Marcus. Pero cuando las ventas —y su relación— crecen, también lo hacen las complicaciones: primero la madrastra de Marcus le envuelve en un asunto que podría darle a la panadería una mala reputación que no necesita. Marcus y Gregory no están de acuerdo sobre si implicar a Un Pedazo de Cielo en una disputa de derechos civiles. Para colmo de males, el exnovio de Gregory aparece justo en la etapa más vulnerable de éste. Pero la mayor complicación de todas es la lucha de Marcus y Gregory para aprender a confiar en el otro y en ellos mismos, sobre todo cuando se refiere a hornear los asuntos del corazón.
IdiomaEspañol
EditorialDreamspinner Press
Fecha de lanzamiento28 oct 2014
ISBN9781623806774
Un pedazo de amor
Autor

Andrew Grey

Andrew Grey is the author of well over 100 works of Contemporary Gay Romantic fiction. After twenty-seven years in corporate America, he has now settled down in Central Pennsylvania with his husband of more than twenty-five years, Dominic, and his laptop.  He is a recipient of the RWA Centennial Award, has a master’s degree from the University of Wisconsin-Milwaukee, and now writes full-time.   Andrew currently lives in beautiful, historic Carlisle, Pennsylvania.

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    Un pedazo de amor - Andrew Grey

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    Copyright

    img2.jpg

    Publicado por

    DREAMSPINNER PRESS

    5032 Capital Circle SW, Suite 2, PMB# 279, Tallahassee, FL 32305-7886  USA

    http://www.dreamspinnerpress.com/

    Esta historia es ficción. Los nombres, personajes, lugares y acontecimientos son producto de la imaginación del autor o se utilizan para la ficción y cualquier semejanza con personas vivas o muertas, negocios, eventos o escenarios, es mera coincidencia.

    Un pedazo de amor

    Edición de copyright en español © 2014 Dreamspinner Press.

    Título original: A Slice of Love

    © 2012 Andrew Grey.

    Traducido por: Olga.

    Portada:  

    © 2012 L.C. Chase http://www.lcchase.com.

    El contenido de la portada ha sido creado exclusivamente con propósito ilustrativo y todas las personas que aparecen en ella son modelos.

    La licencia de este libro pertenece exclusivamente al comprador original. Duplicarlo o reproducirlo por cualquier medio es ilegal y constituye una violación a la ley de Derechos de Autor Internacional. Este eBook no puede ser prestado legalmente ni regalado a otros. Ninguna parte de este eBook puede ser compartida o reproducida sin el permiso expreso de la editorial. Para solicitar el permiso y resolver cualquier duda, contactar con Dreamspinner Press 5032 Capital Cir. SW, Ste 2 PMB# 279, Tallahassee, FL 32305-7886 USA or http://www.dreamspinnerpress.com/.

    Edición eBook en español: 978-1-62380-677-4

    Primera edición en español Octubre 2014

    Primera Edición Octubre 2012

    Publicado en los Estados Unidos de América.

    Esta historia está dedicada al «Reggie» real, al que le fue negado el ingreso a la escuela Milton Hershey sólo por ser VIH positivo. Su familia y él tuvieron el coraje de luchar y consiguieron cambiar las normas de la escuela.

    Capítulo 1

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    MARCUS WILSON se envolvió la chaqueta por el cuerpo mientras caminaba por las calles de Carlisle, oscuras aunque iluminadas por farolas, desde su pequeño apartamento hacia el centro de la ciudad. Bebió de su gran termo de café, el mismo termo que había llevado consigo todas las mañanas por esta misma ruta durante los últimos seis meses, independientemente del tiempo que hiciera. Tomó otro gran sorbo del líquido, que estaba enfriándose pero seguía siendo igual de fuerte. Marcus trató de contener el bostezo que quería escapársele, pero no pudo. Eran las cuatro de la mañana y ya estaba de camino al trabajo. El resto de habitantes de la ciudad seguía durmiendo, tal y como las personas normales debían estar. Un coche le pasó por un lado en la carretera y lo observó marcharse. A esta hora y en una ciudad pequeña como esta era extraño para él ver algún coche. Había veces que se preguntaba por qué se molestó siquiera en alquilar el apartamento. Nunca estaba allí, excepto para ducharse, afeitarse y dormir de vez en cuando. Marcus tomó más café y se giró hacia Hanover Street, pasó junto al viejo juzgado, la torre del reloj estaba totalmente iluminada y le recordó que era una hora insana de la madrugada. Bostezando de nuevo, continuó su camino.

    Aunque el sol no había salido aún, ya sabía que iba a ser un día maravilloso de finales de primavera. Todos los árboles que había dejado atrás estaban en flor y olían dulce y maravillosamente. Sabía que para cuando llegara al trabajo tendría que sacudirse los pétalos de la chaqueta, pero sería lo más cerca que estuviera de ver la floración. Si tenía suerte sería capaz de tambalearse hasta casa a las siete o las ocho de aquella tarde, tomar una ducha y desplomarse en la cama, sólo para repetir todo el proceso la mañana siguiente.

    Marcus cruzó la desierta intersección de la plaza del centro de la ciudad y continuó caminando hacia el norte durante otra manzana. Su tienda estaba justo en la esquina siguiente, escondida entre una tienda pequeña de ropa y un estudio de karate. Un Pedazo de Cielo había sido su sueño, y seis meses atrás había conseguido hacerlo realidad. Ahora se estaba empezando a preguntar si no parecía más una pesadilla. Tras abrir la cerradura de la puerta, la abrió y entró, encendiendo las luces mientras se dirigía a la parte de atrás. Ahora no tenía tiempo para pensar en todos sus problemas. Tenía masa de pan que preparar y colocar para que subiera, rosquillas que hacer y, al comprobar su agenda agradeció a los santos del cielo —que habían estado cuidando de él—, tenía que cocinar las capas de dos tartas de boda que tenían que estar listas para mañana. Eso significaba que tendría que hacerlas él, por supuesto, pero al menos era un pedido que le traería una cantidad razonable de ganancias.

    Lo primero que hizo fue mezclar las remesas de masa de pan, comenzando con las que tardarían más en subir. También encendió el horno para que se calentara, ya que le tomaría un tiempo llegar a la temperatura correcta. Nadie vendría hasta dentro dos horas como mínimo y tenía mucho que hacer. Empezó a medir los ingredientes en un cuenco, echándolos en el orden correcto para que así se mezclaran bien sin que le costara mucho esfuerzo. Cuando estuvo listo, comenzó el proceso de mezclado.

    Mezcló los diferentes tipos de masa durante casi una hora y las dejó a un lado para que subieran antes de poder darles forma de hogazas y prepararlas para el horno. La noche anterior había hecho las que necesitaban mucho tiempo y ahora estaban listas para el siguiente paso. Empezó a cargar el horno con las bandejas de hogazas y las separó por igual antes de cerrar la puerta. Marcus colocó el temporizador y se puso manos a la obra con su siguiente tarea mientras sorbía de su termo alguna que otra vez.

    Con el pan en proceso, comenzó con las rosquillas. No preparaba un millón de variedades, sólo las básicas, pero las suyas eran especiales porque se derretían en la boca. También las preparaba frescas y nunca dejaba que se pasaran demasiado. Las rosquillas se habían convertido rápidamente en una de sus mejores ventas.

    Escuchó sonar la campanilla de la puerta y supo que Angie acababa de entrar.

    —Buenos días —dijo en voz alta sin levantar la vista.

    —Buenos días, Marcus. Te he traído más café —le dijo ella alegremente como todas las mañanas. Era una enviada celestial, también una de las personas más dulces que había llegado a conocer.

    —Gracias —respondió él, terminándose el café que había traído consigo y colocando el termo en el fregadero—. Ya hay pan listo para vender y la masa de las rosquillas es toda tuya. —Todos le preguntaban cual era el ingrediente secreto de las rosquillas y, con sinceridad, no era ni más ni menos que Angie. Ella sabía exactamente cómo hacerlas a la perfección.

    —Excelente. Abrimos en media hora, eso me dará el tiempo suficiente para hacer algunas remesas para los clientes más madrugadores —dijo ella, comprobando ya la mezcla y que el aceite de la freidora estuviera a la temperatura correcta antes de ponerse a trabajar.

    Había ciertos productos que se mantendrían en buen estado durante un día o dos, pero la mayoría de cosas que cocinaba sólo estarían bien durante veinticuatro horas, así que debía tener cuidado de no hacer demasiado. También había memorizado el ritmo del negocio. A primera hora de la mañana lo que sus clientes querían eran rosquillas y pan para llevarse al trabajo. El expositor tenía que tener buen aspecto porque esos mismos clientes volverían a la hora del almuerzo o por la tarde cuando tuvieran ganas de algo dulce, pero sólo pasaría si anteriormente algo les llamara la atención.

    Cuando se acercó la hora de apertura, Marcus lo comprobó todo durante unos minutos y fue a la parte delantera para preparar la apertura. Los expositores que había comprado para la tienda estaban básicamente sellados cuando las puertas estaban cerradas para ayudar a que sus hornadas y confecciones no se secaran. Encendió las luces del interior de los mismos y los llenó de pan, bandejas de galletas y algunas de las delicias confitadas que había preparado la noche antes. Ya había encontrado algunos favoritos, como los rollitos de canela a punto de salir del horno, sus brownies de chocolate y la tarta de tres chocolates. También había descubierto que siempre debía tener tarta de zanahoria porque vendía al menos seis al día. Pero con otros productos todavía trataba de observar lo que les gustaba a sus clientes.

    Una vez que los expositores estuvieron decentes y que todos los artículos que había hecho la noche anterior estuvieron colocados en su sitio y con el aspecto más apetecible posible, limpió las mesas de café y se dirigió a colocarlas en la acera, a la sombra de uno de los árboles de las calles de Carlisle. Dejó dos mesas dentro, y cuando todo estuvo limpio, se apresuró en volver adentro justo a tiempo para escuchar como el temporizador sonaba.

    —¿Cómo van las rosquillas? —preguntó.

    —Perfectas, como siempre —respondió Angie. Su pregunta era siempre la misma y la respuesta era la acostumbrada de ella. Marcus sonrió mientras sacaba los rollitos de canela del horno y los dejaba a un lado para que se enfriaran. En unos minutos podría glasearlos y llevarlos a la parte delantera—. Ya tengo la primera bandeja de rosquillas lista para el expositor —le dijo ella, y Marcus fue hasta su lugar de trabajo para levantar la ordenada bandeja de rosquillas, las llevó a la parte delantera, las colocó en su lugar de honor encima del expositor como era normal y las tapó.

    Siempre había mucho trabajo que hacer en un período muy corto de tiempo, pero era lo normal. Marcus había intentado venir antes, pero al final no conseguía funcionar al finalizar el día, así que había tenido que volverse más eficiente por las mañanas. A la hora de apertura, Angie salió de la parte de atrás pareciéndose completamente a la tendera de una panadería.

    —Yo abro si tú te encargas de hacer el café —dijo Marcus, y ella aceptó con renuencia—. Yo ya lo preparé todo, así que lo único que debes hacer es llenar las jarras con agua y empezar a hacerlo.

    —Gracias al Señor. Chillarían si no tuvieran el café justo como tú lo preparas —bromeó Angie con una sonrisa, ya estaba llenando las jarras mientras se iba a la parte de atrás con prisas. Marcus dejó el cambio en el cajón de la caja registradora y lo sacó a la parte delantera, en donde cerró la caja y la encendió. Observó su reloj y sonrió. Las 6:19 y estaban listos para abrir. Encendió todas las luces y sacó el tablón de los sándwiches a la acera antes de volver dentro y observar su panadería desde el punto de vista de un cliente. Tenía un aspecto fresco y apetecible, también debía admitir que olía de maravilla: dulce y cálido con una pizca de especias.

    Angie estaba limpiando los expositores como solía hacer, y decidió que debería aprovecharse de lo que esperaba que fuera un momento de paz, y comenzar con las capas que necesitaría para las tartas. Angie podía encargarse de todo durante las siguientes dos horas o así. Lo único que la obligaría a retirarse del mostrador sería que las rosquillas estuvieran acabándose, entonces tendría que relevarla mientras hacía más. Marcus comenzó a pesar los ingredientes que necesitaría para sus pedidos cuando escuchó la campanilla en la puerta delantera.

    Había realizado sus prácticas en una gran panadería de Filadelfia, y el panadero jefe le había hecho memorizar hasta en sueños cómo hacer las cosas tan eficientes y rentables como fuera posible. Antes de medir un sólo ingrediente ya sabía lo que necesitaría para el resto del día, y mezclaba todas las masas que necesitaría al mismo tiempo. También comprobó lo que ya tenía, asegurándose de girar cualquier capa extra de tarta.

    —¿Marcus? —le llamó Angie desde la puerta sin levantar la voz—. ¿Seríamos capaces de completar un pedido de tres tartas de zanahoria de veinte centímetros para esta tarde? A la señora le gustaría recogerlos a las cuatro.

    —Por supuesto —respondió—, haz que rellene la hoja de pedidos y yo me encargaré de prepararlos. —Sabía que no tenía que recordarle a Angie lo que hacer. También sabía que sólo estaba actuando un poco frente a la clienta para hacerla sentir especial por el pedido de ese mismo día. Marcus dejó de medir y esperó unos minutos antes de salir al frente para recoger la hoja rellena. Le dio las gracias al cliente y volvió a la cocina para ajustar las cantidades, añadiendo lo que necesitaría para las tartas extra y para algunas más de la tienda.

    Mientras preparaba los moldes, la campanilla de la puerta sonó casi constantemente. Ya mezclada la masa, midió lo suficiente para cada capa de la tarta y llenó los moldes. Con el paso de los años se había vuelto muy eficiente en ello, así que pronto las capas estuvieron en el horno. Hornear le maravillaba, y por eso había abierto el negocio. Se tomó un descanso para dirigirse al frente y comprobar los expositores por si necesitaban algo más.

    —¿Qué ha pasado aquí? —preguntó mientras miraba los expositores medio vacíos—. Sólo ha pasado una hora.

    —Una de las señoras vino a por algo para servir a los invitados a su fiesta de esta tarde y compró bastante —contestó Angie con una sonrisa, la campanilla sonó nuevamente y se preparó para atender a otro cliente. Marcus volvió a la cocina y abrió el frigorífico para sacar más pasteles de chocolate y frutas para reemplazar los que se habían vendido. También tomó nota de preparar más tartas de zanahoria. Ya habían vendido dos... No, tres, pensó al ver a Angie trayéndole uno—. ¿Puedes escribir en rosa «Feliz cumpleaños, Sarah» en esta tarta para el cliente?

    —Un segundo —dijo Marcus, completando sus notas antes de ir a por la manga pastelera de glaseado de colores, acabar la tarta y volver a lo que había estado haciendo.

    Trabajó durante las horas siguientes para acabarlo y prepararlo todo. Angie se iba al mediodía, y para entonces tenía que acabar con todo lo que le fuera posible porque se quedaría solo durante las horas restantes, hasta que Becky viniera al salir de clase. El mediodía llegó y Marcus ya lo tenía todo fuera de horno y enfriándose, los expositores también estaban limpios y llenos.

    —Me voy a casa —le dijo Angie desde el umbral de la tienda antes de inclinarse hacia dentro y bajar la voz—. Creo que sería buena idea que vaciaras la caja registradora —añadió con una gran sonrisa antes de esperar a que él se quitara el delantal y fuera con ella a la parte delantera. Ella se despidió, dándole un abrazo—. Te veré mañana, cielo, y no te quedes hasta muy tarde —le riñó antes de salir de la tienda.

    Marcus quiso poner los ojos en blanco, pero no se atrevió. Angie había sido una de las amigas más queridas de su madre, y cuando abrió la panadería insistió en ayudarlo. Había puesto de su propio dinero en el negocio y no había cobrado ni un céntimo en seis meses. No podría haber llegado tan lejos sin su ayuda. Más clientes entraron y él se encargó de atenderlos. Ya era la hora del almuerzo y, aunque todavía vendía tartas y rosquillas, las ventas de pan aumentaron. Al principio, Angie y él habían debatido si hacer pan, pero en una ciudad de éste tamaño tenían que hacer un poco de todo si querían sobrevivir.

    Por la tarde la tienda se calmó y usó el tiempo libre para hacer inventario de lo que tenían y para preparar el pedido de provisiones. Estaba acabando cuando escuchó la campanilla sonar.

    —Vaya, ¿cómo están mis mejores clientes? —preguntó mientras Davey y Donnie entraban junto a su hermano mayor, Billy. Marcus supuso que los gemelos tendrían unos diez años más o menos. Billy era camarero del Café Belgie, que estaba enfrente y del que su pareja era dueño y chef.

    —Bien —respondieron ambos al mismo tiempo que se acercaban a toda prisa al expositor para poder mirar lo que había. Marcus los vio a ambos relamerse los labios de gusto, como siempre.

    —Billy nos ha traído a comprar rollitos de canela —le contó Davey, y Marcus miró a Billy para su confirmación.

    —Necesitamos media docena —confirmó Billy apoyado contra el mostrador—. ¿Cómo va el negocio? —preguntó—. La ciudad parece ser dura para que las panaderías se mantengan a flote.

    —Las ventas están aumentando —respondió Marcus sin añadir que desearía que subieran algo más. Sabía que tomaría tiempo que se extendiera el boca a boca, pero...

    —Está muy bien. A veces los clientes habituales me preguntan y siempre los envío aquí —le contó Billy mientras él cogía una caja y colocaba cuidadosamente seis rollitos de canela en su interior. También metió la mano en el expositor de las galletas y cogió una de trocitos de chocolate para cada niño.

    —Gracias —dijeron los dos antes de morderlas.

    —¿Quieres algo más? —preguntó Marcus sabiendo ya la respuesta. Billy y Darryl tenían un chef pastelero a jornada completa que hacía todos los postres para sus dos restaurantes, así que raramente compraban algo más que los rollitos de canela. Aunque había descubierto que a Billy le encantaba su tarta de zanahoria—. ¿Una porción de tarta de zanahoria? —sugirió, y vio como Billy dudaba.

    —¿Puedo reservar una para mañana? —preguntó Billy.

    —Por supuesto —respondió rellenando rápidamente una hoja de pedidos. Entonces cobró la compra de Billy y, tras completar la transacción, dejaron la tienda mientras los niños se despedían con la mano.

    Marcus respiró profundamente y se sirvió una taza de café antes de comprobar que todo estaba en su sitio. Las capas de la tarta se habían enfriado y las podría ensamblar y glasear más tarde. Su área de trabajo estaba limpia, y todo estaba listo para lo que tendría que hacer después. Miró una última vez a su alrededor al mismo tiempo que escuchó la puerta delantera abrirse. Cuando salió a mirar, encontró el correo encima del mostrador y al cartero dirigiéndose ya hacia la puerta.

    —Que tenga un buen día —le vociferó Marcus justo antes de que se cerrara la puerta. Vio al cartero despedirse con la mano al pasar frente a las ventanas y él tomó el correo y hojeó

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