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El secreto sumergido
El secreto sumergido
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Libro electrónico354 páginas4 horas

El secreto sumergido

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Del ganador de Premio Literario de Amazon. Basada en una historia real. Ocho ediciones agotadas en papel. Miles de ejemplares vendidos en todo el mundo. Traducida al inglés. Elegida como «Lectura del año» por la revista Diver.

Marcelo, un joven buzo aficionado, busca en las aguas heladas de la Patagonia el lugar exacto del hundimiento de la Swift, una corbeta británica del siglo XVIII. Cuando la persona que más sabe del naufragio en todo el país aparece asesinada con un mensaje extraño en el regazo, Marcelo descubre que su inocente pasatiempo constituye una amenaza enorme para cierta gente. No sabe a quién se enfrenta, pero sí que compite con ellos por reflotar un secreto que, después de dos siglos bajo el mar, podría cambiar la historia de aquella parte remota del planeta. Encontrarlo será difícil. Seguir con vida, aún más.

LO QUE OPINAN LOS LECTORES:

★★★★★ «Te engancha desde la primera página y te mantiene en vilo hasta el final.»

★★★★★ «La ambientación es uno de los aspectos que más me ha gustado del libro. Perfectamente ubicada y descrita, nos asomamos a la Patagonia Argentina.»

★★★★★ «De los libros que cuando empiezas no puedes dejar, y que cuando lo terminas, desearías que continuara...»

★★★★★ «Acción y suspenso hasta el final. Personajes creíbles y queribles. Imágenes de una Patagonia hostil y fría.»

★★★★★ «Un nuevo Clive Cussler a la Argentina.»

★★★★★ «Una novela que posee todos los elementos que nos enganchan: acción, suspenso, muy buena trama, elegancia literaria, en fin, un libro para recomendar.»

LO QUE OPINA LA CRÍTICA:

«Cristian Perfumo nos trae la magia de la Patagonia envuelta en el misterio de unas sólidas y ágiles novelas policiacas que no dejan indiferente. Toda una revelación» - Jordi Sierra i Fabra

«Terminamos envidiando al escritor por habérselas ingeniado de esa manera.» - Libros y literatura

«Sin ninguna duda El secreto sumergido es una novela muy recomendable para los amantes de las aventuras, con una historia que se lee con fluidez y que nos acerca a un hecho histórico no muy conocido pero que merece la pena descubrir, en un emplazamiento tan atractivo como la Patagonia Argentina.» - El universo de los libros

«La recomiendo a todo aquel que tenga ganas de leer una novela que le atrape de principio a fin.» - Lectora de tot

No te pierdas este thriller lleno de misterio y aventura que te hará viajar al rincón más remoto de la Patagonia.

IdiomaEspañol
EditorialCristian Perfumo
Fecha de lanzamiento27 feb 2025
ISBN9798230000419
El secreto sumergido
Autor

Cristian Perfumo

Cristian Perfumo lives in Spain and writes thrillers set in Patagonia, where he grew up. His first novel, The Sunken Secret, was inspired by a true story and has sold thousands of copies around the world. A successful self-published author, he has an established Kindle Direct Publishing following in Spanish-speaking countries. The Arrow Collector is his second novel published in English. Its original, Spanish version won the 2017 Amazon Annual Literary Award for Independent Spanish-Language Authors. Learn more about his work at www.cristianperfumo.com/en.

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    El secreto sumergido - Cristian Perfumo

    El secreto sumergido

    Cristian Perfumo

    www.cristianperfumo.com

    Copyright Cristian Perfumo

    Tabla de Contenido

    Derechos de Autor

    El Secreto Sumergido

    Los hechos y personajes del siglo XVIII que describo en esta obra son reales (en el noventa por ciento de los casos). | Los de la década del 80, en cambio, son producto de mi imaginación (a excepción de los que no lo son). | Cristian Perfumo

    I.  La corbeta Swift

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    III.  El pescador Cafa

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    IV.  Australia

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    V.  La botella

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    Epílogo

    Nota del autor

    RESCATE GRIS

    EL COLECCIONISTA DE FLECHAS

    DÓNDE ENTERRÉ A FABIANA ORQUERA

    CAZADOR DE FARSANTES

    Agradecimientos

    Sobre el autor

    A Mónica y a Norberto

    Los hechos y personajes del siglo XVIII que describo en esta obra son reales (en el noventa por ciento de los casos).

    Los de la década del 80, en cambio, son producto de mi imaginación (a excepción de los que no lo son).

    Cristian Perfumo

    I.  La corbeta Swift

    1

    La primera vez que Marcelo Rosales oyó hablar de la corbeta Swift no sabía que por ella había muerto gente, ni que aún quedaba alguien más por morir. Tampoco se sentía la nariz.

    —Buenos días, alumnos —dijo el profesor Garecca.

    Todavía estaba oscuro cuando Marcelo y el resto de los estudiantes de quinto año, el último de la secundaria, se enfrentaron a la primera clase después de las vacaciones de invierno. Aquel lunes de julio se anunciaba uno de los días más fríos de 1981 en plena Patagonia argentina.

    —Espero que hayan tenido un buen receso y se encuentren con todas las energías para comenzar esta segunda mitad del ciclo lectivo.

    Más que energías, Marcelo tenía sueño. Los quince minutos de viento helado durante el trayecto de su casa al colegio lograban congelarle la cara, pero no despertarlo.

    —Durante el resto del curso estudiaremos funciones cuadráticas, cúbicas y exponenciales.

    Pero todos, Garecca incluido, sabían que no empezarían hablando de matemáticas. Bastaba una mínima distracción.

    —Durante las vacaciones —dijo un chico sentado contra las ventanas empañadas— estuve en el campo de mi abuelo. Me contó que en los sesenta desapareció una familia completa en la casa donde hoy viven los Lozada. Me dijo que el matrimonio y las tres hijas están enterrados en el patio. ¿Es verdad, profesor?

    Garecca era una enciclopedia de las leyendas del pueblo, y no había mito en Puerto Deseado que se le resistiera. Parecía disfrutar mucho más hablando de casas embrujadas que de logaritmos. Y sus alumnos —especialmente Marcelo—, más aún.

    —Está comprobadísimo —dijo, devolviendo a la canaleta debajo del pizarrón la tiza que acababa de agarrar— que eso no es más que uno de los tantos mitos que circulan por este pueblo. Yo, de hecho, estuve interesado en comprar esa casa hace muchos años. Al final no cerramos la operación, pero conozco la historia a la perfección.

    —Los Dietrich —prosiguió— vendieron todo antes de mudarse al norte en el año sesenta y cuatro. La casa la compró el finado Leonardo Belizán, un prestamista que nunca la habitó ni quiso alquilarla. Alguien de los muchos que no le tenían simpatía hizo correr el rumor de que Belizán tenía sus motivos para dejarla vacía. A partir de ahí la leyenda se fue transformando hasta generar cinco muertos enterrados en un jardín. No hace falta que yo les explique cómo mutan los rumores en este pueblo, ¿verdad?

    El profesor hizo una pausa para recuperar el aliento.

    —La casa pasó por dos dueños más hasta que a fines de los setenta la compró Don Lozada. Fin de la historia. Nada de cementerios en el patio.

    —Pero eso es siempre igual —intervino la única alumna con la cara maquillada—, en este pueblo se inventan todo. Supuestamente, a mí cada dos por tres me encuentran besándome en algún rincón con fulanito o menganito. Lo más divertido es que nadie da la cara y dice yo la vi, sino que todos escucharon la historia contada por otra persona.

    Un murmullo inundó el aula.

    —Mariela tiene razón —dijo Pedro Ramírez desde el fondo, sin atreverse a levantar la vista—. En este pueblo siempre tenemos alguien o algo de qué hablar. El otro día, por ejemplo, estábamos en un asado y mi tío, a la cuarta copa de vino, empezó a hablar de un barco que traía un tesoro y naufragó por una tormenta cerca de Deseado y no sé que otros delirios más. Por suerte, ya lo conocemos. Mi mamá dice que lo hace para llamar la atención.

    Fue así, de casualidad, como Marcelo Rosales oyó hablar de la Swift por primera vez, sin saber siquiera su nombre. O si era solo un rumor.

    2

    La casa de Marcos Olivera era la única en todo el pueblo que tenía un mástil en el patio. En lo alto, hecha pedazos por años de viento, ondeaba una bandera argentina.

    —Buenas tardes, ¿don Olivera? —preguntó Marcelo a la figura fornida que le abrió la puerta.

    El hombre asintió mientras se ponía unos anteojos que llevaba en el bolsillo de la camisa. Cuando pareció tener una imagen nítida, arqueó las cejas y se acarició una barba blanca prolijamente recortada. La mirada perdida daba la sensación de que estuviera intentando encontrar algo en su memoria. Tras unos instantes, no sin cierta duda, le preguntó.

    —¿Vos no sos hijo de Diego Rosales?

    A Marcelo la pregunta le cayó como un bloque de cemento en el estómago. Era lo último que se esperaba. Trató de disimular la incomodidad con una sonrisa y respondió afirmativamente con un gesto educado.

    —¡Sos igualito a tu papá! Yo hice el servicio militar con él. En la cuadra teníamos las camas casi al lado. Además, éramos compañeros de imaginaria.

    —Ah, no sabía. No hablo mucho de estas cosas con mi padre.

    En realidad no hablaba de eso ni de nada con él desde hacía más de dos años. El último contacto no lo habían tenido en una fecha cualquiera, pero de haberlo sido, Marcelo recordaría aquel día y aquel padre con el mismo odio.

    —Es que de esto hace mil años —respondió el viejo restándole importancia—. La verdad es que ni siquiera recuerdo la última vez que nos vimos. Puede que haya sido en el servicio militar, realmente salgo muy poco por el pueblo.

    La probabilidad de que dos personas de las dos mil quinientas que vivían en Puerto Deseado pasaran mucho tiempo sin verse era remota. Tarde o temprano todos se terminaban cruzando con todos. En el supermercado, en el banco, en el correo, en misa o en algún entierro. Era cuestión de tiempo hasta toparse cara a cara con cualquiera. Sin embargo, don Olivera era una de las pocas excepciones. Se había pasado casi toda su vida navegando, y cuando estaba en el pueblo prefería descansar en casa y disfrutar de la compañía de su familia.

    —Me llamo Marcelo.

    —Marcelo, ¿qué te trae por mi casa?

    —Esta mañana en el colegio, un compañero habló de un barco hundido en Deseado, y el profesor Garecca dijo que él también había oído esa historia. Cuando terminó la clase, le pregunté qué más sabía, y me mandó a hablar con usted.

    El viejo sonrió y lo invitó a pasar.

    —Esperame un momento. Sentate si querés —dijo señalando un sofá de cuero negro—. Voy al cuartito del fondo a ver si encuentro algo que creo que te puede interesar.

    Las paredes del salón estaban repletas de cuadros. En tres de ellas no había orden aparente en la mezcla de óleos de pájaros, acuarelas de paisajes y antiquísimos retratos de personas, quizás antepasados. La cuarta, que era lo primero que se veía al entrar a la casa, era diferente. La recorría una chimenea de piedra que ayudaba a olvidarse del frío que hacía afuera.

    Sobre el tiraje había cinco cuadros como los cinco puntos en la cara de un dado. Los de las esquinas eran nudos marineros hechos de soga y enmarcados sobre un terciopelo azul. En el centro, un Olivera al menos veinte años más joven posaba en blanco y negro junto a una bella mujer morena frente al glaciar Perito Moreno.

    —Esa pared —dijo Olivera mientras dejaba sobre una pequeña mesa una caja polvorienta— representa mi vida entera. Los nudos que tuve que hacer millones de veces durante mi carrera como marino y en el centro mi mujer, el único motivo para desear volver a tierra firme cuando estaba embarcado. De eso ya no queda nada, ahora estoy jubilado y viudo.

    —¿Y no tiene hijos? —preguntó Marcelo arrepintiéndose al instante. Si los tuviera, estarían en la foto del centro.

    —Es lo único que nos faltó a Margarita y a mí para que la felicidad fuera completa —dijo el viejo ofreciendo una sonrisa rendida—. Pero bueno, de vez en cuando algún compañero me visita y nos pasamos largas horas recordando viejas historias de altamar. ¿Un amargo? —ofreció, dándole un mate de metal que tenía pintada una bandera argentina de colores mucho más vivos que la que flameaba en el patio.

    —De la Swift —continuó el hombre— casi nunca hablo con nadie. No porque yo no quiera, sino porque no suele salir el tema. Muy poca gente cree en la historia.

    —¿Y usted cree?

    —Eso es lo que menos importa —dijo indicándole con la cabeza que se acercara a examinar la caja.

    —Como verás —continuó, tras quitarle con la mano el polvo de la tapa— esto está guardado hace mucho. Al recibirlo pasé varios meses escuchando el relato e imaginando cómo habrían sido las cosas en aquel momento. Después decidí guardar la caja hasta que alguien se interesara por el tema. Si no, tenía pensado donarla a la biblioteca cuando fuera un poco más viejo.

    —¿Escuchar el relato? —preguntó Marcelo devolviéndole el mate.

    —Te enterarás en un segundo. Pero antes de empezar ¿por qué te interesa la historia?

    —Soy buzo —dijo Marcelo sin dejar de mirar la caja— y si hay un barco hundido en la ría y sabemos dónde está, podríamos hacer algunas inmersiones para intentar encontrarlo.

    —Ojalá fuera tan fácil —suspiró el viejo, abriendo la caja.

    Dentro había una antigua grabadora del tamaño de una máquina de escribir. Uno de los carretes de la cinta tenía una etiqueta blanca con la palabra AUSTRALIANO.

    —¿Y esto qué tiene que ver con el barco?

    —Una de las pocas desventajas de ser joven es la falta de paciencia —dijo Olivera y desenrolló lentamente el cable del aparato, conectándolo a un enchufe en un rincón de la habitación.

    Cuando los carretes comenzaron a girar, se oyó un leve zumbido y luego una voz femenina dijo:

    Informe de la pérdida del barco de guerra de Su Majestad, Swift, en una carta a un amigo.

    En el momento en que el corazón de Marcelo comenzaba a galopar de la emoción, Olivera pausó el aparato presionando un botón.

    —¿Es éste el barco al que te referís?

    —Supongo que sí —titubeó Marcelo. Y aunque no lo fuera le daba igual. Quería escuchar lo que seguía.

    El ex marino reanudó la reproducción con el mismo botón.

    —Querido señor, habiéndole mencionado frecuentemente algunas circunstancias sobre la pérdida del barco de guerra Swift en las costas de la Patagonia...

    La voz de mujer comenzó a narrar la aventura vivida por noventa y un hombres británicos cuyo barco se hundió el martes trece de marzo de 1770 en las costas de Puerto Deseado. El relato estaba en primera persona y lo redactaba Erasmus Gower, teniente de la Marina Real Británica a bordo de la corbeta de guerra Swift.

    La Swift había partido de Puerto Egmont, el único apostadero británico en las islas Malvinas en aquel entonces, con el objetivo de explorar el litoral de la desierta Patagonia. Pero seis días después de zarpar, una gran tormenta agotó las fuerzas de la tripulación, forzándolos a parar en Port Desire, para recuperar energías y secarse las ropas.

    Port Desire era como el corsario británico Thomas Cavendish había rebautizado —en homenaje a su nave, el Desire— al estuario de la costa patagónica que Magallanes llamó Bahía de los trabajos, tras tener que recalar en él para reparar sus naves. Figuraba en todas las cartas náuticas, sí, pero en 1770, cuando la Swift se adentraba en él por primera vez, faltaban veinte años para que los españoles construyeran un fuerte y una planta de aceite de ballena que no sobreviviría más de dos décadas. Ni hablar del pueblo en el que vivía ahora Marcelo: Puerto Deseado se fundaría ciento catorce años más tarde y heredaría, deformado, el nombre de la nave de un pirata. Los hombres de la Swift se encontraban aquella mañana con una costa tan desierta como el resto de la Patagonia.

    Al entrar en la ría, el barco encalló en una roca no cartografiada. Tras deshacerse de todo lo que los lastraba, incluyendo gran parte del agua potable, lograron liberarse. Pero la alegría duró solo unos minutos: el viento desplazó la embarcación hasta golpearla contra una segunda roca. Y esta vez fue fatal, para la nave y tres de sus tripulantes.

    A las seis de la tarde de aquel martes trece de marzo, la corbeta Swift, armada con catorce cañones y doce pedreros, se hundía en el fondo de lo que Marcelo y todos los habitantes del pueblo conocían como la Ría Deseado.

    3

    Lo más desesperante de la situación, según relataba el teniente Gower en la voz de aquella mujer, era que al zarpar no habían dado un parte detallado del itinerario planeado al capitán de la Favourite. Eso significaba que la única otra embarcación británica en Malvinas no sabía cuándo ni dónde empezar a buscarlos. Dicho de otra manera, dependían solo de ellos mismos y su suerte en uno de los rincones más áridos y hostiles del planeta.

    Para procurar un refugio a la tripulación en aquella tierra sin árboles ni gente, se ordenó que algunos de los marinos nadasen hacia los mástiles, todavía visibles después del hundimiento, para recuperar parte de las velas e intentar construir toldos con ellas.

    Pero eso resolvía solo una parte del problema. Gower describía las peripecias del día a día en la Patagonia mientras se decidían entre intentar ir por tierra a Buenos Aires o volver con uno de los pequeños botes a Malvinas: las ratas diezmaban las pocas provisiones que habían podido salvar, los animales que intentaban cazar se volvían más huidizos y el invierno se cernía sobre ellos, amenazando con congelarles la vida.

    Cuando se les acabó la munición, usaron piedras para disparar con sus mosquetes a los pocos lobos marinos y cormoranes que se les ponían a tiro. Pronto, también se quedaron sin agua potable, y el único pozo que fueron capaces de encontrar solo les proporcionaba un líquido turbio y podrido.

    Finalmente, los carpinteros reforzaron una de las chalupas, un pequeño bote de siete metros de largo por dos de ancho, para enviar siete personas en un viaje suicida a las islas Malvinas, a casi seiscientos kilómetros. Pero la noche del día que zarparon, se desató una tormenta lo suficientemente fuerte para robar toda esperanza a los ochenta y un hombres que se habían quedado en tierra.

    Bastaron unos pocos días para que se terminaran de convencer de que el milagro no sucedería, y decidieron que el mismo Gower y otros cuatro hombres bordearían la costa hasta Buenos Aires para intentar pedir auxilio. Pero la mañana en que se preparaban para partir, aparecieron las velas de la Favourite en el horizonte. Los siete hombres que creían muertos habían logrado llegar a las Malvinas con poco más que una brújula.

    Veintiocho días después del naufragio, la tripulación de la corbeta Swift iniciaba el retorno a Puerto Egmont, sana y salva.

    Todos excepto los tres que se habían hundido con la nave, y de los cuales solo habían podido enterrar a uno cuando el agua llevó su cuerpo hasta la orilla. El cocinero.

    Un mes y medio después de volver a Malvinas, una fragata española entró a Puerto Egmont para pedir agua. Tres días más tarde se le unieron otras cuatro: habían llegado para expulsarlos, reclamando las islas como parte del Reino de España. Tras forzarlos a esperar casi un mes, los españoles obligaron a todos los británicos en la fortificación —es decir a la tripulación de la Swift y la Favourite— a retornar a Inglaterra, donde arribaron luego de sesenta y ocho días de navegación.

    Dicho esto, la voz de la mujer anunció el fin del relato.

    —Hay algo que no me queda nada claro —dijo Marcelo mientras daba involuntarios golpecitos al suelo con su pie izquierdo—. Estamos hablando de un naufragio hace más de doscientos años de un buque inglés. ¿Cómo puede ser que exista una cinta con una grabación? ¿Y cómo puede ser que esté en castellano?

    —¿Y cómo puede ser que hagas estas preguntas? —bromeó Olivera—. Hablando en serio, yo creo que alguien que tenía en su poder una copia del relato original, en inglés, lo tradujo a nuestro idioma. Esa misma persona, o quizás otra posteriormente, grabó la traducción en esta cinta. Esa es mi teoría.

    —¿Su teoría? ¿Me está diciendo que desconoce la procedencia de esta cinta?

    —Sé de dónde viene. Lo que no sé es quién la grabó.

    No hizo falta que Marcelo le dijera que no estaba entendiendo nada.

    —Hace unos dos años, el director de la radio LRI 200 vino a mi casa con esta grabadora. Fuimos juntos al colegio y sabe que colecciono todo lo que tenga que ver con el mar. Me dijo que la habían encontrado haciendo una limpieza del archivo y me la regaló.

    —¿Y esa etiqueta? —preguntó Marcelo señalando la palabra AUSTRALIANO.

    —Lo mismo le pregunté yo al director. Según él, es probable que corresponda con lo que estaba grabado antes del relato. Me dijo que es muy común reutilizar estas cintas para abaratar costos. Además, Australia no se conocía como tal en 1770.

    —A mí la voz —dijo Marcelo— me resulta muy familiar. No sé dónde, pero estoy casi seguro de haberla oído antes.

    —Eso sería una gran ventaja. Si dieras con quien sea que grabó esto, podrías preguntarle de dónde lo sacó y determinar si es una crónica verdadera o no.

    Marcelo se quedó callado, la mirada clavada en la cinta. ¿Podía haber un barco hundido en el fondo de la ría en la que había buceado tantas veces? ¿O se trataba de una versión más elaborada de otro de los tantos rumores falsos?

    —Me encantaría quedarme charlando —dijo Olivera—, pero tengo que estar en media hora en el médico. A mi edad uno se pasa la mitad del tiempo entre consultorios y farmacias. Si te interesa, podés venir cuando quieras y copiarla en papel ¿Mañana a la misma hora, por ejemplo?

    —Genial.

    ––––––––

    Durante los siguientes tres días, Marcelo fue religiosamente a la casa del viejo a las tres de la tarde. Mientras él transcribía el relato, Olivera resolvía crucigramas a una velocidad de casi una revista al día.

    Cada uno se dedicaba a lo suyo en silencio junto a dos pequeños vasos de anís. Bebían el licor lentamente con la intermitente voz de la cinta de fondo.

    Cuando llegaba la hora de despedirse, el hombre enjuagaba los vasos y los guardaba junto a la botella de anís y la grabadora en el gran aparador de algarrobo del comedor hasta el día siguiente.

    El jueves, Olivera acompañó a Marcelo hasta la puerta. Los tres días anteriores lo había despedido en su sillón junto al fuego.

    —¿Ves este adoquín? —preguntó, tocando con la punta del pie el empedrado que bordeaba la casa.

    Marcelo asintió. La piedra era completamente igual a todas sus vecinas.

    —Debajo del décimo a partir de éste hay una copia de la llave de la casa —dijo el viejo señalando otro adoquín dos metros hacia la derecha—. Si algún día tengo que ir al médico y querés venir a escuchar el relato, te doy mi autorización.

    Marcelo miró la piedra gris incrustada en el suelo. Apenas se notaba más floja que el resto. Se preguntó qué posibilidades tenía un acto de confianza como aquel en una ciudad grande. No pensaba en cualquier ciudad. Pensaba en Bahía Blanca.

    —Gracias, aunque no creo que sea necesario. Ya no me queda mucho. De hecho quizás lo termine de transcribir mañana y ya no lo molesto más.

    —Para mí no es una molestia, al contrario. ¿Te vas a acordar que son diez los que tenés que contar?

    —Claro, como el número de Maradona.

    —No, como Kempes —dijo el viejo guiñándole un ojo—. El día que ese Maradona gane más torneos que El Matador, entonces recién ahí se merecerá que rebautice el adoquín.

    Marcelo rió y comenzó a caminar hacia su casa. Eso de contar diez adoquines era demasiado sofisticado. Todos en Puerto Deseado tenían un escondite para las llaves, pero nadie se tomaba la molestia de levantar un empedrado. En general las guardaban debajo de una piedra suelta o dentro de un tronco hueco. Además, ¿qué sentido tenía esconderlas si al fin y al cabo la gente terminaba dejando la puerta abierta casi siempre? Animales de costumbres, pensó, y apuró el paso para combatir el frío.

    4

    —Lo más importante debajo del agua es respirar, Cabeza.

    Así había empezado la primera clase de submarinismo de Marcelo Rosales, cuando todavía no había cumplido dieciséis años. Ni él ni Claudio Etinsky, su instructor, podrían haberse imaginado entonces que esas primeras palabras determinarían el sobrenombre de Marcelo para el resto de una relación que, poco a poco, se convertiría en amistad. Era febrero y el agua estaba a catorce gloriosos grados.

    Ahora, más de dos años y medio después, Marcelo flotaba en la superficie tras su inmersión número ciento cuatro. Junto a él, Claudio nadaba de espaldas con la máscara todavía sobre los ojos.

    —La peor visibilidad en mucho tiempo —dijo Marcelo, poniéndosele a la par.

    —Malísima. En un momento estiré el brazo y no me veía la mano. Se supone que en invierno se tiene que ver mejor, si no para qué nos exponemos a una hipotermia metiéndonos en agua a... cinco.

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