La X de Alejandro
Por Laura Boronat
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Alejandro es un médico con una vida de color de rosa: una novia perfecta, un trabajo perfecto, una fachada perfecta... Aparenta ser feliz, pero su corazón guarda una espina bien clavada.
Álex es un artista francés, un alma libre. Es valiente, decidido y tiene muy claro que no quiere compromisos, a no ser que se trate de su talón de Aquiles: el «doctorcito».
En 1995, un tímido Alejandro de diecisiete años sale del cascarón cuando conoce a Álex. Su forma gris de ver el mundo se llena de color durante un verano mágico, pero todo se complica cuando entre ellos surge el amor. Su conservador padre lo descubre y evita que los dos jóvenes vuelvan a verse jamás.
Una década después, el destino se empeña en hacerlos coincidir y la atracción será inevitable. Tendrán tres meses para averiguar si siguen enamorados antes de que sea demasiado tarde.
Empieza la cuenta atrás.
¿Podrá Alejandro luchar contra las creencias tradicionales de su familia? ¿Será capaz de cambiar su vida por Álex?
Laura Boronat
Laura Boronat, @LauraDadaCuentista, nació en Dénia en 1978 y vive en Valencia desde que se mudó a los dieciocho años a estudiar Bellas Artes. Es diseñadora gráfica de formación. Escribe ficción histórica, contemporánea y fantasía, pero siempre con una alta dosis de romance, tanto hetero como LGBTQ+, aderezado con una pizca humor. Cuando una historia le conquista el alma, necesita darle forma y enseñársela al mundo. Más allá de los libros, la música y el cine, sus pasiones son el mar Mediterráneo, los animales y la pizza. No es muy original pero, como dice ella, si gusta tanto será por algo ¿no? «Antes del año de vida aprendí a hablar y aún no he callado. Mi amigo imaginario era un caballo “full equip” con alas, cuerno y toda la pesca, a pesar de ello, tengo amigos que me quieren y a los que yo adoro. Me gusta pensar que siempre voy en busca de la felicidad. Mi premisa es disfrutar con todo lo que hago, pues estoy convencida de que ese placer se contagia».
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La X de Alejandro - Laura Boronat
Capítulo 1
La osa mayor
La cafetería del Hospital General de Ontuelos era un hervidero de gente a la hora de los almuerzos. Los camareros se hablaban a voces, la cafetera rugía y hacía demasiado calor. Alejandro hubiera preferido mil veces más tomarse un insípido café de máquina encerrado en su consulta, pero Íngrid había insistido tanto en que se vieran un rato, que le supo mal decirle que no. Siempre le tachaba de antisocial, e insistía en que debía relacionarse más con los compañeros.
—¡Alejandro, ven aquí, cariño! —Desde la mesa del fondo, la que solían ocupar los médicos más jóvenes, le levantaba el brazo, llamándolo con efusividad.
Íngrid siempre destacaba entre las demás personas. Le gustaba cuidarse. Se maquillaba con gusto y no salía de casa sin planchar su larga melena de mechas rubias. De todas formas, había que reconocer que era de esas personas que, aunque se hiciera un moño improvisado con el que el resto de las mortales se ven desastradas, ella estaba asquerosamente divina: casual.
—Hola a todos... Buenos días —saludó él, forzando una sonrisa, y se sentó al lado de su novia.
—Mira, justo le estaba preguntando a Edu a qué peluquería va. Tienes que ir allí a que te arreglen ese corte de pelo anticuado que llevas. —Al decir esto, le cogió un mechón de pelo de la frente, se lo apartó hacia atrás y le dio un beso en los labios como saludo—. Dice que está en el centro y que la llevan unas chicas que tienen muy buen gusto. ¡Necesitas un cambio!
—Pero ¿qué le pasa a mi pelo? A mí me gusta... —se quejó él, aunque ella ya no le escuchaba.
El tal Edu era un anestesista, colega de Íngrid, con el que parecía tener muy buen rollo últimamente. Se llamaba Eduardo Rocamora Bonetti y era el hijo de un famoso cirujano plástico. Se las daba de hippie rebelde, por estar trabajando en el hospital público, en vez de en cualquiera de las clínicas de la familia. Le constaba que no era mal tipo, pero Alejandro no podía evitar sentirse irritado ante su aspecto de muñeco de plástico: con el pelo acartonado y un bronceado perenne; por no hablar del meloso acento italiano.
Mientras removía el café «descafeinado, con estevia y leche de soja ligera» que le pedía todas las mañanas Íngrid, se limitó a mantenerse en un relajado segundo plano y a pensar en su ajetreada mañana con los pacientes de urgencias.
«Don Perfecto» le gastaba bromas a Íngrid y ella se reía la mar de animada. Se esforzaban por hacerle partícipe de sus chorradas, pero Alejandro estaba en otra dimensión. Entonces ella se incorporó y se estiró hacia su compañero, al otro lado de la mesa, a cogerle un bolígrafo del bolsillo de la bata. Ella sabía que gustaba a los hombres y se regodeaba en ello.
—¿Te importa prestarme el boli un momento, Edu? —Cogió una de las servilletas de la mesa y se puso a anotar la dirección de la dichosa peluquería.
—¿Cómo me va a importar, bellissima? —contestó insinuante Eduardo, a la vez que le dedicaba una sonrisa de dientes impecables. Al panoli se le caía la baba.
Alejandro odiaba las dentaduras demasiado perfectas. ¡Eran tan artificiales! ¿Qué necesidad había de cubrir toda una dentadura con unas carillas de un blanco casi fosforescente? ¿Y qué necesidad había también de coquetear con su novia en sus propias narices? En fin...
—¡Ay, Edu! Dime también, ya que estás, el nombre de tu dentista, que a Alejandro le vendría fenomenal un blanqueamiento...
—¡Me tengo que ir, chicos! —¡No! Por ahí sí que no iba a pasar. Alejandro se levantó, tocó cariñosamente el hombro de ella y se marchó como una exhalación, sin darle tiempo a nadie a responder—. Nos vemos luego, Íngrid. Hasta otra, Eduardo.
Al entrar en el pasillo de Traumatología se cruzó con Gloria, la enfermera que compartía con él ese turno de mañanas.
Iba a toda prisa, cargada de papeles.
—Doctor Alemán, tiene a un paciente esperando exploración en la consulta 3. Enseguida vuelvo.
—Gracias. Voy para allá.
Alejandro entró en la pequeña sala, saludó mecánicamente a la persona que le esperaba detrás del biombo, y pasó a revisar en el ordenador las breves anotaciones de los compañeros de triaje:
«Contusión de coxis».
—A ver, cuénteme, ¿dónde le duele? —preguntó mientras se ponía los guantes y se acercaba al paciente.
Tumbado boca abajo sobre la camilla había un chico de una edad similar a la de él. Emitía «ruiditos» de dolor y se señalaba el final de la espina dorsal... el principio del culo, vamos.
—Lo siento, pero va a tener que retirarse un poco la ropa para que pueda explorarle la zona.
—Sí, sí, por supuesto —contestó el joven con la voz amortiguada al tener la cara pegada a la camilla. Se levantó un poco sobre un codo y una rodilla, se quitó como pudo la camiseta y se bajó los pantalones hasta la mitad de las nalgas.
—Es suficiente. Veamos.
El médico se puso a palpar la zona que estaba visiblemente enrojecida, casi amoratada.
—Se ha dado usted un buen golpe. ¿Qué le ha pasado?
—Pues me he caído desde lo alto de una escalera, mientras estaba trabajando —respondió el chico entre gemidos contenidos.
¿Esa voz...?
A Alejandro le resultaba muy familiar la forma de hablar del paciente, con un sutil acento francés, aunque, claro, veía a tantas personas a lo largo del día, que podía ser cualquiera.
Le estaba revisando la espalda, para comprobar la magnitud de la lesión, cuando vio algo que le llamó la atención: la Osa Mayor.
Aquel chico tenía un conjunto de pecas, en mitad de la espalda, con la forma exacta de esa constelación. Él conoció una vez a una persona que tenía esa peculiar marca.
Complexión fibrosa, altura media, edad, pelo rubio... ¡Madre mía! ¡Podría ser él! Pero claro, hacía diez años o más que no le había visto, y quedaba un poquito raro decirle: «Perdona, ¿eres Alexandre Sauvage? Es que he visto tus pecas y, como soy un psicópata, me he acordado de que tú las tenías y te he reconocido al instante».
—Ajá... —dijo con disimulo Alejandro, para ganar tiempo y acercarse a la historia a comprobar el nombre—. Vamos a ver cómo lo tenemos para unas radiografías...
¡Eureka!
Ahí estaban sus datos: Alexandre Sauvage Sorní. 26 años.
Era él, no cabía duda. Cuántas veces se había preguntado qué habría sido de su amigo Álex.
Cuando tenían dieciséis o diecisiete años, pasaron un verano inolvidable en Talma, la ciudad donde veraneaban antes con sus padres. Hicieron una amistad muy bonita, que dejó marcas imborrables en la vida de Alejandro. Pero no volvieron a coincidir jamás. Claro, en 1995 ni los móviles, ni internet eran lo que son ahora, y se perdieron totalmente la pista.
Alejandro estaba emocionado. Guardaba un cariño especial por aquel chico tan carismático, pero también era consciente de que igual él no se acordaba ni lo más mínimo del soso de Alejandro Alemán.
Su versión adolescente era la de un chico poco hablador y desgarbado, que dudaba mucho que dejara huella.
Con la madurez había cambiado bastante. Había ganado en seguridad, pues la apariencia física le ayudaba bastante. Era un hombre alto y de espaldas anchas. De vez en cuando iba a nadar, se mantenía en forma. Los marcados rasgos, que de niño no le favorecían, habían acabado componiendo una cara con fuerte personalidad masculina. Si bien, tras esa fachada de médico profesional e interesante, se ocultaba parte del tímido Alejandro, que prefería pasarse horas en su habitación leyendo antes que ir a la bolera con los amigos del instituto.
¡Qué demonios! Había que intentarlo. Tenía demasiada curiosidad.
—Discúlpame, acabo de ver en la historia tu nombre... ¿Eres Álex, el que veraneaba en Talma, allá por el 95? —Bien, ya había abierto la caja de Pandora.
—Sí... ¿Y tú eres...? —le respondió Álex levantando la cara y mirándolo con los ojos entornados, esforzándose por reconocerlo.
Alejandro enseguida lo tuvo claro: no se acordaba para nada de él. Sintió una punzada de decepción. Igual el recuerdo de aquellas vacaciones había sido magnificado dentro de su pueril cerebro, mientras que este chico lo había vivido como un verano más en su vida. Así de simple.
—Perdóname, entre que no estoy muy lúcido después de la caída y que llevas una mascarilla que te tapa media cara... No caigo.
—¡No me había dado cuenta! Claro... —El médico se desató la mascarilla y dijo—: Soy Alejandro Alemán, el hijo de Ignacio y Almudena, ¿te acuerdas de mí? Hace mucho tiempo...
—¡Alejandro, tío! Cómo has... crecido. —El gesto de dolor dio paso a una carcajada sincera. Conservaba la misma expresión espontánea y aniñada. Ambos se teletransportaron a aquellos días felices montados en sus ya familiares risas—. Claro que me acuerdo: nuestros paseos en bici, los partidos de vóley en la playa, cuando fuimos nadando hasta la prohibida cala Malva...
—¡Buenas! Ya estoy aquí, doctor —la voz de la enfermera Gloria irrumpía en la consulta—. ¡Uy, perdón!
La mujer se había percatado de que interrumpía algo. Rara vez había visto al doctor Alemán riendo a gusto con un paciente... ni con nadie.
—No pasa nada, Gloria. Álex es un amigo de la infancia. No nos veíamos desde que éramos unos niñatos.
—Y mire qué caprichoso es el destino, que justo de esta guisa nos tiene que reunir—. Con una mueca entre dolor y risa, el paciente se señalaba el cuerpo medio desnudo.
—¡Ay, pobre! A ver, Álex, yo no creo que haya rotura, no obstante, te voy a pasar a rayos para cerciorarnos, ¿de acuerdo? —Se puso a teclear diligente en el ordenador.
—Lo que usted vea, doctor. Me pongo en sus manos —contestó Álex, haciendo énfasis en la palabra doctor, mientras intentaba incorporarse—. Al final ganó tu padre y te hiciste médico, ¿eh? El mundo se perdió a un gran escritor...
—Calla, calla, eso eran cosas de críos —replicó, un poco avergonzado, Alejandro—. ¡Espera que te ayude, hombre!
Se acercó y le ayudó a sentarse en una silla de ruedas.
Alejandro se sorprendió al reconocer el olor de su amigo. Fue una bofetada a los sentidos y un verdadero viaje en el tiempo. Era una mezcla de aroma a vainilla y a crema solar, que hacía que siempre pareciese recién salido de la playa.
—Gracias, doctor Alemán. —Álex le guiñó un ojo—. Esto es una señal. Si salgo de esta, le debemos agradecer al destino que nos haya vuelto a reunir. ¡Tenemos que recuperar el tiempo perdido y ponernos al día, amigo!
—Eso está hecho.
Capítulo 2
El primer día de playa
Era el primer día de playa del verano de 1995 para la familia Alemán Sagel. El mismo día en el que la vida de Alejandro cambiaría para siempre.
Su versión más sosa, pálida y «pubertosa» estaba dispuesta a disfrutar de una aburrida mañana de playa... con sus padres. Solo llevaba unas bermudas a rayas hasta las rodillas, la toalla Privata y uno de los libros que tenía planeado leerse ese mes: un ejemplar de la picante novela Las edades de Lulú, de Grandes, oculta de los inquisidores ojos de sus padres, bajo las sobrecubiertas de El origen de las especies, de Darwin.
No necesitaba prácticamente nada más para el resto del verano. La madre se encargaría de ponerle, cada dos por tres, la crema de protección solar al «nene» (que ya medía casi dos metros a sus diecisiete años) y el padre les amenizaría el rato comentando, generalmente indignado, las noticias más frescas de la prensa del día sobre política.
Don Ignacio Alemán era un prestigioso cardiólogo de Tramancia que aborrecía todo flirteo con ideas progresistas: «esos modernos», como él solía decir, enfatizando su aversión con su crítica ceja derecha levantada. Siempre hablaba con la misma entonación, de monologuista que cree que sus lecciones son las más válidas. Hacía largas pausas estirando las eses y parecía esperarse a escuchar el eco de su propia voz antes de proseguir con la siguiente frase. Era un buen hombre, honrado y trabajador, pero el éxito conseguido dentro de su jerarquizado oficio le había cargado de un aire pedante. No valía la pena discutir con él, era obtuso, no escuchaba a nadie. Vivía bajo la convicción de que poseía la verdad más absoluta en el noventa y nueve por cien de los temas del mundo.
Llevaba toda la vida con su mujer, Almudena. Ella siempre le daba la razón, lo idolatraba, aunque ese uno por cien de las veces en las que Ignacio reconocía sus errores era gracias a esta santa. Se conocieron cuando él aún estudiaba Medicina. Ella llegó a concluir los estudios de Filología francesa, pero jamás se dedicó a nada más allá que a traducir algún texto desde casa. Vivía para y por la familia. Era feliz complaciéndolos. Los mimaba hasta el punto de llevarle las zapatillas de ir por casa a su Ignacio, cada noche, y pelarle la fruta, en cada comida, a su Alejandro.
Almudena adoraba su casa unifamiliar de las afueras de Ontuelos del Real, era el hogar de sus sueños. Cuidaba con esmero del jardín, mientras cantaba grandes éxitos de la música francesa. Solo guardaba un pequeño secreto: su corazoncito de abnegada esposa se arrepentía de no haber vivido una temporada en París y haber tenido un desatado affaire con un artista de Montmartre. Todo ello, por supuesto, antes de haber conocido a su esposo.
—Mamá, dame agua fresca, por favor —le pidió Alejandro a su madre, tumbado en la toalla y sin apartar la vista de la lectura.
—Claro, cariño. —Almudena se afanó en levantarse e ir a la nevera de plástico a por la botella—. No está fresquita, lo siento, cielo, pero es que anoche, con el jaleo de deshacer las maletas, se me olvidó ponerla a refrescar.
—¡Pues vaya! —le contestó su hijo haciendo un gesto de rechazo con la mano—. Da igual, guárdala para que se enfríe un poco, ya me la das luego. Gracias.
—Almu, nena, ¡cómo estamos últimamente...! —dijo Ignacio repantigado en su tumbona mientras descansaba el periódico sobre las piernas—. Ayer casi te dejas por meterme en la maleta mis gafas de leer, el otro día te olvidaste de comprar pan para la cena, cuando sabes que yo sin pan... Necesitas estas vacaciones como agüita de mayo, ¿eh? Por cierto, ¿qué comemos hoy?
Y Almudena, lejos de molestarse, más bien animada, se puso a intentar consensuar la comida del día. Prepararía una paellita para dos y un filete con patatas, porque al chiquillo no le apetecía arroz.
—¡No puedo creerlo, pero si es Carolina Sorní! —La madre se levantó y se dirigió emocionada a la orilla del agua—. ¡Estás igual, amiga!
Las dos mujeres se abrazaron encantadas con el reencuentro. Tenían una edad similar, aunque la tal Carolina estaba tan en forma y rezumaba tanto estilo por los cuatro costados, que parecía veinte años más joven. La acompañaba un chaval un poco menor que Alejandro, su hijo. Se notaba a la legua que era extranjero: llevaba el pelo largo hasta los hombros y, aunque lo tenía mojado, le asomaban unos mechones casi blancos de tan rubios que los tenía. No medía mucho más que la madre, pero su cuerpo prometía ser proporcionado y fibroso, aunque aún lucía esa delgadez propia del estirón de los quince o dieciséis años. Madre e hijo ya exhibían un bronceado dorado, maravilloso, debido al mes de estancia en Talma.
Alejandro era tímido y le daba una tremenda pereza enfrentarse a las presentaciones incómodas que, estaba seguro, iban a producirse. Acababa de levantar un poco más el libro, tratando de crear un parapeto tras el que esconderse, justo cuando su madre dijo:
—Este es Alejandro, mi hijo. —Almudena le señaló y él hizo un gesto con la cabeza, a modo de mínima expresión de saludo—. Y ahí tienes a Ignacio, no sé si te acordarás de él. ¡Hace tanto que no nos vemos! Después de licenciarnos te fuiste a vivir a Francia, ¿verdad, Carol?
Carolina y Almudena se enfrascaron en una intensa conversación sobre sus vidas que duró, sin exagerar, más de una hora. Al principio Ignacio participó un poco, pero al rato perdió el interés y se volvió a acomodar en la tumbona a leer el periódico.
Alejandro a su vez, hacía como que leía, pero estaba con la oreja puesta y no se perdió detalle de lo que las mujeres se contaban. Los adolescentes se hacen los desinteresados, pero el sentido de la curiosidad es uno de los que antes se les desarrolla.
Resultó que Carolina estaba divorciada desde hacía años, aunque se llevaba de maravilla con su ex, un interiorista francés. Se había mudado de vuelta a Tramancia hacía unos años desde Almandier. El hijo se llamaba Alexandre (¡qué casualidad!), pero la madre se dirigía a él como Álex.
Ignacio nunca había permitido que llamaran a su hijo Álex, pues opinaba que, si de mayor se convirtiera en un respetable notario, o un reputado médico, ¿qué nombre de chiste sería ese?
—¿Te apetece jugar al vóley? —le preguntó de repente el chico francés a Alejandro.
—¿Cómo? Pero si yo no tengo ninguna pelota, ni...
—Podemos unirnos a esos chicos. —Tenía un débil acento galo, pero hablaba un castellano perfecto. Le señaló hacia la red de vóley playa que había a unos metros, en la que jugaban un chico grandote contra dos chicas.
—Eh... Pero si no los conozco de nada... —Alejandro había visto a esos chavales muchas veces, cada verano, pero jamás se había atrevido a dirigirles la palabra.
—¡Yo tampoco! —Se rio con una carcajada fresca, espontánea y contagiosa— Pero nuestras madres tienen para rato y, mientras tanto, podemos divertirnos un poco. ¡Vamos, Alejandro!
Se dio media vuelta y empezó a caminar hacia los chicos que jugaban animados en la arena. Como él no se levantaba, se detuvo a mitad del trayecto y le insistió.
—¿A qué esperas? —Siguió andando y, aniquilando toda oportunidad de librarse del tema al retraído Alejandro, empezó a dirigirse al grupito—: ¡Hola, chicos! Mi amigo se preguntaba si os importa que nos unamos, como sois pocos...
Alejandro no tuvo más remedio que acercarse. Quería justificar que aquello era una mentira, que ellos dos no eran amigos y ni siquiera se conocían. Estaba rojo como un tomate y molesto con el descaro del francesito.
—¡Claro, tíos! ¡Genial! Venga, echemos un partido —respondió, tan natural, el grandullón.
Y de esta forma tan inesperada, a la par que sencilla, empezó el mejor verano de la vida de Alejandro.
Capítulo 3
El chicle de sandía
—¿Ya te vas, hijo? —le preguntó Almudena a Alejandro mientras trasteaba por la cocina—. Aún no son ni las nueve...
—Sí, mamá, he quedado con Álex y los demás para ir en bici al pueblo —le respondió a su madre, a la vez que desvalijaba la
