Laguna
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Harrison Shepherd había nacido en Estados Unidos, pero cuando aún era un niño tuvo que irse a México tras los pasos de una madre siempre en busca del hombre ideal. Luego, un día, casi por casualidad, acabó trabajando en la cocina de la casa de Diego Rivera y Frida Kahlo, y de los fogones pasó al despacho de Rivera y a los rincones oscuros de la mansión, donde nació una intimidad muy peculiar con Frida.
Fue allí, en esa casa, donde Harrison conoció a León Trotsky, un gran líder político que en aquel momento era un hombre que malvivía en el exilio y temía por su propia vida.
De vuelta a Norte América, este hombre que había sido cocinero, secretario y confidente de personajes tan ilustres, se dedicó a la escritura y dejó un diario que llenaba su laguna -ese espacio ambiguo entre lo que somos y lo que mostramos a los demás- con unas palabras reveladoras, testimonio de la vida de Harrison y de los hechos que marcaron el siglo XX.
Tras el éxito de La biblia envenenada, Barbara Kinsolver vuelve con una novela poderosa que muestra el poder de la Historia en el destino de cada cual, más allá de nuestras mejores y peores intenciones.
Reseña:
«Esta espléndida obra de Barbara Kingsolver se parece a las buenas novelas del siglo XIX, esas que nos hablan del pecado, de la redención y de los "oscuros deberes" de la Historia».
Michiko Kakutani, The New York Times
Barbara Kingsolver
Barbara Kingsolver is the author of ten bestselling works of fiction, including the novels Unsheltered, The Bean Trees, and The Poisonwood Bible, as well as books of poetry, essays, creative nonfiction, and Coyote’s Wild Home, a children’s book co-authored with Lily Kingsolver. She also collaborated with family members on the influential Animal, Vegetable, Miracle: A Year of Food Life. Kingsolver’s work has been translated into more than thirty languages and has earned a devoted readership at home and abroad. She is a member of the American Academy of Arts and Letters, and has received numerous awards and honors including the 2023 Pulitzer Prize for Fiction for her novel, Demon Copperhead, the National Humanities Medal, and most recently, the National Book Foundation's Medal for Distinguished Contribution to American Letters and its Lifetime Achievement Award. She lives with her husband on a farm in southern Appalachia.
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Comentarios para Laguna
1,526 clasificaciones164 comentarios
- Calificación: 5 de 5 estrellas5/5
Oct 20, 2024
So good. Mixing historical characters (Kahlo, Rivera, Trotsky) with fictional. This is a great, atmospheric read. - Calificación: 2 de 5 estrellas2/5
Jun 25, 2024
Holy moly...I just couldn't do it. I didn't like the diary style of writing. I never was able to get into the story (I was bored). I love Barbara Kingsolver, but didn't love this book. Sorry :( - Calificación: 4 de 5 estrellas4/5
Dec 7, 2023
Barbara Kingsolver’s sixth novel came out nine years after her fifth, and tells the story of a young man who grows up in Mexico in the household of Diego Rivera and Frida Kahlo, then eventually moves back to America and becomes an author during the 1940’s and 50’s. Through this character, she explores a range of historical topics, but the main thread running through it is the rise of communism in the world, how Stalin betrayed the Russian revolution and had Lev Trotsky executed (the man who should have been Lenin’s successor), and how the Red Scare in America worked so insidiously against artists and intellectuals who were left-leaning or even had remote associations with socialists.
The book was at its best while it was in Mexico, as it provided insights or spurs to further reading on Mexico’s revolution over 1910-20, and the brutality of the Spanish conquest of the Aztecs, draining the lake surrounding their capital, Tenochtitlan (now Mexico City), and burning alive those who resisted, like Qualpopoca. An extensive part of it deals with Rivera, Kahlo, and Trotsky – their political and philosophical beliefs, their art and writings, and their personal lives – and all of this worked for me.
It also scores points with its description of the American government’s shameful treatment of the Bonus Army in 1932 (including the roles future WWII heroes Patton and MacArthur played), and the rationale behind America’s actions towards Trotsky, that with Hitler on the rise, Britain and America needed Russia on their side, so they couldn’t let Trotsky be right about Stalin being a monster, because they would “need that monster.”
The book is clearly a vehicle to examine history, something I liked about it, but which other readers may be less enamored with. Kingsolver does well when she extracts articles verbatim from The New York Times which are brilliant in speaking truth to the era, but she sometimes rather awkwardly forces dialogue into her characters’ mouths to try to get her points across. I have to also say, after p. 341 (of 670), when the action shifts to North Carolina in the 1940’s, the book was a little less interesting to me. The story line of the young man breaking through as an author, the many reviews Kingsolver imagines as reactions to his work, and his suspicion of being a communist was not strong enough to sustain the amount of material devoted to it.
With that said, she illustrates the supreme hypocrisy of those who were ostensibly against the suppression of freedom who turned around and suppressed free speech, and abused their power in ways that echoed authoritarian countries, things that are still highly relevant today.
There were also bits in this second half of the book that were informative, like the artistic treasures of the National Gallery being transported to the Biltmore House for safekeeping, the 39%(!) of those drafted for the war who failed the physical examination and deemed unfit to serve, and the generally progressive Senator from California, Hiram Johnson, who was an isolationist, playing a key role in prohibiting Japanese immigration, and advocating for Japanese American internment, aided by the frenzied, hyperbolic reporting in William Randolph Hearst’s newspapers. I was also unaware that the original target for the second atomic bomb as Kokura, and that the plan changed mid-flight to Nagasaki because of the weather, or that Truman had unfortunately quipped “If that’s art, I’m a Hottentot” in 1947 in reaction to a Look Magazine article titled ‘Your Money Bought These Pictures.”
All these little factoids, coupled with the Kingsolver’s clear-eyed view of history, are what I liked best about this book. The story constructed around them was not as strong and lagged in the second half. If you’re interested in the historical topics, or the art of Rivera and Kahlo, this may be a good read for you.
Quotes:
On America, and its blithe way of ignoring its problematic history or the need to make progress in the present; this was brilliant:
“It’s what these guys have decided to call America. They have the audacity to say, ‘There, you sons of bitches, don’t lay a finger on it. That is a finished product.”
On lies and propaganda in the news:
“Lies are infinite in number, and the truth so small and singular.”
And this:
“How will their tongue survive in a modern world, where the talkers rush to trample every pause?”
On memories, and parting:
“Praise all but the vanishing point where we stand now, not quite parted. Already memories fall like blows. But soon they will be treasure, dropped like gold through a miser’s fingers as he makes his accounts: the years at a desk, elbow to your elbow. … Praise each insomniac hour, kept wide awake by your glow. Sleep would only have robbed more coins from this vandal hoarded store.”
Also this:
“The white cuffs soaked like bandages, drops of blood falling on white paper, these images have receded, mostly gone. But then one appears, startling as a stranger standing in the corner of a room where you’d thought yourself alone.”
On the moon’s phases:
“This evening the moon was half, and Leandro said it’s dying away. You can tell because it’s shaped like the letter C, not curved forward like D. He says when the moon is D like Dios, it is growing to fill God’s sky. When dying away it is C, like Cristo on the cross.”
On writing, and readers:
“I should like to write my books only for the dear person who lies awake reading in bed until page last, then lets the open book fall gently on her face, to touch her smile or drink her tears.”
Lastly, the funny lines from a friend:
“What’s steamin’, demon?”
“Plant you now, dig you later.”
“Thanks for the buzz. Cat, you know how to percolate.”
“That’s the story, morning glory.”
“The hell you yell, Asheville has instant coffee now?” - Calificación: 1 de 5 estrellas1/5
Sep 25, 2023
Got about half way through and then finally decided to quit. I've really enjoyed Kingsolver's other books, but this one doesn't even seem like it was by the same author. The dialogue is especially clumsy and the imagined scenes with Frida Kahlo were almost painful to read. - Calificación: 5 de 5 estrellas5/5
Jun 21, 2023
Reason read: Alpha BK, ROOT (on shelf since 2012.
I read a kindle version and listened to the audio read by the author.
The story spans 1929 to 1950 and is centered on a boy/man Harrison Shepherd born in the US of a Mexican mother and Gringolandia father. Harrison wants only to write. He isn't that political, he doesn't even vote but his life has been one of politics and class structure. The interesting parts are of Frida Kahlo, the artist and Trotsky the Russian who takes refuge from Stalin in Mexico. It also covers McCarthyism. Over and over the story points out that newspapers cannot be believed. They report what they want and they lie rather than find out the truth. My thoughts; not much really has changed; politics and newspapers are still not to be trusted. It doesn't matter right, left. - Calificación: 4 de 5 estrellas4/5
Jan 26, 2023
Definitely a worthy novel in Kingsolver's lineup. I found it funny to see how all over the place the GR reviews were. I really liked the Mexico and Rivera/Kahlo portions, colorful and gripping. The McCarthy era stuff not so much, that and other painful episodes in American history were hard reading. It left me with a lot of historical things to look at further, which I suspect may have been part of the author's intention. Liked the characters very much, especially Violet Brown. - Calificación: 1 de 5 estrellas1/5
Jun 15, 2022
I have no summary: Washington, Mexico, servants?, politics, something about the Soviet Union, communism, Trotsky, something with art?
I have never given 1 star before. This would have been my 3rd ever (I think – maybe 2nd) DNF if I wasn’t reading it for a challenge. As I do with books I’m not liking, I ended up skimming, hoping something would catch my attention, but it didn’t happen. Sadly, this is an author I usually like. - Calificación: 5 de 5 estrellas5/5
Apr 14, 2022
I have no particular interest in any of the subjects presented in this novel, but the story was so compelling that I could not put it down. Brava. - Calificación: 4 de 5 estrellas4/5
Oct 31, 2022
Ambitious historical fiction that begins on an island off the coast of Mexico in 1929. Protagonist Harrison Shepherd is thirteen years old lives with his Mexican mother, Salome, and her paramour, Enrique. Salome left Harrison’s American father in Virginia and traveled to Mexico to live a lavish lifestyle with Enrique. Left mostly to himself, Harrison learns to cook and helps in the kitchen. When the romance grows stale, Salome takes Harrison to Mexico City to live with another of her lovers.
The novel is complex in its narrative structure. The early chapters are told in third person by an omniscient narrator, but the reader learns, via an archivist’s entry, that these chapters were written by Harrison Shepherd years later, after he had become a notable author. At that point, the structure shifts to a series of diary entries, written by Harrison. The archivist gradually reveals herself, and we learn her relationship to Harrison Shepherd and what happened to him.
These two narrators, the protagonist and archivist, become witnesses to a thirty-year span of US and Mexican history. The storyline covers the Great Depression, the lives of Mexican artists Frida Kahlo and Diego Rivera, exiled Marxist Leon Trotsky, election of Harry Truman, the House Un-American Activities Committee, and Senator Joseph McCarthy’s campaign against alleged Communists. Harrison Shepherd is one of the alleged Communists due to his former employment with Kahlo, Rivera, and Trotsky.
This book helps the reader understand the impact of historical events on people of the time. The downside to this telling is that it is a bit fragmented, consisting of letters, an archivist’s notes, news articles, and court transcripts. Even though this approach is intentional and fits with the title, the reader may occasionally feel like too much is left in the gap between what is known and unknown. These gaps (lacunae) are places in which Harrison experiences a crisis, either in identity or a disruptive occurrence.
Harrison foreshadows the difficulties he will face while exploring underwater caves in his youth: “Today the lacuna appeared, a little below the surface. It’s near the center of the cliff below a knob where a hummock of grass grows out. It should be easy to find again but best to look early, with sun just up and the tide low. Inside the tunnel it was very cold and dark again. But a blue light showed up faintly like a fogged window, farther back. It must be the other end, no devil back there but a place to come up on the other side, a passage. But too far to swim, and too frightening.”
It is a sweeping epic replete with social commentary and historic relevance. I loved the parts set in Mexico. There is a bit of a lull in the middle before ramping up to the protagonist facing questionable accusations. I think it is quite an accomplished novel and the ending is particularly well-done.
4.5 - Calificación: 2 de 5 estrellas2/5
Dec 31, 2021
Did not like it. I could never quite root for or fully understand Harrison, and the diary style just didn't do it for me. Also, I found the whole he met artist Frida Khalo (who becomes a lifelong friend) and worked for Lev Trotsky a bit contrived. Just wasn't for me. - Calificación: 5 de 5 estrellas5/5
Nov 11, 2021
Wishing for more ... always, always an excellent read. - Calificación: 5 de 5 estrellas5/5
Jun 18, 2021
In these short minutes after reading the first book that kept calling me back after months of quite the literary lull, I am drained and perhaps a little weepy. What can I say. I love Barbara Kingsolver, which is no news to anyone who knows me. And I now love Harrison Shepherd. This is heartbreak I feel when reading The Glass Menagerie. Whatever it is, I know it when it flushes through my bones and strings them together. And makes me have no idea how to adequately, concisely, and coherently say what I want to say. Here are some chunks of thought.
As I get older, I become less and less inclined to read synopses on the jackets/back covers of books before I read the book itself, and all I really knew about this one was that it somehow involved the whole Kahlo-Rivera-Trotsky lusty and political menage a trois. As much as I love Kingsolver, I was holding my breath, crossing my fingers that wasn't too lofty a goal to pull off, even for her. I was able to let go...her portrayal seemed so effortless and...normal(?) to me. These are three distinct figures, no doubt about that, and BK makes sure the reader knows it, but at the same time she portrayed them in a way that I could easily separate my prior notions of them to their roles in this novel. Primarily because, really, it's all about Harrison. We learn about the world as he learns through the people he cherishes (which might be the whole world). By the second half of the book, those three are nearly forgotten (only that the tragedy has everything to do with his connection to them). This really was two books.
"'Soli, let me tell you. The most important thing about a person is always the thing you don't know.'"
Frida says this to Harrison midway through the novel, but it's been true since the beginning and remains true through the very end. Silence and hearsay--that's all there seems to be. It's the most confounding and comforting sentiment, roiling my brain for the past several days, for all the good and harm it does to the characters in this novel and the world in which we live. Where should trust be placed and what/who is worth believing? How can you tell? Shit. I don't know.
And why do humans feel compelled to continuously strive to find a source to direct their hatred? Fear, yes, I know...I feel so naive, but it's just so hard to wrap my head around it sometimes and it makes me nauseous. The HUAC hearings and the culture that it grew out of and that grew out of it have always pushed a button in me moreso than many other, more grievous crimes perpetrated in this world, and I'm not entirely sure why. This only makes me realize further that I live in a safe little bubble, or that even the safest of little bubbles can be burst.
I came to love Harrison like a brother or son. This was the strongest attachment I've felt to any one character I've read in a long time. I wanted to be his protectorate. His naivete sometimes got to be too infuriating (at first I wondered if this was a flaw in the writing, but then I forgot to remember that this was just a story). And there was just no good answer to his isolation. The way he found such courage in Lev's struggle, but could hardly deal when he was vilified himself. He was just one of those people...you know how you might be living your life with maybe not everything, but enough, and things are OK for you, but there's someone--a friend, a family member, could even be someone you know that you're not even necessarily close to--but in your gut you can feel them to be really GOOD people and you just want something GOOD to work out for them at least once in their life? That's how I feel about Harrison. I hope he was able to find it.
My head is pounding, and I've got to dream about what I can read next. Until next time, amen. - Calificación: 5 de 5 estrellas5/5
Jan 12, 2021
Complex book. The beginning was slow for me, there are many spanish words intermingled, as the story begins in Mexico. Most spanish words are explained, but not all. As our protagonist, a young boy in the beginning (Mexico) matures, he is involved with so many interesting people through work that he has learned to do, cooking mostly. He is a writer by nature. Once in the U.S., (he has citizenship in both countries, Mexican mother and American Dad) he is a young man looking for work and eventually begins writing novels which are well received in the states. It is a complex story as the relationships are deep and meaningful, the story intertwines Mexican and U.S. politics and so much more. You will not be disappointed. - Calificación: 5 de 5 estrellas5/5
Mar 28, 2020
Shepherd Harrison moves to Mexico with his mother when he is a young boy. After his parents split up, his mother moved onto the plantation of a wealthy Mexican man she met when he was working as an ambassador in America. Of course she hoped he would marry her, but this dream never quite materialized.
Young Shepherd grew up swimming in the ocean, helping the cook in the kitchen and keeping a diligent log of his days in a small notebook. Later, his skills at mixing bread dough would serve him well mixing up plaster for the internationally famous mural painter Diego Rivera. Eventually, he would move from plaster apprentice to cook to secretary to Lev Trotsky after he came to live with the Riveras.
In the wake of assassination attempts and conspiracies, he moved to America again and took up residence in North Carolina. He lived quietly there throughout the war, having been denied service because of his sexuality. Eventually, young Harrison started writing novels set in Mexico's storied past which enjoyed wide positive reception. And that's when things started to go wrong for him. The FBI began contacting him about anti-American activities.
His character is publicly destroyed and his writing income quickly dries up. Boxed into a corner, he goes back to Mexico and fakes his death to escape further persecution. Meanwhile, his faithful stenographer preserves his lifetime of journals to eventually publish in an exonerating memoir.
This is a beautiful story about a thoughtful young man who appreciates beauty and has the soul of a poet. This novel is lovely and evocative of a time in history and has a lush setting. A pleasure to read and contemplate. - Calificación: 3 de 5 estrellas3/5
May 27, 2019
Harrison Shepherd is a character that gives Kingsolver the opportunity to write about Kahlo, Rivera and Trotsky in the 30s, and the Red Scare in the US in the late 40s. It's a melancholy story of a man and the history he is a part of. - Calificación: 4 de 5 estrellas4/5
Sep 22, 2018
This was a really enjoyable read, even if it was a bulk 670 pages. Harrison Shepherd is a perpetual outsider. By birth, of an American father and Mexican mother, he is always the outsider in whichever country he chooses to live. He is an outsider, in his times, by sexual inclination. He is forced to be an outsider by those he has met and is perceived views - whether true or not. It makes for a narrative that is never settled and comfortable, there is always that feeling of being off balance or out of kilter with something, a bit like stroking a cat the wrong way. It's not always overt, but it is always there.
The book tells the story of his life, with inserts and annotations by his secretary, Violet Brown. It features his diaries and letters, and is not always coherent or consistent in its telling of events. Seeing the world through Harrison's eyes, you feel that there are times when he is missing something. He seems quite innocent and not always able to consider the possible implications or consequences of events.
In the latter part of the book, he is gradually drawn more and more tightly in the coils of the witch hunt for communists that swept the US after WW2. It s as incomprehensible to Harrison as it is to me, but that doesn't stop him being swept away by something far larger and uglier than he is.
The ending is ambiguous, which feels right and fits the tone of the rest of Harrison's life. - Calificación: 5 de 5 estrellas5/5
Aug 1, 2018
Historical fiction about Mexico, Trotsky, McCarthy, and more, really well written. It read very slowly, and is a big book, but very little was expendable! - Calificación: 5 de 5 estrellas5/5
Jul 11, 2018
I listened to the audio version which was narrated by the author. I’m quite sure that my experience of the book was richer than it would have been if I had read it in print. Kingsolver knows her characters and she is able to express them through her voice. But even without this, the writing is pure magic! Every character is so vivid and I cared to know each bit I heard them say or do. The story takes place beginning in Mexico in the early 1900s and the scene is wonderfully set. Kingsolver is so good at giving meaningful information in ways that can be playful, fun, and also powerful.
The story is about an American boy raised in Mexico by a mother who is mostly interested in herself. He comes to know some famous historical people who have an impact on him. One of these is Trotsky. Others are artists. The boy is interested in writing at an early age. The story progresses into post-World War II in America including Hoover and McCarthy chasing the threats of communist conspiracies. So there is quite a bit of history included, but not at the expense of the story. Besides caring so much about the main character, I loved V.B. who is his secretary in the later years. That character is so great to listen to, but I think that the way she expresses herself will shine through from the printed page as well.
I highly recommend this delightful and meaningful book. - Calificación: 4 de 5 estrellas4/5
Mar 11, 2018
An easy read, the pages flew by. The story shifts from Mexico to Washington, D.C. and then finally Asheville, North Carolina, in different eras, a good trip through them. - Calificación: 5 de 5 estrellas5/5
Feb 10, 2018
Fabulous! Always pleased with Kingsolver, this novel had me reaching for histories in the McCarthyism era.
Amazing how a label can be embraced in one year then reviled and persecuted a few years hence.
Highly recommended.
The audio is read by the author, a big help with the Hispanic linguistics. - Calificación: 4 de 5 estrellas4/5
May 25, 2017
Barbara Kingsolver is one of those authors that I avoided for a long time because of the very snobby idea that an author that popular couldn't be very good, i.e. very literary. I'm so glad I took a chance because I've loved all of the books I've read by her. She is gifted at creating characters you care about and using interesting settings. That makes her easy to read and popular, but her books are not at all common, light, or simple.
In The Lacuna, she delves into a young man named Harrison Shepherd through his diaries which are compiled by V.B. (later we learn this is Violet Brown). Shepherd is the son of an American father and Mexican mother. At age 12, his mother leaves his father and takes him with her to Mexico, where they live in a string of locations following her boyfriend of the moment. When he strikes out on his own, he ends up as cook, aide, and eventually friend to Diego Rivera, the famous muralist, and Frida Kahlo, the famous painter. He and Frida have a close relationship and it resurfaces throughout the novel, even after he leaves Mexico. He moves back to America, to Asheville, N.C., after a traumatic incident involving Trotsky (yes, Trotsky) and begins writing historical fiction novels. His ties with the Communists during his time in Mexico come back to haunt him as the McCarthy Era begins.
Normally I don't give that much of a plot summary, but the history really shapes Shepherd's life in this book. Somehow even with all the famous characters and true history drama, Kingsolver usually manages to keep the focus on Harrison Shepherd and his internal life. The symbolism in the book is subtle and deep and the characterizations are very believable.
I thought at times that the history overwhelmed the main character just a little bit, but I really enjoyed this book and would highly recommend it. - Calificación: 5 de 5 estrellas5/5
Mar 25, 2016
Mexico, 1929. In the beginning American-born Harrison Shepard is a simple young boy just barely holding onto his Mexican mother's apron strings as she drags him through one failed relationship to another in her never-ending quest for all-adoring lover. He is without friends or proper parenting. His closest companions are housekeepers and servant boys.
As Harrison matures he he finds work as a plaster-mixer/cook in artist Diego Rivera & Frida Kahlo's home. He befriends political figures like Lev Trotsky. He is now in a world where packing a machine gun along with food and a blanket for a picnic is nothing out of the ordinary. He writes everything down. From there, this coming of age tale turns political. America, 1941. Harrison finds his way to Asheville, North Carolina and goes on to be a successful author. Polio and Communism are the growing paranoias of the times. Harrison's personality, unchanged since childhood, and his involvement with Rivera and Trotsky put him on a dangerous path of presumption and suspicion.
This is a tale of loyalty and love; a portrait of a quiet, unassuming man just trying to make it in the world. - Calificación: 4 de 5 estrellas4/5
Jan 14, 2016
Audio book performed by the author.
4****
Kingsolver tells the story of William Harrison Shepherd, a young man caught in the gaps (the lacunae) between two countries, two parents, two cultures, two lives (public and private). The novel unfolds as a series of diary entries, letters, and newspaper clippings, spanning the period from 1929 to 1954. Never quite at ease with his place in the world, Shepherd is an astute observer, who carefully considers what he witnesses and forms his own opinions. But he is not a man of action; he goes along for the ride, letting history unfold around him and never quite understanding how it has derailed his meager hopes. When he fails to play the media’s game, he finds himself the object of increasingly outlandish stories; and, eventually, accusations taken as truths will destroy him. The lacuna that is most important here is the space between truth and a falsehood perceived as truth.
I love how Kingsolver’s luscious writing paints the landscape and time period. I could just about taste the sugary pan dulce or savory chalupas; was nearly deafened by the howler monkeys, the din of the marketplace or the shouts of demonstrators and riot police; I relished in the colors of the tropics and felt subdued by the grey of a mountain winter.
I did eventually grow to appreciate Kingsolver's narration, though I really had a difficult time with her performance at the outset. I thought she was too “careful” with her words; it lacked emotion and “life.” But she really shone, in my opinion, when she voiced Frida Kahlo and, especially later in the novel, Violet Brown. I think I am going to have to read this one again – this time in a text format. - Calificación: 4 de 5 estrellas4/5
Nov 22, 2015
Kingsolver tells the story of a young boy growing up in Mexico in the households of Diego Rivera, Frida Kahlo and Leon Trotsky. The story focuses on the personal more than the political, though the overall themes are certainly commentary on the suppression of dissent and the forced orthodoxy of political expression in the last decade in America. - Calificación: 4 de 5 estrellas4/5
Nov 16, 2015
After the failure of his parents' marriage, Harrison Shepard's mother takes him to her native Mexico. Harrison is mostly left to his own devices while his mother spends her time dancing, smoking, drinking, and chasing men. The acquisition of a notebook leads to a life-long habit of journaling. A young cook becomes a father figure for Harrison, who becomes his assistant in the kitchen. When Harrison and his mother move to Mexico City, he becomes the cook for Diego Rivera and Frida Kahlo. When their household grows to include the Russian Trotsky and his entourage, Harrison adds translating and secretarial duties to his cooking duties. After Trotsky's assassination, Harrison eventually lands in Asheville, North Carolina, where he becomes a successful novelist. However, his past association with communists make him a target for Joseph McCarthy's House Un-American Activities Committee.
I loved the first ¾ of the book, especially the parts set in Mexico. The last quarter of the book fell flat. I was fascinated by the structure. The combination of journal entries, copies of letters, and newspaper clippings gives it a feel similar to reading through a box of loose family papers. The structure was problematic in the ebook version I read. I kept wanting to refer back to earlier parts of the book, but because there are no chapters, the only reference points in the table of contents are the part headings, with each part consisting of more than 100 pages. Many readers will prefer reading a print copy for this reason.
I read this despite my general aversion to reading fictionalized accounts of real people and events. I don't want my knowledge of history clouded by fiction. I don't know a whole lot about Trotsky, and I feel like I need to read a biography to put him in proper perspective. Kingsolver portrays him in this book as a kind of grandfatherly, professorial, genteel man. I'm sure there were more facets to his character, including some darker traits. - Calificación: 3 de 5 estrellas3/5
Oct 2, 2015
"The Lacuna" is the story of a young man who is searching for himself, seeking his identity which is lost amid divorce and dislocation. Shuffled back and forth between his mother in Mexico and his father in the U.S., young Shepherd isn't sure if he is Mexican or American or both. He finds his true home and family with the artists Diego Rivera and Frida Kahlo and Soviet Leon Trotsky. When he finally relocates permanently to America and settles down as a writer his identity is again called into question. At the height of McCarthyism, he is branded a Communist. The story is told through letters and journal entries with commentary inserted from his secretary. Consequently, for me, it read a bit slowly, dragging in places. It was a fascinating read and a wonderful character study - well worth reading, but the use of the journal/letters as the storytelling device was a bit tedious for me. The book picks up steam as it moves into the latter part of Shepherd's life and the bits and pieces of the tale that involved the artists was well researched. Overall it is well written and engaging, despite some slow stretches. - Calificación: 5 de 5 estrellas5/5
Aug 13, 2015
Historical novel that includes Diego Rivera, Freda Kahlo, Leon Trotsky, Joe McCarthy, and the House Unamerican Activities Committee. What more could you want for drama? - Calificación: 3 de 5 estrellas3/5
Aug 11, 2015
It took me a really long time to get into this book. If it wasn't written by Barbara Kingsolver I don't think I would have continued reading. To me, the first half of the book was long and drawn out set up for the second half of the book. During this time, the narrarator is living in Mexico where he works in the household of the artists Diego Rivera and Frida Kahlo, and thus becomes acquainted with the Soviet exile Lev Trotsky. There were a few interesting parts in this section of the book, but it was mostly just mundane and I kept waiting for it to end.
I just never felt attatched to any of the characters at this point. I didn't get a strong sense of who any of them were, or care much what happened to any of them. I have always loved Kingsolver's characters, so I was really disappointed by this.
I really enjoyed much of the second half of the book, especially conversations that Harrison Shepherd has with Violet Brown and Arthur Gold about the political and social climate of the United States and the anti-Communist fervor. I've never really read much about this period of American history, and I don't know how accurately Kingsolver captured it, but I loved the points about how most people really didn't know what Communism was, they only knew what anti-Communism was. The book illustrates well how easily people become afraid and suspicious of their neighbors when only a few years before they had rallied as a country and made many sacrifices to support the war efforts.
When I heard Kingsolver speak about this book, she said that was really the crux of the book for her. The time in American history when people came together and were sacrificing so much for the war effort to the time when it became un-American to question government policies or express any sentiments that America still had work to do as a country. I really liked the parts of the book that dealt with this theme and I just wish it had gotten to that point quicker. - Calificación: 5 de 5 estrellas5/5
Aug 10, 2015
I had the privilege of listening to Kingsolver read this aloud as well as reading the print...I love her. Her voice and her style of narration, her perfectly articulated words and sounds all captivated me instantly. Hearing V.B.'s voice as Kingsolver intended it is what made me want to just hug Violet Brown. The characters were so lovable (even though I'd never want to hang out with Harrison or Violet in real life, but Trotsky definitely).
I have heard people say that this book had a political agenda. I have to disagree. I believe that this novel, although centered around politics, is about humans, while politics never seem to be. This novel did not turn me into a socialist, a communist, an anti-communist, or a hater of capitalism, but it did make me want to embrace all kinds of people. It made me yearn to learn more about and to listen to people I don't know, and especially those that I think "I know about." Because I don't really. The best part about someone is that which you don't know. Thinking about that recurring message in the novel has impacted me. For reals.
This novel showed me about:
McCarthyism: how could we force people to value our government over theirs by silencing, condemning, and violating all of the personal freedoms that make our country so great?
The Bonus Army: How did I learn about this terrible event in high school (I had to have, right?) without remembering it? It's seared into my consciousness now...
Having your words used against you
Being a writer
Being a private person
Trotsky & Stalin
Stupid American slang from the 20's-50's.
Being gay when hardly anyone around you thinks that is okay
Censorship & other oppressive behavior
Artists, especially Frida & Diego
A lot of ancient Mexican history
Integrity
My favorites (I'm being vague so as not to spoil the plot)
a) when a character protested a violating probe by invoking our personal rights guaranteed to Americans, and the agent responded with something to the effect of, "No American talks like that; that's how I know you're a communist." HA! I don't think this is true anymore, and I'm hoping that we'll be a little less inclined to McCarthyism-type witch hunting in the future.
b) The metaphorical images in the first chapter and what they came to symbolize
c) The strong women (Frida & VB)
d) Lev
e) The subtlety
f) The statement that a rule of the media is to fill the silence, keep talking, whether it's true or not. Sounds familiar.
g) Barbara Kingsolver's voices when she reads aloud.
h) The ending.
I have to thank my local library for pushing me to read this by selecting it for book club. I would have really missed out on some opportunity to grow as a person had I not dived into the lacuna.
- Calificación: 5 de 5 estrellas5/5
Feb 4, 2015
This is among the best books I have ever read. It has everything I love in a book - excellent writing, a connection to history, a well-crafted plot, and bigger-than-life themes. I loved every page.
Vista previa del libro
Laguna - Barbara Kingsolver
PRIMERA PARTE
México, 1929-1931
(VB)
Isla Pixol, México, 1929
En el principio fue el aullido. Comenzaba con el alba, cuando la orilla del cielo estaba por clarear. Al principio, solo había uno: un gemido ronco y rítmico, como el de un serrucho. Este despertaba a los que estaban cerca, azuzándolos para aullar todos juntos en un tono terrible. Pronto los aullidos de las gargantas pardas respondían como un eco desde unos árboles más alejados de la playa, hasta que toda la selva se poblaba de árboles aulladores. Tal y como fue en el principio, así sigue siendo cada mañana en el mundo.
El niño y su madre creían que en los árboles gritaban diablos con ojos de plato, luchando por un territorio donde alimentarse de carne humana. A lo largo de su primer año en México, en casa de Enrique, todavía despertaban cada día al amanecer, aterrados por los aullidos. A veces ella corría por el pasillo de losetas hasta el cuarto del hijo, recortándose en el umbral con el pelo suelto; los pies helados como peces fríos dentro de la cama, donde se arropaban con una colcha tejida, los dos envueltos como en una red, escuchando.
Todo iba a ser como un libro de cuentos. Eso le prometió en el cuartito frío de Virginia, Estados Unidos: si escapaban a México con Enrique, ella se casaría con un hombre rico, y su hijo sería el joven patrón de una hacienda rodeada de plantaciones de piña. La isla estaría rodeada por un aro de mar brillante, como un anillo de boda y en algún lugar de tierra firme estaría la joya: los pozos petrolíferos donde Enrique había hecho su fortuna.
El libro resultó ser, en cambio, El prisionero de Zenda. Muchos meses después aún no era paje de la madre ni ella la novia. Enrique, el carcelero, examinaba con mirada fría su terror mientras desayunaba: «Los gritos son de aullaros —decía al sacar una servilleta blanca del aro de plata y colocarla en sus muslos mientras comía rebanando su desayuno con cuchillo y tenedor, con los dedos llenos de anillos de plata—. Se aúllan uno al otro para delimitar su territorio antes de salir a buscar el sustento».
El sustento bien podríamos ser nosotros, pensaban madre e hijo al agazaparse juntos bajo la telaraña de la colcha, escuchando los gritos escalofriantes elevarse como la marea. Deberías escribir todo esto en tu cuaderno. Le decía ella, la historia de lo que nos ocurrió en México. Para que alguien se entere adónde fuimos, cuando ya no queden de nosotros sino los huesos. Dijo que empezara así: En el principio, los aullaros clamaban por nuestra sangre.
Enrique había vivido siempre en esta hacienda, desde que había sido construida por su padre, quien a punta de latigazos obligaba a los indios a sembrar los campos de piña. Había sido criado para entender las ventajas del miedo. Por eso no les dijo la verdad hasta casi un año después: los que aúllan son monos. Ni siquiera levantó la vista, fija en lo único importante de la mesa: los huevos de su plato. Disimuló una sonrisa tras el bigote, que no es un buen lugar para el disimulo. «Hasta el indio más ignorante de por aquí lo sabe. También ustedes lo sabrían si salieran temprano, en vez de esconderse en la cama como un par de perezosos.»
Era cierto: las criaturas eran monos de colas largas que se alimentaban de hojas. ¿Cómo pueden lanzar semejantes aullidos unas criaturas tan absolutamente comunes y corrientes? Pero así era. El niño salió a hurtadillas temprano y aprendió a localizarlos en lo alto de las copas, recortados contra el cielo blanco. Los cuerpos lanudos y encogidos se balanceaban con las extremidades extendidas, mientras con las colas intentaban tocar las ramas como si fueran cuerdas de guitarra. A veces la mona madre llevaba a cuestas crías nacidas en las precarias alturas, que se aferraban a ella para sobrevivir.
Resultó que no eran demonios arbóreos. Ni Enrique un rey malvado, sino simplemente un hombre. Se parecía al novio que corona los pasteles de boda: la cabeza redonda, el pelo brillante partido en medio, el mismo bigotito. Pero la madre no era la noviecita. Y claro, en semejante pastel no había sitio para el niño.
Desde entonces, cuando Enrique quería dejarlo en ridículo no necesitaba siquiera mencionar a los diablos: le bastaba voltear los ojos hacia los árboles. «Aquí el diablo es un niño con demasiada imaginación», solía decir. Parecía un problema de matemáticas, y al niño le preocupaba no poder descubrir cuál era la incógnita: ¿el niño?, ¿la imaginación? Enrique creía que un hombre de éxito no necesita en absoluto imaginación.
Esta es otra manera de comenzar la historia, y también es válida.
Los peces se rigen como se rigen los pueblos: si un tiburón se acerca, todos escapan y lo dejan a uno como cebo. Comparten un corazón asustadizo que los hace moverse al unísono, huyen del peligro justamente antes de que aparezca. Los peces saben, de algún modo.
Debajo del mar hay un mundo sin gente. El techo del mar se balancea por encima de quien flota sobre los bosques de coral con sus árboles morados, rodeados por un cuerpo de luz celestial formado por peces brillantes. El sol entra en el agua con sus dardos encendidos, toca los cuerpos escamosos e incendia cada una de las aletas. Miles de peces forman un cardumen que se mueve al mismo tiempo: una enorme unidad, brillante y quebradiza.
El mundo de allá abajo es perfecto, excepto para quien no puede respirar en el agua. Se aprieta la nariz y cuelga del techo plateado como un enorme y horrendo títere. Sus brazos están cubiertos de vello que parece pasto. Es pálido, la luz acuática ilumina la piel erizada de un niño y no la plata escamada y resbaladiza que desearía tener, como una sirena. Los peces lo esquivan y se siente solo. Sabe que es una tontería sentirse solo por no ser pez, pero eso es lo que siente. Sin embargo, se queda allí, atrapado por esa vida inferior, con deseos de vivir en aquella ciudad, con una vida líquida y brillante fluyendo a su alrededor. El cardumen relampagueante va de un lado a otro, la multitud de manchas entra y sale como si una gran criatura respirara. Cuando una sombra se aproxima, la masa de peces retrocede al instante hacia su propio centro, juntándose en un núcleo denso y seguro que excluye al niño.
¿Cómo pueden saber que deben dejarlo a él de cebo para salvarse? Los peces tienen un Dios propio, un titiritero que maneja su mente común y tira de los hilos atados al corazón de cada uno de los habitantes de este mundo populoso. Todos los corazones excepto uno.
El niño descubrió el mundo de los peces cuando Leandro le regaló un visor. Leandro, el cocinero, se apiadó del escuálido niño estadounidense que pasaba el día metido entre las rocas de la playa, jugando a cazar algo. El visor era de goma, con cristal y casi todas las demás partes que tienen las anteojeras de los pilotos. Leandro le contó que su hermano lo usaba cuando vivía. Le enseñó a escupir en el vidrio antes de ponérselo, para que no se empañara.
—Ándele. Métase al agua ahora. Va a quedarse sorprendido.
El niño pálido se quedó temblando, con el agua hasta la cintura, pensando que estas eran las palabras más terribles en cualquier lengua. Va a quedarse sorprendido. El momento en que todo está a punto de cambiar. Como cuando Mamá iba a dejar a Papá (ruidosamente, vasos estrellados contra la pared), llevándose al niño a México, sin que pudiera hacer nada sino quedarse parado en el pasillo de la casita fría, esperando que le dijeran algo. Los cambios nunca fueron buenos: subirse al tren, un padre, ningún padre. Don Enrique del consulado en Washington, luego Enrique en la cama de Mamá. Todo cambia entonces, cuando se espera que un mundo se deslice hacia el siguiente, en un pasillo.
Y luego esto, esperándolo al final de todo: quedarse parado en el mar, con el agua hasta la cintura, con un visor puesto y Leandro observándolo. También habían venido algunos niños del pueblo, balanceando los brazos morenos, con largos cuchillos para sacar ostiones. La arena blanca, pegada a los lados de sus pies, parecía calzarlos con mocasines pálidos. Se detuvieron a ver, el balanceo de sus brazos se interrumpió, congelado, a la espera. No le quedaba sino tomar aire y zambullirse en ese lugar azul.
Y allí estaba, ah, Dios, la promesa cumplida, un mundo. Peces enloquecidos con color, rayas y puntos, cuerpos dorados, cabezas azules. Sociedades de peces, un público suspendido en su mundo acuático, metiendo la nariz puntiaguda en los corales. También se metían entre dos troncos peludos, sus piernas, que para ellos no eran sino parte del paisaje. El niño se quedó rígido, tan asustado estaba, tan feliz. Después de esto terminaron las zambullidas inconscientes en el mar. Nunca más creería que solo hay agua azul dentro del mar.
Se negó a regresar hasta que terminó el día y los colores comenzaron a oscurecerse. Por suerte, su madre y Enrique habían bebido bastante, sentados en la terraza con hombres de Estados Unidos que manchaban el aire de azul con sus puros, comentaban el asesinato de Obregón, se preguntaban quién atajaría ahora las reformas agrarias para que los indios no se apoderaran de todo. Si no hubiera sido por tanto mezcal con limón, su madre se habría aburrido con esta plática de hombres y ya empezaría a preguntarse si su hijo se habría ahogado.
El único que se lo preguntó fue Leandro. A la mañana siguiente, cuando el niño entró en el lugar donde estaba la cocina para verle preparar el desayuno, Leandro le reclamó: «Pícaro, me la vas a pagar. Todos pagan por sus faltas». Leandro se había pasado toda la tarde preocupado, pensando si el visor que había traído a la casa no sería un instrumento mortal. El pago fue despertar con una quemadura del tamaño de una tortilla, ardiente como una brasa. Cuando el de la falta se quitó el camisón para enseñar la piel tostada de la espalda, Leandro se rió. Como él era más moreno que los cocos, no había pensado en la quemadura. Pero por una vez no dijo: «Me la va a pagar», con el usted que usan los sirvientes al dirigirse a los patrones. Dijo: «Me la vas a pagar», con el tú familiar de los amigos.
El culpable no se arrepentía. «Tú me diste el visor, es tu culpa.» Y se fue de nuevo casi todo el día al mar, con la espalda tostándose como chicharrón en un cazo. Leandro tuvo que untarle manteca esa noche, diciéndole: «Pícaro, ¿por qué haces tonterías? No seas malo», con el tú de los amigos, los amantes, de los adultos con los niños. A saber con cuál.
El sábado anterior a la Semana Santa, Salomé quiso ir al pueblo para escuchar la música. Su hijo debía acompañarla porque ella necesitaba colgarse del brazo de alguien para dar vueltas por la plaza. Prefería llamarle por su segundo nombre, William o simplemente Will, que está unido en inglés al futuro e indica todos los futuros: serás. Claro que, con su acento, güil sonaba como wheel, rueda en inglés, algo que solo es útil cuando está en movimiento. El nombre de ella era Salomé Huerta. Cuando era joven había huido a Estados Unidos, donde su nombre se convirtió en Sally; luego, por un tiempo, fue Sally Shepherd. Pero nada es eterno, y el Sally de Estados Unidos se desvaneció.
Aquel era el año del capricho de Salomé, el último en la hacienda de Isla Pixol, aunque nadie podía saberlo entonces. Aquel día el berrinche contra Enrique era debido a que no había querido acompañarla a caminar por el Zócalo para que luciera su vestido. Tenía mucho trabajo. Trabajar quería decir sentarse en la biblioteca mesándose el cabello con ambas manos, beber mezcal, mojar el cuello de la camisa de sudor mientras repasaba columnas de números. Era así como se enteraba si estaba embutido en dinero hasta el bigote o si le llegaba más abajo.
Salomé se puso el vestido nuevo, trazó un corazón sobre los labios, tomó a su hijo del brazo y caminó hacia el pueblo. Antes de ver el Zócalo lo olieron: vainilla seca, cocadas de leche, café de olla. El Zócalo estaba lleno de parejas que caminaban con los brazos entrelazados como enredaderas que trepan por los árboles, sofocándolos. Las muchachas llevaban faldas de lana a rayas, blusas de encaje y novios de cintura estrecha. El ambiente de la fiesta estaba perfectamente delimitado: cuatro hileras de luces colgadas de los postes de las esquinas, cercando un cuadrado luminoso de noche por encima de la gente.
Iluminados desde abajo, el hotel y otros edificios de la plaza tenían cejas de sombra sobre los balcones de hierro. La pequeña catedral parecía más alta y amenazadora de lo que realmente era, como cuando alguien entra en una habitación con una vela encendida en la mano. Los músicos estaban en un kiosco pequeño y redondo con barandales de hierro recién pintados de blanco como todo lo demás, incluidos los gigantescos laureles que bordeaban la plaza. Los troncos relucían en la oscuridad, hasta cierta altura, como la marca de una inundación reciente de cal.
Salomé parecía feliz de flotar en ese río de gente que daba vueltas a la plaza, aunque era diferente a todos los demás con sus zapatos de piel de lagarto y el vestido flapper de seda corto que dejaba ver las piernas. La multitud se apartaba para dejarle paso. Muy probablemente le complacía ser española de ojos verdes entre indios; criolla más bien: nacida en México y sin embargo pura, sin gota de sangre india. Su hijo, medio americano y de ojos azules, se sentía menos cómodo con lo que le había tocado en suerte: un alto junco entre pueblerinos de cara ancha. Hubieran sido una buena ilustración de «Las Castas de la Nación» que aparecían en los libros de texto de esa época.
—El próximo año vendrás con tu novia —le dijo Salomé en inglés, atenazándole el codo con ese amor que se parece a las pinzas de cangrejo—. Esta es la última Noche de Palmas que querrás pasar con este vejestorio. —Le gustaba hablar en caló inglés, sobre todo cuando había mucha gente. «Posalutely the berries: de lo más suave», decía, encerrándolo con sus palabras en un cuarto invisible con la puerta atrancada.
—No tendré novia.
—El próximo año cumplirás catorce. Ya eres más alto que el presidente Portes Gil. ¿Cómo voy a creer que no tengas novia?
—Portes Gil ni siquiera es presidente legítimo. Entró solo porque se cargaron a Obregón.
—A lo mejor tú también llegas así al poder, cuando una muchacha corte con su primer novio. No importa cómo consigas el puesto, cariño. Ella seguirá siendo tuya.
—Si quisieras, el próximo año podrías tener el pueblo a tu disposición.
—Pero tú tendrás novia. Solo te digo eso. Te irás y me dejarás sola. —Era un juego que le gustaba empezar, y resultaba difícil ganarle.
—Si no te gusta este, Mamá, podrías irte a otro. A una ciudad elegante donde la gente tenga algo mejor que hacer que dar vueltas alrededor del Zócalo.
—¿Y qué? —insistió—. Igual allí estaría la novia. —No solo una novia, sino la novia. Ya era su enemiga.
—¿Y a ti qué te importa? Tú tienes a Enrique.
—Lo dices como si fuera la peste.
La multitud había abierto un hueco para bailar frente a la banda parapetada tras el barandal de hierro. Viejos con huaraches colocaban los brazos tiesos alrededor de esposas con cuerpos de barril.
—Mamá, pase lo que pase, el próximo año todavía no serás vieja.
Al caminar, ella posaba la cabeza en su hombro. Él había ganado.
A Salomé no le gustaba nada que su hijo fuera ya más alto que ella: al principio se enfureció, luego se tornó lánguida. Según su cómputo de la vida, ya habían pasado dos terceras partes: «La primera parte es la infancia; la segunda, la infancia de tu hijo; la tercera, la vejez». Otro problema matemático sin solución posible, sobre todo tratándose del niño. Crecer hacia atrás, volverse nonato. Eso sí que hubiera sido, precisamente, la mejor solución.
Se detuvieron a mirar a los mariachis de la plataforma, hombres guapos con labios apretados besando largamente sus trompetas de bronce. Botonaduras de plata a lo largo de las perneras de los pantalones negros y angostos. El Zócalo ya estaba lleno; seguían llegando hombres y mujeres de los sembradíos de piña, con el polvo del día acumulado en los pies, dejando la oscuridad para entrar en el cuadrado que iluminaban los focos. Frente al pecho plano de la iglesia de piedra, algunos se sentaban en el suelo, en pequeños campamentos hechos de sarapes desplegados, donde el padre y la madre se acomodaban recostando la espalda contra la piedra fresca mientras los niños dormían arropados en fila. Eran los vendedores que llegaban en Semana Santa, cada mujer con el atuendo distintivo de su pueblo. Las del sur llevaban extrañas faldas como cobertores enredadas con pliegues, y delicadas blusas bordadas y con cintas. Las usaban aquella noche, en Semana Santa, y todos los días, tanto si iban a una boda como a dar de comer a los puercos.
Habían llegado con cargas de ramas de palma, y ahora estaban desatándolas y separando las hojas. Toda la noche, en la oscuridad, sus manos tejían las tiras hasta formar inusitadas formas de resurrección: cruces, coronas de flores, palomas y hasta Cristos. Debían hacerlo todo en una noche, para la misa prohibida del Domingo de Ramos, pues luego se quemaban: los iconos no estaban permitidos, ni los curas, ni decir misa. Prohibidos todos por la Revolución.
Aquel año los Cristeros habían entrado en el pueblo a caballo, con sus cartucheras cruzadas sobre el pecho como joyas, galopando por la plaza en protesta por la prohibición de cultos. Las muchachas gritaron vivas y les arrojaron flores, como si fueran la reencarnación de Pancho Villa, salido de su tumba sobre el caballo que había reencontrado.
Las viejas arrodilladas se balanceaban con los ojos cerrados, abrazando sus cruces y besándolas como si fueran niños. Al día siguiente estos pueblerinos llevarían sus imágenes a la iglesia sin curas, encenderían sus velas y se moverían juntos, impelidos por un estado de gracia común, como los peces. Tan fieles a lo que consideraban correcto que podían infringir las leyes, proclamar la salvación de sus almas y luego ir a sus casas y deshacerse de toda prueba incriminadora.
Ya era tarde, las parejas comenzaban a ceder el espacio de baile a un grupo más joven: muchachas con el pelo trenzado con estambres rojos y en rodetes sobre la cabeza, como anchas coronas. Los vestidos blancos se agitaban como espuma, con las faldas tan amplias que al tomar la orilla entre los dedos, levantarlas y dar vueltas de pronto parecían aleteos de mariposas. Las botas de tacón de los hombres golpeteaban el suelo con fuerza, como potros encerrados. Cuando la música se detenía, se inclinaban ante sus parejas como animales en un cortejo nupcial. Atrás, adelante: las muchachas movían rítmicamente los hombros. Los machos colocaban los pañuelos bajo el brazo y luego los blandían bajo las barbillas de las hembras.
Salomé decidió que iba a retirarse de inmediato.
—Tendríamos que volver caminando, Mamá. Natividad no vendrá a recogernos hasta las once. Eso le dijiste.
—Pues caminamos.
—Espérate aunque sea otra media hora. Si no, tendremos que andar en la oscuridad. Pueden asesinarnos los bandidos.
—Nadie va a asesinarnos. Todos los bandidos están aquí, tratando de robar bolsas en el Zócalo. —Salomé era práctica hasta cuando se ponía histérica—. Te molesta caminar.
—Lo que me molesta es ver a estos primitivos luciéndose. Aunque la mona se vista de seda, mona se queda.
Y entonces la oscuridad cayó como una cortina sobre todos. Alguien debió de apagar las luces. La multitud lanzó un suspiro. Las muchachas mariposas habían colocado vasos con velas prendidas sobre las cabezas coronadas por trenzas. Cuando bailaban, las luces flotaban sobre una superficie invisible, como la luna reflejada en un lago.
Salomé estaba tan decidida a regresar andando que ya había enfilado en la dirección equivocada. No era fácil darle alcance. «Las indias —dijo con desprecio—. ¿Qué clase de hombres las seguirán? Una tamalera no pasa de tamalera.»
Las muchachas que bailaban eran mariposas. A cien pasos de distancia, Salomé podía verles la mugre de las uñas, pero era incapaz de ver sus alas.
Enrique esperaba que los hombres del petróleo llegaran a un acuerdo, pero eso tomaría tiempo. Habían venido con sus esposas a Isla Pixol; todos se hospedaban en el pueblo. Enrique trató de convencerlos para que se quedaran en la hacienda, pues una hospitalidad cómoda podría favorecer las negociaciones. «El hotel es antediluviano. ¿Ya vieron el elevador? Una jaula de pájaros sostenida por una cadena de reloj. Y los cuartos son más pequeños que una caja de puros.»
Salomé le lanzó una mirada fulminante. ¿Cómo lo sabía él?
Las esposas llevaban pelo corto y trajes elegantes, pero todas ellas habían entrado ya en lo que Salomé llamaba la tercera de las Tres Etapas de la Vida. O tal vez ya habían alcanzado la cuarta. Después de la cena los hombres fumaron puros tuxtleños en la biblioteca y las mujeres se quedaron fuera, con sus zapatos de tacón de aguja sobre las losetas de la terraza, los sombreritos afianzados con alfileres para que no se los llevara el viento y ondas de pelo retorcido pegadas a las mejillas. Con su copa de vino tinto en la mano miraban la bahía, hablando del silencio submarino: «Algas que se mecen como palmeras —asentían todas—, callado como una tumba».
El niño, sentado en la pared baja de un extremo de la terraza, pensó: Estas tipas se decepcionarían si supieran lo animado que es aquello. Extraño, pero no callado. Como en alguno de los mundos misteriosos de los libros de Jules Verne, lleno de sus propias cosas, sin prestar la menor atención a las nuestras. Muchas veces sacaba el aire de los oídos y solamente flotaba, escuchando el coro infinito de chasquidos leves y ruiditos. Al observar que un pez sorteaba el camino alrededor de un coral, lo vio hablar con otros. O al menos, hacer ruido en esa dirección.
—¿Cuál es la diferencia entre hablar y hacer ruido? —le preguntó a Leandro al día siguiente.
Salomé todavía no había aprendido el nombre de Leandro. Le llamaba «el muchacho nuevo de la cocina». Ofelia, la última galopina, era una muchacha bonita que le gustaba bastante a Enrique, y Salomé la echó. Leandro ocupaba más espacio, parado con los pies descalzos y separados, firme como los pilares de estuco que sostenían los techos de tejas en los corredores de esta casa amarillo ocre. Una fila de limoneros puestos en grandes macetas de barro bordeaban el corredor entre la casa y el ala de la cocina. Y Leandro estaba allí plantado casi todo el día, cortando los chayotes con un machete sobre una mesa grande. O pelando camarones, o haciendo sopa de milpa: granos de elote con flor de calabaza en trozos y aguacate. Sopa Xóchitl de caldo de pollo y verduras. Su arroz tenía algo que le daba un deje dulzón.
Todos los días le decía: Podrías agarrar un cuchillo y dejar de dar lata. Pero con una sonrisa, no ese «dar lata» de Salomé. No como cuando ella le decía: «Si entras aquí con esos pies llenos de arena, tu nombre tendrá lodo», regañándolo en inglés.
Respecto a la diferencia ente hablar y hacer ruido, Leandro contestó:
—Depende.
—¿De qué depende?
—De la intención, si quiere que el otro pez entienda lo que le quiere decir. —Leandro estudió con solemnidad su montón de camarones, como si antes de su ejecución hubieran pedido una última gracia—. Si el pez solo quiere mostrar que anda por allí, es ruido. Pero tal vez sus chasquidos quieran decir «Vete», o «Esa comida es mía, no tuya».
—O: «Tu nombre tendrá lodo».
Leandro se rió. Sonaba tan raro en español: tu nombre tendrá lodo.
—Exacto —respondió.
—Entonces para el otro pez es plática —dijo el niño—, pero para mí no es más que ruido.
Leandro necesitaba ayuda, pues había muchas bocas que alimentar en la casa: a los gringos les gustaba comer. Y también era el cumpleaños de Salomé, y se le antojaron unos calamares. Los ojos de las mujeres de los petroleros se movían como péndulos de reloj bajo los sombreros acampanados al ver los calamares a la veracruzana. En cambio, los hombres podían comerse los tentáculos sin fijarse, enfrascados en sus propias historias. Comentaban cómo sus mercenarios habían terminado con la rebelión en Sonora, obligando a Escobar a correr como un perro. Mientras más mezcal vaciaban de sus vasos, más rápido corría Escobar.
Tras la cena, Leandro dijo: «El flojo trabaja el doble», porque el niño intentó llevar todos los platos juntos a la cocina. Dos platos blancos cayeron al suelo haciéndose añicos en las losetas. Leandro tenía razón: barrer toma el doble de tiempo que dar otra vuelta. Leandro salió y ayudó a recoger el tiradero, hincándose bajo la mirada de los estadounidenses, que se quejaban de la torpeza de los criados. Habían encontrado por fin algo que es siempre igual en cualquier país.
Después, Salomé intentó que todos se animaran a un bailongo. Hizo girar la manivela de la Victrola y ondeó una botella de mezcal ante los hombres, pero todos se fueron a dormir, dejándola que diera vueltas en la sala, como quien suelta un globo de gas. Era su cumpleaños, y ni siquiera el hijo que echó al mundo se animaba a un bailecito con ella. «Por el amor de Dios, William, eres un aburrido —diagnosticó—. La nariz siempre metida en tus libros, no eres bueno para nada.» Flaco, verde, estorbo eran apenas un mínimo ejemplo del repertorio que le dedicaba cuando la tenía hasta la coronilla. Intentó bailar con ella después de eso, pero era demasiado tarde: ya no se tenía en pie sobre los tacones.
Salomé es hermética, les gustaba decir a los hombres. Alegre, despampanante, encantadora de serpientes. También un peligro andante. Eso fue lo que le dijo a su esposa uno de los comensales cuando los demás estaban fuera, para explicar su situación. «Peligro andante» quería decir «todavía casada» con un esposo en Estados Unidos. Tanto tiempo y no se había divorciado del pobre diablo de D. C., contador del gobierno. Tuvo una aventura con el agregado mexicano en sus narices, no tendría ni veinticinco años y ya con un hijo. Dejó plantado al otro tipo. Cuidado con la elegante Salomé, le advirtió a su esposa. Es tramposa.
El 5 de mayo el pueblo celebraba con cohetes la derrota de los invasores de Napoleón en la batalla de Puebla. Salomé tenía jaqueca, último regalo de la noche anterior que la postró todo el día en la pequeña habitación del final del corredor. La llamaba «Elba», su lugar de exilio. De un tiempo para acá Enrique se retiraba temprano y cerraba la pesada puerta de su habitación. Hoy no estaba de humor para ruidos y decía quejumbrosa: «Hay más estallidos en el campo que todos los disparos que se hicieron para sacar a las tropas napoleónicas».
El niño no fue al festejo del pueblo. Sabía que a la larga los generales de Napoleón habían regresado, apresado a Santa Anna y tomado el país. Tanto tiempo, que bastó para que todos aprendieran francés y usaran pantalones ajustados, hasta 1867 o algo así. Ya debería haber terminado el libro sobre Maximiliano de la biblioteca de Enrique. Fue el programa que le había impuesto Salomé: Leer Antigüedades Mohosas, porque en Isla Pixol no había una escuela que pudiera albergar a un niño que ya era más alto que el presidente Portes Gil. Pero el mejor lugar para leer era la selva, no la casa. Bajo un árbol junto al estuario, a veinte minutos de distancia, caminando por el sendero. Y el libro sobre Maximiliano era enorme. No valía la pena y, en vez de ese, mejor llevaba El misterioso caso de Styles.
Las salientes del amate más grande eran como velámenes colgadas de los troncos, y lo dividían en cuartitos adornados con cortinas de helechos y hierbas fragantes. Una casa amplia que albergaba libélulas, zorzales hormigueros y por una sola vez, una culebrita enroscada. Muchos de los árboles de esta selva tenían troncos tan gruesos como las chozas del pueblo de Leandro, y las ramas eran tan altas que no se alcanzaba a verlas. No había manera de saber quién habitaba ahí arriba. Alguna vez aullaron desde allí los diablos ojos de plato que clamaban sangre, pero tal vez esas ramas no eran sino el balcón de un hotel de monos, y los lugares donde anidaban las oropéndolas, cuyo canto borboteaba como agua servida desde una cantimplora de metal.
En la biblioteca de Enrique, todas las paredes estaban cubiertas de estantes de madera. El cuarto no tenía ventanas, solo entrepaños, y todos los libreros tenían rejillas de metal cubriéndoles el frente, como celdas, clausurando los anaqueles llenos de libros. Las rejillas de metal dejaban espacios cuadrados donde apenas cabían los dedos finos y largos del muchacho, que metía la mano como si se pusiera una pulsera de metal. Podía meterlas y tocar los lomos del libro, tal y como Dantès tocaba la cara de su prometida entre los barrotes cuando lo visitaba en la cárcel, en El conde de Montecristo. Podía deslizar un libro y sacarlo de entre los demás con cuidado; podía manosearlo y examinarlo. A veces hasta podía abrirlo si el entrepaño era profundo, pero nunca sacarlo. Las rejas tenían cerraduras de metal.
Todos los domingos Enrique tomaba una llave anticuada, abría el estante y sacaba exactamente cuatro libros, que dejaba apilados sobre la mesa sin pronunciar palabra. Invariablemente históricos y con olor a moho: serían la educación del niño. Algunos estaban bien, como Zozobra o el Romancero gitano, de un poeta joven enamorado de los cíngaros. Cervantes prometía, pero debía adivinarse tras un español que parecía antiguo. Una semana para Don Quijote antes de que regresara a su lugar, bajo llave, para ser cambiado por otra pila semanal. Fue apenas como un atisbo por el ojo de una cerradura.
De cualquier modo, ninguno de estos libros podía compararse con ocho minutos de Agatha Christie o los demás que tenía desde antes, cuando vinieron en tren. Su madre le permitió dos valijas: una de libros y otra de ropa. La de ropa fue un desperdicio, muy pronto le quedó chica. Debió de haber llenado ambas de libros: El misterioso caso de Styles, El conde de Montecristo, La vuelta al mundo en 80 días, Veinte mil leguas de viaje submarino, libros en inglés que no apestaban a humedad. Ya los había leído casi todos, más de una vez. Los Tres Mosqueteros aún esperaban, blandiendo sus espadas, pero siempre los devolvía a la valija. ¿Qué quedaría cuando todos esos libros pertenecieran al pasado? Pasaba noches en vela anticipándolo.
Según el parecer de Salomé, el programa de las escuelas verdaderas era incierto y, para ser francos, compartía su opinión: recuerdos de abrigos de lana húmedos, niños rudos, y deportes: terribles, obligatorios, todos los días. Una señora con un suéter café solía regalarle libros, y ese era el mejor recuerdo de su hogar. «Pero ya no lo llamamos hogar a eso —decía Salomé—. Estamos aquí y no hay escuela, así que tendrás que leerte todos los libros de esa pinche biblioteca si nos dejan quedarnos.» Y si no, el programa era aún más indefinido.
La biblioteca apestaba con frecuencia a puro de Tuxtla porque los petroleros se pasaban noches enteras fumando allí. Salomé lo odiaba todo: los puros y las pláticas de hombres. También los libros bajo llave, o en cualquier otra forma, y a los niños escuálidos que no sacan las narices de los libros. Sin embargo, le compró un cuaderno en la tienda del muelle de los transbordadores el día que intentaron escaparse de Enrique y lloró, porque no tenían ningún lugar en el mundo adonde ir. Se dejó caer desfallecida en la banca de hierro, con su vestido de crepé de seda, sacudiendo los hombros. Tanto rato, que él se paró a mirar el puesto de tabaco y a hojear revistas. Y allí vio el cuaderno de tapas duras: el mejor libro que existía, pues podía convertirlo en cualquier cosa.
Ella se le acercó por detrás cuando lo estaba examinando. Puso la barbilla sobre el hombro de él y se limpió la mejilla con el dorso de la mano: «Nos lo llevamos». El hombre lo envolvió con cuidado en papel de estraza y lo ató con un cordel.
Ella quería que empezara contando lo que les había ocurrido en México, antes de que se los tragaran los aulladores, sin dejar rastro. Luego, muchas veces manifestó una opinión contraria y le ordenó que dejara de escribir. La ponía nerviosa.
Al terminar ese día, tras escaparse, comprar el cuaderno y comer camarones hervidos que sacaban de un cucurucho de papel, parados en el muelle viendo salir los transbordadores, volvieron con Enrique, por supuesto. Eran prisioneros en una isla, como el conde de Montecristo. La hacienda tenía puertas pesadas y gruesos muros que se mantenían frescos todo el día. Y las ventanas dejaban entrar el susurro del mar toda la noche: hush, hush, como un latido de corazón. Adelgazaría hasta quedar en los puros huesos y, cuando terminaran todos los libros, moriría de inanición.
Pero ahora no, ya no. El cuaderno de la tabaquería era el inicio de una esperanza: el plan de escape de un prisionero. Sus páginas vacías serían un libro de todo, milagroso e interminable como el mar de noche, un latido que no cesa.
A Salomé, en cambio, no le preocupaba que se terminaran los libros, sino que su ropa pasara de moda. No se puede comprar nada en esta isla, si no quiere que me vista como la mona, de seda y con faldas que me lleguen hasta el suelo. Un baúl con sus cosas más elegantes había sido enviado por tierra el año pasado desde Washington D. C., según el abogado que supuestamente se encargaba de sus asuntos. Pero tanto el baúl como el divorcio parecían haberse extraviado. Enrique decía que algún día, ojalá, verían el baúl. Si Dios quiere. Y si no quiere, significaría que los zapatistas habían detenido el tren y se lo habían llevado todo. El niño exclamó: «Sí. Imagínate a los zapatistas con sus carrilleras leyendo a la señorita Christie a la luz de las fogatas, comiendo en la porcelana de Limoges de Mamá, usando sus camisones».
Enrique se atusó el bigote y dijo: «¡Imagínate! Lo malo es que fantasías como esa no pueden venderse, no dan dinero».
«En México la Revolución es una moda —les informó a los invitados la cena de la última noche—. Como los estúpidos sombreros que usan nuestras esposas. No importa qué les hayan dicho en Washington, este país trabajará con tesón para ganarse los dólares extranjeros. —Alzó su copa—. El corazón de México es como el de una mujer fiel, casada con Porfirio Díaz hasta que la muerte los separe.»
Se cerró el trato, y los petroleros se fueron. Al día siguiente Enrique permitió que Salomé se sentase en su regazo durante el desayuno y que le diera un beso de trompetista. «Señal de progreso —declaró cuando él se fue a revisar un nuevo almacén de embalaje—. ¿Oíste que dijo los sombreros que usan nuestras esposas
?» Su proyecto prioritario era el retorno a la recámara de Enrique. El siguiente era despedir a la sirvienta.
Para el niño, el mejor proyecto, cualquier día, era desaparecer. Se escurría detrás de la cocina, por el sendero bordeado de palos mulatos de piel roja y troncos descascarados que mostraban una piel negra y suave en la capa de abajo. Cortar por el camino de arena que cruzaba el campo de piñas hasta una pared baja de roca y hacia el mar con un libro, unas tortillas para almorzar, el visor y un traje de baño en la mochila. Nadie lo veía sino Leandro, cuyos ojos, al seguirlo por la vereda arenosa, le hacían sentirse desnudo aunque no lo estuviera. Leandro, a su vez, llegaba descalzo cada mañana desde su pueblo, oliendo al humo del fuego encendido para el desayuno, pero con una camisa recién lavada por su mujer. Salomé comentaba que Leandro ya tenía esposa, un hijo y un bebé. «Y tan jovencito», cacareaba feliz de que alguien hubiera arruinado su vida en menos tiempo que ella la suya. Si Leandro ya estaba en la Segunda Etapa de la Vida (la parte de los hijos), esta iba a ser corta.
Los peces del arrecife se acercaban todos los días por los restos de tortilla que el niño traía de la cocina y despedazaba, echándolos al agua. Un pez de boca de pico de loro y panza como fuego era el primero de la fila para la entrega cotidiana. No podía considerársele, por lo tanto, un amigo. Era como los hombres que venían a cenar porque la comida era gratis, así como el espectáculo de Salomé con su vestido de satén con escote en V.
Salomé trazó su plan de ataque. Primero dio instrucciones a Leandro. Todos los días le servimos a Enrique las comidas que más le gustan, empezando por el desayuno: café de olla con canela, tortillas recién hechas y calentitas, jamón con piña y lo que conoce como «huevos divorciados»: estrellados juntos, y servidos uno con salsa roja con poco chile y el otro con salsa verde muy picante. En cuestiones románticas, Salomé tenía opiniones muy firmes.
La cocina estaba unida a la casa por un corredor bordeado de limoneros. Las paredes eran bajas y de ladrillo, tablones como mesas de trabajo y la cocina abierta en los cuatro costados para que se fuera el humo del fogón desde la estufa también de ladrillo. El techo estaba sostenido por cuatro pilares, y en un rincón se veía la joroba de un horno de barro. Natividad, el sirviente más viejo y casi ciego, llegaba al amanecer para sacar la ceniza y volver a encender la lumbre; encontraba los tizones a tientas y ponía los leños uno junto a otro, como quien mete los niños en la cama.
Cuando Leandro llegaba, apartaba la lumbre a un lado para que la llama no estuviera en el centro del pesado comal de hierro, y lo limpiaba con un trapo embebido en manteca para que las tortillas no se pegaran. Junto al tarro de manteca tenía una batea con la masa, y de allí sacaba bolitas que torteaba a mano. El calor pintaba un collar de cuentas negras en la cara blanca de las tortillas al cocerlas. Él pellizcaba la orilla de las gorditas, más pequeñas, levantando los bordes para que no se escurriera la pasta de frijol. Para las quesadillas o empanadas, hacía una tortilla delgada, doblándola sobre el relleno y deslizándola en una sartén con manteca caliente.
Lo que más le gustaba a Enrique era el pan de dulce hecho con masa de harina de trigo. Estas empanadas eran dulces, infladas y blandas, con una costra de azúcar gruesa encima, rellenas de piña y un dejo agrio por el humo del horno. Enrique había despedido a muchos cocineros antes de que llegara, como caído del cielo, el tal Leandro. El pan dulce no es cosa simple. La vainilla debe ser de Papantla. La harina se remuele en metate. Y no es como la masa de las tortillas, de maíz remojado que se muele con agua. Cualquier mexicano puede hacer eso, según Leandro. La harina seca para el pan europeo, en cambio, es otra cosa. Debe ir molida tan finamente que se levante en el aire como una nube. La parte más difícil es mezclarla con el agua, sin prisa. Si el agua se echa de golpe, se vuelve un masacote grumoso.
—Dios mío, ¿qué has hecho?
La excusa del niño fue que la cubeta pesaba mucho.
—Flojo, ya eres de mi tamaño y no aguantas una cubeta.
Tiró la masa para comenzar todo de nuevo. Leandro caído del cielo, ángel de paciencia, se lavaba las manos con calma en otra cubeta y se las secaba en los pantalones blancos.
—Déjame enseñarte cómo se hace. Comienza con dos kilos de harina. Haz una montaña sobre la mesa y échale en el centro la mantequilla troceada con los dedos, junto con sal y carbonato. Luego lo remueves y haces un hueco en el centro, como si fuera un cráter rodeado por montañas. Échale un lago de agua fría en medio. Poco a poco acercas las montañas al lago; el agua y la playa juntos forman pantanos. Despacio, sin islas. La pasta crece hasta que ya no quedan ni montañas, ni lago, ni agua: solo una bola de lava.
»¿Ves? No todos los mexicanos logran hacer esto, muchacho.
Leandro golpeaba suavemente la masa contra la tabla hasta que quedaba suave, sólida y tersa a la vez. Luego la dejaba reposar toda la noche en un traste tapado. Por la mañana la extendía con un rodillo y la cortaba en cuadros con un machete, echaba un poco de relleno de piña en cada recuadro con una cuchara y los doblaba en triángulos, espolvoreándolos con azúcar embebida en vainilla.
—Ahora ya sabes el secreto para tener al jefe contento —decía Leandro—. Cocinar en esta casa es como una guerra. Yo soy el capitán panadero y tú eres mi sargento mayor. Si el patrón corre a tu mamá, cuando menos haciendo pan dulce y blandas conseguirás trabajo.
—¿Cuáles son las blandas?
—Sargento, no pueden cometerse esos errores. Las blandas son las grandes y suavecitas que lo enloquecen. Tortillas tan grandes que puede envolverse con ellas a un bebé, y tan suaves que parecen alas de ángel.
—Sí, señor. —El niño alto saludaba a su superior—. Grandes como para envolver a un ángel y suaves como las nalgas de un bebé.
Leandro se rió.
—Solo que los bebés fueran angelitos.
El 21 de junio de 1929 una iguana gigante se subió al palo de mango sembrado en el patio, Salomé dejó su almuerzo y se levantó gritando. Y ese mismo día terminaron los tres años de prohibición de cultos, aunque la iguana no tuviera nada que ver en el asunto.
Una declaración presidencial cancelaba, después de tres años, la prohibición de decir misas. Terminaba la Guerra Cristera. Ese domingo las campanas repicaron todo el día llamando a los curas que habían conservado intactos sus anillos de oro, sus propiedades y su impunidad. Enrique lo tomó como una confirmación: México se postraba de rodillas en el altar, dispuesto a regresar a los tiempos de don Porfirio. Los verdaderos mexicanos entenderían siempre las ventajas de la humildad, la piedad y el patriotismo. «Y las mujeres decentes —añadió dirigiéndose a Salomé—, dentro de su casa como mariposas en vitrinas, cultivando cada día más la virtud.» Esperaba que fuera al pueblo con su hijo a oír la Misa de Reconciliación.
«Si quiere una mariposa, debería dejar que me quedara en casa, en una maldita vitrina», renegaba en el carruaje camino de la iglesia. Salomé estaba completamente de acuerdo con la prohibición de los tres años anteriores. Su opinión era que lo único más tedioso que la misa era la obligación de escucharla usando medias de algodón. También ella había vivido en el reinado del Porfiriato, regida por la oscura supremacía de monjas que no mostraron la menor clemencia con la descarada hija de un comerciante que llegaba a la escuela enseñando los tobillos desnudos. Salomé se las ingenió para lograr una escapatoria milagrosa, casi igual a la del conde de Montecristo: un viaje de estudios a Estados Unidos, donde se metió con el contador de cobranzas de una empresa de su padre, inerme ante sus encantos. Resolvió el problema matemático que se le presentó a los dieciséis años diciendo que tenía veinte. Como alegaba lo mismo a los veinticuatro, la ecuación se equilibraba. Se convirtió en Sally y se confirmó en la Iglesia del Oportunismo. Incluso ahora, al aproximarse a la catedral del pueblo, alzaba los ojos y exclamaba: «El opio del pueblo», a la manera de los hombres del gobierno cuando intentaron derrocar a los curas. Pero no lo dijo en español, para que el cochero no la entendiera.
La catedral estaba atiborrada de niños solemnes, campesinos y viejas de piernas gruesas. Algunos empujaban para completar la Siete Estaciones, dando vueltas alrededor de la multitud, tan decididos como planetas en su propia órbita. Una larga fila de personas del pueblo esperaban la comunión, pero Salomé caminó hasta donde empezaba la cola y aceptó en su lengua la hostia, como si estuviera en la fila de la panadería y todavía tuviera que hacer muchas diligencias.
El cura vestía un brocado de oro y llevaba un gorro puntiagudo. Había logrado cuidar muy bien su ropa durante los tres años que había pasado escondido. Todos los ojos lo seguían, como plantas que buscan la luz, menos los de Salomé. Salió tan pronto como pudo y se encaramó directamente en el carro, azuzando a Natividad para que apurara y hurgando con furia en su bolsa bordada con cuentas en busca de sus aspirinas. Para Salomé, todo provenía de un frasco o una botella: primero el talco y el perfume, la pomada para su cabello rizado; después, el dolor de cabeza que procedía de una botella de mezcal; y también, la cura de un frasco de Remedios Bellan solubles en agua caliente. Tal vez su baile flapper provenía de otro recipiente, una Victrola de manivela Skidoo 23. Escondido bajo una mesita con cortinas de su cuarto, otro frasco con algo que le permitía seguir adelante.
Si Enrique no la quería, anunciaba ahora en el carro, no era culpa de ella. Y no veía cómo Dios podría resolverle el problema. La madre de Enrique no congeniaba con los divorcios, así que ella debía cargar con la culpa. Y los sirvientes, que todo lo hacían mal. Le hubiera gustado culpar a Leandro, pero no podía. Su masa de trigo era perfecta, tan sedosa que casi podía verterse desde una jarra, como el vestido blanco con el que Salomé esperaba casarse nuevamente.
El problema de Salomé debía de ser el hijo de piernas largas, que se bamboleaba sacudido por los baches, se levantaba el pelo caído sobre la cara y miraba el mar. No había sitio en el pastel para un niño ya casi tan alto como un presidente que, además, ni siquiera había sido electo.
Para llegar a los pozos petroleros de la Huasteca, Enrique debía tomar el transbordador a tierra firme, luego la panga a Veracruz, y desde allí el tren. Para estar allá un día, debía ausentarse una semana o hasta un mes. Salomé quería acompañarlo a Veracruz, pero él opinaba que su único interés era ir de compras. Por eso solo les permitió llevarlo hasta el muelle del pueblo en el carro y verlo partir en el transbordador. Salomé agitaba su pañuelito desde el muelle bajo la favorecedora luz matinal, dándole un codazo al hijo para que hiciera lo propio. Ambos tenían papeles decisivos en la obra de teatro titulada Enrique se decide. «Pronto dirá la palabra y podremos soltarnos el pelo, chamaco. Y entonces, ya veremos qué se hace contigo.» Enrique había mencionado un internado en el Distrito Federal.
Las páginas del cuaderno estaban por terminar; el título era Lo que nos sucedió en México. Le pidió que le comprara otro en la tabaquería, pero Salomé dijo: «Primero debemos saber si habrá algo más, algo digno de contarse».
Ya no se veía el transbordador. Almorzaron en el malecón, frente a un barquito camaronero, viendo cómo las aves marinas daban vueltas con la intención de robar comida. A lo lejos, hombres en barquitas de madera lanzaban sus redes al agua, haciendo que los bultos grises se elevaran a cada tirón como nubes de tormenta. Más tarde, en la mañana, los pesqueros de arrastre estaban ya todos alineados en el muelle con los cuerpos oxidados en la misma dirección, los mástiles dobles ladeados como matrimonios, ambos igualmente borrachos. En el aire había aroma de pescado y sal. Las palmeras agitaban sus brazos
